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Literatura de Santo Domingo
de Pedro Henríquez Ureña
La isla de Santo Domingo -territorio dividido
ahora entre dos naciones pequeñas, la República Dominicana, de
idioma español, y la República de Haití, de idioma francés-
antes del Descubrimiento estuvo poblada en su mayor parte por
indios pacíficos que hablaban una de las muchas lenguas de la
familia arahuaca, el taíno: sólo habían alcanzado cultura
rudimentaria; su lengua despareció, legando unos centenares de
palabras al castellano de las Antillas, y de su poesía sólo
quedan noticias. El "areíto" -palabra que los
españoles pronunciaron después "areito"- era su danza
cantada; a juzgar por las descripciones del P. Las Casas y de
Oviedo, los había rituales, históricos, festivos.
En países como México, Guatemala, el Perú, la
poesía, la música, la danza, las representaciones dramáticas de
los indios sobrevivieron y a veces se mezclaron con las que trajo
el español. Nada de eso sucedió -que sepamos- en Santo Domingo.
Los comienzos de literatura de que puede ocuparse la historia hay
que buscarlos en los escritos de descubridores y conquistadores.
La literatura de idioma castellano comienza para Santo Domingo con
el Diario del viaje de Colón, en el extracto del P. Las Casas, y
con las cartas -a los Reyes Católicos y a Sánchez y Santángel-
en que narra el Descubrimiento. Contienen descripciones vivaces.
Entre 1493 y 1494, el médico andaluz Diego Álvarez Chanca, en
carta al Cabildo de Sevilla, da las primeras descripciones de
fauna y flora de América, con intento de precisión científica;
poco después el jerónimo catalán Fray Román Pané recoge
observaciones sobre creencias religiosas de los indios.
En diez años, los españoles sojuzgan con poco
esfuerzo a los indios, y para 1505 tienen fundadas diecisiete
poblaciones de tipo europeo, sin contar las fortalezas: la Isla
Española vino a ser el centro de la transplantada cultura
occidental durante treinta años, y su principal ciudad, Santo
Domingo, fundada en 1496, será la capital del Mar Caribe hasta
mediados del siglo XVIII. Pronto se establece allí el gobierno
general de América: de 1509 a 1526, Diego Colón, el hijo del
Descubridor, es virrey de las Indias con asiento en Santo Domingo;
después de su muerte, la corona de España suprime el virreinato
y divide la administración de las nuevas tierras. Santo Domingo,
con su Real Audiencia, ejercía jurisdicción sobre las islas del
Mar Caribe y parte de la costa septentrional de la América del
Sur. Jurisdicción semejante ejerce, en el orden eclesiástico, su
arquidiócesis (obispado en 1503; arzobispado en 1545), primada de
las Indias, y, en la cultura intelectual, su Universidad de Santo
Tomás de Aquino, el antiguo colegio de los frailes dominicos, que
desde 1538 adquiere categoría universitaria: junto a ella existió,
con menor brillo, la de Santiago de la Paz, fundada en 1540. La
ciudad se llamó "Atenas del Nuevo Mundo".
Albergó, a veces largo tiempo, a los grandes exploradores y
conquistadores: Hernán Cortés -que fue escribano en la Villa de
Azua-, Diego Velázquez de Cuéllar, Juan Ponce de León, Rodrigo
de Bastidas, Alonso de Hojeda, Vasco Núñez de Balboa, Pedro de
Alvarado, Francisco Pizarro, Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Hubo
allí eminentes obispos y arzobispos, desde el humanista italiano
Alessandro Geraldini (1455-1524), a quien debemos los primeros
versos en latín escritos en el Nuevo Mundo, hasta Fray Fernando
de Carvajal y Rivera (1633-1701), buen prosador conceptista. El
Convento de Predicadores tuvo vida gloriosa: dos de sus
fundadores, Fray Pedro de Córdoba y Fray Antón de Montesinos,
abrieron la campaña en favor de los indios; el episodio de los
dos memorables sermones iniciales del P. Montesinos está contado
en la Historia de las Indias, del P. Las Casas. De allí
salieron los fundadores de multitud de conventos en América:
entre ellos, Fray Domingo de Betanzos, Fray Tomás Ortiz, Fray Tomás
de Torre, Fray Tomás de San Martín, Fray Tomás de Berlanga,
Fray Pedro de Angulo. Allí se inicia en la predicación Fray
Alonso de Cabrera, uno de los grandes oradores del siglo XVI. Allí
profesó Fray Bartolomé de las Casas, que recogió como herencia
la campaña de los fundadores. El Convento de la Merced dio
albergue al creador de Don Juan, Tirso de Molina, que allí ejerció
de maestro cerca de tres años (1616-1618). Hubo también
erasmistas, como Lázaro Bejarano, y hasta protestantes.
