Juan Valera
Pepita Jiménez
Nescit labi virtus.
El señor Deán de la catedral
de..., muerto pocos años ha, dejó entre sus papeles un legajo, que,
rodando de unas manos en otras, ha venido a dar en las mías, sin que, por
extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos de que
constaba. El rótulo del legajo es la sentencia latina que me sirve de
epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy por título ahora; y tal vez
este rótulo haya contribuido a que los papeles se conserven, pues
creyéndolos cosa de sermón o de teología, nadie se movió antes que yo a
desatar el balduque ni a leer una sola página.
Contiene el legajo tres partes.
La primera dice: Cartas de mi Sobrino; la segunda,
Paralipómenos; y la tercera, Epílogo.-Cartas de mi
hermano.
Todo ello está escrito de una
misma letra, que se puede inferir fuese la del señor Deán. Y como el
conjunto forma algo a modo de novela, si bien con poco o ningún enredo, yo
imaginé en un principio que tal vez el señor Deán quiso ejercitar su
ingenio componiéndola en algunos ratos de ocio; pero, mirado el asunto con
más detención y, notando la natural sencillez del estilo, me inclino a
creer ahora que no hay tal novela, sino que las cartas son copia de
verdaderas cartas, que el señor Deán rasgó, quemó o devolvió a sus dueños,
y que la parte narrativa, designada con el título bíblico de
Paralipómenos, es la sola obra del señor Deán, a fin de completar el
cuadro con sucesos que las cartas no refieren.
De cualquier modo que sea,
confieso que no me ha cansado, antes bien me ha interesado casi la lectura
de estos papeles; y como en el día se publica todo, he decidido
publicarlos también, sin más averiguaciones, mudando sólo los nombres
propios, para que, si viven los que con ellos se designan, no se vean en
novela sin quererlo ni permitirlo.
Las cartas que la primera parte
contiene parecen escritas por un joven de pocos años, con algún
conocimiento teórico, pero con ninguna práctica de las cosas del mundo,
educado al lado del señor Deán, su tío, y en el Seminario, y con gran
fervor religioso y empeño decidido de ser sacerdote.
A este joven llamaremos don Luis
de Vargas.
El mencionado manuscrito,
fielmente trasladado a la estampa, es como sigue.
I
Cartas de mi sobrino
22 de marzo
Querido tío y venerado maestro:
Hace cuatro días que llegué con toda felicidad a este lugar de mi
nacimiento, donde he hallado bien de salud a mi padre, al señor vicario y
a los amigos y parientes. El contento de verlos y de hablar con ellos,
después de tantos años de ausencia, me ha embargado el ánimo y me ha
robado el tiempo, de suerte que hasta ahora no he podido escribir a usted.
Usted me lo perdonará.
Como salí de aquí tan niño y he
vuelto hecho un hombre, es singular la impresión que me causan todos estos
objetos que guardaba en la memoria. Todo me parece más chico, mucho más
chico; pero también más bonito que el recuerdo que tenía. La casa de mi
padre, que en mi imaginación era inmensa, es sin duda una gran casa de un
rico labrador; pero más pequeña que el Seminario. Lo que ahora comprendo y
estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo, son
deliciosas. ¡Qué sendas tan lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a
ambos, corre el agua cristalina con grato murmullo. Las orillas de las
acequias están cubiertas de hierbas olorosas y de flores de mil clases. En
un instante puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas
sendas pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman
los vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.
Es portentosa la multitud de
pajarillos que alegran estos campos y alamedas.
Yo estoy encantado con las
huertas, y todas las tardes me paseo por ellas un par de horas.
Mi padre quiere llevarme a ver
sus olivares, sus viñas, sus cortijos; pero nada de esto hemos visto aún.
No he salido del lugar y de las amenas huertas que le circundan.
Es verdad que no me dejan parar
con tanta visita.
Hasta cinco mujeres han venido a
verme, que todas han sido mis amas y me han abrazado y besado.
Todos me llaman Luisito o el niño
de don Pedro, aunque tengo ya veintidós años cumplidos. Todos preguntan a
mi padre por el niño cuando no estoy presente.
Se me figura que son inútiles los
libros que he traído para leer, pues ni un instante me dejan solo.
La dignidad de cacique, que yo
creía cosa de broma, es cosa harto seria. Mi padre es el cacique del
lugar.
Apenas hay aquí, quien acierte a
comprender lo que llaman mi manía de hacerme clérigo, y esta buena gente
me dice, con un candor selvático, que debo ahorcar los hábitos, que el ser
clérigo está bien para los pobretones; pero que yo, soy un rico heredero,
debo casarme y consolar la vejez de mi padre, dándole media docena de
hermosos y robustos nietos.
Para adularme y adular a mi
padre, dicen hombres y mujeres que soy un real mozo, muy salado, que tengo
mucho ángel, que mis ojos son muy pícaros y otras sandeces que me afligen,
disgustan y avergüenzan, a pesar de que no soy tímido y conozco las
miserias y locuras de esta vida, para no escandalizarme ni asustarme de
nada.
El único defecto que hallan en mí
es el de que estoy muy delgadito a fuerza de estudiar. Para que engorde se
proponen no dejarme estudiar ni leer un papel mientras aquí permanezca, y
además hacerme comer cuantos primores de cocina y de repostería se
confeccionan en el lugar. Está visto: quieren cebarme. No hay familia
conocida que no me haya enviado algún obsequio. Ya me envían una torta de
bizcocho, ya un cuajado, ya una pirámide de piñonate, ya un tarro de
almíbar.
Los obsequios que me hacen no son
sólo estos presentes enviados a casa, sino que también me han convidado a
comer tres o cuatro personas de las más importantes del lugar.
Mañana como en casa de la famosa
Pepita Jiménez, de quien, usted habrá oído hablar, sin duda alguna. Nadie
ignora aquí que mi padre la pretende.
Mi padre, a pesar de sus
cincuenta y cinco años, está tan bien, que puede poner envidia a los más
gallardos mozos del lugar. Tiene además el atractivo poderoso,
irresistible para algunas mujeres, de sus pasadas conquistas, de su
celebridad, de haber sido una especie de don Juan Tenorio.
No conozco aún a Pepita Jiménez.
Todos dicen que es muy linda. Yo sospecho que será una beldad lugareña y
algo rústica. Por lo que de ella se cuenta, no acierto a decidir si es
buena o mala moralmente; pero sí que es de gran despejo natural. Pepita
tendrá veinte años; es viuda; sólo tres años estuvo casada. Era hija de
doña Francisca Gálvez, viuda como usted sabe, de un capitán retirado
Que le dejó a su muerte
Sólo su honrosa espada por herencia,
según dice el poeta. Hasta la edad de
diez y seis años vivió Pepita con su madre en la mayor estrechez, casi en
la miseria.
Tenía un tío llamado don
Gumersindo, poseedor de un mezquinísimo mayorazgo, de aquellos que en
tiempos antiguos una vanidad absurda fundaba. Cualquier persona regular
hubiera vivido con las rentas de este mayorazgo en continuos apuros, llena
tal vez de trampas y sin acertar a darse el lustre y decoro propios de su
clase; pero don Gumersindo era un ser extraordinario: el genio de la
economía. No se podía decir que crease riqueza; pero tenía una
extraordinaria facultad de absorción con respecto a la de los otros, y en
punto a consumirla, será difícil hallar sobre la tierra persona alguna en
cuyo mantenimiento, conservación y bienestar hayan tenido menos que
afanarse la madre naturaleza y la industria humana. No se sabe cómo vivió;
pero el caso es que vivió hasta la edad de ochenta años, ahorrando sus
rentas íntegras y haciendo crecer su capital por medio de préstamos muy
sobre seguro. Nadie por aquí le critica de usurero, antes bien le
califican de caritativo, porque siendo moderado en todo, hasta en la usura
lo era, y no solía llevar más de un diez por ciento al año, mientras que
en toda esta comarca llevan un veinte y hasta un treinta por ciento y aún
parece poco.
Con este arreglo, con esta
industria y con el ánimo consagrado siempre a aumentar y a no disminuir
sus bienes, sin permitirse el lujo de casarse, ni de tener hijos, ni de
fumar siquiera, llegó don Gumersindo a la edad que he dicho, siendo
poseedor de un capital importante sin duda en cualquier punto y aquí
considerado enorme, merced a la pobreza de estos lugareños y a la natural
exageración andaluza.
Don Gumersindo, muy aseado y
cuidadoso de su persona, era un viejo que no inspiraba repugnancia.
Las prendas de su sencillo
vestuario estaban algo raídas, pero sin una mancha y saltando de limpias,
aunque de tiempo inmemorial se le conocía la misma capa, el mismo
chaquetón y los mismos pantalones y chaleco. A veces se interrogaban en
balde las gentes unas a otras a ver si alguien le había visto estrenar una
prenda.
Con todos estos defectos, que
aquí y en Aras partes muchos consideran virtudes, aunque virtudes
exageradas, don Gumersindo tenía excelentes cualidades: era afable,
servicial, compasivo, y se desvivía por complacer y ser útil a todo el
mundo, aunque le costase trabajo, desvelos y fatiga, con tal de que no le
costase un real. Alegre y amigo de chanzas y de burlas, se hallaba en
todas las reuniones y fiestas, cuando no eran a escote, y las regocijaba
con la amenidad de su trato y con su discreta aunque poco ática
conversación. Nunca había tenido inclinación alguna amorosa a una mujer
determinada; pero inocentemente, sin malicia, gustaba de todas, y era el
viejo más amigo de requebrar a las muchachas y que más las hiciese reír
que había en diez leguas a la redonda.
Ya he dicho que era tío de la
Pepita. Cuando frisaba en los ochenta años, iba ella a cumplir los diez y
seis. Él era poderoso; ella pobre y desvalida.
La madre de ella era una mujer
vulgar, de cortas luces y de instintos groseros. Adoraba a su hija, pero
continuamente y con honda amargura se lamentaba de los sacrificios que por
ella hacía, de las privaciones que sufría y de la desconsolada vejez y
triste muerte que iba a tener en medio de tanta pobreza. Tenía, además, un
hijo mayor que Pepita, que había sido gran calavera en el lugar, jugador y
pendenciero, a quien después de muchos disgustos había logrado colocar en
la Habana en un empleíllo de mala muerte, viéndose así libre de él y con
el charco de por medio. Sin embargo, a los pocos años de estar en la
Habana el muchacho, su mala conducta hizo que le dejaran cesante, y
asaetaba a cartas a su madre pidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía
para sí y para Pepita, se desesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su
destino con paciencia poco evangélica, y cifraba toda su esperanza en una
buena colocación para su hija que la sacase de apuros.
En tan angustiosa situación
empezó don Gumersindo a frecuentar la casa de Pepita y de su madre y a
requebrar a Pepita con más ahínco y persistencia que solía requebrar a
otras. Era, con todo, tan inverosímil y tan desatinado el suponer que un
hombre que había pasado ochenta años sin querer casarse pensase en tal
locura cuando ya tenía un pie en el sepulcro, que ni la madre de Pepita,
ni Pepita mucho menos, sospecharon jamás los en verdad atrevidos
pensamientos de don Gumersindo. Así es que un día ambas se quedaron
atónitas y pasmadas cuando, después de varios requiebros, entre burlas y
veras, don Gumersindo soltó con la mayor formalidad y a boca de jarro la
siguiente categórica pregunta:
-Muchacha, ¿quieres casarte
conmigo?
Pepita, aunque la pregunta venía
después de mucha broma y pudiera tomarse por broma y, aunque inexperta de
las cosas del mundo, por cierto instinto adivinatorio que hay en las
mujeres, y sobre todo en las mozas, por cándidas que sean, conoció que
aquello iba por lo serio, se puso colorada como una guinda y no contestó
nada. La madre contestó por ella:
-Niña, no seas malcriada;
contesta a tu tío lo que debes contestar: tío, con mucho gusto; cuando
usted quiera.
Este tío, con mucho gusto;
cuando usted quiera, entonces, y varias veces después dicen que salió
casi mecánicamente de entre los trémulos labios de Pepita, cediendo a las
amonestaciones, a los discursos, a las quejas y hasta al mandato imperioso
de su madre.
Veo que me extiendo demasiado en
hablar a usted de esta Pepita Jiménez y de su historia; pero me interesa,
y supongo que debe interesarle, pues si es cierto lo que aquí aseguran, va
a ser cuñada de usted y madrastra mía. Procuraré, sin embargo, no
detenerme en pormenores, y referir, en resumen, cosas que acaso usted ya
sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí.
Pepita Jiménez se casó con don
Gumersindo. La envidia se desencadenó contra ella en los días que
precedieron a la boda y algunos meses después.
En efecto, el valor moral de este
matrimonio es harto discutible; mas para la muchacha, si se atiende a los
ruegos de su madre, a sus quejas, hasta a su mandato; si se atiende a que
ella creía por este medio proporcionar a su madre una vejez descansada y
libertar a su hermano de la deshonra y de la infamia, siendo su ángel
tutelar y su providencia, fuerza es confesar que merece atenuación la
censura. Por otra parte, ¿cómo penetrar en lo íntimo del corazón, en el
secreto escondido de la mente juvenil de una doncella, criada tal vez con
recogimiento exquisito e ignorante de todo, y saber qué idea podía ella
formarse del matrimonio? Tal vez entendió que casarse con aquel viejo era
consagrar su vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los últimos
años de su vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado sólo de
achaques y asistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por
último, sus postrimerías con el rayo esplendente y suave de su hermosura y
de su juventud, como ángel que toma forma humana. Si algo de esto o todo
esto pensó la muchacha, y en su inocencia no penetró en otros misterios,
salva queda la bondad de lo que hizo.
Como quiera que sea, dejando a un
lado estas investigaciones psicológicas que no tengo derecho a hacer, pues
no conozco a Pepita Jiménez, es lo cierto que ella vivió en santa paz con
el viejo durante tres años; que el viejo parecía más feliz que nunca; que
ella le cuidaba y regalaba con un esmero admirable, y que en su última y
penosa enfermedad le atendió y veló con infatigable y tierno afecto, hasta
que el viejo murió en sus brazos, dejándola heredera de una gran fortuna.
Aunque hace más de dos años que
perdió a su madre, y más de año y medio que enviudó, Pepita lleva aún luto
de viuda. Su compostura, su vivir retirado y su melancolía son tales, que
cualquiera pensaría que llora la muerte del marido como si hubiera sido un
hermoso mancebo. Tal vez alguien presume o sospecha que la soberbia de
Pepita y el conocimiento cierto que tiene hoy de los poco poéticos medios
con que se ha hecho rica, traen su conciencia alterada y más que
escrupulosa; y que, avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres,
busca en la austeridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de
su corazón.
Aquí, como en todas partes, la
gente es muy aficionada al dinero. Y digo mal como en todas partes;
en las ciudades populosas, en los grandes centros de civilización, hay
otras distinciones que se ambicionan tanto o más que el dinero, porque
abren camino y dan crédito y consideración en el mundo; pero en los
pueblos pequeños, donde ni la gloria literaria o científica ni tal vez la
distinción en los modales, ni la elegancia ni la discreción y amenidad en
el trato, suelen estimarse ni comprenderse, no hay otros grados que
marquen la jerarquía social sino el tener más o menos dinero o cosa que lo
valga. Pepita, pues, con dinero y siendo además hermosa, y haciendo, como
dicen todos, buen uso de su riqueza, se ve en el día considerada y
respetada extraordinariamente. De este pueblo y de todos los de las
cercanías han acudido a pretenderla los más brillantes partidos, los mozos
mejor acomodados. Pero, a lo que parece, ella los desdeña a todos con
extremada dulzura, procurando no hacerse ningún enemigo, y se supone que
tiene llena el alma de la más ardiente devoción, y que su constante
pensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de piedad
religiosa.
Mi padre no está más adelantado
ni ha salido mejor librado, según dicen, que los demás pretendientes; pero
Pepita, para cumplir el refrán de que no quita lo cortés a lo valiente, se
esmera en mostrarle la amistad más franca, afectuosa y desinteresada. Se
deshace con él en obsequios y atenciones; y, siempre que mi padre trata de
hablarle de amor, le pone a raya echándole un sermón dulcísimo, trayéndole
a la memoria sus pasadas culpas, y tratando de desengañarle del mundo y de
sus pompas vanas.
Confieso a usted que empiezo a
tener curiosidad de conocer a esta mujer; tanto oigo hablar de ella. No
creo que mi curiosidad carezca de fundamento, tenga nada de vano ni de
pecaminoso; yo mismo siento lo que dice Pepita; yo mismo deseo que mi
padre, en su edad provecta, venga a mejor vida, olvide y no renueve las
agitaciones y pasiones de su mocedad, y llegue a una vejez tranquila,
dichosa y honrada. Sólo difiero del sentir de Pepita en una cosa: en creer
que mi padre, mejor que quedándose soltero, conseguiría esto casándose con
una mujer digna, buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a
Pepita y ver si ella puede ser esta mujer, pesándome ya algo -y tal vez
entre en esto cierto orgullo de familia- que si es malo quisiera desechar,
los desdenes, aunque melifuos, de la mencionada joven viuda.
Si tuviera yo otra condición,
preferiría que mi padre se quedase soltero. Hijo único entonces, heredaría
todas sus riquezas, y, como si dijéramos, nada menos que el cacicato de
este lugar; pero usted sabe bien lo firme de mi resolución.
Aunque indigno y humilde, me
siento llamado al sacerdocio, y los bienes de la tierra hacen poca mella
en mi ánimo. Si hay algo en mí del ardor de la juventud y de la vehemencia
de las pasiones propias de dicha edad, todo habrá de emplearse en dar
pábulo a una caridad activa y fecunda. Hasta los muchos libros que usted
me ha dado a leer, y mi conocimiento de la historia de las antiguas
civilizaciones de los pueblos del Asia, unen en mí la curiosidad
científica al deseo de propagar la fe, y me convidan y excitan a irme de
misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no bien salga de este lugar,
donde usted mismo me envía a pasar algún tiempo con mi padre, y no bien me
vea elevado a la dignidad del sacerdocio, y aunque ignorante y pecador
como soy, me sienta revestido por don sobrenatural y gratuito, merced a la
soberana bondad del Altísimo, de la facultad de perdonar los pecados y de
la misión de enseñar a las gentes, y reciba el perpetuo y milagroso favor
de traer a mis manos impuras al mismo Dios humanado, dejaré a España y me
iré a tierras distantes a predicar el Evangelio.
No me mueve vanidad alguna; no
quiero creerme superior a ningún otro hombre. El poder de mi fe, la
constancia de que me siento capaz, todo, después del favor y de la gracia
de Dios, se lo debo a la atinada educación, a la santa enseñanza y al buen
ejemplo de usted, mi querido tío.
Casi no me atrevo a confesarme a
mí mismo una cosa; pero contra mi voluntad, esta cosa, este pensamiento,
esta cavilación acude a mi mente con frecuencia, y ya que acude a mi
mente, quiero, debo confesársela a usted; no me es lícito ocultarle ni mis
más recónditos e involuntarios pensamientos. Usted me ha enseñado a
analizar lo que el alma siente, a buscar su origen bueno o malo, a
escudriñar los más hondos senos del corazón, a hacer, en suma, un
escrupuloso examen de conciencia.
He pensado muchas veces sobre dos
métodos opuestos de educación: el de aquéllos que procuran conservar la
inocencia, confundiendo la inocencia con la ignorancia y creyendo que el
mal no conocido se evita mejor que el conocido, y el de aquéllos que,
valerosamente y no bien llegado el discípulo a la edad de la razón, y
salva la delicadeza del pudor, le muestran el mal en toda su fealdad
horrible y en toda su espantosa desnudez, a fin de que le aborrezca y le
evite. Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la
infinita bondad divina, término ideal e inasequible de todo bien nacido
deseo. Yo agradezco a usted que me haya hecho conocer, como dice la
Escritura, con la miel y la manteca de su enseñanza, todo lo malo y todo
lo bueno, a fin de reprobar lo uno y aspirar a lo otro, con discreto
ahínco y con pleno conocimiento de causa. Me alegro de no ser cándido y de
ir derecho a la virtud, y en cuanto cabe en lo humano, a la perfección,
sabedor de todas las tribulaciones, de todas las asperezas que hay en la
peregrinación que debemos hacer por este valle de lágrimas y no ignorando
tampoco lo llano, lo fácil, lo dulce, lo sembrado de flores que está, en
apariencia, el camino que conduce a la perdición y a la muerte eterna.
Otra cosa que me considero
obligado a agradecer a usted es la indulgencia, la tolerancia, aunque no
complaciente y relajada, sino severa y grave, que ha sabido usted
inspirarme para con las faltas y pecados del prójimo.
Digo todo esto porque quiero
hablar a usted de un asunto tan delicado, tan vidrioso, que apenas hallo
términos con que expresarle. En resolución, yo me pregunto a veces: este
propósito mío, ¿tendrá por fundamento, en parte al menos, el carácter de
mis relaciones con mi padre? En el fondo de mi corazón, ¿he sabido
perdonarle su conducta con mi pobre madre, víctima de sus liviandades?
Lo examino detenidamente y no
hallo un átomo de rencor en mi pecho. Muy al contrario: la gratitud lo
llena todo. Mi padre me ha criado con amor; ha procurado honrar en mí la
memoria de mi madre, y se diría que al criarme, al cuidarme, al mimarme,
al esmerarse conmigo cuando pequeño, trataba de aplacar su irritada
sombra, si la sombra, si el espíritu de ella, que era un ángel de bondad y
de mansedumbre, hubiera sido capaz de ira. Repito, pues, que estoy lleno
de gratitud hacia mi padre; él me ha reconocido, y además, a la edad de
diez años me envió con usted, a quien debo cuanto soy.
Si hay en mi corazón algún germen
de virtud; si hay en mi mente algún principio de ciencia; si hay en mi
voluntad algún honrado y buen propósito, a usted lo debo.
El cariño de mi padre hacia mí es
extraordinario, es grande; la estimación en que me tiene, inmensamente
superior a mis merecimientos. Acaso influya en esto la vanidad. En el amor
paterno hay algo de egoísta; es como una prolongación del egoísmo. Todo mi
valer, si yo le tuviese, mi padre le consideraría como creación suya, como
si yo fuera emanación de su personalidad, así en el cuerpo como en el
espíritu. Pero de todos modos, creo que él me quiere y que hay en este
cariño algo de independiente y de superior a todo ese disculpable egoísmo
de que he hablado.
Siento un gran consuelo, una gran
tranquilidad en mi conciencia, y doy por ello las más fervientes gracias a
Dios, cuando advierto y noto que la fuerza de la sangre, el vínculo de la
naturaleza, ese misterioso lazo que nos une, me lleva, sin ninguna
consideración del deber, a amar a mi padre y a reverenciarle. Sería
horrible, no amarle así, y esforzarse por amarle para cumplir con un
mandamiento divino. Sin embargo, y aquí vuelve mi escrúpulo, mi propósito
de ser clérigo o fraile, de no aceptar, o de aceptar sólo una pequeña
parte de los cuantiosos bienes que han de tocarme por herencia, y de los
cuales puedo disfrutar ya en vida de mi padre, ¿proviene sólo de mi
menosprecio de las cosas del mundo, de una verdadera vocación a la vida
religiosa, o proviene también de orgullo, de rencor escondido, de queja,
de algo que hay en mí que no perdona lo que mi madre perdonó con
generosidad sublime? Esta duda me asalta y me atormenta a veces; pero casi
siempre la resuelvo en mi favor, y creo que no soy orgulloso con mi padre;
creo que yo aceptaría todo cuanto tiene si lo necesitara, y me complazco
en ser tan agradecido con él por lo poco como por lo mucho.
Adiós, tío; en adelante escribiré
a usted a menudo y tan por extenso como me tiene encargado, si bien no
tanto como hoy, para no pecar de prolijo.
28 de marzo
Me voy cansando de mi residencia
en este lugar, y cada día siento más deseo de volverme con usted y de
recibir las órdenes; pero mi padre quiere acompañarme, quiere estar
presente en esa gran solemnidad y exige de mí que permanezca aquí con él
dos meses por lo menos. Está tan afable, tan cariñoso conmigo, que sería
imposible no darle gusto en todo. Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él
quiera. Para complacerle me violento y procuro aparentar que me gustan las
diversiones de aquí, las giras campestres y hasta la caza, a todo lo cual
le acompaño. Procuro mostrarme más alegre y bullicioso de lo que
naturalmente soy. Como en el pueblo, medio de burla, medio en son de
elogio, me llaman el santo, yo por modestia trato de disimular estas
apariencias de santidad o de suavizarlas y humanarlas con la virtud de la
eutropelia, ostentando una alegría serena y decente, la cual nunca estuvo
reñida ni con la santidad ni con los santos. Confieso, con todo, que las
bromas y fiestas de aquí, que los chistes groseros y el regocijo
estruendoso, me cansan. No quisiera incurrir en murmuración ni ser
maldiciente, aunque sea con todo sigilo y de mí para usted; pero a menudo
me doy a pensar que tal vez sería más difícil empresa el moralizar y
evangelizar un poco a estas gentes, y más lógica y meritoria que el irse a
la India, a la Persia o la China, dejándose atrás a tanto compatriota, si
no perdido, algo pervertido. ¡Quién sabe! Dicen algunos que las ideas
modernas, que el materialismo y la incredulidad tienen la culpa de todo;
pero si la tienen, pero si obran tan malos efectos, ha de ser de un modo
extraño, mágico, diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto
que nadie lee aquí libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a
comprender cómo puedan pervertirse con las malas doctrinas que privan
ahora. ¿Estarán en el aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una
epidemia? Acaso (y siento tener este mal pensamiento, que a usted sólo
declaro), acaso tenga la culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura
de su misión? ¿Va a enseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus
individuos es capaz de esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se
consagran a la vida religiosa y a la cura de almas, o es sólo un modo de
vivir como otro cualquiera, con la diferencia de que hoy no se dedican a
él sino los más menesterosos, los más sin esperanzas y sin medios, por lo
mismo que esta carrera ofrece menos porvenir que cualquiera otra?
Sea como sea, la escasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita más
en mí el deseo de ser sacerdote. No quisiera yo que el amor propio me
engañase; reconozco todos mis defectos; pero siento en mí una verdadera
vocación, y muchos de ellos podrán enmendarse con el auxilio divino.
Hace tres días tuvimos el
convite, del que hablé a usted, en casa de Pepita Jiménez. Como esta mujer
vive tan retirada, no la conocí hasta el día del convite; me pareció, en
efecto, tan bonita como dice la fama, y advertí que tiene con mi padre una
afabilidad tan grande, que le da alguna esperanza, al menos miradas las
cosas someramente, de que al cabo ceda y acepte su mano.
Como es posible que sea mi
madrastra, la he mirado con detención y me parece una mujer singular,
cuyas condiciones morales no atino a determinar con certidumbre. Hay en
ella un sosiego, una paz exterior, que puede provenir de frialdad de
espíritu, y de corazón, de estar muy sobre sí y de calcularlo todo,
sintiendo poco o nada, y pudiera provenir también de otras prendas que
hubiera en su alma; de la tranquilidad de su conciencia, de la pureza de
sus aspiraciones y del pensamiento de cumplir en esta vida con los deberes
que la sociedad impone, fijando la mente, como término, en esperanzas más
altas. Ello es lo cierto que, o bien porque en esta mujer todo es cálculo,
sin elevarse su mente a superiores esferas, o bien porque enlaza la prosa
del vivir y la poesía de sus ensueños en una perfecta armonía, no hay en
ella nada que desentone del cuadro general en que está colocada, y, sin
embargo, posee una distinción natural, que la levanta y separa de cuanto
la rodea. No afecta vestir traje aldeano, ni se viste tampoco según la
moda de las ciudades; mezcla ambos estilos en su vestir, de modo que
parece una señora, pero una señora de lugar. Disimula mucho, a lo que yo
presumo, el cuidado que tiene de su persona; no se advierten en ella ni
cosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uñas tan bien
cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está vestida,
denotan que cuida de estas cosas más de lo que se pudiera creerse en una
persona que vive en un pueblo y que además dicen que desdeña las vanidades
del mundo y sólo piensa en las cosas del cielo.
Tiene la casa limpísima y todo en
un orden perfecto. Los muebles no son artísticos ni elegantes; pero
tampoco se advierte en ellos nada pretencioso y de mal gusto. Para
poetizar su estancia, tanto en el patio como en las salas y galerías, hay
multitud de flores y plantas. No tiene, en verdad, ninguna planta rara ni
ninguna flor exótica; pero sus plantas y sus flores, de lo más común que
hay por aquí, están cuidadas con extraordinario mimo.
Varios canarios en jaulas doradas
animan con sus trinos toda la casa. Se conoce que el dueño de ella
necesita seres vivos en quien poner algún cariño; y, a más de algunas
criadas, que se diría que ha elegido con empeño, pues no puede ser mera
casualidad el que sean todas bonitas, tiene, como las viejas solteronas,
varios animales que le hacen compañía: un loro, una perrita de lanas muy
lavada y dos o tres gatos, tan mansos y sociables, que se le ponen a uno
encima.
En un extremo de la sala
principal hay algo como oratorio, donde resplandece un niño Jesús de
talla, blanco y rubio, con ojos azules y bastante guapo. Su vestido es de
raso blanco, con manto azul lleno de estrellitas de oro, y todo él está
cubierto de dijes y de joyas. El altarito en que está el niño Jesús se ve
adornado de flores, y alrededor macetas de brusco y laureola, y en el
altar mismo, que tiene gradas o escaloncitos, mucha cera ardiendo.
Al ver todo esto no sé qué
pensar; pero más a menudo me inclino a creer que la viuda se ama a sí
misma sobre todo, y que para recreo y para efusión de este amor tiene los
gatos, los canarios, las flores y al propio niño Jesús, que en el fondo de
su alma tal vez no esté muy por encima de los canarios y de los gatos.
No se puede negar que la Pepita
Jiménez es discreta: ninguna broma tonta, ninguna pregunta impertinente
sobre mi vocación y sobre las órdenes que voy a recibir dentro de poco han
salido de sus labios. Habló conmigo de las cosas del lugar, de la
labranza, de la última cosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar
la elaboración del vino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar
deseo de pasar por muy entendida.
Mi padre estuvo finísimo; parecía
remozado, y sus extremos cuidadosos hacia la dama de sus pensamientos eran
recibidos, si no con amor, con gratitud.
Asistieron al convite el médico,
el escribano y el señor Vicario, grande amigo de la casa y padre
espiritual de Pepita.
El señor Vicario debe de tener un
alto concepto de ella, porque varias veces me habló aparte de su caridad,
de las muchas limosnas que hacía, de lo compasiva y buena que era para
todo el mundo, en suma, me dijo que era una santa.
Oído el señor Vicario y fiándome
en su juicio, yo no puedo menos de desear que mi padre se case con la
Pepita. Como mi padre no es a propósito para hacer vida penitente, éste
sería el único modo de que cambiase su vida, tan agitada y tempestuosa
hasta aquí, y de que viniese a parar a un término, si no ejemplar,
ordenado y pacífico.
Cuando nos retiramos de casa de
Pepita Jiménez y volvimos a la nuestra, mi padre me habló resueltamente de
su proyecto; me dijo que él había sido un gran calavera, que había llevado
una vida muy mala y que no veía medio de enmendarse, a pesar de sus años,
si aquella mujer, que era su salvación, no le quería y se casaba con él.
Dando ya por supuesto que iba a quererle y a casarse, mi padre me habló de
intereses; me dijo que era muy rico y que me dejaría mejorado, aunque
tuviese varios hijos más. Yo le respondí que para los planes y fines de mi
vida necesitaba harto poco dinero, y que mi mayor contento sería verle
dichoso con mujer e hijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me habló
luego mi padre de sus esperanzas amorosas, con un candor y con una
vivacidad tales, que se diría que yo era el padre y el viejo, y él un
chico de mi edad o más joven. Para ponderarme el mérito de la novia y la
dificultad del triunfo, me refirió las condiciones y excelencias de los
quince o veinte novios que Pepita había tenido, y que todos habían llevado
calabazas. En cuanto a él, según me explicó, hasta cierto punto las había
también llevado; pero se lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque
Pepita le distinguía tanto y le mostraba tan grande afecto, que, si
aquello no era amor, pudiera fácilmente convertirse en amor con el largo
trato y con la persistente adoración que él le consagraba. Además, la
causa del desvío de Pepita tenía para mi padre un no sé qué de fantástico
y de sofístico que al cabo debía desvanecerse. Pepita no quería retirarse
a un convento ni se inclinaba a la vida penitente; a pesar de su
recogimiento y de su devoción religiosa, harto se dejaba ver que se
complacía en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenían de
cenobíticos. La culpa de los desvíos de Pepita, decía mi padre, es sin
duda su orgullo, orgullo en gran parte fundado; ella es naturalmente
elegante, distinguida; es un ser superior or la voluntad y por la
inteligencia, por más que con modestia lo disimule; ¿cómo, pues, ha de
entregar su corazón a los palurdos que la han pretendido hasta ahora? Ella
imagina que su alma está llena de un místico amor de Dios, y que sólo con
Dios se satisface, porque no ha salido a su paso todavía un mortal
bastante discreto y agradable que le haga olvidar hasta a su niño Jesús.
Aunque sea inmodestia, añadía mi padre, yo me lisonjeo aún de ser ese
mortal dichoso.
Tales son, querido tío, las
preocupaciones y ocupaciones de mi padre en este pueblo, y las cosas tan
extrañas para mí y tan ajenas a mis propósitos y pensamientos de que me
habla con frecuencia, y sobre las cuales quiere que dé mi voto.
No parece sino que la excesiva
indulgencia de usted para conmigo ha hecho cundir aquí mi fama de hombre
de consejo: paso por un pozo de ciencia; todos me refieren sus cuitas y me
piden que les muestre el camino que deben seguir. Hasta el bueno del señor
Vicario, aun exponiéndose a revelar algo como secretos de confesión, ha
venido ya a consultarme sobre vanos casos de conciencia que se le han
presentado en el confesionario.
Mucho me ha llamado la atención
uno de estos casos, que me ha sido referido por el Vicario, como todos,
con profundo misterio y sin decirme el nombre de la persona interesada.
Cuenta el señor Vicario que una
hija suya de confesión tiene grandes escrúpulos porque se siente llevada,
con irresistible impulso, hacia la vida solitaria y contemplativa; pero
teme, a veces, que este fervor de devoción no venga acompañado de una
verdadera humildad, sino que en parte le promueva y excite el mismo
demonio del orgullo.
Amar a Dios sobre todas las
cosas, buscarle en el centro del alma donde está, purificarse de todas las
pasiones y afecciones terrenales para unirse a Él, son ciertamente anhelos
piadosos y determinaciones buenas; pero el escrúpulo está en saber, en
calcular si nacerán o no de un amor propio exagerado. ¿Nacerán acaso,
parece que piensa la penitente, de que yo, aunque indigna y pecadora,
presumo que vale más mi alma que las almas de mis semejantes; que la
hermosura interior de mi mente y de mi voluntad se turbaría y se empañaría
con el afecto de los seres humanos que conozco y que creo que no me
merecen? ¿Amo a Dios, no sobre todas las cosas, de un modo infinito, sino
sobre lo poco conocido que desdeño, que desestimo, que no puede llenar mi
corazón? Si mi devoción tiene este fundamento, hay en ella dos grandes
faltas: la primera, que no está cimentada en un puro amor de Dios, lleno
de humildad y de caridad, sino en el orgullo; y la segunda, que esa
devoción no es firme y valedera, sino que está en el aire, porque ¿quién
asegura que no pueda el alma olvidarse del amor a su Creador, cuando no le
ama de un modo infinito, sino porque no hay criatura a quien juzgue digna
de que el amor en ella se emplee?
Sobre este caso de conciencia,
harto alambicado y sutil para que así preocupe a una lugareña, ha venido a
consultarme el padre Vicario. Yo he querido excusarme de decir nada,
fundándome en mi inexperiencia y pocos años; pero el señor Vicario se ha
obstinado de tal suerte, que no he podido menos de discurrir sobre el
caso. He dicho, y mucho me alegraría de que usted aprobase mi parecer, que
lo que importa a esta hija de confesión atribulada es mirar con mayor
benevolencia a los hombres que la rodean, y en vez de analizar y
desentrañar sus faltas con el escalpelo de la crítica, tratar de cubrirlas
con el manto de la caridad, haciendo resaltar todas las buenas cualidades
de ellos y ponderándolas mucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe
esforzarse por ver en cada ser humano un objeto digno de amor, un
verdadero prójimo, un igual suyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de
excelentes prendas y virtudes, un ser hecho, en suma, a imagen y semejanza
de Dios. Realzado así cuanto nos rodea, amando y estimando a las criaturas
por lo que son y por más de lo que son, procurando no tenerse por superior
a ellas en nada, antes bien profundizando con valor en el fondo de nuestra
conciencia para descubrir todas nuestras faltas y pecados, y adquiriendo
la santa humildad y el menosprecio de uno mismo, el corazón se sentirá
lleno de afectos humanos, y no despreciará, sino valuará en mucho el
mérito de las cosas y de las personas; de modo que, si sobre este
fundamento descuella luego y se levanta el amor divino con invencible
pujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exagerada
estimación propia, del orgullo o de un desdén injusto del prójimo, sino
que nacerá de la pura y santa consideración de la hermosura y de la bondad
infinitas.
Si, como sospecho, es Pepita
Jiménez la que ha consultado al señor Vicario sobre estas dudas y
tribulaciones, me parece que mi padre no puede lisonjearse todavía de ser
muy querido; pero si el Vicario acierta a darla mi consejo, y ella le
acepta y pone en práctica, o vendrá a hacerse una María de Ágreda o cosa
por el estilo, o lo que es más probable, dejará a un lado misticismos y
desvíos, y se conformará y contentará con aceptar la mano y el corazón de
mi padre, que en nada es inferior a ella.
4 de abril
La monotonía de mi vida en este
lugar empieza a fastidiarme bastante, y no porque la vida mía en otras
partes haya sido más activa físicamente; antes al contrario, aquí me paseo
mucho a pie y a caballo, voy al campo, y por complacer a mi padre concurro
a casinos y reuniones; en fin, vivo como fuera de mi centro y de mi modo
de ser; pero mi vida intelectual es nula; no leo un libro ni apenas me
dejan un momento para pensar y meditar sosegadamente; y como el encanto de
mi vida estribaba en estos pensamientos y meditaciones, me parece monótona
la que hago ahora. Gracias a la paciencia que usted me ha recomendado para
todas las ocasiones, puedo sufrirla.
