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IX.
LA EMIGRACIÓN Desde 1795, cuando en el Tratado de Basilea Carlos
IV cede a Francia la parte española de la Isla de Santo Domingo,
—“acto odioso e impolítico”, lo llama Menéndez y Pelayo, en
que los ciudadanos españoles fueron “vendidos y traspasados por
la diplomacia como un hato de bestias”—, las familias pudientes
comienzan a emigrar. Pocos años después, la insurrección de los
haitianos, y sus sangrientas incursiones en la antigua porción española,
que consideraban hostil, aceleran la emigración hacia Cuba y Puerto
Rico, Venezuela y Colombia. Cuba, país próspero ya, recibe el núcleo
principal de emigrantes; su cultura, que empezaba a florecer, madura
rápidamente con el vigor que le prestan los dominicanos de tradición
universitaria: es ya lugar común el recordarlo. La influencia
dominicana no se limitó a la cultura intelectual: se extendió a
todas las formas de vida social. Manuel de la Cruz, el crítico
cubano, habla de “aquellos hijos de la vecina isla de Santo
Domingo que, al emigrar a nuestra patria en las postrimerías del
siglo XVIII, dieron grandísimo impulso al desarrollo de la cultura,
siendo para algunas comarcas, particularmente para el Camagüey y
Oriente, verdaderos civilizadores”. Hasta el primer piano de concierto que sonó en
Cuba lo llevó una familia dominicana, la del Dr. Bartolomé de
Segura, en cuya casa dio el maestro alemán Carl Rischer las
primeras lecciones en aquel instrumento. Refiriendo el caso, el
compositor Laureano Fuentes Matons comenta: “las familias
dominicanas.., como modelos de cultura y civilización nos
aventajaban en mucho entonces”. Pero entre 1795 y 1822 la emigración,
si bien frecuentísima, no se consideraba definitiva: muchas
familias conservaban allí puestas sus casas (así José Francisco
Heredia), regresaban a atender sus intereses, y sus hijos aparecen
concurriendo a la Universidad de Santo Tomás; sólo después de la
última invasión de Haití la ausencia se hace irrevocable. Naturalmente, no todas las familias cultas emigraron: muchas hubo que permanecieron en el país destrozado, o porque sus riquezas no eran fácilmente transferibles, o porque no las tenían, o por apego al terruño, a pesar de que las tierras vecinas no se veían como tierras extranjeras, sino como porciones de la gran comunidad hispánica, entonces efectiva y espontáneamente sentida por todos sin necesidad de prédica 138 . Entre los primeros emigrantes se contó José
Francisco Heredia 139,
que llegó a ocupar el cargo de regente en la Audiencia de Caracas y el del
alcalde del crimen en la de Méjico; hombre de acrisolada integridad y de bondad excepcional;
historiador excepcional también por su don de emoción
contenida, su honestidad intelectual, su firme amor a la justicia,
su dolorido amor al bien. Del siglo XVIII recibió la fe en la
humanidad, pero le tocó verla de cerca en delirios de crueldad y de
odio. A sus Memorias sobre las
revoluciones de Venezuela hay que atribuirles, dice el
distinguido escritor cubano Enrique Piñeyro, “además de su valor
como obra literaria... suma importancia histórica por los datos
preciosos que contienen y por los documentos que las acompañan...”
