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TERCERA RELACIÓN Carta tercera de relación enviada por Fernando
Cortés, Capitán y Justicia Mayor del Yucatán llamado la Nueva España del Mar
Océano, al Muy Alto y Potentisimo César e Invitísimo Señor Don Carlos,
Emperador Semper Augusto y Rey de España, Nuestro Señor, de las cosas
subcedidas y muy dinas de admiración en la conquista y recuperación de la
muy grande y maravillosa cibdad de Tenustitán y de las otras provincias a
ella subjetas que se rebelaron, en la cual cibdad y dichas provincias el
dicho capitán y españoles consiguieron grandes y señaladas vitorias dignas
de perpetua memoria. Asimesmo hace relación cómo han descubierto el Mar del
Sur y otras muchas y grandes provincias muy ricas de minas de oro y perlas y
piedras preciosas, y aun tienen noticia que hay especería. Muy Alto y
Potentisimo Príncipe, Muy Católico e Invitísimo Emperador, Rey y Señor: Con
Alonso de Mendoza, natural de Medellín, que despaché desta Nueva España a
cinco de marzo del año pasado de quinientos y veinte y uno, hice segunda
relación a Vuestra Majestad de todo lo sucedido en ella, la cual yo tenía
acabada de hacer a los 30 de otubre del año de quinientos y veinte, y a
cabsa de los tiempos muy contrarios y de perderse tres navíos que yo tenía
para enviar en el uno a Vuestra Majestad la dicha relación y en los otros
dos enviar por socorro a la isla Española, hobo mucha dilación en la partida
del dicho Mendoza, segúnd que también más largo con él lo escribí a Vuestra
Majestad. Y en lo último de la dicha relación hice saber a Vuestra Majestad
cómo después que los indios de la cibdad de Temixtitán nos habían echado por
fuerza della yo había venido sobre la provincia de Tepeaca, que era subjeta
a ellos y estaba rebelada, y con los españoles que habían quedado y con los
indios nuestros amigos le había hecho la guerra y reducido al servicio de
Vuestra Majestad; y que como la traición pasada y el grand daño y muertes de
españoles estaban tan recientes en nuestros corazones, mi determinada
voluntad era revolver sobre los de aquella gran cibdad que de todo había
seído la causa, y que para ello comenzaba a hacer trece bergantines para por
la laguna hacer con ellos todo el daño que pudiese si los de la cibdad
perseverasen en su mal propósito. Escribí a Vuestra Majestad que entre tanto
que los dichos bergantines se hacían y yo y los indios nuestros amigos nos
aparejábamos para volver sobre los enemigos, enviaba a la dicha Española por
socorro de gente y caballos y artellería y armas, y que sobre ello escribía
a los oficiales de Vuestra Majestad que allí residen y les enviaba dineros
para todo el gasto y espensas que para el dicho socorro fuese nescesario. Y
certefiqué a Vuestra Majestad que hasta conseguir vitoria contra los
enemigos no pensaba tener descanso ni cesar de poner para ello toda la
solicitud posible, posponiendo cuanto peligro, trabajo y costa se me pudiese
ofrecer, y que con esta determinación estaba aderezando de me partir de la
dicha provincia de Tepeaca. Ansimismo hice saber a Vuestra Majestad cómo al
puerto de la villa de la Vera Cruz había llegado una carabela de Francisco
de Garay, teniente de gobernador de la isla de Jamaica, con mucha nescesidad,
la cual traía hasta treinta hombres, y que había dicho que otros dos navíos
eran partidos para el río de Pánuco, donde habían desbaratado a un capitán
del dicho Francisco de Garay, y que temían que si allá aportasen habían de
recebir daño de los naturales del dicho río. Y ansimismo escribí a Vuestra
Majestad que yo había proveído luego de enviar una carabela en busca de los
dichos navíos para les dar aviso de lo pasado, y después que aquello escribí
plugo a Dios que el uno de los navíos llegó al dicho puerto de la Vera Cruz,
en el cual venía un capitán con obra de ciento y veinte hombres, y allí se
informó cómo los de Garay que antes habían venido habían sido desbaratados,
y hablaron con el capitán que se halló en el desbarato y se les certeficó
que si iba al dicho río de Pánuco no podía ser sin recibir mucho daño de los
indios, y estando ansí en el puerto con determinación de se ir al dicho río
comenzó un tiempo y viento muy recio e hizo la nao salir, quebradas las
amarras, y fue a tomar puerto doce leguas la costa arriba de la dicha villa
a un puerto que se dice Sant Juan, y allí, después de haber desembarcado
toda la gente y siete u ocho caballos y otras tantas yeguas que traían,
dieron con el navío a la costa porque hacía mucha agua. Y como esto se me
hizo saber yo escribí luego al capitan dél haciéndole saber como a mí me
había pesado mucho del lo que le había sucedido, y que yo había inviado a
decir al teniente de la dicha villa de la Veracruz que a él y a la gente que
consigo traía hiciese muy buen acogimiento y les diesen todo lo que habían
menester y que viesen qué era lo que determinaban, y que si todos o algunos
dellos se quisiesen volver en los navíos que alli estaban, que les diese
licencia y los despachase a su placer. Y el dicho capitán y los que con él
vinieron deteminaron de se quedar y venir adonde yo estaba. Y del otro navío
no hemos sabido hasta agora, y como ha ya tanto tiempo tenemos harta duda de
su salvamento. Plega a Dios lo haya llevado a buen puerto. Estando para me
partir de aquella provincia de Tepeaca supe cómo dos provincias que se dicen
Cecatami y Xalazingo, que son subjetas al señor de Temixtitán, estaban
rebeladas, y que como de la villa de la Vera Cruz para acá es por allí el
camino, habían muerto en ellas algunos españoles, y que los naturales
estaban rebelados y de muy mal propósito. Y por asegurar aquel camino y
hacer en ellos algún castigo si no quisiesen venir de paz, despaché un
capitán con veinte de caballo y docientos peones y con gente de nuestros
amigos, al cual encargué mucho y mandé de parte de Vuestra Majestad que
requiriese a los naturales de aquellas provincias que viniesen de paz a se
dar por vasallos de Vuestra Majestad como antes lo habían hecho, y que
tuviese con ellos toda la templanza que fuese posible; y que si no quisiesen
recibirle de paz, que les hiciese la guerra, y que fecha y allanadas
aquellas dos provincias, se volviese con toda la gente a la cibdad de
Tascaltecal adonde le estaría esperando. Y ansí se partió entrante el mes de
diciembre de quinientos y veinte y siguió su camino para las dichas dos
provincias, que están de allí veinte leguas. Acabado esto, Muy Poderoso
Señor, mediado el mes de diciembre del dicho año me partí de la villa de
Segura la Frontera, que es en la provincia de Tepeaca, y dejé en ella un
capitán con sesenta hombres porque los naturales de allí me lo rogaron
mucho. Y envié toda la gente de pie a la cibdad de Tascaltecal adonde se
hacían los bergantines, que está de Tepeaca nueve o diez leguas, y yo con
veinte de caballo me fue aquel día a dormir a la cibdad de Cholula porque
los naturales de allí deseaban mi venida, porque a cabsa de la enfermedad de
las viruelas, que también comprehendió a los destas tierras como a los de
las Islas, eran muertos muchos señores de allí y querían que por mi mano y
con su parecer y el mío se pusiesen otros en su lugar. Y llegados allí,
fuemos dellos muy bien recibidos, y después de haber dado conclusión a su
voluntad en este negocio que he dicho y haberles dado a entender cómo mi
camino era para ir a entrar de guerra por las provincias de Méxyco y
Temixtitán, les rogué que, pues eran vasallos de Vuestra Majestad y ellos
como tales habían de conservar su amistad con nosotros y nosotros con ellos
hasta la muerte, que les rogaba que para el tiempo que yo hobiese de hacer
la guerra me ayudasen con gente, y que a los españoles que yo enviase a su
tierra y fuesen y viniesen por ella les hiciesen el tratamiento que como
amigos eran obligados. Y después de habérmelo prometido ansí y haber estado
dos o tres días en su cibdad me partí para la de Tascaltecal, que está a
seis leguas. Y llegado a ella, hallé allí juntos todos los españoles y los
de la cibdad y hobieron mucho placer con mi venida. Y otro día todos los
señores desta cibdad y provincia me vinieron a hablar y me decir cómo
Magiscacin, que era el prinicipal señor de todos ellos, había fallecido de
aquella enfermedad de las viruelas y bien sabían que por ser tan mi amigo me
pesaría mucho, pero que allí quedaba un hijo suyo de hasta doce o trece años
y que a aquél pertenecía el señorío del padre, que me rogaban que a él, como
a heredero, gelo diese. Y yo en nombre de Vuestra Majestad lo hice ansí y
todos ellos quedaron muy contentos. Cuando a esta cibdad llegué hallé que
los maestros y carpinteros de los bergantines se daban mucha priesa en hacer
la ligación y tablazón para ellos y que tenían hecha razonable obra. Y luego
proveí de enviar a la villa de la Vera Cruz por todo el fierro y clavazón
que hobiese, y velas y jarcia y otras cosas nescesarias para ellos. Y
proveí, porque no había pez, la hiciesen ciertos españoles en una sierra
cerca de allí, por manera que todo el recabdo que fuese nescesario para los
dichos bergantines estuviese aparejado, para que después que, placiendo a
Dios, yo estuviese en las provincias de Méxyco y de Temixtitán, pudiese
enviar por ellos desde allá, que serían diez o doce leguas, hasta la dicha
cibdad de Tascaltecal. Y en quince días que en ella estuve no entendí en
otra cosa salvo en dar priesa en los maestros y en aderezar armas para dar
orden en nuestro camino. Dos días antes de Navidad llegó el capitán con la
gente de pie y de caballo que habían ido a las provincias de Zacatami y
Xalazingo, y supe cómo algunos naturales dellas habían peleado con ellos y
que al cabo, dellos por voluntad, dellos por fuerza, habían venido de paz. Y
trujéronme algunos señores de aquellas provincias, a los cuales, no
embargante que eran muy dignos de culpa por su alzamiento y muertes de
cristianos, porque me prometieron que de ahí adelante serían buenos y leales
vasallos de Su Majestad yo en su real nombre los perdoné y los envié a su
tierra. Y así se concluyó aquella jornada en que Vuestra Majestad fue muy
servido, ansí por la pacificación de los naturales de allí como por la
seguridad de los españoles que habían de ir y venir por las dichas
provincias a la villa de la Vera Cruz. El segundo día de la dicha Pascua de
Navidad hice alarde en la dicha cibdad de Tascaltecal, y hallé cuarenta de
caballo y quinientos y cincuenta peones, los ochenta dellos ballesteros y
escopeteros, y ocho o nueve tiros de campo con bien poca pólvora. E hice de
los de caballo cuatro cuadrillas de diez en diez cada una y de los peones
hice nueve capitanías de a sesenta españoles cada una. Y a todos juntos en
el dicho alarde les hablé y dije que ya sabían cómo ellos y yo por servir a
Vuestra Sacra Majestad habíamos poblado en esta tierra, y que ya sabían cómo
todos los naturales della se habían dado por vasallos de Vuestra Majestad y
como tales habían perserverado algúnd tiempo recibiendo buenas obras de
nosotros y nosotros dellos, y cómo sin causa ninguna todos los naturales de
Culúa, que son los de la grand cibdad de Temixtitán y los de todas las otras
provincias a ella subjetas, no solamente se habían rebelado contra Vuestra
Majestad, mas aun nos habían muerto muchos hombres deudos y amigos nuestros
y nos habían echado fuera de toda su tierra; y que se acordasen de cuántos
peligros y trabajos habíamos pasado y viesen cuánto convenía al servicio de
Dios y de Vuestra Majestad tornar a recobrar lo perdido, pues para ello
teníamos de nuestra parte justas causas y razones: lo uno por pelear en
abmento de nuestra fee y contra gente bárbara, y lo otro por servir a
Vuestra Majestad, y lo otro por seguridad de nuestras vidas, y lo otro
porque en nuestra ayuda teníamos muchos de los naturales nuestros amigos,
que eran causas potísimas para animar nuestros corazones; por tanto, que les
rogaba que se alegrasen y esforzasen, y que porque yo en nombre de Vuestra
Majestad había fecho ciertas ordenanzas para la buena orden y cosas tocantes
a la guerra, las cuales luego allí fice pregonar públicamente, y que también
les rogaba que las guardasen y compliesen porque dello redundaría mucho
servicio a Dios y a Vuestra Majestad. Y todos prometieron de lo facer y
cumplir así, y que de muy buena gana querían morir por nuestra fee y por
servicio de Vuestra Majestad o tornar a recobrar lo perdido y vengar tan
grand traición como nos habian fecho los de Temixtitán y sus aliados, y yo
en nombre de Vuestra Majestad se lo agradescí. Y así con mucho placer nos
volvimos a nuestras posadas aquel día del alarde. Otro día siguiente, que
fue día de Sant Juan Evangelista, fice llamar a todos los señores de la
provincia de Tascaltecal. Y venidos, díjeles que ya sabían cómo yo me había
de partir otro día para entrar por la tierra de nuestros enemigos y que ya
vían cómo la cibdad de Temixtitán no se podía ganar sin aquellos bergantines
que allí se estaban faciendo, que les rogaba que a los maestros dellos y a
los otros españoles que allí dejaba les diesen lo que hobiesen menester y
les ficiesen el buen trata miento que siempre nos habían hecho, y que
estuviesen aparejados para cuando yo desde la cibdad de Tasayco, si Dios nos
diese vitoria, inviase por la ligazón y tablazón y otros aparejos de los
dichos bergantines. Y ellos me prometieron que ansí lo farían y que también
querían agora inviar gente de guerra conmigo, y que para cuando fuesen con
los bergantines ellos todos irían con toda cuanta gente tenían en su tierra,
y que querían morir donde yo muriese o vengarse de los de Culúa, sus
capitales enemigos. Y otro día, que fueron veinte y ocho de deciembre, día
de los Inocentes, me partí con toda la gente puesta en orden y fuimos a
dormir a seis leguas de Tascaltecal en una población que se dice Teznoluca
que es de la provincia de Guasocingo, los naturales de la cual han siempre
tenido y tienen con nosotros la mesma amistad y alianza que los naturales de
Tascaltecal, y allí reposamos aquella noche. En la otra relación, Muy
Católico Señor, dije cómo había sabido que los de las provincias de Méxyco y
Temixtitán aparejaban muchas armas y hacían por toda su tierra muchas cavas
y albarradas y fuerzas para nos resistir la entrada porque ya ellos sabían
que yo tenía voluntad de revolverlo sobre ellos. Y yo, sabiendo esto y cuán
mañosos y ardides son en las cosas de la guerra, había muchas veces pensado
por dónde podríamos entrar para tomarlos con algúnd descuido. Y porque ellos
sabían que nosotros teníamos noticia de tres caminos o entradas por cada una
de las cuales podíamos dar en su tierra acordé de entrar por éste de
Tezmoluca, porque como el puerto dél es más agro y fragoso que los de las
otras entradas tenía creído que por allí no temíamos mucha resistencia ni
ellos no estarían tan sobre aviso. Y otro día después de los Inocentes,
habiendo oído misa y encomendándonos a Dios, partimos de la dicha población
de Tezmoluca. Y yo tomé la delantera con diez de caballo y sesenta peones
ligeros y hombres diestros en la guerra, y comenzamos a seguir nuestro
camino el puerto arriba con toda la orden y concierto que nos era posible. Y
fuemos a dormir a cuatro leguas de la dicha población en lo alto del puerto,
que era ya término de los de Culúa, y aunque hacía grandísimo frío en él con
la mucha leña que había nos remediamos aquella noche. Y otro día, domingo
por la mañana, comenzamos a seguir nuestro camino por el llano del puerto e
invié cuatro de caballo y tres o cuatro peones para que descubriesen la
tierra. Y yendo nuestro camino comenzamos de bajar el puerto, y yo mandé que
los de caballo fuesen delante y luego los ballesteros y escopeteros y ansí
en su orden la otra gente, porque por muy descuidados que tomásemos los
enemigos bien teníamos por cierto que nos habían de salir a rescibir al
camino por tenernos ordida alguna celada u otro ardid para nos ofender. Y
como los cuatro de caballo y los cuatro peones siguieron su camino
halláronle cerrado de árboles y rama, y cortados y atravesados en él muy
grandes y gruesos pinos y cipreses que parescía que entonces se acababan de
cortar. Y creyendo que el camino adelante no estaría de aquella manera
procuraron de seguir su camino, y cuanto más iban más cerrados de pinos y de
rama le hallaban. Y como por todo el puerto iba muy espeso de árboles y
matas grandes y el camino hallaban con aquel estorbo, pasaban adelante con
mucha dificultad. Y viendo que el camino estaba de aquella manera hobieron
muy grande temor y creían que tras cada árbol estaban los enemigos, y como a
causa de las grandes arboledas no se podían aprovechar de los caballos,
cuanto más adelante iban más el temor se les aumentaba. Y ya que desta
manera habían andado gran rato uno de los cuatro de caballo dijo a los
otros: "Hermanos, no pasemos adelante, si os paresce que será bien, y
volvamos a decir al capitán el estorbo que hallamos y el peligro grande en
que todos venimos por no nos poder aprovechar de los caballos. Y si no,
vamos adelante, que ofrescida tengo mi vida a la muerte también como todos
hasta dar fin a esta jornada." Y los otros respondieron que bueno era su
consejo pero que no les parescía bien volver a mí hasta ver alguna gente de
los enemigos o saber qué tanto duraba aquel camino. Y comenzaron a pasar
adelante, y como vieron que turaba mucho detuviéronse, y con uno de los
peones hiciéronme saber lo que habían visto. Y como yo traía la avanguarda
con la gente de caballo, encomendándonos a Dios, seguimos por aquel mal
camino adelante. E invié a decir a los de la retroguarda que se diesen mucha
priesa y que no tuviesen temor porque presto saldríamos a lo raso, y como
encontré a los cuatro de caballo comenzamos a pasar adelante, aunque con
harto estorbo y dificultad. Y al cabo de media legua plugo a Dios que
abajamos a lo raso y allí me reparé a esperar la gente. Y llegados, díjeles
a todos que diesen gracias a Nuestro Señor pues nos había traído en salvo
hasta allí, de donde comenzamos a ver todas la provincias de Méxyco y
Temixtitán que están en las lagunas y en torno dellas. Y aunque hobimos
mucho placer en las ver, considerando el daño pasado que en ellas habíamos
rescibido representósenos alguna tristeza por ello y prometimos todos de
nunca della salir sin vitoria o dejar allí las vidas, y con esta
determinación íbamos todos tan alegres como si fuéramos a cosa de mucho
placer. Y como ya los enemigos nos sintieron comenzaron de improviso a hacer
muchas y grandes ahumadas por toda la tierra, y yo torné a rogar y
encomendar mucho a los españoles que hiciesen como siempre habían hecho y
como se esperaba de sus personas, y que nadie no se desmandase y que fuesen
con mucho concierto y orden por su camino. Y ya los indios comenzaban a
darnos grita de unas estancias y poblaciones pequeñas, apellidando a toda la
tierra para que se juntase gente y nos ofendiesen en unas puentes y malos
pasos que por alli había. Pero nosotros nos dimos tanta priesa que sin que
tuviesen lugar de se juntar ya estábamos abajo en todo lo llano. Y yendo
ansí, pusiéronse adelante en el camino ciertos escuadrones de gente de
indios, y yo mandé a quince de caballo que rompiesen por ellos, y así fueron
alanceando en ellos y mataron algunos sin rescebir ningúnd peligro. Y
comenzamos a seguir nuestro camino para la cibdad de Tesuico, que es una de
las mayores y más hermosas que hay en todas estas partes. Y como la gente de
pie venía algo cansada y se hacía tarde dormimos en una población que se
dice Coatepeque, que es subjeta a esta cibdad de Tesuico y está della tres
leguas, y hallámosla despoblada. Y aquella noche tuvimos pensamiento que
como esta cibdad y su provincia, que se dice Aculuacan, es muy grande y de
tanta gente - que se puede bien creer que había en ella a la sazón más de
ciento y cincuenta mill hombres - que quisieran dar sobre nosotros. Y yo con
diez de caballo comencé la vela y ronda de la prima e hice que toda la gente
estuviese muy apercibida. E otro día lunes al último de diciembre seguimos
nuestro camino por la orden acostumbrada, y a un cuarto de legua desta
población de Coatepeque, yendo todos en harto peligro [y] perplejidad y
razonando con nosotros si saldrían de guerra o paz los de aquella cibdad,
teniendo por más cierta la guerra, salieron al camino cuatro indios
prencipales con una bandera de oro en una vara pequeña que pesaba cuatro
marcos de oro. Y por ella daban a entender que venían de paz, la cual Dios
sabe cuánto deseábamos y cuánto la habíamos menester por ser tan pocos y tan
apartados de cualquier socorro y metidos en las fuerzas de nuestros
enemigos. Y como vi aquellos cuatro indios, al uno de los cuales yo conoscía,
hice que la gente se detuviese y llegué a ellos. Y después de nos haber
saludado dijéronme que ellos venían de parte del señor de aquella cibdad y
provincia el cual se decía Ganacacin, y que de su parte me rogaban que en su
tierra no hiciese ni consintiese hacer daño alguno porque de los daños
pasados que yo había rescebido los culpantes eran los de Temixtitán y no
ellos, y que ellos querían ser vasallos de Vuestra Majestad y nuestros
amigos porque siempre guardarían y conservarían nuestra amistad, y que nos
fuésemos a la cibdad y que en sus obras conosceríamos lo que teníamos en
ellos. Yo les respondí con las lenguas que fuesen bien venidos, que yo
holgaba con toda paz y amistad suya, y que ya que ellos se escusaban de la
guerra que me habían dado en la cibdad de Temixtitán, que bien sabían que a
cinco o seis leguas de allí de la cibdad de Tesuico en ciertas poblaciones a
ella subjetas me habían muerto la otra vez cinco de caballo y cuarenta y
cinco peones y más de trecientos indios de Tascaltecal que venían cargados y
nos habían tomado mucha plata y oro y ropas y otras cosas; que por tanto,
pues no se podían escusar desta culpa, que la pena fuese volvernos lo
nuestro, y que desta manera, aunque todos eran dinos de muerte por haber
muerto tantos cristianos, yo quería paz con ellos pues me convidaban a ella,
pero que de otra manera yo había de proceder contra ellos por todo rígor.
Ellos me respondieron que todo lo que allí se había tomado lo habían llevado
el señor y los prencipales de Temixtitán, pero que ellos buscarían todo lo
que pudiesen y me lo darían. Y preguntáronme si aquel día iría a la cibdad o
me aposentaría en una de dos poblaciones que son como arrabales de la dicha
cibdad, las cuales se dicen Coatinchan y Buaxuta , que están a una legua y a
media della y siempre va todo poblado, lo cual ellos deseaban por lo que
adelante suscedió. Y yo les dije que no me había de detener hasta llegar a
la dicha cibdad de Tesuico, y ellos dijeron que fuese en buen hora y que se
querían ir adelante a adrezar la posada para los españoles y para mí, y ansí
se fueron. Y llegando a estas dos poblaciones saliéronnos a recebir algunos
prencipales dellas y a darnos de comer, y a hora de mediodía llegamos al
cuerpo de la cibdad donde nos habíamos de aposentar, que era en una casa
grande que había sido de su padre de Quacaguacin, señor de la dicha cibdad.
Y antes que nos aposentásemos, estando toda la gente junta, mandé apregonar
so pena de muerte que ninguna persona sin mi licencia saliese de la dicha
casa y aposentos, la cual es tan grande que aunque fuéramos doblados
españoles nos pudiéramos aposentar bien a placer en ella. Y esto hice porque
los naturales de la dicha cibdad se asegurasen y estuviesen en sus casas,
porque me parecía que no víamos la décima parte de la gente que solía haber
en la dicha cíbdad ni tampoco veíamos mujeres ni niños, que era señal de
poco sosiego. Este día que entramos en esta cíbdad, que fue víspera de año
nuevo, después de haber entendido en nos aposentar, todavía algo espantados
de ver poca gente y ésa que víamos muy rebotados, teníamos pensamiento que
de temor dejaban de parescer y andar por su cíbdad, y con esto estábamos
algo descuidados. Y ya que era tarde ciertos españoles se subieron a algunas
azoteas altas de donde podían sojuzgar toda la cíbdad, y vieron cómo todos
los naturales della la desamparaban y unos con sus haciendas se iban a meter
en la laguna con sus canoas, que ellos llaman acales, y otros se subieron a
las sierras. Y aunque yo luego mandé proveer en estorbarles la ida, como era
ya tarde y sobrevino luego la noche y ellos se dieron mucha priesa no
aprovechó cosa ninguna, y así el señor de la dicha cibdad, que yo deseaba
como a la salvación haberle a las manos, con muchos prencipales della se
fueron a la cibdad de Temixtitán, que está de allí por la laguna seis
leguas, y llevaron consigo cuanto tenían. Y a esta causa, por hacer a su
salvo lo que querían, salieron a mí los mensajeros que arriba dije para me
detener algo y que no entrase haciendo daño, y por aquella noche nos dejaron
así a nosotros como a su cibdad. Después de haber estado tres días desta
manera en esta cibdad sin haber recuentro alguno con los indios, porque por
entonces ni ellos osaban venirnos a acometer ni nosotros curábamos de salir
lejos a los buscar, porque mi final intención era siempre que quisiesen
venir de paz, recebirlos y a todos tiempos requerirlos con ella, veniéronme
a fablar el señor de Coatinchan y Guaxuta y el de Autengo, que son tres
poblaciones bien grandes y están, como he dicho, encorporadas y juntas a
esta cibdad. Y dijéronme llorando que los perdonase porque se habían
absentado de su tierra y que en lo demás ellos no habían peleado conmigo, a
lo menos por su voluntad, y que ellos prometían de hacer de ahí adelante
todo lo que en nombre de Vuestra Majestad les quisiese mandar. Yo les dije
por las lenguas que ya ellos habían conoscido el buen tratamiento que
siempre les hacía, y que en dejar su tierra y en lo demás, que ellos tenían
la culpa; y que pues me prometían ser nuestros amigos, que poblasen sus
casas y trujesen a ellas sus mujeres e hijos, y que como ellos hiciesen las
obras así los trataría. Y así se volvieron, a nuestro parescer no muy
contentos. Como el señor de Méxyco y Temixtitán y todos los otros señores de
Culúa - que cuando este nombre de Culúa se dice se ha de entender por todas
las tierras y provincias destas partes subjetas a Temixtitán - supieron que
aquestos señores de aquellas poblaciones se habían venido a ofrescer por
vasallos de Vuestra Majestad, inviáronles ciertos mensajeros a los cuales
mandaron que les dijesen que lo habían fecho muy mal; y que si de temor era,
que bien sabían que ellos eran muchos y tenían tanto poder que a mí y a
todos los españoles y a todos los de Tascaltecal nos habían de matar y muy
presto, y que si por no dejar sus tierras lo habían hecho, que las dejasen y
se fuesen a Temixtitán y allá les darían otras mayores y mejores poblaciones
donde viviesen. Y estos señores de Coatinchan y Guaxuta tomaron los
mensajeros y atáronlos y trujéronmelos, y luego confesaron que ellos habían
venido de parte de los señores de Temixtitán, pero que había sido para les
decir que fuesen allí para como terceros, pues eran mis amigos, entender en
las paces entre ellos y mí. Y los de Guaxuta y Coatinchan dijeron que no era
así y que los de Méxyco y Temixtitán no querían sino guerra. Y aunque yo les
di crédito y aquélla era la verdad, porque deseaba atraer a los de la cibdad
a nuestra amistad, porque della dependía la paz o la guerra de las otras
provincias que estaban alzadas, fice desatar aquellos mensajeros y díjeles
que no tuviesen temor porque yo les quería tornar a inviar a Temixtitán, y
que les rogaba que dijesen a los señores que yo no quería guerra con ellos
aunque tenía mucha razón, y que fuésemos amigos como antes lo habíamos sido.