Otra causa de que mi espíritu no
esté completamente tranquilo es el anhelo, que cada día siento más vivo,
de tomar el estado a que resueltamente me inclino desde hace años. Me
parece que en estos momentos, cuando se halla tan cercana la realización
del constante sueño de mi vida, es como una profanación distraer la mente
hacia otros objetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto cavilo sobre
ella, que mi admiración por la belleza de las cosas creadas por el cielo,
tan lleno de estrellas en estas serenas noches de primavera y en esta
región de Andalucía, por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdes
sembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas y sombrías
alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugar apartado y
esquivo, con tanto pájaro que le da música, y con tantas flores y hierbas
olorosas, esta admiración y entusiasmo mío, repito, que en otro tiempo me
parecían avenirse por completo con el sentimiento religioso que llenaba mi
alma, excitándole y sublimándole en vez de debilitarle, hoy casi me parece
pecaminosa distracción e imperdonable olvido de lo eterno por lo temporal,
de lo increado y suprasensible por lo sensible y creado. Aunque con poco
aprovechamiento en la virtud, aunque nunca libre mi espíritu de los
fantasmas de la imaginación, aunque no exento en mí el hombre interior de
las impresiones exteriores y del fatigoso método discursivo, aunque
incapaz de reconcentrarme por un esfuerzo de amor en el centro mismo de la
simple inteligencia, en el ápice de la mente, para ver allí la verdad y la
bondad, desnudas de imágenes y de formas, aseguro a usted que tengo miedo
del modo de orar imaginario, propio de un hombre corporal y tan poco
aprovechado como yo soy. La misma meditación racional me infunde recelo.
No quisiera yo hacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de
amor para amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplación esencial
e íntima. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que
ama mi alma? Pero, ¿cuáles son, dónde están mis méritos? ¿Dónde las
mortificaciones, la larga oración y el ayuno? ¿Qué he hecho yo, Dios mío,
para que Tú me favorezcas?
Harto sé que los impíos del día
presente acusan, con falta completa de fundamento, a nuestra santa
religión de mover las almas a aborrecer todas las cosas del mundo, a
despreciar o a desdeñar la naturaleza, tal vez a temerla casi, como si
hubiera en ella algo de diabólico, encerrando todo su amor y todo su
afecto en el que llaman monstruoso egoísmo del amor divino, porque creen
que el alma se ama a sí propia amando a Dios. Harto sé que no es así, que
no es ésta la verdadera doctrina, que el amor divino es la caridad y que
amar a Dios es amarlo todo, porque todo está en Dios, y Dios está en todo
por inefable y alta manera. Harto sé que no peco amando las cosas por el
amor de Dios, lo cual es amarlas por ellas con rectitud; porque, qué son
ellas más que la manifestación, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo,
no sé qué extraño temor, qué singular escrúpulo, qué apenas perceptible e
indeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, como antes,
como en otros días de mi juventud, como en la misma niñez, alguna efusión
de ternura, algún rapto de entusiasmo, al penetrar en una enramada
frondosa, al oír el canto del ruiseñor en el silencio de la noche, al
escuchar el pío de las golondrinas, al sentir el arrullo enamorado de la
tórtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se me figura a veces
que hay en todo esto algo de delectación sensual, algo que me hace
olvidar, por un momento al menos, más altas aspiraciones. No quiero yo que
en mí el espíritu peque contra la carne; pero no quiero tampoco que la
hermosura de la materia, que sus deleites, aun los más delicados, sutiles
y aéreos, aun los que más bien por el espíritu que por el cuerpo se
perciben, como el silbo delgado del aire fresco cargado de aromas
campesinos, como el canto de las aves, como el majestuoso y reposado
silencio de las horas nocturnas, en estos jardines y huertas, me
distraigan de la contemplación de la superior hermosura, y entibien ni por
un momento, mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa fábrica del
mundo.
No se me oculta que todas estas
cosas materiales son como las letras de un libro, son como los signos y
caracteres donde el alma, atenta a su lectura, puede penetrar un hondo
sentido y leer y descubrir la hermosura de Dios, que, si bien
imperfectamente, está en ellas como trasunto o más bien como cifra, porque
no la pintan, sino que la representan. En esta distinción me fundo, a
veces, para dar fuerza a mis escrúpulos y mortificarme. Porque yo me digo:
si amo la hermosura de las cosas terrenales tales como ellas son, y si la
amo con exceso, es idolatría; debo amarla como signo, como representación
de una hermosura oculta y divina, que vale mil veces más, que es
incomparablemente superior en todo.
Hace pocos días cumplí veintidós
años. Tal ha sido hasta ahora mi fervor religioso, que no he sentido más
amor que el inmaculado amor de Dios mismo y de su santa religión, que
quisiera difundir y ver triunfante en todas las regiones de la tierra.
Confieso que algún sentimiento profano se ha mezclado con esta pureza de
afecto. Usted lo sabe, se lo he dicho mil veces; y usted, mirándome con su
acostumbrada indulgencia, me ha contestado que el hombre no es un ángel, y
que sólo pretender tanta perfección es orgullo; que debo moderar esos
sentimientos y no empeñarme en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia,
el amor a la propia gloria, adquirida por la ciencia misma, hasta el
formar uno de sí propio no desventajoso concepto; todo ello, sentido con
moderación, velado y mitigado por la humildad cristiana y encaminado a
buen fin, tiene, sin duda, algo de egoísta; pero puede servir de estímulo
y apoyo a las más firmes y nobles resoluciones. No es pues, el escrúpulo
que me asalta hoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en mí
mismo, el de ansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de
ciencia; no es nada de esto; nada que tenga relación con el egoísmo, sino
en cierto modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono
de la voluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas, lloro tan
fácilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el rayo
misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casi tengo
miedo.
Dígame usted qué piensa de estas
cosas; si hay algo de enfermizo en esta disposición de mi ánimo.
8 de abril
Siguen las diversiones
campestres, en que tengo que intervenir muy a pesar mío.
He acompañado a mi padre a ver
casi todas sus fincas, y mi padre y sus amigos se pasman de que yo no sea
completamente ignorante en las cosas del campo. No parece sino que para
ellos el estudio de la teología, a que me he dedicado, es contrario del
todo al conocimiento de las cosas naturales. ¡Cuánto han admirado mi
erudición al verme distinguir en las viñas, donde apenas empiezan a brotar
los pámpanos, la cepa Pedro-Jiménez de la baladí y de la Don- Bueno
¡Cuánto han admirado también que en los verdes sembrados sepa yo
distinguir la cebada del trigo y el anís de las habas; que conozca muchos
árboles frutales y de sombra, y que, aun de las hierbas que nacen
espontáneamente en el campo, acierte yo con varios nombres y refiera
bastantes condiciones y virtudes!
Pepita Jiménez, que ha sabido por
mi padre lo mucho que me gustan las huertas de por aquí, nos ha convidado
a ver una que posee a corta distancia del lugar, y a comer las fresas
tempranas que en ella se crían. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a
mi padre, quien la pretende y a quien desdeña, me parece a menudo que
tiene su poco de coquetería, digna de reprobación; pero cuando veo a
Pepita después, y la hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me
pasa el mal pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no
la lleva otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia
la liga.
Sea como sea, anteayer tarde
fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso sitio, de lo más ameno y
pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que riega casi todas estas
huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la que visitamos; se
forma allí una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del riego, cae
en un hondo barranco poblado en ambas márgenes de álamos blancos y negros,
mimbrones, adelfas floridas y otros árboles frondosos. La cascada, de agua
limpia y transparente, se derrama en el fondo, formando espuma, y luego
sigue su curso tortuoso por un cauce que la naturaleza misma ha abierto,
esmaltando sus orillas e mil hierbas y flores, y cubriéndolas ahora con
multitud de violetas. Las laderas que hay a un extremo de la huerta están
llenas de nogales, higueras, avellanos y otros árboles de fruta. Y en la
parte llana hay cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas,
judías y pimientos, y su poco de jardín, con grande abundancia de flores,
de las que por aquí más comúnmente se crían. Los rosales, sobre todo,
abundan, y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es
más bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la
casilla hay otro pequeño edificio reservado para el dueño de la finca, y
donde nos agasajó Pepita con una espléndida merienda, a la cual dio
pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que allí nos
llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la
estación, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita
también posee.
Asistimos a esta gira el médico,
el escribano, mi tía doña Casilda, mi padre y yo; sin faltar el
indispensable señor Vicario, padre espiritual, y más que padre espiritual,
admirador y encomiador perpetuo de Pepita.
Por un refinamiento algo
sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer, ni el chiquillo del
hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvió la merienda sino dos
lindas muchachas, criadas y como confidentas de Pepita, vestidas a lo
rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia. Llevaban trajes de percal
de vistosos colores, cortos y ceñidos al cuerpo, pañuelos de seda
cubriendo las espaldas, y descubierta la cabeza, donde lucían abundantes y
lustrosos cabellos negros, trenzados y atados luego formando un moño en
figura de martillo, y por delante rizos sujetos con sendas horquillas, por
acá llamados caracoles. Sobre el moño o castaña ostentaban cada
una de estas doncellas un ramo de frescas rosas.
Salvo la superior riqueza de la
tela y su color negro, no era más cortesano el traje de Pepita. Su vestido
de merino tenía la misma forma que el de las criadas, y, sin ser muy
corto, no arrastraba ni recogía suciamente el polvo del camino. Un modesto
pañolito de seda negra cubría también, al uso del lugar, su espalda y su
pecho, y en la cabeza no ostentaba tocado ni flor, ni joya, ni más adorno
que el de sus propios cabellos rubios. En la única cosa que note por parte
de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en
llevar guantes. Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone
alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas
y sonrosadas, pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza
humana, y al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo
la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan
grande.
En efecto, yo me explico, aunque
no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Es tan distinguido, tan aristocrático,
tener una linda mano! Hasta se me figura, a veces, que tiene algo de
simbólico. La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de
nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus
pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y
ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas.
Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un
obrero, demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de más
violento y mecánico. En cambio, las manos de esta Pepita, que parecen casi
diáfanas como el alabastro, si bien con leves tintas rosadas, donde cree
uno ver circular la sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso
azul; estas manos, digo, de dedos afilados y de sin par corrección de
dibujo, parecen el símbolo del imperio mágico, del dominio misterioso que
tiene y ejerce el espíritu humano, sin fuerza material, sobre todas las
cosas visibles que han sido inmediatamente creadas por Dios y que por
medio del hombre Dios completa y mejora. Imposible parece que quien tiene
manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto
ruin que esté en discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.
No hay que decir que mi padre se
mostró tan embelesado como siempre de Pepita, y ella tan fina y cariñosa
con él, si bien con un cariño más filial de lo que mi padre quisiera. Es
lo cierto que mi padre, a pesar de la reputación que tiene de ser por lo
común poco respetuoso y bastante profano con las mujeres, trata a ésta con
un respeto y unos miramientos tales, que ni Amadís los usó mayores con la
señora Oriana en el periodo más humilde de sus pretensiones y galanteos;
ni una palabra que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un
chiste algo amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse
los andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita «buenos ojos tienes»;
y en verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes, verdes
como los de Circe, hermosos y rasgados, y lo que más mérito y valor les da
es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en ella la
menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo dulce de
sus miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver y nada más que
para ver. Lo contrario de lo que yo, según he oído decir, presumo que
creen la mayor parte de las mujeres jóvenes y bonitas, que hacen de los
ojos un arma de combate y como un aparato eléctrico o fulmíneo para rendir
corazones y cautivarlos. No son así, por cierto, los ojos de Pepita, donde
hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni por eso se puede decir que
miren con fría indiferencia. Sus ojos están llenos de caridad y de
dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz, en una flor, hasta en
cualquier objeto inanimado; pero con más afecto aún, con muestras de
sentir más blando, humano y benigno, se posan en el prójimo, sin que el
prójimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se atreva a suponer nada
más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más, predilección amistosa,
en aquella serena y tranquila mirada.
Yo me paro a pensar si todo esto
será estudiado; si esta Pepita será una gran comedianta; pero sería tan
perfecto el fingimiento y tan oculta la comedia, que me parece imposible.
La misma naturaleza, pues, es la que guía y sirve de norma a esta mirada y
a estos ojos. Pepita, sin duda, amó a su madre primero, y luego las
circunstancias la llevaron a amar a don Gumersindo por deber, como al
compañero de su vida; y luego, sin duda, se extinguió en ella toda pasión
que pudiera inspirar ningún objeto terreno, y amó a Dios, y amó las cosas
todas por amor de Dios, y se encontró quizás en una situación de espíritu
apacible y hasta envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que
censurar, sería un egoísmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy
cómodo amar de este modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener
pasión que combatir; hacer del amor y del afecto a los demás un aditamento
y como un complemento del amor propio.
A veces me pregunto a mí mismo si
al censurar en mi interior esta condición de Pepita, no soy yo quien me
censuro. ¿Qué sé yo lo que pasa en el alma de esa mujer, para censurarla?
¿Acaso, al creer que veo su alma, no es la mía la que veo? Yo no he tenido
ni tengo pasión alguna que vencer; todas mis inclinaciones bien dirigidas,
todos mis instintos buenos y malos, merced a la sabia enseñanza de usted,
van sin obstáculos ni tropiezos encaminados al mismo propósito;
cumpliéndolo se satisfarían no sólo mis nobles y desinteresados deseos,
sino también mis deseos egoístas, mi amor a la gloria, mi afán de saber,
mi curiosidad de ver tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama.
Todo esto se cifra en llegar al término de la carrera que he emprendido.
Por este lado se me antoja a veces que soy más censurable que Pepita, aun
suponiéndola merecedora de censura.
Yo he recibido ya las órdenes
menores; he desechado de mi alma las vanidades del mundo; estoy tonsurado;
me he consagrado al altar, y, sin embargo, un porvenir de ambición se
presenta a mis ojos y veo con gusto que puedo alcanzarle y me complazco en
dar por ciertas y valederas las condiciones que tengo para ello, por más
que a veces llame a la modestia en mi auxilio, a fin de no confiar
demasiado. En cambio esta mujer ¿a qué aspira ni qué quiere? Yo la censuro
de que se cuida las manos; de que mira tal vez con complacencia su
belleza; casi la censuro de su pulcritud, del esmero que pone en vestirse,
de yo no sé qué coquetería que hay en la misma modestia y sencillez con
que se viste. ¡Pues qué! ¿La virtud ha de ser desaliñada? ¿Ha de ser sucia
la santidad? Un alma pura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo
también lo sea? Es extraña esta malevolencia con que miro el primor y el
aseo de Pepita. ¿Será tal vez porque va a ser mi madrastra? ¡Pero si no
quiere ser mi madrastra! ¡Si no quiere a mi padre! Verdad es que las
mujeres son raras; quién sabe si en el fondo de su alma no se siente
inclinada ya a querer a mi padre y a casarse con él, si bien, atendiendo a
aquello de que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, páseme usted la
palabra, molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre,
poner a prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plácido
sí. ¡Allá veremos!
Ello es que la fiesta en la
huerta fue apaciblemente divertida: se habló de flores, de frutos, de
injertos, de plantaciones y de otras mil cosas relativas a la labranza,
luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos en competencia con mi padre,
conmigo y con el señor Vicario, que se queda con la boca abierta cada vez
que habla Pepita, y jura que en los setenta y pico de años que tiene de
edad, y en sus largas peregrinaciones, que le han hecho recorrer casi toda
la Andalucía, no ha conocido mujer más discreta ni más atinada en cuanto
piensa y dice.
Cuando volvemos a casa de
cualquiera de estas expediciones, vuelvo a insistir con mi padre en mi ida
con usted a fin de que llegue el suspirado momento de que yo me vea
elevado al sacerdocio; pero mi padre está tan contento de tenerme a su
lado y se siente tan a gusto en el lugar, cuidando de sus fincas,
ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y adorando a Pepita y
consultándoselo todo como a su ninfa Egeria, que halla siempre y hallará
aún, tal vez durante algunos meses, fundado pretexto para retenerme aquí.
Ya tiene que clarificar el vino de yo no sé cuántas pipas de la
candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es menester binar los majuelos;
ya es preciso arar los olivares y cavar los pies a los olivos; en suma, me
retiene aquí contra mi gusto; aunque no debiera yo decir «contra mi
gusto», porque lo tengo muy grande en vivir con un padre que es para mí
tan bueno.
Lo malo es que con esta vida temo
materializarme demasiado; me parece sentir alguna sequedad de espíritu
durante la oración; mi fervor religioso disminuye; la vida vulgar va
penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza. Cuando rezo padezco
distracciones; no pongo en lo que digo a mis solas, cuando el alma debe
elevarse a Dios, aquella atención profunda que antes ponía. En cambio, la
ternura de mi corazón, que no se fija en objeto condigno, que no se emplea
y consume en lo que debiera, brota y como que rebosa en ocasiones por
objetos y circunstancias que tienen mucho de pueriles, que me parecen
ridículos, y de los cuales me avergüenzo. Si me despierto en el silencio
de la alta noche y oigo que algún campesino enamorado canta, al son de su
guitarra mal rasgueada, una copla de fandango o de rondeñas, ni muy
discreta ni muy poética, ni muy delicada, suelo enternecerme como si oyera
la más celestial melodía. Una compasión loca, insana, me aqueja a veces.
El otro día cogieron los hijos del aperador de mi padre un nido de
gorriones, y al ver yo los pajarillos sin plumas aún y violentamente
separados de la madre cariñosa, sentí suma angustia, y, lo confieso, se me
saltaron las lágrimas. Pocos días antes trajo del campo un rústico una
ternerita que se había perniquebrado; iba a llevarla al matadero y venía a
decir a mi padre qué quería de ella para su mesa; mi padre pidió unas
cuantas libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmoví al ver la
ternerita, y estuve a punto, aunque la vergüenza me lo impidió, de
comprársela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,
querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con usted
para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle
ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a mis
altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego que
devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.
14 de abril
Sigo haciendo la misma vida de
siempre y detenido aquí a ruegos de mi padre.
El mayor placer de que disfruto,
después del de vivir con él, es el trato y conversación del señor Vicario,
con quien suelo dar a solas largos paseos. Imposible parece que un hombre
de su edad, que debe de tener cerca de los ochenta años, sea tan fuerte,
ágil y andador. Antes me canso yo que él, y no queda vericueto ni lugar
agreste, ni cima de cerro escarpado en estas cercanías, a donde no
lleguemos.
El señor Vicario me va
reconciliando mucho con el clero español, a quien algunas veces he tildado
yo, hablando con usted, de poco ilustrado. ¡Cuánto más vale, me digo a
menudo, este hombre, lleno de candor y de buen deseo, tan afectuoso e
inocente, que cualquiera que haya leído muchos libros y en cuya alma no
arda con tal viveza como en la suya el fuego de la caridad unido a la fe
más sincera y más pura! No crea usted que es vulgar el entendimiento del
señor Vicario; es un espíritu inculto, pero despejado y claro. A veces
imagino que pueda provenir la buena opinión que de él tengo, de la
atención con que me escucha; pero, si no es así, me parece que todo lo
entiende con notable perspicacia y que sabe unir al amor entrañable de
nuestra santa religión el aprecio de todas las cosas buenas que la
civilización moderna nos ha traído. Me encantan, sobre todo, la sencillez,
la sobriedad en hiperbólicas manifestaciones de sentimentalismo, la
naturalidad, en suma, con que el señor Vicario ejerce las más penosas
obras de caridad. No hay desgracia que no remedie, ni infortunio que no
consuele, ni humillación que no procure restaurar, ni pobreza a que no
acuda solícito con un socorro.
Para todo esto, fuerza es
confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en Pepita Jiménez, cuya devoción y
natural compasivo siempre está él poniendo por las nubes.
El carácter de esta especie de
culto que el Vicario rinde a Pepita va sellado, casi se confunde con el
ejercicio de mil buenas obras; con las limosnas, el rezo, el culto público
y el cuidado de los menesterosos. Pepita no da sólo para los pobres, sino
también para novenas, sermones y otras fiestas de iglesia. Si los altares
de la parroquia brillan a veces adornados de bellísimas flores, estas
flores se deben a la munificencia de Pepita, que las ha hecho traer de sus
huertas. Si en lugar del antiguo manto, viejo y raído que tenía la Virgen
de los Dolores, luce hoy un flamante y magnífico manto de terciopelo negro
bordado de plata, Pepita es quien lo ha costeado.
Éstos y otros tales beneficios,
el Vicario está siempre decantándolos y ensalzándolos. Así es que, cuando
no hablo yo de mis miras, de mi vocación, de mis estudios, lo cual
embelesa en extremo al señor Vicario, y le trae suspenso de mis labios;
cuando es él quien habla y yo quien escucho, la conversación, después de
mil vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jiménez. Y
al cabo, ¿de quién me ha de hablar el señor Vicario? Su trato con el
médico, con el boticario, con los ricos labradores de aquí, apenas da
motivo para tres palabras de conversación. Como el señor Vicario posee la
rarísima cualidad en un lugareño de no ser amigo de contar vidas ajenas ni
lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la mencionada
mujer, a quien visita con frecuencia, y con quien, según se desprende de
lo que dice, tiene los más íntimos coloquios.
No sé qué libros habrá leído
Pepita Jiménez, ni que instrucción tendrá; pero de lo que cuenta el señor
Vicario se colige que está dotada de un espíritu inquieto e investigador,
donde se ofrecen infinitas cuestiones y problemas que anhela dilucidar y
resolver, presentándolos para ello al señor Vicario, a quien deja
agradablemente confuso. Este hombre, educado a la rústica, clérigo de misa
y olla como vulgarmente suele decirse, tiene el entendimiento abierto a
toda luz de verdad, aunque carece de iniciativa, y, por lo visto, los
problemas y cuestiones que Pepita le presenta le abren nuevos horizontes y
nuevos caminos, aunque nebulosos y mal determinados, que él no presumía
siquiera, que no acierta a trazar con exactitud, pero cuya vaguedad,
novedad y misterio le encantan.
No desconoce el padre Vicario que
esto tiene mucho de peligroso, y que él y Pepita se exponen a dar, sin
saberlo, en alguna herejía; pero se tranquiliza porque, distando mucho de
ser un gran teólogo, sabe su catecismo al dedillo, tiene confianza en
Dios, que le iluminará, y espera no extraviarse, y da por cierto que
Pepita seguirá sus consejos y no se extraviará nunca.
Así imaginan ambos mil poesías,
aunque informes, bellas, sobre todos los misterios de nuestra religión y
artículos de nuestra fe. Inmensa es la devoción que tienen a María
Santísima, Señora nuestra, y yo me quedo absorto de ver cómo saben enlazar
la idea o el concepto popular de la Virgen con algunos de los más
remontados pensamientos teológicos.
Por lo que relata el padre
Vicario, entreveo que en el alma de Pepita Jiménez, en medio de la
serenidad y calma que aparenta, hay clavado un agudo dardo de dolor; hay
un amor de pureza contrariado por su vida pasada. Pepita amó a don
Gumersindo como a su compañero, como a su bienhechor, como al hombre a
quien todo se lo debía; pero la atormenta, la avergüenza el recuerdo de
que don Gumersindo fue su marido.
En su devoción a la Virgen se
descubre un sentimiento de humillación dolorosa, un torcedor, una
melancolía que influye en su mente el recuerdo de su matrimonio indigno y
estéril.
Hasta en su adoración al niño
Dios, representado en la preciosa imagen de talla que tiene en su casa,
interviene el amor maternal sin objeto, el amor maternal que busca ese
objeto en un ser no nacido de pecado y de impureza.
El padre Vicario dice que Pepita
adora al niño Jesús como a su Dios, pero que le ama con las entrañas
maternales con que amaría a un hijo, si le tuviese, y si en su concepción
no hubiera habido cosa de que tuviera ella que avergonzarse. El padre
Vicario nota que Pepita sueña con la madre ideal y con el hijo ideal,
inmaculados ambos, al rezar a la Virgen Santísima, y al cuidar a su lindo
niño Jesús de talla.
Aseguro a usted que no sé qué
pensar de todas estas extrañezas. ¡Conozco tan poco lo que son las
mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre Vicario me sorprende; y si
bien más a menudo entiendo que Pepita es buena, y no mala, a veces me
infunde cierto terror por mi padre. Con los cincuenta y cinco años que
tiene, creo que está enamorado, y Pepita, aunque buena por reflexión,
puede sin premeditarlo ni calcularlo, ser un instrumento del espíritu del
mal; puede tener una coquetería irreflexiva e instintiva, más invencible,
eficaz y funesta aún que la que procede de premeditación, cálculo y
discurso.
¿Quién sabe, me digo yo a veces,
si a pesar de las buenas obras de Pepita, de sus rezos, de su vida devota
y recogida, de sus limosnas y de sus donativos para las iglesias, en todo
lo cual se puede fundar el afecto que el padre Vicario la profesa, no hay
también un hechizo mundano, no hay algo de magia diabólica en este
prestigio de que se rodea y con el cual emboba a este cándido padre
Vicario, y le lleva y le trae y le hace que no piense ni hable sino de
ella a todo momento?
El mismo imperio que ejerce
Pepita sobre un hombre tan descreído como mi padre, sobre una naturaleza
tan varonil y poco sentimental, tiene en verdad mucho de raro.
No explican tampoco las buenas
obras de Pepita el respeto y afecto que infunde, por lo general, en estos
rústicos. Los niños pequeñuelos acuden a verla las pocas veces que sale a
la calle y quieren besarla la mano; las mozuelas le sonríen y la saludan
con amor, los hombres todos se quitan el sombrero a su paso y se inclinan
con la más espontánea reverencia y con la más sencilla y natural simpatía.
Pepita Jiménez, a quien muchos
han visto nacer; a quien vieron todos en la miseria, viviendo con su
madre; a quien han visto después casada con el decrépito y avaro don
Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece como un ser peregrino,
venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera superior, pura y
radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a algo como
admiración amantísima a todos sus compatricios.
Veo que distraídamente voy
cayendo en el mismo defecto que en el padre Vicario censuro, y que no
hablo a usted sino de Pepita Jiménez. Pero esto es natural. Aquí no se
habla de otra cosa. Se diría que todo el lugar está lleno del espíritu,
del pensamiento, de la imagen de esta singular mujer, que yo no acierto
aún a determinar si es un ángel o una refinada coqueta llena de
astucia instintiva, aunque los términos parezcan contradictorios.
Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido de que esta mujer
no es coqueta ni suena en ganarse voluntades para satisfacer su
vanagloria.
Hay sinceridad y candor en Pepita
Jiménez. No hay más que verla para creerlo así. Su andar airoso y
reposado, su esbelta estatura, lo terso y despejado de su frente, la suave
y pura luz de sus miradas, todo se concierta en un ritmo adecuado, todo se
une en perfecta armonía, donde no se descubre nota que disuene.
¡Cuánto me pesa de haber venido
por aquí y de permanecer aquí tan largo tiempo! Había pasado la vida en su
casa de usted y en el Seminario; no había visto ni tratado más que a mis
compañeros y maestros; nada conocía del mundo sino por especulación y
teoría; y de pronto, aunque sea en un lugar, me veo lanzado en medio del
mundo, y distraído de mis estudios, meditaciones y oraciones, por mil
objetos profanos.
20 de abril
Las últimas cartas de usted,
queridísimo tío, han sido de grata consolación para mi alma. Benévolo como
siempre, me amonesta usted y me ilumina con advertencias útiles y
discretas.
Es verdad: mi vehemencia es digna
de vituperio. Quiero alcanzar el fin sin poner los medios; quiero llegar
al término de la jornada sin andar antes paso a paso el áspero camino.
Me quejo de sequedad de espíritu
en la oración, de distraído, de disipar mi ternura en objetos pueriles,
ansío volar al trato íntimo con Dios, a la contemplación esencial, y
desdeño la oración imaginaria y la meditación racional y discursiva. ¿Cómo
sin obtener la pureza, cómo sin ver la luz he de lograr el goce del amor?
Hay mucha soberbia en mí, y yo he
de procurar humillarme a mis propios ojos, a fin de que el espíritu del
mal no me humille, permitiéndolo Dios, en castigo de mi presunción y de mi
orgullo.
No creo, a pesar de todo, como
usted me advierte, que es tan fácil para mí una fea y no pensada caída. No
confío en mí; confío en la misericordia de Dios y en su gracia, y espero
que no sea.
Con todo, razón tiene usted que
le sobra en aconsejarme que no me ligue mucho en amistad con Pepita
Jiménez; pero yo disto bastante de estar ligado con ella.
No ignoro que los varones
religiosos y los santos, que deben servirnos de ejemplo y dechado, cuando
tuvieron gran familiaridad y amor con mujeres fue en la ancianidad, o
estando ya muy probados y quebrantados por la penitencia, o existiendo una
notable desproporción de edad entre ellos y las piadosas amigas que
elegían; como se cuenta de san Jerónimo y santa Paulina, y de san Juan de
la Cruz y santa Teresa. Y aun así, y aun siendo el amor de todo punto
espiritual, sé que puede pecar por demasía. Porque Dios no más debe ocupar
nuestra alma, como su dueño y esposo, y cualquiera otro ser que en ella
more ha de ser sólo a título de amigo o siervo o hechura del esposo, y en
quien el esposo se complace.
No crea usted, pues, que yo me
jacte de invencible y desdeñe los peligros y los desafíe y los busque. En
ellos perece quien los ama. Y cuando el rey profeta, con ser tan conforme
al corazón del Señor y tan su valido, y cuando Salomón, a pesar de su
sobrenatural e infusa sabiduría, fueron, conturbados y pecaron, porque
Dios quitó su faz de ellos, ¿qué no debo temer yo, mísero pecador, tan
joven, tan inexperto de las astucias del demonio, y tan poco firme y
adiestrado en las peleas de la virtud?
Lleno de un provechoso temor de
Dios, y con la debida desconfianza de mi flaqueza, no olvidaré los
consejos y prudentes amonestaciones de usted, rezando con fervor mis
oraciones y meditando en las cosas divinas para aborrecer las mundanas en
lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a usted que hasta ahora, por
más que ahondo en mi conciencia y registro con suspicacia sus más
escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo que usted teme.
Si de mis cartas anteriores
resultan encomios para el alma de Pepita Jiménez, culpa es de mi padre y
del señor Vicario, y no mía; porque al principio, lejos de ser favorable a
esta mujer, estaba yo prevenido contra ella con prevención injusta.
En cuanto a la belleza y donaire
corporal de Pepita, crea usted que lo he considerado todo con entera
limpieza de pensamiento. Y aunque me sea costoso el decirlo, y aunque a
usted le duela un poco, le confesaré que si alguna leve mancha ha venido a
empañar el sereno y pulido espejo de mi alma, en que Pepita se reflejaba,
ha sido la ruda sospecha de usted, que casi me ha llevado por un instante
a que yo mismo sospeche.
Pero no. ¿Qué he pensado yo, qué
he mirado, qué he celebrado en Pepita, por donde nadie pueda colegir que
propendo a sentir por ella algo que no sea amistad y aquella inocente y
limpia admiración que inspira una obra de arte, y más si la obra es del
Artífice soberano, y nada menos que su templo?
Por otra parte, querido tío, yo
tengo que vivir en el mundo, tengo que tratar a las gentes, tengo que
verlas, y no he de arrancarme los ojos. Usted me ha dicho mil veces que me
quiere en la vida activa, predicando la ley divina, difundiéndola por el
mundo, y no entregado a la vida contemplativa en la soledad y el
aislamiento. Ahora bien; si esto es así como lo es, ¿de qué suerte me
había yo de gobernar para no reparar en Pepita Jiménez? A no ponerme en
ridículo cerrando en su presencia los ojos, fuerza es que yo vea y note la
hermosura de los suyos; lo blanco, sonrosado y limpio de su tez; la
igualdad y el nacarado esmalte de los dientes, que descubre a menudo
cuando sonríe; la fresca púrpura de sus labios; la serenidad y tersura de
su frente, y otros mil atractivos que Dios ha puesto en ella. Claro está
que para el que lleva en su alma el germen de los pensamientos livianos,
la levadura del vicio, cada una de las impresiones que Pepita produce,
puede ser como el golpe del eslabón que hiere el pedernal y que hace
brotar la chispa que todo lo incendia y devora; pero yendo prevenido
contra este peligro, y reparándome y cubriéndome bien con el escudo de la
prudencia cristiana, no encuentro que tenga yo nada que recelar. Además
que, si bien es temerario buscar el peligro, es cobardía no saber
arrostrarle y huir de él cuando se presenta.
No lo dude usted; yo veo en
Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y por Dios la amo como a
hermana. Si alguna predilección siento por ella, es por las alabanzas que
de ella oigo a mi padre, al señor Vicario y a casi todos los de este
lugar.
Por amor a mi padre desearía yo
que Pepita desistiese de sus ideas y planes de vida retirada, y se casase
con él; pero, prescindiendo de esto, y si yo viese que mi padre sólo tenía
un capricho, y no una verdadera pasión, me alegraría de que Pepita
permaneciese firme en su casta viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de
aquí, allá en la India o en el Japón, o en algunas misiones más
peligrosas, tendría un consuelo en escribirle algo sobre mis
peregrinaciones y trabajos.
Cuando, ya viejo, volviese yo por
este lugar, también gozaría mucho en intimar con ella, que estaría ya
vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y pláticas por el estilo
de las que tiene ahora el padre Vicario. Hoy, sin embargo, como soy mozo,
me acerco poco a Pepita; apenas la hablo. Prefiero pasar por encogido, por
tonto, por mal criado y arisco, a dar la menor ocasión, no ya a la
realidad de sentir por ella lo que no debo, pero ni a la sospecha ni a la
maledicencia.
En cuanto a Pepita, ni
remotamente convengo en lo que usted deja entrever como vago recelo. ¿Qué
plan ha de formar respecto a un hombre que va a ser clérigo dentro de dos
o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos, ¿por qué había de prendarse
de mí? Harto me conozco y sé que no puedo, por fortuna, inspirar pasiones.
Dicen que no soy feo, pero soy desmañado, torpe, corto de genio, poco
ameno; tengo trazas de lo que soy: de un estudiante humilde. ¿Qué valgo yo
al lado de los gallardos mozos, aunque algo rústicos, que han pretendido a
Pepita; ágiles jinetes, discretos y regocijados en la conversación,
cazadores como Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo,
cantadores finos y celebrados en todas las ferias de Andalucía, y
bailarines apuestos, elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo
esto, ¿cómo ha de fijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo
y más diabólico proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar
mi vocación, tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a
Pepita, y a mí, lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya
se entiende que me creo insignificante para enamorarla, no para ser su
amigo; no para que ella me estime y llegue a tener un día cierta
predilección por mí, cuando yo acierte a hacerme digno de esta
predilección con una santa y laboriosa vida.
Perdóneme usted si me defiendo
con sobrado calor de ciertas reticencias de la carta de usted, que suenan
a acusaciones y a fatídicos pronósticos.
Yo no me quejo de esas
reticencias; usted me da avisos prudentes, gran parte de los cuales acepto
y pienso seguir. Si va usted más allá de lo justo en el recelar, consiste,
sin duda, en el interés que por mí se toma, y que yo de todo corazón le
agradezco.
4 de mayo
Extraño es que en tantos días ya
no haya tenido tiempo para escribir a usted; pero tal es la verdad. Mi
padre no me deja parar y las visitas me asedian.
En las grandes ciudades es fácil
no recibir, aislarse, crearse una soledad, una Tebaida en medio del
bullicio; en un lugar de Andalucía, y sobre todo teniendo la honra de ser
hijo del cacique, es menester vivir en público. No ya sólo hasta al cuarto
donde escribo, sino hasta mi alcoba penetran, sin que nadie se atreva a
oponerse, el señor Vicario, el escribano, mi primo Currito, hijo de doña
Casilda, y otros mil, que me despiertan si estoy dormido y me llevan donde
quieren.
El casino no es aquí mera
diversión nocturna, sino de todas las horas del día. Desde las once de la
mañana está lleno de gente que charla, que lee por cima algún periódico
para saber las noticias, y que juega al tresillo. Personas hay que se
pasan diez o doce horas al día jugando a dicho juego. En fin, hay aquí una
holganza tan encantadora, que más no puede ser. Las diversiones son
muchas, a fin de entretener dicha holganza. Además del tresillo se arma la
timbirimba con frecuencia y se juega al monte. Las damas, el ajedrez y el
dominó no se descuidan. Y, por último, hay una pasión decidida por las
riñas de gallos.
Todo esto, con el visiteo, el ir
al campo a inspeccionar las labores, el ajustar todas las noches las
cuentas con el aperador, el visitar las bodegas y candioteras, y el
clarificar, trasegar y perfeccionar los vinos, y el tratar con gitanos y
chalanes para compra, venta o cambalache de los caballos, mulas y
borricos, o con gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para
trocarle en jerezano, ocupa aquí de diario a los hidalgos, señoritos o
como quieran llamarse. En ocasiones extraordinarias hay otras faenas y
diversiones que dan a todo más animación, como en tiempo de la siega, de
la vendimia y de la recolección de la aceituna; o bien cuando hay feria y
toros aquí o en otro pueblo cercano, o bien cuando hay romería al
santuario de alguna milagrosa imagen de María Santísima, a donde, si
acuden no pocos por curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas
cupidos y escapularios, más son los que acuden por devoción y en
cumplimiento de voto o promesa. Hay santuario de estos que está en la
cumbre de una elevadísima sierra, y con todo no faltan aún mujeres
delicadas que suben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con
abrojos, espinas y piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.
La vida de aquí tiene cierto
encanto. Para quien no sueña con la gloria, para quien nada ambiciona,
comprendo que sea muy descansada y dulce vida. Hasta la soledad puede
lograrse aquí haciendo un esfuerzo. Como yo estoy aquí por una temporada,
no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo estuviese de asiento, no hallaría
dificultad, sin ofender a nadie, en encerrarme y retraerme durante muchas
horas o durante todo el día, a fin de entregarme a mis estudios y
meditaciones.
Su nueva y más reciente carta de
usted me ha afligido un poco. Veo que insiste usted en sus sospechas y no
sé qué contestar para justificarme, sino lo que ya he contestado.
Dice usted que la gran victoria
en cierto género de batallas consiste en la fuga; que huir es vencer.
¿Cómo he de negar yo lo que el Apóstol y tantos santos Padres y Doctores
han dicho? Con todo, de sobra sabe usted que el huir no depende de mi
voluntad. Mi padre no quiere que me vaya; mi padre me retiene a pesar mío;
tengo que obedecerle. Necesito, pues, vencer por otros medios, y no por el
de la fuga.
Para que usted se tranquilice,
repetiré que la lucha apenas está empeñada, que usted ve las cosas más
adelantadas de lo que están.
No hay el menor indicio de que
Pepita Jiménez me quiera. Y aunque me quisiese, sería de otro modo que
como querían las mujeres que usted cita para mi ejemplar escarmiento. Una
señora bien educada y honesta en nuestros días no es tan inflamable y
desaforada como esas matronas de que están llenas las historias antiguas.
El pasaje que aduce usted de san
Juan Crisóstomo es digno del mayor respeto, pero no es del todo apropiado
a las circunstancias. La gran dama que en Of, Tebas o Dióspolis Magna, se
enamoró del hijo predilecto de Jacob, debió de ser hermosísima; sólo así
se concibe que asegure el Santo ser mayor prodigio el que Josef no ardiera
que el que los tres mancebos que hizo poner Nabucodonosor en el horno
candente no se redujesen a cenizas.