De los muchos escritores europeos que allí
vivieron, los más unidos a la isla, los que más largamente
escribieron sobre ella, fueron Fray Bartolomé de las Casas
(1474-1566), con su Historia de las Indias y su Apologética
historia y Gonzalo Fernández de Oviedo (1479-1557), con su Historia
general y natural de las Indias y el Sumario que la
precedió (1526).
Desde el siglo XVI la isla produce escritores: los
principales, Fray Alonso de Espinosa, de quien sólo sabemos que
comentó el salmo Eructauit cor meum...;
el canónigo Cristóbal de Liendo (1527-1584), hijo del arquitecto
montañés Rodrigo Gil de Liendo; el predicador Fray Alonso
Pacheco, provincial de los agustinos en el Perú; el mercedario
erasmista Fray Diego Ramírez; el P. Cristóbal de Llerena, de
quien nos queda un agudo entremés, que fue representado en la
Catedral (1588) y contiene acerbas críticas de la vida pública
de la colonia; las más antiguas poetisas de América, doña
Elvira de Mendoza y Sor Leonor de Ovando (escribía desde antes de
1580; vivía aún en 1609), que sabía ascender hasta el más
afinado conceptismo devoto:
"Y sé que por mí sola
padeciera
y a mí sola me hubiera redimido
si sola en este mundo me criara"
Del siglo XVII conservamos pocos escritos, pero
muchos nombres de escritores: entre ellos, Tomás Rodríguez de
Sosa, Luis Jerónimo de Alcocer, Fray Diego Martínez, Baltasar
Fernández de Castro, Tomasina de Leiva y Mosquera. Según Isaiah
Thomas, el bibliógrafo norteamericano, entonces se introdujo allí
la imprenta; pero sólo se conocen impresos dominicanos muy
posteriores.
En el siglo XVII se distinguen Pedro Agustín
Morell de Santa Cruz (1694-1768), autor del primer bosquejo,
escrito en rica prosa, de Historia de la isla y Catedral de
Cuba, donde fue obispo y tuvo valerosa actitud, bien recordada
ante los ingleses que invadieron La Habana en 1762; el P. Antonio
Sánchez Valverde (1729-1790) que, en su tratado El Predicador
(Madrid 1782) intenta corregir los entonces frecuentes abusos de
la oratoria sagrada (eran los tiempos de "Fray
Gerundio"), y que en su Idea del valor de la Isla Española
(Madrid, 1785) aboga en favor de su tierra, descuidada por la metrópoli;
Jacobo de Villaurrutia (1757-1833), polígrafo a quien interesaron
muchas de las grandes y de las pequeñas cuestiones humanas y la
situación de los obreros hasta el progreso del teatro y de la
prensa: sus variadas publicaciones abarcan desde una selección de
pensamientos de Marco Aurelio (Madrid, 1786), hasta la traducción
de una novela inglesa de Frances Sheridan (Alcalá de Henares,
1792); con Carlos María de Bustamante fundó el primer Diario
de México (1805).
De 1795 a 1844 la isla sufre graves trastornos.
Consecuencias: la porción francesa, Saint-Domingue, se hace
independiente bajo el nombre de Haití (1804); la porción española,
Santo Domingo, se hace independiente en 1821, la invaden los
haitianos, recobra la independencia en 1844, y toma el nombre de
República Dominicana. Durante esos cincuenta años de convulsión
hubo emigraciones numerosas, principalmente a Cuba, adonde los
dominicanos llevaron la cultura entonces superior de Santo
Domingo: "para el Camagüey y Oriente -dice el escritor
cubano Manuel de la Cruz- fueron verdaderos civilizadores".
