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Recuerdo muy bien el día en que papá trajo la primera muñeca en una caja grande
de cartón envuelta en papel de muchos colores y atada con una cinta roja, aunque
yo estaba entonces muy lejos de imaginar cuánto iba a cambiar todo como
consecuencia de esa llegada inesperada. Cuando Esther sacó la muñeca de la caja vi que sus ojos, provistos de negras y gruesas pestañas que parecían humanas, se abrían o cerraban según se la inclinara hacia atrás o hacia adelante y que aquella idiotez se producía al mismo tiempo que un tenue vagido que parecía salir de su vientre invisible. Mi hermana recibió su regalo con un entusiasmo exagerado. Brincó de alegría al comprobar el contenido del paquete y cuando terminó de desempacarlo tomó la muñeca en brazos y salió corriendo hacia el patio. Yo no la seguí y pasé el resto del día deambulando por la casa sin hacer nada en especial. Esther comió y cenó aquel día con
la muñeca en el regazo y se fue con ella a la cama sin acordarse de que habíamos
convenido en clasificar esa noche los sellos africanos que habíamos canjeado la
víspera por los que teníamos repetidos de América del Sur. Al cuarto día de la llegada de la muñeca ya estaba convencido de que tenía que hacer algo para retornar las cosas a la normalidad que su presencia había interrumpido. dos días después sabía exactamente qué. Esa misma noche, cuando todos dormían en la casa, entre de puntillas en la habitación de Esther y tomé la muñeca de su lado sin despertar a mi hermana a pesar del triste vagido que produjo al moverla. Pasé sin hacer ruido al cuarto donde papá guarda su caja de herramientas y cogí el cuchillo de monte y el más pesado de los martillos y, todavía de puntillas, tomé una toalla del cuarto de baño y me fui al fondo del patio, junto al pozo muerto que ya nadie usa. Puse la toalla abierta sobre la yerba, coloqué en ella la muñeca —que cerró los ojos como si presintiera el peligro— y de tres violentos martillazos le pulvericé la cabeza. Luego desarticulé con el cuchillo las cuatro extremidades y, después de sobreponerme al susto que me dio oír el vagido por última vez, descuarticé el torso, los brazos y las piernas convirtiéndolos en un montón de piececitas menudas. Entonces enrollé la toalla envolviendo los despojos y tiré el bulto completo por el negro agujero del pozo. Tan pronto regresé a mi cama me dormí profundamente por primera vez en mucho tiempo. Los tres días siguientes fueron de duelo para Esther. Lloraba sin consuelo y me rehuía continuamente. Pero a pesar de sus lágrimas y de sus reclamos insistentes no pudo convencer a mis padres de que le habían robado la muñeca mientras dormía y ellos persistieron en su creencia de que la había dejado por descuido en el patio la noche anterior a su desaparición. En esos días mi hermana me miraba con un atisbo de desconfianza en los ojos pero nunca me acusó abiertamente de nada. Después las aguas volvieron a su nivel y Esther no mencionó más la muñeca. El resto de las vacaciones fue transcurriendo plácidamente y ya a mediados del verano habíamos terminado el refugio y allí pasábamos muchas horas del día pegando nuestros sellos en el álbum y organizando la colección de mariposas. Fue hacia fines del verano cuando
llegó la segunda muñeca. Esta vez fue mamá quien la trajo y no vino dentro de
una caja de cartón, como la otra, sino envuelta en una frazada color de rosa.
Esther y yo presenciamos cómo mamá la colocaba con mucho cuidado en su propia
cama hablándole con voz suave, como si ella pudiese oírla. En ese momento,
mirando de reojo a Esther, descubrí en su actitud un sospechoso interés por el
nuevo juguete que me ha convencido de que debo librarme también de este otro
estorbo antes de que me arruine el final de las vacaciones. A pesar de que
adivino esta vez una secreta complicidad entre mamá y Esther para proteger la
segunda muñeca, no me siento pesimista: ambas se duermen profundamente por las
noches, la caja de herramientas de papi está en el mismo lugar y, después de
todo, yo ya tengo experiencia en la solución del problema.
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