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"Rimas" XL a LIX

XL
 
Su mano entre mis manos,
sus ojos en mis ojos,
la amorosa cabeza
apoyada en mi hombro,
 
¡Dios sabe cuántas veces,
con paso perezoso,
hemos vagado juntos
bajo los altos olmos
que de su casa prestan
misterio y sombra al pórtico!
Y ayer... un año apenas,
pasando como un soplo
con qué exquisita gracia
con qué admirable aplomo,
me dijo al presentarnos
un amigo oficioso:
“Creo que alguna parte
he visto a usted” ¡Ah, bobos
que sois de los salones
comadres de buen tono,
y andáis por allí a caza
de galantes embrollos.
¡Qué historia habéis perdido!
¡Qué manjar tan sabroso!
para ser devorado
“soto voce” en un corro,
detrás de abanico
de plumas de oro!
 
¡Discreta y casta luna,
copudos y altos olmos,
paredes de su casa,
umbrales de su pórtico,
callad, y que en secreto
no salga con vosotros!
Callad; que por mi parte
lo he vivido todo:
y ella..., ella..., ¡no hay máscara
semejante a su rostro!
 
 
XLI
 
          Tú eras el huracán y yo la alta
          torre que desafía su poder:
          ¡tenías que estrellarte o que abatirme!
                ¡No pudo ser!
 
          Tú eras el océano y yo la enhiesta
          roca que firme aguarda su vaivén:
          ¡tenías que romperte o que arrancarme! ...
               ¡No pudo ser!
 
          Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
          uno a arrollar, el otro a no ceder:
          la senda estrecha, inevitable el choque ...
               ¡No pudo ser!
 
XLII
 
          Cuando me lo contaron sentí el frío
          de una hoja de acero en las entrañas,
          me apoyé contra el muro, y un instante
          la conciencia perdí de donde estaba.
 
          Cayó sobre mi espíritu la noche,
          en ira y en piedad se anegó el alma,
          ¡Y se me revelo por qué se llora,
          Y comprendí una vez por qué se mata!
 
          Pasó la nube de dolor..., con pena
          logré balbucear breves palabras...
          ¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo
          ¡Me hacia un gran favor!... Le di las gracias.
 
XLIII
 
          Dejé la luz a un lado, y en el borde
          de la revuelta cama me senté,
          Mudo, sombrío, la pupila inmóvil
               clavada en la pared.
 
          ¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
          la embriaguez horrible de dolor,
          expiraba la luz y en mis balcones
               reía el sol.
 
          Ni sé tampoco en tan terribles horas
          en qué pensaba o que pasó por mí;
          solo recuerdo que lloré y maldije,
          y que en aquella noche envejecí.
 
XLIV
 
    Como en un libro abierto
    leo de tus pupilas en el fondo;
        ¿a qué fingir el labio
    risas que se desmienten con los ojos?
   
    ¡Llora! No te avergüences
    de confesar que me quisiste un poco.
        ¡Llora! Nadie nos mira!
    Ya ves: soy un hombre... ¡y también lloro!
 
XLV
 
          En la clave del arco ruinoso
          cuyas piedras el tiempo enrojeció,
          obra de un cincel rudo campeaba
               el gótico blasón.
 
          Penacho de su yelmo de granito,
          la yedra que colgaba en derredor
          daba sombra al escudo en que una mano
               tenía un corazón.
 
          A contemplarle en la desierta plaza
               nos paramos los dos:
          Y, “ése, me dijo, es el cabal emblema
                de mi constante amor”.
 
          ¡Ay!, y es verdad lo que me dijo entonces:
               Verdad que el corazón
          lo llevará en la mano..., en cualquier parte....
               pero en el pecho, no.
 
XLVI
 
Tu aliento es el aliento de las flores,
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día,
y el color de la rosa es tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza
a un corazón para el amor ya muerto:
tú creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.
 
XLVII
 
Yo me he asomado a las profundas simas
     de la tierra y del cielo
y les he visto el fin con los ojos
     o con el pensamiento.
 
Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
     y me incliné por verlo,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡tan hondo era y tan negro!
 
 
XLVIII
 
    Alguna vez la encuentro por el mundo
        y pasa junto a mí:
    y pasa sonriéndose y yo digo
        ¿Cómo puede reír?
 
    Luego asoma a mi labio otra sonrisa
        máscara del dolor,
    y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe,
        como me río yo!”
 
XLIX
 
         ¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
          es altanera y vana y caprichosa:
          antes que el sentimiento de su alma
          brotará el agua de la estéril roca.
 
          Sé que en su corazón, nido de sierpes,
          no hay una fibra que al amor responda;
          que es una estatua inanimada...; pero...
               ¡es tan hermosa!
 
L
 
    De lo poco de vida que me resta
    diera con gusto los mejores años,
        por saber lo que a otros
    de mí has hablado.
 
    Y esta vida mortal... y de la eterna
    lo que me toque, si me toca algo,
        por saber lo que a solas
    de mí has pensado.
 
 
LI
 
          Olas gigantes que os rompéis bramando
          en las playas desiertas y remotas,
          envuelto entre la sábana de espumas,
               ¡llevadme con vosotras!
 