Hay en ellas “una seguridad de criterio, una imparcialidad de espíritu
y una firmeza de pluma bastante poco comunes. Quizás de ningún
espacio importante de la historia de la independencia
hispano-americana exista otro trabajo que en su género pueda comparársele,
tan completo, superior e interesante...”. Merece el autor
“muy alto lugar entre los prosistas americanos de la primera mitad
del siglo XIX; viene en realidad a ocupar un puesto que estaba vacío
en la lista de los historiadores de la independencia, a igual
distancia, por la absoluta, constante y sincera moderación, del
tono panegírico que a veces debilita la puntual y elegante relación
de Baralt como de la ceñuda hostilidad que cruelmente afea y
desautoriza el libro de Torrente”. Contemporáneos
de José Francisco Heredia son Fray José Félix Ravelo 140
,
rector de la Universidad de La Habana en 1817; los jurisconsultos
Gaspar de Arredondo y Pichardo, magistrado en la Audiencia del Camagüey,
heredera de la de Santo Domingo mientras duraron los efectos del
Tratado de Basilea, y Juan de Mata Tejada, pintor además e
introductor de la litografía en Cuba; el médico y escritor José
Antonio Bernal y Muñoz, catedrático de la Universidad habanera,
uno de los propagadores de la vacuna en compañía de Romay. Pertenecen ellos a la primera generación de
emigrados. Después se pueden discernir dos grupos: los hijos de
dominicanos nacidos en nuevo solar y los nacidos todavía en la
tierra de sus padres. En
Cuba, la primera gran generación de pensadores y poetas, la primera
de talla continental, la de Varela, Saco y Luz Caballero, está
constituida en gran parte por los descendientes de dominicanos:
Domingo Del Monte 141
, que comparte con Luz Caballero y Saco la dirección intelectual de
la época (Luz practicaba el apostolado ético y la mayéutica filosófica,
Saco señalaba orientaciones en problemas sociales y políticos, Del
Monte ejercía la magistratura literaria, a la que servía de asiento su célebre
tertulia); José María Heredia 142
,
el poeta nacional de la patria cubana en esperanza; Narciso Foxá,
versificador discreto; Francisco Javier Foxá, el dramaturgo;
Esteban Pichardo, el lexicógrafo; Antonio Del Monte y Tejada, el
historiador; Francisco Muñoz Del Monte, el poeta. De ellos, los
tres primeros nacieron fuera de Santo Domingo: Del Monte en
Venezuela; Narciso Foxá 143
en Puerto Rico; sólo Heredia en Cuba. Los cuatro
últimos nacieron en Santo Domingo. Francisco
Javier Foxá 144
es cronológicamente el primer dramaturgo romántico
de América y uno de los primeros de la literatura hispánica:
escribió su Don Pedro de Castilla en 1836, año siguiente al del estreno del primer
drama español, plenamente romántico, el Don
Alvaro de Rivas. Tuvo éxitos
ruidosos, pero su obra es endeble. Esteban
Pichardo 145
fue activísimo geógrafo y escribió el primer diccionario de
regionalismos en América, después del incompleto ensayo del
ecuatoriano Alcedo: hasta ahora, no sólo una de las mejores obras
de su especie, sino una de las pocas buenas. Antonio
Del Monte y Tejada 146
escribió en prosa magistral una Historia de Santo Domingo: esfuerzo grande para su tiempo, pobre en fuentes.
Cuando deje de leerse como historia, podrá leerse como literatura. Francisco
Muñoz Del Monte 147
, buen poeta, situado entre las postrimerías del clasicismo académico y los comienzos del romanticismo,
ensayista de seria cultura filosófica y literaria. Todavía
hay que recordar al naturalista y escritor Manuel de Monteverde 148,
cuya honda inteligencia y extensa cultura recordó siempre con
asombrada admiración el último gran maestro de Cuba, Enrique José
Varona. Fuera de Cuba, los dominicanos tienen función menos importante. En Venezuela figura José María Rojas, economista y periodista que hizo buen papel en los años que siguieron a la independencia y fundó una casa editorial que luego mantuvieron sus hijos: dos de ellos, José María y Arístides, fueron escritores. Rafael María Baralt, el eminente autor de la Oda A Cristóbal Colón, de la Historia de Venezuela, del Diccionario de galicismos y del Discurso académico en memoria de Donoso Cortés (su obra maestra, cuya profundidad filosófica la hace muy superior a todas las demás, según Menéndez y Pelayo), era dominicano a medias: lo era por su ascendencia, a lo menos del lado materno, por su educación, en parte recibida en Santo Domingo, y hasta por el cargo de Ministro de la República Dominicana en Madrid, que desempeñó muchos años; al morir, legó su biblioteca a la ciudad primada 149 , 150 , 151 , 152 , 153 , 154 .
138
Sobre los dominicanos en Cuba: Manuel de la Cruz (1861-1896), Literatura
cubana, Madrid,
1924, págs. 156- 157 (hay también referencias a dominicanos en las
págs. 11, 55, 68, 79-80, 185, 273, 391, 422); Max Henríquez Sobre
Bartolomé de Segura: Utrera, Universidades,
473,
522 y 540; Calcagno, Diccionario
biográfico cubano. El
P. Utrera
da el segundo apellido de Segura como Mueses; Calcagno lo da como
Mieses: uno y otro son apellidos dominicanos
viejos; de ser Mieses, deberíamos suponer a Segura pariente de José
Francisco Heredia. Nombres
de las principales familias dominicanas que emigraron a Cuba de 1796
a 1822: Angulo, Aponte, Arán, Arredondo,
Bernal, Caballero, Cabral, Campuzano, Caro (o Pérez Caro), Correa,
Del Monte, Fernández de Castro, Foxá,
Garay, Guridi, Heredia, Lavastida, Márquez, Mieses, Miura,
Monteverde, Moscoso, Muñoz, Pichardo, Ravelo,
Rendón, Segura, Solá, Sterling, Tejada. Como eran, en su mayor
parte, familias de antiguo arraigo en Santo Domingo,
estaban todas ligadas entre si. Pero en Santo Domingo quedó parte
de ellas: hasta hubo quienes regresaran,
como los Angulo Guridi, a mediados del silo xix, cuando los
haitianos habían sido definitivamente expulsados.