Y por más les asegurar y atraer al servicio de Vuestra Majestad les invié a
decir que bien sabía que los prencipales que habían sido en hacerme la
guerra pasada eran ya muertos, y que lo pasado fuese pasado y que no
quisiesen dar causa a que destruyese sus tierras y cibdades porque me pesaba
mucho dello. Y con esto solté a estos mensajeros, y se fueron prometiendo de
me traer respuesta. Los señores de Coatichan y Guaxuta y yo quedamos por
esta buena obra más amigos y confederados, y yo en nombre de Vuestra
Majestad les perdoné los yerros pasados y así quedaron contentos. Después de
haber estado en esta cibdad de Tesuico siete u ocho días sin guerra ni
rencuentro alguno, fortaleciendo nuestro aposento y dando orden en otras
cosas nescesarias para nuestra defensión y ofensa de los enemigos, y viendo
que ellos no venían contra mí salí de la dicha cibdad con ducientosespañoles,
en los cuales había diez y ocho de caballo y treinta ballesteros y diez
escopeteros y con tres o cuatro mill indios nuestros amigos. Y fue por la
costa de la laguna hasta una cibdad que se dice Yztapalapa, que está por el
agua dos leguas de la gran cibdad de Temixtitán y seis désta de Tesuico, la
cual dicha cibdad será de hasta diez mill vecinos y la mitad della y aun las
dos tercias partes puestas en el agua. Y el señor della, que era hermano de
Muteeçuma, a quien los indios después de su muerte habían alzado por señor,
había sido el prencipal que nos había fecho la guerra y echado fuera de la
cibdad. Y así por esto como porque había sabido que estaban de muy mal
propósito los desta cibdad de Yztapalapa, determiné de ir a ellos. Y como
fui sentido de la gente della bien dos leguas antes que llegase luego
parescieron en el campo algunos indios de guerra y otros por la laguna en
sus canoas, y así fuimos todas aquellas dos leguas revueltos peleando así
con los de la tierra como con los que salían del agua fasta que llegamos a
la dicha cibdad. Y antes, casi dos tercios de legua, abrían una calzada como
presa que está entre la laguna dulce y la salada, segúnd que por la figura
de la cibdad de Temixtitán que yo invié a Vuestra Majestad se podrá haber
visto. Y abierta la dicha calzada y presa, comenzó con mucho ímpitu a salir
agua de la laguna salada y correr hacia la dulce, aunque están las lagunas
desviadas la una de la otra más de media legua. Y no mirando en aquel
engaño, con la codicia de la vitoria que llevábamos pasamos muy bien y
seguimos nuestro alcance fasta entrar dentro revueltos con los enemigos en
la dicha cibdad. Y como estaban ya sobre el aviso, todas las casas de la
tierra firme estaban despobladas y toda la gente y despojo dellas metido en
las casas de la laguna. Y allí se recogieron los que iban huyendo y pelearon
con nosotros muy reciamente, pero quiso Nuestro Señor dar tanto esfuerzo a
los suyos que les entramos fasta los meter por el agua a las veces a los
pechos y otras nadando, y les tomamos muchas casas de las que están en el
agua y murieron dellos más de seis mill ánimas entre hombres y mujeres y
niños, porque los indios nuestros amigos, vista la vitoria que Dios nos
daba, no entendían en otra cosa sino en matar a diestro y a siniestro. Y
porque sobrevino la noche recogí la gente y puse fuego a algunas de aquellas
casas. Y estándolas quemando paresció que Nuestro Señor me inspiró y trujo a
la memoria la calzada o presa que había visto rota en el camino, y
representóseme el gran daño que era. Y a más andar, con mi gente junta me
torné a salir de la cibdad ya noche bien oscura. Cuando llegué a aquella
agua, que serían casi las nueve de la noche, había tanta y corría con tanto
ímpitu que la pasamos a volapié,y se ahogaron algunos indios de nuestros
amigos y se perdió todo el despojo que en la cibdad se había tomado. Y
certifico a Vuestra Majestad que si aquella noche no pasáramos el agua o
aguardáramos tres horas más, que ninguno de nosotros escapara, porque
quedábamos cercados de agua sin tener paso por parte ninguna. Y cuando
amanesció vimos cómo el agua de la una laguna estaba en el peso de la otra y
no corría más, y toda la laguna salada estaba llena de canoas con gente de
guerra creyendo de nos tomar allí. Y aquel día me volví a Tesuico peleando
algunos ratos con los que salían de la mar, aunque poco daño les podíamos
hacer porque se acogían luego a las canoas. Y llegando a la cibdad de
Tesuico hallé la gente que había dejado muy segura y sin haber habido
recuentro alguno, y hobieron mucho placer con nuestra venida y vitoria. Y
otro día que llegamos fallesció un español que vino herido, y aun fue el
primero que en campo los indios me han muerto fasta agora. Otro día
siguiente vinieron a esta cibdad ciertos mensajeros de la cibdad de Otumba y
otras cuatro cibdades que están junto a ella, las cuales están a cuatro y a
cinco y a seis leguas de Tesuico, y dijéronme que me rogaban les perdonase
la culpa si alguna tenían por la guerra pasada que se me había fecho. Porque
allí en Otumba fue donde se juntó todo el poder de Méxyco y Temixtitán
cuando salíamos desbaratados della, creyendo que nos acabaran. Y bien vían
éstos de Otumba que no se podían relevar de culpa aunque se escusaban con
decir que habían sido mandados, y para me inclinar más a benevolencia
dijéronme que los señores de Temixtitán les habían inviado mensajeros a les
decir que fuesen de su parcialidad y que no ficiesen ninguna amistad con
nosotros, si no, que vernían sobre ellos y los destruirían; y que ellos
querían ser antes vasallos de Vuestra Majestad y facer lo que yo les
mandase. Y yo les dije que bien sabían ellos cuán culpables eran en lo
pasado, y que para que yo les perdonase y creyese lo que me decían, que me
habían de traer primero atados aquellos mensajeros que decían y a todos los
naturales de Méxyco y Temixtitán que estuviesen en su tierra, y que de otra
manera yo no los había de perdonar; y que se volviesen a sus casas y las
poblasen e hiciesen obras por donde yo conosciese que eran buenos vasallos
de Vuestra Majestad. Y aunque pasamos otras razones no pudieron sacar de mí
otra cosa, y así se volvieron a su tierra, certificándome que ellos harían
siempre lo que yo quisiese. Y de ahí adelante siempre han sido y son leales
y obidientes al servicio de Vuestra Majestad. En la otra relación, Muy
Venturoso y Exelentísimo Príncipe, dije a Vuestra Majestad cómo al tiempo
que me desbarataron y echaron de la cibdad de Temixtitán sacaba conmigo un
hijo y dos hijas de Muteeçuma, y al señor de Tesuico, que se decía Cacamacin,
y a dos hermanos suyos y a otros muchos señores que tenía presos; y cómo a
todos los habían muerto los enemigos aunque eran de su propria nación y sus
señores algunos dellos, excepto a los dos hermanos del dicho Cacamacin, que
por grand ventura se pudieron escapar. Y el uno destos dos hermanos, que se
decía Ypacsuchil, y en otra manera Cucascacin, al cual de antes yo en nombre
de Vuestra Majestad y con parescer de Muteeçuma había fecho señor desta
cibdad de Tesuico y provincia de Aculuacan, al tiempo que yo llegué a la
provincia de Tascaltecal, teniéndolo en son de preso se soltó y se volvió a
la dicha cibdad de Tesuico. Y como ya en ella habían alzado por señor a otro
hermano suyo que se dice Guanacacin, de que arriba se ha fecho mención,
dicen que fizo matar al dicho Cuacascacin, su hermano, desta manera: que
como llegó a la dicha provincia de Tesuico, las guardas lo tomaron e
ficiéronlo saber a Guanacacin, su señor, el cual también lo fizo saber al
señor de Timixtitán. El cual, como supo que el dicho Cucascacin era venido,
creyó que no se pudiera haber soltado y que debía de ir de nuestra parte
para desde allá darnos algúnd aviso, y luego invió a mandar al dicho
Guanacacin que matase al dicho Cucascacin, su hermano, el cual lo fizo ansí
sin lo dilatar. El otro, que era hermano menor que ellos, se quedó conmigo,
y como era mochacho imprimió más en él nuestra conversación y tornó se
cristiano, y pusímosle nombre don Fernando. Y al tiempo que yo partí de la
provincia de Tascaltecal para éstas de Méxyco y Temixtitán dejéle allí con
ciertos españoles, y de lo que con él después suscedió adelante haré
relación a Vuestra Majestad. El día siguiente que vine de Yztapalapa a esta
cibdad de Tesuico acordé de inviar a Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor de
Vuestra Majestad, por capitán con veinte de caballo y ducientos hombres de
pie, entre ballesteros y escopeteros y rodeleros, para dos efetos muy
nescesarios: el uno para que echasen fuera desta provincia a ciertos
mensajeros que yo inviaba a la cibdad de Tascaltecal para saber en qué
término andaban los trece bergantines que allí se hacían y proveer otras
cosas nescesarias así para los de la villa de la Veracruz como para los de
mi compañía; y el otro para asegurar aquella parte para que pudiesen ir y
venir los españoles seguros, porque por entonces ni nosotros podíamos salir
desta provincia de Alculuacan sin pasar por tierra de los enemigos ni los
españoles que estaban en la villa y en otras partes podían venir a nosotros
sin mucho peligro de los contrarios. Y mandé al dicho alguacil mayor que
después de puestos los mensajeros en salvo llegase a una provincia que se
dice Calco que confina con ésta de Aculuacan, porque tenía certificación que
los naturales de aquella provincia aunque eran de la liga de los de Culúa,
se querían dar por vasallos de Vuestra Majestad, y que no lo osaban hacer a
cabsa de cierta guarnición de gente que los de Culúa tenían puesta cerca
dellos. Y el dicho capitán se partió, y con él iban todos los indios de
Tascaltecal que nos habían traído nuestro fardaje y otros que habían venido
a ayudarnos y habían habido algúnd despojo en la guerra. Y como se
adelantaron un poco adelante, el dicho capitán, creyendo que en venir en la
rezaga los españoles los enemigos no osarían salir a ellos, como los vieron
los contrarías que estaban en los pueblos de la laguna y en la costa della
dieron en la rezaga de los de Tascaltecal y quitáronles el despojo y aun
mataron algunos dellos. Y como el dicho capitán llegó con los de caballo y
con los peones dieron muy reciamente en ellos y alancearon y mataron muchos,
y los que quedaron desbaratados se acogieron a la laguna y a otras
poblaciones que están cerca della. Y los indios de Tascaltecal se fueron a
su tierra con lo que les quedó y también los mensajeros que yo inviaba. Y
puestos todos en salvo, el dicho Gonzalo de Sandoval siguió su camino para
la dicha provincia de Calco, que era bien cerca de allí. Y otro día de
mañana juntóse mucha gente de los enemigos para los salir a rescebir, y
puestos los unos y los otros en el campo, los nuestros arremetieron contra
los enemigos y desbaratáronles dos escuadrones con los de caballo en tal
manera que en poco rato les dejaron el campo y fueron quemando y matando en
ellos. Y fecho esto y desembarazado aquel camino, los de Calco salieron a
rescebir a los españoles, y los unos y los otros se holgaron mucho. Y los
prencipales dijeron que me querían venir a ver y hablar, y así se partieron
y vinieron a dormir a Tesuico. Y llegados, vinieron ante mí aquellos
prencipales con dos hijos del señor de Calco y diéronnos obra de trecientos
pesos de oro en piezas. Y dijéronme cómo su padre era fallescido, y que al
tiempo de su muerte les había dicho que la mayor pena que llevaba era no
verme primero que muriese y que muchos días me había estado esperando, y que
les había mandado que luego como yo a esta provincia viniese, me viniesen a
ver y me tuviesen por su padre; y que como ellos habían sabido de mi venida
a aquella cibdad de Tesuico luego quisieran venir a verme pero que por temor
de los de Culúa no habían osado, y que tampoco entonces osaran venir si
aquel capitán que yo había inviado no hobiera llegado a su tierra, y que
cuando se hobiese de volver a ella les había de dar otros tantos españoles
para los volver en salvo. Y dijéronme que bien sabía yo que nunca en guerra
ni fuera della habían sido contra mí, y que tambien sabía cómo al tiempo que
los de Culúa combatían la fortaleza y casa de Timixtitán y los españoles que
yo en ella había dejado cuando me fui a ver a Cempoal con Narváez que
estaban en su tierra dos españoles en guarda de cierto maíz que yo les había
mandado recoger en su tierra, y los había sacado fasta la provincia de
Guaxocingo porque sabían que los de allí eran nuestros amigos, porque los de
Culúa no los matasen como hacían a todos los que fallaban fuera de la dicha
casa de Temixtitán. Y todo esto y otras cosas me dijeron llorando, y yo les
agradescí mucho su voluntad y buenas obras y les prometí que haría siempre
todo lo que ellos quisiesen y que serían muy bien tratados. Y fasta agora
siempre nos han mostrado muy buena voluntad y están muy obidientes a todo lo
que de parte de Vuestra Majestad se les manda. Estos fijos del señor de
Calco y los que vinieron con ellos estuvieron allí un día conmigo y
dijéronme que porque se querían volver a su tierra, que me rogaban que les
diese gente que les pusiese en salvo. Y Gonzalo de Sandoval con cierta gente
de caballo y de pie se fue con ellos, al cual dije que después de los haber
puesto en su tierra se llegase a la provincia de Tascaltecal y que trujese
consigo a ciertos españoles que allí estaban y aquel don Hernando, hermano
de Cacamacin, de que arriba he fecho minción. Y dende a cuatro o cinco días
el dicho alguacil mayor volvió con los españoles y trajo al dicho don
Fernando conmigo. Y dende a pocos días supe cómo por ser hermano de los
señores desta cibdad le pertenescía a él el señorío aunque había otros
hermanos, y así por esto como porque esta provincia estaba sin señor a cabsa
que Guanacocin, señor della, su hermano, la había dejado e ídose a la cibdad
de Temixtitán, y así por estas causas como porque era muy amigo de los
cristianos, yo en nombre de Vuestra Majestad fice que lo rescibiesen por
señor. Y los naturales desta cibdad, aunque por entonces había pocos en
ella, lo ficieron así y de ahí adelante le obedescieron, y comenzaron de
venirse a la dicha cibdad y provincia de Aculucan muchos de los que estaban
absentes y huidos y obedescían y servían al dicho don Fernando, y de ahí
adelante se comenzó a reformar y poblar bien la dicha cibdad. Dende a dos
días que esto se hizo vinieron a mí los dichos señores de Coatinchan y
Guajuta y dijéronme que supiese de cierto cómo todo el poder de Culúa venía
sobre mí y sobre los españoles y que toda la tierra estaba llena de los
enemigos, y que viese si traerían a sus mujeres e hijos donde yo estaba o si
los llevarían a la sierra, porque tenían grande temor. Y yo los animé y dije
que no hobiesen ningúnd miedo y que se estuviesen en sus casas y no hiciesen
mudanza, y que no holgaba de cosa más que de verme con los de Culúa en
campo, y que estuviesen apercibidos y pusiesen sus velas y escuchas por toda
la tierra, y en viendo o sabiendo que venían los contraríos, me lo hiciesen
saber, y ansí se fueron llevando muy a cargo lo que les había encomendado. Y
yo aquella noche apercebí toda la gente y puse muchas velas y escuchas en
todas las partes que era necesarío, y en toda la noche nunca dormimos ni
entendimos sino en esto, y ansí estuvimos esperando toda esta noche y día
siguiente creyendo lo que nos habían dicho los de Buajuta y Cuatinchan. Y
otro día supe cómo por la costa de la laguna andaban algunos de los enemigos
haciendo saltos y esperando tomar algunos de los indios de Tascaltecal que
iban y venían por cosas para el servicio del real, y supe cómo se habían
confederado con dos pueblos subjetos a Tesuico que estaban allí junto al
agua para dende allí facer todo el daño que pudiesen, y facían para
fortalecerse en ellos albarradas y acequias y otras cosas para su defensa. Y
como supe esto otro día tomé doce de caballo y ducientos peones y dos tiros
pequeños de campo y fui allí donde andaban los contraríos, que sería legua y
media de la cibdad. Y en saliendo della topé con ciertas espías de los
enemigos y con otros que estaban en salto, y rompimos por ellos y alcanzamos
y matamos algunos dellos y los que quedaron se echaron al agua, y quemamos
parte de aquellos pueblos, y ansí nos volvimos al aposento con mucho placer
y vitoria. Y otro día tres prencipales de aquellos pueblos vinieron a
pedirme perdón por lo pasado y a rogarme que no los destruyese más y que
ellos me prometían de no rescebir más en sus pueblos a ninguno de los de
Temixtitán. Y porque éstos no eran personas de mucho caso y eran vasallos de
don Fernando, yo los perdoné en nombre de Vuestra Majestad. Y luego otro día
ciertos indios desta población vinieron a mí medio descalabrados y
maltratados y dijéronme cómo los de Méxyco y Temixtitán habían vuelto a su
pueblo, y como en ellos no hallaron el rescibimiento que solían los habían
maltratado y llevado presos algunos dellos, y que si no se defendieran
llevaran a todos; que me rogaban que estuviese sobre aviso para los socorrer
si otra vez allí volviesen, porque tenían por cierto que habían de volver
con más gente a los destruir. Y yo los aseguré y dije que estuviesen muy
sobre el aviso, por manera que cuando los de Temixtitán volviesen yo lo
pudiese saber a tiempo que los pudiese ir a socorrer, y así se partieron
para su pueblo. La gente que había dejado en la provincia de Tascaltecal
haciendo los bergantines tenían nuevas cómo al puerto de la villa de la Vera
Cruz había llegado una nao en que venían sin los marineros treinta o
cuarenta españoles y ocho caballos y algunas ballestas y escopetas y
pólvora. Y como no habían sabido cómo nos iba en la guerra ni había
seguridad para pasar a nosotros tenían mucha pena, y estaban allí detenidos
algunos españoles que no osaban venir aunque deseaban traerme tan buena
nueva. Como sintió un criado mío que había dejado allí que algunos se
querían atrever a venir donde yo estaba, mandó apregonar so graves penas que
nadie saliese de allí fasta que yo lo inviase a mandar. Y un mozo mío, como
vio que con cosa del mundo no habría [yo] más placer que con saber la venida
de la nao y del socorro que traía, aunque la tierra no estaba segura de
noche se salió y vino a Tesuico, de que nos espantamos mucho haber llegado
vivo. Y hobimos mucho placer con las nuevas porque teníamos estrema
nescesidad de socorro. Este mismo día, Muy Católico Señor, llegaron allí a
Tesuico ciertos hombres de bien mensajeros de los de Calco y dijéronme cómo
a cabsa de haberse venido a ofrescer por vasallos de Vuestra Majestad todos
los de Méxyco y Temixtitán venían sobre ellos para los destruir y matar, y
que para ello habían convocado y apercebido a todos los cercanos a su
tierra; y que me rogaban que los socorriese y ayudase en tan gran nescesidad,
porque pensaban verse en grandísimo estrecho si ansí no lo hacía. Y
certifico a Vuestra Majestad que, como en la otra relacion escribí, allende
de nuestro trabajo y nescesidad, la mayor fatiga que tenía era no poder
ayudar y socorrer a los indios nuestros amigos que por ser vasallos de
Vuestra Majestad eran molestados y trabajados de los de Culúa, aunque en
esto yo y los de mi compañía poníamos toda nuestra posibilidad, porque nos
parescía que en ninguna cosa podíamos más servir a Vuestra Cesárea Majestad
que en favorescer y ayudar a sus vasallos. Y por la coyuntura en que éstos
de Calco me tomaron no pude hacer con ellos lo que yo deseaba, pero díjeles
que porque yo a la sazón quería inviar por los bergantines y para ello tenía
apercebidos a todos los de la provincia de Tescaltecal, de donde se habían
de traer en piezas, y tenía nescesidad de inviar para ello gente de caballo
y de pie, que ya sabían que los naturales de las provincias de Buaxocingo y
de Churultecal y Buacachula eran vasallos de Vuestra Majestad y amigos
nuestros, que fuesen a ellos y de mi parte les rogasen, pues vivían muy
cerca de su tierra, que les viniesen a ayudar y socorrer e inviasen allí
gente de guarnición con que pudiesen estar seguros en tanto que yo les
socorría, porque otro remedio al presente yo no les podía dar. Y aunque
ellos no quedaron tan satisfechos como si les diera algunos españoles
agradesciéronmelo, y rogáronme que porque fuesen creídos les diese una carta
mía y también para que con más segurídad se lo osasen rogar, porque entre
éstos de Calco y los de dos provincias de aquéllas, como eran de diversas
parcialidades, habían siempre diferencias. Y estando ansí dando orden en
esto llegaron acaso ciertos mensajeros de las dichas provincias de
Guajocingo y Guacachula. Y estando presentes los de Chalco di jeron cómo los
señores de aquellas provincias no habian visto ni sabido de mí después que
habia partido de la provincia de Tascaltecal, como quiera que ellos siempre
tenían puestas sus velas por las sierras y cerros que confinan con su tierra
y sojuzgan las de Méxyco y Temixtitán, para que viendo muchas ahumadas, que
son las señales de la guerra, me viniesen a ayudar y favorescer con su gente
y vasallos; y que porque de poco acá habían visto más ahumadas que nunca,
venían a saber cómo estaba y si tenía nescesidad para luego proveer de gente
de guerra. Y yo se lo agradescí mucho y les dije que, bendito Nuestro Señor,
los españoles y yo estábamos buenos y siempre habíamos habido vitoria contra
los enemigos; y que demás de holgar mucho con su voluntad y presencia que
holgaba más por los confederar y hacer amigos con los de Calco, que estaban
presentes, y que así les rogaba, pues los unos y los otros eran vasallos de
Vuestra Majestad, que fuesen buenos amigos y se ayudasen y socorriesen
contra los de Culúa que eran malos y perversos, especialmente agora que los
de Calco tenían nescesidad de socorro porque los de Culúa querían venir
sobre ellos. Y así quedaron muy amigos y confederados, y después de haber
estado dos días allí conmigo los unos y los otros se fueron muy alegres y
contentos y se ayudaron y socorrieron los unos a los otros. Dende a tres
días, porque ya sabíamos que los trece bergantines estarían acabados de
labrar y la gente que los había de traer apercebida, envié a Gonzalo de
Sandoval, alguacil mayor, con quince de caballo y ducientos peones para los
traer, al cual mandé que destruyese y asolase un pueblo grande sujeto a esta
cibdad de Tesuico que alinda con los términos de la provincia de Tascaltecal,
porque los naturales dél me habían muerto cinco de caballo y cuarenta y
cinco peones que venían de la villa de la Vera Cruz a la cibdad de
Temixtitán cuando yo estaba cercado en ella, no creyendo que tan grand
traición se nos había de hacer. Y como al tiempo que esta vez entramos en
Tesuico hallamos en los adoratorios y mesquitas de la cibdad los cueros de
los cinco caballos con sus pies y manos y herraduras cosidos y tan bien
adobados como en todo el mundo lo pudieran hacer, y en señal de vitoria
ellos y mucha ropa y cosas de los españoles ofrescido a sus ídolos, y
hallamos la sangre de nuestros compañeros y hermanos derramada y sacrificada
por todas aquellas torres y mesquitas, fue cosa de tanta lástima que nos
renovó todas nuestras tribulaciones pasadas. Y los traidores de aquel pueblo
y de otros a él comarcanos al tiempo que aquellos cristianos por allí
pasaron hiciéronles buen rescibimiento para los asegurar y hacer en ellos la
mayor crueldad que nunca se hizo, porque abajando por una cuesta y mal paso
todos a pie, trayendo los caballos de diestro de manera que no se podían
aprovechar dellos, puestos los enemigos en celada de una parte y de otra del
mal paso los tomaron en medio, y dellos mataron y dellos tomaron a vida para
traer a Tesuico a sacrificar y sacarles los corazones delante de sus ídolos.
Y esto paresce que fue así porque cuando el dicho alguacil mayor por allí
pasó ciertos españoles que iban con él en una casa de un pueblo que está
entre Tesuico y aquél donde mataron y prendieron los cristianos hallaron en
una pared blanca escritas con carbón estas palabras: "aquí estuvo preso el
sin ventura de Juan Yuste", que era un hidalgo de los cinco de caballo, que
sin duda fue cosa para quebrar el corazón a los que lo vieron. Y llegado el
dicho alguacil mayor a este pueblo, como los naturales dél conoscieron su
grand yerro y culpa comenzaron a ponerse en huida, y los de caballo y los
peones españoles e indios nuestros amigos siguieron el alcance y mataron
muchos y prendieron y cativaron muchas mujeres y niños que se dieron por
esclavos, aunque movido a compasión, no quiso matar ni destruir tanto cuanto
pudiera, y aun antes que de allí partiese hizo recoger la gente que quedaba
y que se viniese a su pueblo, y así está hoy muy poblado y arrepentido de lo
pasado. El dicho alguacil mayor pasó adelante cinco o seis leguas a una
población de Tascaltecal que es la más junta a los términos de Culúa y allí
halló a los españoles y gente que traían los bergantines. Y otro día que
llegó partieron de allí con la tablazón y ligazón dellos, la cual traían con
mucho concierto más de ocho mill hombres, que era cosa maravillosa de ver y
así me paresce que es de oír llevar trece fustas diez y ocho leguas por
tierra, que certifico a Vuestra Majestad que dende la avanguarda a la
retroguarda había bien dos leguas de distancia. Y como comenzaron su camino
llevando en la delantera ocho de caballo y cient españoles y en ella y en
los lados por capitanes de más de diez mill hombres de guerra a Yutecad y
Teutipil, que son dos señores de los prencipales de Tascaltecal, y en la
rezaga venían otros ciento y tantos españoles con otros ocho de caballo, y
en ella venía por capitán con otros diez mill hombres de guerra muy bien
adreszados Chichimecatecle, que es de los prencipales señores desta
provincia, con otros capitanes que traía consigo, el cual al tiempo que
partió della llevaba la delantera con toda la tablazón, y la rezaga traían
los otros dos capitanes con la ligazón. Y como entraron en tierra de Culúa
los maestros de los bergantines mandaron llevar en la delantera la ligazón
dellos y que la tablazón se quedase atrás, porque era cosa de más embarazo
si algo les acaesciese, lo cual, si fuera, había de ser en la delantera. Y
Chichimecatecle, que traía la dicha tablazón, como siempre fasta allí con su
gente de guerra había traído la delantera tomólo por afrenta, y fue cosa
recia de acabar con él que se quedase en la retroguarda, porque él queria
llevar el peligro que se pudiese rescibir. Y como ya lo concedió tampoco
queria que en la rezaga se quedasen en guarda ningunos españoles, porque es
hombre de mucho esfuerzo y queria él ganar aquella honra. Y llevaban estos
capitanes dos mill indios cargados con su vitualla, y ansí con esta orden y
concierto fueron su camino, en el cual se detuvieron tres días, y al cuarto
entraron en esta cibdad con mucho placer y estruendo de atabales. Y yo los
salí a rescebir y, como arriba digo, estendíase tanto la gente que dende que
los primeros comenzaron a entrar hasta que los postreros hobieron acabado se
pasaron más de seis horas sin quebrar el hilo de la gente. Y después de
llegados y agradescido a aquellos señores las buenas obras que nos hacían,
hícelos aposentar y proveer lo mejor que ser pudo. Y ellos me dijeron que
traían deseo de se ver con los de Culúa y que viese lo que mandaba, que
ellos y aquella gente venían con voluntad de se vengar o morir con nosotros,
y yo les di las gracias y les dije que reposasen y que presto les daria las
manos llenas. Y después que toda esta gente de guerra de Tascaltecal hobo
reposado en Tesuico tres o cuatro días, que cierto era para la manera de acá
muy lucida gente, hice aprescebir veinte y cinco de caballo y trecientos
peones y cincuenta ballesteros y escopeteros y seis tiros pequeños de campo,
y sin decir a persona alguna adonde íbamos salí desta cibdad a las nueve del
día, y conmigo salieron los capitanes ya dichos con más de treinta mill
hombres por sus escuadrones muy bien ordenados segúnd la manera dellos. Y a
cuatro leguas desta cibdad ya que era tarde encontramos un escuadrón de
gente de guerra de los enemigos, y los de caballo rompimos por ellos y
desbaratámoslos, y los de Tascaltecal como son muy ligeros siguiéronnos y
matamos muchos de los contrarios. Y aquella noche dormimos en el campo muy
sobre aviso. Y otro día de mañana seguimos nuestro camino, y yo no había
dicho aún adónde era mi intención de ir, lo cual hacía porque me recelaba de
algunos de los de Tesuico que iban con nosotros que no diesen aviso de lo
que yo quería hacer a los de Méxyco y Temixtitán, porque no tenía aún
ninguna seguridad dellos. Y llegamos a una población que se dice Xaltoca que
está asentada en medio de la laguna, y alderredor della hallamos muchas y
grandes acequias llenas de agua y alderredor hacían la dicha población muy
fuerte, porque los de caballo no podían entrar a ella. Y los contraríos
daban muchas grítas tirándonos muchas varas y flechas, y los peones aunque
con trabajo entráronles dentro y echáronlos fuera y quemaron mucha parte del
pueblo. Y aquella noche nos fuimos a dormir una legua de allí, y en
amaneciendo tomamos nuestro camino y en él hallamos los enemigos, y de lejos
comenzaron a grítar como lo suelen hacer en la guerra, que cierto es cosa
espantosa oírlos. Y nosotros comenzamos de seguillos, y siguiéndolos
allegamos a una grande y hermosa cibdad que se dice Guanticlan , y
hallámosla despoblada, y aquella noche nos aposentamos en ella. Otro día
siguiente pasamos adelante y llegamos a otra cibdad que se dice Tenaynca en
la cual no hallamos resistencia alguna, y sin nos detener pasamos a otra que
se dice Acapuzalco, que todas están alderredor de la laguna. Y tampoco nos
detuvimos en ella porque deseaba mucho llegar a otra cibdad que estaba allí
cerca que se dice Tacuba, que está muy cerca de Temixtitán. Y ya que
estábamos junto a ella fallamos también alderredor muchas acequias de agua y
los enemigos muy a punto, y como los vimos, nosotros y nuestros amigos
arremetimos a ellos y entrámosles la cibdad, y matando en ellos los echamos
fuera della. Y como era ya tarde aquella noche no hecimos más de nos
aposentar en una casa que era tan grande que cupimos todos bien a placer en
ella. Y en amanesciendo, los indios nuestros amigos comenzaron a saquear y a
quemar toda la cibdad salvo el aposento donde estábamos, y pusieron tanta
deligencia que aun dél se quemó un cuarto. Y esto se hizo porque cuando
salimos la otra vez desbaratados de Temixtitán, pasando por esta cibdad los
naturales della juntamente con los de Temixtitán nos hicieron muy cruel
guerra y nos mataron muchos españoles. En seis días que estuvimos en esta
cibdad de Tacuba ninguno hobo en que no tuviésemos muchos recuentros y
escaramuzas con los enemigos. Y los capitanes de la gente de Tascaltecal y
los suyos hacían muchos desafíos con los de Temixtitán y peleaban los unos
con los otros muy hermosamente y pasaban entre ellos muchas razones
amenazándose los unos con los otros y diciéndose muchas injurias, que sin
duda era cosa para ver. Y en todo este tiempo siempre morían muchos de los
enemigos sin peligrar ninguno de los nuestros, porque muchas veces los
entrábamos por las calzadas y puentes de la cibdad, aunque como tenían
tantas defensas nos resistían reciamente, y muchas veces fingían que nos
daban lugar para que entrásemos dentro diciéndonos: "entrad, entrad a
holgaros". Y otras veces nos decían: "¿pensáis que hay agora otro Muteczuma
para que haga todo lo que vosotros quisiéredes?" y estando en estas
pláticas, yo me llegué una vez cerca de una puente que tenían quitada, y
estando ellos de la otra parte hice señal a los nuestros que estuviesen
quedos, y ellos también como vieron que yo les quería hablar hicieron callar
a su gente. Y díjeles que por qué eran locos y querían ser destruidos, y si
había allí entre ellos algúnd señor prencipal de los de la cibdad, que se
llegase allí, porque le quería hablar. Y ellos me respondieron que toda
aquella multitud de gente de guerra que por allí veía que todos eran
señores, por tanto, que dijese lo que quería. Y como yo no respondí cosa
alguna comenzáronme a deshonrar. Y no sé quién de los nuestros díjoles que
se morían de hambre y que no les habíamos de dejar salir de allí a buscar de
comer, y respondieron que ellos no tenían nescesidad, y que cuando la
tuviesen, que de nosotros y de los de Tascaltecal comerían. Y uno dellos
tomó unas tortas de pan de maís y arrojólas hacia nosotros diciendo: "tomad
y comed si tenéis hambre, que nosotros ninguna tenemos", y comenzaron luego
a gritar y pelear con nosotros. Y como mi venida a esta cibdad de Tacuba
había sido prencipalmente para haber plática con los de Temixtitán y saber
qué voluntad tenían y mi estada allí no aprovechaba ninguna cosa, al cabo de
los seis días acordé de me volver a Tesuico para dar priesa en ligar y
acabar los bergantines para por la tierra y por la agua ponerles cerco. Y el
día que partimos venimos a dormir a la cibdad de Goatitan, de que arriba se
ha fecho minción, y los enemigos no hacían sino seguirnos, y los de caballo
de cuando en cuando revolvíamos sobre ellos y así nos quedaban algunos entre
las manos. Y otro día comenzamos a caminar, y como los contrarios vían que
nos veníamos creían que de temor lo hacíamos, y juntóse grand número dellos
y comenzáronnos a seguir. Y como yo vi esto mandé a la gente de pie que se
fuese adelante y que no se detuviese y que en la rezaga dellos fuesen cinco
de caballo. Y yo me quedé con veinte y mandé a seis de caballo que se
pusiesen en una cierta parte en celada y a otros seis en otra ya otros cinco
en otra y yo con otros tres en otra, y que como los enemigos pasasen
pensando que todos íbamos juntos adelante, en oyéndome el apellído de Señor
Santiago saliesen y les diesen por las espaldas. Y como fue tiempo salimos y
comenzamos a lancear en ellos, y turó el alcance cerca de dos leguas todas
llanas como la palma, que fue muy hermosa cosa. Y ansí murieron muchos
dellos a nuestras manos y de los indios nuestros amigos. Y se quedaron y
nunca más nos siguieron, y nosotros nos volvimos y alcanzamos a la gente. Y
aquella noche dormimos en una gentil población que se dice Aculman que está
dos leguas de la cibdad de Tesuico, para donde otro día nos partimos. Y a
mediodía entramos en ella y fuimos muy bien rescebidos del alguacil mayor
que yo había dejado por capitán y de toda la gente, y holgaron mucho con
nuestra venida porque dende el día que de allí habíamos partido nunca habían
sabido de nosotros y de lo que nos había suscedido, y estaban con muy
grandísimo deseo de lo saber. Y otro día que hobimos llegado, los señores y
capitanes de la gente de Tascaltecal me pidieron licencia y se partieron
para su tierra muy contentos y con algúnd despojo de los enemigos. Dos días
después de entrados a esta cibdad de Tesuico llegaron a mí ciertos indios
mensajeros de los señores de Calco y dijéronme cómo les habían mandado que
me hiciesen saber de su parte que los de Méxyco y Temixtitán iban sobre
ellos a los destruir, y que me rogaban les inviase socorro como otras veces
me lo habían pedido. Y yo proveí luego de inviar con Gonzalo de Sandoval
veinte de caballo y trecientos peones, al cual encargué mucho que se diese
priesa, y llegado, trabajase de dar todo el favor y ayuda que fuese posible
a aquellos vasallos de Vuestra Majestad y nuestros amigos. Y llegado a
Calco, halló mucha gente junta así de aquella provincia como de las de
Guaxocingo y Guacachula que le estaban esperando, y dando orden en lo que se
había de hacer partiéronse y tomaron su camino para una población que se
dice Guastepeque, donde estaba la gente de Culúa en guarnición y de donde
hacían daño a los de Calco. Y a un pueblo que estaba en el camino salió
mucha gente de los contrarios, y como nuestros amigos eran muchos y tenían
en ventaja a los españoles y a los de caballo todos juntos rompieron por
ellos y desampararon el campo y matando en ellos siguieron a los enemigos, y
en aquel pueblo que está antes de Guastepeque reposaron aquella noche. Y
otro día se partieron, y ya que llegaban junto a la dicha población de
Guastepeque, los de Culúa comenzaron a pelear con los españoles, pero en
poco rato los desbarataron, y matando en ellos los echaron fuera del pueblo.