          Ráfagas de huracán que arrebatáis
          del alto bosque las marchitas hojas,
          arrastrado en el ciego torbellino,
               ¡llevadme con vosotras!
 
          Nubes de tempestad que rompe el rayo
          y en fuego encienden las sangrientas orlas,
          arrebatado entre la niebla oscura,
               ¡llevadme con vosotras!
 
          Llevadme por piedad a donde el vértigo
          con la razón me arranque la memoria.
          ¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme
               con mi dolor a solas!
 
 
LII
 
          Volverán las oscuras golondrinas
          en tu balcón sus nidos a colgar,
          y otra vez con el ala a sus cristales
               jugando llamarán.
 
          Pero aquellas que el vuelo refrenaban
          tu hermosura y mi dicha a contemplar,
          aquellas que aprendieron nuestros nombres,
               ésas... ¡no volverán!
 
          Volverán las tupidas madreselvas
          de tu jardín las tapias a escalar
          y otra vez a la tarde aún más hermosas
               sus flores se abrirán.
 
          Pero aquellas cuajadas de rocío
          cuyas gotas mirábamos temblar
          y caer como lágrimas del día....
               ésas... ¡no volverán!
 
          Volverán del amor en tus oídos
          las palabras ardientes a sonar,
          tu corazón de su profundo sueño
               tal vez despertará.
 
          Pero mudo y absorto y de rodillas,
          como se adora a Dios ante su altar,
          como yo te he querido..., desengáñate,
               ¡así no te querrán!
 
 
LIII
 
    Cuando volvemos las fugaces horas
        del pasado a evocar,
    temblando brilla en sus pestañas negras
        una lágrima pronta a resbalar.
   
    Y al fin resbala y cae como gota
        del rocío al pensar
    que cual hoy por ayer, por hoy mañana
        volveremos los dos a suspirar.
 
 
LIV
 
Entre el discorde estruendo de la orgía
          acarició mi oído,
       como nota de lejana música,
          el eco de un suspiro.
 
El eco de un suspiro que conozco,
formado de un aliento que he bebido,
perfume de una flor que oculta crece
      en un claustro sombrío.
 
Mi adorada de un día, cariñosa,
“¿en qué piensas ?”, me dijo:
“En nada...” “¿En nada, y lloras?” “Es que tienes
alegre la tristeza y triste el vino”.
 
 
LV
 
Hoy como ayer, mañana como hoy
          ¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
          y andar..., andar.
 
Moviéndose a compás como una estúpida
          máquina, el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
          dormida en un rincón.
 
El alma, que ambiciona un paraíso,
          buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
          ignorando por qué.
 
Voz que incesante con el mismo tono
          canta el mismo cantar;
gota de agua monótona que cae,
          y cae sin cesar.
 
Así van deslizándose los días
          unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer..., y todos ellos
          sin goce ni dolor.
 
¡Ay!, ¡a veces me acuerdo suspirando
          del antiguo sufrir...
Amargo es el dolor; ¡pero siquiera
          padecer es vivir!
 
LVI
 
    ¿Quieres que de ese néctar delicioso
        no te amargue la hez?
    pues aspírale, acércale a tus labios
        y déjale después.
 
    ¿Quieres que conservemos una dulce
        memoria de este amor?
    Pues amémonos hoy mucho y mañana
        digámonos ¡adiós!
 
LVII
 
          Yo sé cuál el objeto
          de tus suspiros es;
          yo conozco la causa de tu dulce
          secreta languidez.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          tú lo sabes apenas
               y yo lo sé.
 
          Yo sé cuando tu sueñas,
          y lo que en sueños ves;
          como en un libro puedo lo que callas
          en tu frente leer.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          tú lo sabes apenas
          y yo lo sé.
 
          Yo sé por qué sonríes
          y lloras a la vez.
          yo penetro en los senos misteriosos
          de tu alma de mujer.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          mientras tu sientes mucho y nada sabes,
          yo que no siento ya, todo lo sé.
 
LVIII
 
          Al ver mis horas de fiebre
          e insomnio lentas pasar,
          a la orilla de mi lecho,
               ¿quién se sentará?
 
          Cuando la trémula mano
          tienda próximo a expirar
          buscando una mano amiga,
               ¿quién la estrechará?
 
          Cuando la muerte vidríe
          de mis ojos el cristal,
          mis párpados aún abiertos,
               ¿quién los cerrará?
 
          Cuando la campana suene
          (si suena en mi funeral),
          una oración al oírla,
               ¿quién murmurará?
 
          Cuando mis pálidos restos
          oprima la tierra ya,
          sobre la olvidada fosa.
               ¿quién vendar a llorar?
 
          ¿Quién en fin al otro día,
          cuando el sol vuelva a brillar,
          de que pasé por el mundo,
               ¿quién se acordará?
 
 
LIX
 
          Me ha herido recatándose en las sombras,
          sellando con un beso su traición.
          Los brazos me echó al cuello y por la espalda
          me partió a sangre fría el corazón.
 
          Y ella impávida sigue su camino,
          feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
          porque no brota sangre de la herida...
            ¡porque el muerto está en pie!.

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