Abundan todavía los descendientes de los Arredondo, Bernal, Caro,
Del Monte, Fernández de Castro, Heredia,
Lavastida, Márquez, Mieses, Miura, Moscoso, Pichardo, Ravelo,
Tejada. Entre los escritores dominicanos del siglo xíx, eran parientes de José María Heredia y Heredia, “el cantor del Niágara”, de José Maria de Heredia y Girard, el sonetista de Les tropbéea (1842-1905), y del matancero Severiano Heredia y Arredondo, periodista, maite de París y ministro de gobierno en Francia, Javier (1816-1884) y Alejandro (1818-1906) Angulo Guridi, Manuel Joaquín (e, 1803-e. 1875) y Félix María (1819-1899) Del Monte, Encarnación Echavarría de Del Monte (1821-1890), el banilejo José Francisco Heredia (Florido>, Manuel de Jesús Heredia y Solá, Josefa Antonia Perdomo y Heredia (1834-1896), Nicolás Heredia (e. 1849-1901), Miguel Alfredo Lavastida y Heredia, Manuel Arturo Machado (1869-1922), descendiente de Oviedo y de Bastidas. Los. Heredia descendían también de Oviedo, según el poeta cubano-francés: y. la carta suya que cita Peñeyreo en nota a la pág. xiv de las Memorias del Regente de Caracas. 139
La obra de José Francisco Heredia y Mieses (1776-1820) pudo
salvarse de la extinción gracias al interés que despierta
su hijo “el cantor del Niágara”. El padre, miembro de familias
ilustres de la colonia, descendiente del conquistador
Pedro de Heredia, nació en Santo Domingo el 1 de diciembre de 1776;
recibió el grado de doctor en ambos
derechos en la Universidad de Santo Tomás, y, según Piñeyro, fue
allí catedrático de cánones (Utrera, Universidades,
no
da noticia de ello). Casó con Mercedes Heredia y Campuzano, su
prima, nacida en Venezuela, de padres
dominicanos. Emigró después del Tratado de Basilea, visitó
Venezuela, residió en Cuba ejerciendo de abogado,
y en 1806 se le nombró asesor del gobierno e intendencia de la
Florida occidental; en 1809 oidor de Caracas, adonde
llegó en 1811, después de larga espera en Coro, Maracaibo y Santo
Domingo. Fue regente interino de la
Audiencia; le tocó presenciar gran parte de la revolución de la
independencia venezolana; se mantuvo fiel al gobierno
español, pero trató siempre de evitar injusticias y crueldades; al
fin, víctima de la ojeriza de los militares, se
les trasladó a Méjico como alcalde del crimen: llegó allí a
mediados de 1819, después de largo descanso en La Habana.
Murió en Méjico el 30 de octubre de 1820, agotado por los males
morales y físicos que padeció en Venezuela. Tradujo
del inglés, poniéndole notas y apéndice, la Historia
secreta de la Corte
y Gabinete
de Saint-cloud, distribuida
en cartas excitas a París el año de 1805 a u, Lord de Inglaterra, probablemente
de Lewis Goldsmith: se publicó
la traducción, con la firma “un español americano”, en Méjico,
1808. Del inglés, también, tradujo en 1810 la Historia
de América, de
Robertson, que no se publicó: Piñeyro alcanzó a ver el
manuscrito. Escribió
en 1818, de descanso en Cuba, las Memorias
sobre las revoluciones de Venezuela (1810-1815),
que Enrique Piñeyro
publicó, con extenso estudio biográfico, en París, 1895 (el
estudio está reimpreso separadamente en el volumen
Biografias
americanas, París,
s.a., e. 1910); se reimprimieron, incompletas, en la Biblioteca
Ayacucbo, Madrid,
s.s., e. 1918. Consultar: Andrés Bello, artículo sobre José María Heredia, en la revista Repertorio Americano, de Londres, 1827, reproducido en el tomo VII de sus Obras completas, Santiago de Chile, 1664 (y. pág. 260); Manuel Sanguily, Don José Francisco Heredia, articulo publicado en la revista Hojas Literarias, de La Habana. 1895, y reproducido en el libro Enrique Piñeyro (tomo IV de las Obras de Sanguily); J. Deleito y Piñuela, Memorias del regente Heredia, en su libro Lecturas americanas, Madrid, 1920; Manuel Segundo Sánchez, Bibliografía venezolanista, Caracas, 1914 (v. págs. 156-157); Carlos Rangel Báez, El regente Heredia, en la revista Cultura Venezolana, de Caracas, octubre-noviembre de 1927; el interesante libro de José María Chacón y Calvo, Un juez de Indias, Madrid, 1933. 140
Sobre
el Dr. Ravelo, sobre el Lic. Arredondo (1773-1859), sobre el Dr.
