![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
II Higuemota lanzó una
exclamación de espanto al presentársele el indio. No estaba exenta de esa superstición, tan universal como el sentí miento religioso, que atribuye a las almas que ya no pertenecen a este mundo la facultad de tomar las formas corpóreas con que en él existieron, para visitar a los vivos. Creyó, pues, que su primo Guaroa a quien suponía muerto con los demás caciques el día de la prisión de Anacaona, venía de la mansión de los espíritus; y su primer impulso fue huir. Dio algunos pasos, trémula de pavor, en dirección de su casa; pero el instinto maternal se sobrepuso a su miedo, volviendo el rostro en demanda de su hija, la vio absorta en los brillantes colores de una mariposa que para ella había cazado el niño Guarocuya; mientras que éste, en actitud de medrosa curiosidad, se acercaba al aparecido, que se había adelantado hasta la salida del bosque, y dirigía al niño la palabra con benévola sonrisa. Ese
espectáculo tranquilizó a
la tímida joven: observó atentamente al indio, y después de
breves instantes, vencido
enteramente su terror, prevaleció el antiguo afecto que profesaba a
Guaroa; y admitiendo la posibilidad de
que estuviera vivo, se acercó a él sin recelo le tendió la mano
con afable ademán, y le dijo: —Guaroa, yo te
creía
muerto, y había llorado por ti. —No, Higuemota; —repuso
el indio—, me hirieron aquí en la frente; caí sin saber de mí
al principiar la pelea, y cuando recobré el sentido me hallé rodeado de
muertos; entre ellos reconocí a mi padre, a pocos pasos de
distancia, y a mi hermano Magicatex, que
descansaba su cabeza en mis rodillas. Era ya de noche; nadie —Buen primo Guaroa —dijo
Higuemota—, yo te agradezco mucho tu cariñoso cuidado; y doy gracias al cielo de verte
sano y salvo. Es un consuelo para mis pesadumbres; éstas son grandes, inmensas, primo
mío;
pero no se puede remediar con mi fuga a los montes. Yo sólo padezco males del corazón;
en todo lo demás, estoy bien tratada, y me respetan como a la viuda
de Guevara; titulo que me
impone el deber de resignarme a vivir, por el bien de mi hija Mencia,
que llevará el apellido de
su padre, y que tiene parientes españoles que la quieren mucho. Yo creo que no te perseguirán,
pero debes ocultarte siempre, hasta que yo te avise que ha pasado todo peligro para ti. Guaroa frunció el entrecejo
al escuchar las últimas palabras de su prima. —¿Piensas —le dijo—, que yo he venido a
buscar la piedad o el perdón de esos malvados? ¡No,
ni ahora, ni nunca! Tú podrás vivir con ellos; dejaste de ser
india desde que te bautizaste y te
diste a Don Hernando, que era tan bueno como sólo he conocido a
otros dos blancos Don Diego
y Don Bartolomé,
que siempre trataban bien al pobre indio. ¡Los demás son malos, —No hablemos más de eso,
Guaroa —interrumpió la joven—: me hace mucho daño. Tienes —Yo no lo soy, Higuemota
—dijo con pesar Guaroa—; y no por culpa mía; pero tampoco sé Higuemota, que había bajado
la cabeza al oír la última proposición de Guaroa, miró a éste —¡Llevarte a Guarocuya! ¡Imposible!
Es el compañero de juegos de mi Mencia, y el ser que —Sea él quien decida su
suerte —dijo Guaroa con solemne entonación—. Ni tú ni yo Y tomando a Guarocuya por la
mano, lo colocó entre si y la llorosa Doña Ana, y le interrogó —Dinos, Guarocuya, ¿te
quieres quedar aquí o irte conmigo a las montañas? El niño miró a Guaroa y a
Doña Ana alternativamente; después dirigió la vista a Mencía,
que —¡No me quiero ir de aquí! Guaroa hizo un movimiento de
despecho, mientras que su prima se sonreía al través de sus —Dime, Guarocuya, ¿quieres
ser libre y señor en la montaña, tener vasallos que te obedezcan Pasó como una nube
lívida por la faz del niño; volvió a mirar profundamente a Mencia y a —¡Quiero ser libre!
—exclamó. —Eres mi sangre —dijo el
jefe indio con orgullo-. ¿Tienes algo que decir, Higuemota? Esta no contestó. Parecía
sumida en una reflexión intensa, y sus miradas seguían tenazmente —Llévatelo; más vale así. El niño se escapó como una
flecha de manos de Guaroa, y corriendo hacia Mencia la estrechó —Más vale así. Guaroa se despidió tomando
la mano de su prima y llevándosela al pecho con respetuoso
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||