Y los de caballo se apearon para dar de comer a sus caballos y aposentarse,
y estando así descuidados de lo que suscedió, llegan los enemigos hasta la
plaza del aposento apellidando y gritando muy fieramente y echando muchas
piedras y varas y flechas. Y los españoles dieron alarma, y ellos y nuestros
amigos dándose mucha priesa salieron a ellos y echáronlos fuera otra vez, y
siguieron el alcance más de una legua y mataron muchos de los contrarios, y
volviéronse aquella noche bien cansados a Guastepeque, adonde estuvieron
reposando dos días. En este tiempo el alguacil mayor supo como en un pueblo
más adelante que se dice Acapichtla había mucha gente de guerra de los
enemigos y determinó de ir allá a ver si se darían de paz y a les requerir
con ella. Y este pueblo era muy fuerte y puesto en una altura y donde no
pudiesen ser ofendidos de los de caballo, y como llegaron los españoles los
del pueblo sin esperar a cosa alguna empezaron a pelear con ellos y dende lo
alto echar muchas piedras. Y aunque iba mucha gente de nuestros amigos con
el dicho alguacil mayor, viendo la fortaleza de la villa no osaban acometer
ni llegar a los contrarios, y como esto vio el dicho alguacil mayor y los
españoles, determinaron de morir o subilles por fuerza a lo alto del pueblo,
y con el apellido de Señor Santiago comenzaron a subir. Y plugo a Nuestro
Señor dalles tal esfuerzo que aunque era mucha la defensa y resistencia que
se les hacía les entraron, aunque hobo muchos heridos. Y como los indios
nuestros amigos los siguieron y los enemigos se vieron de vencida, fue tanta
la matanza dellos a manos de los nuestros y dellos despeñados de lo alto que
todos los que allí se hallaron afirman que un río pequeño que cercaba casi
aquel pueblo por más de una hora fue teñido en sangre y les estorbó de beber
por entonces, porque como facía mucha calor tenían nescesidad dello. Y dado
conclusión a esto y dejando al fin estas dos poblaciones de paz, aunque bien
castigados por haberla al prencipio negado, el dicho alguacil mayor se
volvió con toda la gente a Tesuico. Y crea Vuestra Católica Majestad que
esta fue una bien señalada vitoria y donde los españoles mostraron bien
señaladamente su esfuerzo. Como los de Méxyco y Temixtitán supieron que los
españoles y los de Calco habían fecho tanto daño en su gente acordaron de
inviar sobre ellos ciertos capitanes con mucha gente, y como los de Calco
tuvieron aviso desto, inviaron a rogarme a mucha priesa que les inviase
socorro. Y yo torné luego a despachar al dicho alguacil mayor con cierta
gente de pie y de caballo, pero cuando llegó ya los de Culúa y los de Calco
se habían visto en el campo y habían peleado los unos y los otros muy
reciamente, y plugo a Dios que los de Calco fueron vencedores y mataron
muchos de los contrarios y prendieron bien cuarenta personas dellos, entre
los cuales había un capitán de los de Méxyco y otros dos prencipales, los
cuales todos entregaron los de Calco al dicho alguacil mayor para que me los
trujese, el cual me invió dellos y dellos dejó consigo, porque por seguridad
de los de Calco estuvo con toda la gente en un pueblo suyo que es frontera
de los de Méxyco. Y después que les paresció que no había nescesidad de su
estada se volvió a Tesuico y trajo consigo a los otros prisoneros que le
habían quedado. En este medio tiempo hobimos otros muchos rebatos y
recuentros con los naturales de Culúa, y por evitar prolijidad los dejo de
especificar, Como ya el camino para la villa de la Vera Cruz dende esta
cibdad de Tesuico estaba seguro y podían ir y venir por él los de la villa,
tenían cada día nuevas de nosotros y nosotros dellos, lo cual antes cesaba.
Y con un mensajero inviáronme ciertas ballestas y escopetas y pólvora con
que hobimos grandísimo placer, y dende a dos días me inviaron otro mensajero
con el cual me hicieron saber que al puerto habían llegado tres navíos y que
traían mucha gente y caballos, y que luego los despacharían para acá. Y
segúnd la nescesidad que teníamos, milagrosamente nos invió Dios este
socorro. Yo buscaba siempre, Muy Poderoso Señor, todas las maneras y formas
que podía para traer a nuestra amistad a éstos de Temixtitán, lo uno porque
no diesen causa a que fuesen destruidos, y lo otro por descansar de los
trabajos de todas las guerras pasadas, y prencipalmente porque dello sabía
que redundaba servicio a Vuestra Majestad. Y dondequiera que podía haber
alguno de la cibdad gelo tornaba a inviar para les amonestar y requerir que
se diesen de paz, y el Miércoles Santo, que fueron veinte y siete de marzo
del año de quinientos y veinte y uno, hice traer ante mí a aquellos
principales de Temixtitán que los de Calco habían prendido y díjeles si
querían algunos dellos ir a la cibdad y hablar de mi parte a los señores
della y rogalles que no curasen de tener más guerra conmigo y que se diesen
por vasallos de Vuestra Majestad como antes lo habían fecho, porque yo no
les quería destruir sino ser su amigo. Y aunque se les hizo de mal, porque
tenían temor que yéndoles con aquel mensaje los matarían, dos de aquellos
prisoneros se determinaron de ir y pidiéronme una carta. Y aunque ellos no
habían de entender lo que en ella iba sabían que entre nosotros se
acostumbraba y que llevándola ellos los de la cibdad les darían crédito.
Pero con las lenguas yo les dí a entender lo que en la carta decía, que era
lo que yo a ellos les había dicho. Y así se partieron y yo mandé a cinco de
caballo que saliesen con ellos hasta los poner en salvo. El Sábado Santo los
de Calco y otros sus aliados y amigos me inviaron a decir que los de Méxyco
venían sobre ellos, y mostráronme en un paño blanco grande la figura de
todos los pueblos que contra ellos venían y los caminos que traían, que me
rogaban que en todo caso les inviase socorro. Y yo les dije que dende a
cuatro o cinco días se lo inviaría, y que si entretanto se vían en
nescesidad, que me lo hiciesen saber y que yo los socorrería. Y el tercero
día de Pascua de Resurrección volviéronme a decir que me rogaban que
brevemente fuese el socorro, porque a más andar se acercaban los enemigos.
Yo les dije que yo quería ir a les socorrer, y mandé apregonar que para el
viernes siguiente estuviesen apercebidos veinte y cinco de caballo y
trecientos hombres de pie. El jueves antes vinieron a Tesuico ciertos
mensajeros de las provincias de Tazapan y Mascalcingo y Nautan y de otras
cibdades que están en su comarca y dijéronme que se venían a dar por
vasallos de Vuestra Majestad y a ser nuestros amigos porque ellos nunca
habían muerto ningúnd español ni se habían alzado contra el servicio de
Vuestra Majestad, y trujeron cierta ropa de algodón. Yo se lo agradescí y
les prometí que si fuesen buenos se les haría buen tratamiento, y así se
volvieron contentos. El viernes siguiente, que fueron cinco de abril del
dicho año de quinientos y veinte y uno, salí desta cibdad de Tesuico con los
treinta de caballo y trecientos peones que estaban apercebidos, y dejé en
ella otros veinte de caballo y otros trecientos peones y por capitán a
Gonçalo de Sandoval, alguacil mayor, y salieron conmigo más de veinte mill
hombres de los de Tesuico, y en nuestra ordenanza fuimos a dormir a una
población de Calco que se dice Talmalco donde fuimos bien rescebidos y
aposentados. Y allí, porque está una buena fuerza, después que los de Calco
fueron nuestros amigos siempre tenían gente de guarnición porque es frontera
de los de Culúa, y otro día llegamos a Calco a las nueve del día, que no nos
detuvimos más de hablar a los señores de allí y decirles mi parescer e
intención, que era dar una vuelta en torno de las lagunas, porque creía que
acabada esta jornada, que importaba mucho, fallaría fechos los trece
bergantines y aparejados para los echar al agua, y como hobe hablado a los
de Calco, partímonos aquel día a vísperas, y llegamos a una población suya
donde se juntaron con nosotros más de cuarenta mill hombres de guerra
nuestros amigos, y aquella noche dormimos allí. Y porque los naturales desta
dicha población me dijeron que los de Culúa me estaban esperando en el campo
mandé que al cuarto del alba toda la gente estuviese en pie y apercebida, y
otro día, en oyendo misa, comenzamos a caminar, y yo tomé la delantera con
veinte de caballo y en la rezaga quedaron diez, y ansí pasamos por entre
unas sierras muy agras. Y a las dos después de mediodía llegamos a un peñol
muy alto y agro, y encima dél estaba mucha gente de mujeres y niños y todas
las laderas llenas de gente de guerra. Y comenzaron luego a dar muy grandes
alaridos haciendo muchas ahumadas, tirándonos con hondas y sin ellas muchas
piedras y flechas y varas, por manera que en llegándonos cerca rescibíamos
mucho daño. Y aunque habíamos visto que en el campo no nos habían osado
esperar, parescíame, aunque era otro camino el nuestro, que era poquedad
pasar adelante sin hacerles algúnd mal sabor, y porque no creyesen nuestros
amigos que de cobardía lo dejábamos de hacer comencé a dar una vista en
torno del peñol, que había casi una legua, y cierto era tan fuerte que
parescía locura queremos poner en ganárselo, y aunque les pudiera poner
cerco y hacerles darse de pura nescesidad yo no me podía detener. Y así
estando en esta confusión, determiné de les subir el risco por tres partes
que yo había visto, y mandé a Cristóbal Corral, alférez de sesenta hombres
de pie que yo traía siempre en mi compañía, que con su bandera acometiese y
subiese por la parte más agra y que ciertos escopeteros y ballesteros le
siguiesen; y a Juan Rodriguez de Villafuerte y a Francisco Verdugo,
capitanes, que con su gente y con otros ciertos ballesteros y escopeteros
subiesen por la otra parte; y a Pedro Dircio y Andrés de Monjaraz,
capitanes, que acometiesen por la otra parte con otros pocos ballesteros y
escopeteros; y que en oyendo soltar una escopeta, todos determinasen de
subir y haber la vitoria o morir. Y luego en soltando el escopeta,
comenzaron a subir y ganaron a los contrarios dos vueltas del peñol, que no
pudieron subir más porque con pies y manos no se podían tener, porque era
sin comparación la aspereza y agrura de aquel cerro. Y echaban tantas
piedras de lo alto con las manos y rodando que aun los pedazos que se
quebraban y sembraban hacían infinito daño. Y fue tan recia la ofensa de los
enemigos que nos mataron dos españoles e hirieron más de veinte, y en fin en
ninguna manera pudieron pasar de allí. Y yo, viendo que era imposible poder
más hacer de lo hecho y que se juntaban muchos de los contrarios en socorro
de los del peñol, que todo el campo estaba lleno dellos, mandé a los
capitanes que se volviesen. Y abajados los de caballo, arremetimos a los que
estaban en lo llano y echámoslos de todo el campo alanceando y matando en
ellos. Y duró el alcance más de hora y media, y como era mucha gente los de
caballo derramáronse a una parte y a otra. Y después de recogidos, de
algunos dellos fui informado cómo habían llegado obra de una legua de allí y
habían visto otro peñol con mucha gente pero que no era tan fuerte, y que
por lo llano cerca dél había mucha población y que no faltarían dos cosas
que en este otro nos habían faltado: la una era agua, que no la había acá; y
la otra, que por no ser tan fuerte el cerro no habría tanta resistencia y se
podía sin peligro tomar la gente. Y aunque con harta tristeza de no haber
alcanzado vitoria, partimos de allí y fuimos aquella noche a dormir cerca
del otro peñol, adonde pasamos harto trabajo y nescesidad porque tampoco
fallamos agua ni en todo aquel día la habíamos bebido nosotros ni los
caballos, y así nos estuvimos aquella noche oyendo hacer a los enemigos
mucho estruendo de atabales y bocinas y gritas. Y en siendo el día claro,
ciertos capitanes y yo comenzamos a mirar el risco, el cual nos paresció
casi tan fuerte como el otro, pero tenía dos padrastros más altos que no él
y no tan agros de subir, y en éstos estaba mucha gente de guerra para los
defender. Y aquellos capitanes y yo y otros hidalgos que allí estaban
tomamos nuestras rodelas y fuemos a pie hasta allá - porque los caballos los
habían llevado a beber una legua de allí - no para más de ver la fuerza del
peñol y por dónde se podría combatir. Y la gente, como nos vieron ir, aunque
no les habíamos dicho cosa alguna siguiéronnos. Y como llegamos al pie del
peñol, los que estaban en el padrastro dél creyeron que yo quería acometer
por el medio, y desamparáronlos por socorrer a los suyos. Y como yo vi el
desconcierto que habían fecho y que tomados aquellos dos padrastros se les
podría hacer dellos mucho daño, sin hacer mucho bollicio mandé a un capitán
que de presto subiese con su gente y tomase él un padrastro de aquéllos más
agro que habían desamparado, y así fue luego fecho. Y yo con la otra gente
comencé a subir el cerro arriba allí donde estaba la más fuerza de la gente,
y plugo a Dios que les gané una vuelta dél y posímonos en una altura que
casi igualaba con lo alto de donde ellos peleaban, lo cual parescía que era
cosa imposible podelles ganar, a lo menos sin infinito peligro. Y ya un
capitán había puesto su bandera en lo más alto del cerro y de allí comenzó a
soltar escopetas y ballestas en los enemigos, y como vieron el daño que
rescebían y considerando el porvenir, hicieron señal que se querían dar y
pusieron las armas en el suelo. Y como mi motivo sea siempre dar a entender
a esta gente que no les queremos hacer mal ni daño por más culpados que
sean, especialmente queriendo ellos ser vasallos de Vuestra Majestad, y es
gente de tanta capacidad que todo lo entienden y conoscen muy bien, mandé
que no se les ficiese más daño. Y llegados a me hablar, los rescebí bien. Y
como vieron cuán bien con ellos se había hecho, hiciéronlo saber a los del
otro peñol, los cuales aunque habían quedado con vitoria determinaron de se
dar por vasallos de Vuestra Majestad y viniéronme a pedir perdón por pasado.
En esta población de cabe el peñol estuve dos días, y de allí invié a
Tesuico los heridos. Y yo me partí y a las diez del día llegamos a
Guastepeque, de que arriba he fecho mención, y en la casa de una huerta del
señor de allí nos aposentamos todos, la cual huerta es la mayor y más
fermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito y por
medio della va una muy gentil ribera de agua, y de trecho a trecho, cantidad
de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos e
infinitos árboles de diversas frutas y muchas yerbas y flores olorosas, que
cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta
huerta. Y aquel día reposamos en ella, donde los naturales nos hicieron el
placer y servicio que pudieron. Y otro día nos partimos, y a las ocho horas
del día llegamos a una buena población que se dice Yautepeque, en la cual
estaban esperándonos mucha gente de guerra de los enemigos. Y como llegamos,
paresció que quisieron hacernos alguna señal de paz o por el temor que
tuvieron o por nos engañar, pero luego incontinente sin más acuerdo
comenzaron a huir desamparando su pueblo. Y yo no curé de deternerme en él,
y con los treinta de caballo dimos tras ellos bien dos leguas fasta los
encerrar en otro pueblo que se dice Gilutepeque, donde alanceamos y matamos
muchos. Y en este pueblo hallamos la gente muy descuidada porque llegamos
primero que sus espías, y murieron algunos y tomáronse muchas mujeres y
mochachos, y todos los demás huyeron. Y yo estuve dos días en este pueblo
creyendo que el señor dél se viniera a dar por vasallo de Vuestra Majestad,
y como nunca vino, cuando partí fice poner fuego al pueblo. Y antes que dél
saliese vinieron ciertas personas del pueblo antes, que se dice Yactepeque,
y rogáronme que les perdonase y que ellos se querían dar por vasallos de
Vuestra Majestad. Yo los rescebí de buena voluntad porque en ellos se habían
hecho ya buen castigo. Aquel día que me partí a las nueve del día llegué a
vista de un pueblo muy fuerte que se llama Coadnabaced, y dentro dél había
mucha gente de guerra y era tan fuerte el pueblo y cercado de tantos cerros
y barrancas que algunas había de diez estados de hondura. Y no podía entrar
ninguna gente de caballo salvo por dos partes y éstas entonces no las
sabíamos, y aun para entrar por aquéllas habíamos de rodear más de legua y
media. Y también se podía entrar por puentes de madera, pero teníanlas
alzadas y estaban tan fuertes y tan a su salvo que aunque fuéramos diez
veces más no nos tuvieran en nada. Y llegándonos hacia ellos, tirábannos a
su placer muchas varas y flechas y piedras. Y estando así muy revueltos con
nosotros, un indio de Tascaltecal pasó de tal manera que no le vieron por un
paso muy peligroso, y como los enemigos le vieron ansí de súpito creyeron
que los españoles les entraban por allí. Y así, ciegos y espantados,
comienzan a ponerse en huida y el indio tras ellos. Y tres o cuatro criados
míos y otros dos de una capitanía, como vieron pasar al indio, siguiéronle y
pasaron de la otra parte, y yo con los de caballo comencé a guiar hacia la
sierra para buscar entrada al pueblo. Y los indios nuestros enemigos no
hacían sino tirarnos varas y flechas porque entre ellos y nosotros no había
más de una barranca como cava, y como esta ban embebecidos en pelear con
nosotros y éstos no habían visto los cinco españoles, llegan de improviso
por las espaldas y comienzan a darles de cochilladas. Y como los tomaron de
tan sobresalto y sin pensamiento que por las espaldas se les había de facer
alguna ofensa, porque ellos no sabían que los suyos habían desamparado el
paso por donde los españoles y el indio habían pasado, estaban espantados y
no osaban pelear, y los españoles mataban en ellos. Y desque cayeron en la
burla comenzaron a huir, y ya nuestra gente de pie estaba dentro en el
pueblo y le comenzaban a quemar y los enemigos todos a le desamparar. Y así
huyendo se acogieron a la sierra, aunque murieron muchos dellos y los de
caballo siguieron y mataron muchos. Y después que hallamos por dónde entrar
al pueblo, que sería mediodía, aposentámosnos en las casas de una huerta
porque lo hallamos ya casi quemado todo. Y ya bien tarde, el señor dél y
algunos otros prencipales, viendo que en cosa tan fuerte como su pueblo no
se habían podido defender, temiendo que allá en la sierra los habíamos de ir
a matar, acordaron de se venir a ofrescer por vasallos de Vuestra Majestad
después de les haber quemado, y yo los rescebí por tales y prometiéronme de
ahí adelante ser siempre nuestros amigos. Estos indios y los otros que
venían a se dar por vasallos de Vuestra Majestad después de los haber
quemado y destruido sus casas y haciendas nos dijeron que la causa por que
venían tarde a nuestra amistad era porque pensaban que satisfacían sus
culpas con consentir primero hacerles daño, creyendo que hecho, no terníamos
después tanto enojo dellos. Aquella noche dormimos en aquel pueblo, y por la
mañana seguimos nuestro camino por una tierra de pinares despoblada y sin
ninguna agua, la cual y un puerto pasamos con grandísimo trabajo y sin
beber, tanto que muchos de los indios que iban con nosotros perescieron de
sed. Y a siete leguas de aquel pueblo en unas estancias paramos aquella
noche. Y en amanesciendo tomamos nuestro camino y llegamos a vista de una
gentil cibdad que se dice Suchimilco, que está edificada en la la guna
dulce. Y como los naturales della estaban avisados de nuestra venida tenían
hechas muchas albarradas y acequias, y alzadas las puentes de todas las
entradas de la cibdad, la cual está de Timixtitán tres o cuatro leguas, y
estaba dentro mucha y muy lucida gente y muy determinados de se defender o
morir. Y llegados y recogida toda la gente y puesta en mucha orden y
concierto, yo me apeé de mi caballo y seguí con ciertos peones hacia una
albarrada que tenían hecha, y detrás estaba infinita gente de guerra. Y como
comenzamos a combatir el albarrada y los ballesteros y escopeteros les
hacían daño, desamparáronla, y los españoles se echaron al agua y pasaron
adelante por donde hallaban tierra firme, y en media hora que peleamos con
ellos les ganamos la prencipal parte de la cibdad. Y retraídos los
contrarios, por las calles del agua y en sus canoas pelearon hasta la noche.
Y unos movían paces y otros por eso no dejaban de pelear, y moviéronlas
tantas veces sin ponerlas por obra hasta que caímos en la cuenta, porque
ellos lo hacían para dos efetos: el uno, para alzar sus haciendas en tanto
que nos detenían con la paz; el otro, por dilatar tiempo en tanto que les
venía socorro de México y Temixtitán. Y este día nos mataron dos españoles
porque se desmandaron de los otros a robar y viéronse con tanta nescesidad
que nunca pudieron ser socorridos. Y en la tarde pensaron los enemigos cómo
nos podrían atajar de manera que no pudiésemos salir de su cibdad con las
vidas y juntos mucha copia dellos, determinaron de venir por la parte que
nosotros habíamos entrado. Y como los vimos venir tan de súpito,
espantámonos de ver su ardid y presteza, y seis de caballo y yo que
estábamos más a punto que los otros arremetimos por medio dellos. Y ellos de
temor de los caballos pusiéronse en huida, y ansí salimos de la cibdad tras
ellos matando muchos, aunque nos vimos en harto aprieto, porque como eran
tan valientes hombres, muchos dellos osaban esperar a los de caballo con sus
espadas y rodelas. Y como andábamos revueltos con ellos y había muy grand
pieza, el caballo en que yo iba se dejó caer de cansado. Y como algunos de
los contrarios me vieron a pie revolvieron contra mí, y yo con la lanza
empecéme a defender dellos. Y un indio de los de Tascaltecal, como me vio en
necesidad llegóse a me ayudar, y él y un mozo mío que luego llegó levantamos
el caballo. Y ya en esto llegaron los españoles y los enemigos desampararon
todo el campo, y yo con los otros de caballo que entonces habían llegado,
como estábamos muy cansados nos volvimos a la cibdad. Y aunque era ya casi
noche y sazón de reposar mandé que todas las puentes alzadas por do iba el
agua se cegasen con piedra y adobes que había allí porque los de caballo
pudiesen entrar y salir sin estorbo ninguno en la cibdad, y no me partí de
allí fasta que todos aquellos pasos malos quedaron muy bien adreszados. Y
con mucho aviso y recaudo de velas pasamos aquella noche. Otro día, como
todos los naturales de la provincia de México y Temixtitán sabían ya que
estábamos en Suchimilco, acordaron de venir con grand poder por el agua y
por la tierra a nos cercar, porque creían que no podíamos ya escapar de sus
manos. Y yo me subí a una torre de sus ídolos para ver cómo venía la gente y
por dónde nos podían acometer, para proveer en ello lo que nos conveniese, y
ya que en todo había dado orden llega por el agua una muy grande flota de
canoas, que creo que pasaban de dos mill, y en ellas venían más de doce mill
hombres de guerra. Y por la tierra llega tanta multitud de gente que todos
los campos cubrían, y los capitanes dellos que venían delante traían sus
espadas de las nuestras en las manos, y apellidando sus provincias decían:
¡México, México! ¡Temixtitán, Temixtitán!", y decíannos muchas enjurias y
amenazándonos que nos habían de matar con aquellas espadas que nos habian
tomado la otra vez en la cibdad de Temixtitán. Y como ya había proveído
adónde había de acudir cada capitán, y porque hacia la tierra firme había
mucha copia de enemigos, salí a ellos con veinte de caballo y con quinientos
indios de Tascaltecal y repartímonos en tres partes. Y mandéles que desque
hobiesen rompido, que se recogiesen al pie de un cerro que estaba media
legua de allí, porque también había allí mucha gente de los enemigos. Y como
nos dividimos cada escuadrón siguió a los enemigos por su cabo, y después de
desbaratados y alanceados y muertos muchos, recogímonos al pie del cerro. Y
yo mandé a ciertos peones criados míos que me habían servido y eran bien
sueltos que por lo más agro del cerro trabajasen de lo subir, y que yo con
los de caballo rodearía por detrás, que era más llano, y los tomaríamos en
medio. Y ansí fue, que como los enemigos vieron que los españoles les subian
por el cerro, volvieron las espaldas, creyendo que huían a su salvo, y topan
con nosotros, que seríamos quince de caballo. Y comenzamos a dar en ellos y
los de Tascaltecal ansimesmo, por manera que en poco espacio murieron más de
quinientos de los enemigos, y todos los otros se salvaron y fuyeron a las
sierras. Y los otros seis de caballo acertaron a ir por un camino muy ancho
y muy llano alanceando en los enemigos, y a media legua de Suchimilco dan
sobre un escuadrón de gente muy lucida que venía en su socorro, y
desbaratáronlos y alancearon algunos. Y ya que nos hobimos juntado todos los
de caballo, que serían las diez del día, volvimos a Suchimilco. Y a la
entrada hallé muchos españoles que deseaban mucho nuestra venida y saber lo
que nos había acontecido, y contáronme cómo se habían visto en mucho aprieto
y habían trabajado todo lo posible por echar fuera los enemigos, de los
cuales habían muerto mucha cantidad, y diéronme dos espadas de las nuestras
que les habían tomado y dijéronme cómo los ballesteros no tenían saetas ni
almacén alguno. Y estando en esto, antes que nos apeásemos asomaron por una
calzada muy ancha un grand escuadrón de los enemigos con muy grandes
alaridos y de presto arremetimos a ellos, y como de la una parte y de la
otra de la calzada era todo agua lanzáronse en ella, y así los desbaratamos.