Tejada (1790-1835), sobre el Dr. Bernal (1775-1853), consúltese
Calcagno, Diccionario
biográfico cubano, donde
además figura el sacerdote Manuel Miura y
Caballero (1815-1869). El
P. Utrera, Universidades,
da
noticias del Licenciado Arredondo (págs. 522 y 539) y de Bernal
(522 y 538). Apolinar
Tejera, Literatura
dominicana, 94-95,
menciona el Historial
de la salida del Licenciado Gaspar de Arredondo y Pichardo de la
Isla de Santo Domingo el 28 de abril de 1805: no
se ha impreso. Antonio Bachiller y Morales, Apuntes,
III,
195-196, menciona dos Memorias
de
Bernal sobre el subnitrato de mercurio, publicadas en La Habana,
1826 y 1827. Contemporáneos de ellos son los jurisconsultos Sebastián Pichardo y Lucas de Ariza (m. 1856), cuya biografía trazó José Gabriel García en Rasgos biográficos de dominicanos célebres. Santo Domingo, 1875. 141
A Domingo Del Monte y Aponte (1804-1853) se le llamó siempre en
Cuba dominicano, por serlo sus padres: su nacimiento en
Venezuela se veía, con razón, como cosa accidental (v.,
por
ejemplo, Cecilia
Valdés, la
célebre novela
de Cirilo Vilaverde, 1882). Su padre, el Dr. Leonardo Del Monte y
Medrano, nacido en Santiago de los Caballeros y graduado en la
Universidad de Santo Tomás, fue en La Habana teniente de gobernador
de 1811 a 1820, año en que murió. A pesar de la fama de Domingo
Del Monte, sus escritos no son hoy muy conocidos, porque pocos se
han reimpreso. La mejor parte se halla quizá en la Revista
Bimestre de la Isla de Cuba (1831-1834),
órgano de la Sociedad
Económica de Amigos del País, uno de cuyos principales animadores
fue él. En este siglo se han publicado dos
tomos de Escritos,
con
prólogo de José Antonio Fernández de Castro, y uno de Epistolario. Consultar: Calcagno, Diccionario biográfico cubano; M. Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, I, 250-253 y 306; J,M. Chacón y Calvo, Las cien mejores poesías cubanas; Max Henríquez Ureña, Antología cubana de las escuelas; Mitjans, Historia de la literatura cubana, paga, 107, 135, 136, 139, 141, 145-146, 147, 156, 187, 189, 201, 213-214 y 245-246. No conozco el trabajo de J.E. Entralgo, Domingo Del Monte y su época, ni el de Emilio Blanchet, La tertulia literaria de Del Monte, en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, de la Universidad de La Habana; José Augusto Escoto, al morir en 1935, tenía a medio hacer una Vida de Del Monte. 142 No hacen falta pormenores sobre Heredia, uno de los poetas de América mejor conocidos. Su biografía definitiva la esperamos de la pluma de D. José María Chacón y Calvo, autor del libro sobre el regente. Es singular que el poeta nacional de Cuba haya vivido muy poco tiempo en su tierra nativa y dolorosamente amada: menos de tres años entre su nacimiento y el traslado a la Florida; breve tiempo, quizá seis meses, de paso, en 1810; más de un año, probablemente, entre 18171 1819, mientras su padre se trasladaba de Venezuela a Méjico; cerca de tres años, de mes de 1820 a 1823: breve tiempo en 1836: no se suman ocho años en una vida de cerca de treinta y seis. Donde vivió más tiempo, y fue ciudadano, es en Méjico: más de quince años (1819-1820 y 1825-1839). En Santo Domingo estuvo en 1810, desde el mes de julio, y allí permaneció probablemente hasta 1812: según artículo de Alejandro Angulo Guridi, había estudiado en la Universidad de Santo Tomás; no pudo hacerlo en aquellos años; porque no había cumplido los nueve y la Universidad estuvo cerrada de 1801 a 1815, pero de todos modos estudiaba latín, y es fama que maravilló con sus conocimientos a Francisco Javier Caro, personaje dominicano de altos destinos futuros; el poeta Muñoz Del Monte también admiró allí su precocidad y la recuerda