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VII El diligente Don Pedro de
Mojica se puso en dos zancadas, como suele decirse, en casa del Gobernador. Este acababa de
vestirse, y estudiaba tres o cuatros planos topográficos que tenía
en una mesa. Su preocupación
capital y constante era la fundación de su villa, según se ha
dicho al principio de nuestra
historia; y los oficiales y caballeros de su séquito, con febril
emulación, trazaban cada día un plano,
según su buen gusto o su capricho; o bosquejaban un espacio de la costa, el que más adecuado
les parecía al efecto; y escribían memorias y descripciones
infinitas, que todas merecían la más
prolija atención del comendador, deseoso del mejor acierto en tan ardua materia. Estaba, pues, en esta su
ocupación favorita, cuando le anunciaron la presencia de Don Pedro. Este era tratado por su Señoría
como un amigo de confianza y tenía sus entradas francas en el gabinete; pero en la ocasión
que referimos, renunció estudiosamente a tal prerrogativa, a fin de dar la conveniente solemnidad
a su visita. Ovando, que se había incorporado al oír la voz de su fámulo anunciándole a Don
Pedro, esperó buenamente a que este entrara en seguida, y tomó a absorberse con gran cachaza
en sus estudios topográficos. Cinco minutos después volvió
el ayuda de cámara diciendo: —Don Pedro de Mojica espera
las órdenes de Vuestra Señoría, y dice que tiene que hablarle de asuntos muy graves. —¡Que entre con mil
diablos! —contestó el comendador— ¿A qué vienen esos cumplimientos? Don Pedro creyó apurado el
ceremonial, y entró haciendo a Ovando una mesurada cortesía. —¡Qué mala cara traéis
hoy, señor hidalgo! —exclamó en tono chancero el Gobernador—. ¿Habréis descubierto algún
nuevo derecho desatendido de vuestra interesante prima, y venís a reclamar su validez? —Lejos de eso, Señor
—contestó Mojica—; vengo a daros una nueva muy desagradable.
Esa Doña Ana que en tanta estima
tenéis, es indigna de vuestra protección; y siguiendo las huellas
de la mala hembra que le dio a
luz, paga con traiciones los obsequios que le tributamos, y celebra conferencias con los indios
alzados de la montaña. Y después de este exordio,
refirió la aventura de la víspera, torciendo a su antojo el relato
de Higuemota, y afeando el
cuadro con los más siniestros toques, a fin de llenar de recelos y alarmas el ánimo de Ovando. Oyó éste al denunciador con
profunda atención: su semblante contraído y ceño adusto no prometían nada bueno para la
pobre acusada, y Mojica no podía dudar del pleno éxito de su intriga, en lo que interesaba
a sus sentimientos vengativos. Cuando hubo terminado su
relato, el Gobernador le preguntó en tono severo: —¿No tenéis más que
decir? —Concluyo, Señor —dijo
Mojica—, que Doña Ana es culpable; que como tal merece las penas que la ley reza contra
los reos de traición, incluso la pérdida de bienes; mas como tiene una hija de caballero español,
la cual es inocente de las culpas de su madre, y el deber de la sangre como pariente me
impone la obligación de velar por el bien de esta niña, pido a
Vuestra Señoría que, al proceder
contra la madre, adjudique todos sus bienes a la hija, y me nombre
su universal tutor, como es de
justicia. —Será como deseáis
—respondió Ovando, poniéndose en pie—, siempre que resulte
cierto y verdadero todo lo que me habéis dicho; en otro caso, —y
aquí la voz del comendador se hizo tonante y tomó una inflexión
amenazadora—, aprestaos a ser castigado como impostor, y a perder cuanto tenéis,
incluso la vida. Dichas estas palabras, llamó
a sus oficiales y les dictó varias órdenes breves y precisas. Fue
la primera reducir a prisión a
Don Pedro de Mojica, que lleno de
estupor se dejó conducir al lugar de su arresto, sin poder dárse cuenta de tan inesperado
percance. La segunda disposición de Ovando fue hacer comparecer a
su presencia a Doña Ana,