De las familias emigrantes proceden José María Heredia, el gran
poeta de Cuba (y después su primo y homónimo el poeta
cubano-francés) y Domingo del Monte, que presidió durante años,
con su cultura amplísima, la vida literaria de Cuba. Nativos de
Santo Domingo eran, entre los muchos hombres de letras que pasaron
la mayor parte de su vida fuera de su patria, José Francisco
Heredia (1776-1829), cuyas Memorias sobre las revoluciones de
Venezuela (1810-1815) cuentan entre los mejores libros históricos
del período de luchas en favor de la independencia de América
(era el padre del "Cantor del Niágara); Antonio del Monte y
Tejada (1783-1861), que escribió con elegante estilo una Historia
de Santo Domingo (I, La Habana, 1853; completa, Santo Domingo,
1890-1892); Esteban Pichardo (1799-c. 1880), geógrafo y lexicógrafo,
autor del primero -y uno de los mejores- entre los diccionarios de
regionalismos de América; Francisco Muñoz Del Monte (1800-c.
1865), poeta y ensayista de buena cultura filosófica; el
naturalista Manuel de Monteverde (1795-1871), según el ilustre
cubano Varona "hombre de estupendo talento y saber enciclopédico",
que entre otras cosas escribió unas deliciosas cartas sobre el
cultivo de las flores; Francisco Javier Foxá (1816-c. 1865), el
primero en fecha entre los dramaturgos románticos de América,
con Don Pedro de Castilla (1836) y El templario
(1838): la noche del estreno del primer drama fue "célebre
en Cuba como la del estreno del Trovador en Madrid";
José María Rojas (1793-1855), periodista y economista, fundador
de una casa editorial en Caracas; José Núñez de Cáceres
(1772-1846), jurista, periodista y poeta, que proclamó la
independencia y presidió el Estado en 1821: había sido antes
rector de la Universidad de Santo Tomás de Aquino. Contemporáneo
de ellos es el egregio pintor Théodore Chassériau (1819-1856),
nacido en Santo Domingo bajo la dominación española.
Cuando, después de 1844, la República Dominicana
trata de organizarse y asentarse, la obra es lenta y sólo empezará
a dar frutos visibles treinta años después. La cultura se
reconstruye poco a poco; le da grande impulso, desde 1880, con
nuevas orientaciones, el eminente pensador puertorriqueño Eugenio
María Hostos (1839-1903). La literatura había empezado a
levantarse con Félix María del Monte (1819-1899), autor
precisamente del Himno de guerra contra los haitianos (1844),
poeta y orador. Tanto él como Nicolás Ureña de Mendoza
(1822-1875) y José María González Santín (1830-1863) escriben
con sabor y delicadeza sobre temas criollos, campesinos o urbanos
(desde 1855). Javier Angulo Guridi (1816-1884) introduce los temas
indios con su drama Iguaniona (escrito en 1867) y su
romance Escenas aborígenes, y los temas de la leyenda
local con novelas como La ciguapa y El fantasma de Higüey.
Su hermano Alejandro (1818-1906) escribió principalmente sobre
temas filosóficos y políticos. Sobre todos ellos se destaca del
Monte, con el extraño acento de sus versos de amor: la
"Dolora", "Yo vi una flor en el vergel risueño"...;
los sonetos que comienzan:
"¿No hay en tu fosa
suficiente hielo?
¿No hay en la eternidad bastante olvido?"
las octavas "Tú que en los sueños
de mi edad primera"...:
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"Escucha, aquellos lazos que en la
vida
ligaron, a la tuya, extraña suerte,
ya en su piedad los desató la muerte,
purificando su abatido ser.
Retornarás a mí: que en el espacio
do flotan, sin chocarse, tantos mundos,
sobreviven intensos y profundos
los sentimientos del amor doquier.
"Sí, sobrenadan en la esencia pura
que a modo de torrentes de armonía
en piélagos de ardiente simpatía
la atmósfera circundan del Señor...
No se alza de la tierra ni un deseo
que no haya bendecido el Hacedor...
"Ven a mí saturada de la glora
en que nada tu espíritu divino...
Explícame esa ley aterradora
que a perseguir tu sombra me condena..."
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Aparecen muchos prosistas: como escritores políticos.