en su elegía (“En la orilla del Ozama...”; “Un doble lustro por ti pasado no había...”). No sabemos si al salir de Venezuela, en 1817, se detuvo en Santo Domingo: los complicados viajes de entonces permitirían pensarlo (y. en las Memorias de José Francisco Heredia, edición de 1895, el documento de 1810, págs. 236-237); entonces habría podido asistir, aun sin inscribirse, a la Universidad, que tenía alumnos muy jóvenes (Utrera, Universidades, 549-55 1, nos demuestra que había inscritos niños de nueve y de diez años en las aulas infantiles de gramática latina). D. Emilio Rodríguez Demorizi, en El cantor del Niágara en Santo Domingo, en la revista Analectas, de Santo Domingo, 1 de noviembre, 1934, supone que el poeta asistiría en 1811 a la escuela seminario del futuro arzobispo Valera. 143
Narciso Foxá y Lecanda nació en San Juan de Puerto Rico en 1822 y
murió en París en 1883. Publicó Canto
épico
sobre el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, en
La Habana, 1846, y Ensayos
poéticos, en
Madrid,
1849, con juicio de Manuel Cañete. Consultar:
Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia
de la poesía hispanoamericana, 1,
3 39-340; Calcagno, Diccionario
biográfico cubano; Diccionario enciclopédico hispano-americano;
Mitjans, Historia de la literatura cubana,
268
y 271-273. Su hija Margarita Foxá de Arellano dejó Memorias, de las que hizo caluroso elogio Enrique Piñeyro. 144 Francisco Javier Foxá (1816-e. 1865), hermano mayor de Narciso, nació en Santo Domingo. Se sabe que compuso tres obras dramáticas: Don Pedro de Castilla, drama histórico en cuatro jornadas, en prosa y verso, escrito en 1836, estrenado y publicado en La Habana en 1838 (está mediocremente concebido y escrito: revela influencia de Víctor Hugo) ; El templario, drama caballeresco en cuatro jornadas, estrenado en La Habana en agosto de 1838 y publicado allí en 1839; el juguete cómico en verso, en un acto, Ellos son: no sé si llegó a imprimirse. Foxá fue coronado en el estreno de Don Pedro de Castilla Plácido le dedicó un soneto en la ocasión (está en la Revista de La Habana, 1853). Mitjans, Historia de la literatura cubana, 194 y 202, dice que aquella noche fue “célebre en Cuba, como la del estreno del Trovador, en Madrid, como fe a e un acontecimiento teatral ruidoso nunca visto”. Calcagno da breve biografía de él en el Diccionario biográfico cubano. De que ya se conocía a Víctor Hugo en Cuba, da testimonio la traducción de Hernani, en verso, publicada en La Habana, 1836, por el venezolano Agustín Zárraga y Heredia, probablemente de familia dominicana. Calcagno, en su Diccionario, da noticia de otro Zárraga y Heredia, José Antonio, nacido en Coro (donde había Heredias procedentes de Santo Domingo) y residente en Cuba, donde escribió versos. A esta familia debió de pertenecer la escritora Juana Zárraga de Pilón. 145
El diccionario provincial casi razonado de voces cubanas, de Esteban
Pichardo y Tapia (1789-c. 1880), se publicó en
La Habana en 1836 y se reimprimió allí, con retoques y adiciones,
en 1849,1862 y 1875. Hace tiempo que se echa
de menos una quinta edición: la esperamos del Dr. Fernando Ortiz. Pichardo
publicó además una Miscelánea poética, La Habana, 1822,
reimpresa, con adiciones, en La Habana, 1828, con 303 págs. (se
dice que son malos sus versos); Notas cronológicas sobre la Isla de
Cuba, La Habana, 1822 ó
1825; Itinerario de los caminos principales de la Isla de Cuba, La
Habana, 1828; Autos acordados, de la Audiencia del Camagüey (era
abogado), La Habana, 1834, reimpresos en 1840; Geografía de la Isla
dé Cuba, La Habana, 1854, la mejor durante mucho tiempo, con un
“mapa gigantesco” según Manuel de la Cruz (Literatura cubana.