Confieso con ingenuidad que, lo
que es en punto a hermosura, no atino a representarme que supere a Pepita
Jiménez la mujer de aquel príncipe egipcio, mayordomo mayor o cosa por el
estilo del palacio de los faraones; pero ni yo soy como Josef, agraciado
con tantos dones y excelencias, ni Pepita es una mujer sin religión y sin
decoro. Y aunque fuera así, aun suponiendo todos estos horrores, no me
explico la ponderación de san Juan Crisóstomo sino porque vivía en la
capital corrompida, y semi-gentílica aún, del Bajo Imperio; en aquella
corte, cuyos vicios tan crudamente censuró, y donde la propia emperatriz
Eudoxia daba ejemplo de corrupción y de escándalo. Pero hoy, que la moral
evangélica ha penetrado más profundamente en el seno de la sociedad
cristiana, me parece exagerado creer más milagroso el casto desdén del
hijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos de
Babilonia.
Otro punto toca usted en su carta
que me anima y lisonjea en extremo. Condena usted como debe el
sentimentalismo exagerado y la propensión a enternecerme y a llorar por
motivos pueriles, de que le dije padecía a veces; pero esta afeminada
pasión de ánimo, ya que existe en mí, importando desecharla, celebra usted
que no se mezcle con la oración y la meditación y las contamine. Usted
reconoce y aplaude en mí la energía verdaderamente varonil que debe haber
en el afecto y en la mente que anhelan elevarse a Dios. La inteligencia
que pugna por comprenderle ha de ser briosa; la voluntad que se le somete
por completo es porque triunfa de sí misma, riñendo bravas batallas con
todos los apetitos, y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones;
el mismo afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y
cuitadas, puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando
conocerle por iluminación sobrenatural, es hijo, a más de la gracia
divina, de un carácter firme y entero. Esa languidez, ese quebranto de la
voluntad, esa ternura enfermiza, nada tienen que hacer con la caridad, con
la devoción y con el amor divino. Aquello es atributo de menos que
mujeres; éstas son pasiones, si pasiones pueden llamarse, de más que
hombres, de ángeles. Sí, tiene usted razón de confiar en mí, y de esperar
que no he de perderme porque una piedad relajada y muelle abra la puertas
de mi corazón a los vicios, transigiendo con ellos. Dios me salvará y yo
combatiré por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los enemigos
del alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni por
capitulación en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderas
desplegadas, llevándolo todo a sangre y fuego y después de acérrimo
combate.
En estos últimos días he tenido
ocasión de ejercitar mi paciencia en grande y de mortificar mi amor propio
del modo más cruel.
Mi padre quiso pagar a Pepita el
obsequio de la huerta, y la convidó a visitar su quinta del Pozo de la
Solana. La expedición fue el 22 de abril. No se me olvidará esta fecha.
El Pozo de la Solana dista más de
dos leguas de este lugar, y no hay hasta allí sino camino de herradura.
Tuvimos todos que ir a caballo. Yo, como jamás he aprendido a montar, he
acompañado a mi padre en todas las anteriores excursiones en una mulita de
paso, muy mansa, y que, según la expresión de Dientes, el mulero, es más
noble que el oro y más serena que un coche. En el viaje al Pozo de la
Solana fui en la misma cabalgadura.
Mi padre, el escribano, el
boticario y mi primo Currito iban en buenos caballos. Mi tía doña Casilda,
que pesa más de diez arrobas, en una enorme y poderosa burra con sus
jamugas. El señor Vicario en una mula mansa y serena como la mía.
En cuanto a Pepita Jiménez, que
imaginaba yo que vendría también en burra con jamugas, pues ignoraba que
montase, me sorprendió apareciendo en un caballo tordo muy vivo y fogoso,
vestida de amazona, y manejando el caballo con destreza y primor notables.
Me alegré de ver a Pepita tan
gallarda a caballo, pero desde luego presentí y empezó a mortificarme el
desairado papel que me tocaba hacer al lado de la robusta tía doña Casilda
y del padre Vicario, yendo nosotros a retaguardia, pacíficos y serenos
como en coche, mientras que la lucida cabalgata caracolearía, correría,
trotaría y haría mil evoluciones y escarceos.
Al punto se me antojó que Pepita
me miraba compasiva, al ver la facha lastimosa que sobre la mula debía yo
de tener. Mi primo Currito me miró con sonrisa burlona, y empezó enseguida
a embromarme y atormentarme.
Aplauda usted mi resignación y mi
valerosa paciencia. A todo me sometí de buen talante, y pronto hasta las
bromas de Currito acabaron al notar cuán invulnerable yo era. Pero ¡cuánto
sufrí por dentro! Ellos corrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida
y a la vuelta. El Vicario y yo permanecimos siempre serenos, como
las mulas, sin salir del paso y llevando a doña Casilda en medio.
Ni siquiera tuve el consuelo de
hablar con el padre Vicario, cuya conversación me es tan grata, ni de
encerrarme dentro de mí mismo y fantasear y soñar, ni de admirar a mis
solas la belleza del terreno que recorríamos. Doña Casilda es de una
locuacidad abominable, y tuvimos que oírla. Nos dijo cuanto hay que saber
de chismes del pueblo, y nos habló de todas sus habilidades, y nos explicó
el modo de hacer salchichas, morcillas de sesos, hojaldres y otros mil
guisos y regalos. Nadie la vence en negocios de cocina y de matanza de
cerdos, según ella, sino Antoñona, la nodriza de Pepita Jiménez, y hoy su
ama de llaves y directora de su casa. Yo conozco ya a la tal Antoñona,
pues va y viene a casa con recados, y, en efecto, es muy lista; tan
parlanchina como la tía Casilda, pero cien mil veces más discreta.
El camino hasta el Pozo de la
Solana es delicioso; pero yo iba tan contrariado, que no acerté a gozar de
él. Cuando llegamos a la casería y nos apeamos, se me quitó de encima un
gran peso, como si fuese yo quien hubiese llevado a la mula y no la mula a
mí.
Ya a pie, recorrimos la posesión,
que es magnífica, variada y extensa. Hay allí más de ciento veinte fanegas
de viña vieja y majuelo, todo bajo una linde; otro tanto o más de olivar,
y, por último, un bosque de encinas de las más corpulentas que aún quedan
en pie en toda Andalucía. El agua del Pozo de la Solana forma un arroyo
claro y abundante, donde vienen a beber todos los pajarillos de las
cercanías, y donde se cazan a centenares por medio de espartos con liga o
con red, en cuyo centro se colocan el cimbel y el reclamo. Allí recordé
mis diversiones de la niñez y cuantas veces había ido yo a cazar
pajarillos de la manera expresada.
Siguiendo el curso del arroyo, y
sobre todo en las hondonadas, hay muchos álamos y otros árboles altos,
que, con las matas y hierbas, crean un intrincado laberinto y una sombría
espesura. Mil plantas silvestres y olorosas crecen allí de un modo
espontáneo, y por cierto que es difícil imaginar nada más esquivo, agreste
y verdaderamente solitario, apacible y silencioso que aquellos lugares. Se
concibe allí en el fervor del mediodía, cuando el sol vierte a torrentes
la luz desde un cielo sin nubes, en las calurosas y reposadas siestas, el
mismo terror misterioso de las horas nocturnas. Se concibe allí la vida de
los antiguos patriarcas y de los primitivos héroes y pastores, y las
apariciones y visiones que tenían las ninfas, de deidades y de ángeles, en
medio de la claridad meridiana.
Andando por aquella espesura,
hubo un momento en el cual, no acierto a decir cómo, Pepita y yo nos
encontramos solos; yo al lado de ella. Los demás se habían quedado atrás.
Entonces sentí por todo mi cuerpo
un estremecimiento. Era la primera vez que me veía a solas con aquella
mujer y en sitio tan apartado, y cuando yo pensaba en las apariciones
meridianas, ya siniestras, ya dulces y siempre sobrenaturales, de los
hombres de las edades remotas.
Pepita había dejado en la casería
la larga falda de montar, y caminaba con un vestido corto que no estorbaba
la graciosa ligereza de sus movimientos. Sobre la cabeza llevaba un
sombrerillo andaluz colocado con gracia. En la mano el látigo, que se me
antojó como varita de virtudes, con que pudiera hechizarme aquella maga.
No temo repetir aquí los elogios
de su belleza. En aquellos sitios agrestes se me apareció más hermosa. La
cautela que recomiendan los ascetas de pensar en ella, afeada por los años
y por las enfermedades; de figurármela muerta, llena de hedor y
podredumbre, y cubierta de gusanos, vino, a pesar mío, a mi imaginación; y
digo a pesar mío, porque no entiendo que tan terrible cautela
fuese indispensable. Ninguna idea mala en lo material, ninguna sugestión
del espíritu maligno turbó entonces mi razón ni logró inficionar mi
voluntad y mis sentidos.
Lo que sí se me ocurrió fue un
argumento para invalidar, al menos en mí, la virtud de esa cautela. La
hermosura, obra de un arte soberano y divino, puede ser caduca y efímera,
desaparecer en el instante; pero su idea es eterna y en la mente del
hombre vive vida inmortal una vez percibida. La belleza de esta mujer, tal
como hoy se me manifiesta, desaparecerá dentro de breves años; ese cuerpo
elegante, esas formas esbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente erguida
sobre los hombros, todo será pasto de gusanos inmundos; pero si la materia
ha de transformarse, la forma, el pensamiento artístico, la hermosura
misma, ¿quién la destruirá? ¿No está en la mente divina? Percibida y
conocida por mí, ¿no vivirá en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la
muerte?
Así meditaba yo, cuando Pepita y
yo nos acercamos. Así serenaba yo mi espíritu y mitigaba los recelos que
usted ha sabido infundirme. Yo deseaba y no deseaba a la vez que llegasen
los otros. Me complacía y me afligía al mismo tiempo de estar solo con
aquella mujer.
La voz argentina de Pepita rompió
el silencio, y, sacándome de mis meditaciones, dijo:
-¡Qué callado y qué triste está
usted, señor don Luis! Me apesadumbra el pensar que tal vez por culpa mía,
en parte al menos, da a usted hoy un mal rato su padre trayéndole a estas
soledades, y sacándole de otras más apartadas, donde no tendrá usted nada
que le distraiga de sus oraciones y piadosas lecturas.
Yo no sé lo que contesté a esto.
Hube de contestar alguna sandez, porque estaba turbado; y ni quería hacer
un cumplimiento a Pepita, diciendo galanterías profanas, ni quería tampoco
contestar de un modo grosero.
Ella prosiguió:
-Usted me ha de perdonar si soy
maliciosa; pero se me figura que, además del disgusto de verse usted
separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hay algo más que contribuye
poderosamente a su mal humor.
-¿Qué es ese algo más? -dije yo-,
pues usted lo descubre todo o cree descubrirlo.
-Ese algo más -replicó Pepita- no
es sentimiento propio de quien va a ser sacerdote tan pronto; pero sí lo
es de un joven de veintidós años.
Al oír esto, sentí que la sangre
me subía al rostro y que el rostro me ardía. Imaginé mil extravagancias;
me creí presa de una obsesión. Me juzgué provocado por Pepita, que iba a
darme a entender que conocía que yo gustaba de ella. Entonces mi timidez
se trocó en atrevida soberbia, y la miré de hito en hito. Algo de ridículo
hubo de haber en mi mirada; pero, o Pepita no lo advirtió, o lo disimuló
con benévola prudencia, exclamando del modo más sencillo:
-No se ofenda usted porque yo le
descubra alguna falta. Esta que he notado me parece leve. Usted está
lastimado de las bromas de Currito y de hacer (hablando profanamente) un
papel poco airoso, montado en una mula mansa como el señor Vicario, con
sus ochenta años, y no en un brioso caballo, como debiera un joven de su
edad y circunstancias. La culpa es del señor Deán, que no ha pensado en
que usted aprenda a montar. La equitación no se opone a la vida que usted
piensa seguir, y yo creo que su padre de usted, ya que está usted aquí,
debiera en pocos días enseñarle. Si usted va a Persia o a China, allí no
hay ferrocarriles aún y hará usted una triste figura cabalgando mal. Tal
vez se desacredite el misionero entre aquellos bárbaros, merced a esta
torpeza, y luego sea más difícil de lograr el fruto de las predicaciones.
Estos y otros razonamientos más
adujo Pepita para que yo aprendiese a montar a caballo y quedé tan
convencido de lo útil que es la equitación para un misionero, que le
prometí aprender enseguida, tomando a mi padre por maestro.
-En la primera nueva expedición
que hagamos -le dije-, he de ir en el caballo más fogoso de mi padre, y no
en la mulita de paso en que voy ahora.
-Mucho me alegraré -replicó
Pepita con una sonrisa de indecible suavidad.
En esto llegaron todos al sitio
en que estábamos, y yo me alegré en mis adentros, no por otra cosa, sino
por temor de no acertar a sostener la conversación, y de salir con
doscientas mil simplicidades por mi poca o ninguna práctica de hablar con
mujeres.
Después del paseo, sobre la
fresca hierba y en el más lindo sitio junto al arroyo, nos sirvieron los
criados de mi padre una rústica y abundante merienda. La conversación fue
muy animada, y Pepita mostró mucho ingenio y discreción. Mi primo Currito
volvió a embromarme sobre mi manera de cabalgar y sobre la mansedumbre de
mi mula, me llamó teólogo, y me dijo que sobre aquella mula parecía que
iba yo repartiendo bendiciones. Esta vez, ya con el firme propósito de
hacerme jinete, contesté a las bromas con desenfado picante. Me callé, con
todo, el compromiso contraído de aprender la equitación. Pepita, aunque en
nada habíamos convenido, pensó sin duda, como yo, que importaba el sigilo
para sorprender luego, cabalgando bien, y nada dijo de nuestra
conversación. De aquí provino, natural y sencillamente, que existiera un
secreto entre ambos lo cual produjo en mi ánimo extraño efecto.
Nada más ocurrió aquel día, que
merezca contarse.
Por la tarde volvimos al lugar
como habíamos venido. Yo, sin embargo, en mi mula mansa ya al lado de la
tía Casilda, no me aburrí ni entristecí a la vuelta como a la ida. Durante
todo el viaje oí a la tía sin cansancio referir sus historias, y por
momentos me distraje en vagas imaginaciones.
Nada de lo que en mi alma pasa
debe ser un misterio para usted. Declaro que la figura de Pepita era como
el centro, o mejor dicho, como el núcleo y el foco de estas imaginaciones
vagas.
Su meridiana aparición en lo más
intrincado, umbrío y silencioso de la verde enramada me trajo a la memoria
todas las apariciones, buenas o malas, de seres portentosos y de condición
superior a la nuestra, que había yo leído en los autores sagrados y los
clásicos profanos. Pepita, pues, se me mostraba en los ojos y en el teatro
interior de mi fantasía, no como iba a caballo delante de nosotros, sino
de un modo ideal y etéreo, en el retiro nemoroso, como a Eneas su madre,
como a Calímaco Palas, como al pastor bohemio Kroco la sílfide que luego
concibió a Libusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca los
ángeles en el valle de Mambré, como a San Antonio el hipocentauro en la
soledad del yermo.
Encuentro tan natural como el de
Pepita se trocaba en mi mente en algo de prodigio. Por un momento, al
notar la consistencia de esta imaginación, me creí obseso; me figuré, como
era evidente, que en los pocos minutos que había estado a solas con Pepita
junto al arroyo de la Solana, nada había ocurrido que no fuese natural y
vulgar; pero que después, conforme iba yo caminando tranquilo en mi mula,
algún demonio se agitaba invisible en torno mío, sugiriéndome mil
disparates.
Aquella noche dije a mi padre mi
deseo de aprender a montar. No quise ocultarle que Pepita me había
excitado a ello. Mi padre tuvo una alegría extraordinaria. Me abrazó, me
besó, me dijo que ya no era usted solo mi maestro, que él también iba a
tener el gusto de enseñarme algo. Me aseguró, por último, que en dos o
tres semanas haría de mí el mejor caballista de toda Andalucía; capaz de
ir a Gibraltar por contrabando y de volver de allí, burlando al resguardo,
con una coracha de tabaco y con un buen alijo de algodones; apto, en suma,
para pasmar a todos los jinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y de
Mairena, y para oprimir los lomos de Babieca, de Bucéfalo, y aun de los
propios caballos del Sol, si por acaso bajaban a la tierra y podía yo
asirlos de la brida.
Ignoro qué pensará usted de este
arte de la equitación que estoy aprendiendo; pero presumo que no lo tendrá
por malo.
¡Si viera usted qué gozoso está
mi padre y cómo se deleita enseñándome! Desde el día siguiente al de la
expedición que he referido, doy dos lecciones diarias. Día hay, durante el
cual, la lección es perpetua, porque nos le pasamos a caballo. La primera
semana fueron las lecciones en el corralón de casa, que está desempedrado
y sirvió de picadero.
Ya salimos al campo, pero
procurando que nadie nos vea. Mi padre no quiere que me muestre en público
hasta que pasme por lo bien plantado, según él dice. Si su vanidad de
padre no le engaña, esto será muy pronto porque tengo una disposición
maravillosa para ser buen jinete.
-¡Bien se ve que eres mi hijo!
-exclama mi padre con júbilo al contemplar mis adelantos.
Es tan bueno mi padre, que espero
que usted le perdonará su lenguaje profano y sus chistes irreverentes. Yo
me aflijo en lo interior de mi alma, pero lo sufro todo.
Con las continuadas y largas
lecciones estoy que da lástima de agujetas. Mi padre me recomienda que
escriba a usted que me abro las carnes a disciplinazos.
Como dentro de poco sostiene que
me dará por enseñado, y no desea jubilarse de maestro, me propone otros
estudios extravagantes y harto impropios de un futuro sacerdote. Unas
veces quiere enseñarme a derribar, para llevarme luego a Sevilla, donde
dejaré bizcos a los ternes y gente del bronce, con la garrocha en la mano,
en los llanos de Tablada. Otras veces se acuerda de sus mocedades y de
cuando fue guardia de Corps y dice que va a buscar sus floretes, guantes y
caretas y a enseñarme la esgrima. Y por último, presumiendo también mi
padre de manejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que me
comunicará esta habilidad.
Ya se hará usted cargo de lo que
yo contesto a tamañas locuras. Mi padre replica que en los buenos tiempos
antiguos, no ya los clérigos, sino hasta los obispos andaban a caballo
acuchillando infieles. Yo observo que eso podía suceder en las edades
bárbaras, pero que ahora no deben los ministros del Altísimo saber
esgrimir más armas que las de la persuasión. -Y cuando la persuasión no
basta -añade mi padre-, ¿no viene bien corroborar un poco los argumentos a
linternazos? -El misionero completo, según entiende mi padre, debe en
ocasiones apelar a estos medios heroicos; y como mi padre ha leído muchos
romances e histonas, cita ejemplos en apoyo de su opinión. Cita en primer
lugar a Santiago, quien, sin dejar de ser apóstol, más acuchilla a los
moros que les predica y persuade en su caballo blanco; cita a un señor de
la Vera, que fue con una embajada de los Reyes Católicos para Boabdil, y
que en el patio de los Leones se enredó con los moros en disputas
teológicas, y, apurado ya de razones, sacó la espada y arremetió contra
ellos para acabar de convertirlos, y cita por último, al hidalgo vizcaíno
don Íñigo de Loyola, el cual, en una controversia que tuvo con un moro
sobre la pureza de María Santísima, harto ya de las impías y horrorosas
blasfemias con que el moro le contradecía, se fue sobre él espada en mano,
y si el moro no se salva por pies, le infunde el convencimiento en el alma
por estilo tremendo. Sobre el lance de san Ignacio contesto yo a mi padre
que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y sobre los otros
ejemplos digo que no hay paridad.
En suma, yo me defiendo como
puedo de las bromas de mi padre y me limito a ser buen jinete sin estudiar
esas otras artes, tan impropias de los clérigos, aunque mi padre asegura
que no pocos clérigos españoles las saben y las ejercen a menudo en
España, aun en el día de hoy, a fin de que la fe triunfe y se conserve o
restaure la unidad católica.
Me pesa en el alma de que mi
padre sea así; de que hable con irreverencia y burla de las cosas más
serias; pero no incumbe a un hijo respetuoso el ir más allá de lo que voy
en reprimir sus desahogos un tanto volterianos. Los llamo un tanto
volterianos, porque no acierto a calificarlos bien. En el fondo mi padre
es buen católico, y esto me consuela.
Ayer fue día de la Cruz y estuvo
el lugar muy animado. En cada calle hubo seis o siete cruces de Mayo
llenas de flores, si bien ninguna tan bella como la que puso Pepita en la
puerta de su casa. Era un mar de flores el que engalanaba la cruz.
Por la noche tuvimos fiesta en
casa de Pepita. La cruz, que había estado en la calle, se colocó en una
gran sala baja, donde hay piano, y nos dio Pepita un espectáculo sencillo
y poético que yo había visto cuando niño, aunque no lo recordaba.
De la cabeza de la cruz pendían
siete listones o cintas anchas, dos blancas, dos verdes y tres encarnadas,
que son los colores simbólicos de las virtudes teologales. Ocho niños de
cinco o seis años, representando los Siete Sacramentos, asidos de las
siete cintas que pendían de la cruz, bailaron a modo de una contradanza
muy bien ensayada. El Bautismo era un niño vestido de catecúmeno con su
túnica blanca, el Orden otro niño de sacerdote; la Confirmación, un
obispito, la Extremaunción, un peregrino con bordón y esclavina llena de
conchas; el Matrimonio, un novio y una novia, y un Nazareno con cruz y
corona de espinas la Penitencia.
El baile, más que baile, fue una
serie de reverencias, pasos, evoluciones, y genuflexiones al compás de una
música no mala, de algo como marcha, que el organista tocó en el piano con
bastante destreza.
Los niños, hijos de criados y
familiares de la casa de Pepita, después de hacer su papel, se fueron a
dormir muy regalados y agasajados.
La tertulia continuó hasta las
doce, y hubo refresco; esto es, tacillas de almíbar, y, por último,
chocolate con torta de bizcocho y agua con azucarillos.
El retiro y la soledad de Pepita
van olvidándose desde que volvió la primavera, de lo cual mi padre está
muy contento. De aquí en adelante Pepita recibirá todas las noches, y mi
padre quiere que yo sea de la tertulia
Pepita ha dejado el luto, y está
ahora más galana y vistosa con trajes ligeros y casi de verano, aunque
siempre muy modestos.
Tengo la esperanza de que lo más
que mi padre me retendrá ya por aquí será todo este mes. En junio nos
iremos juntos a esa ciudad, y ya usted verá cómo, libre de Pepita, que no
piensa en mí ni se acordará de mí para malo ni para bueno, tendré el gusto
de abrazar a usted y de lograr la dicha de ser sacerdote.
7 de mayo
Todas las noches, de nueve a
doce, tenemos, como ya indiqué a usted, tertulia en casa de Pepita. Van
cuatro o cinco señoras y otras tantas señoritas del lugar, contando con la
tía Casilda, y van también seis o siete caballeritos, que suelen jugar a
juegos de prendas con las niñas. Como es natural, hay tres o cuatro
noviazgos.
La gente formal de la tertulia es
la de siempre. Se compone, como si dijéramos, de los altos funcionarios;
de mi padre, que es el cacique; del boticario, del médico, del escribano y
del señor Vicario.
Pepita juega al tresillo con mi
padre, con el señor Vicario y con algún otro.
Yo no sé de qué lado ponerme. Si
me voy con la gente joven, estorbo con mi gravedad en sus juegos y
enamoramientos. Si me voy con el estado mayor, tengo que hacer el papel de
mirón en una cosa que no entiendo. Yo no sé más juego de naipes que el
burro ciego, el burro con vista y un poco de tute o brisca cruzada.
Lo mejor sería que yo no fuese a
la tertulia; pero mi padre se empeña en que vaya. Con no ir, según él, me
pondría en ridículo.
Muchos extremos de admiración
hace mi padre al notar mi ignorancia de ciertas cosas. Esto de que yo no
sepa jugar al tresillo, siquiera al tresillo, le tiene maravillado.
-Tu tío te ha criado -me dice
debajo de un fanal, haciéndote tragar teología y más teología y dejándote
a obscuras de lo demás que hay que saber. Por lo mismo que vas a ser
clérigo y que no podrás bailar ni enamorar en las reuniones, necesitas
jugar al tresillo. Si no, ¿qué vas a hacer, desdichado?
A estos y otros discursos por el
estilo he tenido que rendirme, y mi padre me está enseñando en casa a
jugar al tresillo, para que, no bien lo sepa, lo juegue en la tertulia de
Pepita. También, como ya le dije a usted, ha querido enseñarme la esgrima,
y después a fumar y a tirar la pistola y a la barra; pero en nada de esto
he consentido yo.
-¡Qué diferencia -exclama mi
padre-, entre tu mocedad y la mía!
Y luego añade riéndose:
-En sustancia, todo es lo mismo.
Yo también tenía mis horas canónicas en el cuartel de guardias de Corps;
el cigarro era el incensario, la baraja el libro de coro, y nunca me
faltaban otras devociones y ejercicios más o menos espirituales.
Aunque usted me tenía prevenido
acerca de estas genialidades de mi padre, y de que por ellas había estado
yo con usted doce años, desde los diez a los veintidós, todavía me aturden
y desazonan los dichos de mi padre, sobrado libres a veces. Pero ¿qué le
hemos de hacer? Aunque no puedo censurárselos, tampoco se los aplaudo ni
se los río.
Lo singular y plausible es que mi
padre es otro hombre cuando está en casa de Pepita. Ni por casualidad se
le escapa una sola frase, un solo chiste de estos que prodiga tanto en
otros lugares. En casa de Pepita es mi padre el propio comedimiento. Cada
día parece, además, más prendado de ella y con mayores esperanzas del
triunfo.
Sigue mi padre contentísimo de mí
como discípulo de equitación. Dentro de cuatro o cinco días asegura que
podré ya montar en Lucero, caballo negro, hijo de un caballo árabe y de
una yegua de la casta de Guadalcázar, saltador, corredor, lleno de fuego y
adiestrado en todo linaje de corvetas.
-Quien eche a Lucero los calzones
encima -dice mi padre-, ya puede apostarse a montar con los propios
centauros; y tú le echarás calzones encima dentro de poco.
Aunque me paso todo el día en el
campo a caballo, en el casino y en la tertulia, robo algunas horas al
sueño, ya voluntariamente, ya porque me desvelo, y medito en mi posición y
hago examen de conciencia. La imagen de Pepita está siempre presente en mi
alma. ¿Será esto amor?, me pregunto.
Mi compromiso moral, mi promesa
de consagrarme a los altares, aunque no confirmada, es para mí valedera y
perfecta. Si algo que se oponga al cumplimiento de esa promesa ha
penetrado en mi alma, es necesario combatirlo.
Desde luego noto, y no me acuse
usted de soberbia porque le digo lo que noto, que el imperio de mi
voluntad, que usted me ha enseñado a ejercer, es omnímodo sobre todos mis
sentidos. Mientras Moisés en la cumbre del Sinaí conversaba con Dios, la
baja plebe en la llanura adoraba rebelde el becerro. A pesar de mis pocos
años, no teme mi espíritu rebeldías semejantes. Bien pudiera conversar con
Dios con plena seguridad, si el enemigo no viniese a pelear contra mí en
el mismo santuario. La imagen de Pepita se me presenta en el alma. Es un
espíritu quien hace guerra a mi espíritu; es la idea de su hermosura en
toda su inmaterial pureza la que se me ofrece en el camino que guía al
abismo profundo del alma donde Dios asiste, y me impide llegar a él.
No me obceco, con todo. Veo
claro, distingo, no me alucino. Por cima de esta inclinación espiritual
que me arrastra hacia Pepita, está el amor de lo infinito y de lo eterno.
Aunque yo me represente a Pepita como una idea, como una poesía, no deja
de ser la idea, la poesía de algo finito, limitado, concreto, mientras que
el amor de Dios y el concepto de Dios todo lo abarcan. Pero por más
esfuerzos que hago, no acierto a revestir de una forma imaginaria ese
concepto supremo, objeto de un afecto superiorísimo, para que luche con la
imagen, con el recuerdo de la verdad caduca y efímera que de continuo me
atosiga. Fervorosamente pido al cielo que se despierte en mí la fuerza
imaginativa y cree una semejanza, un símbolo de ese concepto que todo lo
comprende, a fin de que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta
mujer. Es vago, es obscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda
el más alto concepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me
representa con determinados contornos, clara, evidente, luminosa, con la
luz velada que resisten los ojos del espíritu, no luminosa con la otra luz
intensísima que para los ojos del espíritu es como tinieblas.
Toda otra consideración, toda
otra forma, no destruye la imagen de esta mujer. Entre el Crucifijo y yo
se interpone, entre la imagen devotísima de la Virgen y yo se interpone,
sobre la página del libro espiritual que leo viene también a interponerse.
No creo, sin embargo, que estoy
haciendo de lo que llaman amor en el siglo. Y aunque lo estuviera, yo
lucharía y vencería.
La vista diaria de esa mujer y el
oír cantar sus alabanzas de continuo hasta al padre Vicario, me tienen
preocupado; divierten mi espíritu hacia lo profano, y le alejan de su
debido recogimiento; pero no, yo no amo a Pepita todavía. Me iré y la
olvidaré.
Mientras aquí permanezca,
combatiré con valor. Combatiré con Dios, para vencerle por el amor y el
rendimiento. Mis clamores llegarán a Él como inflamadas saetas, y
derribarán el escudo con que se defiende y oculta a los ojos de mi alma.
Yo pelearé, como Israel, en el silencio de la noche, y Dios me llagará en
el muslo y me quebrantará en ese combate, para que yo sea vencedor siendo
vencido.
12 de mayo
Antes de lo que yo pensaba,
querido tío, me decidió mi padre a que montase en Lucero. Ayer, a las seis
de la mañana, cabalgué en esta hermosa fiera como le llama mi padre, y me
fui con mi padre al campo. Mi padre iba caballero en una jaca alazana.
Lo hice tan bien, fui tan seguro
y apuesto en aquel soberbio animal, que mi padre no pudo resistir a la
tentación de lucir a su discípulo; y, después de reposarnos en un cortijo
que tiene a media legua de aquí, y a eso de las once, me hizo volver al
lugar y entrar por lo más concurrido y céntrico, metiendo mucha bulla y
desempedrando las calles. No hay que afirmar que pasamos por la de Pepita,
quien de algún tiempo a esta parte se va haciendo algo ventanera, y estaba
a la reja, en una ventana baja, detrás de la verde celosía.
No bien sintió Pepita el ruido y
alzó los ojos y nos vio, se levantó, dejó la costura que traía entre manos
y se puso a miramos. Lucero, que, según he sabido después tiene ya la
costumbre de hacer piernas cuando pasa por delante de la casa de Pepita,
empezó a retozar y a levantarse un poco de manos. Yo quise calmarle; pero
como extrañase las mías, y también extrañase al jinete, despreciándole tal
vez, se alborotó más y más, empezó a dar resoplidos, a hacer corvetas y
aun a dar algunos botes; pero yo me tuve firme y sereno, mostrándole que
era su amo, castigándole con la espuela, tocándole con el látigo en el
pecho y reteniéndole por la brida. Lucero, que casi se había puesto de pie
sobre los cuartos traseros, se humilló entonces hasta doblar mansamente
las rodillas haciendo una reverencia.
La turba de curiosos, que se
había agrupado alrededor, rompió en estrepitosos aplausos. Mi padre dijo:
-¡Bien por los mozos crudos y de
arrestos!
Y notando después que Currito,
que no tiene otro oficio que el de paseante, se hallaba entre el concurso,
se dirigió a él con estas palabras:
-Mira, arrastrado; mira al
teólogo ahora, y, en vez de burlarte, quédate patitieso de asombro.
En efecto, Currito estaba con la
boca abierta; inmóvil, verdaderamente asombrado.
Mi triunfo fue grande y solemne,
aunque impropio de mi carácter. La inconveniencia de este triunfo me
infundió vergüenza. El rubor coloró mis mejillas. Debí ponerme encendido
como la grana, y más aún cuando advertí que Pepita me aplaudía y me
saludaba cariñosa, sonriendo y agitando sus lindas manos.
En fin, he ganado la patente de
hombre recio y de jinete de primera calidad.
Mi padre no puede estar más
satisfecho y orondo; asegura que está completando mi educación; que usted
le ha enviado en mí un libro muy sabio, pero en borrador y
desencuadernado, y que él está poniéndome en limpio y encuadernándome.
El tresillo, si es parte de la
encuadernación y de la limpieza, también está ya aprendido.
Dos noches he jugado con Pepita.
La noche que siguió a mi hazaña
ecuestre, Pepita me recibió entusiasmada, e hizo lo que nunca había
querido ni se había atrevido a hacer conmigo: me alargó la mano.
No crea usted que no recordé lo
que recomiendan tantos y tantos moralistas y ascetas; pero allá en mi
mente pensé que exageraban el peligro. Aquello del Espíritu Santo de que
el que echa mano a una mujer se expone como si cogiera un escorpión me
pareció dicho en otro sentido. Sin duda que en los libros devotos, con la
más sana intención, se interpretan harto duramente ciertas frases y
sentencias de la Escritura. ¿Cómo entender, si no, que la hermosura de la
mujer, obra tan perfecta de Dios, es causa de perdición siempre? ¿Cómo
entender, también en sentido general y constante, que la mujer es más
amarga que la muerte? ¿Cómo entender que el que toca a una mujer, en toda
ocasión y con cualquier pensamiento que sea, no saldrá sin mancha?
En fin, respondí rápidamente
dentro de mi alma a estos y otros avisos, y tomé la mano que Pepita
cariñosamente me alargaba, y la estreché en la mía. La suavidad de aquella
mano me hizo comprender mejor su delicadeza y primor, que hasta entonces
no conocía sino por los ojos.
Según los usos del siglo, dada ya
la mano una vez, la debe uno dar siempre, cuando llega y cuando se
despide. Espero que en esta ceremonia, en esta prueba de amistad, en esta
manifestación de afecto, si se procede con pureza y sin el menor átomo de
livianidad, no verá usted nada malo ni peligroso.
Como mi padre tiene que estar
muchas noches con el aperador y con otra gente de campo, y hasta las diez
y media o las once suele no verse libre, yo le sustituyo en la mesa del
tresillo al lado de Pepita. El señor Vicario y el escribano son casi
siempre los otros tercios. Jugamos a décimo de real, de modo que un duro o
dos es lo más que se atraviesa en la partida.
Mediando como media tan poco
interés en el juego, lo interrumpimos continuamente con agradables
conversaciones y hasta con discusiones sobre puntos extraños al mismo
juego, en todo lo cual demuestra siempre Pepita una lucidez de
entendimiento, una viveza de imaginación y una tan extraordinaria gracia
en el decir, que no pueden menos de maravillarme.
No hallo motivo suficiente para
variar de opinión respecto a lo que ya he dicho a usted contestando a sus
recelos de que Pepita puede sentir cierta inclinación hacia mí. Me trata
con el afecto natural que debe tener al hijo de su pretendiente don Pedro
de Vargas, y con la timidez y encogimiento que inspira un hombre en mis
circunstancias, que no es sacerdote aún, pero que pronto va a serlo.
Quiero y debo, no obstante, decir
a usted, ya que le escribo siempre como si estuviese de rodillas delante
de usted a los pies del confesionario, una rápida impresión que he sentido
dos o tres veces; algo que tal vez sea una alucinación o un delirio, pero
que he notado.
Ya he dicho a usted en otras
cartas que los ojos de Pepita, verdes como los de Circe, tienen un mirar
tranquilo y honestísimo. Se diría que ella ignora el poder de sus ojos, y
no sabe que sirven más que para ver. Cuando fija en alguien la vista, es
tan clara, franca y pura la dulce luz de su mirada, que en vez de hacer
nacer ninguna mala idea, parece que crea pensamientos limpios; que deja en
reposo grato a las almas inocentes y castas, y mata y destruye todo
incentivo en las almas que no lo son. Nada de pasión ardiente, nada de
fuego hay en los ojos de Pepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo
de su mirada.
Pues bien, a pesar de esto, yo he
creído notar dos o tres veces un resplandor instantáneo, un relámpago, una
llamada fugaz devoradora en aquellos ojos que se posaban en mí. ¿Será
vanidad ridícula sugerida por el mismo demonio?
Me parece que sí; quiero creer y
creo que sí.
Lo rápido, lo fugitivo de la
impresión, me induce a conjeturar que no ha tenido nunca realidad
extrínseca; que ha sido ensueño mío.
La calma del cielo, el frío de la
indiferencia amorosa, si bien templado por la dulzura de la amistad y de
la caridad, es lo que descubro siempre en los ojos de Pepita.
Me atormenta, no obstante, este
ensueño, esta alucinación de la mirada extraña y ardiente.
Mi padre dice que no son los
hombres, sino las mujeres las que toman la iniciativa, y que la toman sin
responsabilidad, y pudiendo negar y volverse atrás cuando quieren. Según
mi padre, la mujer es quien se declara por medio de miradas fugaces, que
ella misma niega más tarde a su propia conciencia, si es menester, y de
las cuales, más que leer, logra el hombre a quien van dirigidas adivinar
el significado. De esta suerte, casi por medio de una conmoción eléctrica,
casi por medio de una sutilísima e inexplicable intuición, se percata el
que es amado de que es amado y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya
sobre seguro y con plena confianza de la correspondencia.
¿Quién sabe si estas teorías de
mi padre, oídas por mí, porque no puedo menos de oírlas, son las que me
han calentado la cabeza y me han hecho imaginar lo que no hay?
De todos modos, me digo a veces,
¿sería tan absurdo, tan imposible que lo hubiera? Y si lo hubiera, si yo
agradase a Pepita de otro modo que como amigo, si la mujer a quien mi
padre pretende se prendase de mí, ¿no sería espantosa mi situación?
Desechemos estos temores
fraguados, sin duda, por la vanidad. No hagamos de Pepita una Fedra y de
mí un Hipólito.
Lo que sí empieza a sorprenderme
es el descuido y plena seguridad de mi padre. Perdone usted, pídale a Dios
que perdone mi orgullo; de vez en cuando me pica y enoja la tal seguridad.
Pues qué, me digo, ¿soy tan adefesio para que mi padre no tema que, a
pesar de mi supuesta santidad, o por mi misma supuesta santidad, no pueda
yo enamorar, sin querer, a Pepita?
Hay un curioso raciocinio, que yo
me hago, y por donde me explico, sin lastimar mi amor propio, el descuido
paterno en este asunto importante. Mi padre, aunque sin fundamentos, se va
considerando ya como marido de Pepita, y empieza a participar de aquella
ceguedad funesta que Asmodeo u otro demonio más torpe infunde a los
maridos. Las historias profanas y eclesiásticas están llenas de esta
ceguedad que Dios permite, sin duda, para fines providenciales. El ejemplo
más egregio quizás es el del emperador Marco Aurelio, que tuvo mujer tan
liviana y viciosa como Faustina, y, siendo varón tan sabio y tan agudo
filósofo, nunca advirtió lo que de todas las gentes que formaban el
Imperio Romano era sabido; por donde, en las meditaciones o memorias que
sobre sí mismo compuso, da infinitas gracias a los dioses inmortales
porque le habían concedido mujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa
de sus contemporáneos y de las futuras generaciones. Desde entonces no se
ve otra cosa todos los días, sino magnates y hombres principales que hacen
sus secretarios y dan todo su valimiento a los que le tienen con su mujer.
De esta suerte me explico que mi padre se descuide, y no recele que, hasta
a pesar mío, pudiera tener un rival en mí.
