![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
XVI ––Eres imposible, Mauricio ––le decía Eugenia a su novio, en el cuchitril aquel de la portería––, completamente imposible, y si sigues así, si no sacudes esa pachorra, si no haces algo para buscarte una colocación y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate. ––¿De qué disparate? Vamos, di, rica ––y le acariciaba el cuello ensortijándose en uno de sus dedos un rizo de la nuca de la muchacha. ––Mira, si quieres, nos casamos así y yo seguiré trabajando... para los dos. ––Pero ¿y qué dirán de mí, mujer, si acepto semejante cosa? ––¿Y a mí qué me importa lo que de ti digan? ––¡Hombre, hombre, eso es grave! ––Sí, a mí no me importa eso; lo que yo quiero es que esto se acabe cuanto antes... ––¿Tan mal nos va? ––Sí, nos va mal, muy mal. Y si no te decides soy capaz de... ––¿De qué, vamos? ––De aceptar el sacrificio de don Augusto. ––¿De casarte con él? ––¡No, eso nunca! De recobrar mi finca. ––Pues ¡hazlo, rica, hazlo! Si esa es la solución y no otra... ––Y te atreves... ––¡Pues no he de atreverme! Ese pobre don Augusto me parece a mí que no anda bien de la cabeza, y pues ha tenido ese capricho, no creo que debemos molestarle... ––De modo que tú... ––Pues ¡claro está, rica, claro está! ––Hombre, al fin y al cabo. ––No tanto como tú quisieras, según te explicas. Pero ven acá... ––Vamos, déjame, Mauricio; ya te he dicho cien veces que no seas... ––Que no sea cariñoso... ––¡No, que no seas... bruto! Estáte quieto. Y si quieres más confianzas sacude esa pereza, busca de veras trabajo, y lo demás ya lo sabes. Conque, a ver si tienes juicio, ¿eh? Mira que ya otra vez te di una bofetada. ––¡Y qué bien que me supo! ¡Anda rica, dame otra! Mira, aquí tienes mi cara... ––No lo digas mucho... ––¡Anda, vamos! ––No, no quiero darte ese gusto. ––¿Ni otro? ––Te he dicho que no seas bruto. Y te repito que si no te das prisa a buscar trabajo soy capaz de aceptar eso. ––Pues bien, Eugenia, ¿quieres que te hable con el corazón en la mano, la verdad, toda la verdad? ––¡Habla! ––Yo te quiero mucho, pero mucho, estoy completamente chalado por ti, pero eso del matrimonio me asusta, me da un miedo atroz. Yo nací haragán por temperamento, no te lo niego; lo que más me molesta es tener que trabajar, y preveo que si nos casamos, y como supongo que tú querrás que tengamos hijos... ––¡Pues no faltaba más! ––Voy a tener que trabajar, y de firme, porque la vida es cara. Y eso de aceptar el que seas tú la que trabaje, ¡eso, nunca, nunca, nunca! Mauricio Blanco Clará no puede vivir del trabajo de una mujer. Pero hay acaso una solución que sin tener yo que trabajar ni tú se arregle todo... ––A ver, a ver... ––Pues... ¿me prometes, chiquilla, no incomodarte? ––¡Anda, habla! ––Por todo lo que yo sé y lo que te he oído, ese pobre don Augusto es un panoli, un pobre diablo; vamos, un... ––¡Anda, sigue! ––Pero no te me incomodarás. ––¡Que sigas te he dicho! ––Es, pues, como venía diciéndote, un... predestinado. Y acaso lo mejor sea no sólo que aceptes eso de tu casa, sino que... ––Vamos, ¿qué? ––Que le aceptes a él por marido. ––¿Eh? ––y se puso ella en pie. ––Le aceptas, y como es un pobre hombre, pues... todo se arregla... ––¿Cómo que se arregla todo? ––Sí, él paga, y nosotros... ––Nosotros... ¿qué? ––Pues nosotros... ––¡Basta! Y se salió Eugenia, con los ojos hechos un incendio y diciéndose: «Pero ¡qué brutos, qué brutos! Jamás lo hubiera creído... ¡Qué brutos!» Y al llegar a su casa se encerró en su cuarto y rompió a llorar. Y tuvo que acostarse presa de una fiebre. Mauricio se quedó un breve rato como suspenso; mas pronto se repuso, encendió un cigarrillo, salió a la calle y le echó un piropo a la primera moza de garbo que pasó a su lado. Y aquella noche hablaba, con un amigo, de don Juan Tenorio. ––A mí ese tío no acaba de convencerme ––decía Mauricio––; eso no es más que teatro. ––¡Y que lo digas tú, Mauricio, que pasas por un Tenorio, por un seductor! ––¿Seductor?, ¿seductor yo? ¡Qué cosas se inventan, Rogelio! ––¿Y lo de la pianista? ––¡Bah! ¿Quieres que te diga la verdad, Rogelio? ––¡ Venga! ––Pues bien; de cada cien líos, más o menos honrados, y ese a que aludías es honradísimo, ¡eh!, de cada cien líos entre hombre y mujer, en más de noventa la seductora es ella y el seducido es él. ––Pues qué, ¿me negarás que has conquistado a la pianista, a la Eugenia? ––Sí, te lo niego; no soy yo quien la ha conquistado, sino ella quien me ha conquistado a mí. ––¡Seductor! ––Como quieras... Es ella, ella. No supe resistirme. ––Para el caso es igual... ––Pero me parece que eso se va a acabar y voy a encontrarme otra vez libre. Libre de ella, claro, porque no respondo de que me conquiste otra. ¡Soy tan débil! Si yo hubiera nacido mujer... ––Bueno, ¿y cómo se va a acabar? ––Porque... pues, ¡porque he metido la pata! Quise que siguiéramos, es decir, que empezáramos las relaciones, ¿entiendes?, sin compromiso ni consecuencias... y, ¡claro!, me parece que me va a dar soleta. Esa mujer quería absorberme. ––¡Y te absorberá! ––¡Quién sabe ...! ¡Soy tan débil! Yo nací para que una mujer me mantenga, pero con dignidad, ¿sabes?, y si no, ¡nada! ––Y ¿a qué llamas dignidad?, ¿puede saberse? ––¡Hombre, eso no se pregunta! Hay cosas que no pueden definirse. ––¡Es verdad! ––contestó con profunda convicción Rogelio, añadiendo––: Y si la pianista te deja, ¿qué vas a hacer? ––Pues quedar vacante. Y a ver si alguna otra me conquista. ¡He sido ya conquistado tantas veces ...! Pero esta, con eso de no ceder, de mantenerse siempre a honesta distancia, de ser honrada, en fin, porque como honrada lo es hasta donde la que más, con todo eso me tenía