185); El fatalista; novela de costumbres, La Habana, 1865; Caminos
de la isla, tres yola., La Habana, 1865; Gran carta geográfica de
Cuba, en que trabajó cuarenta años (la terminó en 1874, con una
Memoria justificativa). Dejó inédita una obra descriptiva de la
naturaleza en Cuba, de la cual se conocen partes, como el artículo
Aves. Consultar: Además de Calcagno, el juicio del filólogo alemán Rodolfo Lenz en su Diccionario etimológico de voces chilenas derivadas de lenguas indígenas americanas, Santiago de Chile, 1905-1910, y los Juicios críticos sobre el Diccionario provincial de Picbardo, La Habana, 1876 (incluye uno de Enrique José Varona, publicado antes en el Diario de la Marina, de La Habana, 1870). 146
Antonio Dei Monte y Tejada, si por la edad pertenece a la generación
de José Francisco Heredia, por la actividad literaria pertenece al
grupo posterior. Hijo de familia muy rica, primo de Domingo Del
Monte, nació en Santiago de los Caballeros en 1783; estudió en la
Universidad de Santo Tomás, donde recibió el grado de bachiller en
leyes en 1800. En 1805 se trasladó al Camagüey para ejercer de
abogado; en 1811, a La Habana, donde su tío Leonardo era ya
teniente de gobernador: ejerció con éxito (salvo interrupciones) y
fue (1828) decano del cuerpo de Pensaba visitar su país natal
cuando murió, en La Habana, el 19 de noviembre de 1861. Su
Historia de Santo Domingo comenzó a publicarse en La Habana en
1853; sólo apareció el primer tomo. Se imprimió completa en
cuatro vols., Santo Domingo, a costa de la Sociedad (dominicana) de
Amigos del Pala, 1890-1892. Hizo también un Mapa de Santo Domingo. Consultar: Diccionario enciclopédico hispano-americano; Calcagno, Diccionario biográfico cubano; Utrera, Universidades, 9, 522, 533, 539. 147
Francisco Muñoz Del Monte nació en Santiago de los Caballeros en
1800. Se dice que era primo del Domingo Del
Monte y Aponte y de Antonio Del Monte y Tejada; pero en Utrera,
Universidades, 521 y 537, hallo que el Dr. Andrés Muñoz Caballero
casó con Maria de la Altagracia Del Monte y Aponte: éstos parecerían
ser los padres de Muñoz del Monte; por los apellidos, la madre podría
ser hermana de Domingo y prima de Antonio. Pero los apellidos de
estas familias se entrecruzaban y repetían. “Fue
mejor jurista que poeta, y dejó fama de notable abogado”, dice
Menéndez Pelayo. Residente en Cuba, y electo diputado a Cortes en
1836, no pudo ejercer el cargo, porque España decidió a última
hora no recibir diputados ultramarinos. En 1848, sospechándosele
adicto a la independencia de Cuba, se le obligó a vivir en Madrid.