Y recogida la gente, volvimos a la cibdad bien cansados y mandéla quemar
toda expceto aquello donde estábamos aposentados. Y así estuvimos en esta
cibdad tres días que en ninguno dellos dejamos de pelear, y al cabo,
dejándola toda quemada y asolada, nos partimos. Y cierto era mucho para ver,
porque tenía muchas casas y torres de sus ídolos de cal y canto. Y por no me
alargar dejo de particularizar otras cosas bien notables desta cibdad. El
día que me partí me salí fuera a una plaza que está en la tierra firme junto
a esta cibdad que es donde los naturales hacen sus mercados. Y estaba dando
orden cómo diez de caballo fuesen en la delantera y otros diez en medio de
la gente de pie y yo con otros diez en la rezaga, y los de Suchimilco, como
vieron que nos encomenzábamos a ir, creyendo que de temor suyo era, llegan
por nuestras espaldas con mucha grita. Y los diez de caballo y yo volvimos a
ellos y seguímoslos hasta meterlos en el agua en tal manera que no curaron
más de nosotros, y así nos volvimos nuestro camino. Y a las diez del día
llegamos a la cibdad de Cuyoacan, que está de Suchimilco dos leguas, y de
las cibdades de Temixtitán y Culuacan y Uchilubuzco e Yztapalapa y
Cuytaguapa y Mizqueque, que todas están en el agua - la más lejos déstas
está una legua y media - , y hallámosla despoblada. Y aposentámosnos en la
casa del señor y aquí estuvimos el día que llegamos y otro. Y porque en
siendo acabados los bergantines había de poner cerco a Temixtitán, quise
primero ver la disposición desta cibdad y las entradas y salidas y por dónde
los españoles podían ofender o ser ofendidos, y otro día que llegué tomé
cinco de caballo y ducientos peones y fuime hasta la laguna, que estaba muy
cerca, por una calzada que entra a la cibdad de Temixtitán. Y vimos tanto
número de canoas por el agua y en ellas gente de guerra que era infinito, y
llegamos a una albarrada que tenían fecha en la calzada y los peones
comenzáronla a combatir. Y aunque fue muy recia y hobo mucho resistencia e
hirieron diez españoles, al fin se la ganaron y mataron muchos de los
enemigos, aunque los ballesteros y escopeteros quedaron sin pólvora y sin
saetas. Y dende alli vimos cómo iba la calzada derecha por el agua hasta dar
en Temixtitán bien legua y media, y ella y la otra que va a dar a Yztapalapa
llenas de gente sin cuento. Y como yo hobe considerado bien lo que convenía
verse, porque aquí en esta cibdad había de estar una guarnición de gente de
pie y de caballo, hice recoger los nuestros, y así nos volvimos quemando las
casas y torres de sus ídolos. Y otro día nos partimos desta cibdad a la de
Tacuba, que está dos leguas, y llegamos a las nueve del día alanceando por
unas partes y por otras porque los enemigos salían de la laguna por dar en
los indios que nos traían el fardaje, y hallábanse burlados y ansí nos
dejaban ir en paz. Y porque, como he dicho, mi intención prencipal había
sido procurar de dar vuelta a todas las lagunas por calar y saber mejor la
tierra y también por socorrer aquellos nuestros amigos, no curé de pararme
en Tacuba. Y como los de Temixtitán - que está allí muy cerca, que casi se
estiende la cibdad tanto que llega cerca de la tierra firme de Tacuba - como
vieron que pasábamos adelante cobraron mucho esfuerzo, y con gran denuedo
acometieron a dar en medio de nuestro fardaje. Y como los de caballo
veníamos bien repartidos y todo por allí era llano aprovechábamosnos bien de
los contrarios sin rescebir los nuestros ningúnd peligro, y como corríamos a
unas partes y a otras y unos mancebos críados míos me siguían algunas veces,
aquella vez dos déllos no lo hicieron y halláronse en parte donde los
enemigos los llevaron, donde creemos que les darían muy cruel muerte como
acostumbran, de que sabe Dios el sentimiento que hobe, ansí por ser
cristianos como porque eran valientes hombres y le habían servido muy bien
en esta guerra a Vuestra Majestad. Y salidos desta cibdad, comenzamos a
seguir nuestro camino por entre otras poblaciones cerca de allí y alcanzamos
a la gente. Y allí supe entonces cómo los indios habían llevado aquellos
mancebos, y por vengar su muerte y porque los enemigos nos seguían con el
mayor orgullo de mundo, yo con veinte de caballo me puse detrás de unas
casas en celada. Y como los indios vían a los otros diez con toda la gente y
fardaje ir adelante, no hacían sino seguillos por un camino adelante que era
muy ancho y muy llano, no se temiendo de cosa ninguna. Y como vimos pasar ya
algunos, yo apellidé en nombre del apóstol Santiago y dimos en ellos muy
reciamente, y antes que se nos metiesen en las acequias que había cerca
habíamos muerto dellos más de cient prencipales y muy lucidos, y no curaron
de más nos seguir. Este día fuimos a dormir dos leguas adelante a la cibdad
de Coatinchan bien cansados y mojados, porque había llovido mucho aquella
tarde, y hallámosla despoblada. Y otro día comenzamos de caminar alanceando
de cuando en cuando a algunos indios que nos salían a gritar, y fuemos a
dormir a una población que se dice Gilotepeque, y hallámosla despoblada. Y
otro día llegamos a las doce horas del día una cibdad que se dice Aculman,
que es del señorío de la cibdad de Tesuico, a donde fuemos aquella noche a
dormir. Y fuemos de los españoles bien rescebidos y se holgaron con nuestra
venida como a la salvación, porque después que yo me había partido dellos no
habían sabido de mí fasta aquel día que llegamos, y habían tenido muchos
rebatos en la cibdad, y los naturales della les decían cada día que los de
México y Temixtitán habían de venir sobre ellos en tanto que yo por allá
andaba. Y así se concluyó con la ayuda de Dios esta jornada, y fue muy grand
cosa y en que Vuestra Majestad rescibió mucho servicio por muchas causas que
adelante se dirán. Al tiempo que yo, Muy Poderoso e Invitísimo Señor, estaba
en la cibdad de Temixtitán, luego a la primera vez que a ella vine, proveí,
como en la otra relación hice saber a Vuestra Majestad, que en dos o tres
provincias aparejadas para ello se hiciesen para Vuestra Majestad ciertas
casas de granjerías en que hobiese labranzas y otras cosas conforme a la
calidad de aquellas provincias. Y a una dellas que se dice Chinanta invié
para ello dos españoles. Y esta provincia no es subjeta a los naturales de
Culúa, y en las otras que lo eran al tiempo que me daban guerra en la cibdad
de Temixtitán mataron a los que estaban en aquellas granjerías y tomaron lo
que en ellas había, que era cosa muy gruesa segúnd la manera de la tierra. Y
destos españoles que estaban en Chinanta se pasó casi un año que no supe
dellos, porque como todas aquellas provincias estaban rebeladas ni ellos
podían saber de nosotros ni nosotros dellos. Y estos naturales de la
provincia de Chinanta, como eran vasallos de Vuestra Majestad y enemigos de
los de Culúa, dijeron a aquellos cristianos que en ninguna manera saliesen
de su tierra, porque nos habían dado los de Culúa mucha guerra y creían que
pocos o ningunos de nosotros había vivos, y así se estuvieron estos dos
españoles en aquella tierra. Y el uno dellos, que era mancebo y hombre para
guerra, hiciéronle su capitán, y en este tiempo salía con ellos a dar guerra
a sus enemigos y las más veces él y los de Chinanta eran vencidores. Y como
después plugo a Dios que nosotros volvimos a nos rehacer y haber alguna
vitoria contra los enemigos que nos habían desbaratado y echado de
Temixtitán, éstos de Chinanta dijeron a aquellos cristianos que habían
sabido que en la provincia de Tepeaca había españoles, y que si querían
saber la verdad, que ellos querían aventurar dos indios, aunque habían de
pasar por mucha tierra de sus enemigos, pero que andarían de noche y fuera
del camino hasta llegar a Tepeaca. Y con aquellos dos indios el uno de
aquellos españoles, que era el más hombre de bien, escríbió una carta cuyo
tenor es el siguiente: Nobles señores: Dos o tres cartas he escrípto a
vuestras mercedes, y no sé si han aportado allá o no. Y pues de aquéllas no
he habido respuesta, también pongo en duda habella désta. Hágoos, señores,
saber cómo todos los naturales desta tierra de Culúa andan levantados y de
guerra. Y muchas veces nos han acometido, pero siempre, loores a Nuestro
Señor, hemos sido vencidores. Y con los de Tuxtepeque y su parcialidad de
Culúa cada día tenemos guerra. Los que están en servicio de Sus Altezas y
por sus vasallos son siete villas de los Tenez. Y yo y Nicolás siempre
estamos en Chinanta, que es la cabecera. Mucho quisiera saber adónde está el
capitán para le poder escrebir y hacer saber las cosas de acá. Y si por
ventura me escribiéredes de dónde él está e inviáredes veinte o treinta
españoles, irme ía con dos naturales prencipales de aquí que tienen deseo de
ver y fablar al capitán. Y sería bien que viniesen, porque como es tiempo
agora de coger el cacao, estórbanlo los de Culúa con las guerras. Nuestro
Señor guarde las nobles personas de vuestras mercedes como desean. - De
Chinantla, a no sé cuántos del mes de abríl de mill y quinientos y veinte y
uno años. A servicio de vuestras mercedes. - Fernando de Barrientos. Y como
los dos indios llegaron con esta carta a la dicha provincia de Tepeaca, el
capitán que yo allí había dejado con ciertos españoles inviómela luego a
Tesuico. Y rescebida, todos rescebimos muy grand placer, porque aunque
siempre habíamos confiado en la amistad de los de Chinanta, teníamos
pensamiento que si se confederaban con los de Culúa, que habrían muerto
aquellos dos españoles. A los cuales yo luego escribí dándoles cuenta de lo
pasado y que tuviesen esperanza, que aunque estaban cercados de todas partes
de los enemigos, presto, placiendo a Dios, se verían libres y podrían salir
y entrar seguros. Después de haber dado vuelta a las lagunas, en que tomamos
muchos avisos para poner el cerco a Temixtitán por la tierra y por el agua,
yo estuve en Tesuico fornesciéndome lo mejor que pude de gente y de armas y
dando priesa en que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía
para los llevar por ella fasta la laguna, la cual zanja se comenzó a facer
luego que la ligazón y tablazón de los bergantines se trujeron en una
acequia de agua que iba por cabe los aposentamientos fasta dar en la laguna.
Y desde donde los bergantines se ligaron y la zanja se comenzó a hacer hay
bien media legua fasta la laguna, y en esta obra anduvieron cincuenta días
más de ocho mill personas cada día de los naturales de la provincia de
Aculuacan y Tesuico, porque la zanja tenía más de dos estados de hondura y
otros tantos de anchura e iba toda chapada y estacada , por manera que el
agua que por ella iba la pusieron en el peso de la laguna, de forma que las
fustas se podían llevar sin peligro y sin trabajo fasta el agua, que cierto
que fue obra grandísima y mucho para ver. Y acabados los bergantines y
puestos en esta zanja, a veinte y ocho de abril del dicho año fice alarde de
toda la gente y hallé ochenta y seis de caballo, y ciento y diez y ocho
ballesteros y escopeteros, y setecientos y tantos peones de espadas y
rodela, y tres tiros gruesos de hierro, y quince tiros pequeños de bronce y
diez quintales de pólvora. Acabado de hacer el dicho alarde, yo encargué y
encomendé mucho a todos los españoles que guardasen y cumpliesen las
ordenanzas que yo había hecho para las cosas de la guerra en todo cuanto les
fuese posible, y que se alegrasen y esforzasen mucho, pues que vían que
Nuestro Señor nos encaminaba para haber vitoria de nuestros enemigos, porque
bien sabían que cuando habíamos entrado en Tesuico no habíamos traído más de
cuarenta de caballo, y que Dios nos había socorrido mejor que lo habíamos
pensado y habían venido navíos con los caballos y gente y armas que habían
visto; y que esto y prencipalmente ver que peleábamos en favor y augmento de
nuestra fee y por reducir al servicio de Vuestra Majestad tantas tierras y
provincias como se le habían rebelado les había de poner mucho ánimo y
esfuerzo para vencer o morir. Y todos respondieron y mostraron tener para
ello muy entera voluntad y deseo. Y aquel día del alarde pasamos con mucho
placer y deseo de nos ver ya sobre el cerco y dar conclusión a esta guerra,
de que dependía toda la paz o desasosiego destas partes. Otro día siguiente
fice mensajeros a las provincias de Tascaltecal, Guaxocingo y Churultecal a
les facer saber cómo los bergantines eran acabados y que yo y toda la gente
estábamos apercebidos y de camino para ir a cercar la grand cibdad de
Temixtitán; por tanto, que les rogaba, pues que ya por mí estaban avisados y
tenían su gente apercebida, que con toda la más y bien armada [gente] que
pudiesen, se partiesen y se viniesen allí a Tesuico donde yo les esperaría
diez días, y que en ninguna manera excediesen desto, porque sería grande
desvío para lo que estaba concertado. Y como llegaron los mensajeros y los
naturales de aquellas provincias estaban apercebidos y con mucho deseo de se
ver con los de Culúa, los de Guaxocingo y Chorultecal se vinieron a Calco
porque yo se lo había ansí mandado, porque junto por allí había de entrar a
poner el cerco. Y los capitanes de Tascaltecal con toda su gente muy lucida
y bien armada llegaron a Tesuico cinco o seis días antes de Pascua de
Espíritu Santo, que fue el tiempo que yo les asigné. Y como aquel día supe
que venían cerca, salílos a rescebir con mucho placer. Y ellos venían tan
alegres y bien ordenados que no podía ser mejor, y segúnd la cuenta que los
capitanes nos dieron pasaban de cincuenta mill hombres de guerra, los cuales
fueron por nosotros muy bien rescebidos y aposentados. El segundo día de
Pascua mandé salir a toda la gente de pie y de caballo a la plaza desta
cibdad de Tesuico para la ordenar y dar a los capitanes la que habían de
llevar para tres guarniciones de gente que se habían de poner en tres
cibdades que están en torno de Temixtitán. Y de la una guarnición hice
capitán a Pedro de Alvarado, y dile treinta de caballo, y diez y ocho
ballesteros y escopeteros, y ciento y cincuenta peones de espada y rodela y
más de veinte y cinco mill hombres de guerra de los de Tascaltecal. Y éstos
habían de asentar su real en la cibdad de Tacuba. De la otra guarnición fice
capitán a Cristóbal de Olid, al cual di treinta y tres de caballo, y diez y
ocho ballesteros y escopeteros, y ciento y sesenta peones de espada y rodela
y más de veinte mill hombres de guerra de nuestros amigos. Y éstos habían de
asentar su real en la cibdad de Cuyoacan. De la otra tercera guarnición fice
capitán a Gonçalo de Sandoval, alguacil mayor, y díle veinte y cuatro de
caballo, y cuatro escopeteros, y trece ballesteros y ciento y cincuenta
peones de espada y rodela - los cincuenta dellos mancebos escogidos que yo
traía en mi compañía - y toda la gente de Guaxocingo y Chururtecal y Calco,
que había más de treinta mill hombres. Y éstos habían de ir por la cibdad de
Yztapalapa a destruirla y pasar adelante por una calzada de la laguna con
favor y espaldas de los bergantines, y juntarse con la guarnición de
Cuyoacan, para que después que yo entrase con los bergantines por la laguna
el dicho alguacil mayor asentase su real donde le paresciese que más
convenía. Para los trece bergantines con que yo había de entrar por la
laguna dejé trecientos hombres, todos los más gente de la mar y bien
diestra, de manera que en cada bergantín iban veinte y cinco españoles y
cada fusta llevaba su capitán y veedor y seis ballesteros y [seis]
escopeteros. Dada la orden susodicha, los dos capitanes que habían de estar
con la gente en las cibdades de Tacuba y Cuyoacan, después de haber
rescebido las instruciones de lo que habían de hacer, se partieron de
Tesuico a diez días de mayo, y fueron a dormir dos leguas y media de allí a
una población buena que se dice Aculman. Y aquel día supe cómo entre los
capitanes había habido cierta diferencia sobre el aposentamiento, y proveí
luego esa noche para lo remediar y poner en paz y yo invié una persona para
ello que los reprehendió y apaciguó. Y otro día de mañana se partieron de
allí y fueron a dormir a otra población que se dice Gilotepeque, la cual
hallaron despoblada porque era ya tierra de los enemigos. Y otro día
siguiente siguieron su camino en su ordenanza y fueron a dormir a una cibdad
que se dice Guatitlan de que antes desto he fecho relación a Vuestra
Majestad, la cual ansimesmo hallaron despoblada. Y aquel día pasaron por
otras dos cibdades y poblaciones que tampoco hallaron gente en ellas. Y a
hora de vísperas entraron en Tacuba, que también estaba despoblada, y
aposentáronse en las casas del señor de allí, que son muy hermosas y
grandes. Y aunque era ya tarde, los naturales de Tascaltecal dieron una
vista por la entrada de dos calzadas de la cibdad de Temixtitán y pelearon
dos o tres horas valientemente con los de la cibdad. Y como la noche los
despartió, volviéronse sin ningúnd peligro a Tacuba. Otro día de mañana los
dos capitanes acordaron, como yo les había mandado, de ir a quitar el agua
dulce que por caños entraba a la cibdad de Temextitán. Y el uno dellos con
veinte de caballo y ciertos ballesteros y escopeteros fue al nascimiento de
la fuente, que estaba un cuarto de legua de allí, y cortó y quebró los
caños, que eran de madera y de cal y canto. Y peleó reciamente con los de la
cibdad que se lo defendían por la mar y por la tierra, y al fin los
desbarató y dio conclusión a lo que iba, que era quitarles el agua dulce que
entraba a la cibdad, que fue muy grande ardid. Este mismo día los capitanes
ficieron adreszar algunos malos pasos y puentes y acequias que estaban por
allí alderredor de la laguna porque los de caballo pudiesen libremente
correr por una parte y por otra. Y hecho esto, en que se tardaría tres o
cuatro días en los cuales se hobieron muchos recuentros con los de la cibdad
en que fueron heridos algunos españoles y muertos hartos de los enemigos y
les ganaron muchas albarradas y puentes y hobo hablas y desafíos entre los
de la cibdad y los naturales de Tascaltecal que eran cosas bien notables y
para ver, el capitán Cristóbal de Olid con la gente que había de estar en
guarnición en la cibdad de Cuyoacan, que está dos leguas de Tacuba, se
partió. Y el capitán Pedro de Alvarado se quedó en guarnición con su gente
en Tacuba, donde cada día tenía escaramuzas y peleas con los in dios. Y
aquel día que Cristóbal de Olid se partió para Cuyoacan él y la gente
llegaron a las diez del día y aposentáronse en las casas del señor de allí y
hallaron despoblada la cibdad. Y otro día de mañana fueron a dar una vista a
la calzada que entra en Temixtitán con hasta veinte de caballo y algunos
ballesteros y con seis o siete mill indios de Tascaltecal, y hallaron muy
apercebidos los contrarios y rota la calzada y hechas muchas albarradas, y
pelearon con ellos y los ballesteros hirieron y mataron algunos. Y esto
continuaron seis o siete días que en cada uno dellos hobo muchos recuentros
y escaramuzas. Y una noche a media noche llegaron ciertas velas de los de la
cibdad a gritar cerca del real y las velas de los españoles apellidaron
alarma, y salió la gente y no hallaron ninguno de los enemigos porque dende
muy lejos del real habían dado la grita, la cual les había puesto algúnd
temor. Y como la gente de los nuestros estaba dividida en tantas partes, los
de las dos guarniciones deseaban mi llegada con los bergantines como la
salvación, y con esta esperanza estuvieron aquellos pocos días hasta que yo
llegué, como adelante diré. Y en estos seis días los del un real y del otro
se juntaban cada día y los de caballo corrían la tierra como estaban cerca
los unos de los otros, y siempre alanceaban muchos de los enemigos y de la
sierra cogían mucho maíz para sus reales, que es el pan y mantenimiento
destas partes y hace mucha ventaja a lo de las Islas. En los capítulos
precedentes dije cómo yo me quedaba en Tesuico con trecientos hombres y los
trece bergantines porque, en sabiendo que las guarniciones estaban en los
lugares donde habían de asentar sus reales, yo me embarcase y diese una
vista a la cibdad e ficiese algun daño en las canoas. Y aunque yo deseaba
mucho irme por la tierra por dar orden en los reales, como los capitanes
eran personas de quien se podía muy bien fiar lo que tenían entre manos y lo
de los bergantines importaba mucha importancia y se requería grand concierto
y cuidado, determiné de me meter en ellos porque la más aventura y ries go
era la que se esperaba por el agua, y aunque por las personas prencipales de
mi compañía me fue requerido en forma que me fuese con las guarniciones,
porque ellos pensaban que ellas llevaban lo más peligroso. Y otro día
después de la fiesta de Corpus Christi, viernes, al cuarto del alba fice
salir de Tesuico a Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor, con su gente y que
se fuese derecho a la cibdad de Yztapalapa, que estaba de allí seis leguas
pequeñas. Y a poco más de mediodía llegaron a ella y comenzaron a quemarla y
a pelear con la gente della, y como vieron el grand poder que el alguacil
mayor llevaba, porque iban con él más de treinta y cinco o cuarenta mill
hombres nuestros amigos, acogéronse al agua en sus canoas. Y el alguacil
mayor con toda la gente que llevaba se aposentó en aquella cibdad y estuvo
en ella aquel día esperando lo que yo le había de mandar y me suscedía. Como
hobe despachado al alguacil mayor luego me metí en los bergantines y nos
hecimos a la vela y al remo, y al tiempo que el alguacil mayor combatía y
quemaba la cibdad de Yztapalapa llegamos a vista de un cerro grande y fuerte
que está cerca de la dicha cibdad y todo en el agua. Conoscieron que yo
entraba ya por la laguna, y el dicho cerro estaba muy fuerte y había mucha
gente en él ansí de los pueblos de alderredor del agua como de Temixtitán,
porque ya ellos sabían que el primer recuentro había de ser con los de
Yztapalapa y estaban allí para defensa suya y para nos ofender si pudiesen.
Y como vieron llegar la flota comenzaron a apellidar y a hacer grandes
ahumadas, porque todas las cibdades de las lagunas lo supiesen y estuviesen
apercebidas. Y aunque mi motivo era ir a combatir la parte de la cibdad de
Yztapalapa que está en el agua, revolvimos sobre aquel cerro y peñol y salté
en él con ciento y cincuenta hombres, y aunque era muy agro y alto con mucha
dificultad le comenzamos a subir y por fuerza les ganamos las albarradas que
en lo alto tenían hechas para su defensa, y entrá moslos de tal manera que
ninguno dellos se escapó expceto las mujeres y niños. Y en este combate me
hirieron veinte y cinco españoles, pero fue muy hermosa vitoria. Como los de
Yztapalapa habían hecho ahumadas desde unas torres de ídolos que estaban en
un cerro muy alto junto a su cibdad, los de Temixtitán y de las otras
cibdades que están en el agua conoscieron que yo entraba ya por la laguna
con los bergantines, y de improviso juntóse tan grand flota de canoas para
nos venir acometer y a tentar qué cosa eran los bergantines, y a lo que
pudimos juzgar pasaban de quinientas canoas. Y como yo vi que traían su
derrota derecha a nosotros, yo y la gente que habíamos saltado en aquel
cerro grande nos embarcamos a mucha priesa y mandé a los capitanes de los
bergantines que en ninguna manera se moviesen, porque los de las canoas se
determinasen a nos acometer y creyesen que nosotros de temor no osábamos
salir a ellos. Y así comenzaron con mucho ímpetu de caminar su flota hacia
nosotros, pero a obra de dos tiros de ballesta reparáronse y estuvieron
quedos. Y como yo deseaba mucho que el primer recuentro que con ellos
hobiésemos fuese de mucha vitoria y se hiciese de manera que ellos cobrasen
mucho temor de los bergantines, porque la llave de toda la guerra estaba en
ellos y donde ellos podían rescebir más daño y aun nosotros también era por
el agua, plugo a Nuestro Señor que, estándonos mirando los unos a los otros,
vino un viento de la tierra muy favorable para embestir con ellos, y luego
mandé a los capitanes que rompiesen por la flota de las canoas y siguiesen
tras ellos fasta los encerrar en la cibdad de Temixtitán. Y como el viento
era muy bueno, aunque ellos huían cuanto podían, embestimos por medio dellos
y quebramos infinitas canoas y matamos y ahogamos muchos de los enemigos,
que era la cosa del mundo más para ver. Y en este alcance los seguimos bien
tres leguas grandes fasta los encerrar en las casas de la cibdad, y así
plugo a Nuestro Señor de nos dar mayor y mejor victoria que nosotros
habíamos pedido y deseado. Los de la guarnición de Cuyoacan, que podían
mejor que los de la cibdad de Tacuba ver cómo veníamos con los bergantines,
como vieron todas las trece velas por el agua y que traíamos tan buen tiempo
y que desbaratábamos todas las canoas de los enemigos, segúnd después me
certificaron, fue la cosa del mundo de que más placer hobieron y que más
ellos deseaban. Porque, como he dicho, ellos y los de Tacuba tenían muy
grand deseo de mi venida y con mucha razón, porque estaba la una guarnición
y la otra entre tanta multitud de enemigos que milagrosamente los animaba
nuestro Señor y enflaquecía los ánimos de los enemigos para que no se
determinasen a los salir acometer a su real, lo cual si fuera, no pudiera
ser menos de rescebir los españoles mucho daño, aunque siempre estaban muy
apercebidos y determinados de morir o ser vencedores como aquéllos que se
hallan apartados de toda manera de socorro salvo de aquél que de Dios
esperaban. Así como los de las guarniciones de Cuyoacan nos vieron seguir,
las canoas tomaron su camino y los más de caballo y de pie que allí estaban
para la cibdad de Temixtitán, y pelearon muy reciamente con los indios que
estaban en la calzada y les ganaron las albarradas que tenían hechas y les
tomaron y pasaron a pie y a caballo muchas puentes que tenían quitadas. Y
con el favor de los bergantines que iban cerca de la calzada los indios de
Tascaltecal nuestros amigos y los españoles seguían a los enemigos, y dellos
mataban y dellos se echaron al agua de la otra parte de la calzada por do no
iban los bergantines. Así fueron con esta vitoria más de una grand legua por
la calzada hasta llegar donde yo había parado con los bergantines, como
abajo haré relación. Como los bergantines fuimos bien tres leguas dando caza
a las canoas, las que se nos escaparon allegáronse entre las casas de la
cibdad, y como era ya después de vísperas mandé recoger los bergantines y
llegamos con ellos a la calzada. Y allí determiné de saltar en tierra con
treinta hombres por les ganar unas dos torres de sus ídolos pequeñas que
estaban cercadas con su cerca baja de cal y canto. Y como saltamos allí
pelearon con nosotros muy reciamente por nos las defender, y al fin con
harto peligro y trabajo ganámoselas. Y luego hice sacar en tierra tres tiros
de hierro gruesos que yo traía, y porque lo que restaba de la calzada desde
allí a la cibdad, que era media legua, estaba todo lleno de los enemigos y
de la una parte y de la otra de la calzada que era agua todo lleno de canoas
con gente de guerra, fice asentar el un tiro de aquéllos y tiró por la
calzada adelante y fizo mucho daño en los enemigos, y por descuido del
artillero en aquel mismo punto que tiró se nos quemó la pólvora que allí
teníamos, aunque era poca. Y luego esa noche proveí un bergantin que fuese a
Yztapalapa adonde estaba el alguacil mayor, que sería dos leguas de allí, y
que trujese toda la pólvora que había. Y aunque al principio mi intención
era luego que entrase con los bergantines irme a Cuyoacan y dejar proveído
cómo anduviesen a mucho recaudo haciendo todo el más daño que pudiesen, como
aquel día salté allí en la calzada y les gané aquellas dos torres, determiné
de asentar allí real y que los bergantines se estuviesen allí junto a las
torres, y que la mitad de la gente de la guarnición de Cuyoacan y otros
cincuenta peones de los del alguacil mayor se viniesen allí otro día. Y
proveído esto, aquella noche estuvimos a mucho recaudo porque estábamos en
grand peligro y toda la gente de la cibdad acudía allí por la calzada y por
el agua. Y a media noche llega mucha multitud de gente en canoas y por la
calzada a dar sobre nuestro real, y cierto nos pusieron en grand temor y
rebato, en especial porque era de noche y nunca ellos a tal tiempo suelen
acometer ni se ha visto que de noche hayan peleado, salvo con mucha sobra de
vitoria. Y como nosotros estábamos muy apercebidos comenzamos a pelear con
ellos, y dende los bergantines, porque cada uno traía un tiro pequeño de
campo, comenzaron a soltarlos y los ballesteros y escopeteros a hacer lo
mismo, y desta manera no osaron llegar más adelante ni llegaron tanto que
nos hiciesen ningúnd daño, y así nos dejaron lo que quedó de la noche sin
nos acometer más. Otro día en amaneciendo llegaron al real de la calzada
donde yo estaba quince ballesteros y escopeteros y cincuenta hombres de
espada y rodela y siete u ocho de caballo de la guarnición de Cuyoacan. Y ya
cuando ellos llegaron los de la cibdad en canoas y por la calzada peleaban
con nosotros, y era tanta la multitud que por el agua y por la tierra no
víamos sino gente, y daban tantas gritas y alaridos que parescía que se
hundía el mundo. Y nosotros comenzamos a pelear con ellos por la calzada
adelante y ganámosles una puente que tenían quitada y una albarrada que
tenían hecha a la entrada, y con los tiros y con los de caballo hecimos
tanto daño en ellos que casi los encerramos hasta las primeras casas de la
cibdad. Y porque de la otra parte de la calzada como los bergantines no
podían pasar andaban muchas canoas y nos facían daño con flechas y varas que
nos tiraban a la calzada, hice romper un pedazo della junto a nuestro real e
hice pasar de la otra parte cuatro bergantines, los cuales como pasaron,
encerraron las canoas todas entre las casas de la cibdad en tal manera que
no osaban por ninguna vía salir a lo largo. Y por la otra parte de la
calzada los otros ocho bergantines peleaban con las canoas, y las encerraron
entre las casas y entraron por entre ellas aunque hasta entonces no lo
habían osado hacer porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban. Y
como hallaron canales por donde entrar seguros, peleaban con los de las
canoas, y tomaron algunas dellas y quemaron muchas casas del arrabal. Y
aquel día todo despendimos en pelear de la manera ya dicha. Otro día
siguiente el alguacil mayor con la gente que tenía en Yztapalapa, así
españoles como nuestros amigos, se partió para Cuyoacan. Y dende allí para
tierra firme viene una calzada que tura obra de legua y media, y como el
alguacil mayor comenzó a caminar, a obra de un cuarto de legua llegó a una
cibdad pequeña que tambien está en el agua y por muchas partes della se
puede andar a caballo. Y los naturales de allí comenzaron a pelear con él, y
él los desbarató y mató muchos y les destruyó y quemó toda la cibdad. Y
porque yo había sabido que los indios habían rompido mucho de la calzada y
la gente no podía pasar bien, inviéles dos bergantines para que les ayudasen
a pasar, de los cuales hicieron puente por donde los peones pasaron, y
desque hobieron pasado se fueron a aposentar a Cuyoacan. Y el alguacil mayor
con diez de caballo tomó el camino de la calzada donde teníamos nuestro
real, y cuando llegó hallónos peleando, y él y los que venían con él se
apearon y comenzaron a pelear con los de la calzada con quien nosotros
andábamos revueltos. Y como el dicho alguacil mayor comenzó a pelear los
contrarios le atravesaron un pie con una vara, y aunque a él y a otros
algunos nos hirieron aquel día, con los tiros gruesos y con las ballestas y
escopetas hecimos mucho daño en ellos, en tal manera que ni los de las
canoas ni los de la calzada no osaban llegarse tanto a nosotros y mostraban
más temor y menos orgullo que solían. Y desta manera estuvimos seis días en
que cada día teníamos combate con ellos y los bergantines iban quemando
alderredor de la cibdad todas las casas que podían. Y descubrieron canal por
donde podían entrar alderredor y por los arrabales de la cibdad y llegar a
lo grueso della, que fue cosa muy provechosa e hizo cesar la venida de las
canoas, que ya no osaba asomar ninguna con un cuarto de legua a nuestro
real. Otro día Pedro de Alvarado, que estaba por capitán de la gente que
estaba en guarnición en Tacuba, me hizo saber cómo por la otra parte de la
cibdad, por una calzada que va a unas poblaciones de la tierra firme y por
otra pequeña que estaba junto a ella, los de Temixtitán entraban y salían
cuando querían, y que creía que viéndose en aprieto, se habían de salir
todos por allí. Aunque yo deseaba más su salida que no ellos, porque muy
mejor nos pudiéramos aprovechar dellos en la tierra firme que no en la
fortaleza grande que tenían en el agua, pero porque estuviesen todos
cercados y no se pudiesen aprovechar en cosa ninguna de la tierra firme,
aunque el alguacil mayor estaba herido le mandé que fuese a asentar su real
a un pueblo pequeño a do iba a salir la una de aquellas dos calzadas, el
cual se partió con veinte y tres de caballo y cient peones y diez y ocho
ballesteros y escopeteros y me dejó otros cincuenta peones de los que yo
traía en mi compañía. Y en llegando, que fue otro día, asentó su real adonde
yo le mandé, y dende allí en delante la cibdad de Temixtitán quedó cercada
por todas las partes que por calzadas podían salir a la tierra firme. Yo
tenía, Muy Poderoso Señor, en el real de la calzada ducientos peones
españoles en que había veinte y cinco ballesteros y escopeteros, éstos sin
la gente de los bergantines, que eran más de ducientos y cincuenta. Y como
teníamos algo encerrados a los enemigos y teníamos mucha gente de guerra de
nuestros amigos, determiné de entrar por la calzada a la cibdad todo lo más
que pudiese y que los bergantines al fin de la una parte y de la otra se
estuviesen para hacrnos espaldas. Y mandé que algunos de caballo y peones de
los que estaban en Cuyoacan se viniesen al real para que entrasen con
nosotros, y que diez de caballo se quedasen a la entrada de la calzada
haciendo espaldas a nosotros y a algunos que quedaban en Cuyoacan, porque
los naturales de las cibdades de Suchimilco y Culuacan e Yztapalapa y
Chilobusco y Mixicalcingo y Cuitaguacad y Mizque, que están en el agua,
estaban rebellados y eran en favor de los de la cibdad. Y queriendo éstos
tomarnos las espaldas, estábamos seguros con los diez o doce de caballo que
yo mandaba andar por la calzada y otros tantos que siempre estaban en
Cuyoacan y más de diez mill indios nuestros amigos. Ansimesmo mandé al
alguacil mayor y a Pedro de Alvarado que por sus estancias acometiesen aquel
día a los de la cibdad, porque yo quería por mi parte ganalles todo lo que
más pudiese. Y ansí salí por la mañana del real y seguimos a pie por la
calzada adelante y luego hallamos los enemigos en defensa de una quebradura
que tenían hecha en ella tan ancha como una lanza y otro tanto de hondura, y
en ella tenían hecha una albarrada. Y peleamos con ellos y ellos con
nosotros muy valientemente y al fin se la ganamos, y seguimos por la calzada
adelante hasta llegar a la entrada de la cibdad donde estaba una torre de
sus ídolos y al pie della una puente muy grande alzada y por ella atravesaba
una calle de agua muy ancha con otra muy fuerte albarrada. Y como llegamos
comenzaron a pelear con nosotros, pero como los bergantines estaban de la
una parte y de la otra ganámosela sin peligro, lo cual fuera imposible sin
ayuda dellos. Y como comenzaron a desamparar el albarrada, los de los
bergantines saltaron en tierra y nosotros pasamos el agua y también los de
Tascaltecal y Guaxocingo y Calco y Tesuico, que eran más de ochenta mill
hombres. Y entretanto que cegábamos con piedra y adobes aquella puente los
españoles ganaron otra albarrada que estaba en la calle que es la prencipal
y más ancha de toda la cibdad, y como aquélla no tenía agua fue muy facil de
ganar. Y siguieron el alcance tras los enemigos por la calle adelante hasta
llegar a otra puente que tenían alzada salvo una viga ancha por donde
pasaban, y puestos por ella y por el agua en salvo, quitáronla de presto. Y
de la otra parte de la puente tenían hecha otra grande albarrada de barro y
adobes, y como llegamos a ella y no podimos pasar sin echarnos al agua y
esto era muy peligroso los enemigos peleaban muy valientemente, y de la una
parte y de la otra de la calle había infinitos dellos peleando con mucho
corazón desde las azoteas. Y como se llegaron copias de ballesteros y esco
peteros y tirábamos con dos tiros por la calle adelante hacíamosles mucho
daño, y como lo conoscimos ciertos españoles se lanzaron al agua y pasaron
de la otra parte, y turó en ganarse más de dos horas. Y como los enemigos
los vieron pasar, desampararon el albarrada y las azoteas y pónense en huida
por la calle adelante, y así pasó toda la gente. Y yo hice luego comenzar a
cegar aquella puente y desfacer el albarrada, y entretanto los españoles y
los indios nuestros amigos siguieron el alcance por la calle adelante bien
dos tiros de ballesta hasta otra puente que está junto a la plaza de los
prencipales aposentamientos de la cibdad. Y esta puente no la tenían quitada
ni tenían hecha albarrada en ella porque ellos no pensaron que aquel día se
les ganara ninguna cosa de lo que se les ganó ni aun nosotros pensamos que
fuera la mitad. Y a la entrada de la plaza asestóse un tiro y con él
rescebían mucho daño los enemigos, que eran tantos que no cabían en ella. Y
los españoles como vieron que allí no había agua, de donde se suele rescebir
peligro, determinaron de les entrar la plaza, y como los de la cibdad vieron
su determinación puesta en obra y vieron mucha multitud de nuestros amigos y
aunque dellos sin nosotros no tenían ningúnd temor, vuelven las espaldas, y
los españoles y nuestros amigos dan en pos dellos hasta los encerrar en el
circuito de sus ídolos, el cual es cercado de cal y canto. Y como en la otra
relación se habrá visto, tiene tan grand circuito como una villa de
cuatrocientos vecinos. Y este fue luego desamparado dellos, y los españoles
y nuestros amigos se lo ganaron y estuvieron en él y en las torres un buen
rato. Y como los de la cibdad vieron que no había gente de caballo,
volvieron sobre los españoles y por fuerza los echaron de las torres y del
patio y circuito, en que se vieron en muy grande aprieto y peligro. Y como
iban más que retrayéndose, hicieron rostro debajo de los portales del patio,
y como los aquejaban tan reciamente, los desampararon y se retrujeron a la
plaza y de allí los echaron por fuerza hasta los meter por la calle
adelante, en tal manera que el tiro que allí estaba lo desampararon. Y los
españoles como no podían sufrir la fuerza de los enemigos se retrajeron con
mucho peligro, el cual de hecho rescebieran, sino que plugo a Dios que en
aquel punto llegaron tres de caballo y entran por la plaza adelante, y como
los enemigos los vieron creyeron que eran más y comienzan a huir, y mataron
algunos dellos y ganáronles el patio y circuito que arriba dije. Y en la
torre más prencipal y alta dél, que tiene ciento y tantas gradas hasta
llegar a lo alto, ficiéronse fuertes allí diez o doce indios prencipales de
los de la cibdad, y cuatro o cinco españoles subiérongela por fuerza, y
aunque ellos se defendían bien gela ganaron y los mataron a todos. Y después
vinieron otros cinco o seis de caballo, y ellos y los otros echaron una
celada en que mataron más de treinta de los enemigos. Y como ya era tarde yo
mandé recoger la gente y que se retrujesen, y al retraer cargaba tanta
multitud de los enemigos que si no fuera por los de caballo fuera imposible
no rescebir mucho daño los españoles, pero como todos aquellos malos pasos
de la calle y calzada donde se esperaba el peligro al tiempo del retraer yo
los tenía muy bien adreszados y adobados y los de caballo podían por ellos
muy bien entrar y salir; y como los enemigos venían dando en nuestra
retroguarda los de caballo revolvían sobre ellos, que siempre alanceaban o
mataban algunos; y como la calle era muy larga, hobo lugar de facerse esto
cuatro o cinco veces. Y aunque los enemigos vían que rescebían daño venían
los perros tan rabiosos que en ninguna manera los podíamos detener ni que
nos dejasen de seguir, y todo el día se gastara en esto, sino que ya ellos
tenían tomadas muchas azoteas que salen a la calle y los de caballo
rescebían a esta causa mucho peligro, y ansí nos fuemos por la calzada
adelante a nuestro real sin peligrar ningúnd español, aunque hobo algunos
heridos. Y dejamos puesto fuego a las más y mejores casas de aquella calle,
porque cuando otra vez entrásemos dende las azoteas no nos hiciesen daño.