Ulises Francisco Espaillat (1823-1878), gobernante ejemplar,
Gregorio Luperón (1839-1897), Mariano Antonio Cestero
(1838-1909); como historiador, el primero que trata de abarcar
todo el pasado y el presente cercano del país, José Gabriel García
(1834-1910); Fernando Arturo de Meriño (1833-1906), majestuoso
orador sagrado, que fue presidente de la República (1880-1882)
-como Espaillat y Luperón- y después arzobispo (1885); Emiliano
Tejera (1841-1923), sabio investigador de la época colonial y del
idioma indígena de la isla, con estilo puro y enérgico: en sus
libros sobre el hallazgo de los restos de Colón en Santo Domingo
(1877) hay páginas admirables de historia. El más puro hombre de
letras es Manuel de Jesús Galván (1834-1910), autor de la gran
novela histórica Enriquillo, escrita en prosa castiza,
pulcra, de ritmo lento y solemne; ciñéndose unas veces a los
hechos, otras innovando, da en amplio desarrollo el cuadro de la
época de la conquista, desde la llegada de Ovando hasta la justa
rebelión del último cacique de la isla, desde 1519 hasta 1533, año
en que termina con generosa decisión de Carlos V.
Después de nuevos poetas estimables -Encarnación
Echavarría de Del Monte (181-1890), Josefa Antonia Perdomo y
Heredia (1834-1896), Manuel de Jesús de Peña y Reinoso
(1834-1915), Manuel Rodríguez Objío (1838-1871)- aparecen José
Joaquín Pérez (1845-1900) y Salomé Ureña de Henríquez
(1850-1897), a quienes define así Menéndez Pelayo, el más
grande de los críticos españoles: "Para encontrar verdadera
poesía en Santo Domingo hay que llegar D. José Joaquín Pérez y
a doña Salomé Ureña de Henríquez; al autor de "El junco
verde", de "El voto de Anacaona" y de la abundantísima
y florida "Quisqueyana", en quien verdaderamente
empiezan las Fantasías indígenas, interpeladas con los
"Ecos del destierro" y con las efusiones de "La
vuelta al hogar"; y a la egregia poetisa que sostiene con
firmeza en sus brazos femeniles la lira de Quintana y de Gallego,
arancando de ella robustos sones en loor de la patria y de la
civilización, que no excluyen más suaves tonos para cantar
deliciosamente "La llegada del invierno" o para
vaticinar sobre la cuna de su hijo primogénito". En la obra
de José Joaquín Pérez ocupa el centro la colección de Fantasías
indígenas (1877), poemas narrativos unos, como "El junco
verde" y "El voto de Anacaona", líricos otros,
como el originalísimo "Areito de las vírgenes de Marién",
en que el poeta transfigura la teogonía de los indios
quisqueyanos apoyándose en los pobres datos del P. Román Pané.
La "Quisqueyana" (1874), descripción de la naturaleza
de la isla, podría servir como introducción a las Fantasías.
Las poesías sueltas abarcan desde los "Ecos del
destierro" (1872) y "La vuelta al hogar" (1874)
hasta los "Contornos y relieves" (1897-1899) donde se
advierte feliz contaminación de la poesía fin de siglo. "El
nuevo indígena" (1898) es una imagen del nuevo hombre de América,
que ya no es el español ni el indio, sino una nueva estirpe con
espíritu nuevo. Salomé Ureña de Henríquez escribió menos: le
dio fama su poesía civil (1873-1880), con que "voló a
combatir contra la guerra" y levantó el espíritu de la nación
hacia los ideales de paz y progreso; en "contagio sublime,
muchedumbre de almas adolescentes la segía". Cuando se
convenció de que había pocas esperanzas de que mejorara pronto
la vida pública, escribió la mejor de sus odas:
"Sombras" (1881), y se dedicó a organizar la enseñanza
superior de la mujer, bajo la orientación de Hostos. Al graduarse
de maestras normales sus primeras discípulas -acontecimiento de
gran resonancia en el país- compuso otra de sus mejores odas:
"Mi ofrenda a la patria" (1887). Escribió, además, el
poema "Anacaona", de asunto indígena (1880), y versos
de hogar que tituló "Páginas íntimas".