recomendando toda mesura y el mayor miramiento al oficial encargado de conducirla; y por último,
Don Diego Velázquez, capitán de la más cumplida confianza del Gobernador, recibió orden de
aprestarse y disponer lo conveniente para marchar en el mismo día a las montañas, al frente de
cuarenta infantes y diez caballos. Media hora no había
transcurrido cuando se presentó en la morada del Gobernador la tímida Higuemota, acompañada del
oficial que había ido en su demanda, y seguida de una india anciana que llevaba de la mano a la
niña Mencía. Ovando recibió a la madre con señalada
benevolencia, y se dignó besar la tersa y
contorneada frente de la pequeñuela, que respondió al agasajo con plácida sonrisa. La
inquietud de Higuemota cedió el puesto a la más pura satisfacción
al ver un recibimiento tan distinto del
que sus aprehensiones la hicieran prometerse; y cuando el gobernador le dirigió la
palabra, había recobrado su habitual serenidad. —Decidme,- Doña Ana de
Guevara —dijo Ovando con cierta entonación ceremoniosa y afable al mismo tiempo-; ¿qué
objeto habéis tenido al conferenciar en secreto con el rebelde Guaroa, y al entregarle
vuestro sobrino, en la tarde de ayer? —Guaroa, señor —respondió
Higuemota—, se me apareció sin que yo esperara su visita; hasta ignoraba que viviera.
No le tenía por rebelde, pues sólo me dijo que huía por evitar la muerte; y consentí en que se
llevara a Guarocuya, mi querido sobrino, por temor de que éste, cuando fuera más hombre, se
viera reducido a esclavitud. —Os creo sincera, Doña Ana
—repuso el comendador—, pero extraño que temierais nada contra el porvenir de vuestro
sobrino, que vivía a vuestro lado, y participaba del respetó que a vos merecidamente se tributa. —Mi intención ha sido
buena, señor —dijo con hechicera ingenuidad la joven—: habré podido incurrir en falta por
ignorancia; pero ni remotamente pensé causaros disgusto, pues de vos espero que, así como me
dispensáis vuestra protección y hacéis. que todos me traten con honor, también llegue el día
en que pongáis el colmo a vuestras bondades, devolviendo a mi adorada madre la libertad, y,
con ella, a mí la tranquilidad y la alegría. A estas últimas razones, el
comendador balbuceó algunas palabras ininteligibles; invadióle una gran emoción, y con voz
trémula dijo al fin a la joven: —No hablemos de eso por
ahora... Lo que mi deber me ordena, Doña Ana, es evitar que volváis a tener ninguna
relación con los indios rebeldes; y como no quiero mortificaros con privaciones y vigilancia
importuna, he resuelto que paséis a residir en la ciudad de Santo Domingo, donde viviréis
mucho más agradablemente que aquí. Podéis, pues, retiraros y
preparar todo lo que necesitéis para
ese viaje. Yo cuidaré de vuestra suerte y la de vuestra hija. Diciendo estas palabras se despidió con un amable saludo, y Doña Ana salió de la casa, acompañada como antes, sin saber si debía felicitarse por su nuevo destino, o considerarlo como una agravación de sus desdichas. La idea de que iba a ver a su madre en la capital de la colonia al cabo se sobrepuso a todos los demás afectos de su alma; y hasta acusó de tardo y perezoso al tiempo, mientras no llegaba el instante de decir adiós a aquellas peregrinas riberas, testigos de sus ensueños de virgen, de sus breves horas de amor y dicha, de sus acerbos pesares como esposa, y, en último lugar confidentes de sus dolores y angustias, por la sangre y los sufrimientos de la raza india; por la crueldad y los malos tratamientos de que eran victimas todos los seres que habían cubierto de flores su cuna, y embellecido los días de su infancia. La pobre criatura no podía prever que, al mudar de residencia, en vez de encontrar el regazo materno para reclinar su abatida frente, iba a recibir el golpe más aciago y rudo que al corazón de la amante hija reservaba su hado adverso e implacable.
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