Allí murió
en 1864 6 1865 (no en 1868), durante la epidemia de cólera. En
Santiago de Cuba redactaba de 1820 a 1823 La
Minerva, buena
publicación jurídica, política y literaria (Antonio Bachiller
y Morales, Apuntes,
II,
128, y III, 117, dice que es de 1821). En Madrid colaboró en La
Época (1837),
en La
América y
en la Revista
Española de Ambos Mundos (1858). Sus
Poesías
aparecieron
en edición póstuma en Madrid, 1880: sólo contiene diez y nueve,
escritas entre 1837 y 1847; van además en el volumen dos
discursos pronunciados en el Liceo de La Habana, uno sobre La
literatura contemporánea (octubre
de 1847) y otro sobre La
elocuencia del foro (diciembre
de 1847). Su poemita La
mulata, que se publicó en folleto anónimo, en La
Habana, 1845, está reproducido en el tomo II de la colección Evolución
de la cultura cubana, La
Habana, 1928. Su ditirambo Dios
es lo bello absoluto (1845)
se había publicado en el tomo único
de La
Biblioteca del
Liceo de La Habana, en 1858. Figura
en la América
poética, la
antología de Juan María Gutiérrez, Valparaíso, 1846 (versos A
la muerte de Heredia); en
las Flores
del Siglo, de
Rafael María de Mendive, La Habana, 1853 (con El
verano en La Habana y
A
la Condesa de Cuba en la muerte de su padre); en
la Antología
de poetas bispano-americanos, de
la Academia Española, cuatro yola., Madrid, 1893-1895; en la
Antología
poética hispano-americana , de
Calixto Oyuelo, cinco yola.,
Buenos Aires, 1919-1920. Consultar: Diccionario enciclopédico hispano-americano (indica, como Calcagno, que Muñoz Del Monte pasó a Cuba a los tres años de edad; si es así, volvió a Santo Domingo, porque en los versos a Heredia lo recuerda “en la orilla del Ozama”, en los años de (1819-1822); Calcagno, Diccionario biográfico cubano (v., no sólo la biografía de Muñoz Del Monte, sino la del general español Manuel Lorenzo); Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, I, 305-307 (menciona su articulo sobre El orgullo literario, que no sé donde se haya publicado). 148
Manuel José de Monteverde y Bello nació el 31 de marzo de 1795;
murió en Cuba en 1871 (había llegado en 1822
al Camaguey). Calcagno dice que fue “abogado, literato, poeta,
naturalista..., fuerte en ciencias agrícolas” y que
tuvo un hijo “notable en los mismos ramos”. No sé de qué trata
su opúsculo El
ciudadano Manuel Monteverde al
público, Puerto
Príncipe, 1823. Consultar: Calcagno, Diccionario biográfico cubano; Domingo Del Monte, artículo sobre el movimiento intelectual del Camagüey, en la revista El Plantel; Enrique José Varona, Ojeada sobre el movimiento intelectual en América. réplica a Ramón López de Ayala, La Habana, 1878, reproducido en Estudios literarios y filosóficos, La Habana, 1883, carta a Federico Henríquez y Carvajal, en la revista El Fígaro, de La Habana, e. 1918, y Mi galería, en la revista El Fígaro, de La Habana, 31 de julio de 1921. 149
A esta época pertenecen los escritores de origen dominicano Manuel
Garay Heredia, José Miguel Angulo Heredia,
poetas medianos, José Miguel Angulo Guridí, jurisconsulto y
escritor. Garay,
nacido en Santo Domingo, murió joven en viaje hacia España; hay
versos suyos, según Calcagno, en La
Aurora,
de
Matanzas, 1830, en el Aguinaldo
Matancero y
en el Aguinaldo
Habanero, 1837. Angulo
Heredia, poeta y abogado, publicó versos en el órgano del Liceo
de
Matanzas (ciudad medio dominicana entonces
en su vida de cultura, como Santiago de Cuba y Camaguey) y en el Aguinaldo
Matancero; el
P.. Utrera, Universidades, 548 y 558, indica que nació en La Habana, 1807, y no en Santo Domingo, como dice Calcagno; pero si cursó en la Universidad de Santo Tomás; murió en Matanzas, 1879. Primo camal del cantor del Niágara. Su hermano Antonio, nacido en Santo Domingo en 1800, estudiante de leyes allí en 1818, era homónimo del Antonio Angulo y Heredia, cubano, 1837-1875, escritor de amplia cultura, que fue discípulo de Luz Caballero y pronunció en el Ateneo de Madrid una comentada conferencia sobre Goethe y Schiller (1863), después de haber estudiado en Berlín. Este Angulo Heredia era hijo de José Miguel Angula Guridi, el cual había nacido en Matanzas, según Calcagno: no indica qué parentesco tenía con Javier y Alejandro Angulo Guridi, nacidos en Santo Domingo y largo tiempo residentes en Cuba. 150
En Santo Domingo nació, en 1822, Manuel Fernández de Castro y
Pichardo, matemático y pedagogo, catedrático 151
Descendientes de dominicanos que florecen en Cuba: Manuel Del Monte
y Cuevas (1810-1857), hijo de Antonio
