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VI Venía ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su fecundidad. «Vamos a cargamos de hijos», decía. A lo que su hermana: « ¿Pues para qué os habéis casado?» El embarazo fue molestísimo para la madre y tenía que descuidar más que antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía, encantada de que se los dejasen. Y hasta consiguió llevárselos más de un día a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja criada que fue de don Primitivo, y donde los retenía. Y los pequeñuelos se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave. Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más. –¡Qué pesado y molesto es esto! –decía. –¿Para ti? –le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o sobrina que de seguro tenía en el regazo. –Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo todo. –¡Bah! No será al fin nada. La Naturaleza es sabia. –Pero tantas veces va el cántaro a la fuente... –¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades! Ramiro se sobrecogía al oírse llamar hijo por su cuñada, que rehuía darle su nombre, mientras él, en cambio, se complacía en llamarla por el familiar Tula. –¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula! –¿De veras? –y levantando los ojos se los clavó en los suyos. –De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros... –¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía? –Claro. ¡Lo que es por la edad! –¿Pues por qué ha de quedar? –Como no te veo con afición a ello... –¿Afición a casarse? ¿Qué es eso? –Bueno; es que... –Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso? –No, no es eso. –Sí, eso es. –Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrían faltado... –Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser elegida. –¿Qué es eso de que estáis hablando? –dijo Rosa acercándose y dejándose caer abatida en un sillón. –Nada; discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del matrimonio. –¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso. Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros. –¡Pero, mujer! –Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme. Adiós, Tula. Ahí te los dejo. Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en este con ella y cogiéndole con la otra mano, con la diestra de su diestra, se fue lentamente así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su rodrigón. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos. Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, la tita Tula, se echó a llorar también. –Vamos, no llores; vamos a jugar. De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa. –Tengo malos presentimientos, Tula. –No hagas caso de agüeros. –No es agüero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin sangre. –Ella volverá. –Por de pronto, ya no puedo criar este niño. Y eso de las amas, Tula, ¡eso me aterra! Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El padre estaba furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaía. –¡Esto se va! –pronunció un día el médico. Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños remordimientos y de furias súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada: –Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la cabeza que tiene que morirse y ¡es claro!, se morirá. ¿Por qué no le animas y le convences a que viva? –Eso tú, hijo; tú, su marido. Si tú no le infundes apetito de vivir, ¿quién va a infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe que está; lo peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los chicos la cansan pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del alma. Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un constante mareo, viéndolo todo como a través de una niebla. Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un hilito de voz febril, le dijo cogiéndole la mano: –Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis hijos, los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno, más bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los dejo, Tula. –Descuida, Rosa; conozco mis deberes. –Deberes.... deberes... –Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva. –Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti. –Pues no lo dudes. –¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón, no tendrán madrastra! . –¿Qué quieres decir con eso, Rosa? –Que como Ramiro volverá a pensar en casarse..., es lo natural..., tan joven... y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé .... pues que... –¿Qué quieres decir? –Que serás tú su mujer, Tula. –Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú le faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltará madre... –No, tú me has dicho que no tendrán madrastra. –¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! –Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no. ¡Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso... –¿Y por qué ha de volver a casarse? –¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no conoces a mi marido... –No, no le conozco., –¡Pues yo sí! –Quién sabe... –La pobre enferma se desvaneció. Poco después llamaba a su marido. Y al salir este del cuarto iba desencajado y pálido como un cadáver. La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón. –¿Y esa ama? –¡Hasta mañana no podrá venir, señorita! –Mira, Tula –empezó Ramiro. –¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un momento a otro; vete que allí es tu puesto, y déjame con el niño! –Pero, Tula... –Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame! Ramiro se fue. Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacía sino gemir; encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre. Le retemblaba por los latidos del corazón –era el derecho–, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y este gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco. –Un milagro, Virgen Santísima –gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas–; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie. Y apretaba como una loca al niño a su seno. Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo: –¡Ya acabó! –Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de estos. –¿A cuidar? Tú..., tú..., porque sin ti... –Bueno; ahora a criarlos, te digo. VII Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio. Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras. Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era este tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía esta en esto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquel era el manantial cerrado. Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista y, purificada esta, vio claro con el corazón. Rosa no era una hermosura cual él se había creído y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recogida y mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano, y no un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada, que sembraba paz, su sonrisa, su aire de vida, eran encarnación de un ánimo sedante, sosegado y doméstico. Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas. ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le decía: «¡Calla, déjale que hable!» Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.» ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, «¿tendría razón –decíase entonces– Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?». Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía de depender –decíase entonces– de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero –y esto sí que lo recordaba bien ahora– para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de: «¿Me quieres, me quieres, Rosa?» , mientras a ella se la escapaban síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco... ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor. El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritos amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor –decíase Ramiro ahora– sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar, y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo «¡hágase tu voluntad!», y un incesante «¡venga a nos el tu reino!» , no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el hire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido. Al principio de su matrimonio fue, sí, el imperio del deseo; no podía juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto, tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale dolido como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los dolores de los partos de su Rosa? Cuando la vio gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y domina la discordia de estas; cómo el amor hace morirse a la vida y vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios en flor entreabiertos, vio al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez, dos, dos...!» Y ella: «¡No, no, ya no más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha entrado el capricho de que tengamos dos mellizos, una parejita, niño y niña!» Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón, él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía; por lo menos dos!» « ¡Uno, el último, y basta!», replicaba ella riendo. Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en premio, diciéndose: «¡Bien has trabajado, pobrecilla!»; mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos apacibles. ¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma, encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cogida de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos, desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo, decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has traído al mundo nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime, ¿esto qué es?» Fue una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de este sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz: « ¡No despertarle, no! ¡Que duerma, pobrecillo! ¡Que duerma..., que duerma hasta hartarse, que duerma!» Llególe por último el supremo trance, el del tránsito, y fue como si en el brocal de las eternas tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre, que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire; luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el niño. Gertrudis fue quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño dormido, y trasladarle en un beso la tibieza que con otro recogió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre. Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que, cuando recogiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor se le espiritualizaba, vale decir que se intelectualizaba, y sólo cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: «¡Papá!» Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma vocecita: «¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, respondía: « ¡Hijo!» No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en torno; la mujer no podía morir. VIII Gertrudis, que se había instalado en casa de su hermana desde que esta dio por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día a su cuñado: –Mira, voy a levantar mi casa. El corazón de Ramiro se puso al galope. –Sí –añadió ella–, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora del ama. –Dios te lo pague, Tula. –Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis. –¿Y qué más da? –Yo lo sé. –Mira, Gertrudis... –Bueno, voy a ver qué hace el ama. A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito delante del padre de este, y le regañaba por el poco recato y mucha desenvoltura con que se desabrochaba el seno. –Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que ver si tienes o no leche abundante. Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir. –¡Pobre Rosa! –decía de continuo. –Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que pensar.. –No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me pesa; las hay que las paso en vela. –Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no vuelvas a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño. –Pero es que siento un vacío... –¿Vacío teniendo hijos? –Pero ella es insustituible... –Así lo creo... Aunque vosotros los hombres... –No creí que la quería tanto... –Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es que queremos a los muertos en los vivos... –¿Y no, acaso, a los vivos en los muertos ...? –No sutilicemos. Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «Para que se vaya el olor a hombre.» Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante. Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los juegos de los pequeñuelos. –Es que yo soy chico y tú no eres más que chica –oyó que le decía un día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita. –Ramirín, Ramirín –le dijo la tía–, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser bruto, a ser hombre? Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo: –He sorprendido tu secreto, Gertrudis. –¿Qué secreto? –Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo. –Pues bien, sí es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz, y acabó por darme lástima. –Y tan oculto que lo teníais... –¿Para qué declararlo? –Y sé más. –¿Qué es lo que sabes? –Que le has despedido. –También es cierto. –Me ha enseñado él mismo tu carta. –¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre al fin! Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que decía así: «Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy pasando desde que
murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he cesado de pedir a
la Virgen Santísima y a su Hijo que me diesen fuerzas para ver claro en mi
porvenir. No sabes bien con cuánta pena te lo digo, pero no pueden continuar
nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi hermana me sigue rogando desde el otro
mundo que no abandone a sus hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo
estos hijos a que cuidar, no debo ya casarme. Perdóname, Ricardo, perdónamelo,
por Dios, y mira bien por qué lo hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría
llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que sufrirás
con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero tú, que eres bueno,
comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y encontrarás otra mujer
que no tenga mis obligaciones sagradas y que te pueda hacer más feliz que yo
habría podido hacerte. Adiós, Ricardo, que seas feliz y hagas felices a otros, y
ten por seguro que nunca, nunca te olvidará –Y ahora –añadió Ramiro–, a pesar de esto Ricardo quiere verte. –¿Es que yo me oculto acaso? –No, pero... –Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa. –Nuestra casa, Gertrudis, nuestra... –Nuestra, sí, y de nuestros hijos. –Si tú quisieras... –¡No hablemos de eso! –y se levantó. Al siguiente día se le presentó Ricardo. –Pero, por Dios, Tula. –No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha. –Pero, por Dios –y se le quebró la voz. –¡Sé hombre, Ricardo; sé fuerte! –Pero es que ya tienen padre... –No basta, no tienen madre..., es decir, sí la tienen. –Puede él volver a casarse. –¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra. –¿Y si llegases a serlo tú, Tula? –¿Cómo yo? –Sí, tú; casándote con él, con Ramiro. –¡Eso nunca! –Pues yo sólo así me lo explico. –Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a esos tengo. ¿Y más hijos, más? Eso nunca. Bastan estos para bien criarlos. –Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir aquí por eso. –Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que yo te lo diga. Se separaron para siempre. –¿Y qué? –le preguntó luego Ramiro. –Que hemos acabado; no podía ser de otro modo. –Y que has quedado libre... –Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme. –Gertrudis..., Gertrudis –y su voz temblaba de súplica. –Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los hijos de Rosa... –Y tuyos..., ¿no dices así? –¡Y míos, sí! –Pero si tú quisieras... –No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con otro menos. –¿Menos? –y se le abrió el pecho. –Sí, menos. –¿Y cómo no fuiste monja? –No me gusta que me manden. –Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la superiora. –Menos me gusta mandar. ¡Ramirín! El niño acudió al reclamo. Y cogiéndole su tía le dijo: «¡Vamos a jugar al escondite, rico!» –Pero Tula... –Te he dicho –y para decirle esto se le acercó, teniendo cogido de la mano al niño, y se lo dijo al oído- que no me llames Tula, y menos delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los pequeños. –¿En qué les falto al respeto? –En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos... –Pero si no comprenden... –Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y si ahora no lo comprenden, lo comprenderán mañana. Cada cosa de estas que ve a oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto. ¡Y basta! IX Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel hogar. Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. Él, por su parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de su madre, de su pobre madre. Cogía a la niña y allí, delante de la tía, se la devoraba a besos. –No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate. –¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos? –Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien. –¿Y así? –Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que los niños adivinan... –Y qué culpa tengo yo... –¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar mejor que este? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin misterios. ¿Quieres más? Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo que decir en la mesa: –No me mires así, que los niños ven. Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y hallándose presente el padre, añadió: –Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también. –Pero papá no se ha muerto, mamá Tula. –No importa, porque se puede morir.. –Eso, también tú. –Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces. Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo secamente: –Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo. –Pero es que... –Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de Rosa. –¿Pero de qué crees que somos los hombres? –De carne y muy brutos. –¿Y tú, no te has mirado nunca? –¿Qué es eso? –y se le demudó el rostro sereno. –Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma llena de cuerpo? Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le tocaba a rebato el corazón. –¿Quién tiene la culpa de esto?, dime. –Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque me quieren... –Más que a mí –dijo tristemente el padre. –Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso, ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos... –Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito. –Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de plazo para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te convenzas... –Un año..., un año... –¿Te parece mucho? –¿Y luego, cuando se acabe? –Entonces... veremos... –Veremos..., veremos... –Yo no te prometo más. –Y si en este año... –¿Qué? Si en este año haces alguna tontería... –¿A qué llamas hacer una tontería? –A enamorarte de otra y volverte a casar. –Eso... ¡nunca! –Qué pronto lo dijiste... –Eso... ¡nunca! –¡Bah!, juramentos de hombres... –Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa? –¿Culpa? –¡Sí, la culpa! –Eso sólo querría decir... –¿Qué? –Que no la quisiste, que no la quieres a tu Rosa como ella te quiso a ti, como ella te habría querido de haber sido ella la viuda. –No, eso querría decir otra cosa, que no es... –Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda, corre. Y así se aplacó aquella lucha. Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos. No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y cosas así. «¿Labores de su sexo? –decía–, no, nada de labores de su sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos.» Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole bajo. «No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aquí.» Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para vestir santos, agregó: «¡O para vestir almas de niños!» –Tulita es mi novia –dijo una vez Ramirín. –No digas tonterías; Tulita es tu hermana. –¿Y no puede ser novia y hermana? –No. –¿Y qué es ser hermana? –¿Ser hermana? Ser hermana es... –Vivir en la misma casa –acabó la niña. Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fue ver si con su boca, chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con el de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el padre, que no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al jardín, que las perseguirían a muerte. –No, eso sí que no –exclamó Gertrudis–; a las abejas no las toca nadie. –¿Por qué? ¿Por la miel? –preguntó Ramiro. –No las toca nadie, he dicho. –Pero si no son madres, Gertrudis. –Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que, pican y hacen la miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los zánganos. –Los zánganos somos nosotros, los hombres. –¡Claro está! –Pues mira, voy a meterme en política; me van a presentar candidato a diputado provincial. –¿De veras? –preguntó Gertrudis, sin poder disimular su alegría. –¿Tanto te place? –Todo lo que te distraiga. –Faltan once meses, Gertrudis... –¿Para qué?, ¿para la elección? –¡Para la elección, sí! X Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba desencadenando una brava galerna. Su cabeza reñía con su corazón, y ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de su espíritu. A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cogía al hijo de este y de Rosa, a Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se quedaba contemplando el retrato de la que fue, de la que era todavía su hermana y como interrogándole si había querido, de veras, que ella, que Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo habría de llegar a ser la mujer de su hombre, su otra mujer –se decía–, pero no pudo querer eso, no, no pudo quererlo...; yo, en su caso, al menos, no lo habría querido, no podría haberlo querido... ¿De otra? ¡No, de otra no! Ni después de mi muerte... Ni de mi hermana... ¡De otra, no! No se puede ser más que de una... No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre él, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su sombra... No pudo querer eso. Porque cuando él estuviese a mi lado, arrimado a mí, carne a carne, ¿quién me dice que no estuviese pensando en ella? Yo no sería sino el recuerdo... ¡algo peor que el recuerdo de la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan madrastra. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría... Porque entonces sí que sería madrastra. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi sangre...» Y esto de los hijos de la carne hacía palpitar de sagrado terror el tuétano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda maternidad, pero maternidad de espíritu. Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de una imagen de la Santísima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba: «el fruto de tu vientre...». Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, este le dijo: –¿Por qué lloras, mamita? –pues habíale enseñado a llamarla así. –Si no lloro... –Sí, lloras... –¿Pero es que me ves llorar...? –No, pero te siento que lloras... Estás llorando... –Es que me acuerdo de tu madre... –¿Pues no dices que lo eres tú...? –Sí, pero de la otra, de mamá Rosa. –¡Ah, sí!; la que se murió..., la de papá... –¡Sí la de papá! –¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá, sino tía, tiíta Tula, y tú nos dices que te llamemos mamá y no tía, tiíta Tula...? –Pero ¿es que papá os dice eso? –Sí, nos ha dicho que todavía no eras nuestra mamá, que todavía no eres más que nuestra tía... –¿Todavía? –Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, pero que lo serás... Sí, que vas a ser nuestra mamá cuando pasen unos meses... «Entonces sería vuestra madrastra», pensó Gertrudis, pero no se atrevió a desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño. –Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío... Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le dijo: –No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme... –Me dijiste que te tomabas un plazo... –Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu hijo, un papel de... –¡Bueno, calla! –Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa, recuerda a Rosa, ¡tu primer... amor! –¡Tula! –Basta. Y no busques madrastra para tus hijos, que tienen madre.
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