chaladito, pero del todo chaladito. Habría acabado por hacer de mí lo que hubiese querido. Y ahora, si me deja, lo sentiré, y mucho, pero me veré libre. ––¿Libre? ––Libre, sí, para otra. ––Yo creo que haréis las paces... ––¡Quién sabe!... Pero lo dudo, porque tiene un geniecito... Y hoy la ofendí, la verdad, la ofendí. XVII ––¿Te acuerdas, Augusto ––le decía Víctor––, de aquel don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro? ––¿Aquel empleado de Hacienda tan aficionado a correrla, sobre todo de lo baratito? ––El mismo. Pues bien... ¡se ha casado! ––¡Valiente carcamal se lleva la que haya cargado con él! ––Pero lo estupendo es su manera de casarse. Entérate y vé tomando notas. Ya sabrás que don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, a pesar de sus apellidos, apenas si tiene sobre qué caerse muerto ni más que su sueldo en Hacienda, y que está, además, completamente averiado de salud. ––Tal vida ha llevado. ––Pues el pobre padece una afección cardiaca de la que no puede recobrarse. Sus días están contados. Acaba de salir de un achuchón gravísimo, que le ha puesto a las puertas de la muerte y le ha llevado al matrimonio, pero a otro... revienta. Es el caso que el pobre hombre andaba de casa en casa de huéspedes y de todas partes tenía que salir, porque por cuatro pesetas no pueden pedirse gollerías ni canguingos en mojo de gato y él era muy exigente. Y no del todo limpio. Y así rodando de casa en casa fue a dar a la de una venerable patrona, y entrada en años, mayor que él que, como sabes, más cerca anda de los sesenta que de los cincuenta, y viuda dos veces; la primera, de un carpintero que se suicidó tirándose de un andamio a la calle, y a quien recuerda a menudo como su Rogelio, y la segunda, de un sargento de carabineros que le dejó al morir un capitalito que le da una peseta al día. Y hete aquí que hallándose en casa de esta señora viuda da mi don Eloíno en ponerse malo, muy malo, tan malo que la cosa parecía sin remedio y que se moría. Llamaron primero a que le viera don José, y luego a don Valentín. Y el hombre, ¡a morir! Y su enfermedad pedía tantos y tales cuidados, y a las veces no del todo aseados, que monopolizaba a la patrona, y los otros huéspedes empezaban ya a amenazar con marcharse. Y don Eloíno, que no podía pagar mucho más, y la doble viuda diciéndole que no podía tenerle más en su casa, pues le estaba perjudicando el negocio. «Pero ¡por Dios, señora, por caridad! ––parece que le decía él–– ¿Adónde voy yo en este estado, en qué otra casa van a recibirme? Si usted me echa tendré que ir a morirme al hospital... ¡Por Dios, por caridad!, ¡para los días que he de vivir...!» Porque él estaba convencido de que se moría y muy pronto. Pero ella, por su parte, lo que es natural, que su casa no era hospital, que vivía de su negocio y que se estaba ya perjudicando. Cuando en esto a uno de los compañeros de oficina de don Eloíno se le ocurre una idea salvadora, y fue que le dijo: «Usted no tiene, don Eloíno, sino un medio de que esta buena señora se avenga a tenerle en su casa mientras viva.» «¿Cuál?» , preguntó él. «Primero ––le dijo el amigo–– sepamos lo que usted se cree de su enfermedad.» «Ah, pues yo, que he de durar poco, muy poco; acaso no lleguen a verme con vida mis hermanos.» « ¿Tan mal se cree usted?» «Me siento morir ...» «Pues si así es, le queda un medio de conseguir que esta buena mujer no le ponga de patitas en la calle, obligándole a irse al hospital.» «Y ¿cuál es?» « Casarse con ella.» « ¿Casarme con ella?, ¿con la patrona? ¿Quién, yo? ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro! ¡Hombre, no estoy para bromas! » Y parece que la ocurrencia le hizo un efecto tal que a poco se queda en ella. ––Y no es para menos. ––Pero el amigo, así que él se repuso de la primera sorpresa, le hizo ver que casándose con la patrona le dejaba trece duros mensuales de viudedad, que de otro modo no aprovecharía nadie y se irían al Estado. Ya ves tú... ––Sí, sé de más de uno, amigo Víctor, que se ha casado nada mas que para que el Estado no se ahorrase una viudedad. ¡Eso es civismo! ––Pero si don Eloíno rechazó indignado tal proposición, figúrate lo que diría la patrona: «¿Yo? ¿Casarme yo, a mis años, y por tercera vez, con ese carcamal? ¡Qué asco!» Pero se informó del médico, le aseguraron que no le quedaban a don Eloíno sino muy pocos días de vida, y diciendo: «La verdad es que trece duros al mes me arreglan», acabó aceptándolo. Y entonces se le llamó al párroco, al bueno de don Matías, varón apostólico, como sabes, para que acabase de convencer al desahuciado. «Sí, sí, sí ––dijo don Matías––; sí, ¡pobrecito!, ¡pobrecito!» Y le convenció. Llamó luego don Eloíno a Correíta y dicen que le dijo que quería reconciliarse con él ––estaban reñidos––, y que fuese testigo de su boda. «Pero ¿se casa usted, don Eloíno?» «Sí, Correíta, sí, ¡me caso con la patrona!, ¡con doña Sinfo!; ¡yo, un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, figúrate! Yo porque me cuide los pocos días de vida que me queden... no sé si llegarán mis hermanos a tiempo de verme vivo... y ella por los trece duros de viudedad que le dejo.» Y cuentan que cuando Correíta se fue a su casa y se lo contó todo, como es natural, a su mujer, a Emilia, esta exclamó: «Pero ¡tú eres un majadero, Pepe! ¿Por qué no le dijiste que se casase con Encarna ––Encarnación es una criada, ni joven ni guapa, que llevó Emilia como de dote a su matrimonio––, que le habría cuidado por los trece duros de viudedad tan bien como esa tía?» Y es fama que la Encarna añadió: «Tiene usted razón, señorita; también yo me hubiera casado con él y le habría cuidado lo que viviese, que no