A la misma generación pertenecen Francisco
Gregorio Billini (1844-1898), escritor político y autor de la
novela regional Engracia y Antoñita (1892); Federico Henríquez
y Carvajal (n. 1848), orador, periodista y maestro, gran
difundidor de cultura y de civismo; Francisco Henríquez y
Carvajal (1859-1935), maestro y escritor político de severa
doctrina, que, como Billini, ocupó la presidencia de la república
(1916); César Nicolás Penson (1855-1901), el poeta del vigoroso
cuadro "La víspera del combate" (1896) y el novelador
de Cosas añejas (1891), relatos del pasado local; Federico
García Godoy (1857-1924), autor de tres novelas históricas sobre
los comienzos de la vida independiente del país Rufinito
(1908), Alma dominicana (1911), Guanuma, y crítico
de amplia cultura literaria y filosófica en La hora que pasa
(1910) y Páginas efímeras (1912); los poetas Enrique Henríquez
(1859-1940) y Emilio Prud'homme (1856-1933); los historiadores
Apolinar Tejera (1855-1922) y Casimiro Nemesio de Moya
(1849-1915), investigadores del pasado colonial.
Aparece después Gastón Fernando Deligne
(1861-1913), el más original de los poetas dominicanos, tanto en
sus temas como en su forma, nueva siempre en sus expresiones
eficaces. Desde temprano reveló su tendencia filosófica en
composiciones como "Valle de lágrimas". Para él, como
para Browning, todo es problema: la estructura de sus mejores
poemas es la del proceso espiritual que se bosqueja con brevedad,
se desenvuelve con amplitud, culmina con golpe resonante, y se
cierra, según la ocasión, rápida o lentamente, en síntesis de
intención filosófica. El procedimiento comienza en historias de
almas de mujer ("Angustias", 1885; "Soledad",
1887; "Confidencias de Cristina", 1892), y después se
aplica a casos variadísimos: el chatria que en el choque con la
vida aprende a despreciarla y se acoge al nirvana
("Aniquilamiento", 1895); la poetisa que se consagra al
bien de la patria y mantiene "de una generación los ojos
fijos en el grande ideal" ("¡Muerta!, 1897); el tirano
que después de hacerse "dueño de todo y de todos"
tropieza con la venganza popular ("Ololoi", 1899); Jove
Capitolino, que ve a la humanidad perder sus antiguas y sus nuevas
creencias, y para consolarla le lleva el Pegaso y la Quimera
("Entremés olímpico", 1907); singular entre todas, la
historia de la choza abandonada y en ruinas que las plantas
silvestres asaltan y convierten en tupida masa de flores ("En
el botado", 1897). Además, con sus versos sobre tema político
("Ololoi", "Del patíbulo") se convirtió en
poeta nacional de nuevo tipo: no poeta heroico, ni poeta civil,
sino poeta que medita sobre los problemas de la patria.
Rafael Alfredo Deligne (1863-1902) fue ensayista a
la manera antigua, que divaga sobre todos los temas que se le
vienen a la pluma ("Cosas que fueron y cosas que son"),
prosista de estilo muy suyo, y a la vez poeta de imaginación y
sensibilidad en "Ella", "Nupcias", "Por
las barcas".
Contemporáneos de los Deligne son Arturo
Pellerano Castro (1865-1916), poeta desigual, pero con notas vívidas
en Americana (1896), "En el Cementerio",
"Funeraria", "¿Que se ha muerto el
avaro?...", "No quieras penetrar nunca en su
alma..." y en sus Criollas (1907), de rico sabor
nativo; Virginia Elena Ortea (1866-1903), poetisa y escritora de
estilo claro y terso, muy femenino, tan libre de afectación como
de trivialidad, que al menos dejó una página de prosa de finas
cadencias "En la tumba del poeta", y un cuento perfecto
en su tipo: "Los Diamantes"; el novelador y cuentista
José Ramón López (1866-1922), que trató asuntos criollos del
norte del país (Nisia, 1898; Cuentos puertoplateños,
1904); el orador y periodista Eugenio Deschamps (1861-1919); el
poeta Bartolomé Olegario Pérez (1871-1900).
Escritores y poetas distinguidos que actualmente
producen y publican son Américo Lugo (n. 1871), Fabio Fiallo (n.
1866), Andrejulio Aybar (n. 1873), Tulio Manuel Cestero (n. 1877).
No pertenecen, pues, a la historia. Y, salvo una que otra excepción
-la principal es Apolinar Perdomo (1883-1918), muy popular por sus
delicados versos de amor- las generaciones posteriores a 1880 se
mantienen completas. La gente de letras tiene larga vida, y ni
siquiera en el trópico se quiebra la norma.
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