Este mismo día el alguacil mayor y Pedro de Alvarado pelearon cada uno por
su estancia muy reciamente con los de la cibdad, y al tiempo del combate
estaríamos los unos de los otros a legua y media y a una legua, porque se
estiende tanto la población de la cibdad que aun diminuyo la distancia que
hay. Y nuestros amigos que estaban con ellos, que eran infinitos, pelearon
muy bien y se retrujeron aquel día sin rescebir ningúnd daño. En este
comedio don Hernando, señor de la cibdad de Tesuico y provincia de Aculuacan
de que arríba he hecho relación a Vuestra Majestad, procuraba de traer a
todos los naturales de su provincia y cibdad, especialmente los prencipales,
a nuestra amistad, porque aún no estaban tan confirmados en ella como
después lo estuvieron. Y cada día venían al dicho don Fernando muchos
señores y hermanos suyos con determinación de ser en nuestro favor y pelear
con los de Mésico y Temixtitán. Y como don Hernando era mochacho y tenía
mucho amor a los españoles y conoscía la merced que en nombre de Vuestra
Majestad se le había hecho en darle tan grande señorío, habiendo otros que
le precedían en el derecho dél, trabajaba cuanto le era posible cómo todos
sus vasallos viniesen a pelear con los de la cibdad y ponerse en los
peligros y trabajos que nosotros. Y habló con sus hermanos, que eran seis o
siete, todos mancebos bien dispuestos, y díjoles que les rogaba que con toda
la gente de su señorío viniesen a me ayudar. Y a uno dellos, que se llama
Ystrisuchil, que es de edad de veinte y tres o veinte y cuatro años, muy
esforzado, amado y temido de todos, invióle por capitán. Y llegó al real de
la calzada con más de treinta mill hombres de guerra muy bien adrezados a su
manera, y a los otros dos reales irían otros veinte mill. Y yo los rescebí
alegremente agradeciéndoles su voluntad y obra. Bien podrá Vuestra Cesárea
Majestad considerar si era buen socorro y buena amistad la de don Fernando y
lo que sinterían los de Temixtitán en ver venir contra ellos a los que ellos
tenían por vasallos y por amigos y parientes y hermanos y aun padres e
hijos. Dende a dos días el combate de la cibdad se dio, como arriba he
dicho. Y venida ya esta gente en nuestro socorro, los naturales de la cibdad
de Suchimilco, que está en el agua, y ciertos pueblos de utumíes, que es
gente serrana y de más copia que los de Suchimilco y eran esclavos del señor
de Timistitán, se vinieron a ofrescer y dar por vasallos de Vuestra Majestad
rogándome que les perdonase la tardanza. Y yo los rescebí muy bien y folgué
mucho con su venida, porque si algúnd daño podían rescebir los de Cuyoacan
era de aquéllos. Como por el real de la calzada donde yo estaba habíamos
quemado con los bergantines muchas casas de los arrabales de la cibdad y no
osaba asomar canoa ninguna por todo aquello, parescióme que para nuestra
seguridad bastaba tener en torno de nuestro real siete bergantines, y por
eso acordé de inviar al real del alguacil mayor y al de Pedro de Alvarado
cada tres bergantines. Y encomendé mucho a los capitanes dellos que porque
por la parte de aquellos dos reales los de la cibdad se aprovechaban mucho
de la tierra en sus canoas y metían agua y frutas y maíz y otras vituallas,
que corriesen de noche y de día los unos y los otros del un real al otro, y
que demás desto aprovecharían mucho para hacer espaldas a la gente de los
reales todas las veces que quisiesen entrar a combatir la cibdad. Y así se
fueron estos seis bergantines a los otros reales, que fue cosa nescesaria y
provechosa, porque cada día y cada noche hacían con ellos saltos
maravillosos y tomaban muchas canoas y gente de los enemigos. Proveído esto
y venida en nuestro socorro y de paz la gente de que arriba he fecho
mención, habléles a todos y díjeles cómo yo determinaba de entrar a combatir
la cibdad dende a dos días, por tanto, que todos viniesen para entonces muy
a punto de guerra y que en aquello conoscería si eran nuestros amigos, y
ellos prometieron de lo complir ansí. Y otro día fice adreszar y apercebir
la gente y escribí a los reales y bergantines lo que tenía acordado y lo que
habían de hacer. Otro día por la mañana, después de haber oído misa e
informados los capitanes de lo que habían de facer, yo salí de nuestro real
con quince o veinte de caballo y trecientos españoles y con todos nuestros
amigos, que era infinita gente. Y yendo por la calzada adelante, a tres
tiros de ballesta de real estaban ya los enemigos esperándonos con muchos
alaridos, y como en los tres días antes no se les había dado combate habían
desfecho cuanto habíamos cegado del agua, y teníanlo muy más fuerte y
peligroso de ganar que de antes. Y los bergantines llegaron por la una parte
y por la otra de la calzada, y como con ellos se podían llegar muy cerca de
los enemigos con los tiros y escopetas y ballestas hacíanles mucho daño, y
conosciéndolo, saltan en tierra y ganan el albarrada y puente. Y comenzamos
a pasar de la otra parte y dar en pos de los enemigos, los cuales luego se
fortalecían en las otras puentes y albarradas que tenían hechas, las cuales
aunque con más trabajo y peligro que la otra vez les ganamos, y les echamos
de toda la calle y de la plaza de los aposentamientos grandes de la cibdad.
Y de allí mandé que no pasasen los españoles, porque yo con la gente de
nuestros amigos andaba cegando con piedra y adobes toda el agua, que era
tanto de hacer que aunque para ello ayudaban más de diez mill indios, cuando
se acabó de adreszar era ya hora de vísperas. Y en todo este tiempo siempre
los españoles y nuestros amigos andaban peleando y escaramuzando con los de
la cibdad y echándoles celadas en que murieron muchos dellos. Y yo con los
de caballo anduve un rato por la cibdad y alanceábamos por las calles do no
había agua los que alcanzábamos, de manera que los teníamos retraídos y no
osaban llegar a lo firme. Viendo que éstos de la cibdad estaban rebeldes y
mostraban tanta determinación de morir o defenderse, colegí dello dos cosas:
la una, que habíamos de haber poca o ninguna de la riqueza que nos habían
tomado; y la otra, que daban ocasión y nos forzaban a que totalmente los
destruyésemos. Y desta postrera tenía más sentimiento y me pesaba en el
alma, y pensaba qué forma ternía para los atemorizar de manera que viniesen
en conoscimiento de su yerro y del daño que podían rescebir de nosotros. Y
no hacía sino quemalles y derrocalles las torres de sus ídolos y sus casas,
y porque lo sintiesen más este día fice poner fuego a estas casas grandes de
la plaza donde la otra vez que nos echaron de la cibdad los españoles y yo
estábamos aposentados - que eran tan grandes que un príncipe con más de
seiscientas personas de su casa y servicio se podía aposentar en ellas - y
otras que estaban junto a ellas, que aunque algo menores eran muy más
frescas y gentiles y tenía en ellas Muteezuma todos los linajes de aves que
en estas partes había. Y aunque a mí me pesó mucho dello, porque a ellos les
pesaba mucho más determiné de las quemar, de que los enemigos mostraron
harto pesar y también los otros sus aliados de las cibdades de la laguna,
porque éstos ni otros nunca pensaron que nuestra fuerza bastara a les entrar
tanto en la cibdad, y esto les puso harto desmayo. Puesto fuego a estas
casas, porque ya era tarde recogí la gente para nos volver a nuestro real. Y
como los de la cibdad veían que nos retraíamos cargaban infenitos dellos y
venían con mucho ímpitu dándonos en la retroguarda, y como toda la calle
estaba buena para correr los caballos volvíamos sobre ellos y alanceábamos
de cada vuelta muchos dellos, y por eso no nos dejaban de nos venir dando
grita a las espaldas. Este día sintieron y mostraron mucho desmayo,
especialmente viendo entrar por su cibdad quemándola y destruyéndola y
peleando con ellos los de Tesuico y Calco y de Suchimilco y los otumíes, y
nombrándose cada uno de dónde era; y por otra parte los de Tascaltecal, que
ellos y los otros les mostraban los de su cibdad hechos pedazos, diciéndoles
que los habían de cenar aquella noche y almorzar otro día, como de hecho lo
hacían. Y así nos venimos a nuestro real a descansar, porque aquel día
habíamos trabajado mucho. Y los siete bergantines que yo tenía entraron
aquel día por las calles del agua de la cibdad y quemaron mucha parte della.
Los capitanes de los otros reales y los seis bergantines pelearon muy bien
aquel día, y de lo que les acaesció me pudiera muy bien alargar, y por
evitar prolejidad lo dejo, más de que con vitoria se retrujeron a sus reales
sin rescebir peligro ninguno. Otro día siguiente luego por la mañana,
después de haber oído misa, torné a la cibdad por la misma orden con toda la
gente, porque los contrarios no tuviesen lugar de descegar las puentes y
hacer las albarradas. Y por bien que madrugamos, de las tres partes y calles
de agua que atraviesan la calle que va del real fasta las casas grandes de
la plaza las dos dellas estaban como los días antes, que fueron muy recias
de ganar, y tanto que duró el combate desde las ocho horas fasta la una
después de mediodía, en que se gastaron casi todas las saetas, almacén y
pelotas que los ballesteros y escopeteros llevaban. Y crea Vuestra Majestad
que era sin comparación el peligro en que nos víamos todas las veces que les
ganábamos estas puentes, porque para ganarlas era forzado echarse a nado los
españoles y pasar de la otra parte, y esto no podían ni osaban facer muchos
porque a cuchilladas y a botes de lanza resistían los enemigos que no
saliesen a la otra parte. Pero como ya por los lados no tenían azoteas de
donde nos hiciesen daño y desta otra parte los asaeteábamos – porque
estábamos los unos de los otros un tiro de herradura – y los españoles
tomaban de cada día mucho más ánimo y determinaban de pasar, y también
porque vían que mi determinación era aquélla y que cayendo o levantando no
se había de hacer otra cosa, parescerá a Vuestra Majestad que pues tanto
peligro rescebíamos en el ganar destas puentes y albarradas, que éramos
negligentes, ya que las ganábamos, [en] no las sostener, por no tornar cada
día de nuevo a nos ver en tanto peligro y trabajo, que sin duda era grande.
Y cierto así parescerá a los absentes, pero sabrá Vuestra Majestad que en
ninguna manera se podía facer,porque para ponerse así en efeto se requería
dos cosas: o que el real pasáramos allí a la plaza y circuito de las torres
de los ídolos, o que gente guardaran las puentes de noche. Y de lo uno y de
lo otro se rescibiera grand peligro y había posibilidad para ello, porque
teniendo el real en la cibdad cada noche y cada hora, como ellos eran muchos
y nosotros pocos nos dieran mill rebatos y pelearan con nosotros y fuera el
trabajo incomportable y podían darnos por muchas partes. Pues guardar las
puentes gente de noche, quedaban los españoles tan cansados de pelear el día
que no se podía sufrir poner gente en guarda dellos, y a esta causa nos era
forzado ganarlas de nuevo cada día que entrábamos en la cibdad. Aquel día,
como se tardó mucho en ganar aquellas puentes y en las tornar a cegar no
hobo lugar de hacer más, slavo que por otra calle prencipal que va a dar a
la cibdad de Tacuba se ganaron otras dos puentes y se cegaron y se quemaron
muchas y buenas casas de aquella calle. Y con esto se llegó la tarde y hora
de retraernos, donde recebíamos siempre poco menos peligro que en el ganar
de las puentes, porque en viéndonos retraer era tan cierto cobrar los de la
cibdad tanto esfuerzo que no parescía sino que habían habido toda la vitoria
del mundo y que nosotros íbamos huyendo. Y para este retraer era nescesario
estar las puentes bien cegadas y lo cegado igual al suelo de las calles, de
maners que los de caballo pudiesen li bremente correr a una parte y a otra.
Y así en el retraer, como ellos venían tan golosos tras nosotros algunas
veces fingíamos ir huyendo y revolvíamos los de caballo sobre ellos y
siempre tomábamos doce o trece de aquellos más esforzados, y con esto y con
algunas celadas que siempre les echábamos continuo llevaban lo peor. Y
cierto verlo era cosa de admiración, porque por más notorio que les era el
mal y daño que al retraer de nosotros rescebían, no dejaban de nos seguir
hasta nos ver salidos de la cibdad. Y con esto nos volvimos a nuestro real.
Y los capitanes de los otros reales nos hicieron saber cómo aquel día les
había suscedido muy bien y habían muerto mucha gente por la mar y por la
tierra. Y el capitán Pedro de Alvarado, que estaba en Tacuba, me escribió
que había ganado dos o tres puentes, porque como era en la calzada que sale
del mercado de Temixtitán a Tacuba y los tres bergantines que yo le había
dado podían llegar por la una parte a zabordar en la mesma calzada, no había
tenido tanto peligro como los días pasados. Y por aquella parte de Pedro de
Alvarado había más puentes y más quebradas en la calzada, aunque había menos
azoteas que por las otras partes. En todo este tiempo los naturales de
Yztapalapa y Oichilobuzco y Mexicacingo y Culuacan y Mezquique y Cuitaguaca,
que, como he fecho relación, están en la laguna dulce, nunca habían querido
venir de paz ni tampoco en todo este tiempo habíamos rescebido ningúnd daño
dellos. Y como los de Calco eran muy leales vasallos de Vuestra Majestad y
vían que nosotros teníamos bien que hacer con los de la grand cibdad,
juntáronse con otras poblaciones que están alrededor de las lagunas y hacían
todo el daño que podían a aquéllos del agua. Y ellos viendo cómo de cada día
habíamos vitoria contra los de Temixtitán y por el daño que rescebían y
podrían rescebir de nuestros amigos acordaron de venir, y llegaron a nuestro
real y rogáronme que les perdonase lo pasado y que mandase a los de Calco y
a los otros sus vecinos que no les hiciesen mas daño. Y yo les dije que me
placía y que no tenía enojo dellos salvo de los de la cibdad, y que para que
creyese que su amistad era verdadera, que les rogaba que porque mi
determinación era de no levantar el real hasta tomar por paz o por guerra a
los de la cibdad y ellos tenían muchas canoas para me ayudar, que hiciesen
apercebir todas las que pudiesen con toda la más gente de guerra que en sus
poblaciones había para que por el agua viniesen en nuestra ayuda de ahí en
delante. Y también les rogaba que porque los españoles tenían pocas y ruines
chozas y era tiempo de muchas aguas, que hiciesen en el real todas las más
casas que pudiesen y que trujesen canoas para traer adobes y madera de las
casas de la cibdad que estaban más cercanas al real. Y ellos dijeron que las
canoas y gente de guerra estaban apercebidas para cada día. Y en el facer de
las casas sirvieron tan bien que de una parte y de la otra de las dos torres
de la calzada donde yo estaba aposentado hicieron tantas que dende la
primera casa hasta la postrera había más de tres o cuatro tiros de ballesta.
Y vea Vuestra Majestad qué tan ancha puede ser la calzada que va por lo más
hondo de la laguna que de la una parte y de la otra iban estas casas y
quedaba en medio hecha calle, que muy a placer a pie y a caballo íbamos y
veníamos por ella. Y había a la continua en el real con españoles e indios
que les servían más de dos mill personas, porque toda la otra gente de
guerra nuestros amigos se aposentaban en Cuyoacan, que está legua y media
del real. Y también éstos destas poblaciones nos proveían de algunos
mantenimientos de que teníamos harta nescesidad, especialmente de pescado y
de cerezas, que hay tantas que pueden bastecer en cinco o seis meses del año
que turan a doblada gente de la que en esta tierra hay. Como dos o tres días
arreo habíamos entrado por la parte de nuestro real en la cibdad - sin otras
tres o cuatro que habíamos entrado - y siempre habíamos vitoria contra los
enemigos y con los tiros y ballestas y escopetas matábamos infinitos,
pensábamos que de cada hora se movieran a nos acometer con la paz, la cual
deseábamos como a la salvación. Y ninguna cosa nos aprovechaba para los
atraer a este propósito, y por los poner en más nescesidad y ver si los
podría constreñir de venir a la paz propuse de entrar en la cibdad cada día
y combatíles con la gente que llevaba por tres o cuatro partes. Y fice venir
toda la gente de aquellas cibdades del agua en sus canoas y aquel día por la
mañana había en nuestro real más de cient mill hombres nuestros amigos, y
mandé que los cuatro bergantines con la mitad de canoas, que serían fasta
mill y quinientas, fuesen por la una parte y que los tres con otras tantas
que fuesen por otra y corriesen todo lo más de la cibdad en torno y quemasen
y ficiesen todo el más daño que pudiesen. Y yo entré por la calle prencipal
adelante y fallámosla toda desembarazada fasta las casas grandes de la
plaza, que ninguna de las puentes estaba abierta, y pasé adelante a la calle
que va a salir a Tacuba en que había otras seis o siete puentes. Y de allí
proveí que un capitán entrase por otra calle con sesenta o setenta hombres y
seis de caballo fuesen a las espaldas para los asegurar, y con ellos iban
más de diez o doce mill indios nuestros amigos, y mandé a otro capitán que
por otra calle ficiese lo mismo. Y yo con la gente que me quedaba seguí por
la calle de Tacuba adelante y ganamos tres puentes, las cuales se cegaron, y
dejamos para otro día las otras porque era tarde y se pudiesen mejor ganar ,
porque yo deseaba mucho que toda aquella calle se ganase porque la gente del
real de Pedro de Alvarado se comunicase con la nuestra y pasasen del un real
al otro y los bergantines ficiesen lo mesmo. Y este día fue de mucha vitoria
así por el agua como por la tierra, y hóbose mucho despojo de los de la
cibdad. En los reales del alguacil mayor y Pedro de Alvarado se hobo también
mucha vitoria. Otro día siguiente volví a entrar en la cibdad por la orden
que el día pasado, y diónos Dios tanta vitoria que por las partes donde yo
entraba con la gente no parescía que había ninguna resistencia, y los
enemigos se retraían tan reciamente que parescía que les teníamos ganado las
tres cuartas partes de la cibdad. Y también por el real de Pedro de [Al]varado
les daban mucha priesa, y sin duda el día pasado y aquéste yo tenía por
cierto que vinieran de paz, de la cual yo siempre con vitoria y sin ella
hacía todas las muestras que podía, y nunca por esto en ellos hallábamos
ninguna señal de paz. Y aquel día nos volvimos al real con mucho placer,
aunque no nos dejaba de pesar en el alma por ver tan determinados de morir a
los de la cíbdad. En estos días pasados Pedro de Alvarado había ganado
muchas puentes, y por las sustentar y guardar ponía velas de pie y de
caballo de noche en ellas, y la otra gente íbase al real que estaba tres
cuartos de legua de allí. Y porque este trabajo era incomportable acordó de
pasar el real al cabo de la calzada que va a dar al mercado de Temixtitán,
que es una plaza harto mayor que la de Salamanca y toda cercada de portales
a la redonda. Y para llegar a ella no le faltaban de ganar sino otras dos o
tres puentes, pero eran muy anchas y pelígrosas de ganar, y así estuvo
algunos días que siempre peleaba y había vitoria. Y aquel día que digo en el
capítulo antes déste, como vía que los enemigos mostraban flaqueza y que por
donde yo estaba les daba muy continuos y recios combates, cebóse tanto en el
sabor de la vitoria y de las muchas puentes y albarradas que les había
ganado que determinó de les pasar y ganar una puente en que había más de
sesenta pasos desfechos de la calzada, todo de agua de hondura de estado y
medio y dos. Y como acometieron aquel mesmo día y los bergantines ayudaron
mucho pasaron el agua y ganaron la puente y siguen tras los enemigos que
iban puestos en huida. Y Pedro de Alvarado daba mucha priesa en que se
cegase aquel paso porque pasasen los de caballo y también porque cada día
por escrito y por palabra le amonestaba que no ganase un palmo de tierra sin
que quedase muy seguro para entrar y salir los de caballo, porque éstos
facían la guerra. Y como los de la cibdad vieron que no había más de
cuarenta o cincuenta españoles de la otra parte y algunos amigos nuestros y
que los de caballo no podían pasar, revuelven sobre ellos tan de súpito que
los ficieron volver las espaldas y echar al agua, y tomaron vivos tres o
cuatro españoles que luego fueron a sacrificar y mataron algunos amigos
nuestros. Y al fin Pedro de Alvarado se retrajo a su real. Y como aquel día
yo llegué al nuestro y supe lo que le había acaescido fue la cosa del mundo
que más me pesó, porque era ocasión de dar esfuerzo a los enemigos y creer
que en ninguna manera les osaríamos entrar. La cabsa porque Pedro de
Alvarado quiso tomar aquel mal paso fue, como digo, ver que había ganado
mucha parte de la fuerza de los indios y que ellos mostraban alguna
flaqueza, y prencipalmente porque la gente de su real importunaban que
ganasen el mercado, porque aquél ganado, era toda la cibdad casi tomada, y
toda su fuerza y esperanza de los indios tenían allí. Y como los del dicho
real de Alvarado vían que yo continuaba mucho los combates de la cibdad,
creían que yo había de ganar primero que ellos el dicho mercado, y como
estaban más cerca dél que nosotros tenían por caso de honra no le ganar
primero, y por esto el dicho Pedro de Alvarado era muy importunado. Y lo
mesmo me acaescía a mí en nuestro real, porque todos los españoles me
ahincaban muy recio que por una de tres calles que iban a dar al dicho
mercado entrásemos, porque no teníamos resistencia y ganado aquél, temíamos
menos trabajo. Y yo desimulaba por todas las vías que podía por no lo hacer
aunque les encubría la causa, y esto era por los inconvinientes y peligros
que se me representaban, porque para entrar en el mercado había infinitas
azoteas y puentes y calzadas rompidas, y en tal manera que cada casa por
donde habíamos de ir estaba hecha como isla en medio del agua. Como aquella
tarde que llegué al real supe del desbarato de Pedro de Alvarado, otro día
de mañana acordé de ir a su real para le reprehender lo pasado y para ver lo
que había ganado y en qué parte había pasado el real, y para le avisar de lo
que fuese más nescesario para su seguridad y ofensa de los enemigos. Y como
yo llegué a su real sin duda me espanté de lo mucho que estaba metido en la
cibdad y de los malos pasos y puentes que les había ganado. Y visto, no le
imputé tanta culpa como antes parescía tener, y platicado cerca de lo que
había de hacer, yo me volví a nuestro real aquel día. Pasado esto, yo fice
algunas entradas en la cibdad por las partes que solía. Y combatían los
bergantines y canoas por dos partes y yo por la cibdad por otras cuatro, y
siempre habíamos vitoria y se mataba mucha gente de los contrarios, porque
cada día venía gente sin número en nuestro favor. Y yo dilataba de me meter
más adentro en la cibdad, lo uno por ver si revocarían el propósito y dureza
que los contrarios tenían; y lo otro porque nuestra entrada no podía ser sin
mucho peligro, porque ellos estaban muy juntos y fuertes y muy determinados
de morir. Y como los españoles veían tanta dilación en esto y que había más
de veinte días que nunca dejaban de pelear, importunábanme en gran manera,
como arriba he dicho, que entrásemos y tomásemos el mercado, porque ganado,
a los enemigos les quedaba poco lugar por donde se defender; y que si no se
quisiesen dar, que de hambre y sed se morerían porque no tenían qué beber
sino agua salada de la laguna. Y como yo me escusaba, el tesorero de Vuestra
Majestad me dijo que todo el real afirmaba aquello y que lo debía de hacer.