será mucho, por trece duros.» ––Pero todo eso, Víctor, parece inventado. ––Pues no lo es. Hay cosas que no se inventan. Y aún falta lo mejor. Y me contaba don Valentín, que es después de don José quien ha estado tratando a don Eloíno, que al ir un día a verle y encontrarse con don Matías revestido, creyó que era para darle la Extremaunción al enfermo, y le dicen que estaba casándole. Y al volver más tarde le acompañó hasta la puerta la recién casada patrona, ¡por tercera vez!, y con voz compungida y ansiosa le preguntaba: «Pero, diga usted, don Valentín, ¿vivirá?, ¿vivirá todavía?» «No, señora, no; es cuestión de díás...» «Se morirá pronto, ¿eh?» «Sí, muy pronto.» «Pero ¿de veras se morirá?» ––¡Qué enormidad! ––Y no es todo. Don Valentín ordenó que no se le diese al enfermo más que leche, y de esta poquita de cada vez, pero doña Sinfo decía a otro huésped: «¡Quiá! ¡yo le doy de todo lo que me pida! ¡A qué quitarle sus gustos si ha de vivir tan poco...!» Y luego ordenó que le diese unas ayudas, y ella decía: «¿Unas ayudas? ¡Uf, qué asco! ¿A ese tío carcamal? ¡Yo, no, yo no! ¡Si hubiese sido a alguno de los otros dos, a los que quería, con los que me casé por mi gusto! Pero ¿a este?, ¿unas ayudas? ¿Yo? ¡Como no...!» ––¡Todo esto es fantástico! ––No, es histórico. Y llegaron unos hermanos de don Eloíno, hermano y hermana, y él decía abrumado por la desgracia: «¡Casarse mi hermano, mi hermano, un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, con la patrona de la calle de Pellejeros!, ¡mi hermano, hijo de un presidente que fue de la Audiencia de Zaragoza, de Za-ra-go-za, con una... doña Sinfo!» Estaba aterrado. Y la viuda del suicida y recién casada con el desahuciado se decía: «Y ahora verá usted, como si lo viera, ¡con esto de que somos cuñados se irán sin pagarme el pupilaje, cuando yo vivo de esto!» Y parece que le pagaron, sí, el pupilaje, y se lo pagó el marido, pero se llevaron un bastón de puño de oro que él tenía. ––¿Y murió? ––Sí, bastante después. Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona, decía: «De esto tiene la culpa ese don Valentín, que le ha entendido la enfermedad... Mejor era el otro, don José, que no se la entendía. Si sólo le hubiese tratado él, ya estaría muerto, y no que ahora me va a fastidiar.» Ella, doña Sinfo, tiene, además de los hijos del primer marido, una hija del segundo, del carabinero, y a poco de haberse casado le decía don Eloíno: « Ven, ven acá; ven, ven que te dé un beso, que ya soy tu padre, eres hija mía...» «Hija, no ––decía la madre, ¡ahijada!» «¡Hijastra, señora, hijastra! Ven acá... os dejo bien...» Y es fama que la madre refunfuñaba: «¡Y el sinvergüenza no lo hacía más que para sobarla...! ¡Habráse visto...!» Y luego vino, como es natural, la ruptura. «Esto fue un engaño, nada más que un engaño, don Eloíno, porque si me casé con usted fue porque me aseguraron que usted se moría y muy pronto, que si no... ¡pa chasco! Me han engañado, me han engañado.» «También a mí me han engañado, señora. Y ¿qué quería usted que hubiese yo hecho? ¿Morirme por darle gusto?» «Eso era lo convenido.» «Ya me moriré, señora, ya me moriré... y antes que quisiera. ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!» Y riñeron por cuestión de unos cuartos más o menos de pupilaje, y acabó ella por echarle de casa. «¡Adiós, don Eloíno, que le vaya a usted bien!» «Quede usted con Dios, doña Sinfo.» Y al fin se ha muerto el tercer marido de esta señora dejándola 2,15 pesetas diarias, y además le han dado 500 para lutos. Por supuesto, que no las ha empleado en tales lutos. A lo más le ha sacado un par de misas, por remordimiento y por gratitud a los trece duros de viudedad. ––Pero ¡qué cosas, Dios mío! ––Cosas que no se inventan, que no es posible inventar. Ahora estoy recogiendo más datos de esta tragicomedia, de esta farsa fúnebre. Pensé primero hacer de ello un sainete; pero considerándolo mejor he decidido meterlo de cualquier manera, como Cervantes metió en su Quijote aquellas novelas que en él figuran, en una novela que estoy escribiendo para desquitarme de los quebraderos de cabeza que me da el embarazo de mi mujer. ––Pero ¿te has metido a escribir una novela? ––¿Y qué quieres que hiciese? ––¿Y cuál es su argumento, si se puede saber? ––Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo. ––¿Y cómo es eso? ––Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué pacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo. ––Sí, como el mío. ––No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar. ––¿Y hay psicología?, ¿descripciones? ––Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada. ––Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh? ––¿Por qué? ––Porque una vez que me pidió una novela para matar el tiempo, recuerdo que me dijo que tuviese mucho diálogo y muy cortado. ––Sí, cuando en una que lee se encuentra con largas descripciones, sermones o relatos, los salta diciendo: ¡paja!, ¡paja!, ¡paja! Para ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves tú, puede muy bien repartirse un sermón en un diálogo... ––¿Y por qué será esto?... ––Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto a interrumpido. ––También a mí el tono de discurso me carga... ––Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva... Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo... ––Eso pasta cierto punto... ––¿Cómo hasta cierto punto? ––Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones... ––Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere. ––Pues acabará no siendo novela. ––No, será... será... nivola. ––Y ¿qué es eso, qué es nivola? ––Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benoit, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto! ...» «No, señor ––le contestó Machado––, no es soneto, es... sonite. » Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?, navilo... nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género... Invento el género, a inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo! ––¿Y cuando un personaje se queda solo? ––Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento un perro a quien el personaje se dirige. ––¿Sabes, Víctor, que se me antoja que me estás inventando?... ––¡Puede ser! Al separarse uno de otro, Víctor y Augusto, iba diciéndose este: «Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos a himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la liturgia de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos? ¡Ay, mi Eugenia!, ¡mi Eugenia! Y mi Rosarito...» ––¡Hola, Orfeo! Orfeo le había salido al encuentro, brincaba, le quería trepar piernas arriba. Cogióle y el animalito empezó a lamerle la mano. ––Señorito ––le dijo Liduvina––, ahí le aguarda Rosarito con la plancha. ––¿Y cómo no la despachaste tú? ––Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía tardar, que si quería aguardarse... ––Pero podías haberle despachado como otras veces... ––Sí, pero... en fin, usted me entiende... ––¡Liduvina! ¡Liduvina! ––Es mejor que la despache usted mismo. ––Voy allá. XVIII ––¡Hola, Rosarito! ––exclamó Augusto apenas la vio. ––Buenas tardes, don Augusto ––y la voz de la muchacha era serena y clara y no menos clara y serena su mirada. ––¿Cómo no has despachado con Liduvina como otras veces en que yo no estoy en casa cuando llegas? ––¡No sé! Me dijo que me esperase. Creí que querría usted decirme algo... «Pero ¿esto es ingenuidad o qué es?», pensó Augusto y se quedó un momento suspenso. Hubo un instante embarazoso, preñado de un inquieto silencio. ––Lo que quiero, Rosario, es que olvides lo del otro día, que no vuelvas a acordarte de ello, ¿entiendes? ––Bueno, como usted quiera... ––Sí, aquello fue una locura... una locura... no sabía bien lo que me hacía ni lo que decía... como no lo sé ahora...––e iba acercándose a la chica. Esta le esperaba tranquilamente y como resignada. Augusto se sentó en un sofá, la llamó: ¡ven acá!, la dijo que se sentara, como la otra vez sobre sus rodillas, y la estuvo un buen rato mirando a los ojos. Ella resistió tranquilamente aquella mirada, pero temblaba toda ella como la hoja de un chopo. ––¿Tiemblas, chiquilla...? ––¿Yo? Yo no. Me parece que es usted... ––No tiembles, cálmate. ––No vuelva a hacerme llorar... ––Vamos, sí, que quieres que te vuelva a hacer llorar. Di, ¿tienes novio? ––Pero qué preguntas... ––Dímelo, ¿le tienes? ––¡Novio... así, novio... no! ––Pero ¿es que no se te ha dirigido todavía ningún mozo de tu edad? ––Ya ve usted, don Augusto... ––¿Y qué le has dicho? ––Hay cosas que no se dicen... ––Es verdad. Y vamos, di, ¿os queréis? ––Pero, ¡por Dios, don Augusto...! ––Mira, si es que vas a llorar te dejo. La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto, ocultándolo en él, y rompió a llorar procurando ahogar sus sollozos. «Esta chiquilla se me va a desmayar» , pensó él mientras le acariciaba la cabellera. ––¡Cálmate!, ¡cálmate! ––¿Y aquella mujer...? ––preguntó Rosario sin levantar la cabeza y tragándose sus sollozos. ––Ah, ¿te acuerdas? Pues aquella mujer ha acabado por rechazarme del todo. Nunca la gané, pero ahora la he perdido del todo, ¡del todo! La chica levantó la frente y le miró cara a cara, como para ver si decía la verdad. ––Es que me quiere engañar... ––susurró. ––¿Cómo que te quiero engañar? Ah, ya, ya. Conque esas tenemos, ¿eh? Pues ¿no dices que tenías novio? ––Yo no he dicho nada... ––¡Calma!, ¡calma! ––y poniéndola junto a sí en el sofá se levantó él y empezó a pasearse por la estancia. Pero al volver la vista a ella vio que la pobre muchacha estaba demudada y temblorosa. Comprendió que se encontraba sin amparo, que así, sola frente a él, a cierta distancia, sentada en aquel sofá como un reo ante el fiscal, sentíase desfallecer. ––¡Es verdad! ––exclamó––; estamos más protegidos cuanto más cerca. Volvió a sentarse, volvió a sentarla sobre sí, la ciñó con sus brazos y la apretó a su pecho. La pobrecilla le echó un brazo sobre el hombro, como para apoyarse en él, y volvió a ocultar su cara en el seno de Augusto. Y allí, como oyese el martilleo del corazón de este, se alarmó. ––¿Está usted malo, don Augusto? ––¿Y quién está bueno? ––¿Quiere usted que llame para que le traigan algo? ––No, no, déjalo. Yo sé cuál es mi enfermedad. Y lo que me hace falta es emprender un viaje. ––Y después de un silencio––: ¿Me acompañarás en él? ––¡Don Augusto! ––¡Deja el don! ¿Me acompañarás? ––Como usted quiera... Una niebla invadió la mente de Augusto; la sangre empezó a latirle en las sienes, sintió una opresión en el pecho. Y para libertarse de ello empezó a besar a Rosarito en los ojos, que los tenía que cerrar. De pronto se levantó y dijo dejándola: ––¡Déjame!, ¡déjame!, ¡tengo miedo! ––¿Miedo de qué? La repentina serenidad de la mozuela le asustó más aún. ––Tengo miedo, no sé de quién, de ti, de mí; ¡de lo que sea!, ¡de Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿no es eso?, ¿volverás? ––Cuando usted quiera. ––Y me acompañarás en mi viaje, ¿no es así? ––Como usted mande... ––¡Vete, vete ahora! ––Y aquella mujer... Abalanzóse Augusto a la chica, que se había ya puesto en pie, la cogió, la apretó contra su pecho, juntó sus labios secos a los labios de ella y así, sin besarla, se estuvo un rato apretando boca a boca mientras sacudía su cabeza. Y luego soltándola: ¡anda, vete! Rosario se salió. Y