Del Monte y Tejada, nacido en Santiago de Cuba, que escribió sobre
cuestiones jurídicas; Jesús Del Monte y
Mena (1824-1877), nacido en Santiago de Cuba, matemático, poeta y
comediógrafo, auxiliar de José de la Luz y Caballero
en su colegio “El Salvador’; Domingo Del Monte y Portillo, que
nació en Matanzas (o en Santo Domingo, según
el bibliógrafo cubano Domingo Figarola Caneda) y murió allí en
1883, novelista, comediógrafo, poeta y economista;
su hermano Casimiro Del Monte, nacido en 1838, poeta, dramaturgo y
novelista: los dos estuvieron en Santo
Domingo durante la Guerra
de los Diez Años de Cuba (1868-1878),
y se les recuerda, más que por los versos que
Domingo escribió allí (muy celebrados, según el Diccionario
enciclopédico hispano-americano), por
El
Laborante,
periódico
dedicado a la independencia cubana, que dirigió Domingo en 1870, y
por la participación que tuvo
Casimiro en las actividades de la ilustre sociedad dominicana de
Amigos del País; Ricardo Dcl Monte (1830-1909),
poeta de forma pulcra, crítico literario y periodista político una
dc las figuras salientes de su época en Cuba; Natividad
Garay, poetisa nacida en Santiago de Cuba, según Calcagno, o en
Santo Domingo, según Alejandro Angulo
Guridi (Discurso en la inauguración del Colegio de San
Buenaventura, Santo Domingo, 1852),y residente en Matanzas,
donde colaboraba en el Liceo
(en
1850 escribió Canto
a los dominicanos después de la batalla de Las Carreras,
ganada
contra los haitianos en 1849); Wenceslao de Villaurrutia
(1790-1862), hijo de Jacobo, nacido en Alcalá
de Henares, que residió en Cuba desde 1816, favoreció allí planes
de progreso tales como la introducción del ferrocarril
y escribió, entre otras cosas, el discurso Lo
que es La Habana y lo que puede ser; Jacobo
de Villaurrutia, La
descendencia literaria de estas familias se va extinguiendo en Cuba.
Únicas excepciones que recuerdo: el poeta villaclareño
Manuel Serafín Pichardo, director durante muchos años, con Ramón
A. Catalá, de la conocida revista habanera
El
Fígaro; el
poeta camagüeyano Felipe Pichardo Moya. En Francia, la descendencia literaria de los Heredia se perpetúa en la hija del poeta de Les trophées, Mme. Henri de Régnier (Gérard d¡iouville). 152
José María Rojas (1793-1855) era de Santiago de los Caballeros.
Fue en Caracas redactor de El
Liberal (1841-1848)
y de El
Economista; publicó
en 1928 un Proyecto
sobre
circulación fiduciaria. Dos veces diputado. Promovió en
1842 la erección del monumento a Bolívar. Su esposa, Dolores
Espaillat, santiaguera también, era de la familia que produjo al
austero patriota y escritor dominicano Ulises Francisco Espaíllat.
Emigraron a Caracas en 1822 y allí nacieron
sus hijos: José Maria, Marqués de Rojas (1828-e. 1908), conocido
como político, economista, historiador y antologista
de la voluminosa y útil Biblioteca
de escritores venezolanos (París,
1875); Arístides (1826-1894), mucho mejor
escritor, uno de los más fecundos en la literatura venezolana, buen
ensayista, costumbrista e investigador de historia,
arqueología y lingüística de la América del Sur. Hay biografía
del padre en el Diccionario
enciclopédico hispano-americano. Las relaciones de cultura de Santo Domingo con Venezuela, como con Cuba, son constantes. No sólo los dominicanos han ido con frecuencia a Venezuela: allí se refugiaron Núñez de Cáceres (y. cap. xl) y Duarte; hay parientes del uno y del otro en la vida política y cultural de aquel país. Los hombres de letras venezolanos, como los cubanos, durante el siglo XIX visitaron la isla de Santo Domingo con frecuencia o residieron en ella (el destierro fue a veces la causa): recuerdo, además de Baralt (1810-1860), que pasó allí sus primeros once años, a Juan José Lilas, Jacinto Regino Pachano, León, Lameda, Manuel María Bermúdez Avila, Santiago Ponce de León, Eduardo Scalan, Carlos T. lrwin, Juan Antonio Pérez Bonalde, Juan Pablo Rojas, Paúl, Andrés Mata Rufino Blanco Fombona. 153 Las relaciones entre Santo Domingo y Puerto Rico son igualmente constantes. De familia dominicana, en parte, son el gran pensador Eugenio Maria de Hostos (1839-1903), que dio a Santo Domingo mucho de sus mejores esfuerzos, y la poetisa Lola Rodríguez de Tió. 154
A la época de la emigración pertenece el pintor francés Théodore
Chassériau (1819-1856), cuya rehabilitación definitiva,
que lo consagra como una de las grandes figuras en el arte del siglo
XIX, se cumplió con la ruidosa exposición de sus obras celebrada
en Paris el año de 1932. Chasséríau nació en Samaná bajo el último
periodo de |