Sería una falta de respeto,
pecaría yo de presumido e insolente si advirtiese a mi padre del peligro
que no ve. No hay medio de que yo le diga nada. Además, ¿qué había yo de
decirle? Que se me figura que una o dos veces Pepita me ha mirado de otra
manera que como suele mirar. ¿No puede ser esto ilusión mía? No; no tengo
la menor prueba de que Pepita desee siquiera coquetear conmigo.
¿Qué es, pues, lo que entonces
podría yo decir a mi padre? ¿Había de decirle que yo soy quien está
enamorado de Pepita, que yo codicio el tesoro que ya él tiene por suyo?
Esto no es verdad; y sobre todo, ¿cómo declarar esto a mi padre, aunque
fuera verdad, por mi desgracia y por mi culpa?
Lo mejor es callarme; combatir en
silencio, si la tentación llega a asaltarme de veras, y tratar de
abandonar cuanto antes este pueblo y de volverme con usted.
19 de mayo
Gracias a Dios y a usted por las
nuevas cartas y nuevos consejos que me envía. Hoy los necesito más que
nunca.
Razón tiene la mística doctora
santa Teresa cuando pondera los grandes trabajos de las almas tímidas que
se dejan turbar por la tentación; pero es mil veces más trabajoso el
desengaño para quienes han sido, como yo, confiados y soberbios.
Templos del Espíritu Santo son
nuestros cuerpos; mas si se arrima fuego a sus paredes, aunque no ardan,
se tiznan.
La primera sugestión es la cabeza
de la serpiente. Si no la hollamos con planta valerosa y segura, el
ponzoñoso reptil sube a esconderse en nuestro seno.
El licor de los deleites
mundanos, por inocentes que sean, suele ser dulce al paladar, y luego se
trueca en hiel de dragones y veneno de áspides.
Es cierto; ya no puedo negárselo
a usted. Yo no debí poner los ojos con tanta complacencia en esta mujer
peligrosísima.
No me juzgo perdido; pero me
siento conturbado.
Como el corzo sediento desea y
busca el manantial de las aguas, así mi alma busca a Dios todavía. A Dios
se vuelve para que le dé reposo, y anhela beber en el torrente de sus
delicias, cuyo ímpetu alegra el Paraíso, y cuyas ondas claras ponen más
blanco que la nieve; pero un abismo llama a otro abismo, y mis pies se han
clavado en el cieno que está en el fondo.
Sin embargo, aún me quedan voz y
aliento para clamar con el Salmista: ¡Levántate, gloria mía! Si te pones
de mi lado, ¿quién prevalecerá contra mí?
Yo digo a mi alma pecadora, llena
de quiméricas imaginaciones y de vagos deseos, que son sus hijos bastardos:
¡Oh, hija miserable de Babilonia, bienaventurado el que te dará tu
galardón, bienaventurado el que deshará contra las piedras a tus
pequeñuelos!.
Las mortificaciones, el ayuno, la
oración, la penitencia serán las armas de que me revista para combatir y
vencer con el auxilio divino.
No era sueño, no era locura: era
realidad. Ella me mira a veces con la ardiente mirada de que ya he hablado
a usted. Sus ojos están dotados de una atracción magnética inexplicable.
Me atrae, me seduce, y se fijan en ella los míos. Mis ojos deben arder
entonces, como los suyos, con una llama funesta; como los de Amón cuando
se fijaban en Tamar; como los del príncipe de Siquén cuando se fijaban en
Dina.
Al mirarnos así, hasta de Dios me
olvido. La imagen de ella se levanta en el fondo de mi espíritu, vencedora
de todo. Su hermosura resplandece sobre toda hermosura; los deleites del
cielo me parecen inferiores a su cariño; una eternidad de penas creo que
no paga la bienaventuranza infinita que vierte sobre mí en un momento con
una de estas miradas que pasan cual relámpago.
Cuando vuelvo a casa, cuando me
quedo solo en mi cuarto, en el silencio de la noche, reconozco todo el
horror de mi situación y formo buenos propósitos, que luego se quebrantan.
Me prometo a mí mismo fingirme
enfermo, buscar cualquier otro pretexto para no ir a la noche siguiente en
casa de Pepita, y sin embargo voy.
Mi padre, confiado hasta lo sumo,
sin sospechar lo que pasa en mi alma, me dice cuando llega la hora:
-Vete a la tertulia. Yo iré más
tarde, luego que despache al aperador.
Yo no atino con la excusa, no
hallo el pretexto, y en vez de contestar: -no puedo ir-, tomo el sombrero
y voy a la tertulia.
Al entrar, Pepita y yo nos damos
la mano, y al dárnosla me hechiza. Todo mi ser se muda. Penetra hasta mi
corazón un fuego devorante, y ya no pienso más que en ella. Tal vez soy yo
mismo quien provoca las miradas si tardan en llegar. La miro con insano
ahínco, por un estímulo irresistible, y a cada instante creo descubrir en
ella nuevas perfecciones. Ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe,
ya la blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya la
pequeñez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modelado de
la garganta.
Entro en su casa, a pesar mío,
como evocado por un conjuro; y, no bien entro en su casa, caigo bajo el
poder de su encanto; veo claramente que estoy dominado por una maga cuya
fascinación es ineluctable.
No es ella grata a mis ojos
solamente, sino que sus palabras suenan en mis oídos como la música de las
esferas, revelándome toda la armonía del universo y hasta imagino percibir
una sutilísima fragancia que su limpio cuerpo despide, y que supera al
olor de los mastranzos que crecen a orillas de los arroyos y al aroma
silvestre del tomillo que en los montes se cría.
Excitado de esta suerte, no sé
cómo juego al tresillo, ni hablo, ni discurro con juicio, porque estoy
todo en ella.
Cada vez que se encuentran
nuestras miradas se lanzan en ellas nuestras almas, y en los rayos que se
cruzan se me figura que se unen y compenetran. Allí se descubren mil
inefables misterios de amor, allí se comunican sentimientos que por otro
medio no llegarían a saberse, y se recitan poesías que no caben en lengua
humana, y se cantan canciones que no hay voz que exprese ni acordada
cítara que module.
Desde el día en que vi a Pe ita
en el Pozo de la Solana no he vuelto a verla a solas. Nada le he dicho ni
me ha dicho, y, sin embargo, nos lo hemos dicho todo.
Cuando me sustraigo a la
fascinación, cuando estoy solo por la noche en mi aposento, quiero mirar
con frialdad el estado en que me hallo, y veo abierto a mis pies el
precipicio en que voy a sumirme, y siento que me resbalo y que me hundo.
Me recomienda usted que piense en
la muerte; no en la de esta mujer, sino en la mía. Me recomienda usted que
piense en lo inestable, en lo inseguro de nuestra existencia y en lo que
hay más allá. Pero esta consideración y esta meditación ni me atemorizan
ni me arredran. ¿Cómo he de temer la muerte cuando deseo morir? El amor y
la muerte son hermanos. Un sentimiento de abnegación se alza de las
profundidades de mi ser, y me llama a sí, y me dice que todo mi ser debe
darse y perderse por el objeto amado. Ansío confundirme en una de sus
miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de
sus ojos; quedarme muerto mirándola, aunque me condene.
Lo que es aún eficaz en mí contra
el amor, no es el temor, sino el amor mismo. Sobre este amor determinado,
que ya veo con evidencia que Pepita me inspira, se levanta en mi espíritu
el amor divino en consurrección poderosa. Entonces todo se cambia en mí, y
aun me promete la victoria. El objeto de mi amor superior se ofrece a los
ojos de mi mente como el sol que todo lo enciende y alumbra, llenando de
luz los espacios; y el objeto de mi amor más bajo, como átomo de polvo que
vaga en el ambiente y que el sol dora. Toda su beldad, todo su resplandor,
todo su atractivo no es más que el reflejo de ese sol increado, no es más
que la chispa brillante, transitoria, inconsistente de aquella infinita y
perenne hoguera.
Mi alma, abrasada de amor, pugna
por criar alas, y tender el vuelo, y subir a esa hoguera, y consumir allí
cuanto hay en ella de impuro.
Mi vida, desde hace algunos días,
es una lucha constante. No sé cómo el mal que padezco no me sale a la
cara. Apenas me alimento; apenas duermo. Si el sueño cierra mis párpados,
suelo despertar azorado, como si me hallase peleando en una batalla de
ángeles rebeldes y de ángeles buenos. En esta batalla de la luz contra las
tinieblas yo combato por la luz, pero tal vez imagino que me paso al
enemigo, que soy un desertor infame; y oigo la voz del águila de Patmos
que dice: «Y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz», y entonces
me lleno de terror y me juzgo perdido.
No me queda más recurso que huir.
Si en lo que falta para terminar el mes mi padre no me da su venia y no
viene conmigo, me escapo como un ladrón; me fugo sin decir nada.
23 de mayo
Soy un vil gusano, y no un
hombre; soy el oprobio y la abyección de la humanidad; soy un hipócrita.
Me han circundado dolores de
muerte, y torrentes de iniquidad me han conturbado.
Vergüenza tengo de escribir a
usted, y no obstante le escribo. Quiero confesárselo todo.
No logro enmendarme. Lejos de
dejar de ir a casa de Pepita, voy más temprano todas las noches. Se diría
que los demonios me agarran de los pies y me llevan allá sin que yo
quiera.
Por dicha, no hallo sola nunca a
Pepita. No quisiera hallarla sola. Casi siempre se me adelanta el
excelente padre Vicario, que atribuye nuestra amistad a la semejanza de
gustos piadosos, y la funda en la devoción, como la amistad inocentísima
que él le profesa.
El progreso de mi mal es rápido.
Como piedra que se desprende de lo alto del templo y va aumentando su
velocidad en la caída, así va mi espíritu ahora.
Cuando Pepita y yo nos damos la
mano, no es ya como al principio. Ambos hacemos un esfuerzo de voluntad, y
nos transmitimos, por nuestras diestras enlazadas, todas las palpitaciones
del corazón. Se diría que, por arte diabólico, obramos una transfusión y
mezcla de lo más sutil de nuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi
vida por sus venas, como yo siento en las mías la suya.
Si estoy cerca de ella, la amo;
si estoy lejos, la odio. A su vista, en su presencia, me enamora, me
atrae, me rinde con suavidad, me pone un yugo dulcísimo.
Su recuerdo me mata. Soñando con
ella, sueño que me divide la garganta, como Judit al capitán de los
asirios, que me atraviesa las sienes con un clavo, como Jael a Sisara;
pero, a su lado, me parece la esposa del Cantar de los Cantares,
y la llamo con voz interior, y la bendigo, y la juzgo fuente sellada,
huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma mía y hermana.
Quiero libertarme de esta mujer y
no puedo. La aborrezco y casi la adoro. Su espíritu se infunde en mí al
punto que la veo, y me posee, y me domina, y me humilla.
Todas las noches salgo de su casa
diciendo: «esta será la última noche que vuelva aquí», y vuelvo a la noche
siguiente.
Cuando habla y estoy a su lado,
mi alma queda como colgada de su boca; cuando sonríe se me antoja que un
rayo de luz inmaterial se me entra en el corazón y le alegra.
A veces, jugando al tresillo, se
han tocado por acaso nuestras rodillas, y he sentido un indescriptible
sacudimiento.
Sáqueme usted de aquí. Escriba
usted a mi padre que me dé licencia para irme. Si es menester, dígaselo
todo. ¡Socórrame usted! ¡Sea usted mi amparo!
30 de mayo
Dios me ha dado fuerzas ara
resistir y he resistido.
Hace días que no pongo los pies
en casa de Pepita, que no la veo.
Casi no tengo que pretextar una
enfermedad porque realmente estoy enfermo. Estoy pálido y ojeroso; y mi
padre, lleno de afectuoso cuidado, me pregunta qué padezco y me muestra el
interés más vivo.
El reino de los cielos cede a la
violencia, y yo quiero conquistarle. Con violencia llamo a sus puertas
para que se me abran.
Con ajenjo me alimenta Dios para
probarme, y en balde le pido que aparte de mí ese cáliz de amargura; pero
he pasado y paso en vela muchas noches, entregado a la oración, y ha
venido a endulzar lo amargo del cáliz una inspiración amorosa del espíritu
consolador y soberano.
He visto con los ojos del alma la
nueva patria, y en lo más íntimo de mi corazón ha resonado el cántico
nuevo de la Jerusalén celeste.
Si al cabo logro vencer, será
gloriosa la victoria; pero se la deberé a la Reina de los Ángeles, a quien
me encomiendo. Ella es mi refugio y mi defensa; torre y alcázar de David,
de que penden mil escudos y armaduras de valerosos campeones; cedro del
Líbano, que pone en fuga a las serpientes.
En cambio, a la mujer que me
enamora de un modo mundanal procuro menospreciarla y abatirla en mi
pensamiento, recordando las palabras del Sabio y aplicándoselas.
Eres lazo de cazadores, la digo;
tu corazón es red engañosa, y tus manos redes que atan, quien ama a Dios
huirá de ti, y el pecador será por ti aprisionado.
Meditando sobre el amor, hallo
mil motivos para amar a Dios y no amarla.
Siento en el fondo de mi corazón
una inefable energía que me convence de que yo lo despreciaría todo por el
amor de Dios: la fama, la honra, el poder y el imperio. Me hallo capaz de
imitar a Cristo; y si el enemigo tentador me llevase a la cumbre de la
montaña y me ofreciese todos los reinos de la tierra porque doblase ante
él la rodilla, yo no la doblaría; pero cuando me ofrece a esta mujer,
vacilo aún y no le rechazo. ¿Vale más esta mujer a mis ojos que todos los
reinos de la tierra; más que la fama, la honra, el poder y el imperio?
¿La virtud del amor, me pregunto
a veces, es la misma siempre, aunque aplicada a diversos objetos o bien
hay dos linajes y condiciones de amores? Amar a Dios me parece la negación
del egoísmo y del exclusivismo. Amándole, puedo y quiero amarlo todo por
Él, y no me enojo ni tengo celos de que Él lo ame todo. No estoy celoso ni
envidioso de los santos, de los mártires, de los bienaventurados, ni de
los mismos serafines. Mientras mayor me represento el amor de Dios a las
criaturas y los favores y regalos que les hace, menos celoso estoy y más
le amo, y más cercano a mí le juzgo, y más amoroso y fino me parece que
está conmigo. Mi hermandad, mi más que hermandad con todos los seres,
resalta entonces de un modo dulcísimo. Me parece que soy uno con todo, y
que todo está enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.
Muy al contrario, cuando pienso
en esta mujer y en el amor que me inspira. Es un amor de odio que me
aparta de todo menos de mí. La quiero para mí, toda para mí y yo todo para
ella. Hasta la devoción y el sacrificio por ella son egoístas. Morir por
ella sería por desesperación de no lograrla de otra suerte, o por
esperanza de no gozar de su amor por completo, sino muriendo y
confundiéndome con ella en un eterno abrazo.
Con todas estas consideraciones
procuro hacer aborrecible el amor de esta mujer; pongo en este amor mucho
de infernal y de horriblemente ominoso; pero como si tuviese yo dos almas,
dos entendimientos, dos voluntades y dos imaginaciones, pronto surge
dentro de mí la idea contraria; pronto me niego lo que acabo de afirmar, y
procuro conciliar locamente los dos amores. ¿Por qué no huir de ella y
seguir amándola sin dejar de consagrarme fervorosamente al servicio de
Dios? Así como el amor de Dios no excluye el amor de la patria, el amor de
la humanidad, el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la
naturaleza y en el arte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual
e inmaculado. Yo haré de ella, me digo, un símbolo, una alegoría, una
imagen de todo lo bueno y hermoso. Será para mí como Beatriz para Dante,
figura y representación de mi patria, del saber y de la belleza.
Esto me hace caer en una horrible
imaginación, en un monstruoso pensamiento. Para hacer de Pepita ese
símbolo, esa vaporosa y etérea imagen, esa cifra y resumen de cuanto puedo
amar por bajo de Dios, en Dios y subordinándolo a Dios, me la finjo muerta
como Beatriz estaba muerta cuando Dante la cantaba.
Si la dejo entre los vivos, no
acierto a convertirla en idea pura, y para convertirla en idea pura, la
asesino en mi mente.
Luego la lloro, luego me
horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella en espíritu, y con el calor de
mi corazón le vuelvo la vida, y la veo, no vagarosa, diáfana, casi
esfumada entre nubes de color de rosa y flores celestiales, como vio el
feroz Gibelino a su amada en la cima del Purgatorio, sino consistente,
sólida, bien delineada en el ambiente sereno y claro, como las obras más
perfectas del cincel helénico; como Galatea, animada ya por el afecto de
Pigmalión, y bajando llena de vida, respirando amor, lozana de juventud y
de hermosura, de su pedestal de mármol.
Entonces exclamo desde el fondo
de mi conturbado corazón: «Mi virtud desfallece; Dios mío, no me
abandones. Apresúrate a venir en mi auxilio. Muéstrame tu cara y seré
salvo».
Así recobro las fuerzas para
resistir a la tentación. Así renace en mí la esperanza de que volveré al
antiguo reposo no bien me aparte de estos sitios.
El demonio anhela con furia
tragarse las aguas puras del Jordán, que son las personas consagradas a
Dios. Contra ellas se conjura el infierno y desencadena todos sus
monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: «No debemos admirarnos de que
estas personas pecaron, sino de que no pecaron.» Yo, con todo, sabré
resistir y no pecar. Dios me protege.
6 de junio
La
nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, una buena
pieza de arrugadillo; picotera, alegre y hábil como pocas. Se casó con el
hijo del maestro Cencias y ha heredado del padre lo que el hijo no heredó:
una portentosa facilidad para las artes y los oficios. La diferencia está
en que el maestro Cencias componía un husillo de lagar, arreglaba las
ruedas de una carreta o hacía un arado y esta nuera suya hace dulces,
arropes y otras golosinas. El suegro ejercía las artes de utilidad; la
nuera las del deleite, aunque deleite inocente, o lícito al menos.
Antoñona, que así se llama, tiene
o se toma la mayor confianza con todo el señorío. En todas las casas entra
y sale como en la suya. A todos los señoritos y señoritas de la edad de
Pepita, o de cuatro o cinco años más, los tutea, los llama niños y niñas,
y los trata como si los hubiera criado a sus pechos.
A mí me habla de mira, como a los
otros. Viene a verme, entra en mi cuarto, y ya me ha dicho varias veces
que soy un ingrato, y que hago mal en no ir a ver a su señora.
Mi padre, sin advertir nada, me
acusa de extravagante; me llama búho, y se empeña también en que vuelva a
la tertulia. Anoche no pude ya resistirme a sus repetidas instancias, y
fui muy temprano, cuando mi padre iba a hacer las cuentas con el aperador.
¡Ojalá no hubiera ido!
Pepita estaba sola. Al vernos, al
saludarnos, nos pusimos los dos colorados. Nos dimos la mano con timidez,
sin decimos palabra.
Yo no estreché la suya; ella no
estrechó la mía, pero las conservamos unidas un breve rato.
En la mirada que Pepita me
dirigió nada había de amor, sino de amistad, de simpatía, de honda
tristeza.
Había adivinado toda mi lucha
interior; presumía que el amor divino había triunfado en mi alma; que mi
resolución de no amarla era firme e invencible.
No se atrevía a quejarse de mí;
no tenía derecho a quejarse de mí; conocía que la razón estaba de mi
parte. Un suspiro, apenas perceptible, que se escapó de sus frescos labios
entreabiertos, manifestó cuánto lo deploraba.
Nuestras manos seguían unidas
aún. Ambos mudos. ¿Cómo decirle que yo no era para ella ni ella para mí;
qué importaba separamos para siempre?
Sin embargo, aunque no se lo dije
con palabras, se lo dije con los ojos. Mi severa mirada confirmó sus
temores; la persuadió de la irrevocable sentencia.
De pronto se nublaron sus ojos;
todo su rostro hermoso, pálido ya de una palidez traslúcida, se contrajo
con una bellísima expresión de melancolía. Parecía la madre de los
dolores. Dos lágrimas brotaron lentamente de sus ojos y empezaron a
deslizarse por sus mejillas.
No sé lo que pasó en mí. ¿Ni cómo
describirlo, aunque lo supiera?
Acerqué mis labios a su cara para
enjugar el llanto, y se unieron nuestras bocas en un beso.
Inefable embriaguez, desmayo
fecundo en peligros invadió todo mi ser y el ser de ella. Su cuerpo
desfallecía y la sostuve entre mis brazos.
Quiso el cielo que oyésemos los
pasos y la tos del padre Vicario que llegaba, y nos separamos al punto.
Volviendo en mí, y reconcentrando
todas las fuerzas de mi voluntad, pude entonces llenar con estas palabras,
que pronuncié en voz baja e intensa, aquella terrible escena silenciosa:
-¡El primero y el último!
Yo aludía al beso profano; mas,
como si hubieran sido mis palabras una evocación, se ofreció en mi mente
la visión apocalíptica en toda su terrible majestad. Vi al que es por
cierto el primero y el último, y con la espada de dos filos que salía de
su boca me hería en el alma, llena de maldades, de vicios y de pecados.
Toda aquella noche la pasé en un
frenesí, en un delirio interior, que no sé cómo disimulaba.
Me retiré de casa de Pepita muy
temprano.
En la soledad fue mayor mi
amargura.
Al recordarme de aquel beso y de
aquellas palabras de despedida, me comparaba yo con el traidor judas que
vendía besando, y con el sanguinario y alevoso asesino Joab cuando, al
besar a Amasá, le hundió el hierro agudo en las entrañas.
Había incurrido en dos traiciones
y en dos falsías.
Había faltado a Dios y a ella.
Soy un ser abominable.
11 de junio
Aún
es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanará de su amor y olvidará la
flaqueza que ambos tuvimos.
Desde aquella noche no he vuelto
a su casa.
Antoñona no aparece por la mía.
A fuerza de súplicas he logrado
de mi padre la promesa formal de que partiremos de aquí el 25, pasado el
día de San Juan, que aquí se celebra con fiestas lucidas, y en cuya
víspera hay una famosa velada.
Lejos de Pepita me voy serenando
y creyendo que tal vez ha sido una prueba este comienzo de amores.
En todas estas noches he rezado,
he velado, me he mortificado mucho.
La persistencia de mis plegarias,
la honda contrición de mi pecho han hallado gracia delante del Señor,
quien ha mostrado su gran misericordia.
El Señor, como dice el Profeta,
ha enviado fuego a lo más robusto de mi espíritu, ha alumbrado mi
inteligencia, ha encendido lo más alto de mi voluntad y me ha enseñado.
La actividad del amor divino, que
está en la voluntad suprema, ha podido en ocasiones, sin yo merecerlo,
llevarme hasta la oración de quietud afectiva. He desnudado las potencias
inferiores de mi alma de toda imagen, hasta de la imagen de esa mujer; y
he creído, si el orgullo no me alucina, que he conocido y gozado, en paz
con la inteligencia y con el afecto, del bien supremo que está en el
centro y abismo del alma.
Ante este bien todo es miseria;
ante esta hermosura es fealdad todo; ante esta felicidad todo es
infortunio; ante esta altura todo es bajeza. ¿Quién no olvidará y
despreciará por el amor de Dios todos los demás amores?
Sí, la imagen profana de esa
mujer saldrá definitivamente y para siempre de mi alma. Yo haré un azote
durísimo de mis oraciones y penitencias, y con él la arrojaré de allí,
como Cristo arrojó del templo a los condenados mercaderes.
18 de junio
Ésta
será la última carta que yo escriba a usted.
El veinticinco saldré de aquí sin
falta. Pronto tendré el gusto de dar a usted un abrazo.
Cerca de usted estaré mejor.
Usted me infundirá ánimo y me prestará la energía de que carezco.
Una tempestad de encontradas
afecciones combate ahora mi corazón.
El desorden de mis ideas se
conocerá en el desorden de lo que estoy escribiendo.
Dos veces he vuelto a casa de
Pepita. He estado frío, severo, como debía estar; pero ¡cuánto me ha
costado!
Ayer me dijo mi padre que Pepita
está indispuesta y que no recibe.
En seguida me asaltó el
pensamiento de que su amor mal pagado podría ser la causa de la
enfermedad.
¿Por qué la he mirado con las
mismas miradas de fuego con que ella me miraba? ¿Por qué la he engañado
vilmente? ¿Por qué la he hecho creer que la quería? ¿Por qué mi boca
infame buscó la suya y se abrasó y la abrasó con las llamas del infierno?
Pero no; mi pecado no ha de traer
como indefectible consecuencia otro pecado.
Lo que ya fue no puede dejar de
haber sido, pero puede y debe remediarse.
El veinticinco, repito, partiré
sin falta.
La desenvuelta Antoñona acaba de
entrar a verme.
Escondí esta carta como si fuera
una maldad escribir a usted.
Yo me levanté de la silla para
hablar con ella de pie y que la visita fuera corta.
En tan corta visita me ha dicho
mil locuras que me afligen profundamente.
Por último, ha exclamado al
despedirse, en su jerga medio gitana:
¡Anda, fullero de amor,
indinote, maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el
drupo, que has puesto enferma a la niña y con tus
retrecherías la estás matando!
Dicho esto, la endiablada mujer
me aplicó, de una manera indecorosa y plebeya, por bajo de las espaldas,
seis o siete feroces pellizcos, como si quisiera sacarme a túrdigas el
pellejo. Después se largó echando chispas.
No me quejo; merezco esta broma
brutal, dado que sea broma. Merezco que me atenacen los demonios con
tenazas hechas ascuas.
¡Dios mío haz que Pepita me
olvide; haz, si es menester, que ame a otro y sea con él dichosa!
¿Puedo pedirte más, Dios mío?
Mi padre no sabe nada, no
sospecha nada. Más vale así.
Adiós. Hasta dentro de pocos
días, que nos veremos y abrazaremos.
¡Qué mudado va usted a
encontrarme! ¡Qué lleno de amargura mi corazón! ¡Cuán perdida la
inocencia! ¡Qué herida y qué lastimada mi alma!
II
Paralipómenos
No hay más cartas de don Luis de
Vargas que las que hemos transcrito. Nos quedaríamos, pues, sin averiguar
el término que tuvieron estos amores, y esta sencilla y apasionada
historia no acabaría, si un sujeto, perfectamente enterado de todo, no
hubiese compuesto la relación que sigue.
***
Nadie extrañó en el lugar la
indisposición de Pepita, ni menos pensó en buscarle una causa que sólo
nosotros, ella, don Luis, el señor Deán y la discreta Antoñona sabemos
hasta lo presente.
Más bien hubieran podido
extrañarse la vida alegre, las tertulias diarias y hasta los paseos
campestres de Pepita durante algún tiempo. El que volviese Pepita a su
retiro habitual era naturalísimo.
Su amor por don Luis, tan
silencioso y tan reconcentrado, se ocultó a las miradas investigadoras de
doña Casilda, de Currito y de todos los personajes del lugar que en las
cartas de don Luis se nombran. Menos podía saberlo el vulgo. A nadie le
cabía en la cabeza, a nadie le pasaba por la imaginación, que el
teólogo, el santo, como llamaban a don Luis, rivalizase con su padre,
y hubiera conseguido lo que no había conseguido el terrible y poderoso don
Pedro de Vargas: enamorar a la linda, elegante, esquiva y zahareña
viudita.
A pesar de la familiaridad que
las señoras de lugar tienen con sus criadas, Pepita nada había dejado
traslucir a ninguna de las suyas. Sólo Antoñona, que era un lince para
todo, y más aún para las cosas de su niña, había penetrado el misterio.
Antoñona no calló a Pepita su
descubrimiento, y Pepita no acertó a negar la verdad a aquella mujer que
la había criado, que la idolatraba y que, si bien se complacía en
descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo, siendo modelo de
maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para lo que importaba a su
dueño.
De esta suerte se hizo Antoñona
la confidenta de Pepita, la cual hallaba gran consuelo en desahogar su
corazón con quien, si era vulgar o grosera en la expresión o en el
lenguaje, no lo era en los sentimientos y en las ideas que expresaba y
formulaba.
Por lo dicho, se explican las
visitas de Antoñona a don Luis, sus palabras y hasta los feroces, poco
respetuosos y mal colocados pellizcos, con que maceró sus carnes y
atormentó su dignidad la última vez que estuvo a verle.
Pepita no sólo no había excitado
a Antoñona a que fuese a don Luis con embajadas, pero ni sabía siquiera
que hubiese ido.
Antoñona había tomado la
iniciativa, y había hecho papel en este asunto, porque así lo quiso.
Como ya se dijo, se había
enterado de todo con perspicacia maravillosa.
Cuando la misma Pepita apenas se
había dado cuenta de que amaba a don Luis, ya Antoñona lo sabía. Apenas
empezó Pepita a lanzar sobre él aquellas ardientes, furtivas e
involuntarias miradas que tanto destrozo hicieron, miradas que nadie
sorprendió de los que estaban presentes, Antoñona, que no lo estaba, habló
a Pepita de las miradas. Y no bien las miradas recibieron dulce pago,
también lo supo Antoñona.
Poco tuvo, pues, la señora que
confiar a una criada tan penetrante y tan zahorí de cuanto pasaba en lo
más escondido de su pecho.
***
A los cinco días de la fecha de
la última carta que hemos leído empieza nuestra narración.
Eran las once de la mañana.
Pepita estaba en una sala alta al lado de su alcoba y de su tocador, donde
nadie, salvo Antoñona, entraba jamás sin que llamase ella.
Los muebles de aquella sala eran
de poco valor, pero cómodos y aseados. Las cortinas y el forro de los
sillones, sofás y butacas, eran de tela de algodón pintada de flores;
sobre una mesita de caoba había recado de escribir y papeles; y en un
armario, de caoba también, bastantes libros de devoción y de historia. Las
paredes se veían adornadas con cuadros, que eran estampas de asuntos
religiosos; pero con el buen gusto, inaudito, raro, casi inverosímil en un
lugar de Andalucía, de que dichas estampas no fuesen malas litografías
francesas, sino grabados de nuestra Calcografía, como el Pasmo de Sicilia,
de Rafael; el San Ildefonso y la Virgen, la Concepción, el San Bernardo y
los dos medios puntos, de Murillo.
Sobre una antigua mesa de roble,
sostenida por columnas salomónicas, se veía un contadorcillo o papelera
con embutidos de concha, nácar, marfil y bronce, y con muchos cajoncitos
donde guardaba Pepita cuentas y otros documentos. Sobre la misma mesa
había dos vasos de porcelana con muchas flores. Colgadas en la pared
había, por último, algunas macetas de loza de la Cartuja sevillana, con
geranio-hiedra y otras plantas, y tres jaulas doradas con canarios y
jilgueros.
Aquella sala era el retiro de
Pepita, donde no entraban de día sino el médico y el padre Vicario, y
donde a prima noche entraba sólo el aperador a dar sus cuentas. Aquella
sala era y se llamaba el despacho.
Pepita estaba sentada, casi
recostada en un sofá, delante del cual había un velador pequeño con varios
libros.
Se acababa de levantar, y vestía
una ligera bata de verano. Su cabello rubio, mal peinado aún, parecía más
hermoso en su mismo desorden. Su cara, algo pálida y con ojeras si bien
llena de juventud, lozanía y frescura, parecía más bella con el mal que le
robaba colores.
Pepita mostraba impaciencia;
aguardaba a alguien.
Al fin llegó, y entró sin
anunciarse la persona que aguardaba, que era el padre Vicario.
Después de los saludos de
costumbre, y arrellanado el padre Vicario en una butaca al lado de Pepita,
se entabló la conversación.
***
-Me alegro, hija mía, de que me
hayas llamado; pero sin que te hubieras molestado en llamarme, ya iba yo a
venir a verte. ¡Qué pálida estás! ¿Qué padeces? ¿Tienes algo
importante que decirme?
A esta serie de preguntas
cariñosas empezó a contestar Pepita con un hondo suspiro. Después dijo:
-¿No adivina usted mi enfermedad?
¿No descubre usted la causa de mi padecimiento?
El Vicario se encogió de hombros
y miró a Pepita con cierto susto, porque nada sabía, y le llamaba la
atención la vehemencia con que ella se expresaba.
Pepita prosiguió:
-Padre mío, yo no debí llamar a
usted, sino ir a la iglesia y hablar con usted en el confesonario, y allí
confesar mis pecados. Por desgracia, no estoy arrepentida; mi corazón se
ha endurecido en la maldad, y no he tenido valor ni me he hallado
dispuesta para hablar con el confesor, sino con el amigo.
-¿Qué dices de pecados ni de
dureza de corazón? ¿Estás loca? ¿Qué pecados han de ser los tuyos, si eres
tan buena?
-No, padre, yo soy mala. He
estado engañando a usted, engañándome a mí misma, queriendo engañar a
Dios.
-Vamos, cálmate, serénate; habla
con orden y con juicio para no decir disparates.
-¿Y cómo no decirlos cuando el
espíritu del mal me posee?
-¡Ave María Purísima! Muchacha,
no desatines. Mira, hija mía: tres son los demonios más temibles que se
apoderan de las almas, y ninguno de ellos, estoy seguro, se puede haber
atrevido a llegar hasta la tuya. El uno es Leviatán, o el espíritu de la
soberbia; el otro Mamón, o el espíritu de la avaricia; el otro Asmodeo, o
el espíritu de los amores impuros.
-Pues de los tres soy víctima;
los tres me dominan.
-¡Qué horror!... Repito que te
calmes. De lo que tú eres víctima es de un delirio.
-¡Pluguiese a Dios que así fuera!
Es, por mi culpa, lo contrario. Soy avarienta, porque poseo cuantiosos
bienes y no hago las obras de caridad que debiera hacer; soy soberbia,
porque he despreciado a muchos hombres, no por virtud, no por honestidad,
sino porque no los hallaba acreedores a mi cariño. Dios me ha castigado;
Dios ha permitido que ese tercer enemigo, de que usted habla, se apodere
de mí.
-¿Cómo es eso, muchacha? ¿Qué
diablura se te ocurre? ¿Estás enamorada quizás? Y si lo estás, ¿qué mal
hay en ello? ¿No eres libre? Cásate, pues, y déjate de tonterías. Seguro
estoy de que mi amigo don Pedro de Vargas ha hecho el milagro. ¡El demonio
es el tal don Pedro! Te declaro que me asombra. No juzgaba yo el asunto
tan mollar y tan maduro como estaba.
-Pero si no es don Pedro de
Vargas de quien estoy enamorada.
-¿Pues de quién entonces?
Pepita se levantó de su asiento;
fue hacia la puerta; la abrió; miró para ver si alguien escuchaba desde
fuera; la volvió a cerrar; se acercó luego al padre Vicario, y toda
acongojada, con voz trémula, con lágrimas en los ojos, dijo casi al oído
del buen anciano:
-Estoy perdidamente enamorada de
su hijo.
-¿De qué hijo? -interrumpió el
padre Vicario, que aún no quería creerlo.
-¿De qué hijo ha de ser? Estoy
perdida, frenéticamente enamorada de don Luis.
La consternación, la sorpresa más
dolorosa se pintó en el rostro del cándido y afectuoso sacerdote.
Hubo un momento de pausa. Después
dijo el Vicario:
-Pero ese es un amor sin
esperanza; un amor imposible. Don Luis no te querrá.
Por entre las lágrimas que
nublaban los hermosos ojos de Pepita brilló un alegre rayo de luz; su
linda y fresca boca, contraída por la tristeza, se abrió con suavidad,
dejando ver las perlas de sus dientes y formando una sonrisa.
-Me quiere -dijo Pepita con un
ligero y mal disimulado acento de satisfacción y de triunfo, que se alzaba
por cima de su dolor y de sus escrúpulos.
Aquí subieron de punto la
consternación y el asombro del padre Vicario. Si el santo de su mayor
devoción hubiera sido arrojado del altar y hubiera caído a sus pies, y se
hubiera hecho cien mil pedazos, no se hubiera el Vicario consternado
tanto. Todavía miró a Pepita con incredulidad, como dudando de que aquello
fuese cierto, y no una alucinación de la vanidad mujeril. Tan de firme
creía en la santidad de don Luis y en su misticismo.
-¡Me quiere! -dijo otra vez
Pepita, contestando a aquella incrédula mirada.
-¡Las mujeres son peores que
pateta! -dijo el Vicario-. Echáis la zancadilla al mismísimo mengue.
-¿No se lo decía yo a usted? ¡Yo
soy muy mala!
-¡Sea todo por Dios! Vamos,
sosiégate. La misericordia de Dios es infinita. Cuéntame lo que ha pasado.
-¡Qué ha de haber pasado! Que le
quiero, que le amo, que le adoro; que él me quiere también, aunque lucha
por sofocar su amor y tal vez lo consiga; y que usted, sin saberlo, tiene
mucha culpa de todo.
-¡Pues no faltaba más! ¿Cómo es
eso de que tengo yo mucha culpa?
-Con la extremada bondad que le
es propia, no ha hecho usted más que alabarme a don Luis, y tengo por
cierto que a don Luis le habrá usted hecho de mí mayores elogios aún, si
bien harto menos merecidos. ¿Qué había de suceder? ¿Soy yo de bronce?
¿Tengo más de veinte años?
-Tienes razón que te sobra. Soy
un mentecato. He contribuido poderosamente a esta obra de Lucifer.
El padre Vicario era tan bueno y
tan humilde, que al decir las anteriores frases estaba confuso y contrito,
como si él fuese el reo y Pepita el juez.
Conoció Pepita el egoísmo rudo
con que había hecho cómplice y punto menos que autor principal de su falta
al padre Vicario, y le habló de esta suerte:
-No se aflija usted, padre mío;
no se aflija usted, por amor de Dios. ¡Mire usted si soy perversa! ¡Cometo
pecados gravísimos y quiero hacer responsable de ellos al mejor y más
virtuoso de los hombres! No han sido las alabanzas que usted me ha hecho
de don Luis, sino mis ojos y mi poco recato los que me han perdido. Aunque
usted no me hubiera hablado jamás de las prendas de don Luis, de su saber,
de su talento y de su entusiasta corazón, yo lo hubiera descubierto todo
oyéndole hablar, pues al cabo no soy tan tonta ni tan rústica. Me he
fijado además en la gallardía de su persona, en la natural distinción y no
aprendida elegancia de sus modales, en sus ojos llenos de fuego y de
inteligencia, en todo él, en suma, que me parece amable y deseable. Los
elogios de usted han venido sólo a lisonjear mi gusto, pero no a
despertarle. Me han encantado porque coincidían con mi parecer y eran como
el eco adulador, harto amortiguado y debilísimo, de lo que yo pensaba. El
más elocuente encomio que me ha hecho usted de don Luis no ha llegado, ni
con mucho, al encomio que sin palabras me hacía yo de él a cada minuto, a
cada segundo, dentro del alma.
-¡No te exaltes, hija mía!
-interrumpió el padre Vicario.