apenas se había salido fue Augusto, y cansado como si acabase de recorrer a pie leguas por entre montañas se echó sobre su cama, apagó la luz, y se quedó monologando: «La he estado mintiendo y he estado mintiéndome. ¡Siempre es así! Todo es fantasía y no hay más que fantasía. El hombre en cuanto habla miente, y en cuanto se habla a sí mismo, es decir, en cuanto piensa sabiendo que piensa, se miente. No hay más verdad que la vida fisiológica. La palabra, este producto social, se ha hecho para mentir. Le he oído a nuestro filósofo que la verdad es, como la palabra, un producto social, lo que creen todos, y creyéndolo se entienden. Lo que es producto social es la mentira...» Al sentir unos lametones en la mano exclamó: «Ah, ¿ya estás aquí, Orfeo? Tú como no hablas no mientes, y hasta creo que no te equivocas, que no te mientes. Aunque, como animal doméstico que eres, algo se te habrá pegado del hombre... No hacemos más que mentir y darnos importancia. La palabra se hizo para exagerar nuestras sensaciones a impresiones todas... acaso para creerlas. La palabra y todo género de expresión convencional, como el beso y el abrazo... No hacemos sino representar cada uno su papel. ¡Todos personas, todos caretas, todos cómicos! Nadie sufre ni goza lo que dice y expresa y acaso cree que goza y sufre; si no, no se podría vivir. En el fondo estamos tan tranquilos. Como yo ahora aquí, representando a solas mi comedia, hecho actor y espectador a la vez. No mata más que el dolor físico. La única verdad es el hombre fisiológico, el que no habla, el que no miente...» Oyó un golpecito a la puerta. ––¿Qué hay? ––¿Es que no va usted a cenar hoy? ––preguntó Liduvina. ––Es verdad; espera, que allá voy. «Y luego dormiré hoy, como los otros días, y dormirá ella. ¿Dormirá Rosarito? ¿No habré turbado la tranquilidad de su espíritu? Y esa naturalidad suya, ¿es inocencia o es malicia? Pero acaso no hay nada más malicioso que la inocencia, o bien, más inocente que la malicia. Sí, sí, ya me suponía yo que en el fondo no hay nada más... más... ¿cómo lo diré?... más cínico que la inocencia. Sí, esa tranquilidad con que se me entregaba, eso que hizo me entrara miedo, miedo, no sé bien de qué, eso no era sino inocencia. Y lo de: "¿Y aquella mujer?", celos, ¿eh?, ¿celos? Probablemente no nace el amor sino al nacer los celos; son los celos los que nos revelan el amor. Por muy enamorada que esté una mujer de un hombre, o un hombre de una mujer, no se dan cuenta de que lo están, no se dicen a sí mismos que lo están, es decir, no se enamoran de veras sino cuando él ve que ella mira a otro hombre o ella le ve a él mirar a otra mujer. Si no hubiese más que un solo hombre y una sola mujer en el mundo, sin más sociedad, sería imposible que se enamorasen uno de otro. Además de que hace siempre falta la tercera, la Celestina, y la Celestina es la sociedad. ¡El Gran Galeoto! ¡Y qué bien está eso! ¡Sí, el Gran Galeoto! Aunque sólo fuese por el lenguaje. Y por esto es todo eso del amor una mentira más. ¿Y el fisiológico? ¡Bah, eso fisiológico no es amor ni cosa que lo valga! ¡Por eso es verdad! Pero... vamos, Orfeo, vamos a cenar. ¡Esto sí que es verdad!» XIX A los dos días de esto anunciáronle a Augusto que una señora deseaba verle y hablarle. Salió a recibirla y se encontró con doña Ermelinda, que al: «¿usted por aquí?» de Augusto, contestó con un: «¡como no ha querido volver a vemos... ! » ––Usted comprende, señora ––––contestó Augusto––, que después de lo que me ha pasado en su casa las dos últimas veces que he ido, la una con Eugenia a solas y la otra cuando no quiso verme, no debía volver. Yo me atengo a lo hecho y lo dicho, pero no puedo volver por allí... ––Pues traigo una misión para usted de parte de Eugenia... ––¿De ella? ––Sí, de ella. Yo no sé qué ha podido ocurrirle con el novio, pero no quiere oír hablar de él, está contra él furiosa, y el otro día, al volver a casa, se encerró en su cuarto y se negó a cenar. Tenía los ojos encendidos de haber llorado, pero con esas lágrimas que escaldan, ¿sabe usted?, las de rabia... ––¡Ah!, pero ¿es que hay diferentes clases de lágrimas? ––Naturalmente; hay lágrimas que refrescan y desahogan y lágrimas que encienden y sofocan más. Había llorado y no quiso cenar. Y me estuvo repitiendo su estribillo de que los hombres son ustedes todos unos brutos y nada más que unos brutos. Y ha estado estos días de morro, con un humor de todos los diablos. Hasta que ayer me llamó, me dijo que estaba arrepentida de cuanto le había dicho a usted, que se excedió y fue con usted injusta, que reconoce la rectitud y nobleza de las intenciones de usted y que quiere no ya que usted le perdone aquello que le dijo de que la quería comprar, sino que no cree semejante cosa. Es en esto en lo que hizo más hincapié. Dice que ante todo quiere que usted le crea que si dijo aquello fue por excitación, por despecho, pero que no lo cree... ––Y creo que no lo crea. ––Después... después me encargó que averiguase yo de usted con diplomacia... ––Y la mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo... ––Después me rogó que averiguase si le molestaría a usted el que ella aceptase, sin compromiso alguno, el regalo que usted le ha hecho de su propia casa... ––¿Cómo sin compromiso? ––Vamos, sí, el que acepte el regalo como tal regalo. ––Si como tal se lo doy, ¿cómo ha de aceptarlo? ––Porque dice que sí, que está dispuesta, para demostrarle su buena voluntad y lo sincero de su arrepentimiento por lo que le dijo, a aceptar su generosa donación, pero sin que eso implique... ––¡Basta, señora, basta! Ahora parece que sin darse cuenta vuelven a ofenderme... ––Será sin intención... ––Hay