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XIX Conmovidos como estaban todos
los ánimos a favor de Colón, cuyos grandes trabajos e
infortunios eran en aquel
tiempo el tema favorito de los discursos y las conversaciones en La Española, la noticia de su
arribo al puerto fue sabida con universal regocijo. A porfía
acudieron solícitos a recibir al
grande hombre todos los moradores de la ciudad primada de las
Indias, así personas constituidas en
autoridad como los simples particulares; y tanto sus más íntimos
amigos como los que con mayor
fiereza le habían hostilizado en los días de su poder. Ovando el
primero, sea por efecto de disimulo y
de su política cortesana, o bien porque realmente se sintiera conducido por el torrente de
la simpatía general, a sentimientos más dignos y elevados de los
que antes dejara ver respecto al
ilustre navegante, se apresuró a prodigarle las más rendidas
muestras de respeto y deferencia. Un
oficial de su casa fue a la rada en un bote ricamente equipado, a invitar a Colón en nombre
del Gobernador a entrar con sus naves en el puerto del Ozama. La fresca brisa del mediodía
era favorable ‘a esa entrada, que los dos bajeles efectuaron a
todas velas, y con tal celeridad y
gallardía que se les hubiera creído animados del deseo de
responder a la impaciencia de los
numerosos espectadores que guarnecían toda la ribera derecha del caudaloso Ozama. Cuando los
bajeles arriaron sus velas y detuvieron su marcha, una inmensa aclamación llenó el
espacio, vitoreando al Descubridor y Almirante; vítores que Ovando sancionó, subyugado por las
circunstancias, alzando de la cabeza el birrete de terciopelo negro con lujosa presilla, en señal
de cortesía al glorioso nombre de Colón. Apareció éste sobre la
alta popa de su nave, apoyándose
trabajosamente en el brazo de un joven adolescente de simpática fisonomía, su hijo natural y
más tarde su historiador, Fernando Colón, el cual le había acompañado a despecho de su
juvenil edad, en todas las rudas pruebas de aquel terrible viaje. Muy en breve recibió la falúa
del gobernador, decorada con gran magnificencia, a los hermanos, Los Colones se alojaron en la
misma casa del Gobernador, que a nadie quiso ceder la honra
de hospedarles; colmó de
agasajos al Almirante, y todo marchó en paz y armonía durante los
días que éste destinó al
descanso y a restaurar sus fuerzas; pero cuando después llegó el
caso de arreglar y dirimir las
cuestiones de intereses y de atribuciones jurisdiccionales de las
autoridades respectivas, hallándose muy
confusas y mal definidas por las ordenanzas e instrucciones de la corona las que competían a
Colón como Almirante de la Indias, y a Ovando como Gobernador de La Española, ocurrieron
desde luego quejas y disidencias profundas entre ambos. El Gobernador puso en libertad a
Porras, el más culpable de los sediciosos de Jamaica, y quiso
formar causa a los que, peleando por
sostener la autoridad de Colón, habían dado muerte a los rebeldes cómplices de aquel traidor.
Para proceder así invocaba Ovando sus prerrogativas que se extendían expresamente a
Jamaica; mientras que Colón alegaba títulos mucho. más
terminantes,.que le daban mando autoridad absoluta sobre todas las
personas que pertenecían a su expedición, hasta el regreso a España.
Su firmeza impidió la formación del mencionado proceso. Halló en el mayor desorden y
abandono sus rentas e intereses de La Española. Lo que con
mucho trabajo pudo recoger
alcanzaba apenas para equipar los buques que debían conducirlo a España. No menor pesadumbre
le causó el estado de devastación en que halló a la raza india,
en su mayor parte exterminada, y
lo que de ella quedaba sometido a dura servidumbre. Para evitar o corregir tan lamentables desórdenes
habían sido ineficaces los esfuerzos de la magnánima reina Isabel la Católica en favor
de Colón, instada por las quejas de Antonio Sánchez de Carvajal,
su apoderado y administrador, y
en favor de los indios; excitada su indignación por la noticia de
las crueldades de Ovando, y
especialmente por la matanza de Jaragua y la ejecución de la desdichada Anacaona. Colón
vertió lágrimas sobre el fin de esta princesa y sobre la suerte de
la isla que era objeto de su
predilección. Horrorizado de cuantos testimonios se acumulaban a
sus ojos para convencerle del carácter
feroz y sanguinario que fatalmente había asumido la conquista, llegó a
arrepentirse de su gloria, y a acusarse, como de un desmesurado
crimen contra la Naturaleza, de haber
arrebatado sus secretos al Océano; sacrílega hazaña que había
abierto tan anchos espacios al infernal
espíritu de destrucción y de rapiña. El Licenciado Las Casas, cuya
amistad se estrechó íntimamente con el Almirante y su
hermano Don Bartolomé en
aquel tiempo, les hizo saber que Higuemota residía en Santo Domingo, y los dos hermanos
quisieron ver por última vez a aquel vástago de la desgraciada familia real de Jaragua.
Recibióles la joven india con el afecto de una hija, acostumbrada
como estaba desde la niñez ala
festiva afabilidad del ‘Adelantado. Al ver a éste recordó la
infeliz los días de su pasada
prosperidad, cuando inocente y dichosa, en el regazo materno y rodeada del cariño
de Bohechio y sus súbditos, conoció a Don Bartolomé, que por primera vez conducía la
hueste española a aquellas deliciosas comarcas. Lloró amargamente, como lloraba todos los días,
sobre la memoria de su infortunada madre, sobre su amor desgraciado y sobre el
porvenir incierto de su tierna hija. Los ilustres viajeros se
esforzaron en consolar a aquella
interesante víctima de tantas adversidades, y Colón, elogiando el
desvelo de Las Casas por el bienestar de
la madre y de la hija, no solamente le exhortó a continuar ejerciendo sus benéficos
cuidados sino que se ofreció a ayudarle con todas sus fuerzas y su
poder en tan buena obra, haciendo
obligación de su casa y herederos la alta protección sobre aquella familia de caciques y
especialmente respecto a la suerte y estado de la niña Mencía,
cuya ideal hermosura se realzaba con la
plácida expresión de su agraciado semblante, al recibir las paternales caricias de los
venerables extranjeros; como si su infantil instinto le revelara
todo el precio de aquella tutelar
solicitud. El Adelantado, con su carácter franco y jovial, decía a
su hermano: —Si yo tuviera un
hijo, le destinaría esta linda criatura por esposa. —¡Es muy hermosa, Bartolomé;
será muy desdichada! —respondió a media voz el
Almirante, con el acento de
profunda convicción que le era habitual.
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