Pepita continuó con mayor
exaltación:
-Pero ¡qué diferencia entre los
encomios de usted y mis pensamientos! Usted veía y trazaba en don Luis el
modelo ejemplar del sacerdote, del misionero, del varón apostólico; ya
predicando el Evangelio en apartadas regiones y convirtiendo infieles, ya
trabajando en España para realzar la cristiandad, tan perdida hoy por la
impiedad de los unos y la carencia de virtud, de caridad y de ciencia de
los otros. Yo, en cambio, me le representaba galán, enamorado, olvidando a
Dios por mí, consagrándome su vida, dándome su alma, siendo mi apoyo, mi
sostén, mi dulce compañero. Yo anhelaba cometer un robo sacrílego. Soñaba
con robársele a Dios y a su templo, como el ladrón, enemigo del cielo, que
roba la joya más rica de la venerada custodia. Para cometer este robo he
desechado los lutos de la viudez y de la orfandad y me he vestido galas
profanas; he abandonado mi retiro y he buscado y llamado a mí a las
gentes; he procurado estar hermosa; he cuidado con infernal esmero de todo
este cuerpo miserable, que ha de hundirse en la sepultura y ha de
convertirse en polvo vil, y he mirado, por último, a don Luis con miradas
provocantes, y, al estrechar su mano, he querido transmitir de mis venas a
las suyas este fuego inextinguible en que me abraso.
-¡Ay, niña! ¡Qué pena me da lo
que te oigo! ¡Quién lo hubiera podido imaginar siquiera!
-Pues hay más todavía -añadió
Pepita-. Logré que don Luis me amase. Me lo declaraba con los ojos. Sí; su
amor era tan profundo, tan ardiente como el mío. Su virtud, su aspiración
a los bienes eternos, su esfuerzo varonil trataban de vencer esta
pasión insana. Yo he procurado impedirlo. Una vez, después de muchos días
que faltaba de esta casa, vino a verme y me halló sola. Al darme la mano
lloré; sin hablar me inspiró el infierno una maldita elocuencia muda, y le
di a entender mi dolor porque me desdeñaba, porque no me quería, porque
prefería a mi amor otro amor sin mancilla. Entonces no supo él resistir a
la tentación y acerco su boca a mi rostro para secar mis lágrimas.
Nuestras bocas se unieron. Si Dios no hubiera dispuesto que llegase usted
en aquel instante, ¿qué hubiera sido de mí?
-¡Qué vergüenza, hija mía! ¡Qué
vergüenza! -dijo el padre Vicario.
Pepita se cubrió el rostro con
entrambas manos y empezó a sollozar como una Magdalena. Las manos eran, en
efecto, tan bellas, más bellas que lo que don Luis había dicho en sus
cartas. Su blancura, su transparencia nítida, lo afilado de los dedos, lo
sonrosado, pulido y brillante de las uñas de nácar, todo era para volver
loco a cualquier hombre.
El virtuoso Vicario comprendió, a
pesar de sus ochenta años, la caída o tropiezo de don Luis.
-¡Muchacha -exclamó-, no seas
extremosa! ¡No me partas el corazón! Tranquilízate. Don Luis se ha
arrepentido, sin duda, de su pecado. Arrepiéntete tú también, y se acabó.
Dios os perdonará y os hará unos santos. Cuando don Luis se va pasado
mañana, clara señal es de que la virtud ha triunfado en él, huye de ti,
como debe, para hacer penitencia de su pecado, cumplir su promesa y acudir
a su vocación.
-Bueno está eso -replicó Pepita-;
cumplir su promesa... acudir a su vocación... ¡y matarme a mí antes! ¿Por
qué me ha querido, por qué me ha engreído, por qué me ha engañado? Su beso
fue marca, fue hierro candente con que me señaló y selló como a su
esclava. Ahora, que estoy marcada y esclavizada, me abandona, y me vende,
y me asesina. ¡Feliz principio quiere dar a sus misiones, predicaciones y
triunfos evangélicos! ¡No será! ¡Vive Dios que no será!
Este arranque de ira y de amoroso
despecho aturdió al padre Vicario.
Pepita se había puesto de pie. Su
ademán, su gesto tenían una animación trágica. Fulguraban sus ojos como
dos puñales; relucían como dos soles. El Vicario callaba y la miraba casi
con terror. Ella recorrió la sala a grandes pasos. No parecía ya tímida
gacela, sino iracunda leona.
-Pues qué -dijo, encarándose de
nuevo con el padre Vicario-, ¿no hay más que burlarse de mí, destrozarme
el corazón, humillármele, pisoteármele después de habérmelo robado por
engaño? ¡Se acordará de mí! ¡Me la pagará! Si es tan santo, si es tan
virtuoso, ¿por qué me miro prometiéndomelo todo con su mirada? Si ama
tanto a Dios, ¿por qué hace mal a una pobre criatura de Dios? ¿Es esto
caridad? ¿Es religión esto? No; es egoísmo sin entrañas.
La cólera de Pepita no podía
durar mucho. Dichas las últimas palabras, se trocó en desfallecimiento.
Pepita se dejó caer en una butaca, llorando más que antes, con una
verdadera congoja.
El Vicario sintió la más tierna
compasión; pero recobró su brío al ver que el enemigo se rendía.
-Pepita, niña -dijo-, vuelve en
ti; no te atormentes de ese modo. Considera que él habrá luchado mucho
para vencerse; que no te ha engañado; que te quiere con toda el alma, pero
que Dios y su obligación están antes. Esta vida es muy breve y pronto se
pasa. En el cielo os reuniréis y os amaréis como se aman los ángeles. Dios
aceptará vuestro sacrificio y os premiará y recompensará con usura. Hasta
tu amor propio debe estar satisfecho. ¡Qué no valdrás tú cuando has hecho
vacilar y aun pecar a un hombre como don Luis! ¡Cuán honda herida no
habrás logrado hacer en su corazón! Bástete con esto. ¡Sé generosa, sé
valiente! Compite con él en firmeza. Déjale partir; lanza de tu pecho el
fuego del amor impuro; ámale como a tu prójimo, por el amor de Dios.
Guarda su imagen en tu mente, pero como la criatura predilecta, reservando
al Creador la más noble parte del alma. No sé lo que te digo, hija mía,
porque estoy muy turbado; pero tú tienes mucho talento y mucha discreción,
y me comprendes por medias palabras. Hay además motivos mundanos poderosos
que se opondrían a estos absurdos amores, aunque la vocación y promesa de
don Luis no se opusieran. Su padre te pretende; aspira a tu mano por más
que tú no le ames. ¿Estará bien visto que salgamos ahora con que el hijo
es rival del padre? ¿No se enojará el padre contra el hijo por amor tuyo?
Mira cuán horrible es todo esto, y domínate por Jesús Crucificado y por su
bendita madre María Santísima.
-¡Qué fácil es dar
consejos!-contestó Pepita sosegándose un poco-. ¡Qué difícil me es
seguirlos, cuando hay como una fiera y desencadenada tempestad en mi
cabeza! ¡Si me da miedo de volverme loca!
-Los consejos que te doy son por
tu bien. Deja que don Luis se vaya. La ausencia es gran remedio para el
mal de amores. Él sanará de su pasión entregándose a sus estudios y
consagrándose al altar. Tú, así que esté lejos don Luis, irás poco a poco
serenándote, y conservarás de él un grato y melancólico recuerdo, que no
te hará daño. Será como una hermosa poesía que dorará con su luz tu
existencia. Si todos tus deseos pudieran cumplirse... ¿quién sabe?... Los
amores terrenales son poco consistentes. El deleite que la fantasía
entrevé, con gozarlos y apurarlos hasta las heces, nada vale comparado con
los amargos dejos. ¡Cuánto mejor es que vuestro amor, apenas contaminado y
apenas impurificado, se pierda y se evapore ahora, subiendo al cielo como
nube de incienso, que no el que muera, una vez satisfecho, a manos del
hastío! Ten valor para apartar la copa de tus labios, cuando apenas has
gustado el licor que contiene. Haz con ese licor una libación y una
ofrenda al Redentor divino. En cambio, te dará Él de aquella bebida que
ofreció a la Samaritana; bebida que no cansa, que satisface la sed y que
produce vida eterna.
-¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Qué
bueno es usted! Sus santas palabras me prestan valor. Yo me dominaré, yo
me venceré. Sería bochornoso, ¿no es verdad que sería bochornoso que don
Luis supiera dominarse y vencerse, y yo fuera liviana y no me venciera?
Que se vaya. Se va pasado mañana. Vaya bendito de Dios. Mire usted su
tarjeta. Ayer estuvo a despedirse con su padre y no le he recibido. Ya no
le veré más. No quiero conservar ni el recuerdo poético de que usted
habla. Estos amores han sido una pesadilla. Yo la arrojaré lejos de mí.
-¡Bien, muy bien! Así te quiero
yo, enérgica, valiente.
-¡Ay, padre mío! Dios ha
derribado mi soberbia con este golpe; mi engreimiento era insolentísimo, y
han sido indispensables los desdenes de ese hombre para que sea yo todo lo
humilde que debo. ¿Puedo estar más postrada ni más resignada? Tiene razón
don Luis; yo no le merezco. ¿Cómo, por más esfuerzos que hiciera, habría
yo de elevarme hasta él, y comprenderle, y poner en perfecta comunicación
mi espíritu con el suyo? Yo soy zafia aldeana, inculta, necia; él no hay
ciencia que no comprenda, ni arcano que ignore, ni esfera encumbrada del
mundo intelectual a donde no suba. Allá se remonta en alas de su genio, y
a mí, pobre y vulgar mujer, me deja por acá, en este bajo suelo, incapaz
de seguirle ni siquiera con una levísima esperanza y con mis desconsolados
suspiros.
-Pero, Pepita, por los clavos de
Cristo, no digas eso ni lo pienses. ¡Si don Luis no te desdeña por zafia,
ni porque es muy sabio y tú no le entiendes ni por esas majaderías que ahí
estás ensartando! Él se va porque tiene que cumplir con Dios; y tú debes
alegrarte de que se vaya, porque sanarás del amor, y Dios te dará el
premio de tan grande sacrificio.
Pepita, que ya no lloraba y que
se había enjugado las lágrimas con el pañuelo, contestó tranquila:
-Está bien, padre; yo me
alegraré; casi me alegro ya de que se vaya. Deseando estoy que pase el día
de mañana, y que, pasado, venga Antoñona a decirme cuando yo despierte:
«Ya se fue don Luis.» Usted verá cómo renacen entonces la calma y la
serenidad antigua en mi corazón.
-Así sea -dijo el padre Vicario,
y convencido de que había hecho un prodigio y de que había curado casi el
mal de Pepita, se despidió de ella y se fue a su casa, sin poder resistir
ciertos estímulos de vanidad al considerar la influencia que ejercía sobre
el noble espíritu de aquella preciosa muchacha.
***
Pepita, que se había levantado
para despedir al padre Vicario, no bien volvió a cerrar la puerta y quedó
sola, de pie, en medio de la estancia, permaneció un rato inmóvil, con la
mirada fija, aunque sin fijarla en ningún objeto, y con los ojos sin
lágrimas. Hubiera recordado a un poeta o a un artista la figura de
Ariadna, como la describe Catulo, cuando Teseo la abandonó en la isla de
Naxos. De repente, como si lograse desatar un nudo que le apretaba la
garganta, como si quebrase un cordel que la ahogaba, rompió Pepita en
lastimeros gemidos, vertió un raudal de llanto, y dio con su cuerpo, tan
lindo y delicado, sobre las losas frías del pavimento. Allí, cubierta la
cara con las manos, desatada ya la trenza de sus cabellos y en desorden la
vestidura, continuó en sus sollozos y en sus gemidos.
Así hubiera seguido largo tiempo,
si no llega Antoñona. Antoñona la oyó gemir, antes de entrar y verla, y se
precipitó en la sala. Cuando la vio tendida en el suelo, hizo Antoñona mil
extremos de furor.
-¡Vea usted -dijo-, ese zángano,
pelgar, vejete, tonto, que mana se da para consolar a sus amigas! Habrá
largado alguna barbaridad, algún buen par de coces a esta criaturita de mi
alma, y me la ha dejado aquí medio muerta, y él se ha vuelto a la iglesia
a preparar lo conveniente para cantarla el gorigori, y rociarla con el
hisopo y enterrármela sin más ni más.
Antoñona tendría cuarenta años, y
era dura en el trabajo, briosa y más forzuda que muchos cavadores. Con
frecuencia levantaba poco menos que a pulso una corambre con tres arrobas
y media de aceite o de vino y la plantaba sobre el lomo de un mulo, o bien
cargaba con un costal de trigo y lo subía al alto desván, donde estaba el
granero. Aunque Pepita no fuese una paja, Antoñona la alzó del suelo en
sus brazos, como si lo fuera, y la puso con mucho tiento sobre el sofá,
como quien coloca la alhaja más frágil y primorosa para que no se quiebre.
-¿Qué soponcio es éste? -preguntó
Antoñona-. Apuesto cualquier cosa a que este zanguango de Vicario te ha
echado un sermón de acíbar y te ha destrozado el alma a pesadumbres.
Pepita seguía llorando y
sollozando sin contestar.
-¡Ea! Déjate de llanto y dime lo
que tienes. ¿Qué te ha dicho el Vicario?
-Nada ha dicho que pueda
ofenderme -contestó al fin Pepita.
Viendo luego que Antoñona
aguardaba con interés a que ella hablase, y deseando desahogarse con quien
simpatizaba mejor con ella y más humanamente la comprendía,
Pepita habló de esta manera:
-El padre Vicario me amonesta con
dulzura para que me arrepienta de mis pecados; para que deje partir en paz
a don Luis; para que me alegre de su partida; para que le olvide. Yo he
dicho que sí a todo. He prometido alegrarme de que don Luis se vaya. He
querido olvidarle y hasta aborrecerle. Pero mira, Antoñona, no puedo; es
un empeño superior a mis fuerzas. Cuando el Vicario estaba aquí, juzgué
que tenía yo bríos para todo, y no bien se fue, como si Dios me dejara de
su mano, perdí los bríos y me caí en el suelo desolada. Yo había soñado
una vida venturosa al lado de este hombre que me enamora; yo me veía ya
elevada hasta él por obra milagrosa del amor; mi pobre inteligencia en
comunión perfectísima con su inteligencia sublime; mi voluntad siendo una
con la suya; con el mismo pensamiento ambos; latiendo nuestros corazones
acordes. ¡Dios me lo quita y se lo lleva, y yo me quedo sola, sin
esperanza ni consuelo! ¿No es verdad que es espantoso? Las razones del
padre Vicario son justas, discretas... Al pronto me convencieron. Pero se
fue; y todo el valor de aquellas razones me parece nulo; vano juego de
palabras; mentiras, enredos y argucias. Yo amo a don Luis, y esta razón es
más poderosa que todas las razones. Y si él me ama, ¿por qué no lo deja
todo y me busca, y se viene a mí y quebranta promesas y anula compromisos?
No sabía yo lo que era amor. Ahora lo sé: no hay nada más fuerte en la
tierra y en el cielo. ¿Qué no haría yo por don Luis? Y él por mí nada
hace. Acaso no me ama. No, don Luis no me ama. Yo me engañé; la vanidad me
cegó. Si don Luis me amase, me sacrificaría sus propósitos, sus votos, su
fama, sus aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera de la Iglesia;
todo me lo sacrificaría. Dios me lo perdone... es horrible lo que voy a
decir, pero lo siento aquí en el centro del pecho; me arde aquí, en la
frente calenturienta: yo por él daría hasta la salvación de mi alma.
-¡Jesús, María y José!
-interrumpió Antoñona.
-¡Es cierto, Virgen Santa de los
Dolores, perdonadme, perdonadme... estoy loca... no sé lo que digo y
blasfemo!
-Sí, hija mía, ¡estás algo
empecatada! Válgame Dios y cómo te ha trastornado el juicio ese teólogo
pisaverde! Pues si yo fuera que tú, no lo tomaría contra el cielo, que no
tiene la culpa; sino contra el mequetrefe del colegial, y me las pagaría o
me borraría el nombre que tengo. Ganas me dan de ir a buscarle y traértele
aquí de una oreja, y obligarle a que te pida perdón y a que te bese los
pies de rodillas.
-No, Antoñona. Veo que mi locura
es contagiosa, y que tú deliras también. En resolución, no hay más recurso
que hacer lo que me aconseja el padre Vicario. Lo haré aunque me cueste la
vida. Si muero por él, él me amará, él guardará mi imagen en su memoria,
mi amor en su corazón, y Dios, que es tan bueno, hará que yo vuelva a
verle en el cielo con los ojos del alma, y que allí nuestros espíritus se
amen y se confundan.
Antoñona, aunque era recia de
veras y nada sentimental, sintió, al oír esto, que se le saltaban las
lágrimas.
-Caramba, niña -dijo Antoñona-,
vas a conseguir que suelte yo el trapo a llorar y que berree como una
vaca. Cálmate y no pienses en morirte ni de chanza. Veo que tienes muy
excitados los nervios. ¿Quieres que traiga una taza de tila?
-No, gracias. Déjame... ya ves
como estoy sosegada.
-Te cerraré las ventanas, a ver
si duermes. Si no duermes hace días, ¿cómo has de estar? ¡Mal haya el tal
don Luis y su manía de meterse cura! ¡Buenos supiripandos te cuesta!
Pepita había cerrado los ojos;
estaba en calma y en silencio, harta ya de coloquio con Antoñona.
Ésta, creyéndola dormida, o
deseando que durmiera, se inclinó hacia Pepita, puso con lentitud y
suavidad un beso sobre su blanca frente, le arregló y plegó el vestido
sobre el cuerpo, entornó las ventanas para dejar el cuarto a media luz y
se salió de puntillas, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido.
***
Mientras que ocurrían estas cosas
en casa de Pepita, no estaba más alegre y sosegado en la suya el señor don
Luis de Vargas.
Su padre que no dejaba casi
ningún día de salir al campo a caballo, había querido llevarle en su
compañía; pero don Luis se había excusado con que le dolía la cabeza, y
don Pedro se fue sin él. Don Luis había pasado solo toda la mañana,
entregado a sus melancólicos pensamientos, y más firme que roca en su
resolución de borrar de su alma la imagen de Pepita y de consagrarse a
Dios por completo.
No se crea, con todo, que no
amaba a la joven viuda. Ya hemos visto por las cartas la vehemencia de su
pasión; pero él seguía enfrenándola con los mismos afectos piadosos y
consideraciones elevadas de que en las cartas da larga muestra, y que
podemos omitir aquí para no pecar de prolijos.
Tal vez, si profundizamos con
severidad en este negocio, notaremos que contra el amor de Pepita no
luchaban sólo en el alma de don Luis el voto hecho ya en su interior,
aunque no confirmado; el amor de Dios; el respeto a su padre, de quien no
quería ser rival, y la vocación, en suma, que sentía por el sacerdocio.
Había otros motivos de menos depurados quilates y de más baja ley.
Don Luis era pertinaz, era terco;
tenía aquella condición que bien dirigida constituye lo que se llama
firmeza de carácter, y nada había que le rebajase más a sus propios ojos
que el variar de opinión y de conducta. El propósito de toda su vida, lo
que había sostenido y declarado ante cuantas personas le trataban, su
figura moral, en una palabra, que era ya la de un aspirante a santo, la de
un hombre consagrado a Dios, la de un sujeto imbuido en las más sublimes
filosofías religiosas, todo esto no podía caer por tierra sin gran mengua
de don Luis, como caería, si se dejase llevar del amor de Pepita Jiménez.
Aunque el precio era sin comparación mucho más subido, a don Luis se le
figuraba que si cedía iba a remedar a Esaú, y a vender su primogenitura, y
a deslustrar su gloria.
Por lo general los hombres
solemos ser juguete de las circunstancias; nos dejamos llevar de la
corriente, y no nos dirigimos sin vacilar a un punto. No elegimos papel,
sino tomamos y hacemos el que nos toca; el que la ciega fortuna nos
depara. La profesión, el partido político, la vida entera de muchos
hombres pende de casos fortuitos, de lo eventual, de lo caprichoso y no
esperado de la suerte.
Contra esto se rebelaba el
orgullo de don Luis con titánica pujanza. ¿Qué se diría de él, y, sobre
todo, qué pensaría él de sí mismo, si el ideal de su vida, el hombre nuevo
que había creado en su alma, si todos sus planes de virtud, de honra y
hasta de santa ambición se desvaneciesen en un instante, se derritiesen al
calor de una mirada, por la llama fugitiva de unos lindos ojos, como la
escarcha se derrite con el rayo débil aún del sol matutino?
Estas y otras razones de un orden
egoísta militaban también contra la viuda, a par de las razones legítimas
y de substancia; pero todas las razones se revestían del mismo hábito
religioso, de manera que el propio don Luis no acertaba a reconocerlas y
distinguirlas, creyendo amor de Dios, no sólo lo que era amor de Dios,
sino asimismo el amor propio. Recordaba, por ejemplo, las vidas de muchos
santos, que habían resistido tentaciones mayores que las suyas, y no
quería ser menos que ellos. Y recordaba, sobre todo, aquella entereza de
san Juan Crisóstomo, que supo desestimar los halagos de una madre amorosa
y buena y su llanto y sus quejas dulcísimas y todas las elocuentes y
sentidas palabras que le dijo para que no la abandonase y se hiciese
sacerdote, llevándole para ello a su propia alcoba, y haciéndole sentar
junto a la cama en que le había parido. Y después de fijar en esto la
consideración, don Luis no se sufría a sí propio en no menospreciar las
súplicas de una mujer extraña a quien hacía tan poco tiempo que conocía, y
el vacilar aún entre su deber y el atractivo de una joven, tal vez más que
enamorada, coqueta.
Pensaba luego don Luis en la
alteza soberana de la dignidad del sacerdocio a que estaba llamado, y la
veía por cima de todas las instituciones y de las míseras coronas de la
tierra; porque no ha sido hombre mortal, ni capricho del voluble y servil
populacho, ni irrupción o avenida de gente bárbara, ni violencia de
amotinadas huestes movidas de la codicia, ni ángel, ni arcángel, ni
potestad criada, sino el mismo Paráclito quien la ha fundado. ¿Cómo por el
liviano incentivo de una mozuela, por una lagrimilla quizás mentida,
despreciar esa dignidad augusta, esa potestad que Dios no concedió ni a
los arcángeles que están más cerca de su trono? ¿Cómo bajar a confundirse
entre la obscura plebe, y ser uno del rebaño, cuando ya soñaba ser pastor,
atando y desatando en la tierra para que Dios ate y desate en el cielo, y
perdonando los pecados, regenerando a las gentes por el agua y por el
espíritu, adoctrinándolas en nombre de una autoridad infalible, dictando
sentencias que el Señor de las alturas ratifica luego y confirma, siendo
iniciador y agente de tremendos misterios, inasequibles a la razón humana,
y haciendo descender del cielo no como Elías la llama que consume la
víctima, sino al Espíritu Santo, al Verbo hecho carne y el torrente de la
gracia, que purifica los corazones y los deja limpios como el oro?
Cuando don Luis reflexionaba
sobre todo esto, se elevaba su espíritu, se encumbraba por cima de las
nubes en la región empírea y la pobre Pepita Jiménez quedaba allá muy
lejos, y apenas si él la veía.
Pero pronto se abatía el vuelo de
su imaginación, y el alma de don Luis tocaba a la tierra y volvía a ver a
Pepita, tan graciosa, tan joven, tan candorosa y tan enamorada, y Pepita
combatía dentro de su corazón contra sus más fuertes y arraigados
propósitos, y don Luis temía que diese al traste con ellos.
Así se atormentaba don Luis con
encontrados pensamientos, que se daban guerra, cuando entró Currito en su
cuarto sin decir «oxte ni moxte».
Currito, que no estimaba gran
cosa a su primo mientras no fue más que teólogo, le veneraba, le admiraba
y formaba de él un concepto sobrehumano desde que le había visto montar
tan bien en Lucero.
Saber teología y no saber montar
desacreditaba a don Luis a los ojos de Currito; pero cuando Currito
advirtió que sobre la ciencia y sobre todo aquello que él no entendía, si
bien presumía difícil y enmarañado, era don Luis capaz de sostenerse tan
bizarramente en las espaldas de una fiera, ya su veneración y su cariño a
don Luis no tuvieron límites. Currito era un holgazán, un perdido, un
verdadero mueble, pero tenía un corazón afectuoso y leal. A don Luis, que
era el ídolo de Currito, le sucedía como a todas las naturalezas
superiores con los seres inferiores que se les aficionan. Don Luis se
dejaba querer, esto es, era dominado despóticamente por Currito en los
negocios de poca importancia. Y como para hombres como don Luis casi no
hay negocios que la tengan en la vida vulgar y diaria, resultaba que
Currito llevaba y traía a don Luis como un zarandillo.
-Vengo a buscarte -le dijo-, para
que me acompañes al casino, que está animadísimo hoy y lleno de gente.
¿Qué haces aquí solo, tonteando y hecho un papamoscas?
Don Luis, casi sin replicar, y
como si fuera mandato, tomó su sombrero y su bastón, y diciendo «Vámonos
donde quieras» siguió a Currito que se adelantaba, tan satisfecho de aquel
dominio que ejercía.
El casino, en efecto, estaba de
bote en bote, gracias a la solemnidad del día siguiente, que era el día de
San Juan. A más de los señores del lugar, había muchos forasteros, que
habían venido de los lugares inmediatos para concurrir a la feria y velada
de aquella noche.
El centro de la concurrencia era
el patio, enlosado de mármol, con fuente y surtidor en medio y muchas
macetas de don-pedros, gala-de-Francia, rosas, claveles y albahaca. Un
toldo de lona doble cubría el patio, preservándole del sol. Un corredor o
galería, sostenida por columnas de mármol, le circundaba, y así en la
galería, como en varias salas a que la galería daba paso, había mesas de
tresillo, otras con periódicos, otras para tomar café o refrescos, y, por
último, sillas, banquillos y algunas butacas. Las paredes estaban blancas
como la nieve del frecuente enjalbiego, y no faltaban cuadros que las
adornasen. Eran litografías francesas iluminadas, con circunstanciada
explicación bilingüe escrita por bajo. Unas representaban la vida de
Napoleón I, desde Toulon a Santa Elena; otras, las aventuras de Matilde y
Malek-Adel; otras, los lances de amor y de guerra del Templario, Rebeca,
Lady Rowerna e Ivanhoe; y otras, los galanteos, travesuras, caídas y
arrepentimientos de Luis XIV y la señorita de la Vallière.
Currito llevó a don Luis, y don
Luis se dejó llevar, a la sala donde estaba la flor y nata de los
elegantes, dandies y cocodés del lugar y de toda la comarca.
Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina ciudad de...
Era un personaje ilustre y respetado. Había pasado en Madrid y en Sevilla
largas temporadas, y se vestía con los mejores sastres, así de majo como
de señorito. Había sido diputado dos veces, y había hecho una
interpelación al Gobierno sobre un atropello de un alcalde-corregidor.
Tendría el conde de Genazahar
treinta y tantos años; era buen mozo y lo sabía, y se jactaba además de
tremendo en paz y en lides, en desafíos y en amores. El conde, no
obstante, y a pesar de haber sido uno de los más obstinados pretendientes
de Pepita, había recibido las confitadas calabazas que ella solía propinar
a quienes la requebraban y aspiraban a su mano.
La herida que aquel duro y amargo
confite había abierto en su endiosado corazón, no estaba cicatrizada
todavía. El amor se había vuelto odio, y el Conde se desahogaba a menudo,
poniendo a Pepita como chupa de dómine.
En este ameno ejercicio se
hallaba el conde cuando quiso la mala ventura que don Luis y Currito
llegasen y se metiesen en el corro, que se abrió para recibirlos, de los
que oían el extraño sermón de honras. Don Luis, como si el mismo diablo lo
hubiera dispuesto, se encontró cara a cara con el Conde, que decía de este
modo:
-No es mala pécora la tal Pepita
Jiménez. Con más fantasía y más humos que la infanta Micomicona quiere
hacernos olvidar que nació y vivió en la miseria hasta que se casó con
aquel pelele, con aquel vejestorio, con aquel maldito usurero, y le cogió
los ochavos. La única cosa buena que ha hecho en su vida la tal viuda es
concertarse con Satanás para enviar pronto al infierno a su galopín de
mando, y librar la tierra de tanta infección y de tanta peste. Ahora le ha
dado a Pepita por la virtud y por la castidad. ¡Bueno estará todo ello!
Sabe Dios si estará enredada de ocultis con algún gañán, y burlándose del
mundo como si fuese la reina Artemisa.
A las personas recogidas, que no
asisten a reuniones de hombres solos, escandalizará sin duda este
lenguaje, les parecerá desbocado y brutal hasta la inverosimilitud; pero
los que conocen el mundo confesarán que este lenguaje es muy usado en él,
y que las damas más bonitas, las más agradables mujeres, las más honradas
matronas suelen ser blanco de tiros no menos infames y soeces, si tienen
un enemigo, y aun sin tenerle, porque a menudo se murmura, o mejor dicho,
se injuria y se deshonra a voces para mostrar chiste y desenfado.
Don Luis, que desde niño había
estado acostumbrado a que nadie se descompusiese en su presencia ni le
dijese cosas que pudieran enojarle, porque durante su niñez le rodeaban
criados, familiares y gente de la clientela de su padre, que atendían sólo
a su gusto, y después en el Seminario, así por sobrino de Deán, como por
lo mucho que él merecía, jamás había sido contrariado, sino considerado y
adulado, sintió un aturdimiento singular, se quedó como herido por un rayo
cuando vio al insolente Conde arrastrar por el suelo, mancillar y cubrir
de inmundo lodo la honra de la mujer que amaba.
¿Cómo defenderla, no obstante? No
se le ocultaba que, si bien no era marido, ni hermano, ni pariente de
Pepita, podía sacar la cara por ella como caballero; pero veía el
escándalo que esto causaría cuando no había allí ningún profano que
defendiese a Pepita, antes bien todos reían al Conde la gracia. Él, casi
ministro ya de un Dios de paz, no podía dar un mentís y exponerse a una
riña con aquel desvergonzado.
Don Luis estuvo por enmudecer e
irse; pero no lo consintió su corazón, y pugnando por revestirse de una
autoridad que ni sus años juveniles, ni su rostro, donde había más bozo
que barbas, ni su presencia en aquel lugar consentían, se puso a hablar
con verdadera elocuencia contra los maldicientes y a echar en rostro al
Conde, con libertad cristiana y con acento severo, la fealdad de su ruin
acción.
Fue predicar en desierto, o peor
que predicar en desierto. El Conde contestó con pullas y burletas a la
homilía; la gente, entre la que había no pocos forasteros, se puso de lado
del burlón, a pesar de ser don Luis el hijo del cacique; el propio
Currito, que no valía para nada y era un blandengue, aunque no se rió, no
defendió a su amigo, y éste tuvo que retirarse, vejado y humillado bajo el
peso de la chacota.
***
-¡Esta flor le falta al ramo!
-murmuró entre dientes el pobre don Luis cuando llegó a su casa, y volvió
a meterse en su cuarto, mohíno y maltratado por la rechifla, que él se
exageraba y se figuraba insufrible. Se echó de golpe en un sillón, abatido
y descorazonado, y mil ideas contrarias asaltaron su mente.
La sangre de su padre, que hervía
en sus venas, le despertaba la cólera y le excitaba a ahorcar los hábitos,
como al principio le aconsejaban en el lugar, y dar luego su merecido al
señor Conde; pero todo el porvenir que se había creado se deshacía al
punto, y veía al Deán, que renegaba de él; y hasta el Papa, que había
enviado ya la dispensa pontificia para que se ordenase antes de la edad, y
el prelado diocesano, que había apoyado la solicitud de la dispensa en su
probada virtud, ciencia sólida y firmeza de vocación, se le aparecían para
reconvenirle.
Pensaba luego en la teoría
chistosa de su padre sobre el complemento de la persuasión de que se
valían el apóstol Santiago, los obispos de la Edad Media, don Íñigo de
Loyola y otros personajes, y no le parecía tan descabellada la teoría,
arrepintiéndose casi de no haberla practicado.
Recordaba entonces la costumbre
de un doctor ortodoxo, insigne filósofo persa contemporáneo, mencionada en
un libro reciente escrito sobre aquel país; costumbre que consistía en
castigar con duras palabras a los discípulos y oyentes cuando se reían de
las lecciones o no las entendían, y, si esto no bastaba, descender de la
cátedra sable en mano y dar a todos una paliza. Este método era eficaz,
principalmente en la controversia, si bien dicho filósofo había encontrado
una vez a otro contrincante del mismo orden, que le había hecho un chirlo
descomunal en la cara.
Don Luis, en medio de su
mortificación y mal humor, se reía de lo cómico del recuerdo; hallaba que
no faltarían en España filósofos que adoptarían de buena gana el método
persiano; y si él no le adoptaba también, no era a la verdad por miedo del
chirlo, sino por consideraciones de mayor valor y nobleza.
Acudían, por último, mejores
pensamientos a su alma y le consolaban un poco.
-Yo he hecho muy mal -se decía-,
en predicar allí; debí haberme callado. Nuestro Señor Jesucristo lo ha
dicho: «No deis a los perros las cosas santas, ni arrojéis vuestras
margaritas a los cerdos, porque los cerdos se revolverán contra vosotros y
os hollarán con sus asquerosas pezuñas». Pero no, ¿por qué me he de
quejar? ¿Por qué he de volver injuria por injuria ¿Por qué me he de dejar
vencer de la ira? Muchos santos Padres lo han dicho: «La ira es peor aún
que la lascivia en los sacerdotes.» La ira de los sacerdotes ha hecho
verter muchas lágrimas y ha causado males horribles. Esta ira, consejera
tremenda, tal vez los ha persuadido de que era menester que los pueblos
sudaran sangre bajo la presión divina, y ha traído a sus encarnizados ojos
la visión de Isaías, y han visto y han hecho ver a sus secuaces fanáticos
al manso Cordero convertido en vengador inexorable, descendiendo de la
cumbre de Edón, soberbio con la muchedumbre de su fuerza, pisoteando a las
naciones como el pisador pisa las uvas en el lagar, y con la vestimenta
levantada y cubierto de sangre hasta los muslos. ¡Ah no, Dios mío! Voy a
ser tu ministro, Tú eres un Dios de paz, y mi primera virtud debe ser la
mansedumbre. Lo que enseñó tu Hijo en el sermón de la Montaña tiene que
ser mi norma. No ojo por ojo, ni diente por diente, sino amar a nuestros
enemigos. Tú amaneces sobre justos y pecadores, y derramas sobre todos la
lluvia fecunda de tus inexhaustas bondades. Tú eres nuestro Padre, que
estás en el cielo y debemos ser perfectos como Tú, perdonando a quienes
nos ofenden, y pidiéndote que los perdones porque no saben lo que se
hacen. Yo debo recordar las bienaventuranzas. Bienaventurados cuando os
ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros. El sacerdote, el
que va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pacífico, manso de corazón. No
como la encina, que se levanta orgullosa hasta que el rayo la hiere sino
como las hierbecillas fragantes de las selvas y las modestas flores de los
prados, que dan más suave y grato aroma cuando el villano las pisa.
En éstas y otras meditaciones por
el estilo transcurrieron las horas hasta que dieron las tres, y don Pedro,
que acababa de volver del campo, entró en el cuarto de su hijo para
llamarle a comer. La alegre cordialidad del padre, sus chistes, sus
muestras de afecto, no pudieron sacar a don Luis de la melancolía ni
abrirle el apetito. Apenas comió; apenas habló en la mesa.
Si bien disgustadísimo con la
silenciosa tristeza de su hijo, cuya salud, aunque robusta, pudiera
resentirse, como don Pedro era hombre que se levantaba al amanecer y
bregaba mucho durante el día, luego que acabó de fumar un buen cigarro
habano de sobremesa, acompañándole con su taza de café y su copita de
aguardiente de anís doble, se sintió fatigado, y, según costumbre, se fue
a dormir sus dos o tres horas de siesta.
Don Luis tuvo buen cuidado de no
poner en noticia de su padre la ofensa que le había hecho el conde de
Genazahar. Su padre, que no iba a cantar misa y que tenía una índole poco
sufrida, se hubiera lanzado al instante a tomar la venganza que él no
tomó.
Solo ya don Luis, dejó el comedor
para no ver a nadie. Y volvió al retiro de su estancia para abismarse más
profundamente en sus ideas.
***
Abismado en ellas estaba hacía
largo rato, sentado junto al bufete, los codos sobre él, y en la derecha
mano apoyada la mejilla, cuando sintió cerca ruido. Alzó los ojos y vio a
su lado a la entrometida Antoñona, que había penetrado como una sombra,
aunque tan maciza, y que le miraba con atención y con cierta mezcla de
piedad y de rabia.
Antoñona se había deslizado hasta
allí sin que nadie lo advirtiese, aprovechando la hora en que comían los
criados y don Pedro dormía, y había abierto la puerta del cuarto y la
había vuelto a cerrar tras sí con tal suavidad que don Luis, aunque no
hubiera estado tan absorto, no hubiera podido sentirla.
Antoñona venía resuelta a tener
una conferencia muy seria con don Luis; pero no sabía a punto fijo lo que
iba a decirle. Sin embargo, había pedido, no se sabe si al cielo o al
infierno, que desatase su lengua y que le diese habla, y habla no
chabacana y grotesca, como la que usaba por lo común, sino culta, elegante
e idónea para las nobles reflexiones y bellas cosas que ella imaginaba que
le convenía expresar.
Cuando don Luis vio a Antoñona
arrugó el entrecejo, mostró bien en el gesto lo que le contrariaba aquella
visita, y dijo con tono brusco:
-¿A qué vienes aquí? Vete.
-Vengo a pedirte cuenta de mi
niña -contestó Antoñona sin turbarse-, y no me he de ir hasta que me la
des.
Enseguida acercó una silla a la
mesa, y se sentó en frente de don Luis con aplomo y descaro.
Viendo don Luis que no había
remedio, mitigó el enojo, se armó de paciencia y, ya con acento menos
cruel, exclamó:
-Di lo que tengas que decir.
-Tengo que decir -prosiguió
Antoñona-, que lo que estás maquinando contra mi niña es una maldad. Te
estás portando como un tuno. La has hechizado; le has dado un bebedizo
maligno. Aquel angelito se va a morir. No come, ni duerme, ni sosiega por
culpa tuya. Hoy ha tenido dos o tres soponcios sólo de pensar en que te
vas. Buena hacienda dejas hecha antes de ser clérigo. Dime, condenado,
¿por qué viniste por aquí y no te quedaste por allá con tu tío? Ella, tan
libre, tan señora de su voluntad, avasallando la de todos y no dejándose
cautivar de ninguno, ha venido a caer en tus traidoras redes. Esta
santidad mentida fue, sin duda, el señuelo de que te valiste. Con tus
teologías y tiquismiquis celestiales, has sido como el pícaro y desalmado
cazador, que atrae con el silbato a los zorzales bobalicones para que se
ahorquen en la percha.
-Antoñona -contestó don Luis-,
déjame en paz. Por Dios, no me atormentes. Yo soy un malvado, lo confieso.
No debí mirar a tu ama. No debí darle a entender que la amaba; pero yo la
amaba y la amo aún con todo mi corazón, y no le he dado bebedizo ni
filtro, sino el mismo amor que la tengo. Es menester, sin embargo,
desechar, olvidar este amor. Dios me lo manda. ¿Te imaginas que no es, que
no está siendo, que no será inmenso el sacrificio que hago? Pepita debe
revestirse de fortaleza y hacer el mismo sacrificio.