Y a él y a otras personas de bien que allí estaban les respondí que su
propósito y deseo era muy bueno y que yo lo deseaba más que nadie, pero que
yo lo dejaba de hacer por lo que con importunación me hacían decir, que era
que aunque él y otras personas lo hiciesen como buenos, como en aquello se
ofrescía mucho peligro habría otros que no lo hiciesen. Y al fin tanto me
forzaron que yo concedí que se haría en este caso lo que yo pudiese,
concertándose primero con la gente de los otros reales. Otro día me junté
con algunas personas prencipales de nuestro real y acordamos de hacer saber
al alguacil mayor y a Pedro de Alvarado cómo otro día siguiente habíamos de
entrar en la cibdad y trabajar de llegar al mercado. Y escribíles lo que
ellos habían de hacer por la parte de Tacuba, y demás de lo escribir, para
que mejor fuesen informados inviéles dos criados míos para que les avisasen
de todo el negocio. Y la orden que habían de tener era que el alguacil mayor
se viniese con diez de caballo y cient peones y quince ballesteros y
escopeteros al real de Pedro de Alvarado y que en el suyo quedasen otros
diez de caballo; y que dejase concertado con ellos que otro día que había de
ser el combate se pusiesen en celada tras unas casas y que hiciesen alzar
todo el fardaje como que levantaban el real, porque los de la cibdad
saliesen tras dellos y la celada les diese en las espaldas; y que el dicho
alguacil mayor con los tres bergantines que tenía y con los otros tres de
Pedro de Alvarado ganase aquel paso malo donde desbarataron a Pedro de
Alvarado y diese mucha priesa en lo cegar, y que pasasen adelante y que en
ninguna manera se alejasen ni ganasen un paso sin lo dejar primero ciego y
adreszado; y que si pudiesen sin mucho riesgo y peligro ganar hasta el
mercado, que lo trabajasen mucho, porque yo habían de hacer lo mesmo; que
mirasen que aunque esto les inviaba a decir, no era para los obligar a ganar
un paso solo de que les pudiese venir algúnd desbarato o desmán. Y esto les
avisaba porque conoscía de sus personas que habían de poner el rostro donde
yo les dijese, aunque supiesen perder las vidas. Despachados aquellos dos
criados míos con este recabdo, fueron al real y hallaron en él a los dichos
alguacil mayor y a Pedro de Alvarado, a los cuales significaron todo el caso
segúnd que acá en nuestro real lo teníamos concertado. Y porque ellos habían
de combatir por sola una parte y yo por muchas inviéles a decir que me
inviasen setenta u ochenta hom Page 394 missing partes. Y demás destos tres
combates que dábamos a los de la cibdad, era tanta la gente de nuestros
amigos que por las azoteas y por otras partes les entraban, que no parescía
que había cosa que nos pudiesen ofender. Y como les ganamos aquellas dos
puentes y albarradas y la calzada los españoles, nuestros amigos siguieron
por la calle adelante sin se les amparar cosa ninguna. Y yo me quedé con
obra de veinte españoles en una isleta que allí se hacía porque vía que
ciertos amigos nuestros andaban envueltos con los enemigos y algunas veces
los retraían hasta los echar al agua y con nuestro favor revolvían sobre
ellos. Y demás desto guardábamos que por ciertas traviesas de calles los de
la cibdad no saliesen a tomar las espaldas a los españoles que habían
seguido la calle adelante, los cuales en esta sazón me inviaron a decir que
habían ganado mucho y que no estaban muy lejos de la plaza del mercado, que
en todo caso querían pasar adelante porque ya oían el combate que el
alguacil mayor y Pedro de Alvarado daban por su estancia. Y yo les invié a
decir que en ninguna manera diesen paso adelante sin que primero las puentes
quedasen muy bien ciegas, de manera que si tuviesen nescesidad de se retraer
el agua no les ficiese estorbo ni embarazo alguno, pues sabían que en todo
aquello estaba el peligro. Y ellos me tornaron a decir que todo lo que
habían ganado estaba bien reparado, que fuese allí y lo vería si era así. Y
yo con recelo que no se desmandasen y dejasen ruin recabdo en el cegar de
las puentes fue allá y hallé que habían pasado una quebrada de la calle que
era de diez o doce pasos en ancho, y el agua que por ella pasaba era de
hondura de más de dos estados. Y al tiempo que la pasaron habían echado en
ella madera y cañas de carrizo, y como pasaban pocos a pocos y con tiento no
se había hundido la madera y cañas. Y ellos con el placer de la vitoría íban
tan embebecidos que pensaban que quedaba muy fijo, y al punto que yo llegué
a aquella puente de agua quitada vi que los españoles y muchos de nuestros
amigos venían puestos en muy grand huida y los enemigos como perros dando en
ellos. Y como yo vi tan grand desmán comencé a dar voces: itener, tener! Y
ya que yo estaba junto al agua ha lléla toda llena de españoles e indios y
de manera que no parescía que en ella hobiesen echado una paja, y los
enemigos cargaron tanto que matando en los españoles se echaban al agua tras
ellos. Y ya por la calle del agua venían canoas de los enemigos y tomaban
vivos los españoles, y como el negocio fue tan de súpito y vi que me mataban
la gente, determiné de que darme allí y morir peleando. Y en lo que más
aprovechábamos yo y los otros que allí estaban conmigo era en dar las manos
a algunos tristes españoles que se ahogaban para que saliesen afuera, y los
unos salían heridos y los otros medio ahogados y otros sin armas, e
inviábalos que se fuesen adelante. Y ya en esto cargaba tanta gente de los
enemigos que a mí y a otros doce o quince que conmigo estaban nos tenían por
todas partes cercados. Y como yo estaba muy metido en socorrer a los que se
ahogaban, no miraba ni me acordaba del daño que podía rescebir, y ya me
venían a asir ciertos indios de los enemigos, y me llevaran si no fuera por
un capitán de cincuenta hombres que yo traía siempre conmigo y por un
mancebo de su compañía, el cual después de Dios me dio la vida, y por
dármela como valiente hombre perdió allí la suya. En este comedio los
españoles que salían desbaratados íbanse por aquella calzada adelante, y
como era pequeña y angosta e igual a la agua -que los perros la habían hecho
ansí de industria - e iban por ella también desbaratados muchos de los
nuestros amigos, iba el camino tan embarazado y tardaban tanto en andar que
los enemigos tenían lugar de llegar por el agua de la una parte y de la otra
y tomar y matar cuantos querían. Y aquel capitán que estaba conmigo, que se
dice Antonio de Quiñones, díjome: "Vamos de aquí y salvemos vuestra persona,
pues sabéis que sin ella ninguno de nosotros puede escapar". Y no podía
acabar conmigo que me fuese de allí. Y como esto vio asióme de los brazos
para que diésemos la vuelta, y aunque yo holgara más con la muerte que con
la vida, por importunación de aquel capitán y de otros compañeros que allí
estaban nos comenzamos a retraer peleando con nuestras espadas y rodelas con
los enemigos que venían heriendo en nosotros. Y en esto llega un criado mío
a caballo e hizo algúnd poquito de lugar, pero luego dende una azotea baja
le dieron una lanzada por la garganta, que le hicieron dar la vuelta. Y
estando en este tan grand conflito esperando que la gente pasase por aquella
calzadilla a ponerse en salvo y nosotros deteniendo los enemigos, llegó un
mozo mío con un caballo para que cabalgase, porque era tanto el lodo que
había en la cazaldilla de los que entraban y salían por el agua que no había
persona que se pudiese tener, mayormente con los empellones que los unos y
otros se daban por salvarse. Y yo cabalgué, pero no para pelear, porque allí
era imposible poderse hacer a caballo, porque si pudiera ser antes de la
calzadilla en una isleta se habían hallado los ocho de caballo que yo había
dejado y no habían podido hacer menos de se volver por ella, y aun la vuelta
era tan peligrosa que dos yeguas en que iban dos criados míos cayeron de
aquella calzadilla en el agua, y la una mataron los indios y la otra
salvaron unos peones. Y otro mancebo criado mío que se decía Cristóbal de
Guzmán cabalgó en un caballo que allí en la isleta le dieron para me lo
llevar, en que me pudiese salvar. Y a él y al caballo antes que a mí llegase
mataron los enemigos, la muerte del cual puso a todo el real en tanta
tristeza que fasta hoy está reciente el dolor de los que lo conoscían. Y ya
con todos nuestros trabajos plugo a Dios que los que quedamos salimos a la
calle de Tacuba, que era bien ancha. Y recogida la gente, yo con nueve de
caballo me quedé en la retroguarda, y los enemigos venían con tanta vitoria
y orgullo que no parescía sino que ninguno habían de dejar a vida. Y
retrayéndome lo mejor que pude, invié a decir al tesorero y al contador que
se retrujesen a la plaza con mucho concierto. Lo mesmo invié a decir a los
otros dos capitanes que habían entrado por la calle que iba al mercado. Y
los unos y los otros habían peleado valientemente y ganado muchas albarradas
y puentes que habían muy bien cegado, lo cual fue causa de no rescebir daño
al retraer. Y antes que [los d]el tesorero y contador se retrujesen ya los
de la cibdad por encima del albarrada donde peleaban les habían echado dos o
tres cabezas de cristianos, aunque no supieron por entonces si eran de los
del real de Pedro de Alvarado o del nuestro. Y recogidos todos a la plaza,
cargaba por todas partes tanta gente de los enemigos sobre nosotros que
teníamos bien que hacer en los desviar, y por lugares y partes donde antes
deste desbarato no osaran esperar a tres de caballo y a diez peones. E
incontinente en una torre alta de sus ídolos que estaba allí junto a la
plaza pusieron muchos perfumes y sahumerios de unas gomas que hay en esta
tierra, que paresce mucho a anime, lo cual ellos ofrescen a sus ídolos en
señal de vitoria. Y aunque quisiéramos mucho estorbárselo no se pudo hacer,
porque ya la gente a más andar se iban hacia el real. En este desbarato
mataron los contrarios treinta y cinco o cuarenta españoles y más de mill
indios nuestros amigos, e hirieron más de veinte cristianos y yo salí herido
en una pierna. Perdióse el tiro pequeño de campo que habíamos llevado y
muchas ballestas y escopetas y armas. Los de la cibdad, luego que hobieron
la vitoria, por hacer desmayar al alguacil mayor y Pedro de Alvarado, todos
los españoles vivos y muertos que tomaron los llevaron al Tatabulco, que es
el mercado, y en unas torres altas que allí estaban desnudos los
sacrificaron y abrieron por los pechos y les sacaron los corazones para
ofrescer a los ídolos, lo cual los españoles del real de Pedro de Alvarado
pudieron ver bien de donde peleaban, y en los cuerpos desnudos y blancos que
vieron sacrificar conoscieron que eran cristianos. Y aunque por ello
hobieron grand tristeza y desmayo, se retrajeron a su real, habiendo
peleando aquel día muy bien y ganado casi hasta el dicho mercado, el cual
aquel día se acabara de ganar si Dios, por nuestros pecados, no permitiera
tan gran desmán. Nosotros fuemos a nuestro real con grand tristeza algo más
temprano que los otros días nos solíamos retraer, y también porque nos
decían que los bergantines eran perdidos porque los de la cibdad con las
canoas nos tomaban las espaldas, aunque plugo a Dios que no fue ansí, puesto
que los bergantines y las canoas de nuestros amigos se vieron en harto
estrecho, y tanto que un bergantín se erró poco de perder e hirieron al
capitán y maestre dél. Y el capitán murió dende a ocho días. Aquel día y la
noche siguiente los de la cibdad hacían muchos regocijos de bocinas y
atabales, que parescía que se hundía el mundo, y abrieron todas las calles y
puentes del agua como de antes las tenían y llegaron a poner sus fuegos y
velas de noche a dos tiros de ballesta de nuestro real. Y como todos salimos
tan desbaratados y heridos y sin armas, había nescesidad de descansar y
rehacemos. En este comedio los de la cibdad tuvieron lugar de inviar sus
mensajeros a muchas provincias a ellos subjetas a decir como habían habido
mucha vitoria y muerto muchos cristianos y que muy presto nos acabarían, que
en ninguna manera tratasen paz con nosotros. Y la creencia que llevaban eran
las dos cabezas de caballos que mataron y otras algunas de los cristianos,
las cuales anduvieron mostrando por donde a ellos parescía que convenía, que
fue mucha ocasión de poner en más contumacia a los rebelados que de antes.
Mas con todo, porque los de la cibdad no tomasen más orgullo ni sintiesen
nuestra flaqueza, cada día algunos españoles de pie y de caballo con muchos
de nuestros amigos iban a pelear a la cibdad, aunque nunca podían ganar más
de algunas puentes de la primera calle antes de llegar a la plaza. Dende a
dos días del desbarato, que ya se sabía por toda la comarca, los naturales
de una población que se dice Quamaguaras que eran subjetos a la cibdad y se
habían dado por nuestros amigos vinieron al real y dijéronme como los de la
población de Marinalco, que eran sus vecinos, les hacían mucho daño y les
destruían su tierra, y que agora se juntaban con los de la provincia de
Coisco , que es grande, y querían venir sobre ellos a los matar porque se
habían dado por vasallos de Vuestra Majestad y nuestros amigos; y que decían
que después dellos destruidos, habían de venir sobre nosotros. Y aunque lo
pasado era tan de poco tiempo acaescido y teníamos nescesidad antes de ser
socorridos que de dar socorro, porque ellos me lo pedían con mucha instancia
determíné de se lo dar. Y aunque tuve mucha contradición y decían que me
destruía en sacar gente del real, despaché con aquéllos que pedían socorro
ochenta peones y díez de caballo con Andrés de Tapia, capítán, al cual
encomendé mucho que ficiese lo que más convenía al servicio de Vuestra
Majestad y nuestra seguridad, pues vía la nescesi dad en que estábamos, y
que en ir y volver no estuviese más de diez días. Y él se partió, y llegado
a una poblacíón pequeña que está entre Marinalco y Coadnaoacad, halló a los
enemigos que le estaban esperando, y él con la gente de Coadnaoacad y con la
que llevaba comenzó su batalla en el campo. Y pelearon tan bien los nuestros
que desbarataron los enemigos y en el alcance los siguieron fasta los meter
en Marinalco, que está asentado en un cerro muy alto y donde los de caballo
no podían subir. Y viendo esto, destruyeron lo que estaba en el llano y
volviéronse a nuestro real con esta vitoria dentro de los diez días. En lo
alto desta población de Marinalco hay muchas fuentes de muy buena agua, y es
muy fresca cosa. En tanto que este capitán fue y vino a este socorro,
algunos españoles de pie y de caballo, como he dicho, con nuestros amigos
entraban a pelear a la cibdad fasta cerca de las casas grandes que están en
la plaza. Y de allí no podían pasar, porque los de la cibdad tenían abierta
la calle de agua que está a la boca de la plaza y estaba muy honda y ancha,
y de la otra parte tenían una muy grande y fuerte albarrada. Y allí peleaban
los unos con los otros fasta que la noche los despartió. Un señor de la
provincia de Tascaltecal que se dice Chichimecatecle, de que atrás he fecho
relación, que trujo la tablazón que se hizo en aquella provincia para los
bergantines, desde el prencipio de la guerra residía con toda su gente en el
real de Pedro de Alvarado. Y como vía que por el desbarato pasado les
españoles no peleaban como solían, determinó sin ellos de entrar él con su
gente a combatir los de la cibdad. Dejando cuatrocientos flecheros de los
suyos a una puente quitada de agua bien peligrosa que ganó a los de la
cibdad, lo cual nunca acaescía sin ayuda nuestra, pasó adelante con los
suyos, y con mucha grita, apellidando y nombrando su provincia y señor,
pelearon aquel día muy reciamente, y hobo de una parte y de otra muchos
heridos y muchos y algunos muertos. Y los de la cibdad bien tenian creído
que los tenían asidos, porque como es gente que al retraer aunque sea sin
vitoria siguen con mucha determinación, pensaron que al pasar del agua,
donde suele ser cierto el peligro, se habían de vengar muy bien dellos. Y
para este efeto y socorro Chichimecatecle había dejado junto al paso del
agua los cuatrocientos flecheros. Y como ya se venían retrayendo los de la
cibdad cargaron sobre ellos muy de golpe, y los de Tascaltecal echáronse al
agua y con el favor de los flecheros pasaron. Y los enemigos con la
resistencia que en ellos fallaron se quedaron y aun bien espantados de la
osadía que había tenido Chichitelaque. Dende a dos días que los españoles
vinieron de hacer guerra a los de Marinalco, segúnd que Vuestra Majestad
habrá visto en los capítulos antes déste, llegaron a nuestro real diez
indios de los utumíes, que eran esclavos de los de la cibdad. Y como he
dicho, habíanse dado por vasallos de Vuestra Majestad y cada día venían en
nuestra ayuda a pelear. Y dijéronme cómo los señores de la provincia de
Matalcingo, que son sus vecinos, les facían guerra y les destruían su tierra
y les habían quemado un pueblo y llevádoles alguna gente, y que venían
destruyendo cuanto podían y con intención de venir a nuestros reales y dar
sobre nosotros porque los de la cibdad saliesen y nos acabasen. Y a lo más
desto dimos crédito, porque de pocos días a aquella parte cada vez que
entrábamos a pelear nos amenazaban con los desta provincia de Matalcingo, de
la cual aunque no teníamos mucha noticia, bien sabíamos que era grande y que
estaba veinte y dos leguas de nuestros reales. Y en la queja que estos
utumíes nos daban de aquellos sus vecinos daban a entender que les diésemos
socorro, y aunque lo pedían en muy recio tiempo, confiando en el ayuda de
Dios y por quebrar algo las alas a los de la cibdad que cada día nos
amenazaban con éstos y mostraban tener esperanza de ser dellos socorridos y
este socorro de ninguna parte les podía venir si déstos no, determiné de
inviar allá a Gonçalo de Sandoval, alguacil mayor, con diez y ocho de
caballo y cient peones en que había solo un ballestero, el cual se partió
con ellos y con otra gente de los utumíes nuestros amigos. Y Dios sabe el
peligro en que todos ellos iban y aun el en que nosotros quedábamos, pero
como nos convenía mostrar más esfuerzo y ánimo que nunca y morir peleando,
desimulábamos nuestra flaqueza así con los amigos como con los enemigos,
pero muchas y muchas veces decían los españoles que pluyese a Dios que con
las vidas los dejasen y se viesen vencedores contra los de la cibdad aunque
en ella ni en toda la tierra no hubiesen otro interese ni provecho, por do
se conocerá la aventura y nescesidad estrema en que teníamos nuestras
personas y vidas. El alguacil mayor fue aquel día a dormir a un pueblo de
los otumíes, que está frontero de Matalcingo. Y otro día muy de mañana se
partió y fue a unas estancias de los dichos otumíes, las cuales halló sin
gente y mucha parte dellas quemadas. Y llegando más adelante junto a una
ribera, halló mucha gente de guerra de los enemigos que habían acabado de
quemar otro pueblo, y como le vieron, comenzaron a dar la vuelta. Y por el
camino que llevaban en pos dellos hallaban muchas cargas de maíz y de niños
asados que traían para su provisión, los cuales habían dejado como habían
sentido ir los españoles. Y pasado un río que allí estaba más adelante en lo
llano, los enemigos comenzaron a reparar, y el alguacil mayor con los de
caballo rompió por ellos y desbaratólos. Y puestos en huida, tiraron su
camino derecho a su pueblo de Matalcingo que estaba cerca de tres leguas de
allí, y en todas duró el alcance de los de caballo fasta los encerrar en el
pueblo. Y allí esperaron a los españoles y a nuestros amigos, los cuales
venían matando en los que los de caballo atajaban y dejaban atrás, y en este
alcance murieron más de dos mill de los enemigos. Llegados los de pie donde
estaban los de caballo y nuestros amigos, que pasaban de sesenta mill
hombres, comenzaron a ir hacia el pueblo, donde los enemigos hicieron rostro
en tanto que las mujeres y los niños y sus haciendas se ponían en salvo en
una fuerza que estaba en un cerro muy alto que estaba allí junto. Pero como
dieron de golpe en ellos hiciéronlos también retraer a la fuerza que tenían
en aquella altura, que era muy agra y fuerte, y quemaron y robaron el pueblo
en muy breve espacio. Y como era tarde, el alguacil mayor no quiso combatir
la fuerza, y también porque estaban muy cansados porque todo aquel día
habían peleado. Los enemigos toda la más de la noche despendieron en dar
alaridos y hacer mucho estruendo de atabales y bocinas. Otro día de mañana
el alguacil mayor con toda la gente comenzó a guiar para sobirles a los
enemigos aquella fuerza, aunque con temor de se ver en trabajo en la
resistencia. Y llegados, no vieron gente ninguna de los contrarios, y
ciertos indios amigos nuestros descendían de lo alto y dijeron que no había
nadie y que al cuarto del alba se habían ido todos los enemigos. Y estando
ansí, vieron por todos aquellos llanos de la redonda mucha gente, y eran los
utumíes. Y los de caballo, creyendo que eran los enemigos, corrieron hacia
ellos y alancearon tres o cuatro. Y como la lengua de los otumíes es
diferente desta otra de Culúa no los entendían más de como echaban las armas
y se venían para los españoles, y todavía alancearon tres o cuatro, pero
ellos bien entendieron que había sido por no lo conoscer. Y como los
enemigos no esperaron los españoles acordaron de se volver por otro pueblo
suyo que también estaba de guerra, pero como vieron venir tanto poder sobre
ellos saliéronle de paz. Y el alguacil mayor habló con el señor de aquel
pueblo y díjole que ya sabía que yo rescebía con buena voluntad a todos los
que se venían a ofrescer por vasallos de Vuestra Majestad, aunque fuesen muy
culpados, que le rogaba que fuese a hablar con aquéllos de Matalcingo para
que se viniesen a mí. Y profirióse de lo facer ansí y de traer de paz a los
de Marinalco, y así se volvió el alguacil mayor con esta vitoria a su real.
Y aquel día algunos españoles estaban peleando en la cibdad y los cibdadanos
habían inviado a decir que fuese allá nuestra lengua porque querían hablar
sobre la paz, la cual, segúnd paresció, ellos no querían sino con condición
que nos fuésemos de toda la tierra, lo cual ficieron a fin que los dejásemos
algunos días descansar y fornescerse de lo que habían menester, aunque nunca
dellos alcanzamos dejar de tener voluntad de pelear siempre con nosotros. Y
estando así platicando con la lengua muy cerca los nuestros de los enemigos
- que no había sino una puente quitada en medio - , un viejo dellos allí a
vista de todos sacó de su mochilla muy despacio ciertas cosas que comió por
nos dar a entender que no tenían nescesidad, porque nosotros les decíamos
que allí se habían de morir de hambre. Y nuestros amigos decían a los
españoles que aquellas paces eran falsas, que peleasen con ellos. Y aquel
día no se peleó más porque los prencipales dijeron a la lengua que me
hablase. Dende a cuatro días que el alguacil mayor vino de la provincia de
Matalcingo, los señores della y de Marinalco y de la provincia de Cuiscon,
que es grande y mucha cosa y estaban también rebelados, vinieron a nuestro
real y pidieron perdón de lo pasado y ofresciéronse de servir muy bien, y
ansí lo ficieron y han fecho fasta agora. En tanto que el alguacil mayor fue
a Matalcingo, los de la cibdad acordaron de salir de noche y dar en el real
de Alvarado. Y al cuarto del alba dan de golpe, y como las velas de caballo
y de pie lo sintieron, apellidaron de llamar alarma y los que allí estaban
arremetieron a ellos. Y como los enemigos sintieron los de caballo,
echáronse al agua, y en tanto llegan los nuestros y pelearon más de tres
horas con ellos. Y nosotros oímos en nuestro real un tiro de campo que
tiraba, y como teníamos recelo no los desbaratasen yo mandé armar la gente
para entrar en la cibdad para que aflojasen en el combate de Alvarado. Y
como los indios fallaron tan recios a los españoles acordaron de se volver a
su cibdad, y nosotros aquel día fuemos a pelear a la cibdad. En esta sazón
ya los que habíamos salido heridos del desbarato estábamos buenos. Y a la
Villa Rica había aportado un navío de Juan Ponce de León que habían
desbaratado en la tierra o isla Florida, y los de la villa inviáronme cierta
pólvora y ballestas, de que teníamos mucha nescesidad. Y ya, gracias a Dios,
por aquí a la redonda no teníamos tierra que no fuese en nuestro favor. Y
yo, viendo como éstos de la cibdad estaban tan rebeldes y con la mayor
muestra y determinación de morir que nunca generación tuvo, no sabía qué
medio tener con ellos para quitarnos a nosotros de tantos peligros y
trabajos y a ellos ni a su cibdad no los acabar de destruir, porque era la
más hermosa cosa del mundo. Y no nos aprovechaba decilles que no habíamos de
levantar los reales ni los bergantines habían de cesar de les dar guerra por
el agua ni que habíamos destruido a los de Matalcingo y Marinalco, y que no
tenían en toda la tierra quien los podiese socorrer ni tenían de donde haber
maíz ni carne ni frutas ni agua ni otra cosa de mantenimiento. Y cuanto más
destas cosas les decíamos, menos muestra víamos en ellos de flaqueza, mas
antes en el pelear y en todos sus ardides los hallábamos con mas ánimo que
nunca. Y yo, viendo que el negocio pasaba desta manera y que había ya más de
cuarenta y cinco días que estábamos en el cerco, acordé de tomar un medio
para nuestra seguridad y para poder más estrechar a los enemigos, y fue que
como fuésemos ganando por las calles de la cibdad, que fuesen derrocando
todas las casas dellas del un lado y del otro, por manera que no fuésemos un
paso adelante sin lo dejar todo asolado y lo que era agua hacello tierra
firme, aunque hobiese toda la dilación que se pudiese seguir. Y para esto yo
llamé a todos los señores y prencipales nuestros amigos y díjeles lo que
tenía acordado, por tanto, que hiciesen venir mucha gente de sus labradores
y trujesen sus coas, que son unos palos que se aprovechan tanto como los
cavadores en España de azada. Y ellos me respondieron que ansí lo harían de
muy buena voluntad y que era muy buen acuerdo, y holgaron mucho con esto
porque les paresció que era manera para que la cibdad se asolase, lo cual
todos ellos deseaban más que cosa del mundo. Entretanto que esto se
concertaba, pasáronse tres o cuatro días. Los de la cibdad bien pensaron que
ordenábamos algunos ardides contra ellos. Y ellos también, segúnd después
paresció, ordenaban lo que podían para su defensa, segúnd que también lo
barruntábamos. Y concertado con nuestros amigos que por la tierra y por la
mar los habíamos de ir a combatir otro día de mañana después de haber oído
misa tomamos el camino para la cibdad. Y en llegando al paso del agua y
albarrada que estaba cabe las casas grandes de la plaza, queriéndola
combatir, los de la cibdad dijeron que estuviésemos quedos, que querían paz.
Y yo mandé a la gente que no pelease y díjeles que viniese allí el señor de
la cibdad a me hablar y que se daria orden en la paz. Y con decirme que ya
le habían ido a llamar me detuvieron más de una hora, porque en la verdad
ellos no tenían gana de la paz y ansí lo mostraron, porque luego en estando
nosotros quedos nos comenzaron a tirar flechas y varas y piedras. Y como yo
vi esto comenzamos a combatir el albarrada y ganámosla, y en entrando en la
plaza hallámosla toda sembrada de piedras grandes porque los caballos no
pudiesen correr por ella - porque por lo firme éstos son los que les hacen
la guerra - y hallamos una calle cercada con piedra seca y otra también
llena de piedras porque los caballos no pudiesen correr por ellas. Y dende
este día en adelante cegamos de tal manera aquella calle del agua que salía
a la plaza que nunca después los indios la abrieron, y de allí en delante
comenzamos a asolar poco a poco las casas y cerrar y cegar muy bien lo que
teníamos ganado del agua. Y como aquel día llevamos más de ciento y
cincuenta mill hombres de guerra fizose mucha cosa, y así nos volvimos aquel
día al real. Y los bergantines y canoas de nuestros amigos hicieron mucho
daño en la cibdad y volviéronse a reposar. Otro día siguiente por la misma
orden entramos en la cibdad. Y llegados a aquel circuito y patio grande
donde estaban las torres de los ídolos, yo mandé a los capitanes que con su
gente no hiciesen sino cegar las calles de agua y allanar los pasos malos
que teníamos ganados, y que nuestros amigos, deIlos quemasen y allanasen las
casas y otros fuesen a pelear por las partes que solíamos, y que los de
caballo guardasen a todos las espaldas. Y yo me subí en una torre más alta
de aquéllas porque los indios me conoscían y sabía que les pesaba mucho de
verme subido en la torre, y de allí animaba a nuestros amigos y hacíales
socorrer cuando era nescesario, porque como peleaban a la continua a veces
los contrarios se retraían y a veces los nuestros, los cuales luego eran
socorridos con tres o cuatro de caballo que les ponían infinito miedo y a
los nuestros ánimo para revolver sobre ellos. Y desta manera y por esta
orden entramos en la cibdad cinco o seis días arreo, y siempre al retraer
echábamos a nuestros amigos delante y hacíamos [que] algunos de los
españoles se metiesen en celada en unas casas, y los de caballo quedábamos
atrás y hacíamos que nos retraíamos de golpe por sacarlos a la plaza, y con
esto y con las celadas de los peones cada tarde alanceábamos algunos. Y un
día déstos había en la plaza siete u ocho de caballo y estuvieron esperando
que los enemigos saliesen, y como vieron que no salían hicieron que se
volvían. Y los enemigos con recelo que a la vuelta no los alanceasen como
solían estaban puestos por unas paredes y azoteas, y había infinito número
dellos. Y como los de caballo revolvían tras ellos, que eran ocho o nueve, y
ellos les tenían tomada de lo alto una boca de la calle, no podieron seguir
tras los enemigos que iban por ella y hobiéronse de retraer. Y los enemigos
con favor de cómo los habían fecho retraer venían muy encarnizados, y ellos
estaban tan sobre aviso que se acogían donde no rescebían daño y los de
caballo rescebían de los que estaban puestos por las paredes. Y hobiéronse
de retraer e hirieron dos caballos, lo cual me dio ocasión para les ordenar
una buena celada, como adelante haré relación a Vuestra Majestad. Y aquel
día en la tarde nos volvimos a nuestro real con dejar bien seguro y allanado
todo lo ganado y a los de la cibdad muy ufanos, porque creían que de temor
nos retraíamos. Y aquella tarde fice un mensajero al alguacil mayor para que
antes del día viniese allí a nuestro real con quince de caballo de los suyos
y de los de Pedro de Alvarado. Otro día por la mañana llegó el alguacil
mayor con los quince de caballo, y yo tenía de los de Cuyoacan allí otros
veinte y cinco, que eran cuarenta. Y a diez dellos mandé que luego por la
mañana saliesen con toda la otra gente y que ellos y los bergantines fuesen
por la orden pasada a combatir y a derrocar y ganar todo lo que pudiesen,
porque yo, cuando fuese tiempo de retraerse, iría allá con los otros treinta
de caballo; y que pues sabían que teníamos mucha parte de la cibdad
allanada, que cuanto pudiesen siguiesen de tropel a los enemigos hasta los
encerrar en sus fuerzas y calles de agua, y que allí se detuviesen con ellos
hasta que fuese hora de retraer y yo y los otros treinta de caballo sin ser
vistos pudiésemos meternos en una celada en unas casas grandes que estaban
cerca de las otras grandes de la plaza. Y los españoles lo ficieron como yo
les avisé, y a la una hora después de mediodía tomé el camino para la cibdad
con los treinta de caballo. Y allegados, dejélos metidos en aquellas casas y
yo me fue y me sobí en la torre alta, como solía. Y estando allí, unos
españoles abrieron una sepoltura y hallaron en ella en cosas de oro más de
mill y quinientos castellanos. Y venida ya la hora de retraer, mandéles que
con mucho concierto se comenzasen de retraer, y que los de caballo, desque
estuviesen retraídos en la plaza, ficiesen que acometían y que no osaban
llegar, y esto se ficiese cuando viesen mucha copia de gente alderredor de
la plaza. Y en ella los de la celada estaban ya deseando que se llegase la
hora, porque tenían deseo de facello bien y estaban ya cansados de esperar.
Y yo metíme con ellos, y ya se venían retrayendo por la plaza los españoles
de pie y de caballo y los indios nuestros amigos que habían entendido ya lo
de la celada. Y los enemigos venían con tantos alaridos que parescía que
consiguían toda la vitoria del mundo, y los nueve de caballo hicieron que
arremetían tras ellos por la plaza adelante y retraíanse de golpe, y como
hobieron fecho esto dos veces los enemigos traían tanto favor que a las
ancas de los caballos les venían dando fasta los meter por la boca de la
calle donde estábamos en la celada. Y como vimos a los españoles pasar
delante de nosotros y oímos soltar un tiro de escopeta que teníamos por
señal, conoscimos que era tiempo de salir, y con el apellido de "señor
Santiago" damos de súpito sobre ellos y vamos por la plaza adelante
alanceando y derrocando y atajando muchos que por nuestros amigos que nos
seguían eran tomados, de manera que desta celada se mataron más de
quinientos, todos los más prencipales y esforzados y valientes hombres. Y
aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos, porque todos los que
se mataron tomaron y llevaron hechos piezas para comer. Fue tanto el espanto
y admiración que tomaron en verse tan de súpito ansí desabarata dos que ni
hablaron ni gritaron en toda esa tarde ni osaron asomar en calle ni en
azotea donde no estuviesen muy a su salvo y seguros. Y ya que era casi
noche, que nos retraímos, paresce que los de la cibdad mandaron a ciertos
esclavos suyos que mirasen si nos retraíamos o qué hacíamos. Y como se
asomaron por una calle arremetieron diez o doce de caballo y siguiéronlos,
de manera que ninguno se les escapó. Cobraron desta nuestra vitoria los
enemigos tanto temor que nunca más en todo el tiempo de guerra osaron entrar
en la plaza ninguna vez que nos retraíamos aunque sólo uno de caballo no más
viniese, y nunca osaron salir a indio ni a peón de los nuestros, creyendo
que de entre los pies se les había de levantar otra celada. Y ésta deste día
y vitoria que Dios Nuestro Señor nos dio fue bien prencipal causa para que
la cibdad más presto se ganase, porque los naturales della rescebieron mucho
desmayo y nuestros amigos doblado ánimo. Y ansí nos fuemos a nuestro real
con intención de dar mucha priesa en hacer la guerra y no dejar de entrar
ningúnd día fasta la acabar. Y aquel día ningúnd peligro hobo en los de
nuestro real, expceto que al tiempo que salimos de la celada se encontraron
unos de caballo y cayó uno de una yegua y ella fuese derecha a los enemigos,
los cuales la flecharon. Y bien herida, como vio la mala obra que rescebía
se volvió hacia nosotros, y aquella noche se murió. Y aunque nos pesó mucho
porque los caballos y yeguas nos daban la vida, no fue tanto el pesar como
si muriera en poder de los enemigos, como pensamos que de hecho pasara,
porque si ansí fuera ellos hobieran más placer que no pesar por los que les
matamos. Los bergantines y las canoas de nuestros amigos hicieron grande
estrago en la cibdad aquel día sin rescebir peligro alguno. Como ya
conoscimos que los indios de la cibdad estaban muy amedrentados, supimos de
unos dos dellos de poca manera, que de noche se habían salido de la cibdad y
se habían venido a nuestro real, que se morían de hambre, que salían de
noche a pescar por entre las casas de la cibdad y andaban por la parte que
della les teníamos ganada buscando leña y yerbas y raíces que comer. Y
porque ya teníamos muchas calles de agua cegadas y adreszados muchos malos
pasos, acordé de entrar al cuarto del alba y hacer todo el daño que
pudiésemos. Y los bergantines salieron antes del día, y yo con doce o quince
de caballo y ciertos peones y amigos nuestros entramos de golpe. Y primero
posimos ciertas espías, las cuales, siendo de día, estando nosotros en
celada, nos ficieron señal que saliésemos. Y dimos sobre infinita gente,
pero como eran de aquellos más miserables y que salían a buscar de comer,
los más venían desarmados y eran mujeres y muchachos, y fecimos tanto daño
en ellos por todo lo que se podía andar de la cibdad, que presos y muertos
pasaron de más de ochocientas personas. Y los bergantines tomaron también
mucha gente y canoas que andaban pescando y ficieron en ellas mucho estrago.
