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XXXIII

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     Don Paco, después de vagar en la soledad por espacio de dos días y después de tantas penas, emociones y lances, anheló para desahogo confiarse por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y desinteresado amigo, primero de Juanita y de él más tarde?

 

     La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don Paco.

 

     Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo. No le dio ninguna comisión ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benévola usurpación de atribuciones y de empleo, se declaró él mismo y se nombró embajador, se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar, y le refirió con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus celos, su desesperación, sus propósitos de suicidio o de extrañamiento perpetuo, y por último el combate de la casilla, el delito de Antoñuelo, los golpes que éste había recibido y su vuelta y la de don

Paco a Villalegre.

 

     Contó también que el tendero murciano, y su mujer con más impaciente furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Antoñuelo y sin enviarle a presidio, si no se les devolvían en el término de tres días los ocho mil reales que no habían recobrado y que el cómplice de Antoñuelo se había llevado consigo.

 

     Según informes adquiridos y comunicados por don Paco, Antoñuelo por nada del mundo diría el nombre y la condición del forastero que había cometido con él el delito. Por otra parte, aunque Antoñuelo le delatase, de nada valdría esto para recobrar los ocho mil reales por medio de la justicia, sin envolver en el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle.

 

     El afecto profundo y extraño, como de madre o como de hermana, que Juanita había sentido por Antoñuelo toda su vida, renació entonces con vehemencia en su corazón, olvidándose de los groseros agravios con que la había ofendido aquel mozo.

 

     Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto, y evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuese menester buscar los ocho mil reales en el mismo infierno.

 

     A esta penible agitación de Juanita se contraponía en su alma otra agitación dulcísima, otro sentir, en vez de penible, delicioso y beatificante, que aumentaba y enardecía su amor al saberle tan bien pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto, que la conducta criminal de Antoñuelo y sus consecuencias le causaban, Juanita se juzgó venturosa, y sin duda lo era.

 

     Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante de espera, el desengañar a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente y el convencerle de que ella le amaba.

 

     Ya don Pascual en su largo coloquio con don Paco, había hecho esfuerzos para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella y cuán virtuosa y honrada había sido siempre en medio de la completa libertad en que había vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado. Su madre había tenido que ir a las casas a donde la llamaban a trabajar, dejando a Juanita, o con una criada o completamente sola cuando ni criada tenía. Juanita, además, sin que nadie la acompañase ni mirase por ella, había pasado de la niñez a la mocedad en medio de las calles y

en trato y conversación con toda clase de personas. Nadie, sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía hacerse respetar, y ni las personas más maldicientes habían formulado nunca contra ella una acusación fundada que pudiera en lo más mínimo deslustrar su decoro.

 

     Lo que don Paco había visto, lo que había causado su enojo y su desesperación, no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado atrevimiento de don Andrés, quien si algo logró por sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.

 

     Don Paco sostenía además que Juanita no había provocado la audaz acometida de don Andrés, a la que daba por única causa el engreimiento del cacique y su convicción de que todo había de rendirse a su voluntad y ser propicio a su deseo.

 

     No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de escuela, procuró que terminase la visita y que éste se fuese.

 

     Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tomó el pañolón, se le echó de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de don Paco escapada.

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Juanita La Larga | Pepita Jiménez | El Hechicero | Las Gafas | Quien no te conozca, que te compre | El caballero del Azor | El último pecado | El maestro Raimundico | El cautivo de doña Mencía


 


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