-Ni siquiera das ese consuelo a
la infeliz -replicó Antoñona-. Tú sacrificas voluntariamente en el altar a
esa mujer que te ama, que es ya tuya, a tu víctima; pero ella, ¿dónde te
tiene a ti para sacrificarte? ¿Qué joya tira por la ventana, qué lindo
primor echa en la hoguera, sino un amor mal pagado? ¿Cómo ha de dar a Dios
lo que no tiene? ¿Va a engañar a Dios y a decirle: «Dios mío, puesto que
él no me quiere, ahí te lo sacrifico; no le querré yo tampoco?» Dios no se
ríe; si Dios se riera, se reiría de tal presente.
Don Luis, aturdido, no sabía qué
objetar a estos raciocinios de Antoñona, más atroces que sus pellizcos
pasados. Además, le repugnaba entrar en metafísicas de amor con aquella
sirvienta.
-Dejemos a un lado -dijo-, esos
vanos discursos. Yo no puedo remediar el mal de tu dueña. ¿Qué he
de hacer?
-¿Qué has de hacer? -interrumpió
Antoñona, ya más blanda y afectuosa y con voz insinuante-. Yo te diré lo
que has de hacer. Si no remediares el mal de mi niña, le aliviarás al
menos. ¿No eres tan santo? Pues los santos son compasivos y además
valerosos. No huyas como un cobardón grosero, sin despedirte. Ven a ver a
mi niña, que está enferma. Haz esta obra de misericordia.
-¿Y qué conseguiré con esa
visita? Agravar el mal en vez de sanarle.
-No será así; no estás en el
busilis. Tú irás allí, y con esa cháchara que gastas y esa labia que Dios
te ha dado, le infundirás en los cascos la resignación, y la dejarás
consolada; y si le dices que la quieres y que por Dios sólo la dejas, al
menos su vanidad de mujer no quedará ajada.
-Lo que me propones es tentar a
Dios, es peligroso para mí y para ella.
-¿Y por qué ha de ser tentar a
Dios? Pues si Dios ve la rectitud y la pureza de tus intenciones, ¿no te
dará su favor y su gracia para que no te pierdas en esta ocasión en que te
pongo con sobrado motivo? ¿No debes volar a librar a mi niña de la
desesperación y traerla al buen camino? Si se muriera de pena por verse
así desdeñada, o si rabiosa agarrase un cordel y se colgase de una viga,
créeme, tus remordimientos serían peores que las llamas de pez y azufre de
las calderas de Lucifer.
-¡Qué horror! No quiero que se
desespere. Me revestiré de todo mi valor; iré a verla.
-¡Bendito seas! ¡Si me lo decía
el corazón! ¡Si eres bueno!
-¿Cuándo quieres que vaya?
-Esta noche a las diez en punto.
Yo estaré en la puerta de la calle aguardándote y te llevaré donde está.
-¿Sabe ella que has venido a
verme?
-No lo sabe. Ha sido todo
ocurrencia mía; pero yo la prepararé con buen arte, a fin de que tu
visita, la sorpresa, el inesperado gozo, no la hagan caer en un desmayo.
¿Me prometes que irás?
-Iré.
-Adiós. No faltes. A las diez de
la noche en punto. Estaré a la puerta.
Y Antoñona echó a correr, bajó la
escalera de dos en dos escalones y se plantó en la calle.
***
No se puede negar que Antoñona
estuvo discretísima en esta ocasión, y hasta su lenguaje fue tan digno y
urbano, que no faltaría quien le calificase de apócrifo, si no se supiese
con la mayor evidencia todo esto que aquí se refiere, y si no constasen,
además, los prodigios de que es capaz el ingénito despejo de una mujer,
cuando le sirve de estímulo un interés o una pasión grande.
Grande era, sin duda, el afecto
de Antoñona por su niña, y viéndola tan enamorada y tan desesperada, no
pudo menos de buscar remedio a sus males. La cita a que acababa de
comprometer a don Luis fue un triunfo inesperado. Así es que Antoñona, a
fin de sacar provecho del triunfo, tuvo que disponerlo todo de improviso,
con profunda ciencia mundana.
Señaló Antoñona para la cita la
hora de las diez de la noche, porque ésta era la hora de la antigua y ya
suprimida o suspendida tertulia en que don Luis y Pepita solían verse. La
señaló, además, para evitar murmuraciones y escándalo, porque ella había
oído decir a un predicador que, según el Evangelio, no hay nada tan malo
como el escándalo, y que a los escandalosos es menester arrojarlos al mar
con una piedra de molino atada al pescuezo.
Volvió, pues, Antoñona a casa de
su dueño, muy satisfecha de sí misma y muy resuelta a disponer las cosas
con tino para que el remedio que había buscado no fuese inútil, o no
agravase el mal de Pepita en vez de sanarle.
A Pepita no pensó ni determinó
prevenirla sino a lo último, diciéndole que don Luis espontáneamente le
había pedido hora para hacerle una visita de despedida, y que ella había
señalado las diez.
A fin de que no se originasen
habladurías, si en la casa veían entrar a don Luis, pensó en que no le
viesen entrar, y para ello era también muy propicia la hora y la
disposición de la casa. A las diez estaría llena de gente la calle con la
velada, y por lo mismo repararían menos en don Luis cuando pasase por
ella. Penetrar en el zaguán sería obra de un segundo; y ella, que estaría
allí aguardando, llevaría a don Luis hasta el despacho, sin que nadie le
viese.
Todas o la mayor parte de las
casas de los ricachos lugareños de Andalucía son como dos casas en vez de
una, y así era la casa de Pepita. Cada casa tiene su puerta. Por la
principal se pasa al patio enlosado y con columnas, a las salas y demás
habitaciones señoriles; por la otra, a los corrales, caballeriza y
cochera, cocinas, molino, lagar, graneros, trojes donde se conserva la
aceituna hasta que se muele; bodegas donde se guarda el aceite, el mosto,
el vino de quema, el aguardiente y el vinagre en grandes tinajas, y
candioteras o bodegas donde está en pipas y toneles el vino bueno y ya
hecho o rancio. Esta segunda casa o parte de casa, aunque esté en el
centro de una población de veinte o veinticinco mil almas, se llama casa
de Campo El aperador, los capataces, el mulero, los trabajadores
principales y más constantes en el servicio del amo, se juntan allí por la
noche; en invierno, en torno de una enorme chimenea de una gran cocina, y
en verano, al aire libre o en algún cuarto muy ventilado y fresco, y están
holgando y de tertulia hasta que los señores se recogen.
Antoñona imaginó que el coloquio
y la explicación que ella deseaba que tuviesen su niña y don Luis
requerían sosiego y que no viniesen a interrumpirlos, y así determinó que
aquella noche, por ser la velada de San Juan, las chicas que servían a
Pepita vacasen en todos sus quehaceres y oficios, y se fuesen a solazar a
la casa de campo armando con los rústicos trabajadores un jaleo probe
de fandango, lindas coplas, repiqueteo de castañuelas,
brincos y mudanzas.
De esta suerte la casa señoril
quedaría casi desierta y silenciosa, sin más habitantes que ella y Pepita,
y muy a proposito para la solemnidad, transcendencia y no turbado sosiego
que eran necesarios en la entrevista que ella tenía preparada, y de la que
dependía quizás, o de seguro, el destino de dos personas de tanto valer.
Mientras Antoñona iba rumiando y
concertando en su mente todas estas cosas, don Luis, no bien se quedó
solo, se arrepintió de haber procedido tan de ligero y de haber sido tan
débil en conceder la cita que Antoñona le había pedido.
Don Luis se paró a considerar la
condición de Antoñona, y le pareció más aviesa que la de Enone y la de
Celestina. Vio delante de sí todo el peligro a que voluntariamente se
aventuraba, y no vio ventaja alguna en hacer recatadamente y a hurto de
todos una visita a la linda viuda.
Ir a verla para ceder y caer en
sus redes, burlándose de sus votos, dejando mal al Obispo, que había
recomendado su solicitud de dispensa, y hasta al Sumo Pontífice, que la
había concedido, y desistiendo de ser clérigo, le parecía un desdoro muy
enorme. Era además una traición contra su padre, que amaba a Pepita y
deseaba casarse con ella. Ir a verla para desengañarla más aún, se le
antojaba mayor refinamiento de crueldad que partir sin decirle nada.
Impulsado por tales razones, lo
primero que pensó don Luis fue faltar a la cita sin dar excusa ni aviso, y
que Antoñona le aguardase en balde en el zaguán; pero Antoñona anunciaría
a su señora la visita, y él faltaría, no sólo a Antoñona, sino a Pepita,
dejando de ir, con una grosería incalificable.
Discurrió entonces escribir a
Pepita una carta muy afectuosa y discreta, excusándose de ir, justificando
su conducta, consolándola, manifestando sus tiernos sentimientos por ella,
si bien haciendo ver que la obligación y el Cielo eran antes que todo, y
procurando dar ánimo a Pepita para que hiciese el mismo sacrificio que él
hacía.
Cuatro o cinco veces se puso a
escribir esta carta. Emborronó mucho papel; le rasgó enseguida, y la carta
no salía jamás a su gusto. Ya era seca, fría, pedantesca, como un mal
sermón o como la plática de un dómine; ya se deducía de su contenido un
miedo pueril y ridículo, como si Pepita fuese un monstruo pronto a
devorarle; ya tenía el escrito otros defectos y lunares no menos
lastimosos. En suma, la carta no se escribió, después de haberse consumido
en las tentativas unos cuantos pliegos.
-No hay más recurso -dijo para sí
don Luis-, la suerte está echada. Valor, y vamos allá.
Don Luis confortó su espíritu con
la esperanza de que iba a tener mucha serenidad y de que Dios iba a poner
en sus labios un raudal de elocuencia, por donde persuadiría a Pepita, que
era tan buena, de que ella misma le impulsase a cumplir con su vocación,
sacrificando el amor mundanal y haciéndose semejante a las santas mujeres
que ha habido, las cuales, no ya han desistido de unirse con un novio o
con un amante, sino hasta de unirse con el esposo, viviendo con él como
con un hermano, según se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo,
rey de Inglaterra. Y después de pensar en esto, se sentía don Luis más
consolado y animado, y ya se figuraba que él iba a ser como otro san
Eduardo, y que Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y
condición de la tal reina, virgen a par de esposa, le parecía Pepita, si
cabe, mucho más gentil, elegante y poética.
No estaba, sin embargo, don Luis
todo lo seguro y tranquilo que debiera estar después de haberse resuelto a
imitar a San Eduardo. Hallaba aún cierto no sé qué de criminal en aquella
visita que iba a hacer sin que su padre lo supiese, y estaba por ir a
despertarle de su siesta y descubrírselo todo. Dos o tres veces se levantó
de su silla y empezó a andar en busca de su padre; pero luego se detenía y
creía aquella revelación indigna, la creía una vergonzosa chiquillada. Él
podía revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para ponerse bien
con su padre, era bastante feo. La fealdad y lo cómico y miserable de la
acción se aumentaban, notando que el temor de no ser bastante fuerte para
resistir era lo que a hacerla le movía. Don Luis se calló, pues, y no
reveló nada a su padre.
Es más; ni siquiera se sentía con
la desenvoltura y la seguridad convenientes para presentarse a su padre,
habiendo de por medio aquella cita misteriosa. Estaba asimismo tan
alborotado y fuera de sí por culpa de las encontradas pasiones que se
disputaban el dominio de su alma, que no cabía en el cuarto, y como si
brincase o volase, le andaba y recorría todo en tres o cuatro pasos,
aunque era grande, por lo cual temía darse de calabazadas contra las
paredes. Por último, si bien tenía abierto el balcón por ser verano, le
parecía que iba a ahogarse allí por falta de aire, y que el techo le
pesaba sobre la cabeza, y que para respirar necesitaba de toda la
atmósfera, y para andar de todo el espacio sin límites, y para alzar la
frente y exhalar sus suspiros y encumbrar sus pensamientos, de no tener
sobre sí sino la inmensa bóveda del cielo.
Aguijoneado de esta necesidad,
tomó su sombrero y su bastón y se fue a la calle. Ya en la calle, huyendo
de toda persona conocida y buscando la soledad, se salió al campo y se
internó por lo más frondoso y esquivo de las alamedas, huertas y sendas
que rodean la población y hacen un paraíso de sus alrededores en un radio
de más de media legua.
***
Poco hemos dicho hasta ahora de
la figura de don Luis. Sépase, pues, que era un buen mozo en toda la
extensión de la palabra: alto, ligero, bien formado, cabello negro, ojos
negros también y llenos de fuego y de dulzura. La color trigueña, la
dentadura blanca, los labios finos, aunque relevados, lo cual le daba un
aspecto desdeñoso, y algo de atrevido y varonil en todo el ademán, a pesar
del recogimiento y de la mansedumbre clericales. Había, por último, en el
porte y continente de don Luis aquel indescriptible sello de distinción y
de hidalguía que parece, aunque no lo sea siempre, privativa calidad y
exclusivo privilegio de las familias aristocráticas.
Al ver a don Luis, era menester
confesar que Pepita Jiménez sabía de estética por instinto.
Corría, que no andaba, don Luis
por aquellas sendas, saltando arroyos y fijándose apenas en los objetos,
casi como toro picado del tábano. Los rústicos con quienes se encontró,
los hortelanos que le vieron pasar, tal vez le tuvieron por loco.
Cansado ya de caminar sin
propósito, se sentó al pie de una cruz de piedra, junto a las ruinas de un
antiguo convento de San Francisco de Paula, que dista más de tres
kilómetros del lugar, y allí se hundió en nuevas meditaciones, pero tan
confusas que ni él mismo se daba cuenta de lo que pensaba.
El tañido de las campanas que,
atravesando el aire, llegó a aquellas soledades, llamando a la oración a
los fieles, y recordándoles la salutación del Ángel a la Sacratísima
Virgen, hizo que don Luis volviera de su éxtasis y se hallase de nuevo en
el mundo real.
El sol acababa de ocultarse
detrás de los picos gigantescos de las sierras cercanas, haciendo que las
pirámides, agujas y rotos obeliscos de la cumbre se destacasen sobre un
fondo de púrpura y topacio, que tal parecía el cielo, dorado por el sol
poniente. Las sombras empezaban a extenderse sobre la vega, y en los
montes, opuestos a los montes por donde el sol se ocultaba, relucían las
peñas más erguidas, como si fueran de oro o de crista hecho ascua.
Los vidrios de las ventanas y los
blancos muros del remoto santuario de la Virgen, patrona del lugar, que
está en lo más alto de un cerro, así como otro pequeño templo o ermita que
hay en otro cerro más cercano, que llaman el Calvario, resplandecían aún
como dos faros salvadores, heridos por los postreros rayos oblicuos del
sol moribundo.
Una poesía melancólica inspiraba
a la Naturaleza, y con la música callada que sólo el espíritu acierta a
oír, se diría que todo entonaba un himno al Creador. El lento son de las
campanas, amortiguado y semiperdido por la distancia, apenas turbaba el
reposo de la tierra, y convidaba a la oración sin distraer los sentidos
con rumores. Don Luis se quitó su sombrero; se hincó de rodillas al pie de
la cruz, cuyo pedestal le había servido de asiento, y rezó con profunda
devoción el Angelus Domini.
Las sombras nocturnas fueron
pronto ganando terreno; pero la noche, al desplegar su manto y cobijar con
él aquellas regiones, se complace en adornarle de más luminosas estrellas
y de una luna más clara. La bóveda azul no trocó en negro su color
azulado; conservó su azul, aunque le hizo más obscuro. El aire era tan
diáfano y tan sutil, que se veían millares y millares de estrellas
fulgurando en el éter sin término. La luna plateaba las copas de los
árboles y se reflejaba en la corriente de los arroyos, que parecían de un
líquido luminoso y transparente, donde se formaban iris y cambiantes como
en el ópalo. Entre la espesura de la arboleda cantaban los ruiseñores. Las
hierbas y flores vertían más generoso perfume. Por las orillas de las
acequias, entre la hierba menuda y las flores silvestres, relucían como
diamantes o carbunclos los gusanillos de luz en multitud innumerable. No
hay por allí luciérnagas aladas ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz
abundan y dan un resplandor bellísimo. Muchos árboles frutales, en flor
todavía, muchas acacias y rosales sin cuento embalsamaban el ambiente,
impregnándole de suave fragancia.
Don Luis se sintió dominado,
seducido, vencido por aquella voluptuosa naturaleza, y dudó de sí. Era
menester, no obstante, cumplir la palabra dada y acudir a la cita.
Aunque dando un largo rodeo,
aunque recorriendo otras sendas, aunque vacilando a veces en irse a la
fuente del río, donde al pie de la sierra brota de una peña viva todo el
caudal cristalino que riega las huertas, y es sitio delicioso, don Luis, a
paso lento y pausado, se dirigió hacia la población.
Conforme se iba acercando, se
aumentaba el terror que le infundía lo que se determinaba a hacer.
Penetraba por lo más sombrío de las enramadas, anhelando ver algún
prodigio espantable, algún signo, algún aviso que le retrajese. Se
acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su propio
entierro. Pero el cielo sonreía con sus mil luces y excitaba a amar; las
estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruiseñores cantaban
enamorados; hasta los grillos agitaban amorosamente sus elictras sonoras,
como trovadores el plectro cuando dan una serenata; la tierra toda parecía
entregada al amor en aquella tranquila y hermosa noche. Nada de aviso,
nada de signo, nada de pompa fúnebre: todo vida, paz y deleite. ¿Dónde
estaba el Ángel de la Guarda?
¿Había dejado a don Luis como
cosa perdida, o, calculando que no corría peligro alguno, no se cuidaba de
apartarle de su propósito? ¿Quién sabe? Tal vez de aquel peligro
resultaría un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrecían de nuevo a
la imaginación de don Luis y corroboraban su voluntad.
Embelesado en estos discursos,
retardaba don Luis su vuelta, y aún se hallaba a alguna distancia del
pueblo, cuando sonaron las diez, hora de la cita, en el reloj de la
parroquia. Las diez campanadas fueron como diez golpes que le hirieron en
el corazón. Allí le dolieron materialmente, si bien con un dolor y con un
sobresalto mixtos de traidora inquietud y de regalada dulzura.
Don Luis apresuró el paso a fin
de no llegar muy tarde, y pronto se encontró en la población.
El lugar estaba animadísimo. Las
mozas solteras venían a la fuente del ejido a lavarse la cara, para que
fuese fiel el novio a la que le tenía, y para que a la que no le tenía le
saltase novio. Mujeres y chiquillos, por acá y por allá, volvían de coger
verbena, ramos de romero u otras plantas, para hacer sahumerios mágicos.
Las guitarras sonaban por varias partes. Los coloquios de amor y las
parejas dichosas y apasionadas se oían y se veían a cada momento. La noche
y la mañanita de San juan, aunque fiesta católica, conservan no sé qué
resabios del paganismo y naturalismo antiguos. Tal vez sea por la
coincidencia aproximada de esta fiesta con el solsticio de verano. Ello es
que todo era profano, y no religioso. Todo era amor y galanteo. En
nuestros viejos romances y leyendas siempre roba el moro a la linda
infantina cristiana y siempre el caballero cristiano logra su anhelo con
la princesa mora, en la noche o en la mañanita de San Juan, y en el pueblo
se diría que conservaban la tradición de los viejos romances.
Las calles estaban llenas de
gente. Todo el pueblo estaba en las calles, y además los forasteros.
Hacían asimismo muy difícil el tránsito la multitud de mesillas de turrón,
arropía y tostones, los puestos de fruta, las tiendas de muñecos y
juguetes y las buñolerías, donde gitanas jóvenes y viejas, ya freían la
masa, infestando el aire con el olor del aceite, ya pesaban y servían los
buñuelos, ya respondían con donaire a los piropos de los galanes que
pasaban, ya decían la buenaventura.
Don Luis procuraba no encontrar a
los amigos y, si los veía de lejos, echaba por otro lado. Así fue llegando
poco a poco, sin que le hablasen ni detuviesen, hasta cerca del zaguán de
casa de Pepita. El corazón empezó a latirle con violencia, y se paró un
instante para serenarse. Miró el reloj: eran cerca de las diez y media.
-¡Válgame Dios! -dijo-, hará
cerca de media hora que me estará aguardando.
Entonces se precipitó y penetró
en el zaguán. El farol que lo alumbraba de diario daba poquísima luz
aquella noche.
No bien entró don Luis en el
zaguán, una mano, mejor diremos una garra, le asió por el brazo derecho.
Era Antoñona, que dijo en voz baja:
-¡Diantre de colegial, ingrato,
desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo que no venías. ¿Dónde has estado,
peal? ¡Cómo te atreves a tardar, haciéndote de pencas, cuando toda la
sal de la tierra se está derritiendo por ti, y el sol de la hermosura te
aguarda!
Mientras Antoñona expresaba estas
quejas no estaba parada, sino que iba andando y llevando en pos de sí,
asido siempre del brazo, al colegial atortolado y silencioso. Salvaron la
cancela, y Antoñona la cerró con tiento y sin ruido; atravesaron el patio,
subieron por la escalera, pasaron luego por unos corredores y por dos
salas, y llegaron a la puerta del despacho, que estaba cerrada.
En toda la casa remaba
maravilloso silencio. El despacho estaba en lo interior y no llegaban a él
los rumores de la calle. Sólo llegaban, aunque confusos y vagos, el
resonar de las castañuelas y el son de la guitarra, y un leve murmullo,
causado todo por los criados de Pepita, que tenían su jaleo probe
en la casa de campo.
Antoñona abrió la puerta del
despacho, empujó a don Luis para que entrase, y al mismo tiempo le anunció
diciendo:
-Niña, aquí tienes al señor don
Luis, que viene a despedirse de ti.
Hecho el anuncio con la
formalidad debida, la discreta Antoñona se retiró de la sala, dejando a
sus anchas al visitante y a la niña, y volviendo a cerrar la puerta.
***
Al llegar a este punto, no
podemos menos de hacer notar el carácter de autenticidad que tiene la
presente historia, admirándonos de la escrupulosa exactitud de la persona
que la compuso. Porque si algo de fingido, como en una novela, hubiera en
estos Paralipómenos, no cabe duda en que una entrevista tan
importante y transcendente como la de Pepita y don Luis se hubiera
dispuesto por medios menos vulgares que los aquí empleados. Tal vez
nuestros héroes, yendo a una nueva expedición campestre, hubieran sido
sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad, teniendo que refugiarse en
las ruinas de algún antiguo castillo o torre moruna, donde por fuerza
había de ser fama que aparecían espectros o cosas por el estilo. Tal vez
nuestros héroes hubieran caído en poder de alguna partida de bandoleros,
de la cual hubieran escapado merced a la serenidad y valentía de don Luis,
albergándose luego, durante la noche, sin que se pudiese evitar, y solitos
los dos, en una caverna o gruta. Y tal vez, por último, el autor hubiera
arreglado el negocio de manera que Pepita y su vacilante admirador
hubieran tenido que hacer un viaje por mar, y aunque ahora no hay piratas
o corsarios argelinos no es difícil inventar un buen naufragio, en el cual
don Luis hubiera salvado a Pepita, arribando a una isla desierta o a otro
lugar poético y apartado. Cualquiera de estos recursos hubiera preparado
con más arte el coloquio apasionado de los dos jóvenes y hubiera
justificado mejor a don Luis. Creemos, sin embargo, que en vez de censurar
al autor porque no apela a tales enredos, conviene darle gracias por la
mucha conciencia que tiene, sacrificando a la fidelidad del relato el
portentoso efecto que haría si se atreviese a exornarle y bordarle con
lances y episodios sacados de su fantasía.
Si no hubo más que la oficiosidad
y destreza de Antoñona y la debilidad con que don Luis se comprometió a
acudir a la cita, ¿para qué forjar embustes y traer a los dos amantes como
arrastrados por la fatalidad a que se vean y hablen a solas con gravísimo
peligro de la virtud y entereza de ambos? Nada de eso. Si don Luis se
conduce bien o mal en venir a la cita, y si Pepita Jiménez, a quien
Antoñona había ya dicho que don Luis espontáneamente venía a verla, hace
mal o bien en alegrarse de aquella visita algo misteriosa y fuera de
tiempo, no echemos la culpa al acaso, sino a los mismos personajes que en
esta historia figuran y a las pasiones que sienten.
Mucho queremos nosotros a Pepita;
pero la verdad es antes que todo, y la hemos de decir, aunque perjudique a
nuestra heroína. A las ocho le dijo Antoñona que don Luis iba a venir, y
Pepita, que hablaba de morirse, que tenía los ojos encendidos y los
párpados un poquito inflamados de llorar, y que estaba bastante
despeinada, no pensó desde entonces sino en componerse y arreglarse para
recibir a don Luis. Se lavó la cara con agua tibia para que el estrago del
llanto desapareciese hasta el punto preciso de no afear, mas no para que
no quedasen huellas de que había llorado; se compuso el pelo de suerte que
no denunciaba estudio cuidadoso, sino que mostraba cierto artístico y
gentil descuido, sin rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco
decoroso; se pulió las uñas, y como no era propio recibir de bata a don
Luis, se vistió un traje sencillo de casa. En suma, miró instintivamente a
que todos los pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer más
bonita y aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del
trabajo y del tiempo gastados en aquellos perfiles, sino que todo ello
resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persistía
en ella, a pesar del olvido de sí misma, causado por la vehemencia de los
afectos.
Según hemos llegado a averiguar,
Pepita empleó más de una hora en estas faenas de tocador, que habían de
sentirse sólo por los efectos. Después se dio el postrer retoque y vistazo
al espejo con satisfacción mal disimulada. Y, por último, a eso de las
nueve y media, tomando una palmatoria, bajó a la sala donde estaba el Niño
Jesús. Encendió primero las velas del altarito, que estaban apagadas; vio
con cierta pena que las flores yacían marchitas; pidió perdón a la devota
imagen por haberla tenido desatendida mucho tiempo, y, postrándose de
hinojos, y a solas, oró con todo su corazón y con aquella confianza y
franqueza que inspira quien está de huésped en casa desde hace muchos
años. A un Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a
un Ecce-Homo, ultrajado y azotado, con la caña por irrisorio cetro y la
áspera soga por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado,
sangriento y moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidió
a Jesús, pequeñuelo todavía, risueño, lindo, sano y con buenos colores.
Pepita le pidió que le dejase a don Luis; que no se le llevase, porque él,
tan rico y tan abastado de todo, podía sin gran sacrificio desprenderse de
aquel servidor y cedérsele a ella.
Terminados estos preparativos,
que nos será lícito clasificar y dividir en cosméticos,
indumentarios y religiosos, Pepita se instaló en el despacho, aguardando
la venida de don Luis con febril impaciencia.
Atinada anduvo Antoñona en no
decirle que iba a venir, sino hasta poco antes de la hora. Aun así,
gracias a la tardanza del galán, la pobre Pepita estuvo deshaciéndose,
llena de ansiedad y de angustia, desde que terminó sus oraciones y
súplicas con el Niño Jesús hasta que vio dentro del despacho al otro niño.
La visita empezó del modo más
grave y ceremonioso. Los saludos de fórmula se pronunciaron maquinalmente
de una y otra parte, y don Luis, invitado a ello, tomó asiento en una
butaca, sin dejar el sombrero ni el bastón, y a no corta distancia de
Pepita. Pepita estaba sentada en el sofá. El velador se veía al lado de
ella con libros y con la palmatoria, cuya luz iluminaba su rostro. Una
lámpara ardía además sobre el bufete. Ambas luces, con todo, siendo grande
el cuarto, como lo era, dejaban la mayor parte de él en la penumbra. Una
gran ventana que daba a un jardincillo interior estaba abierta por el
calor, y si bien sus hierros eran como la trama de un tejido de
rosas-enredaderas y jazmines, todavía por entre la verdura y las flores se
abrían camino los claros rayos de la luna, penetraban en la estancia y
querían luchar con la luz de la lámpara y de la palmatoria. Penetraban
además por la ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la
casa de campo, que estaba al otro extremo; el murmullo monótono de una
fuente que había en el jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las
rosas que tapizaban la ventana, mezclado con el de los don-pedros,
albahacas y otras plantas que adornaban los arriates al pie de ella.
Hubo una larga pausa, un silencio
tan difícil de sostener como de romper. Ninguno de los dos interlocutores
se atrevía a hablar. Era, en verdad, la situación muy embarazosa. Tanto
para ellos el expresarse entonces, como para nosotros el reproducir ahora
lo que expresaron, es empresa ardua; pero no hay más remedio que
acometerla. Dejemos que ellos mismos se expliquen, y copiemos al pie de la
letra sus palabras.
***
-Al fin se dignó usted venir a
despedirse de mí antes de su partida -dijo Pepita-. Yo había perdido ya la
esperanza.
El papel que hacía don Luis era
de mucho empeño, y, por otra parte, los hombres, no ya novicios, sino
hasta experimentados y curtidos en estos diálogos, suelen incurrir en
tonterías al empezar. No se condene, pues, a don Luis porque empezase
contestando tonterías.
-Su queja de usted es injusta
-dijo-. He estado aquí a despedirme de usted con mi padre, y como no
tuvimos el gusto de que usted nos recibiese, dejamos tarjetas. Nos dijeron
que estaba usted algo delicada de salud, y todos los días hemos enviado
recado para saber de usted. Grande ha sido nuestra satisfacción al saber
que estaba usted aliviada. ¿Y ahora, se encuentra usted mejor?
-Casi estoy por decir a usted que
no me encuentro mejor -replicó Pepita-; pero como veo que viene usted de
embajador de su padre, y no quiero afligir a un amigo tan excelente, justo
será que diga a usted, y que usted repita a su padre, que siento bastante
alivio. Singular es que haya venido usted solo. Mucho tendrá que hacer don
Pedro cuando no le ha acompañado.
-Mi padre no me ha acompañado,
señora, porque no sabe que he venido a ver a usted. Yo he venido solo,
porque mi despedida ha de ser solemne, grave, para siempre quizás, y la
suya es de índole harto diversa. Mi padre volverá por aquí dentro de unas
semanas; yo es posible que no vuelva nunca, y, si vuelvo, volveré muy otro
del que soy ahora.
Pepita no pudo contenerse. El
porvenir de felicidad con que había soñado se desvanecía como una sombra.
Su resolución inquebrantable de vencer a toda costa a aquel hombre, único
que había amado en la vida, único que se sentía capaz de amar, era una
resolución inútil. Don Luis se iba. La juventud, la gracia, la belleza, el
amor de Pepita no valían para nada. Estaba condenada, con veinte años de
edad y tanta hermosura, a la viudez perpetua, a la soledad, a amar a quien
no la amaba. Todo otro amor era imposible para ella. El carácter de
Pepita, en quien los obstáculos recrudecían y avivaban más los anhelos; en
quien una determinación, una vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse
cumplida, se mostró entonces con notable violencia y rompiendo todo freno.
Era menester morir o vencer en la demanda. Los respetos sociales, la
inveterada costumbre de disimular y de velar los sentimientos, que se
adquieren en el gran mundo y que pone dique a los arrebatos de la pasión y
envuelve en gasas y cendales y disuelve en perífrasis y frases ambiguas la
más enérgica explosión de los mal reprimidos afectos, nada podían con
Pepita, que tenía poco trato de gentes y que no conocía término medio; que
no había sabido sino obedecer a ciegas a su madre y a su primer mando, y
mandar después despóticamente a todos los demás seres humanos. Así es que
Pepita habló en aquella ocasión y se mostró tal como era. Su alma, con
cuanto había en ella de apasionado, tomó forma sensible en sus palabras, y
sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y su sentir, sino para
darle cuerpo. No habló como hubiera hablado una dama de nuestros salones,
con ciertas pleguerías y atenuaciones en la expresión, sino con la
desnudez idílica con que Cloe hablaba a Dafnis, y con la humildad y el
abandono completo con que se ofreció a Booz la nuera de Noemi.
Pepita dijo:
-¿Persiste usted, pues, en su
propósito? ¿Está usted seguro de su vocación? ¿No teme usted ser un mal
clérigo? Señor don Luis, voy a hacer un esfuerzo; voy a olvidar por un
instante que soy una ruda muchacha; voy a prescindir de todo sentimiento,
y voy a discurrir con frialdad, como si se tratase del asunto que me fuese
más extraño. Aquí hay hechos que se pueden comentar de dos modos. Con
ambos comentarios queda usted mal. Expondré mi pensamiento. Si la mujer
que con sus coqueterías, no por cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a
usted palabra, a los pocos días de verle y tratarle, ha conseguido
provocar a usted, moverle a que la mire con miradas que auguraban amor
profano, y hasta ha logrado que le dé usted una muestra de cariño, que es
una falta, un pecado en cualquiera y más en un sacerdote; si esta mujer
es, como lo es en realidad, una lugareña ordinaria, sin instrucción, sin
talento y sin elegancia, ¿qué no se debe temer de usted cuando trate y vea
y visite en las grandes ciudades a otras mujeres mil veces más peligrosas?
Usted se volverá loco cuando vea y trate a las grandes damas que habitan
palacios, que huellan mullidas alfombras, que deslumbran con diamantes y
perlas, que visten sedas y encajes y no percal y muselina, que desnudan la
cándida y bien formada garganta, y no la cubren con un plebeyo y modesto
pañolito; que son más diestras en mirar y herir; que por el mismo boato,
séquito y pompa de que se rodean son más deseables por ser en apariencia
inasequibles; que disertan de política, de filosofía, de religión y de
literatura; que cantan como canarios, y que están como envueltas en nubes
de aroma, adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal de triunfos y
victorias, endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre, encumbradas
en áureos salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde entran sólo
los felices de la tierra, tituladas acaso, y llamándose únicamente para
los íntimos Pepita, Antoñita o Angelita, y para los demás la Excelentísima
Señora Duquesa o la Excelentísima Señora Marquesa. Si usted ha cedido a
una zafia aldeana, hallándose en vísperas de la ordenación, con todo el
entusiasmo que debe suponerse, y si ha cedido impulsado por capricho
fugaz, ¿no tengo razón en prever que va usted a ser un clérigo detestable,
impuro, mundanal y funesto, y que cederá a cada paso? En esta suposición,
créame usted, señor don Luis y no se me ofenda, ni siquiera vale usted
para marido de una mujer honrada. Si usted ha estrechado las manos con el
ahínco y la ternura del más frenético amante; si usted ha mirado con
miradas que prometían un cielo, una eternidad de amor, y si usted ha...
besado a una mujer que nada le inspiraba sino algo que para mí no tiene
nombre, vaya usted con Dios, y no se case usted con esa mujer. Si ella es
buena, no le querrá a usted para marido, ni siquiera para amante; pero,
por amor de Dios, no sea usted clérigo tampoco. La Iglesia ha menester de
otros hombres más serios y más capaces de virtud para ministros del
Altísimo. Por el contrario, si usted ha sentido una gran pasión por esta
mujer de que hablamos, aunque ella sea poco digna, ¿por qué abandonarla y
engañarla con tanta crueldad? Por indigna que sea, si es que ha inspirado
esa gran pasión, ¿no cree usted que la compartirá y que será víctima de
ella? Pues qué, cuando el amor es grande, elevado y violento, ¿deja nunca
de imponerse? ¿No tiraniza y subyuga al objeto amado de un modo
irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir el de
su amada. Y ¿cómo no temer por ella si usted la abandona? ¿Tiene ella la
energía varonil, la constancia que infunde la sabiduría que los libros
encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos proyectos,
y todo aquello que hay en su cultivado y sublime espíritu de usted para
distraerle y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo otro terrenal
afecto? ¿No comprende usted que ella morirá de dolor, y que usted,
destinado a hacer incruentos sacrificios, empezará por sacrificar
despiadadamente a quien más le ama?
-Señora -contestó don Luis
haciendo un esfuerzo para disimular su emoción y para que no se conociese
lo turbado que estaba en lo trémulo y balbuciente de la voz-. Señora, yo
también tengo que dominarme mucho para contestar a usted con la frialdad
de quien opone argumentos a argumentos como en una controversia; pero la
acusación de usted viene tan razonada (y usted perdone que se lo diga), es
tan hábilmente sofística, que me fuerza a desvanecerla con razones. No
pensaba yo tener que disertar aquí y que aguzar mi corto ingenio; pero
usted me condena a ello, si no quiero pasar por un monstruo. Voy a
contestar a los extremos del cruel dilema que ha forjado usted en mi daño.
Aunque me he criado al lado de mi tío y en el Seminario, donde no he visto
mujeres, no me crea usted tan ignorante ni tan pobre de imaginación que no
acertase a representármelas en la mente todo lo bellas, todo lo seductoras
que pueden ser. Mi imaginación, por el contrario, sobrepujaba a la
realidad en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores bíblicos y
de los poetas profanos, se fingía mujeres más elegantes, más graciosas,
más discretas que las que por lo común se hallan en el mundo real. Yo
conocía, pues, el precio del sacrificio que hacía, y hasta lo exageraba,
cuando renuncié al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad
del sacerdocio. Harto conocía yo lo que puede y debe añadir de encanto a
una mujer hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el
circundarla de todos los primores de la más refinada cultura, y de todas
las riquezas que crean la mano y el ingenio infatigable del hombre. Harto
conocía yo también lo que acrecientan el natural despejo, lo que pulen,
realzan y abrillantan la inteligencia de una mujer el trato de los hombres
más notables por la ciencia, la lectura de buenos libros, el aspecto mismo
de las florecientes ciudades con los monumentos y grandezas que contienen.
Todo esto me lo figuraba yo con tal viveza y lo veía con tal hermosura,
que no lo dude usted, si yo llego a ver y a tratar a esas mujeres de que
usted me habla, lejos de caer en la adoración y en la locura que usted
predice, tal vez sea un desengaño lo que reciba, al ver cuánta distancia
media de lo soñado a lo real y de lo vivo a lo pintado.
-¡Estos de usted sí que son
sofismas! -interrumpió Pepita-. ¿Cómo negar a usted que lo que usted se
pinta en la imaginación es más hermoso que lo que existe realmente? Pero
¿cómo negar tampoco que lo real tiene más eficacia seductora que lo
imaginado y soñado? Lo vago y aéreo de un fantasma, por bello que sea, no
compite con lo que mueve materialmente los sentidos. Contra los ensueños
mundanos comprendo que venciesen en su alma de usted las imágenes devotas;
pero temo que las imágenes devotas no habían de vencer a las mundanas
realidades.
-Pues no lo tema usted, señora
-replicó don Luis-. Mi fantasía es más eficaz en lo que crea que todo el
universo, menos usted, en lo que por los sentidos transmite.
-¿Y por qué menos yo?
Esto me hace caer en otro recelo. ¿Será quizás la idea que usted tiene de
mí, la idea que ama, creación de esa fantasía tan eficaz, ilusión en nada
conforme conmigo?
-No, no lo es; tengo fe de que
esta idea es en todo conforme con usted; pero tal vez es ingénita en mi
alma; tal vez está en ella desde que fue creada por Dios; tal vez es parte
de su esencia; tal vez es lo más puro y rico de su ser, como el perfume en
las flores.
-¡Bien me lo temía yo! Usted me
lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que ama usted es la esencia, el
aroma, lo más puro de su alma, que ha tomado una forma parecida a la mía.