Y como los capitanes y prencipales de la cibdad nos vieron andar por ella a
hora no acostumbrada, quedaron tan espantados como de la celada pasada y
ninguno osó salir a pelear con nosotros, y así nos volvimos a nuestro real
con harta presa y manjar para nuestros amigos. Otro día de mañana entramos
en la cibdad, y como ya nuestros amigos vían la buena orden que llevábamos
para la destruición della, era tanta la multitud que de cada día venían que
no tenían cuento. Y aquel día acabamos de ganar toda la calle de Tacuba y de
adobar los malos pasos della, en tal manera que los del real de Pedro [de]
Alvarado se podían comunicar con nosotros por la cibdad. Y por la calle
prencipal que iba al mercado se ganaron otras dos puentes y se cegó muy bien
el agua y quemamos las casas del señor de la cibdad, que era mancebo de edad
de diez y ocho años que se dicia Guatimuci, que era el segundo señor después
de la muerte de Muteeçuma. Y en estas casas tenían los indios mucha
fortaleza, porque eran muy grandes y fuertes y cercadas de agua. También se
ganaron otras dos puentes de otras calles que van cerca désta del mercado y
se cegaron muchos pasos, de manera que de cuatro partes de la cibdad las
tres estaban ya por nosotros, y los indios no hacían sino retraerse hacia lo
más fuerte, que era a las casas que estaban más metidas en el agua. Otro día
siguiente, que fue día del apóstol Santiago, entramos en la cibdad por la
orden que antes, y seguimos por la calle grande que iba a dar al mercado y
ganámosles una calle muy ancha de agua en que ellos pensaban que tenían
muchas seguridad, aunque se tardó gran rato y fue peligrosa de ganar y en
todo este día no se pudo - como era muy ancha - de acabar de cegar por
manera que los de caballo pudiesen pasar de la otra parte. Y como estábamos
todos a pie y los indios vían que los caballos no habían pasado, vinieron de
refresco sobre nosotros muchos dellos muy lucidos, y como les ficimos rostro
y teníamos muchos ballesteros dieron la vuelta a sus albarradas y fuerzas
que tenían, aunque fueron hartos asaeteados. Y demás desto todos los
españoles de pie llevaban sus picas, las cuales yo había mandado facer
después que me desbarataron, que fue cosa muy provechosa. Aquel día por los
lados de la una parte y de la otra de aquella calle prencipal no se entendió
sino en quemar y allanar casas, que era lástima cierto de ver, pero como no
nos convenía hacer otra cosa éranos forzado seguir aquella orden. Los de la
cibdad, como vían tanto estrago, por esforzarse decían a nuestros amigos que
no ficiesen sino quemar y destruir, que ellos se las harían tornar a hacer
de nuevo, porque si ellos eran vencedores ya ellos sabían que había de ser
ansí; y si no, que las habian de hacer para nosotros. Y desto postrero plugo
a Dios que salieron verdaderos, aunque ellos son los que las tornan a hacer.
Otro día luego de mañana entramos en la cibdad por la orden acostumbrada. Y
llegados a la calle de agua que habíamos cegado el día antes, fallámosla de
la manera que la habíamos dejado y pasamos adelante dos tiros de ballesta. Y
ganamos dos acequias grandes de agua que tenían rompidas en lo sano de la
misma calle y llegamos a una torre pequeña de sus ídolos, y en ella hallamos
ciertas cabezas de los cristianos que nos habían muerto que nos pusieron
harta lástima. Y dende aquella torre iba la calle derecha - que era la misma
adonde estábamos - a dar a la calzada del real de Sandoval, y a la mano
izquierda iba otra calle a dar al mercado, en la cual ya no había agua
ninguna excepto una que nos defendían. Y aquel día no pasamos de allí, pero
peleamos mucho con los indios. Y como Nuestro Señor cada día nos daba
vitoría ellos siempre llevaban lo peor. Y aquel día ya que era tarde nos
volvimos al real. Otro día siguiente, estando aderezando para tomar a entrar
en la cibdad, a las nueve horas del día vimos de nuestro real salir humo de
dos torres muy altas que estaban en el Tatebulco o mercado de la cibdad, que
no podíamos pensar qué fuese. Y como parescía que era más que de sahumeríos
que acostumbran los indios hacer a sus ídolos, barruntamos que la gente de
Pedro de Alvarado había llegado allí, y aunque así era la verdad no lo
podíamos creer. Y cierto aquel día Pedro de Alvarado y su gente lo ficieron
valientemente, porque teníamos muchas puentes y albarradas de ganar y
siempre acudían a las defender toda la más parte de la cibdad. Pero como él
vio que por nuestra istancia íbamos estrechando a los enemigos, trabajó todo
lo posible para entrarles al mercado porque allí tenían toda su fuerza, pero
no pudo más de llegar a vista dél y ganalles aquellas torres y otras muchas
que están junto al mesmo mercado, que es tanto casi como el circuito de las
muchas torres de la cibdad. Y los de caballo se vieron en harto trabajo y
les fue forzado retraerse, y al retraerse les hirieron tres caballos, y así
se volvieron Pedro de Alvarado y su gente a su real. Y nosotros no quesimos
ganar aquel día una puente y calle de agua que quedaba no más para llegar al
mercado, salvo allanar y cegar todos los malos pasos. Y al retraer nos
apretaron reciamente, aunque fue a su costa. Otro día entramos luego por la
mañana en la cibdad, y como no había por ganar fasta llegar al mercado sino
una traviesa de agua con su albarrada que estaba junto a la torrecilla que
he dicho, comenzámosla a combatir. Y un alférez y otros dos españoles
echáronse al agua, y los de la cibdad desampararon luego el paso y comenzóse
a cegar y adreszar para que pudiésemos pasar con los caballos. Y estándose
adreszando, llegó Pedro de Alvarado por la mesma calle con cuatro de
caballo, que fue sin comparación el placer que hobo la gente de su real y
del nuestro, porque era camino para dar muy breve conclusión en la guerra. Y
Pedro de Alvarado dejaba recaudo de gente en las espaldas y lados, así para
conservar lo ganado como para su defensa. Y como luego se adreszó el paso yo
con algunos de caballo me fue a ver el mercado, y mandé a la gente de
nuestro real que no pasase adelante de aquel paso. Y después que anduvimos
paseándonos un rato por la plaza mirando los portales della, los cuales por
las azoteas estaban llenos de enemigos, y como la plaza era muy grande y
vían por ella andar los de caballo, no osaban llegar. Y yo subí en aquella
torre grande que estaba junto al mercado, y en ella también y en otras
hallamos ofrecidas ante sus Ídolos las cabezas de los cristianos que nos
habían muerto y de los indios de Tascaltecal nuestros amigos, entre quien
siempre ha habido muy cruel y antigua enemistad. Y yo miré dende aquella
torre lo que teníamos ganado de la cibdad, que sin duda de ocho partes
teníamos ganadas las siete. Y viendo que tanto número de gente de los
enemigos no era posible sufrirse en tanta angostura, mayormente que aquellas
casas que les quedaban eran pequeñas y puesta cada una dellas sobre sí en el
agua, y sobre todo la grandísima hambre que entre ellos había y que por las
calles hallábamos roídas las raíces y cortezas de los árboles, acordé de los
dejar de combatir por algúnd día y movelles algúnd partido por do no
peresciese tanta multitud de gente, que cierto me ponía en mucha lástima y
dolor el daño que en ellos se facía. Y continuamente les facía acometer con
la paz, y ellos decían que en ninguna manera se habían de dar, y que uno
solo que quedase había de morir peleando, y que de todo lo que tenían no
habíamos de haber ninguna cosa y que lo habían de quemar y echar en el agua
donde nunca paresciese. Y yo, por no dar mal por mal, desimulaba en no les
dar combate. Como teníamos muy poca pólvora, habíamos puesto en plática más
había de quince días de hacer un trabuco. Y aunque no había maestros que
supiesen hacerle, unos carpinteros se profirieron de hacer uno pequeño. Y
aunque yo tuve pensamiento que no habíamos de salir con esta obra, consentí
que lo ficiesen, y en aquellos días en que teníamos tan arrinconados los
indios acabóse de hacer y llevóse a la plaza del mercado para lo asentar en
uno como teatro que está en medio della fecho de cal y canto, cuadrado, de
altura de dos estados y medio y de isquina a isquina habrá treinta pasos, el
cual tenían ellos para cuando hacían algunas fiestas y juegos, que los
representadores dellos se ponían allí porque toda la gente del mercado y los
que estaban en bajo y encima de los portales pudiesen ver lo que se hacía. Y
traído allí, tardaron en lo asentar tres o cuatro días. Y los indios
nuestros amigos amenazaban con él a los de la cibdad diciéndoles que con
aquel ingenio los habíamos de matar a todos, y aunque otro fruto no hiciera
- como no hizo - sino el temor que con él se ponía, por el cual pensábamos
que los enemigos se dieran, era harto. Y lo uno y lo otro cesó, porque ni
los carpinteros salieron con su intención ni los de la cibdad, aunque tenían
temor, movieron ningúnd partido para se dar. Y la falta y defeto del trabuco
desimulámosla con que, movidos de compasión, no los queríamos acabar de
matar. Otro día después de asentado el trabuco volvimos a la cibdad, y como
ya había tres o cuatro días que no los combatíamos, hallamos las calles por
donde íbamos llenas de mujeres y niños y otra gente miserable que se morían
de hambre. Y salían traspasados y flacos que era la mayor lástima del mundo
de los ver, y yo mandé a nuestros amigos que no les ficiesen mal ninguno,
pero de la gente de guerra no salía ninguno adonde pudiesen rescebir daño,
aunque los víamos estar encima de sus azoteas cubiertos con sus mantas que
usan y sin armas. Y fice este día que se les requiriese con la paz, y sus
respuestas eran disimulaciones. Y como lo más del día nos tenían en esto
invié a decirles que les quería combatir, que ficiesen retraer toda su
gente; si no, que daría lícencia que nuestros amigos los matasen. Y ellos
dijeron que querían paz, y yo les repliqué que yo no vía allí el señor con
quien se había de tratar; que venido, para lo cual le daría todo el seguro
que quisiesen, que hablaríamos en la paz. Y como vimos que era burla y que
todos estaban apercebidos para pelear con nosotros, después de se la haber
muchas veces amonestado, por más los estrechar y poner en más estrema
nescesidad mandé a Pedro de Alvarado que con toda su gente entrase por la
parte de un grand barrio que los enemigos tenían, en que habría más de mill
casas, y yo por la otra parte entré a pie con la gente de nuestro real,
porque a caballo no nos podíamos por allí aprovechar. Y fue tan recio el
combate nuestro y de nuestros amigos que les ganamos todo aquel barrio, y
fue tan grande la mortandad que se hizo en nuestros enemigos que muertos y
presos pasaron de doce mill ánimas, con los cuales usaban de tanta crueldad
nuestros amigos que por ninguna vía a ninguno daban la vida, aunque más
reprehendidos y castigados de nosotros eran. Otro día siguiente tornamos a
la cibdad y mandé que no peleasen ni ficiesen mal a los enemigos. Y como
ellos vían tanta multitud de gente sobre ellos y conoscían que los venían a
matar sus vasallos y los que ellos solían mandar y vían su estrema
nescesidad, y como no tenían donde estar sino sobre los cuerpos muertos de
los suyos, con deseo de verse fuera de tanta desventura decían que por qué
no los acabábamos ya de matar, y a mucha priesa dijeron que me llamasen, que
me querían hablar. Y como todos los españoles deseaban que ya esta guerra se
concluyese y habían lástima de tanto mal como se hacía, holgaron mucho
pensando que los indios querían paz, y con mucho placer viniéronme a llamar
e importunar que me llegase a una albarrada donde estaban ciertos
prencipales porque querían hablar conmigo. Y aunque yo sabía que había de
aprovechar poco mi ida, determiné de ir, comoquiera que bien sabía que el no
darse estaba solamente en el señor y otros tres o cuatro principales de la
cibdad, porque la otra gente muertos o vivos deseaban ya verse fuera de
allí. Y llegado a la albarra da, dijéronme que pues ellos me tenían por hijo
del sol y el sol en tanta brevedad como era en un día y una noche daba
vuelta a todo el mundo, que porqué yo así brevemente no los acababa de matar
y los quitaba de penar tanto, porque ya ellos tenían deseos de morir e irse
al cielo para su Ochilobus que los estaba esperando para descansar. Y este
ídolo es el que en más veneración ellos tienen. Yo les respondí muchas cosas
para los atraer a que se diesen y ninguna cosa aprovechaba, aunque en
nosotros vían más muestras y señales de paz que jamás ningunos vencidos
mostraron, siendo nosotros, con el ayuda de Nuestro Señor, los vencedores.
Puestos los enemigos en el último estremo, como de lo dicho se puede
colegir, para los quitar de su mal propósito como era la determinación que
tenían de morir, hablé con una persona bien prencipal entre ellos que
teníamos preso, al cual dos o tres días antes había prendido un tío de don
Fernando, señor de Tesuico, peleando en la cibdad. Y aunque estaba muy
herido le dije que si se quería volver a la cibdad, y él me respondió que
sí. Y como otro día entramos en ella, inviéle con ciertos españoles, los
cuales lo entregaron a los de la cibdad. Y a este prencipal yo le había
fabIado largamente para que fablase con el señor y con otros prencipales
sobre la paz, y él me prometió de facer sobre ello todo lo que pudiese. Los
de la cibdad lo rescibieron con mucho acatamiento, como a persona prencipal,
y como lo llevaron delante de Guatimucin, su señor, y él le comenzó a hablar
sobre la paz, diz que luego lo mandó matar y sacrificar. Y la respuesta que
estábamos esperando nos dieron con venir con grandísimos alaridos diciendo
que no querían sino morir, y comienzan a nos tirar varas, flechas y pie dras
y a pelear reciamente con nosotros, y tanto que nos mataron un caballo con
un dalle que uno traía hecho de una espada de las nuestras. Y al fin les
costó caro, porque murieron muchos dellos. Y así nos volvimos a nuestros
reales aquel día. Otro día tornamos a entrar en la cibdad, y ya estaban los
enemigos tales que de noche osaban quedar en ella de nuestros amigos
infinitos dellos. Y llegados a vista de los enemigos, no quesimos pelear con
ellos sino andamos paseando por su cibdad, porque teníamos pensamiento que
cada hora y cada rato se habían de salir a nosotros. Y por los inclinar a
ello yo me llegué cabalgando cabe una albarrada suya que tenían bien fuerte
y llamé a ciertos prencipales que estaban detrás, a los cuales yo conoscía,
y díjeles que pues se vían tan perdidos y conoscían que si yo quisiese en
una hora no quedaría ninguno dellos, que porqué no venía a me hablar
Guatrimicin, su señor, que yo le prometía de no hacelle ningúnd mal, y que
queríendo él y ellos venir de paz, que serían de mí muy bien rescebidos y
tratados. Y pasé con ellos otras razones con que los provoqué a muchas
lágrímas. Y llorando me respondieron que bien conoscían su yerro y
perdición, y que ellos querían ir a hablar a su señor y me volverían presto
con la respuesta, y que no me fuese de allí. Y ellos se fueron, y volvieron
dende a un rato y dijéronme que porque ya era tarde su señor no había
venido, pero que otro día a mediodía vernía a me hablar en todo caso en la
plaza del mercado, y así nos fuemos a nuestro real. Y yo mandé para otro día
que estuviese adreszado allí en aquel cuadrado alto que está en medio de la
plaza para el señor y prencipales de la cibdad un estrado como ellos lo
acostumbran, y que también les tuviesen aderezado de comer, y ansí se puso
por obra. Otro día de mañana fuemos a la cibdad. Y yo avisé a la gente que
estuviese apercebida porque si los de la cíbdad acometiesen alguna traición
no nos tomasen descuidados, y a Pedro de Alvarado, que estaba allí, le avisé
de lo mesmo. Y como llegamos al mercado, yo invié a decir y hacer saber a
Guatimucin cómo le estaba esperando, el cual, segúnd paresció, acordó de no
venir e invióme cinco de aquellos señores prencipales de la cibdad cuyos
nombres, porque no hacen mucho al caso, no digo aquí. Los cuales llegados,
dijeron que su señor me inviaba a rogar con ellos que le perdonase porque no
venía, que tenía mucho miedo de parescer ante mí y también estaba malo, y
que ellos estaban allí, que viese lo que mandaba, que ellos lo harían. Y
aunque el señor no vino, holgamos mucho que aquellos prencipales viniesen,
porque parescía que era camino de dar presto conclusión a todo el negocio.
Yo los rescebí con semblante alegre y mandéles dar luego de comer y beber,
en lo cual mostraron bien el deseo y nescesidead que dello tenían. Y después
de haber comido díjeles que hablasen a su señor y que no tuviese temor
ninguno, y que le prometía que aunque ante mi viniese, que no le sería hecho
enojo ninguno ni sería detenido, porque sin su presencia en ninguna cosa se
podía dar buen asiento ni concierto. Y mandéles dar algunas cosas de
refresco que llevasen para comer. Y prometiéronme de hacer en el caso todo
lo que pudiesen, y ansí se fueron. Y dende a dos horas volvieron y
trajéronme unas mantas de algodón buenas de las que ellos usan, y dijéronme
que en ninguna manera Guatimucin, su señor, vernía ni quería venir, y que
era escusado hablar en ello. Y yo les torné a repetir que no sabía la cabsa
porque él se recelaba venir ante mí, pues vía que a ellos, que yo sabía que
habían sido los cabsadores prencipales de la guerra y que la habían
sustentado, les hacía buen tratamiento, que los dejaba ir y venir
seguramente sin rescebir enojo alguno; que les rogaba que le tornasen a
fablar y mirasen mucho en esto de su venida, pues a él le convenía y yo lo
hacía por su provecho. Y ellos respondieron que ansí lo harían y que otro
día me volverían con la respuesta, y así se fueron ellos, y también nosotros
a nuestros reales. Otro día bien de mañana aquellos principales vinieron a
nuestro real y dijéronme que me fuese a la plaza del mercado de la cibdad,
porque su señor me quería ir a hablar allí. Y yo, creyendo que fuera así,
cabalgué y tomamos nuestro camino, y estúvele esperando donde quedaba
concertado más de tres o cuatro horas, y nunca quiso venir ni parescer ante
mí. Y como yo vi la burla y que era ya tarde y que los otros mensajeros ni
el señor venían, invié a llamar a los indios nuestros amigos que habían
quedado a la entrada de la cibdad casi una legua de donde estábamos, a los
cuales yo había mandado que no pasasen de allí porque los de la cibdad me
habían pedido que para hablar en las paces no estuviese ninguno dellos
dentro. Y ellos no se tardaron ni tampoco los del real de Pedro de Alvarado,
y como llegaron comenzamos a combatir unas albarradas y calles de agua que
tenían - que ya no les quedaba otra mayor fuerza y entrámosles ansí nosotros
como nuestros amigos todo lo que quesimos. Y al tiempo que yo salí del real
había proveído que Gonçalo de Sandoval entrase con los bergantines por la
otra parte de las casas en que los indios estaban fuertes por manera que los
tuviésemos cercados, y que no los combatiese fasta que viese que nosotros
combatíamos, por manera que por estar así cercados y apretados no tenían
paso por donde andar sino por encima de los muertos y por las azoteas que
les quedaban, y a esta causa ni tenían ni hallaban flechas ni varas ni
piedras con que nos ofender, y andaban con nosotros nuestros amigos a espada
y rodela. Y era tanta la mortandad que en ellos se hizo por la mar y por la
tierra que aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mill ánimas, y
era tanta la gríta y lloro de los niños y mujeres que no había persona a
quien no quebrase el corazón. Y ya nosotros teníamos más que hacer en
estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no
en pelear con los indios, la cual crueldad nunca en generación tan recia se
vio ni tan fuera de toda orden de naturaleza como en los naturales destas
partes. Nuestros amigos hobieron este día grand despojo, el cual en ninguna
manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de nuevecientos
españoles y ellos más de ciento y cincuenta mill hombres, y ningúnd recaudo
ni deligencia bastaba para los estorbar que no robasen, aunque de nuestra
parte se hacía lo posible. Y una de las cosas porque los días antes yo
rehusaba de no venir en tanta rotura con los de la cibdad era porque
tomándolos por fuerza habían de echar lo que tuviesen en el agua; y ya que
no lo ficiesen, nuestros amigos habrían de robar todo lo más que hallasen. Y
a esta cabsa temía que se habría para Vuestra Majestad poca parte de la
mucha ríqueza que en esta cibdad había y segúnd la que yo antes para Vuestra
Alteza tenía. Y porque ya era tarde y no podíamos sufrír el mal olor de los
muertos que había de muchos días por aquellas calles, que era la cosa del
mundo mas pestilencial, nos fuemos a nuestros reales. Y aquella tarde dejé
concertado que para otro día siguiente que habíamos de volver a entrar se
aparejasen tres tiros gruesos que teníamos para llevarlos a la cibdad,
porque yo temía que como estaban los enemigos tan juntos y que no tenían por
dónde se rodear, queriéndoles entrar por fuerza, sin pelear podrían entre sí
ahogar los españoles. Y quería dende acá hacerles con los tiros algúnd poco
de daño porque se saliesen de allí para nosotros. Y al alguacil mayor mandé
que asimesmo para otro día que estuviese apercebido para entrar con los
bergantines por un lago de agua grande que se hacía entre unas casas donde
estaban todas las canoas de la cibdad recogidas. Y ya tenían tan pocas casas
donde poder estar que el señor de la cibdad andaba metido en una canoa con
ciertos prencipales, que no sabían qué hacer de sí. Y desta manera quedó
concertado que habíamos de entrar otro día por la mañana. Siendo ya de día,
hice aprescebir toda la gente y llevar los tiros gruesos. Y el día antes
había mandado a Pedro de Alvarado que me esperase en la plaza del mercado y
no diese combate fasta que yo llegase. Y estando ya todos juntos y los
bergantines apercebidos todos por detrás de las casas del agua donde estaban
los enemigos, mandé que en oyendo soltar una escopeta que entrasen por una
poca parte que estaba por ganar y echasen a los enemigos al agua hacia donde
los bergantines habían de estar a punto. Y aviséles mucho que mirasen por
Guautimucin y trabajasen de lo tomar a vida, porque en aquel punto cesaría
la guerra. Y yo me sobí encima de una azotea y antes del combate hablé con
algunos de aquellos prencipales de la cibdad que conoscía y les dije qué era
la cabsa porque su señor no quería venir, que pues se vían en tanto estremo,
que no diesen causa a que todos peresciesen, y que lo llamasen y no hobiese
ningúnd temor. Y dos de aquellos prencipales paresció que lo iban a llamar,
y dende a poco volvió con ellos uno de los más prencipales de todos ellos
que se llamaba Ciguacoacin y era el capitán y gobernador de todos ellos y
por su consejo se siguían todas las cosas de la guerra. Y yo le mostré toda
buena voluntad porque se asegurase y no tuviese temor, y al fin me dijo que
en ninguna manera el señor vernía ante mí, y antes quería por allá morír; y
que a él pesaba mucho desto, que hiciese yo lo que quisiese. Y como vi en
esto su determinación yo le dije que se volviese a los suyos y que él y
ellos se aparejasen porque los quería combatir y acabar de matar, y así se
fue. Y como en estos conciertos se pasaron más de cinco horas y los de la
cibdad estaban todos encima de los muertos y otros en el agua y otros
andaban nadando y otros ahogándose en aquel lago donde estaban las canoas,
que era grande, era tanta la pena que tenían que no basta juicio a pensar
cómo lo podían sufrir. Y no hacían sino salirse infinito número de hombres y
mujeres y niños hacia nosotros, y por darse priesa al salir unos a otros se
echaban al agua y se ahogaban entre aquella multitud de muertos, que, segúnd
paresció, del agua salada que bebían y de la hambre y mal olor había dado
tanta mortandad en ellos que murieron más de cincuentas mill ánimas, los
cuerpos de las cuales porque nosotros no alcanzásemos su nescesidad ni los
echaban al agua, porque los bergantines no topasen con ellos, ni los echaban
fuera de su conversación, porque nosotros por la cibdad no los viésemos. Y
así por aquellas calles en que estaban hallábamos los montones de los
muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies. Y
como la gente de la cibdad se salía a nosotros yo había proveído que por
todas las calles estuviesen españoles para estorbar que nuestros amigos no
matasen a aquellos tristes que se salían, que eran sin cuento, y también
dije a todos los capitanes de nuestros amigos que en ninguna manera
consintiesen matar a los que se salían. Y no se pudo estorbar, como eran
tantos, que aquel día no mataron y sacrificaron más de quin ce mill ánimas.
Y en esto todavía los prencipales y gente de guerra de la cibdad se estaban
arrinconados y en algunas azoteas y casas y en el agua, donde ni les
aprovechaba disimulación ni otra cosa, porque no viésemos su perdición y su
flaqueza muy a la clara. Viendo que se venía la tarde y que no se querían
dar, fice asentar los dos tiros gruesos hacia ellos para ver si se darían,
porque más daño rescibieran en dar licencia a nuestros amigos que les
entraran que no de los tiros, los cuales hicieron algúnd daño. Y como
tampoco esto aprovechaba mandé soltar la escopeta, y en soltándola luego fue
tomado aquel rincón que tenían y echados al agua los que en él estaban.
Otros que quedaban sin pelear se rindieron. Y los bergantines entraron de
golpe por aquel lago y rompieron por medio de aquella flota de las canoas, y
la gente de guerra que en ellas estaba ya no osaban pelear. Y plugo a Dios
que un capitán de un bergantín que se dice Garcí Holguín llegó en pos de una
canoa en la cual le paresció que iba gente de manera. Y como llevaba dos o
tres ballesteros en la proa del bergantín e iban encarando en los de la
canoa ficiéronles señal que estaba allí el señor, que no tirasen. Y saltaron
de presto y prendiéronle a él y a aquel Guautimoucin y a aquel señor de
Tacuba y a otros principales que con él estaban. Y luego el dicho capitán
Garcí Holguín me trajo allí a la azotea donde estaba, que era junto al lago,
al señor de la cibdad y a los otros prencipales presos, el cual, como le
fice sentar no monstrándole riguridad ninguna, llegóse a mí y díjome en su
lengua que ya él había fecho todo lo que de su parte era obligado para
defenderse a sí y a los suyos fasta venir en aquel estado, que agora ficiese
déllo que yo quisiese. Y puso la mano en un puñal que yo tenía, deciéndome
que le diese de puñaladas y lo matase. Y yo le animé y le dije que no
tuviese temor ninguno. Y así, preso este señor, luego en ese punto cesó la
guerra, a la cual plugo a Dios Nuestro Señor dar conclusión martes, día de
Santo Hipólito, que fueron trece de agosto de mill y quinientos y veinte y
un años, de manera que desde el día que se puso cerco a la cibdad, que fue a
treinta de mayo del dicho año, fasta que se ganó, pasaron setenta y cinco
días, en los cuales Vuestra Majestad verá los trabajos, peligros y
desventuras que estos sus vasallos padescieron, en los cuales mostraron
tanto sus personas que las obras dan buen testimonio dello. Y en todos
aquellos setenta y cinco días del cerco ninguno se pasó que no se tuviese
combate con los de la cibdad, poco o mucho. Aquel día de la presión de
Guautimucin y toma de la cibdad, después de haber recogido el despojo que se
pudo haber nos fuemos al real, dando gracias a Nuestro Señor por tan
señalada merced y tan deseada vitoria como nos había dado. Allí en el real
estuve tres o cuatro días dando orden en muchas cosas que convenían, y
después nos venimos a la cibdad de Cuyoacan, donde hasta agora he estado
entendiendo en la buena orden, gobernación y pacificación destas partes.