ocasiones en que las peores ofensas son esas que se infligen sin intención, según se dice. ––Pues no lo entiendo... ––Y es, sin embargo, cosa muy clara. Una vez entré en una reunión y uno que allí había y me conocía ni me saludó siquiera. Al salir me quejé de ello a un amigo y este me dijo: «No le extrañe a usted, no lo ha hecho aposta; es que no se ha percatado siquiera de la presencia de usted.» Y le contesté: «Pues ahí está la grosería mayor; no en que no me haya saludado, sino en que no se haya dado cuenta de mi presencia.» «Eso es en él involuntario; es un distraído...» , me replicó. Y yo a mi vez: «Las mayores groserías son las llamadas involuntarias, y la grosería de las groserías distraerse delante de personas. Es, señora, como eso que llaman neciamente olvidos involuntarios, como si cupiese olvidarse voluntariamente de algo. El olvido involuntario suele ser una grosería.» ––Y a qué viene esto... ––Esto viene, señora doña Ermelinda, a que después de haberme pedido perdón por aquella especie ofensiva de que con mi donativo buscaba comprarla forzando su agradecimiento, no sé bien a qué viene aceptarlo pero haciendo constar que sin compromiso. ¿Qué compromiso, vamos, qué compromiso? ––¡No se exalte usted así, don Augusto...! ––¡Pues no he de exaltarme, señora, pues no he de exaltarme! ¿Es que esa... muchacha se va a burlar de mí y va a querer jugar conmigo? ––y al decir esto se acordaba de Rosarito. ––¡Por Dios, don Augusto, por Dios...! ––Ya tengo dicho que la hipoteca se deshizo, que la he cancelado, y que si ella no se hace cargo de su casa yo nada tengo que ver con ella. ¡Y que me lo agradezca o no, ya no me importa! ––Pero, don Augusto, ¡no se ponga así! ¡Si lo que ella quiere es hacer las paces con usted, que vuelvan a ser amigos... ! ––Sí, ahora que ha roto la guerra con el otro, ¿no es eso? Antes era yo el otro; ahora soy el uno, ¿no es eso? Ahora se trata de pescarme, ¿eh? ––Pero ¡si no he dicho tal cosa...! ––No, pero lo adivino. ––Pues se equivoca usted de medio a medio. Porque precisamente después de haberme mi sobrina dicho todo lo que acabo de repetirle a usted, al insinuarle yo y aconsejarle que pues ha reñido con el gandul de su novio procurase ganar a usted como tal, vamos, usted me entiende... ––Sí, que me reconquistase... ––¡Eso! Pues bien, al aconsejarle esto, me dijo una y cien veces que eso no y que no y que no; que le estimaba y apreciaba a usted para amigo y como tal, pero no le gustaba como marido, que no quería casarse sino con un hombre de quien estuviese enamorada... ––Y que de mí no podrá llegar a estarlo, ¿no es eso? ––No, tanto como eso no dijo... ––Vamos, sí; que esto también es diplomacia... ––¿Cómo? ––Sí, que viene usted no sólo a que yo perdone a esa... muchacha, sino a ver si accedo a pretenderla para mujer, ¿no es eso? Cosa convenida, ¿eh?, y ella se resignará... ––Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi santa madre que esté en gloria, le juro... ––El segundo, no jurar... ––Pues le juro que es usted el que ahora se olvida, involuntariamente por supuesto, de quién soy yo, de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz. ––Si así fuese... ––Sí, así es, así ––y pronunció estas palabras con tal acento que no dejaba lugar a duda. ––Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus explicaciones, que se las agradezco profundamente, que seguiré siendo su amigo, un amigo leal y noble, pero sólo amigo, ¿eh?, nada más que amigo, sólo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano en que se puede tocar a todo antojo, que no soy un hombre de hoy te dejo y luego te tomo, que no soy sustituto ni vicenovio, que no soy plato de segunda mesa... ––¡No se exalte usted así! ––¡No, si no me exalto! Pues bien, que sigo siendo su amigo... ––¿E irá usted pronto a vernos? ––Eso... ––Mire que si no la pobrecilla no me va a creer, va a sentirlo... ––Es que pienso emprender un viaje largo y lejano... ––Antes, de despedida... ––Bueno, veremos... Separáronse. Cuando doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina la conversación con Augusto, Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me cabe duda; ahora sí que le reconquisto.» Augusto, por su parte, al quedarse solo púsose a pasearse por la estancia diciéndose: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuese un piano... me deja, me toma, me volverá a dejar... Yo estaba de reserva... Diga lo que quiera, anda buscando que yo vuelva a solicitarla, acaso para vengarse, tal vez para dar celos al otro y volverle al retortero... Como si yo fuese un muñeco, un ente, un don nadie... ¡Y yo tengo mi carácter, vaya si le tengo, yo soy yo! Sí, ¡yo soy yo!, ¡yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?, el que haya despertado mi facultad amorosa; pero una vez que me la despertó y suscitó no necesito ya de ella; lo que sobran son mujeres.» Al llegar a esto no pudo por menos que sonreírse, y es que se acordó de aquella frase de Víctor cuando anunciándoles Gervasio, recién casado, que se iba con su mujer a pasar una temporadita en París, le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto. Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito, esta nueva edición de la eterna Eva!, ¡qué encanto de chiquilla! Ella, Eugenia, me ha bajado del abstracto al concreto, pero ella me llevó al genérico, y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡tantas Eugenias!, ¡tantas Rosarios! No, no, conmigo no juega nadie, y menos una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!» Y sintiendo en esta exaltación de su yo como si este se le fuera hinchando, hinchando y la casa le viniera estrecha, salió a la calle para darle espacio y desahogo. Apenas pisó la calle y se encontró con el cielo sobre la cabeza y las gentes que iban y venían, cada cual a su negocio o a su gusto y que no se fijaban en él, involuntariamente por supuesto, ni le hacían caso, por no conocerle sin duda, sintió que su yo, aquel yo del « ¡yo soy yo!» se le iba achicando, achicando y se le replegaba en el cuerpo y aun dentro de este buscaba un rinconcito en que acurrucarse y que no se le viera. La calle era un cinematógrafo y él sentíase cinematográfico, una sombra, un fantasma. Y es que siempre un baño en muchedumbre humana, un perderse en la masa de hombres que iban y venían sin conocerle ni percatarse de él, le produjo el efecto mismo de un baño en naturaleza abierta a cielo abierto, y a la rosa de los vientos. Sólo a solas se sentía él; sólo a solas podía decirse a sí mismo, tal vez para convencerse, « ¡yo soy yo!» ; ante los demás, metido en la muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo. Así llegó a aquel recatado jardincillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, a iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan. ¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso. Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían ––pues era otoño––, jugaban allí cerca, como de ordinario, unos chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones ...» «Es que yo ...», empezó malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...» Augusto no quiso oír más; levantóse y se fue a otro banco. Y se dijo: «Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú!, ¡yo no soy yo! Y estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica!, ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica!, ¡y aquí que las brisas no los mecen ...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: "¡tú no eres tú!" y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no se duerman... ¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros! » Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonámbulo. XX Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado primero a Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por decir algo, o más bien como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego a doña Ermelinda, para probarle... ¿qué?, ¿qué es lo que pretendió probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese! Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había dicho que iba a emprender un viaje largo y lejano y él era hombre de carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra? Los hombres de palabra primero dicen una cosa y después la piensan, y por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano. ¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué?, ¿para qué?, ¿cómo?, ¿adónde? Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?» «Sí ––dijo Liduvina––, me parece que es... ¡la pianista!» «¡Eugenia!» «La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por la mente la idea de despacharla, de que le dijeran que no estaba en casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco ––se dijo––, a que le haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!» ––Dile que ahora voy. Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!, ¡vaya una resolución!, ¡vaya unos ojos!; pero, ¡no, no, no, no me doblega!, ¡no me conquista!» Cuando entró Augusto en la sala, Eugenia estaba de pie. Hízole una seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio. ––Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo. ––Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia! ––No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado! ––Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera. ––Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi aceptación de su generoso donativo otro sentido que el que tiene. ––Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación que la que tiene. ––Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos hablar claro, he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted, por su parte, creo... ––En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó su señora tía y de lo que adivino, no podría, aunque lo deseara, pretender cotizar mi generosidad... ––¿Estamos, pues, de acuerdo? ––De perfecto acuerdo, señorita. ––Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos? ––Podremos. Le tendió Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento temblaba. ––Seremos, pues, amigos don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad a mí... ––¿Qué? ––Acaso ante el público... ––¿Qué? ¡Hable!, ¡hable! ––Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he renunciado ya a ciertas cosas... ––Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias. ––Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones? «¡Esta mujer es diabólica!» , pensó Augusto, y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima. ––¡Eugenia! ––exclamó, y le temblaba la voz. ––¡Augusto! ––susurró rendidamente ella. ––Pero, ¿y qué quieres que hagamos? ––Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia! Augusto fue, dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia. ––¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así conmigo! La fatalidad eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú, que me traes y me llevas y me haces dar vueltas como un argadillo; eres tú, que me vuelves loco; eres tú, que me haces quebrantar mis más firmes propósitos; eres tú, que haces que yo no sea yo... Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó contra su seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero. ––Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni... ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y queriendo no más que premiar tu generosidad... ––Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de otro?, ¿a qué ojos? ––¡A los mismos nuestros! ––Y qué, Eugenia mía... Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oía la respiración de ambos. ––¡Déjame!, ¡déjame! ––dijo ella, mientras se arreglaba y componía el pelo. ––No, tú... tú... tú... Eugenia... tú... ––––No, yo no, no puede ser.. ––¿Es que no me quieres? ––Eso de querer... ¿quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no estoy segura de ello... ––¿Y esto entonces? ––¡Esto es una... fatalidad del momento!, producto de arrepentimiento... qué sé yo... estas cosas hay que ponerlas a prueba... Y además, ¿no habíamos quedado, Augusto, en que seríamos amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos? ––Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a haber quien te pretenda? ––¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución! ––¿Acaso después de aquella ruptura...? . ––Acaso... ––¡Eugenia! ¡Eugenia! En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso, encendido su rostro, exclamó con voz seca: «¿Qué hay?» ––¡La Rosario, que espera! ––dijo la voz de Liduvina. Augusto cambió de color, poniéndose lívido. ––¡Ah! ––exclamó Eugenia––, aquí estorbo ya. Es la... Rosario que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos? ––Pero Eugenia... ––Que espera la Rosario... ––Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te quería comprar y en rigor porque tenías otro, ¿qué iba a hacer yo luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado? ––Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que lo pasado, pasado. ––No, no, lo pasado, pasado, ¡no!, ¡no!, ¡no! .. ––Bien, bien, que espera la Rosario... ––Por Dios, Eugenia... ––No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo el... Mauricio. Volveremos a vemos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos. Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cogiéndosela, se la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándola él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente: «¿Qué hay?» ––Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted... ––Y a ti ¿qué te importa? ––Me importa todo lo de usted. ––Lo que quieres decir es que te estoy engañando... ––Eso es lo que no me importa. ––¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho concebir no estás celosa? ––Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas cosas de celos. Nosotras, las de mi posición... ––¡Cállate! ––Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto, ¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella? ––Pero ¿dices todo eso de verdad? ––De verdad. ––¿Cuántos años tienes? ––Diecinueve. ––Ven acá ––y cogiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos. Y fue Augusto quien se demudó de color, no ella. ––La verdad es, chiquilla, que no te entiendo. ––Lo creo. ––Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad... ––Esto no es más que cariño. ––¿Cariño?, ¿y por qué? ––¿Quiere usted saber por qué?, ¿no se ofenderá si se lo digo?, ¿me promete no ofenderse? ––Anda, dímelo. ––Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre hombre... ––¿También tú? ––Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo! ––¿Siempre? ––¡Siempre! ––¿Pase lo que pase? ––Sí, pase lo que pase. ––Tú, tú eres la verdadera ––y fue a cogerla. ––No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no... ––Basta, te entiendo. Y se despidieron. Y al quedarse solo se decía Augusto: «Entre una y otra me van a volver loco de atar... yo ya no soy yo...» ––Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo ––le dijo Liduvina mientras le servía la comida––; eso le distraería. ––¿Y cómo se te ha ocurrido eso, mujer de Dios? ––Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y... ¡ya ve usted! ––Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tote... que me distraiga. Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó: ––Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer? ––¡Según y conforme! ––¿Cómo según y conforme? ––¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas, casarse con todas ellas, y si no no casarse con ninguna. ––Pero ¡hombre, eso primero no es posible! ––¡En teniendo mucho dinero todo es posible! ––¿Y si ellas se enteran? ––Eso a ellas no les importa. ––¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido? ––Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre la ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, de lujo; pero si le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él... ––Si tiene hijos, ¿qué? ––Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias... Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce encima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca, entonces... ––Entonces, ¿qué? ––Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay Otelas... ––Ni Desdémonos. ––¡Puede ser...! ––Pero qué cosas dices... ––Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa del señorito había servido yo en muchas casas de señorones... me han salido los dientes en ellas... ––¿Y en vuestra clase? ––¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos... =¿Y a qué llamas lujos? ––A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas... ––¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase...! ––¡Bah!, eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas, que si no... ––Si no, ¿qué? ––Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás. ––Filósofo estás... ––Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||