-No, Pepita; no se divierta usted
en atormentarme. Esto que yo amo es usted, y usted tal cual es; pero es
tan bello, tan limpio, tan delicado esto que yo amo, que no me explico que
pase todo por los sentidos de un modo grosero y llegue así hasta mi mente.
Supongo, pues, y creo, y tengo por cierto, que estaba antes en mí. Es como
la idea de Dios, que estaba en mí, que ha venido a magnificarse y,
desenvolverse en mí, y que, sin embargo, tiene su objeto real, superior,
infinitamente superior a la idea. Como creo que Dios existe, creo que
existe usted y que vale usted mil veces más que la idea que de usted tengo
formada.
-Aún me queda una duda. ¿No
pudiera ser la mujer en general, y no yo singular y exclusivamente, quien
ha despertado esa idea?
-No, Pepita; la magia, el hechizo
de una mujer, bella de alma y de gentil presencia, habían, antes de ver a
usted, penetrado en mi fantasía. No hay duquesa ni marquesa en Madrid, ni
emperatriz en el mundo, ni reina ni princesa en todo el orbe, que valgan
lo que valen las ideales y fantásticas criaturas con quienes yo he vivido,
porque se aparecían en los alcázares y camarines, estupendos de lujo, buen
gusto y exquisito ornato, que yo edificaba en mis espacios imaginarios,
desde que llegué a la adolescencia, y que daba luego por morada a mis
Lauras, Beatrices, Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis Cintias,
Glíceras y Lesbias. Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras
orientales, y las envolvía en mantos de púrpura y de oro, y las rodeaba de
pompa regia, como a Ester y a Vasti; yo les prestaba la sencillez bucólica
de la edad patriarcal, como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce
humildad y la devoción de Ruth; yo las oía discurrir como Aspasia o
Hipatia maestras de elocuencia; yo las encumbraba en estrados riquísimos,
y ponía en ellas reflejos gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia,
como si fuesen las matronas patricias más orgullosas y nobles de la
antigua Roma; yo las veía ligeras, coquetas, alegres, llenas de
aristocrática desenvoltura, como las damas del tiempo de Luis XIV en
Versalles, y yo las adornaba, ya con púdicas estolas, que infundían
veneración y respeto, ya con túnicas y peplos sutiles, por entre cuyos
pliegues airosos se dibujaba toda la perfección plástica de las gallardas
formas; ya con la coa transparente de las bellas cortesanas de
Atenas y Corinto, para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco
y sonrosado del bien torneado cuerpo. Pero ¿qué valen los deleites del
sentido, ni qué valen las glorias todas y las magnificencias del mundo,
cuando un alma arde y se consume en el amor divino, como yo entendía, tal
vez con sobrada soberbia, que la mía estaba ardiendo y consumiéndose?
Ingentes peñascos, montañas enteras, si sirven de obstáculo a que se
dilate el fuego que de repente arde en el seno de la tierra, vuelan
deshechos por el aire, dando lugar y abriendo paso a la amontonada pólvora
de la mina o a las inflamadas materias del volcán en erupción atronadora.
Así, o con mayor fuerza, lanzaba de sí mi espíritu todo el peso del
universo y de la hermosura creada, que se le ponía encima y le
aprisionaba, impidiéndole volar a Dios, como a su centro. No, no he dejado
yo por ignorancia ningún regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria; todo lo
conocía y lo estimaba en más de lo que vale cuando lo desprecié por otro
regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de la
mujer no sólo ha venido a mi fantasía con cuantos halagos tiene en sí,
sino con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la más
peligrosa de las tentaciones: de la que llaman los moralistas tentación
virgínea, cuando la mente, aún no desengañada por la experiencia y el
pecado, se finge en el abrazo amoroso un subidísimo deleite, inmensamente
superior, sin duda, a toda realidad y a toda verdad. Desde que vivo, desde
que soy hombre, y ya hace años, pues no es tan grande mi mocedad, he
despreciado todas esas sombras y reflejos de deleites y de hermosuras,
enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un deleite supremo. He
procurado morir en mí para vivir en el objeto amado; desnudar, no ya sólo
los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma, de afectos del mundo y
de figuras y de imágenes, para poder decir con razón que no soy yo el que
vivo, sino que Cristo vive en mí. Tal vez, de seguro, he pecado de
arrogante y de confiado, y Dios ha querido castigarme. Usted entonces se
ha interpuesto en mi camino y me ha sacado de él y me ha extraviado. Ahora
me zahiere, me burla, me acusa de liviano y de fácil; y al zaherirme y
burlarme se ofende a sí propia, suponiendo que mi falta me la hubiera
hecho cometer otra mujer cualquiera. No quiero, cuando debo ser humilde,
pecar de orgulloso defendiéndome. Si Dios, en castigo de mi soberbia, me
ha dejado de su gracia, harto posible es que el más ruin motivo me haya
hecho vacilar y caer. Con todo, diré a usted que mi mente, quizás
alucinada, lo entiende de muy diversa manera. Será efecto de mi no domada
soberbia; pero repito que lo entiendo de otra manera. No acierto a
persuadirme de que haya ruindad ni bajeza en el motivo de mi caída. Sobre
todos los ensueños de mi juvenil imaginación ha venido a sobreponerse y
entronizarse la realidad que en usted he visto; sobre todas mis ninfas,
reinas y diosas, usted ha descollado; por cima de mis ideales creaciones,
derribadas, rotas, deshechas por el amor divino, se levantó en mi alma la
imagen fiel, la copia exactísima de la viva hermosura que adorna, que es
la esencia de ese cuerpo y de esa alma. Hasta algo de misterioso, de
sobrenatural, puede haber intervenido en esto, porque amé a usted desde
que la vi, casi antes de que la viera. Mucho antes de tener conciencia de
que la amaba a usted, ya la amaba. Se diría que hubo en esto algo de
fatídico; que estaba escrito; que era una predestinación.
-Y si es una predestinación, si
estaba escrito -interrumpió Pepita-, ¿por qué no someterse, por qué
resistirse todavía? Sacrifique usted sus propósitos a nuestro amor. ¿Acaso
no he sacrificado yo mucho? Ahora mismo, al rogar, al esforzarme por
vencer los desdenes de usted, ¿no sacrifico mi orgullo, mi decoro y mi
recato? Yo también creo que amaba a usted antes de verle. Ahora amo a
usted con todo mi corazón, y sin usted no hay felicidad para mí. Cierto es
que en mi humilde inteligencia no puede usted hallar rivales tan poderosos
como yo tengo en la de usted. Ni con la mente, ni con la voluntad, ni con
el afecto atino a elevarme a Dios inmediatamente. Ni por naturaleza ni por
gracia subo ni me atrevo a querer subir a tan encumbradas esferas. Llena
está mi alma, sin embargo, de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a
Dios; pero sólo veo su omnipotencia y admiro su bondad en las obras que
han salido de sus manos. Ni con la imaginación acierto tampoco a forjarme
esos ensueños que usted me refiere. Con alguien, no obstante, más bello,
entendido, poético y amoroso que los hombres que me han pretendido hasta
ahora; con un amante más distinguido y cabal que todos mis adoradores de
este lugar y de los lugares vecinos, soñaba yo para que me amara y para
que yo le amase y le rindiese mi albedrío. Ese alguien era usted. Lo
presentí cuando me dijeron que usted había llegado al lugar; lo reconocí
cuando vi a usted por vez primera. Pero como mi imaginación es tan
estéril, el retrato que yo de usted me había trazado no valía, ni con
mucho, lo que usted vale. Yo también he leído algunas historias y poesías;
pero de todos los elementos que de ellas guardaba mi memoria, no logré
nunca componer una pintura que no fuese muy inferior en mérito a lo que
veo en usted y comprendo en usted desde que le conozco. Así es que estoy
rendida y vencida y aniquilada desde el primer día. Si amor es lo que
usted dice, si es morir en sí para vivir en el amado, verdadero y legítimo
amor es el mío, porque he muerto en mí y sólo vivo en usted y para usted.
He deseado desechar de mí este amor, creyéndole mal pagado, y no me ha
sido posible. He pedido a Dios con mucho fervor que me quite el amor o me
mate, y Dios no ha querido oírme. He rezado a María Santísima para que
borre del alma la imagen de usted, y el rezo ha sido inútil. He hecho
promesas al santo de mi nombre para no pensar en usted sino como él
pensaba en su bendita Esposa y el Santo no me ha socorrido. Viendo esto,
he tenido la audacia de pedir al cielo que usted se deje vencer, que usted
deje de querer ser clérigo, que nazca en su corazón de usted un amor tan
profundo como el que hay en mi corazón. Don Luis, dígamelo usted con
franqueza, ¿ha sido también sordo el cielo a esta última súplica? ¿O es
acaso que para avasallar y rendir un alma pequeña, cuitada y débil como la
mía, basta un pequeño amor, y para avasallar la de usted, cuando tan altos
y fuertes pensamientos la velan y custodian, se necesita de amor más
poderoso, que yo no soy digna de inspirar, ni capaz de compartir, ni hábil
para comprender siquiera?
-Pepita -contestó don Luis-, no
es que su alma de usted sea más pequeña que la mía, sino que está libre de
compromisos, y la mía no lo está. El amor que usted me ha inspirado es
inmenso; pero luchan contra él mi obligación, mis votos, los propósitos de
toda mi vida, próximos a realizarse. ¿Por qué no he de decirlo, sin temor
de ofender a usted? Si usted logra en mí su amor, usted no se humilla. Si
yo cedo a su amor de usted, me humillo y me rebajo. Dejo al Creador por la
criatura, destruyo la obra de mi constante voluntad, rompo la imagen de
Cristo, que estaba en mi pecho, y el hombre nuevo, que a tanta costa había
yo formado en mí, desaparece para que el hombre antiguo renazca. ¿Por qué,
en vez de bajar yo hasta el suelo, hasta el siglo, hasta la impureza del
mundo, que antes he menospreciado, no se eleva usted hasta mí por virtud
de ese mismo amor que me tiene, limpiándole de toda escoria? ¿Por qué no
nos amamos entonces sin vergüenza y sin pecado y sin mancha? Dios, con el
fuego purísimo y refulgente de su amor, penetra las almas santas y las
llena por tal arte, que así como un metal que sale de la fragua, sin dejar
de ser metal, reluce y deslumbra, y es todo fuego, así las almas se
hinchen de Dios, y en todo son Dios, penetradas por donde quiera de Dios,
en gracia del amor divino. Estas almas se aman y se gozan entonces, como
si amaran y gozaran a Dios, amándole y gozándole, porque Dios son ellas.
Subamos juntos, en espíritu, esta mística y difícil escala; asciendan a la
par nuestras almas a esta bienaventuranza, que aun en la vida mortal es
posible; mas para ello es fuerza que nuestros cuerpos se separen, que yo
vaya a donde me llama mi deber, mi promesa y la voz del Altísimo, que
dispone de su siervo y le destina al culto de sus altares.
-¡Ay, señor don Luis! -replicó
Pepita toda desolada y compungida-. Ahora conozco cuán vil es el metal del
que estoy forjada y cuán indigno de que le penetre y mude el fuego divino.
Lo declararé todo, desechando hasta la vergüenza. Soy una pecadora
infernal. Mi espíritu grosero e inculto no alcanza esas sutilezas, esas
distinciones, esos refinamientos de amor. Mi voluntad rebelde se niega a
lo que usted propone. Yo ni siquiera concibo a usted sin usted. Para mí es
usted su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis
manos; su dulce voz y el regalado acento de sus palabras y que hieren y
encantan materialmente mis oídos; toda su forma corporal, en suma, que me
enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se
me muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma,
reacia e incapaz de esos raptos misteriosos, no acertará a seguir a usted
nunca a las regiones donde quiere llevarla. Si usted se eleva hasta ellas,
yo me quedaré sola, abandonada, sumida en la mayor aflicción. Prefiero
morirme. Merezco la muerte; la deseo. Tal vez al morir, desatando o
rompiendo mi alma estas infames cadenas que la detienen, se haga hábil
para ese amor con que usted desea que nos amemos. Máteme usted antes, para
que nos amemos así; máteme usted antes y, ya libre mi espíritu, le seguirá
por todas las regiones y peregrinará invisible al lado de usted, velando
su sueño, contemplándole con arrobo, penetrando sus pensamientos más
ocultos, viendo en realidad su alma, sin el intermedio de los sentidos.
Pero viva, no puede ser. Yo amo en usted, no ya sólo el alma, sino el
cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y
en el agua, y el nombre y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le
determina como tal don Luis de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el
modo de andar y no sé qué más diga. Repito que es menester matarme. Máteme
usted sin compasión. No: yo no soy cristiana, sino idólatra materialista.
Aquí hizo Pepita una larga pausa.
Don Luis no sabía qué decir y callaba. El llanto bañaba las mejillas de
Pepita, la cual prosiguió sollozando:
-Lo conozco; usted me desprecia y
hace bien en despreciarme. Con ese justo desprecio me matará usted mejor
que con un puñal, sin que se manche de sangre ni su mano ni su conciencia.
Adiós. Voy a libertar a usted de mi presencia odiosa. Dios para siempre.
Dicho esto, Pepita se levantó de
su asiento, y sin volver la cara, inundada de lágrimas, fuera de sí, con
precipitados pasos se lanzó hacia la puerta que daba a las habitaciones
interiores. Don Luis sintió una invencible ternura, una piedad funesta.
Tuvo miedo de que Pepita muriese. La siguió para detenerla, pero no llegó
a tiempo, Pepita pasó la puerta. Su figura se perdió en la obscuridad.
Arrastrado don Luis como por un poder sobrehumano, impulsado como por una
mano invisible, penetró en pos de Pepita en la estancia sombría.
***
El despacho quedó solo.
El baile de los criados debía de
haber concluido, pues no se oía el más leve rumor. Sólo sonaba el agua de
la fuente del jardincillo.
Ni un leve soplo de viento
interrumpía el sosiego de la noche y la serenidad del ambiente. Penetraban
por la ventana el perfume de las flores y el resplandor de la luna. Al
cabo de un largo rato, don Luis apareció de nuevo, saliendo de la
obscuridad. En su rostro se veía pintado el terror, algo de la
desesperación de Judas.
Se dejó caer en una silla; puso
ambos puños cerrados en su cara y en sus rodillas ambos codos, y así
permaneció más de media hora, sumido sin duda en un mar de reflexiones
amargas.
Cualquiera, si le hubiera visto,
hubiera sospechado que acababa de asesinar a Pepita.
Pepita, sin embargo, apareció
después. Con paso lento, con actitud de profunda melancolía, con el rostro
y la mirada inclinados al suelo, llegó hasta cerca de donde estaba don
Luis, y dijo de este modo:
-Ahora, aunque tarde, conozco
toda la vileza de mi corazón y toda la iniquidad de mi conducta. Nada
tengo que decir en mi abono; mas no quiero que me creas más perversa de lo
que soy. Mira, no pienses que ha habido en mí artificio, ni cálculo, ni
plan para perderte. Sí, ha sido una maldad atroz, pero instintiva; una
maldad inspirada quizá por el espíritu del infierno, que me posee. No te
desesperes ni te aflijas, por amor de Dios. De nada eres responsable. Ha
sido un delirio; la enajenación mental se apoderó de tu noble alma. No es
en ti el pecado sino muy leve. En mí es grave, horrible, vergonzoso. Ahora
te merezco menos que nunca. Vete; yo soy ahora quien te pide que te vayas.
Vete; haz penitencia. Dios te perdonará. Vete; que un sacerdote te
absuelva. Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y sé ministro del
Altísimo. Con tu vida trabajosa y santa no sólo borrarás hasta las últimas
señales de esta caída, sino que, después de perdonarme el mal que te he
hecho, conseguirás del cielo mi perdón. No hay lazo alguno que conmigo te
ligue; y si lo hay, yo le desato o le rompo. Eres libre. Básteme el haber
hecho caer por sorpresa al lucero de la mañana; no quiero, ni debo, ni
puedo retenerle cautivo. Lo adivino, lo infiero de tu ademán, lo veo con
evidencia; ahora me desprecias más que antes, y tienes razón en
despreciarme. No hay honra, ni virtud, ni vergüenza en mí.
Al decir esto, Pepita hincó en
tierra ambas rodillas, y se inclinó luego hasta tocar con la frente el
suelo del despacho. Don Luis siguió en la misma postura que antes tenía.
Así estuvieron los dos algunos minutos en desesperado silencio.
Con voz ahogada, sin levantar la
faz de la tierra, prosiguió al cabo Pepita:
-Vete ya, don Luis, y no por una
piedad afrentosa permanezcas más tiempo al lado de esta mujer miserable.
Yo tendré valor para sufrir tu desvío, tu olvido y hasta tu desprecio, que
tengo tan merecido. Seré siempre tu esclava, pero lejos de ti, muy lejos
de ti, para no traerte a la memoria la infamia de esta noche.
Los gemidos sofocaron la voz de
Pepita al terminar estas palabras.
Don Luis no pudo más. Se puso en
pie, llegó donde estaba Pepita y la levantó entre sus brazos,
estrechándola contra su corazón, apartando blandamente de su cara los
rubios rizos que en desorden caían sobre ella, y cubriéndola de
apasionados besos.
-Alma mía -dijo por último don
Luis, vida de mi alma, prenda querida de mi corazón, luz de mis ojos,
levanta la abatida frente y no te prosternes más delante de mí. El
pecador, el flaco de voluntad, el miserable, el sandio y el ridículo soy
yo, que no tú. Los ángeles y los demonios deben reírse igualmente de mí y
no tomarme por lo serio. He sido un santo postizo, que no he sabido
resistir y desengañarte desde el principio, como hubiera sido justo, y
ahora no acierto tampoco a ser un caballero, un galán, un amante fino, que
sabe agradecer en cuanto valen los favores de su dama. No comprendo qué
viste en mí para prendarte de ese modo. Jamás hubo en mí virtud sólida,
sino hojarasca y pedantería de colegial, que había leído los libros
devotos como quien lee novelas, y con ellos se había forjado su novela
necia de misiones y contemplaciones. Si hubiera habido virtud sólida en
mí, con tiempo te hubiera desengañado y no hubiéramos pecado ni tú ni yo.
La verdadera virtud no cae tan fácilmente. A pesar de toda tu hermosura, a
pesar de tu talento, a pesar de tu amor hacia mí, no, yo no hubiera caído,
si en realidad hubiera sido virtuoso, si hubiera tenido una vocación
verdadera. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su gracia. Un milagro,
sin duda, algo de sobrenatural se requería para resistir a tu amor; pero
Dios hubiera hecho el milagro si yo hubiera sido digno objeto y bastante
razón para que le hiciera. Haces mal en aconsejarme que sea sacerdote.
Reconozco mi indignidad. No era más que orgullo lo que me movía. Era una
ambición mundana como otra cualquiera. ¡Qué digo, como otra cualquiera!
Era peor: era una ambición hipócrita, sacrílega, simoniaca.
-No te juzgues con tal dureza
-replicó Pepita, ya más serena y sonriendo a través de las lágrimas-. No
deseo que te juzgues así, ni para que no me halles tan indigna de ser tu
compañera; pero quiero que me elijas por amor, libremente, no para reparar
una falta, no porque has caído en un lazo que pérfidamente puedes
sospechar que te he tendido. Vete si no me amas, si sospechas de mí, si no
me estimas. No exhalarán mis labios una queja si para siempre me abandonas
y no vuelves a acordarte de mí.
La contestación de don Luis no
cabía ya en el estrecho y mezquino tejido del lenguaje humano. Don Luis
rompió el hilo del discurso de Pepita sellando los labios de ella con los
suyos y abrazándola de nuevo.
***
Bastante más tarde, con previas
toses y resonar de pies, entró Antoñona en el despacho diciendo:
-¡Vaya una plática larga! Este
sermón que ha predicado el colegial no ha sido el de las siete palabras,
sino que ha estado a punto de ser el de las cuarenta horas. Tiempo es ya
de que te vayas, don Luis. Son cerca de las dos de la mañana.
-Bien está -dijo Pepita-, se irá
al momento.
Antoñona volvió a salir del
despacho y aguardó fuera.
Pepita estaba transformada. Las
alegrías que no había tenido en su niñez, el gozo y el contento de que no
había gustado en los primeros años de su juventud, la bulliciosa actividad
y travesura que una madre adusta y un marido viejo habían contenido y como
represado en ella hasta entonces, se diría que brotaron de repente en su
alma, como retoñan las hojas verdes de los árboles cuando las nieves y los
hielos de un invierno rigoroso y dilatado han retardado su germinación.
Una señora de ciudad, que conoce
lo que llamamos conveniencias sociales, hallará extraño y hasta
censurable lo que voy a decir de Pepita; pero Pepita, aunque elegante de
suyo, era una criatura muy a lo natural, y en quien no cabían la
compostura disimulada y toda la circunspección que en el gran mundo se
estilan. Así es que, vencidos los obstáculos que se oponían a su dicha,
viendo ya rendido a don Luis, teniendo su promesa espontánea de que la
tomaría por mujer legítima, y creyéndose con razón amada, adorada, de
aquél a quien amaba y adoraba tanto, brincaba y reía y daba otras muestras
de júbilo, que, en medio de todo, tenían mucho de infantil y de inocente.
Era menester que don Luis
partiera. Pepita fue por un peine y le alisó con amor los cabellos,
besándoselos después.
Pepita le hizo mejor el lazo de
la corbata.
-Adiós, dueño amado -le dijo-.
Adiós, dulce rey de mi alma. Yo se lo diré todo a tu padre si tú no
quieres atreverte. Él es bueno y nos perdonará.
Al cabo los dos amantes se
separaron.
Cuando Pepita se vio sola, su
bulliciosa alegría se disipó, y su rostro tomó una expresión grave y
pensativa.
Pepita pensó dos cosas igualmente
serias: una de interés mundano, otra de más elevado interés. Lo primero en
que pensó fue en que su conducta de aquella noche, pasada la embriaguez
del amor, pudiera perjudicarle en el concepto de don Luis. Pero hizo
severo examen de conciencia, y, reconociendo que ella no había puesto ni
malicia ni premeditación en nada, y que cuanto hizo nació de un amor
irresistible y de nobles impulsos, consideró que don Luis no podía
menospreciarla nunca, y se tranquilizó por este lado. No obstante, aunque
su confesión candorosa de que no entendía el mero amor de los espíritus, y
aunque su fuga a lo interior de la alcoba sombría había sido obra del
instinto más inocente, sin prever los resultados, Pepita no se negaba que
había pecado después contra Dios, y en este punto no hallaba disculpa.
Encomendóse, pues, de todo corazón a la Virgen para que la perdonase; hizo
promesa a la imagen de la Soledad, que había en el convento de monjas, de
comprar siete lindas espadas de oro, de sutil y prolija labor, con que
adornar su pecho y determinó ir a confesarse al día siguiente con el
Vicario y someterse a la más dura penitencia que le impusiera para merecer
la absolución de aquellos pecados, merced a los cuales venció la terquedad
de don Luis, quien, de lo contrario, hubiera llegado a ser cura, sin
remedio.
Mientras Pepita discurría así
allá en su mente, y resolvía con tanto tino sus negocios del alma, don
Luis bajó hasta el zaguán acompañado por Antoñona.
Antes de despedirse, dijo don
Luis sin preparación ni rodeos:
-Antoñona, tú, que lo sabes todo,
dime, quién es el conde de Genazahar y qué clase de relaciones ha tenido
con tu ama.
-Temprano empiezas a mostrarte
celoso.
-No son celos; es curiosidad
solamente.
-Mejor es así. Nada más
fastidioso que los celos. Voy a satisfacer tu curiosidad. Ese Conde está
bastante tronado. Es un perdido, jugador y mala cabeza, pero tiene más
vanidad que don Rodrigo en la horca. Se empeñó en que mi niña le quisiera
y se casase con él y como la niña le ha dado mil veces calabazas, está que
trina. Esto no impide que se guarde por allá más de mil duros, que hace
años le prestó don Gumersindo, sin más hipoteca que un papelucho, por
culpa y a ruegos de Pepita, que es mejor que el pan. El tonto del Conde
creyó, sin duda, que Pepita, que fue tan buena de casada, que hizo que le
diesen dinero, había de ser de viuda tan rebuena para él, que le había de
tomar por marido. Vino después el desengaño con la furia consiguiente.
-Adiós, Antoñona -dijo don Luis y
se salió a la calle, silenciosa ya y sombría.
Las luces de las tiendas y
puestos de la feria se habían apagado y la gente se retiraba a dormir,
salvo los amos de las tiendas de juguetes y otros pobres buhoneros, que
dormían al sereno al lado de sus mercancías.
En algunas rejas seguían aún
varios embozados pertinaces e incansables, pelando la pava con sus novias.
La mayoría había desaparecido ya.
En la calle, lejos de la vista de
Antoñona, don Luis dio rienda suelta a sus pensamientos. Su resolución
estaba tomada, y todo acudía a su mente a confirmar su resolución. La
sinceridad y el ardor de la pasión que había inspirado a Pepita; su
hermosura; la gracia juvenil de su cuerpo y la lozanía primaveral de su
alma, se le presentaban en la imaginación y le hacían dichoso.
Con cierta mortificación de la
vanidad reflexionaba, no obstante, don Luis en el cambio que en él se
había obrado. ¿Qué pensaría el Deán? ¿Qué espanto no sería el del Obispo?
Y sobre todo, ¿qué motivo tan grave de queja no había dado don Luis a su
padre? Su disgusto, su cólera cuando supiese el compromiso que ligaba a
Luis con Pepita, se ofrecían al ánimo de don Luis y le inquietaban
sobremanera.
En cuanto a lo que él llamaba su
caída, antes de caer, fuerza es confesar que le parecía poco honda y poco
espantosa después de haber caído. Su misticismo, bien estudiado con la
nueva luz que acababa de adquirir, se le antojó que no había tenido ser ni
consistencia; que había sido un producto artificial y vano de sus
lecturas, de su petulancia de muchacho y de sus ternuras sin objeto de
colegial inocente. Cuando recordaba que a veces habría creído recibir
favores y regalos sobrenaturales, y había oído susurros místicos, y había
estado en conversación interior, y casi había empezado a caminar por la
vía unitiva, llegando a la oración de quietud, penetrando en el abismo del
alma y subiendo al ápice de la mente, don Luis se sonreía y sospechaba que
no había estado por completo en su juicio. Todo había sido presunción
suya. Ni él había hecho penitencia, ni él había vivido largos años en
contemplación, ni él tenía ni había tenido merecimientos bastantes para
que Dios le favoreciese con distinciones tan altas. La mayor prueba que se
daba a sí propio de todo esto, la mayor seguridad de que los regalos
sobrenaturales de que había gozado eran sofísticos, eran simples recuerdos
de los autores que leía, nacía de que nada de eso había deleitado tanto su
alma como un te amo de Pepita, como el toque delicadísimo de una
mano de Pepita jugando con los negros rizos de su cabeza.
Don Luis apelaba a otro género de
humildad cristiana para justificar a sus ojos lo que ya no quería llamar
caída, sino cambio. Se confesaba indigno de ser sacerdote, y se allanaba a
ser lego, casado, vulgar, un buen lugareño cualquiera, cuidando de las
viñas y los olivos, criando a sus hijos, pues ya los deseaba, y siendo
modelo de maridos al lado de su Pepita.
***
Aquí vuelvo yo, como responsable
que soy de la publicación y divulgación de esta historia, a creerme en la
necesidad de interpolar varias reflexiones y aclaraciones de mi cosecha.
Dije al empezar que me inclinaba
a creer que esta parte narrativa o Paralipómenos era obra del
señor Deán, a fin de completar el cuadro y acabar de relatar los sucesos
que las cartas no relatan; pero entonces aún no había yo leído con
detención el manuscrito. Ahora, al notar la libertad con que se tratan
ciertas materias y la manga ancha que tiene el autor para algunos
deslices, dudo de que el señor Deán, cuya rigidez sé de buena tinta, haya
gastado la de su tintero en escribir lo que el lector habrá leído. Sin
embargo, no hay bastante razón para negar que sea el señor Deán el autor
de los Paralipómenos.
La duda queda en pie, porque en
el fondo nada hay en ellos que se oponga a la verdad católica ni a la
moral cristiana. Por el contrario, si bien se examina, se verá que sale de
todo una lección contra los orgullosos y soberbios, con ejemplar
escarmiento en la persona de don Luis. Esta historia pudiera servir sin
dificultad de apéndice a los Desengaños místicos del P. Arbiol.
En cuanto a lo que sostienen dos
o tres amigos míos discretos, de que el señor Deán, a ser el autor,
hubiera referido los sucesos de otro modo, diciendo mi sobrino al
hablar de don Luis, y poniendo sus consideraciones morales de vez en
cuando, no creo que es argumento de gran valer. El señor Deán se propuso
contar lo ocurrido y no probar ninguna tesis, y anduvo atinado en no
meterse en dibujos y en no sacar moralejas. Tampoco hizo mal, en mi
sentir, en ocultar su personalidad y en no mentar su yo, lo cual no sólo
demuestra su humildad y modestia, sino buen gusto literario, porque los
poetas épicos y los historiadores, que deben servir de modelo, no dicen yo
aunque hablen de ellos mismos y ellos mismos sean héroes y actores de los
casos que cuentan. Jenofonte Ateniense, pongo por caso, no dice yo en su
Anábasis, sino se nombra en tercera persona cuando es menester, como
si fuera uno el que escribió y otro el que ejecutó aquellas hazañas. Y aun
así, pasan no pocos capítulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. Sólo
poco antes de darse la famosa batalla en que murió el joven Ciro,
revistando este príncipe a los griegos y bárbaros que formaban su
ejército, y estando ya cerca el de su hermano Artajerjes, que había sido
visto desde muy lejos, en la extensa llanura sin árboles, primero como
nubecilla blanca, luego como mancha negra, y, por último, con claridad y
distinción, oyéndose el relinchar de los caballos, el rechinar de los
carros de guerra, armados de truculentas hoces, el gruñir de los elefantes
y el son de los instrumentos bélicos, y viéndose el resplandor del bronce
y del oro de las armas iluminadas por el sol; sólo en aquel instante,
digo, y no de antemano, se muestra Jenofonte y habla con Ciro, saliendo de
las filas y explicándole el murmullo que corría entre los griegos, el cual
no era otro que lo que llamamos santo y seña en el día, y que fue
en aquella ocasión Júpiter salvador y Victoria. El señor Deán,
que era un hombre de gusto y muy versado en los clásicos, no había de
incurrir en el error de ingerirse y entreverarse en la historia a título
de tío y ayo del héroe, y de moler al lector saliendo a cada paso un tanto
difícil y resbaladizo con un párate ahí, con un ¿qué
haces? ¡mira no te caigas, desventurado! o con otras advertencias por
el estilo. No chistar tampoco, ni oponerse en alguna manera, hallándose
presente, al menos en espíritu, sentaba mal en algunos de los lances que
van referidos. Por todo lo cual, a no dudarlo, el señor Deán, con la mucha
discreción que le era propia, pudo escribir estos Paralipómenos,
sin dar la cara, como si dijéramos.
Lo que sí hizo fue poner glosas y
comentarios de provechosa edificación, cuando tal o cual pasaje lo
requería; pero yo los suprimo aquí, porque no están en moda las novelas
anotadas o glosadas, y porque sería voluminosa esta obrilla si se
imprimiese con los mencionados requisitos.
Pondré, no obstante, en este
lugar, como única excepción, e incluyéndola en el texto, la nota del señor
Deán sobre la rápida transformación de don Luis de místico en no místico.
Es curiosa la nota, y derrama mucha luz sobre todo.
-Esta mudanza de mi sobrino
-dice-, no me ha dado chasco. Yo la preveía desde que me escribió las
primeras cartas. Luisito me alucinó al principio. Pensé que tenía una
verdadera vocación, pero luego caí en la cuenta de que era un vano
espíritu poético; el misticismo fue la máquina de sus poemas, hasta que se
presentó otra máquina más adecuada.
¡Alabado sea Dios, que ha querido
que el desengaño de Luisito llegue a tiempo! ¡Mal clérigo hubiera sido si
no acude tan en sazón Pepita Jiménez! Hasta su impaciencia de alcanzar la
perfección de un brinco hubiera debido darme mala espina, si el cariño de
tío no me hubiera cegado. Pues qué, ¿los favores del cielo se consiguen
enseguida? ¿No hay más que llegar y triunfar? Contaba un amigo mío,
marino, que cuando estuvo en ciertas ciudades de América era muy mozo y
pretendía a las damas con sobrada precipitación, y que ellas le decían con
un tonillo lánguido americano: -¡Apenas llega y ya quiere!... ¡Haga
méritos si puede! Si esto pudieron decir aquellas señoras, ¿qué no dirá el
cielo a los audaces que pretenden escalarle sin méritos y en un abrir y
cerrar de ojos? Mucho hay que afanarse, mucha purificación se necesita,
mucha penitencia se requiere para empezar a estar bien con Dios y a gozar
de sus regalos. Hasta en las vanas y falsas filosofías, que tienen algo de
místico, no hay don ni favor sobrenatural, sin poderoso esfuerzo y costoso
sacrificio. Jámblico no tuvo poder para evocar a los genios del amor y
hacerlos salir de la fuente de Edgadara, sin haberse antes quemado las
cejas a fuerza de estudio y sin haberse maltratado el cuerpo con
privaciones y abstinencias. Apolonio de Tiana se supone que se maceró de
lo lindo antes de hacer sus falsos milagros. Y en nuestros días, los
krausistas, que ven a Dios, según aseguran, con vista real, tienen que
leerse y aprenderse antes muy bien toda la Analítica de Sanz del
Río, lo cual es más dificultoso y prueba más paciencia y sufrimiento que
abrirse las carnes a azotes y ponérselas como una breva madura. Mi sobrino
quiso de bóbilis-bóbilis ser un varón perfecto, y... ¡vean ustedes en lo
que ha venido a parar! Lo que importa ahora es que sea un buen casado, y
que, ya que no sirve para grandes cosas, sirva para lo pequeño y
doméstico, haciendo feliz a esa muchacha, que al fin no tiene otra culpa
que la de haberse enamorado de él como una loca, con un candor y un ímpetu
selváticos.
Hasta aquí la nota del señor
Deán, escrita con desenfado íntimo, como para él solo, pues bien ajeno
estaba el pobre de que yo había de jugarle la mala pasada de darla al
público.
Sigamos ahora la narración.
***
Don Luis, en medio de la calle a
las dos de la noche, iba discurriendo, como ya hemos dicho, en que su
vida, que hasta allí había él soñado con que fuese digna de la Leyenda
áurea se convirtiese en un suavísimo y perpetuo idilio. No había
sabido resistir las asechanzas del amor terrenal; no había sido como un
sinnúmero de santos, y entre ellos San Vicente Ferrer, con cierta lasciva
señora valenciana, pero tampoco era igual el caso; y si el salir huyendo
de aquella daifa endemoniada fue en San Vicente un acto de virtud heroica,
en él hubiera sido el salir huyendo del rendimiento, del candor y de la
mansedumbre de Pepita, algo de tan monstruoso y sin entrañas, como si
cuando Ruth se acostó a los pies de Booz, diciéndole Soy tu esclava;
extiende tu capa sobre tu sierva, Booz le hubiera dado un puntapié y
la hubiera mandado a paseo. Don Luis, cuando Pepita se le rendía, tuvo,
pues, que imitar a Booz y exclamar: Hija, bendita seas del Señor, que
has excedido tu primera bondad con ésta de ahora. Así se disculpaba
don Luis de no haber imitado a San Vicente y a otros santos no menos
ariscos. En cuanto al mal éxito que tuvo la proyectada imitación de San
Eduardo, también trataba de cohonestarle y disculparle. San Eduardo se
casó por razón de Estado, porque los grandes del reino lo exigían, y sin
inclinación hacia la reina Edita; pero en él y en Pepita Jiménez no había
razón de Estado, ni grandes ni pequeños, sino amor finísimo de ambas
partes.
De todos modos, no se negaba don
Luis, y esto prestaba a su contento un leve tinte de melancolía que había
destruido su ideal, que había sido vencido. Los que jamás tienen ni
tuvieron ideal alguno no se apuran por esto, pero don Luis se apuraba. Don
Luis pensó desde luego en sustituir el antiguo y encumbrado ideal con otro
más humilde y fácil. Y si bien recordó a don Quijote, cuando, vencido por
el caballero de la Blanca Luna, decidió hacerse pastor, maldito el efecto
que le hizo la burla, sino que pensó en renovar con Pepita Jiménez, en
nuestra edad prosaica y descreída, la edad venturosa y el piadosísimo
ejemplo de Filemón y de Baucis, tejiendo un dechado de vida patriarcal en
aquellos campos amenos, fundando en el lugar que le vio nacer un hogar
doméstico, lleno de religión, que fuese a la vez asilo de menesterosos,
centro de cultura y de amistosa convivencia, y limpio espejo donde
pudieran mirarse las familias; y, uniendo, por último el amor conyugal con
el amor de Dios para que Dios santificase y visitase la morada de ellos,
haciéndola como templo, donde los dos fuesen ministros y sacerdotes, hasta
que dispusiese el cielo llevárselos juntos a mejor vida.
Al logro de todo ello se oponían
dos dificultades que era menester allanar antes, y don Luis se preparaba a
allanarlas.
Era una el disgusto, quizás el
enojo de su padre, a quien había defraudado en sus más caras esperanzas.
Era la otra dificultad de muy diversa índole y en cierto modo más grave.
Don Luis, cuando iba a ser
clérigo, estuvo en su papel no defendiendo a Pepita de los groseros
insultos del conde de Genazahar, sino con discursos morales, y no tomando
venganza de la mofa y desprecio con que tales discursos fueron oídos;
pero, ahorcados ya los hábitos y teniendo que declarar en seguida que
Pepita era su novia y que iba a casarse con ella, don Luis, a pesar de su
carácter pacífico, de sus ensueños de humana ternura y de las creencias
religiosas que en su alma quedaban íntegras y que repugnaban todo medio
violento, no acertaba a compaginar con su dignidad el abstenerse de romper
la crisma al Conde desvergonzado. De sobra sabía que el duelo es usanza
bárbara; que Pepita no necesitaba de la sangre del Conde para quedar
limpia de todas las manchas de la calumnia, y hasta que el mismo Conde,
por mal criado y por bruto, y no porque lo creyese ni quizás por un rencor
desmedido, había dicho tanto denuesto. Sin embargo, a pesar de todas estas
reflexiones, don Luis conocía que no se sufriría a sí propio durante toda
su vida, Y que por consiguiente, no llegaría a hacer nunca a gusto el
papel de Filemón, si no empezaba por hacer el de Fierabrás, dando al Conde
su merecido, si bien pidiendo a Dios que no le volviese a poner en otra
ocasión semejante.
Decidido, pues, al lance,
resolvió llevarle a cabo en seguida. Y pareciéndole feo y ridículo enviar
padrinos y hacer que trajesen en boca el honor de Pepita, halló lo más
razonable buscar camorra con cualquier otro pretexto.
Supuso además que el Conde,
forastero y vicioso jugador, sería muy posible que estuviese aún en el
casino hecho un tahúr, a pesar de lo avanzado de la noche, y don Luis se
fue derecho al casino.