Recogido el oro y otras cosas, con parecer de los oficiales de Vuestra
Majestad se hizo fundición dello. Y montó lo que se fundió más de ciento y
treinta mill castellanos, de que se dio el quinto al tesorero de Vuestra
Majestad, sin el quinto de otros derechos que a Vuestra Majestad
pertenescieron de esclavos y otras cosas, segúnd más largo se verá por la
relación de todo lo que a Vuestra Majestad pertenesció, que irá firmado de
nuestros nombres. Y el oro que restó se repartió en mí y en los españoles
segúnd la manera y servicio y calidad de cada uno. Demás del dicho oro se
hobieron ciertas piezas y joyas de oro, y de las mejores dellas se dio el
quinto al dicho tesorero de Vuestra Majestad. Entre el despojo que se hobo
en la dicha cibdad hobimos muchas rodelas de oro y penachos y plumajes y
cosas tan maravillosas que por escrito no se pueden significar ni se pueden
comprehender si no son vistas. Y por ser tales parescióme que no se debían
quintar ni dividir, sino que de todas ellas se hiciese servicio a Vuestra
Majestad, para lo cual yo fice juntar todos los españoles y les rogué que
tuviesen por bien que todas aquellas cosas se inviasen a Vuestra Majestad, y
que de la parte que a ellos venía y a mí sirviésemos a Vuestra Majestad. Y
ellos folgaron de lo hacer de muy buena voluntad, y con tal ellos y yo
inviamos el dicho servicio a Vuestra Majestad con los procuradores que los
concejos desta Nueva España invían. Como la cibdad de Temixtitán era tan
prencipal y nombrada por todas estas partes, paresce que vino a noticia de
un señor de una muy grand provincia que está setenta leguas de Timixititán
que se dice Mechuacan cómo la había destruido y asolado. Y considerando la
grandeza y fortaleza de la dicha cibdad, al señor de aquella provincia le
paresció que pues que aquélla no se nos había defendido, que no habría cosa
que se nos amparase. Y por temor o por lo que a él le plugo invióme ciertos
mensajeros, y de su parte me dijeron por los intérpetres de su lengua que su
señor había sabido que nosotros éramos vasallos de un grand señor, y que si
yo tuviese por bien, él y los suyos lo querían también ser y tener mucha
amistad con nosotros. Y yo le respondí que era verdad que todos éramos
vasallos de aquel grand señor que era Vuestra Majestad, y que a todos los
que no lo quisiesen ser les habíamos de facer guerra, y que su señor y ellos
lo habían fecho muy bien. Y como yo de poco acá tenía alguna noticia de la
Mar del Sur, informéme también dellos si por su tierra podían ir allá, y
ellos me respondieron que sí. Y roguéles que porque pudiese informar a
Vuestra Majestad de la dicha mar y de su provincia, lleváse consigo dos
españoles que les daría. Y ellos dijeron que les placía de muy buena
voluntad, pero que para pasar al mar había de ser por tierra de un grand
señor con quien ellos tenían guerra, y que a esta cabsa por agora no podían
llegar a la mar. Estos mensajeros de Mechuacan estuvieron aquí conmigo tres
o cuatro días, y delante dellos hice escaramuzar los de caballo para que
allá lo contasen. Y habiéndoles dado ciertas joyas, a ellos y a los dos
españoles despaché para la dicha provincia de Mechuacan. Como en el capítulo
antes déste he dicho, yo tenía, Muy Poderoso Señor, alguna noticia poco
había de la otra Mar del Sur y sabía que por dos o tres partes estaba a doce
y a trece y a catorce jornadas de aquí. Y estaba muy ufano porque me
parescía que en la descubrir se hacía a Vuestra Majestad muy grande y
señalado servicio, especialmente que todos los que tienen alguna ciencia y
espiriencia en la navegación de las Indias han tenido por muy cierto que
descubriendo por estas partes la Mar del Sur, se habían de hallar muchas
islas ricas de oro y piedras y perlas preciosas y especeria y se habían de
descubrir y hallar otros muchos secretos y cosas admirables. Y esto han
afirmado y afirman también personas de letras y esprimentadas en la ciencia
de la cosmografia. Y con tal deseo y con que de mí pudiese Vuestra Majestad
rescebir en esto muy singular y memorable servicio, despaché cuatro
españoles, los dos por ciertas provincias y los otros dos por otras. E
informados de las vías que habían de llevar y dándoles personas de nuestros
amigos que los guiasen y fuesen con ellos, se partieron. Y yo les mandé que
no parasen fasta llegar a la mar, y que en descubriéndola, tomasen la
posesión real y corporalmente en nombre de Vuestra Majestad. Y los unos
anduvieron cerca de ciento y treinta leguas por muchas y buenas provincias
sin rescebir ningúnd estorbo, y llegaron a la mar y tomaron la posesión y en
señal pusieron cruces en la costa della. Y dende a ciertos días se volvieron
con la relación del dicho descubrimiento y me informaron muy particularmente
de todo, y me trujeron algunas personas de los naturales de la dicha mar y
también me truje ron muy buena muestra de oro de minas que hallaron en
algunas de aquellas provincias por donde pasaron, la cual con otras muestras
de oro agora invío a Vuestra Majestad. Los otros dos españoles se detuvieron
algo más porque anduvieron cerca de ciento y cincuenta leguas por otra parte
hasta llegar a la dicha mar, donde asimesmo tomaron la dicha posesión, y me
trajeron larga relación de la costa. Y se vinieron con ellos algunos de los
naturales della, y a ellos y a los otros los rescebí graciosamente. Y con
haberlos informado del grand poder de Vuestra Majestad y dado algunas cosas,
se volvieron muy contentos a sus tierras. En la otra relación, Muy Católico
Señor, hice saber a Vuestra Majestad cómo al tiempo que los indios me
desbarataron y echaron la primera vez fuera de la cibdad de Temixtitán se
habían rebelado contra el servicio de Vuestra Majestad todas las provincias
subjetas a la cibdad y nos habían hecho la guerra. Y por esta relación podrá
Vuestra Majestad mandar ver cómo habemos reducido a su real servicio todas
las más tierras y provincias que estaban rebeladas. Y porque ciertas
provincias que están de la costa de la Mar del Norte a diez y a quince y a
treinta leguas, dende que la dicha cibdad de Temixtitán se había alzado
ellas estaban rebeladas y los naturales dellas habían muerto a traición y
sobre seguro más de cient españoles, y yo fasta haber dado conclusión en
esta guerra de la cibdad no había tenido posibilidad para inviar sobre
ellos, acabados de despachar aquellos españoles que vinieron de descubrir la
Mar del Sur, determiné de inviar a Gonçalo de Sandoval, alguacil mayor, con
treinta y cinco de caballo y ducientos españoles y gente de nuestros amigos
y con algunos prencipales y naturales de Temixtitán a aquellas provincias,
que se dicen Tatactetelco y Textebeque y Guatuxco y Aulicaba. Y dándole
instrución de la orden que había de tener en esta jornada, se comenzó a
adreszar para la hacer. En esta sazón el teniente que yo había dejado en la
villa de Segura la Frontera, que es en la provincia de Tepeaca, vino a esta
cibdad de Cuyoacan e hízome saber cómo los naturales de aquella provincia y
de otras a ella comarcanas vasallos de Vuestra Majestad rescebían daño de
los naturales de una provincia que se dice Guaxacaque que les facían guerra
porque eran nuestros amigos; y que demás de ser nescesario poner remedio a
esto era muy bien asegurar aquella provincia de Guaxacaque porque estaba en
camino de la Mar del Sur, y en pacificándose sería cosa muy provechosa así
para lo dicho como para otros efetos de que adelante haré relación a Vuestra
Majestad. Y el dicho teniente me dijo que estaba muy particularmente
informado de aquella provincia y que con poca gente la podría sojuzgar,
porque estando yo en el real sobre Temixtitán él había ido a ella porque los
de Tepeaca le ahincaban que fuese a hacer guerra a los naturales della, pero
como no llevaba más de veinte o treinta españoles le habían fecho volver,
aunque no tanto despacio como él quisiera. Y yo, vista su relación, dile
doce de caballo y ochenta españoles, y el dicho alguacil mayor y teniente se
partieron con su gente desta cibdad de Cuyoacan a treinta de otubre del año
de quinientos y veinte y uno. Y llegados a la provincia de Tepeaca, ficieron
allí sus alardes y cada uno se partió a su conquista. Y el alguacil mayor
dende a veinte y cinco días me escríbió cómo había llegado a la provincia de
Buatusco, y que aunque llevaba harto recelo que se había de ver en apríeto
con los enemigos porque era gente muy diestra en la guerra y tenían muchas
fuerzas en su tierra, que habia placido a Nuestro Señor que había salido de
paz; y que aunque no había llegado a las otras provincias, que tenía por muy
cierto que todos los naturales dellas se le vernían a dar por vasallos de
Vuestra Majestad. Y dende a quince días hobe cartas suyas por las cuales me
fizo saber cómo había pasado más adelante y que toda aquella tierra estaba
ya de paz, y que le parescía que para la tener segura era bien poblar en lo
más a propósito della, como mucho antes lo habíamos puesto en plática, y que
viese lo que cerca dello debía hacer. Yo le escrebí agradeciéndole mucho lo
que había trabajado en aquella su jornada en servicio de Vuestra Majestad, y
le hice saber que me parescía muy bien lo que decía acerca del poblar. E
inviéle a decir que ficiese una villa de españoles en la provincia de
Tuxtebeque y que le pusiese nombre Medellín, e inviéle su nombramiento de
alcaldes y regidores y otros oficiales, a los cuales todos encargué mirasen
todo lo que conviniese al servicio de Vuestra Majestad y al buen tratamiento
de los naturales. El teniente de la villa de Segura la Frontera se partió
con su gente a la provincia de Guaxaca con mucha gente de guerra de aquella
comarca nuestros amigos, y aunque los naturales de la dicha provincia se
pusieron en resistirle y peleó dos o tres veces con ellos muy reciamente, al
fin se dieron de paz sin rescebir ningúnd daño. Y de todo me escribió
particularmente y me informó cómo la tierra era muy buena y rica de minas, y
me invió una singular muestra de oro dellas que tambien invío a Vuestra
Majestad. Y él se quedó en la dicha provincia para hacer de allí lo que le
inviase a mandar. Habiendo dado orden en el despacho destas dos conquistas y
sabiendo el buen susceso dellas, y viendo como yo tenia ya pobladas tres
villas de españoles y que conmigo estaban copia dellos en esta cibdad de
Cuyoacan, habiendo platicado en qué parte haríamos otra población alderredor
de las lagunas - porque désta había más nescesidad para la seguridad y
sosiego de todas estas partes - y ansimesmo viendo que la cibdad de
Temixtitán que era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre
se ha fecho, paresciónos que en ella era bien poblar, porque estaba toda
destruida. Y yo repartí los solares a los que se asentaron por vecinos, y
fízose nombramiento de alcaldes y regidores en nombre de Vuestra Majestad
segúnd en sus reinos se acostumbra. Y entretanto que las casas se hacen
acordamos de estar y residir en esta cibdad de Cuyocan, donde al presente
estamos de cuatro o cinco meses acá que la dicha cibdad de Temixtitán se va
reparando. Está muy hermosa, y crea Vuestra Majestad que cada día se irá
ennobleciendo en tal manera que como antes fue prencipal y señora destas
provincias todas, que lo será también de aquí adelante. Y se hace y hará de
tal manera que los españoles estén muy fuertes y seguros y muy señores de
los naturales, de manera que dellos en ninguna forma puedan ser ofendidos.
En este comedio el señor de la provincia de Tecoantepeque, que es junto a la
mar del Sur y por donde la descu brieron los dos españoles, me invió ciertos
prencipales y con ellos se invió a ofrescer por vasallo de Vuestra Majestad,
y me invió un presente de ciertas joyas y piezas de oro y plumajes, lo cual
todo se entregó al tesorero de Vuestra Majestad. Y yo les agradescí a
aquellos mensajeros lo que de parte de su señor me dijeron y les dí ciertas
cosas que le llevasen, y se volvieron muy alegres. Ansimismo vienieron a
esta sazón los dos españoles que habían ido a la provincia de Mechuacan, por
donde los mensajeros que el señor de allí me había inviado me habían dicho
que también por aquella parte se podía ir a la mar del Sur, salvo que había
de ser por tierra de un señor que era su enemigo. Y con los dos españoles
vino un hermano del señor de Mechuacan, y con él otros prencipales y
servidores que pasaban de mill personas, a los cuales yo rescebí
mostrándoles mucho amor. Y de parte del señor de la dicha provincia, que se
dice Calcucin, me dieron para Vuestra Majestad un presente de rodelas de
plata que pesaron tantos marcos y otras cosas muchas que se entregaron al
tesorero de Vuestra Majestad. Y porque viesen nuestra manera y lo contasen
allá a su señor, hice salir a todos los de caballo a una plaza y delante
dellos corrieron y escaramuzaron. Y la gente de pie salió en ordenanza, y
los escopeteros soltaron las escopetas y con la artillería fice tirar a una
torre, y quedaron muy espantados de ver lo que en ella se hizo y de ver
correr los caballos. E hícelos llevar a ver la destruición y asolamiento de
la cibdad de Temixtitan, que de la ver y de ver su fuerza y fortaleza por
estar en el agua quedaron muy espantados. Y a cabo de cuatro o cinco días,
dándoles muchas cosas para su señor de las que ellos tienen en estima y para
ellos, se partieron muy alegres y contentos. Antes de agora he fecho
relación a Vuestra Majestad del río de Pánuco, que es la costa abajo de la
villa de la Vera Cruz cincuenta o sesenta leguas, al cual los navíos de
Francisco de Garay habían ido dos o tres veces y aun rescebido harto daño de
los naturales del dicho río por la poca manera que se habían dado los
capitanes que allí había inviado en la contratación que habían querído tener
con los indios. Y después yo, viendo que en toda la costa de la Mar del
Norte hay falta de puertos y ninguno hay tal como aquél del río, y también
porque aquellos naturales dél habían venido de antes a mí por se ofrescer
por vasallos de Vuestra Majestad y agora han hecho y facen guerra a los
vasallos de Vuestra Majestad nuestros amigos, tenía acordado de inviar allá
un capitán con cierta gente y pacificar toda aquella provincia, y si fuese
tierra tal para poblar, hacer allí en el río una villa, porque todo lo de
aquella comarca se aseguraría. Y aunque éramos pocos y derramados en tres o
cuatro partes y tenía por esta cabsa alguna contradición para no sacar más
gente de aquí, empero, así por socorrer a nuestros amigos como porque
después que se había ganado la cibdad de Temixtitán habían venido navíos y
habían traido alguna gente y caballos, fice adreszar veinte y cinco de
caballo y ciento y cincuenta peones y un capitán con ellos para que fuesen
al dicho río. Y estando despachando a este capitán, me escribieron de la
villa de la Vera Cruz cómo allí al puerto della había llegado un navío y que
en él venía Crístóbal de Tapia, veedor de las fundiciones de la isla
Española, del cual otro día siguiente rescebí una carta por la cual me hacía
saber que su venida a esta tierra era para tener la gobernación della por
mandado de Vuestra Majestad, y que dello traía sus provisiones reales, de
las cuales en ninguna parte quería facer presentación fasta que nos
viésemos, lo cual quisiera que fuera luego, pero que como traía las bestias
fatigadas de la mar no se había metido en camino; y que me rogaba que
diésemos orden cómo nos viésemos, o él veniendo acá o yo yendo allá a la
costa de la mar. Y como rescebí su carta, luego respondí a ella diciéndole
que holgaba mucho con su venida, y que no pudiera venir persona proveída por
mandado de Vuestra Majestad a tener la gobernación destas partes de quien
más contentamiento tuviera, así por el conoscimiento que entre nosotros
había como por la crianza y vecindad que en la isla Española habíamos
tenido. Y porque la pacificación destas partes no estaba aún tan soldada
como convenía y de cualquiera novedad se daría ocasión de alterar a los
naturales, y como el padre fray Pedro Melgarejo de Urrea, comisario de la
cruzada, se había hallado en todos nuestros trabajos y sabía muy bien en qué
estado estaban las cosas de acá y de su venida Vuestra Majestad había sido
muy servido y nosotros aprovechados de su dotrina y consejos, yo le rogué
con mucha instancia que tomase trabajo de se ver con el dicho Tapia y viese
las provisiones de Vuestra Majestad; y pues él mejor que nadie sabía lo que
convenía a su real servicio y al bien de aquestas partes, que él diese orden
con el dicho Tapia en lo que más convenía, pues tenía concepto de mí que no
excedería un punto dello, lo cual yo le rogué en presencia del tesorero de
Vuestra Majestad y él ansimesmo se lo encargó mucho. Y él se partió para la
villa de la Vera Cruz donde el dicho Tapia estaba, y para que en la villa o
por donde viniese el dicho veedor se le ficiese todo buen servicio y
acogimiento, despaché al dicho padre y a dos o tres personas de bien de los
de mi compañía. Y como aquellas personas se partieron, yo quedé esperando su
respuesta y en tanto que adreszaba mi partida dando orden en algunas cosas
que convenían al servicio de Vuestra Majestad y a la pacificación y sosiego
destas partes. Dende a diez o doce días la justicia y regimiento de la villa
de la Vera Cruz me escribieron cómo el dicho Tapia había fecho presentación
de las provisiones que traía de Vuestra Majestad y de sus gobernadores en su
real nombre y que las habían obedescido con toda la reverencia que se
requería; y que en cuanto al cumplimiento, habían respondido que porque los
más del regimiento estaban acá conmigo que se habían hallado en el cerco de
la cibdad, ellos se lo harían saber, y todos harían y cumplirían lo que
fuese más servicio de Vuestra Majestad y bien de la tierra; y que desta su
respuesta el dicho Tapia había rescebido algúnd desabrimiento y aun había
tentado algunas cosas escandalosas. Y comoquiera que a mí me pesaba dello,
les respondí que les rogaba y encargaba mucho que mirando prencipalmente el
servicio de Vuestra Majestad, trabajasen de contentar al dicho Tapia y no
dar ninguna ocasión a que hobiese ningúnd bollicio; y que yo estaba de
camino para me ver con él y cumplir lo que Vuestra Majestad mandaba y más su
servicio fuese. Y estando ya de camino, y empidida la ida del capitán y
gente que inviaba al río de Pánuco, porque convenía que yo salido de aquí
quedase muy buen recabdo, los procu radores de los concejos desta Nueva
España me requirieron con muchas protestaciones que no saliese de aquí,
porque como toda esta provincia de México y Temixtitán había poco que se
había pacificado con mi ausencia se alborotaría, de que se podía seguir
mucho deservicio a Vuestra Majestad y desasosiego en la tierra. Y dieron en
el dicho su requirimiento otras muchas causas y razones por donde no
convenía que yo saliese desta cibdad al presente, y dijéronme que ellos con
poder de los concejos irían a la villa de la Vera Cruz, donde el dicho Tapia
estaba, y verían las provisiones de Vuestra Majestad y harían todo lo que
fuese su real servicio. Y porque nos paresció ser ansí nescesario y los
dichos procuradores se partían, escrebí con ellos al dicho Tapia faciéndole
saber lo que pasaba, y que yo inviaba mi poder a Gonçalo de Sandoval,
alguacil mayor, y a Diego de Soto y a Diego de Valdenebro, que estaban allá
en la villa de la Veracruz, para que en mi nombre juntamente con el cabildo
della y con los procuradores de los otros cabildos viesen y ficiesen lo que
fuese servicio de Vuestra Majestad y bien de la tierra, porque erán y son
personas que ansí lo habían de cumplir. Allegados donde el dicho Tapia
estaba, que venía ya de camino y el padre fray Pedro se venía con él,
requiríéronle que se volviese, y todos juntos se volvieron a la cibdad de
Cempoal. Y allí el dicho Crístóbal de Tapia presentó las provisiones de
Vuestra Majestad, las cuales todos obedescieron con el acatamiento que a
Vuestra Majestad se debe, y en cuanto al cumplimiento dellas dijeron que
suplicaban para ante Vuestra Majestad, porque así convenía a su real
servicio por las causas y razones contenidas en la suplicación que hicieron,
segúnd que más largamente pasó y los procuradores que van desta Nueva España
lo llevan signado de escribano público. Y después de haber pasado otros
abtos y requirimientos entre el dicho veedor y procuradores, se embarcó en
un navío suyo porque ansí le fue requerido, porque de su estada y haber
publicado que él venía por gobernador y capitán destas partes se
alborotaban, y tenían éstos de México y Temixtitán ordenado con los
naturales destas partes de se alzar y hacer una grand traición que, a salir
con ella, hobiera sido peor que la pasada. Y fue que ciertos indios de aquí
de Mexico concertaron con algunos de los naturales de aquellas provincias
que el alguacil mayor había ido a pacificar, que viniesen a mí a mucha
priesa y me dijesen cómo por la costa andaban veinte navíos con mucha gente,
y que no salían a tierra; y que porque no debía ser buena gente, si yo
queria ir allá y ver lo que era, que ellos se adreszarían e irían de guerra
conmigo a me ayuday. Y para que los creyese trujéronme la figura de los
navíos en un papel. Y como secretamente me hicieron saber esto luego conoscí
su intención y que era maldad. Y rodeado para verme fuera desta provincia,
porque como algunos de los prencipales della habían sabido que los días
antes yo estaba de partida y vieron que me estaba quedo, habían buscado esta
otra manera. Y yo desimulé con ellos y después prendí a algunos que lo
habían ordenado, de manera que la venida del dicho Tapia y no tener
espiriencia de la tierra y gente della causó harto bullicio, y su estada
ficiera mucho daño si Dios no lo hobiera remediado. Más servicio hobiera
fecho a Vuestra Majestad, estando en la isla Española, dejar su venida y
consultarla primero a Vuestra Majestad y facerle saber el estado en que
estaban las cosas destas partes, pues lo había sabido de los navíos que yo
había inviado a la dicha isla por socorro y sabía claramente haberse
remediado el escándalo que se esperaba haber con la venida de la armada de
Pánfilo de Narváez, aquél que prencipalmente por los gobernadores y Consejo
Real de Vuestra Majestad había sido proveído; mayormente que por el
almirante y jueces y oficiales de Vuestra Majestad que residen en la dicha
isla Española el dicho Tapia había sido requerido muchas veces que no curase
de pasar a estas partes sin que primeramente Vuestra Majestad fuese
informado de todo lo que en ella ha suscedido, y para ello le sobreseyeron
su venida so ciertas penas, el cual, con formas que con ellos tuvo, mirando
más su particular intere se que a lo que al servicio de Vuestra Majestad
convenía, trabajó que se le alzase el sobreseimiento de su venida. He fecho
relación de todo ello a Vuestra Majestad porque cuando el dicho Tapia se
partió los procuradores y yo no la fecimos porque él no fuera buen portador
de nuestras cartas, y también porque Vuestra Majestad vea y crea que en no
rescebir al dicho Tapia Vuestra Majestad fue muy servido, segúnd que más
largamente se probará cada y cuando fuere nescesario. En un capítulo antes
déste he fecho saber a Vuestra Majestad cómo el capitán que yo había inviado
a conquistar la provincia de Guaxaca la tenía pacífica y estaba esperando
allí para ver lo que le mandaba. Y porque de su persona había nescesidad y
era alcalde y teniente en la villa de Segura la Frontera, le escribí que los
ochenta hombres y diez de caballo que tenía los diese a Pedro de Alvarado,
al cual inviaba a conquistar la provincia de Tatutepeque, que es cuarenta
leguas adelante de la de Guaxaca junto a la Mar del Sur, y hacían mucho daño
y guerra a los que se habían dado por vasallos de Vuestra Majestad y a los
de la provincia de Tecoatepeque porque nos habían dejado por su tierra
entrar a descobrir la Mar del Sur. Y el dicho Pedro de Alvarado se partió
desta cibdad al último de enero deste presente año, y con la gente que de
aquí llevó y con la que rescibió en la provincia de Guaxaca juntó cuarenta
de caballo y ducientos peones en que había cuarenta ballesteros y
escopeteros y dos tiros pequeños de campo. Y dende a veinte días rescebí
cartas del dicho Pedro de Alvarado cómo estaba de camino para la dicha
provincia de Tatutepeque, y que me hacía saber que había tomado ciertas
espías naturales della, y habiéndose informado dellas le habían dicho que el
señor de Tatutepeque con su gente le estaba esperando en el campo; y que él
iba con propósito de hacer en aquel camino toda su posibilidad por pacificar
aquella provincia, y porque para ello, demás de los españoles, llevaba mucha
y buena gente de guerra. Y estando con mucho deseo esperando la suscesión de
aqueste negocio, a cuatro de marzo deste mesmo año rescebí cartas del dicho
Pedro de Alvarado en que me fizo saber cómo él había entrado en la
provincia, y que tres o cuatro poblaciones della se habían puesto en
resistirle pero que no habían perseverado en ello; y que había entrado en la
población y cibdad de Tatutepeque y habían sido bien rescebidos a lo que
habían mostrado, y que el señor, que le había dicho que se aposentase allí
en unas casas grandes suyas que tenían la cobertura de paja; y que porque
eran en lugar algo no provechoso para los de caballo no habían querido sino
abajarse a otra parte de la cibdad que era más llano, y que también lo había
fecho porque luego entonces había sabido que le ordenaban de matar a él y a
todos desta manera: que como todos los españoles estuviesen aposentados en
las casas, que eran muy grandes, a media noche les pusiesen fuego y los
quemasen a todos; y como Dios le había descubierto este negocio había
desimulado y llevado consigo a lo bajo al señor de la provincia y un fijo
suyo, y que los había detenido y tenía en su poder como presos, y le habían
dado veinte y cinco mill castellanos; y que creía que segúnd los vasallos de
aquel señor le decían, que tenían mucho tesoro, y que toda la provincia
estaba tan pacífica que no podía ser más, y que tenían sus mercados y
contratación como de antes, y que la tierra era muy rica de oro de minas y
que en su presencia le habían sacado una muestra, la cual me invió; y que
tres días antes había estado en la mar y tomado la posesión della por
Vuestra Majestad, y que en su presencia habían sacado una muestra de perlas
que tambien me invió, las cuales con la muestra del oro de minas invío a
Vuestra Majestad. Como Dios Nuestro Señor encaminaba bien esta negociación e
iba cumpliendo el deseo que yo tengo de servir a Vuestra Majestad en esto de
la Mar del Sur, por ser cosa de tanta importancia, he proveído con mucha
deligencia que en la una de tres partes por do yo he descubierto la mar se
hagan dos carabelas medianas y dos bergantines, las carabelas para descobrir
y los bergantines para seguir la costa. Y para ello he inviado con una
persona de recabdo bien cuarenta españoles, en que van maestros y
carpinteros de ribera y aserradores y herreros y hombres de la mar. Y he
proveído a la villa por clavazón y velas y otros aparejos nescesarios para
los dichos navíos, y se dará toda la priesa que sea posible para los acabar
y echar al agua, lo cual fecho, crea Vuestra Majestad que será la mayor cosa
y de que más servicio redundará a Vuestra Majestad después que las Indias se
han descubierto. Estando en la cibdad de Tesuico antes que de allí saliese a
poner cerco a la de Temixtitán, adreszándonos y forneciéndonos de lo
nescesario para el dicho cerco, bien descuidados de lo que por ciertas
personas se ordenaba, vino a mí una de aquéllas que eran en el concierto y
fízome saber cómo ciertos amigos de Diego Velázquez que estaban en mi
compañia me tenían ordenada traición para me matar, y que entre ellos había
y tenían elegido capitán y alcalde mayor y alguacil y otros oficiales; y que
en todo caso lo remediase, pues veía que demás del escándalo que se siguiría
por lo de mi persona, estaba claro que ningúnd español escaparía viéndonos
revueltos a los unos y a los otros, y que para esto no solamente hallaríamos
a los enemigos apercebidos, pero aun a los que teníamos por amigos
trabajarían de nos acabar a todos. Y como yo vi que se me había revelado tan
grand traición, di gracias a Nuestro Señor porque en aquello consestía el
remedio, y luego fice prender al uno que era el prencipal agresor, el cual
espontáneamente confesó que él había ordenado y concertado con muchas
personas que en su confesión declaró de me prender o matar y tomar la
gobernación de la tierra por Diego Velázquez; y que era verdad que tenía
ordenado de hacer capitán y alcalde mayor y que él había de ser alguacil
mayor y me había de prender o matar, y que en esto eran muchas personas que
él tenía puestas en una copia, la cual se halló en su posada aunque hecha
pedazos, con algunas de las dichas personas que declaró él había platicado
lo susodicho; y que no solamente esto se había ordenado allí en Tesuico,
pero que también lo había comunicado y puesto en plática estando en la
guerra de la provincia de Tepeaca. Y vista la confesión déste, el cual se
decía Antonio de Villafañe, que era natural de Zamora, y como se certificó
en ella, un alcalde y yo le condenamos a muerte, la cual se ejecutó en su
persona. Y caso que en este delito hallamos otros muy culpados, desimulé con
ellos haciéndoles obras de amigos, porque por ser el caso mío - aunque más
propiamente se puede decir de Vuestra Majestad - no he querido proceder
contra ellos rigurosamente. La cual disimulación no ha fecho mucho provecho,
porque después acá algunos desta parcialidad de Diego Velázquez han buscado
contra mí muchas acechanzas y de secreto hecho muchos bullicios y escándalos
en que me ha convenido tener más aviso de me guardar dellos que de nuestros
enemigos, pero Dios Nuestro Señor lo ha siempre guiado en tal manera que sin
facer en aquéllos castigo ha habido y hay toda pacificación y tranquilidad.
Y si de aquí adelante sintiere otra cosa, castigar se ha conforme a
justicia. Después que se tomó la cibdad de Temixtitán, estando en ésta de
Cuyoacan fallesció Don Fernando, señor de Tesuico, de que a todos nos pesó
porque era muy buen vasallo de Vuestra Majestad y muy amigo de los
cristianos. Y con parescer de los señores y prencipales de aquella cibdad y
su provincia, en nombre de Vuestra Majestad se dio el señorío a otro hermano
suyo menor, el cual se bautizó y se le puso nombre Don Carlos. Y segúnd dél
fasta agora se conosce, lleva las pasadas de su hermano y aplácele mucho
nuestro hábito y conversación. En la otra relación hice saber a Vuestra
Majestad cómo cerca de las provincias de Tascaltecal y Guaxocingo habia una
sierra redonda y muy alta, de la cual salía casi a la contina mucho humo que
iba como una saeta derecho hacia arriba. Y porque los indios nos daban a
entender que era cosa muy mala y que morían los que allí subían, yo hice a
ciertos españoles que subiesen y viesen de la manera que la sierra estaba
arriba. Y a la sazón que subieron salió aquel humo con tanto roído que ni
pudieron ni osaron llegar a la boca. Y después acá yo hice ir allá otros
españoles, y subieron dos veces hasta llegar a la boca de la sierra do sale
aquel humo, y había de la una parte de la boca a la otra dos tiros de
ballesta porque hay en torno casi tres cuartas de legua, y tiene tan grand
hondura que no pudieron ver el cabo. Y allí alderredor hallaron algúnd
azufre de lo que el humo espele. Y estando una vez allá oyeron el ruido
grande que traía el humo y ellos dieron priesa a bajar, pero antes que
llegasen al medio de la sierra ya venían rodando infinitas piedras, de que
se vieron en harto peligro. Y los indios nos tuvieron a muy grand cosa osar
ir adonde fueron los españoles, Por una carta hice saber a Vuestra Majestad
cómo los naturales destas partes eran de mucha más capacidad que no los de
las otras islas; que nos parescían de tanto entendimiento y razón cuanto a
uno medianamente basta para ser capaz, y que a esta cabsa me parescía cosa
grave por entonces compelerse a que sirviesen a los españoles de la manera
que los de las otras islas; y que también, cesando aquesto, los
conquistadores y pobladores destas partes no se podían sustentar, y que para
no costreñir por estonces a los indios y que los españoles se remediasen, me
parescía que Vuestra Majestad debía mandar que de las rentas que acá
pertenescían a Vuestra Majestad fuesen socorridos para su gasto y
sustentación, y que sobre ello Vuestra Majestad mandase proveer lo que fuese
más servido, segúnd que de todo más largamente fice a Vuestra Majestad
relación, y después acá, vistos los muchos y continos gastos de Vuestra
Majestad y que antes debíamos por todas vías acrecentar sus rentas que dar
cabsa a las gastar, y visto también el mucho tiempo que habemos andado en
las guerras y las nescesidades y debdas en que a cabsa della todos estábamos
puestos y la dilación que había en lo que en aqueste caso Vuestra Majestad
podía mandar, y sobretodo la mucha importunación de los oficiales de Vuestra
Majestad y de todos los españoles y que en ninguna manera me podía escusar,
fueme casi forzado depositar los señores y naturales destas partes a los
españoles, y considerando en ello las personas y los servicios que en estas
partes a Vuestra Majestad han hecho, para que en tanto que otra cosa mande
proveer o confirmar esto, los dichos señores y naturales sirvan y den a cada
español a quien estovieren depositados lo que hobiere menester para su
sustentación. Y esta forma fue con parescer de personas que tenían y tienen
mucha intiligencia y esperiencia de la tierra, y no se pudo ni puede tener
otra cosa que sea mejor que convenga más así para la sustentación de los
españoles como para conservación y buen tratamiento de los indios, según que
de todo harán más larga relación a Vuestra Majestad los procuradores que
agora van desta Nueva España. Para las faciendas y granjerías de Vuestra
Majestad se señalaron las provincias y cibdades mejores y más convinientes.
Suplico a Vuestra Majestad lo mande proveer y responder lo que más fuere
servido. Muy Católico Señor, Dios Nuestro Señor la vida y muy real persona y
muy poderoso estado de Vuestra Cesárea Majestad conserve y aumente con
acrecestamiento de muy mayores reinos y señoríos como su real corazón desea.
De la cibdad de Cuyoacan desta su Nueva España del Mar Océano, a 15 días de
mayo de 1522 años. Potentísimo Señor, de Vuestra Cesárea Majestad muy su
humill servidor y vasallo que los muy reales pies y manos de Vuestra
Majestad besa. - Hernando Cortés Potentísimo Señor: A Vuestra Cesárea
Majestad hace relación Fernando Cortés, su Capitán y Justicia Mayor en esta
Nueva España del Mar Océano, según Vuestra Majestad podrá mandar ver y
porque los oficiales de Vuestra Católica Majestad somos obligados a le dar
cuenta del susceso y estado de las cosas destas partes, y en esta escritura
va muy particularmente declarado y aquello es la verdad, y lo que nosotros
podríamos escrebir no hay nescesidad de más nos alargar, sino remitimos a la
relación del dicho capitán. Invitísimo y Muy Católico Señor, Dios Nuestro
Señor la vida y muy real persona y potentísimo estado de Vuestra Majestad
conserve y aumente con acrecentamiento de muchos más reinos y señoríos como
su real corazón desea. De la cibdad de Cuyoacan, a 15 de mayo de 1522 años.
Potentísimo Señor, de Vuestra Cesárea Majestad muy humiles siervos y
vasallos que los muy reales pies y manos de Vuestra Majestad besan. - Julián
Alderete - Alonso de Grados - Bernaldino Vázquez de Tapia. La presente carta
de relación fue impresa en la muy noble y muy leal cibdad de Sevilla por
Jacobo Cromberger Alemán, y acabóse a treinta días de marzo, año de 1523.
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