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XXIII Retrocedamos ahora un tanto, y narremos las interesantes peripecias porque hubo de pasar el advenimiento del joven Almirante Don Diego Colón a los cargos de Virrey y gobernador de la Isla Española y de las otras tierras del Océano descubiertas hasta entonces en las Indias de Poniente; como al goce de las demás dignidades y prerrogativas legítimamente heredadas de su glorioso padre; a cuya posesión le habían suscitado innumerables obstáculos la ingratitud y la codicia, que tanto como la envidia y la calumnia se aposentan habitualmente, desde las más remotas edades, en los palacios de los poderosos. -Educado Don Diego en
el de los Reyes Católicos, su carácter leal y sin doblez le había
preservado de la corrupción
ordinaria de las cortes: sus cualidades morales al par que su despejado talento y la
distinción de toda su persona, dotada de singular gracia y
apostura, hacían de él un cumplido caballero,
digno por todos conceptos del grande apellido que llevaba y de sus altos destinos. Fue el suyo,
sin embargo, como había sido el de su padre, luchar perpetuamente con la injusticia y la
calumnia, herencia funesta que recogió como parte integrante de su
vasto patrimonio. Continuó el hijo las
instancias y reclamaciones que dejó pendientes el ilustre Almirante
al morir; y continuaron las
dificultades y torpes evasivas que habían acibarado los últimos días
de aquel grande hombre. Dos años,
día por día, con incansable perseverancia estuvo el despojado heredero
instando al Rey y al Consejo de Indias por la posesión de los
bienes y títulos que le pertenecían;
siempre infructuosamente. La historia ha registrado una
frase enérgica y feliz del joven reclamante a su soberano. Acababa éste de regresar de
Nápoles en 1508, y Don Diego volvió a la carga con nuevo ardor,
invocando la equidad del
Monarca, a quien dijo “que no veía la razón de que Su Alteza le
negara lo que era su derecho, cuando
lo pedía como favor; ni de que dudara poner su confianza en la
fidelidad de un hombre; que se había educado en la misma casa
real”. El Rey contestó que no era
porque dudara de él que difería satisfacerle, sino por no
abandonar tan grande cargo a
la ventura, a sus hijos y sucesores; a lo que replicó Diego Colón
oportunamente: “No es justo, Señor,
castigarme por los pecados de mis hijos, que están aún por
nacer”. El impasible Fernando
persistió en su infundada negativa, y lo único a que accedió fue
al permiso que el alentado
mancebo le pidió para entablar pleito contra la Corona por ante el Consejo de Indias, que de
este modo pronunciaría sobre la legitimidad de sus derechos. El
astuto Monarca no podía desear
medio más adecuado a sus deseos de demorar indefinidamente y echar
por tierra las razonables
pretensiones de Don Diego. Entonces principió un largo
e intrincado proceso, que costó a Don Diego Colón mucho
dinero y no pocas
pesadumbres. No hubo sutileza que no saliera a la luz, promovida por
la malignidad y la envidia, o
bien por el deseo servil de agradar al Soberano a expensas del
atrevido súbdito. Se rechazaba la
pretensión de Diego al titulo de Virrey, arguyendo que la concesión hecha por los Reyes al
Almirante Don Cristóbal de ese titulo a perpetuidad, no podía
continuar, por ser contraria a los
intereses del Estado y a una ley de 1480 que prohibía la
investidura hereditaria de ningún oficio
que envolviera la administración de justicia. Más lejos aún fue
el atrevimiento de los enemigos
de Colón, quienes declararon que el Descubridor había perdido el
virreinato como castigo de su
mal proceder. Diego Colón, a fuer de buen
hijo, volvió resueltamente por el buen nombre de su padre:
desmintió en términos categóricos
la imputación depresiva a la memoria del Almirante, que se asignaba como causa a la pérdida
de la dignidad de Virrey. Acusó de criminal la audacia del juez Bobadilla que le envió
prisionero a España en 1500 con el inicuo proceso formado en La Española, cuyos cargos y
procedimientos fueron expresamente reprobados por los Soberanos en 1502, en cartas que
dirigieron al ilustre perseguido expresándole el sentimiento que su
arresto les había causado, y prometiéndole
cumplida satisfacción. No menos victoriosamente deshizo Don Diego la audaz alegación de
que su padre no había sido el primer descubridor de tierra firme en las nuevas Indias; y las
numerosas pruebas testimoniales que adujo para sostener la gloria de
ese descubrimiento fueron de
tanta fuerza y tan concluyentes que llevaron el convencimiento de la verdad a todos los ánimos.
El Consejo Real de Indias, contra las protervas esperanzas del Rey Fernando, inspirándose en la
dignidad e independencia que tanto ‘enaltecieron en aquel siglo
las instituciones españolas.
falló unánimemente en favor de los derechos reclamados por Don
Diego, reintegrando en todo su puro
brillo el mérito de Colón. Sin embargo de este glorioso
triunfo del derecho contra el poder estaba muy lejos de haber
llegado al cabo de sus
pruebas la energía y la paciencia del joven Almirante. Esperó
todavía algún tiempo que el Monarca,
sin más estimulo que el deseo de mostrarse respetuoso con la justicia, le daría posesión
de sus títulos y prerrogativas; pero cuando después de muchos días, consumido en la impaciencia
de su inútil esperar, habló por fin al Rey pidiendo el
cumplimiento del fallo a su favor, oyó
con penosa sorpresa nuevas excusas y pretextos fútiles, sobre su extremada mocedad, la
importancia del cargo de Virrey, y la necesidad de meditar y
estudiar el asunto; razones todas que
hicieron convencer a Don Diego de que jamás obtendría de su soberano el goce real y
efectivo de sus derechos hereditarios, por más incontrovertibles
que fueran.
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