El casino permanecía abierto,
pero las luces del patio y de los salones estaban casi todas apagadas.
Sólo en un salón había luz. Allí se dirigió don Luis, y desde la puerta
vio al conde de Genazahar, que jugaba al monte, haciendo de banquero.
Cinco personas nada más apuntaban, dos eran forasteros como el Conde; las
otras tres eran el capitán de caballería encargado de la remonta, Currito
y el médico. No podían disponerse las cosas más al intento de don Luis.
Sin ser visto, por lo afanados que estaban en el juego, don Luis los vio,
y apenas los vio, volvió a salir del casino, y se fue rápidamente a su
casa. Abrió un criado la puerta; preguntó don Luis por su padre, y
sabiendo que dormía, para que no le sintiera ni se despertara, subió don
Luis de puntillas a su cuarto con una luz, recogió unos tres mil reales
que tenía de su peculio, en oro, y se los guardó en el bolsillo. Dijo
después al criado que le volviese a abrir, y se fue al casino otra vez.
Entonces entró don Luis en el
salón donde jugaban, dando taconazos recios, con estruendo y con aire de
taco, como suele decirse. Los jugadores se quedaron pasmados al verle.
-¡Tú por aquí a estas horas!
-dijo Currito.
-¿De dónde sale usted, curita?
-dijo el médico.
-¿Viene usted a echarme otro
sermón? -exclamó el Conde.
-Nada de sermones -contestó don
Luis con mucha calma-. El mal efecto que surtió el último que prediqué me
ha probado con evidencia que Dios no me llama por ese camino, y ya he
elegido otro. Usted, señor Conde, ha hecho mi conversión. He ahorcado los
hábitos; quiero divertirme, estoy en la flor de la mocedad y quiero gozar
de ella.
-Vamos, me alegro -interrumpió el
Conde-; pero cuidado, niño, que si la flor es delicada, puede marchitarse
y deshojarse temprano.
-Ya de eso cuidaré yo -replicó
don Luis-. Veo que se juega. Me siento inspirado. Usted talla. ¿Sabe
usted, señor Conde, que tendría chiste que yo le desbancase?
-Tendría chiste, ¿eh? ¡Usted ha
cenado fuerte!
-He cenado lo que me ha dado la
gana.
-Respondonzuelo se va haciendo el
mocito.
-Me hago lo que quiero.
-Voto va... -dijo el Conde; y ya
se sentía venir la tempestad, cuando el capitán se interpuso y la paz se
restableció por completo.
-Ea -dijo el Conde, sosegado y
afable-, desembaúle usted los dinerillos y pruebe fortuna.
Don Luis se sentó a la mesa y
sacó del bolsillo todo su oro. Su vista acabó de serenar al Conde, porque
casi excedía aquella suma a la que tenía él de banca, y ya imaginaba que
iba a ganársela al novato.
-No hay que calentarse mucho la
cabeza en este juego -dijo don Luis. Ya me parece que le entiendo. Pongo
dinero a una carta, y si sale la carta, gano, y si sale la contraria, gana
usted.
-Así es, amiguito; tiene usted un
entendimiento macho.
-Pues lo mejor es que no tengo
sólo macho el entendimiento, sino también la voluntad; y con todo, en el
conjunto, disto bastante de ser un macho, como hay tantos por ahí.
-¡Vaya si viene usted parlanchín
y si saca alicantinas!.
Don Luis se calló; jugó unas
cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna, que ganó casi siempre.
El Conde comenzó a cargarse.
-¿Si me desplumará el niño?
-dijo-, Dios protege la inocencia.
Mientras que el Conde se
amostazaba, don Luis sintió cansancio y fastidio y quiso acabar de una
vez.
-El fin de todo esto -dijo- es
ver si yo me llevo esos dineros o si usted se lleva los míos. ¿No es
verdad, señor Conde?
-Es verdad.
-Pues ¿para qué hemos de estar
aquí en vela toda la noche? Ya va siendo tarde, y, siguiendo su consejo de
usted, debo recogerme para que la flor de mi mocedad no se marchite.
-¿Qué es eso? ¿Se quiere usted
largar? ¿Quiere usted tomar el olivo?
-Yo no quiero tomar olivo
ninguno. Al contrario. Curro, dime tú: aquí, en este montón de dinero, ¿no
hay más que en la banca?
Currito miró, y contestó:
-Es indudable.
-¿Cómo explicaré -preguntó don
Luis-, que juego en un golpe cuanto hay en la banca contra otro tanto?
-Eso se explica -respondió
Currito-, diciendo: ¡copo!
-Pues, copo -dijo don Luis
dirigiéndose al Conde-; va el copo y la red en este rey de espadas, cuyo
compañero hará de seguro su epifanía antes que su enemigo el tres.
El Conde que tenía todo su
capital mueble en la banca, se asustó al verle comprometido de aquella
suerte; pero no tuvo más que aceptar.
Es sentencia del vulgo que los
afortunados en amores son desgraciados al juego; pero más cierta parece la
contraria afirmación. Cuando acude la buena dicha acude para todo, y lo
mismo cuando la desdicha acude.
El Conde fue tirando cartas, y no
salía ningún tres. Su emoción era grande, por más que lo disimulaba. Por
último, descubrió por la pinta el rey de copas y se detuvo.
-Tire usted -dijo el capitán.
-No hay para qué. El rey de
copas. ¡Maldito sea! El curita me ha desplumado. Recoja usted el dinero.
El Conde echó con rabia la baraja
sobre la mesa.
Don Luis recogió todo el dinero
con indiferencia y reposo.
Después de un corto silencio
habló el Conde:
-Curita es menester que me dé
usted el desquite.
-No veo la necesidad.
-¡Me parece que entre
caballeros!...
-Por esa regla el juego no tiene
término -observó don Luis-; por esa regla lo mejor sería ahorrarse el
trabajo de jugar.
-Déme usted el desquite -replicó
el Conde, sin atender a razones.
-Sea -dijo don Luis-; quiero ser
generoso.
El Conde volvió a tomar la baraja
y se dispuso a echar nueva talla.
-Alto ahí -dijo don Luis-;
entendámonos antes. ¿Dónde está el dinero de la nueva banca de usted?
El Conde se quedó turbado y
confuso.
-Aquí no tengo dinero -contestó-;
pero me parece que sobra con mi palabra.
Don Luis entonces con acento
grave y reposado dijo:
-Señor Conde, yo no tendría
inconveniente en fiarme de la palabra de un caballero y en llegar a ser su
acreedor, si no temiese perder su amistad que casi voy ya conquistando;
pero desde que vi esta mañana la crueldad con que trató usted a ciertos
amigos míos, que son sus acreedores, no quiero hacerme culpado para con
usted del mismo delito. No faltaba más sino que yo voluntariamente
incurriese en el enojo de usted prestándole dinero, que no me pagaría,
como no ha pagado, sino con injurias, el que debe a Pepita Jiménez.
Por lo mismo que el hecho era
cierto, la ofensa fue mayor. El Conde se puso lívido de cólera, y ya de
pie, pronto a venir a las manos con el colegial, dijo con voz alterada.
-¡Mientes, deslenguado! ¡Voy a
deshacerte entre mis manos, hijo de la grandísima!...
Esta última injuria, que
recordaba a don Luis la falta de su nacimiento, y caía sobre el honor de
la persona cuya memoria le era más querida y respetada, no acabó de
formularse, no acabó de llegar a sus oídos.
Don Luis por encima de la mesa,
que estaba entre él y el Conde, con agilidad asombrosa y con tino y
fuerza, tendió el brazo derecho, armado de un junco o bastoncillo flexible
y cimbreante, y cruzó la cara de su enemigo, levantándole al punto un
verdugón amoratado.
No hubo ni grito ni denuesto ni
alboroto posterior. Cuando empiezan las manos suelen callar las lenguas.
El Conde iba a lanzarse sobre don Luis para destrozarle si podía; pero la
opinión había dado una gran vuelta desde aquella mañana, y entonces estaba
en favor de don Luis. El capitán, el médico y hasta Currito, ya con más
ánimo, contuvieron al Conde, que pugnaba y forcejeaba ferozmente por
desasirse.
-Dejadme libre, dejadme que le
mate -decía.
-Yo no trato de evitar un duelo
-dijo el capitán-; el duelo es inevitable. Trato sólo de que no luchéis
aquí como dos ganapanes. Faltaría a mi decoro si presenciase tal lucha.
-Que vengan armas -dijo el
Conde-: no quiero retardar el lance ni un minuto... En el acto... aquí.
-¿Queréis reñir al sable? -dijo
el capitán.
-Bien está -respondió don Luis.
-Vengan los sables -dijo el
Conde.
Todos hablaban en voz baja para
que no se oyese nada en la calle. Los mismos criados del casino, que
dormían en sillas, en la cocina y en el patio, no llegaron a despertarse.
Don Luis eligió para testigos al
capitán y a Currito. El Conde a los dos forasteros. El médico quedó para
hacer su oficio, y enarboló la bandera de la Cruz Roja.
Era todavía de noche. Se convino
en hacer campo de batalla de aquel salón, cerrando antes la puerta.
El capitán fue a su casa por los
sables y los trajo al momento debajo de la capa que para ocultarlos se
puso.
Ya sabemos que don Luis no había
empuñado en su vida un arma. Por fortuna, el Conde no era mucho más
diestro en la esgrima, aunque nunca había estudiado teología ni pensado en
ser clérigo.
Las condiciones del duelo se
redujeron a que, una vez el sable en la mano, cada uno de los dos
combatientes hiciese lo que Dios le diera a entender.
Se cerró la puerta de la sala.
Las mesas y las sillas se
apartaron en un rincón para despejar el terreno. Las luces se colocaron de
un modo conveniente. Don Luis y el Conde se quitaron levitas y chalecos,
quedaron en mangas de camisa y tomaron las armas. Se hicieron a un lado
los testigos. A una señal del capitán, empezó el combate.
Entre dos personas que no sabían
parar ni defenderse la lucha debía ser brevísima, y lo fue.
La furia del Conde, retenida por
algunos minutos, estalló y le cegó. Era robusto; tenía unos puños de
hierro, y sacudía con el sable una lluvia de tajos sin orden ni concierto.
Cuatro veces tocó a don Luis, por fortuna siempre de plano. Lastimó sus
hombros, pero no le hirió. Menester fue de todo el vigor del joven teólogo
para no caer derribado a los tremendos golpes y con el dolor de las
contusiones. Todavía tocó el Conde por quinta vez a don Luis, y le dio en
el brazo izquierdo. Aquí la herida fue de filo, aunque de soslayo. La
sangre de don Luis empezó a correr en abundancia. Lejos de contenerse un
poco, el Conde arremetió con más ira para herir de nuevo; casi se metió
bajo el sable de don Luis. Éste, en vez de prepararse a parar, dejó caer
el sable con brío y acertó con una cuchillada en la cabeza del Conde. La
sangre salió con ímpetu, y se extendió por la frente y corrió sobre los
ojos. Aturdido por el golpe, dio el Conde con su cuerpo en el suelo.
Toda la batalla fue negocio de
algunos segundos.
Don Luis había estado sereno,
como un filósofo estoico, a quien la dura ley de la necesidad obliga a
ponerse en semejante conflicto, tan contrario a sus costumbres y modo de
pensar; pero no bien miró a su contrario Por tierra, bañado en sangre y
como muerto, don Luis sintió una angustia grandísima y temió que le diese
una congoja. Él, que no se creía capaz de matar un gorrión, acaso acababa
de matar a un hombre. Él, que aún estaba resuelto a ser sacerdote, a ser
misionero, a ser ministro y nuncio del Evangelio hacía cinco o seis horas,
había cometido o se acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los
delitos, y de haber infringido todos los mandamientos de la ley de Dios.
No había quedado pecado mortal de que no se contaminase. Sus propósitos de
santidad heroica y perfecta se habían desvanecido primero. Sus propósitos
de una santidad más fácil, cómoda y burguesa, se desvanecían
después. El diablo desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera
podía ya ser un Filemón cristiano, pues no era buen principio para el
idilio perpetuo el de rasgar la cabeza al prójimo de un sablazo.
El estado de don Luis, después de
las agitaciones de todo aquel día, era el de un hombre que tiene fiebre
cerebral.
Currito y el capitán, cada uno de
un lado, le agarraron y llevaron a su casa.
***
Don Pedro de Vargas se levantó
sobresaltado cuando le dijeron que venía su hijo herido. Acudió a verle;
examinó las contusiones y la herida del brazo, y vio que no eran de
cuidado; pero puso el grito en el cielo diciendo que iba a tomar venganza
de aquella ofensa, y no se tranquilizó hasta que supo el lance, y que don
Luis había sabido tomar venganza por sí, a pesar de su teología.
El médico vino poco después a
curar a don Luis, y pronosticó que en tres o cuatro días estaría don Luis
para salir a la calle, como si tal cosa. El Conde, en cambio, tenía para
meses. Su vida, sin embargo, no corría peligro. Había vuelto de su
desmayo, y había pedido que le llevasen a su pueblo, que no dista más que
una legua del lugar en que pasaron estos sucesos. Habían buscado un
carricoche de alquiler y le habían llevado, yendo en su compañía su criado
y los dos forasteros que le sirvieron de testigos.
A los cuatro días del lance se
cumplieron, en efecto, los pronósticos del doctor, y don Luis, aunque
magullado de los golpes y con la herida abierta aún, estuvo en estado de
salir, y prometiendo un restablecimiento completo en plazo muy breve.
El primer deber que don Luis
creyó que necesitaba cumplir, no bien le dieron de alta, fue confesar a su
padre sus amores con Pepita, y declararle su intención de casarse con
ella.
Don Pedro no había ido al campo
ni se había empleado sino en cuidar a su hijo durante la enfermedad. Casi
siempre estaba a su lado acompañándole y mimándole con singular cariño.
En la mañana del día 27 de junio,
después de irse el médico, don Pedro quedó solo con su hijo, y entonces la
tan difícil confesión para don Luis tuvo lugar del modo siguiente:
-Padre mío- dijo don Luis-: yo no
debo seguir engañando a usted por más tiempo. Hoy voy a confesar a usted
mis faltas y a desechar la hipocresía.
-Muchacho, si es confesión lo que
vas a hacer mejor será que llames al padre Vicario. Yo tengo muy holgachón
el criterio, y te absolveré de todo, sin que mi absolución te valga para
nada. Pero si quieres confiarme algún hondo secreto como a tu mejor amigo,
empieza, que te escucho.
-Lo que tengo que confiar a usted
es una gravísima falta mía, y me da vergüenza...
-Pues no tengas vergüenza con tu
padre y di sin rebozo.
Aquí don Luis, poniéndose muy
colorado y con visible turbación dijo:
-Mi secreto es que estoy
enamorado de... Pepita Jiménez, y que ella...
Don Pedro interrumpió a su hijo
con una carcajada y continuó la frase:
-Y que ella está enamorada de ti,
y que la noche de la velada de San Juan estuviste con ella en dulces
coloquios hasta las dos de la mañana, y que por ella buscaste un lance con
el conde de Genazahar, a quien has roto la cabeza. Pues, hijo, bravo
secreto me confías. No hay perro ni gato en el lugar que no esté ya al
corriente de todo. Lo único que parecía posible ocultar era la duración
del coloquio hasta las dos de la mañana; pero unas gitanas buñoleras te
vieron salir de la casa, y no pararon hasta contárselo a todo bicho
viviente. Pepita, además, no disimula cosa mayor; y hace bien, porque
sería el disimulo de Antequera. Desde que estás enfermo viene aquí Pepita
dos veces al día, y otras dos o tres veces envía a Antoñona a saber de tu
salud; y si no han entrado a verte, es porque yo me he opuesto, para que
no te alborotes.
La turbación y el apuro de don
Luis subieron de punto cuando oyó contar a su padre toda la historia en
lacónico compendio.
-¡Qué sorpresa! -dijo-, ¡qué
asombro habrá sido el de usted!
-Nada de sorpresa ni de asombro,
muchacho. En el lugar sólo se saben las cosas hace cuatro días, y la
verdad sea dicha, ha pasmado tu transformación. ¡Miren el cógelas a
tientas y mátalas callando; miren el santurrón y el gatito muerto,
exclaman las gentes, con lo que ha venido a descolgarse! El padre Vicario,
sobre todo, se ha quedado turulato. Todavía está haciéndose cruces al
considerar cuánto trabajaste en la viña del Señor en la noche del 23 al
24, y cuán variados y diversos fueron tus trabajos. Pero a mí no me
cogieron las noticias de susto, salvo tu herida. Los viejos sentimos
crecer la hierba. No es fácil que los pollos engañen a los recoveros.
-Es verdad: he querido engañar a
usted. ¡He sido un hipócrita!
-No seas tonto: no lo digo por
motejarte. Lo digo para darme tono de perspicaz. Pero hablemos con
franqueza: mi jactancia es inmotivada. Yo sé punto por punto el progreso
de tus amores con Pepita, desde hace más de dos meses; pero lo sé porque
tu tío el Deán, a quien escribías tus impresiones, me lo ha participado
todo. Oye la carta acusadora de tu tío, y oye la contestación que le di,
documento importantísimo de que he guardado minuta.
Don Pedro sacó del bolsillo unos
papeles, y leyó lo que sigue:
Carta del Deán. -«Mi
querido hermano: siento en el alma tener que darte una mala noticia;
pero confío en Dios, que habrá de concederte paciencia y sufrimiento
bastantes para que no te enoje y acibare demasiado. Luisito me escribe
hace días extrañas cartas, donde descubro, al través de su exaltación
mística, una inclinación harto terrenal y pecaminosa hacia cierta viudita
guapa, traviesa y coquetísima, que hay en ese lugar. Yo me había engañado
hasta aquí creyendo firme la vocación de Luisito, y me lisonjeaba de dar
en él a la Iglesia de Dios un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero
las cartas referidas han venido a destruir mis ilusiones. Luisito se
muestra en ellas más poeta que verdadero varón piadoso, y la viuda, que ha
de ser de la piel de Barrabás, le rendirá con poco que haga. Aunque yo
escribo a Luisito amonestándole para que huya de la tentación, doy ya por
seguro que caerá en ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar
y ser galanteador y cortejante, mejor es que su mala condición se descubra
con tiempo, y no llegue a ser clérigo. No vería yo, por lo tanto, grave
inconveniente en que Luisito siguiera ahí y fuese ensayado y analizado en
la piedra de toque y crisol de tales amores, a fin de que la viudita fuese
el reactivo por medio del cual se descubriera el oro puro de sus virtudes
clericales o la baja liga con que el oro está mezclado; pero tropezamos
con el escollo de que la dicha viuda, que habíamos de convertir en fiel
contraste, es tu pretendida y no sé si tu enamorada. Pasaría, pues, de
castaño obscuro el que resultase tu hijo rival tuyo. Esto sería un
escándalo monstruoso, y para evitarle con tiempo te escribo hoy a fin de
que, pretextando cualquiera cosa, envíes o traigas a Luisito por aquí,
cuanto antes mejor».
Don Luis escuchaba en silencio y
con los ojos bajos. Su padre continuó:
-A esta carta del Deán contesté
lo que sigue:
Contestación.
-«Hermano querido y venerable padre
espiritual: mil gracias te doy por las noticias que me envías y por tus
avisos y consejos. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta
ocasión. La vanidad me cegaba. Pepita Jiménez, desde que vino mi hijo, se
me mostraba tan afable y cariñosa, que yo me las prometía felices. Ha sido
menester tu carta para hacerme caer en la cuenta. Ahora comprendo que, al
haberse humanizado, al hacerme tantas fiestas y al bailarme el agua
delante, no miraba en mí la pícara de Pepita sino al papá del teólogo
barbilampiño. No te lo negaré: me mortificó y afligió un poco este
desengaño en el primer momento; pero después lo reflexioné todo con la
madurez debida, y mi mortificación y mi aflicción se convirtieron en gozo.
El chico es excelente. Yo le he tomado mucho más afecto desde que está
conmigo. Me separé de él y te le entregué para que le educases, porque mi
vida no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por otras
razones, se hubiera criado como un salvaje. Tú fuiste más allá de mis
esperanzas y aun de mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un Padre de
la Iglesia. Tener un hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad; pero
hubiera sentido yo quedarme sin un heredero de mi casa y nombre, que me
diese lindos nietos, y que después de mi muerte disfrutase de mis bienes,
que son mi gloria, porque los he adquirido con ingenio y trabajo, y no
haciendo fullerías y chanchullos. Tal vez la persuasión en que estaba yo
de que no había remedio, de que Luis iba a catequizar a los chinos, a los
indios y a los negritos de Monicongo me decidió a casarme para dilatar mi
sucesión. Naturalmente puse mis ojos en Pepita Jiménez, que no es de la
piel de Barrabás, como imaginas, sino una criatura remonísima, más bendita
que los cielos y más apasionada que coqueta. Tengo tan buena opinión de
Pepita, que si volviese ella a tener diez y seis años y una madre
imperiosa que la violentara, y yo tuviese ochenta años como don
Gumersindo, esto es, sí viera ya la muerte en puertas, tomaría a Pepita
por mujer para que me sonriese al morir como si fuera el ángel de mi
guarda que había revestido cuerpo humano, y para dejarle mi posición, mi
caudal y mi nombre. Pero ni Pepita tiene ya diez y seis años, sino veinte,
ni está sometida al culebrón de su madre, ni yo tengo ochenta años, sino
cincuenta y cinco. Estoy en la peor edad, porque empiezo a sentirme harto
averiado, con un poquito de asma, mucha tos, bastantes dolores reumáticos
y otros alifafes, y, sin embargo, maldita la gana que tengo de morirme.
Creo que ni en veinte años me moriré, y como le llevo treinta y cinco a
Pepita, calcula el desastroso porvenir que le aguardaba con este viejo
perdurable. Al cabo de los pocos años de casada conmigo hubiera tenido que
aborrecerme, a pesar de lo buena que es. Porque es buena y discreta no ha
querido sin duda aceptarme por marido, a pesar de la insistencia y de la
obstinación con que se lo he propuesto. ¡Cuánto se lo agradezco ahora! La
misma puntita de vanidad, lastimada por sus desdenes, se embota ya al
considerar que si no me ama, ama mi sangre, se prenda del hijo mío. Si no
quiere esta fresca y lozana hiedra enlazarse al viejo tronco, carcomido
ya, trepe por él, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y
florido pimpollo. Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos
de llevarte al chico otra vez, le retendré aquí hasta por fuerza, si es
necesario. Me decido a conspirar contra su vocación. Sueño ya con verle
casado. Me voy a remozar contemplando a la gentil pareja unida por el
amor. ¿Y cuando me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero
y de traerme de Australia, o de Madagascar, o de la India varios neófitos
con jetas de a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y
con ojos de mochuelo, ¿no será mejor que Luisito predique en casa y me
saque en abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con
ojos como los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? Los
catecúmenos que me trajese de por allá sería menester que estuvieran a
respetable distancia para que no me inficionasen, y éstos de por acá me
olerían a rosas del Paraíso, y vendrían a ponerse sobre mis rodillas, y
jugarían conmigo, y me besarían, y me llamarían abuelito, y me darían
palmaditas en la calva que ya voy teniendo. ¿Qué quieres? Cuando
estaba yo en todo mi vigor no pensaba en las delicias domésticas; mas
ahora, que estoy tan próximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no
me he de hacer cenobita, me complazco en esperar que haré el papel de
patriarca. Y no entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el
naciente noviazgo, sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu
comparación, pues que transformas a Pepita en crisol y a Luis en metal, yo
buscaré, o tengo buscado ya, un fuelle o soplete utilísimo que contribuya
a avivar el fuego para que el metal se derrita pronto. Este soplete es
Antoñona, nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su
dueño. Antoñona se entiende ya conmigo, y por ella sé que Pepita está
muerta de amores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y
no dándome por entendido de nada. El padre Vicario, que es un alma de
Dios, siempre en Babia, me sirve tanto o más que Antoñona, sin advertirlo
él, porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con
Luis; de suerte que este excelente señor, con medio siglo en cada pata, se
ha convertido ¡oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito
mensajero, con quien los dos amantes se envían sus requiebros y finezas,
ignorándolo también ambos. Tan poderosa combinación de medios naturales y
artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le diré al darte parte
de la boda, para que vengas a hacerla, o envíes a los novios tu bendición
y un buen regalo.»
Así acabó don Pedro de leer su
carta, y al volver a mirar a don Luis, vio que don Luis había estado
escuchando con los ojos llenos de lágrimas.
El padre y el hijo se dieron un
abrazo muy apretado y muy prolongado.
***
Al mes justo de esta conversación
y de esta lectura, se celebraron las bodas de don Luis de Vargas y de
Pepita Jiménez.
Temeroso el señor Deán de que su
hermano le embromase demasiado con que el misticismo de Luisito había
salido huero, y conociendo además que su papel iba a ser poco airoso en el
lugar, donde todos dirían que tenía mala mano para sacar santos, dio por
pretexto sus ocupaciones y no quiso venir, aunque envió su bendición y
unos magníficos zarcillos, como presente para Pepita.
El padre Vicario tuvo, pues, el
gusto de casarla con don Luis.
La novia, muy bien engalanada,
pareció hermosísima a todos y digna de trocarse por el cilicio y las
disciplinas.
Aquella noche dio don Pedro un
baile estupendo en el patio de su casa y salones contiguos. Criados y
señores, hidalgos y jornaleros, las señoras y señoritas y las mozas del
lugar asistieron y se mezclaron en él como en la soñada primera edad del
mundo, que no sé por qué llaman de oro. Cuatro diestros, o, sino diestros,
infatigables guitarristas, tocaron el fandango. Un gitano y una gitana,
famosos cantadores, entonaron las coplas más amorosas y alusivas a las
circunstancias. Y el maestro de escuela leyó un epitalamio en verso
heroico.
Hubo hojuelas, pestiños,
gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y mucho vino para la gente
menuda. El señorío se regaló con almíbares, chocolate, miel de azahar y
miel de prima, y varios rosolis y mistelas aromáticas y refinadísimas.
Don Pedro estuvo hecho un cadete:
bullicioso, bromista y galante. Parecía que era falso lo que declaraba en
su carta al Deán del reúma y demás alifafes. Bailó el fandango con Pepita,
con sus más graciosas criadas y con otras seis o siete mozuelas. A cada
una, al volverla a su asiento, cansada ya, le dio con efusión el
correspondiente y prescrito abrazo, y a las menos serias algunos
pellizcos, aunque esto no forma parte del ceremonial. Don Pedro llevó su
galantería hasta el extremo de sacar a bailar a doña Casilda, que no pudo
negarse, y que, con sus diez arrobas de humanidad, y los calores de julio,
vertía un chorro de sudor por cada poro. Por último, don Pedro atracó de
tal suerte a Currito, y le hizo brindar tantas veces por la felicidad de
los nuevos esposos, que el mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a
dormir la mona, terciado en una borrica como un pellejo de vino.
El baile duró hasta las tres de
la madrugada; pero los novios se eclipsaron discretamente antes de las
once y se fueron a casa de Pepita. Don Luis volvió a entrar con luz, con
pompa y majestad, y como dueño y señor adorado, en aquella limpia alcoba,
donde poco más de un mes antes había entrado a obscuras, lleno de
turbación y zozobra.
Aunque en el lugar es uso y
costumbre, jamás interrumpida, dar una terrible cencerrada a todo viudo o
viuda que contrae segundas nupcias, no dejándolos tranquilos con el
resonar de los cencerros en la primera noche del consorcio, Pepita era tan
simpática y don Pedro tan venerado y don Luis tan querido, que no hubo
cencerros ni el menor conato de que resonasen aquella noche; caso raro,
que se registra como tal en los anales del pueblo.
...........
III
Epílogo. Cartas de mi hermano
La historia de Pepita y Luisito
debiera terminar aquí. Este epílogo está de sobra, pero el señor Deán le
tenía en el legajo, y ya que no le publicamos por completo, publicaremos
parte; daremos una muestra siquiera.
A nadie debe quedar la menor duda
en que don Luis y Pepita, enlazados por un amor irresistible, casi de la
misma edad, hermosa ella, él gallardo y agraciado, y discretos y llenos de
bondad los dos, vivieron largos años, gozando de cuanta felicidad y paz
caben en la tierra; pero esto, que para la generalidad de las gentes es
una consecuencia dialéctica bien deducida, se convierte en certidumbre
para quien lee el epílogo.
El epílogo, además, da algunas
noticias sobre los personajes secundarios que en la narración aparecen, y
cuyo destino puede acaso haber interesado a los lectores.
Se reduce el epílogo a una
colección de cartas, dirigidas por don Pedro de Vargas a su hermano el
señor Deán, desde el día de la boda de su hijo hasta cuatro años después.
Sin poner las fechas, aunque
siguiendo el orden cronológico, trasladaremos aquí pocos y breves
fragmentos de dichas cartas, y punto concluido.
***
Luis muestra la más viva gratitud
a Antoñona, sin cuyos servicios no poseería a Pepita; pero esta mujer,
cómplice de la única falta que él y Pepita han cometido, y tan íntima en
la casa y tan enterada de todo, no podía menos de estorbar. Para librarse
de ella, favoreciéndola, Luis ha logrado que vuelva a reunirse con su
marido, cuyas borracheras diarias no quería ella sufrir. El hijo del
maestro Cencias ha prometido no volver a emborracharse casi nunca; pero no
se ha atrevido a dar un nunca absoluto y redondo. Fiada, sin
embargo, en esta semipromesa, Antoñona ha consentido en volver bajo el
techo conyugal. Una vez reunidos estos esposos, Luis ha creído eficaz el
método homeopático para curar de raíz al hijo del maestro Cencias, pues
habiendo oído afirmar que los confiteros aborrecen el dulce, ha inferido
que los taberneros deben aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado
a Antoñona y a su marido a la capital de esta provincia, donde les ha
puesto de su bolsillo una magnífica taberna. Ambos viven allí contentos,
se han proporcionado muchos marchantes y probablemente se harán ricos. Él
se emborracha aún algunas veces; pero Antoñona, que es más forzuda, le
suele sacudir para que acabe de corregirse.
***
Currito, deseoso de imitar a su
primo, a quien cada día admira más, y notando y envidiando la felicidad
doméstica de Pepita y de Luis, ha buscado novia a toda prisa, y se ha
casado con la hija de un rico labrador de aquí, sana, frescota, colorada
como las amapolas, y que promete adquirir en breve un volumen y una
densidad superiores a los de su suegra doña Casilda.
***
El conde de Genahazar, a los
cinco meses de cama, está ya curado de su herida, y, según dicen, muy
enmendado de sus pasadas insolencias. Ha pagado a Pepita, hace poco, más
de la mitad de la deuda, y pide espera para pagar lo restante.
***
Hemos tenido un disgusto
grandísimo, aunque harto le preveíamos. El padre Vicario, cediendo al peso
de la edad ha pasado a mejor vida. Pepita ha estado a la cabecera de su
cama hasta el último instante, y le ha cerrado la entreabierta boca con
sus hermosas manos. El padre Vicario ha tenido la muerte de un bendito
siervo de Dios. Más que muerte parecía tránsito dichoso a más serenas
regiones. Pepita no obstante, y todos nosotros también, le hemos llorado
de veras. No ha dejado más que cinco o seis duros y sus muebles, porque
todo lo repartía de limosna. Con su muerte habrían quedado aquí huérfanos
los pobres si Pepita no viviese.
***
Mucho lamentan todos en el lugar
la muerte del padre Vicario, y no faltan personas que le dan por santo
verdadero y merecedor de estar en los altares, atribuyéndole milagros. Yo
no sé de esto; pero sé que era un varón excelente, y debe haber ido
derechito a los cielos, donde tendremos en él un intercesor. Con todo, su
humildad y su modestia y su temor de Dios eran tales, que hablaba de sus
pecados en la hora de la muerte, como si los tuviese, y nos rogaba que
pidiésemos su perdón y que rezásemos por él al Señor y a María Santísima.
En el ánimo de Luis han hecho
honda impresión esta vida y esta muerte ejemplares de un hombre, menester
es confesarlo, simple y de cortas luces, pero de una voluntad sana, de una
fe profunda y de una caridad fervorosa. Luis se compara con el Vicario, y
dice que se siente humillado. Esto ha traído cierta amarga melancolía a su
corazón; pero Pepita, que sabe mucho, la disipa con sonrisas y cariño.
***
Todo prospera en casa. Luis y yo
tenemos unas candioteras que no las hay mejores en España, si prescindimos
de Jerez. La cosecha de aceite ha sido este año soberbia. Podemos
permitirnos todo género de lujos, y yo aconsejo a Luis y a Pepita que den
un buen paseo por Alemania, Francia e Italia, no bien salga Pepita de su
cuidado y se restablezca. Los chicos pueden, sin imprevisión ni locura,
derrochar unos cuantos miles de duros en la expedición y traer muchos
primores de libros, muebles y objetos de arte para adornar su vivienda.
***
Hemos aguardado dos semanas para
que sea el bautizo el día mismo del primer aniversario de la boda. El niño
es un sol de bonito y muy robusto. Yo he sido el padrino, y le hemos dado
mi nombre. Yo estoy soñando con que Periquito hable y diga gracias.
***
Para que todo les salga bien a
estos enamorados esposos, resulta ahora, según cartas de la Habana, que el
hermano de Pepita, cuyas tunanterías recelábamos que afrentasen a la
familia, casi y sin casi va a honrarla y a encumbrarla haciéndose
personaje. En tanto tiempo como hacía que no sabíamos de él, ha
aprovechado bien las coyunturas y le ha soplado la suerte. Ha tenido nuevo
empleo en las aduanas, ha comerciado luego en negros, ha quebrado después,
que viene a ser para ciertos hombres de negocios como una buena poda para
los árboles, la cual hace que retoñen con más brío, y hoy está tan
boyante, que tiene resuelto ingresar en la primera aristocracia titulando
de marqués o de duque. Pepita se asusta y se escandaliza de esta
improvisada fortuna, pero yo le digo que no sea tonta; si su hermano es y
había de ser de todos modo un pillete, ¿no es mejor que lo sea con buena
estrella?
***
Así pudiéramos seguir
extractando, si no temiésemos fatigar a los lectores. Concluiremos, pues,
copiando un poco de una de las últimas cartas.
***
Mis hijos han vuelto de su viaje
bien de salud, y con Periquito muy travieso y precioso.
Luis y Pepita vienen resueltos a
no volver a salir del lugar, aunque les dure más la vida que a Filemón y a
Baucis. Están enamorados como nunca el uno del otro.
Traen lindos muebles, muchos
libros, algunos cuadros y no sé cuántas otras baratijas elegantes que han
comprado por esos mundos, y principalmente en París, Roma, Florencia y
Viena.
Así como el afecto que se tienen
y la ternura y cordialidad con que se tratan y tratan a todo el mundo
ejercen aquí benéfica influencia en las costumbres, así la elegancia y el
buen gusto con que acabarán ahora de ordenar su casa servirán de mucho
para que la cultura exterior cunda y se extienda.
La gente de Madrid suele decir
que en los lugares somos gansos y soeces, pero se quedan por allá y nunca
se toman el trabajo de venir a pulirnos; antes al contrario, no bien hay
alguien en los lugares que sabe o vale, o cree saber y valer, no para
hasta que se larga, si puede, y deja los campos y los pueblos de
provincias abandonados.
Pepita y Luis siguen el opuesto
parecer, y yo los aplaudo con toda el alma.
Todo lo van mejorando y
hermoseando para hacer de este retiro su edén.
No imagines, sin embargo, que la
afición de Luis y Pepita al bienestar material haya entibiado en ellos, en
lo más mínimo, el sentimiento religioso. La piedad de ambos es más
profunda cada día, y en cada contento o satisfacción de que gozan o que
pueden proporcionar a sus semejantes ven un nuevo beneficio del cielo, por
el cual se reconocen más obligados a demostrar su gratitud. Es más: esa
satisfacción y ese contento no lo serían, no tendrían precio, ni valor, ni
substancia para ellos, si la consideración y la firme creencia en las
cosas divinas no se lo prestasen.
Luis no olvida nunca, en medio de
su dicha presente, el rebajamiento del ideal con que había soñado. Hay
ocasiones en que su vida de ahora le parece vulgar, egoísta y prosaica,
comparada con la vida de sacrificio, con la existencia espiritual a que se
creyó llamado en los primeros años de su juventud; pero Pepita acude
solícita a disipar estas melancolías, y entonces comprende y afirma Luis
que el hombre puede servir a Dios en todos los estados y condiciones, y
concierta la viva fe y el amor de Dios, que llenan su alma, con este amor
lícito de lo terrenal y caduco. Pero en todo ello pone Luis como un
fundamento divino, sin el cual, ni en los astros que pueblan el éter, ni
en las flores y frutos que hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita,
ni en la inocencia y belleza de Periquito, vería nada de amable. El mundo
mayor, toda esa fábrica grandiosa del Universo, dice él que sin su Dios
providente le parecería sublime, pero sin orden, ni belleza, ni propósito.
Y en cuanto al mundo menor como suele llamar al hombre, tampoco le amaría
si por Dios no fuera. Y esto, no porque Dios le mande amarle, sino porque
la dignidad del hombre y el merecer ser amado estriban en Dios mismo,
quien no sólo hizo el alma humana a su imagen, sino que ennobleció el
cuerpo humano, haciéndole templo vivo del Espíritu, comunicando con él por
medio del Sacramento, sublimándole hasta el extremo de unir con él su
Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo no acierto a
explicarte aquí, Luis se consuela y se conforma con no haber sido un varón
místico, extático y apostólico, y desecha la especie de envidia generosa
que le inspiró el padre Vicario el día de su muerte; Pero tanto él como
Pepita siguen con gran devoción cristiana dando gracias a Dios por el bien
de que gozan, y no viendo base, ni razón, ni motivo de este bien, sino en
el mismo Dios.
En la casa de mis hijos hay,
pues, algunas salas que parecen preciosas capillitas católicas o devotos
oratorios; pero he de confesar que tienen ambos también su poquito de
paganismo, como poesía rústica amoroso-pastoril, la cual ha ido a
refugiarse extramuros.
La huerta de Pepita ha dejado de
ser huerta, y es un jardín amenísimo con sus araucarias, con sus higueras
de la India, que crecen aquí al aire libre, y con su bien dispuesta,
aunque pequeña estufa, llena de plantas raras.
El merendero o cenador, donde
comimos las fresas aquella tarde, que fue la segunda vez que Pepita y Luis
se vieron y se hablaron se ha transformado en un airoso templete, con
pórtico y columnas de mármol blanco. Dentro hay una espaciosa sala con muy
cómodos muebles. Dos bellas pinturas la adornan: una representa a Psiquis,
descubriendo y contemplando extasiada, a la luz de su lámpara, al Amor,
dormido en su lecho, otra representa a Cloe cuando la cigarra fugitiva se
le mete en el pecho, donde, creyéndose segura, y a tan grata sombra, se
pone a cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de allí.
Una copia hecha con bastante
esmero en mármol de Carrara, de la Venus de Médicis, ocupa el preferente
lugar, y como que preside en la sala. En el pedestal tiene grabados, en
letras de oro, estos versos de Lucrecio:
Nec sine te quidquam dias in luminis oras
Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam.