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Capítulos XXVI a XXX

XXVI

Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para salir cuando él subía para entrar.

––¿Usted por aquí, don Augusto?

––Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro día; me vuelvo.

––No, está arriba mi tío.

––No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar. Dejémoslo para otro día.

––No, no, volvamos. Las cosas en caliente.

––Es que si está su tío.

––¡Bah!, ¡es anarquista! No le llamaremos.

Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había ido con aires de experimentador, sentíase ahora rana.

Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el sombrero, con el traje de calle con que había entrado, le dijo:

––Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.

––Pues... pues... ––y el pobre Augusto balbuceaba–– pues... pues...

––Bien; pues ¿qué?

––Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo puedo!

––Y ¿a qué es lo que no puede usted resignarse?

––Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!

––Y ¿qué es esto?

––A esto, a que no seamos más que amigos...

––¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto?, ¿o es que quiere usted que seamos menos que amigos?

––No, Eugenia, no, no es eso.

––Pues ¿qué es?

––Por Dios, no me haga sufrir..

––El que se hace sufrir es usted mismo.

––¡No puedo resignarme, no!

––Pues ¿qué quiere usted?

––¡Que seamos... marido y mujer!

––¡Acabáramos!

––Para acabar hay que empezar.

––¿Y aquella palabra que me dio usted?

––No sabía lo que me decía.

––Y la Rosario aquella...

––¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso!, ¡no pienses en la Rosario!

Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:

––Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me paso ––ya ves si te soy franca–– hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena! ––y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.

––¡Eugenia! ––y le tendió los brazos como para cogerla.

––¡Eh, cuidadito! ––exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos–– ¡cuidadito!

––Pues la otra vez... la última vez...

––¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana», pensó el psicólogo experimental.

––¡Sí ––prosiguió Eugenia––, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se deben otorgar al... vamos, al... novio!

––Pues no lo comprendo...

––Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?

«Esto es hecho», pensó Augusto, que se sintió ya completa y perfectamente rana.

––Y ahora ––agregó Eugenia levantándose–– voy a llamar a mi tío.

––¿Para qué?

––¡Toma, para darle parte!

––¡Es verdad! ––––exclamó Augusto, consternado.

Al momento llegó don Fermín.

––Mire usted, tío ––le dijo Eugenia––, aquí tiene usted a don Augusto Pérez, que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.

––¡Admirable!, ¡admirable! ––exclamó don Fermín––, ¡admirable! ¡Ven acá, hija mía, ven acá que te abrace!, ¡admirable!

––¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?

––No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad... Por supuesto, sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, pro formula, nada más que pro formula. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable!, ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.

––¿Desde hoy?

––Tiene usted razón, sí, lo fue siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa que habito fue siempre de usted, fue siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.

––Sí, le entiende a usted, tío.

En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo:

––¡La tía!

Y al entrar esta en la sala y ver aquello, exclamó:

––Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.

Augusto pensaba: «¡Rana, rana completa! Y me han pescado entre todos.»

––Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para celebrarlo... ––dijo doña Ermelinda.

––¡Y qué remedio! ––se le escapó al pobre rana.

XXVII

Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología, sino estética.

¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fue otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevié a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si le adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia, Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!

Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:

––¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!

Y ella le contestó:

––¡Hazlos!

––Mas para ello ––agregó él–– sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.

––Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!

––No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.

––¡Sea, pero por única vez!

Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:

Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo
en las brumas perdidas de la idea,
perdida allá en las notas de la música
que según dicen cantan las esferas;
y yacía mi cuerpo solitario
sin alma y triste errando por la tierra.
Nacidos para arar juntos la vida
no vivían; porque él era materia
tan sólo y ella nada más que espíritu
buscando completarse, ¡dulce Eugenia!
Mas brotaron tus ojos como fuentes
de viva luz encima de mi senda
y prendieron a mi alma y la trajeron
del vago cielo a la dudosa tierra,
metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces
¡y sólo desde entonces vivo, Eugenia!
Son tus ojos cual clavos encendidos
que mi cuerpo a mi espíritu sujetan,
que hacen que sueñe en mi febril la sangre
y que en carne convierten mis ideas.
¡Si esa luz de mi vida se apagara,
desuncidos espíritu y materia,
perderíame en brumas celestiales
y del profundo en la voraz tiniebla!

––¿Qué te parecen? ––le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.

––Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...» .

––Sí, es para darle familiaridad...

––Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.

––¿Qué?, ¿que eres un ripio tú?

––¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...

––Vamos, sí, muy nivodesco.

––¿Qué es eso?

––Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.

––Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo...

––Pero ¡Eugenia, por Dios!, ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo!, ¡si es además mi confidente...!, ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos...!

––Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está de más el perro!

––Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...

––Si lo tenemos...

––Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro?, ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero...?

––No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.

Otro día le dijo Eugenia a Augusto:

––Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte...

––¡Por Dios, Eugenia, habla!

––Tú sabes aquel novio que tuve...

––Sí, Mauricio.

––Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...

––No quiero saberlo.

––Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y sinvergüenza aquel, pero...

––¿Qué, te persigue todavía?

––¡Todavía!

––¡Ah, como yo le coja!...

––No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.

––¡A ver!, ¡a ver!

––No te alarmes, Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.

––Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino; nunca llegarás al fin de él.» No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.

––Creo que hay otro medio mejor.

––¿Cuál?

––Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.

––¿Qué quieres decir?

––Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...

––Si no...

––Amenaza con perseguirme para comprometerme...

––¡Desvergonzado!, ¡bandido!

––No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitámosle de enmedio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es, y...

––Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo.

Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos.

XXVII

Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oírle, pero le atraía aquel hombre que fue en un tiempo novio de Eugenia, al que esta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que este ignoraba; de aquel hombre que... Había algo que les unía.

––Vengo, señor ––empezó sumisamente Mauricio––, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme...

––No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.

––Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!

––Sé a qué atenerme.

––Desde que me despidió, a hizo bien en despedirme, porque no soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y respetar, por supuesto, sus determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...

––Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.

––Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita...

––Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?

––Es que me parece que usted debe de conocerla...

––¿Cómo?, ¿cómo?, ¿quiere usted burlarse...?

––No... no... Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solía llevar a usted la plancha...

Augusto palideció. «¿Sabrá este todo?» , se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabía. Pero repúsose al pronto y exclamó:

––Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?

––Me parece ––prosiguió Mauricio, como si no hubiese oído nada–– que a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con los otros.

––Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir? ––y pensó Augusto si allí, en aquel que fue escenario de su última aventura con Rosario, estrangularía o no a aquel hombre.

––¡No se exalte así, don Augusto, no se exalte así! No quiero decir sino lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo miente, me despreció, me despachó, y yo me he encontrado con esa pobre chicuela, a la que otro despreció y...

Augusto no pudo ya contenerse; palideció primero, se encendió después, levantóse, cogió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó en vilo y le arrojó en el sofá sin darse clara cuenta de lo que hacía, como para estrangularlo. Y entonces, al verse Mauricio en el sofá, dijo con la mayor frialdad:

––Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué chiquito se ve...

El pobre Augusto creyó derretirse. Por lo menos se le derritió la fuerza toda de los brazos, empezó la estancia a convertirse en niebla a sus ojos; pensó: «¿Estaré soñando?», y se encontró con que Mauricio, de pie ya y frente a él, le miraba con una socarrona sonrisa:

––¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted, un arrebato... ni sé siquiera lo que me hice... ni me di cuenta... Y ¡gracias, gracias, otra vez gracias!, ¡gracias a usted y a... ella! ¡Adiós!

Apenas había salido Mauricio, llamó Augusto a Liduvina.

––Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?

––Un joven.

––¿De qué señas?

––Pero ¿necesita usted que se lo diga?

––¿De veras, ha estado aquí alguien conmigo?

––¡Señorito!

––No... no... júrame que ha estado aquí conmigo un joven y de las señas que me digas... alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿ha estado?

––Pero ¿está usted bueno, don Augusto?

––¿No ha sido un sueño...?

––Como no lo hayamos soñado los dos...

––No, no pueden soñar dos al mismo tiempo la misma cosa. Y precisamente se conoce que algo no es sueño en que no es de uno solo...

––Pues ¡sí, estése tranquilo, sí! Estuvo ese joven que dice.

––Y ¿qué dijo al salir?

––Al salir no habló conmigo... ni le vi...

––Y tú ¿sabes quién es, Liduvina?

––Sí, sé quién es. El que fue novio de...

––Sí, basta. Y ahora, ¿de quién lo es?

––Eso ya sería saber demasiado.

––Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os enseñan...

––Sí, y en cambio no logramos aprender las que quieren enseñamos.

––Pues bueno, di la verdad, Liduvina: ¿no sabes con quién anda ahora ese... prójimo?

––No, pero me lo figuro.

––¿Por qué?

––Por lo que está usted diciendo.

––Bueno, llama ahora a Domingo.

––¿Para qué?

––Para saber si estoy también todavía soñando o no, y si tú eres de verdad Liduvina, su mujer, o si...

––¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay otra cosa mejor.

––¿Cuál?

––Que venga Orfeo.

––Tienes razón; ¡ese no sueña!

Al poco rato, habiendo ya salido Liduvina, entraba el perro.

«¡Ven acá, Orfeo ––le dijo su amo––, ven acá! ¡Pobrecito!, ¡qué pocos días te quedan ya de vivir conmigo! No te quiere ella en casa. Y ¿adónde voy a echarte?, ¿qué voy a hacer de ti?, ¿qué será de ti sin mí? Eres capaz de morirte, ¡lo sé! Sólo un perro es capaz de morirse al verse sin amo. Y yo he sido más que tu amo, ¡tu padre, tu dios! ¡No te quiere en casa; te echa de mi lado! ¿Es que tú, el símbolo de la felicidad, le estorbas en casa? ¡Quién lo sabe...! Acaso un perro sorprende los más secretos pensamientos de las personas con quienes vive, y aunque se calle... ¡Y tengo que casarme, no tengo más remedio que casarme... si no, jamás voy a salir del sueño! Tengo que despertar.»

«Pero ¿por qué me miras así, Orfeo? ¡Si parece que lloras sin lágrimas...! ¿Es que me quieres decir algo?, te veo sufrir por no tener palabras. ¡Qué pronto aseguré que tú no sueñas! ¡Tú sí que me estás soñando, Orfeo! ¿Por qué somos hombres los hombres sino porque hay perros y gatos y caballos y bueyes y ovejas y animales de toda clase, sobre todo domésticos?, ¿es que a falta de animales domésticos en que descargar el peso de la animalidad de la vida habría el hombre llegado a su humanidad? ¿Es que a no haber domesticado el hombre al caballo no andaría la mitad de nuestro linaje llevando a cuestas a la otra mitad? Sí, a vosotros se os debe la civilización. Y a las mujeres. Pero ¿no es acaso la mujer otro animal doméstico? Y de no haber mujeres, ¿serían hombres los hombres? ¡Ay, Orfeo, viene de fuera quien de casa te echa! »

Y le apretó contra su seno, y el perro, que parecía en efecto llorar, le lamía la barba.

XXIX

Todo estaba dispuesto ya para la boda. Augusto la quería recogida y modesta, pero ella, su mujer futura, parecía preferir que se le diese más boato y resonancia.

A medida que se acercaba aquel plazo, el novio ardía por tomarse ciertas pequeñas libertades y confianzas, y ella, Eugenia, se mantenía más en reserva.

––Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!

––Pues por lo mismo. Es menester que empecemos ya a respetarnos.

––Respeto... Respeto... El respeto excluye el cariño.

––Eso creerás tú... ¡Hombre al fin!

Y Augusto notaba en ella algo extraño, algo forzado. Alguna vez parecióle que trataba de esquivar sus miradas. Y se acordó de su madre, de su pobre madre, y del anhelo que sintió siempre porque su hijo se casara bien. Y ahora, próximo a casarse con Eugenia, le atormentaba más lo que Mauricio le dijera de llevarse a Rosario. Sentía celos, unos celos furiosos, y rabia por haber dejado pasar una ocasión, por el ridículo en que quedó ante la mozuela. «Ahora estarán riéndose los dos de mí ––se decía––, y él doblemente, porque ha dejado a Eugenia encajándomela y porque se me lleva a Rosario.» Y alguna vez le entraron furiosas ganas de romper su compromiso y de ir a la conquista de Rosario, a arrebatársela a Mauricio.

––Y de aquella mocita, de aquella Rosario, ¿qué se ha hecho? ––le preguntó Eugenia unos días antes del de la boda.

––Y ¿a qué viene recordarme ahora eso?

––¡Ah, si no te gusta el recuerdo, lo dejaré!

––No... no... pero...

––Sí, como una vez interrumpió ella una entrevista nuestra... ¿No has vuelto a saber de ella? ––y le miró con mirada de las que atraviesan.

––No, no he vuelto a saber de ella.

––¿Quién la estará conquistando o quién la habrá conquistado a estas horas...? ––y apartando su mirada de Augusto la fijó en el vacío, más allá de lo que miraba.

Por la mente del novio pasaron, en tropel, extraños agüeros. «Esta parece saber algo», se fijo, y luego en voz alta:

––¿Es que sabes algo?

––¿Yo? ––contestó ella fingiendo indiferencia y volvió a mirarle.

Entre los dos flotaba sombra de misterio.

––Supongo que la habrás olvidado...

––Pero ¿a qué esta insistencia en hablarme de esa... chiquilla?

––¡Qué sé yo!... Porque, hablando de otra cosa, ¿qué le pasará a un hombre cuando otro le quita la mujer a que pretendía y se la lleva?

A Augusto le subió una oleada de sangre a la cabeza al oír esto. Entráronle ganas de salir, correr en busca de Rosario, ganarla y volver con ella a Eugenia para decir a esta: «¡Aquí la tienes, es mía y no de... tu Mauricio!»

Faltaban tres días para el de la boda. Augusto salió de casa de su novia pensativo. Apenas pudo dormir aquella noche.

A la mañana siguiente, apenas despertó, entró Liduvina en su cuarto.

––Aquí hay una carta para el señorito; acaban de traerla. Me parece que es de la señorita Eugenia...

––¿Carta?, ¿de ella?, ¿de ella carta? ¡Déjala ahí y vete!

Salió Liduvina. Augusto empezó a temblar. Un extraño desasosiego le agitaba el corazón. Se acordó de Rosario, luego de Mauricio. Pero no quiso tocar la carta. Miró con terror al sobre. Se levantó, se lavó, se vistió, pidió el desayuno, devorándolo luego. «No, no quiero leerla aquí», se dijo. Salió de su casa, fuese a la iglesia más próxima, y allí, entre unos cuantos devotos que oían misa, abrió la carta. «Aquí tendré que contenerme ––se dijo––, porque yo no sé qué cosas me dice el corazón.» Y decía la carta:

«Apreciable Augusto: Cuando leas estas líneas yo estaré con Mauricio camino del pueblo adonde este va destinado gracias a tu bondad, a la que debo también poder disfrutar de mis rentas, que con el sueldo de él nos permitirá vivir juntos con algún desahogo. No te pido que me perdones, porque después de esto creo que te convencerás de que ni yo te hubiera hecho feliz ni tú mucho menos a mí. Cuando se te pase la primera impresión volveré a escribirte para explicarte por qué doy este paso ahora y de esta manera. Mauricio quería que nos hubiéramos escapado el día mismo de la boda, después de salir de la iglesia; pero su plan era muy complicado y me pareció, además, una crueldad inútil. Y como te dije en otra ocasión, creo quedaremos amigos. Tu amiga.
Eugenia Domingo del Arco.

P.S. No viene con nosotros Rosario. Te queda ahí y puedes con ella consolarte.»

Augusto se dejó caer en un banco, anonadado. Al poco rato se arrodilló y rezaba.

Al salir de la iglesia parecíale que iba tranquilo, mas era una terrible tranquilidad de bochorno. Se dirigió a casa de Eugenia, donde encontró a los pobres tíos consternados. La sobrina les había comunicado por carta su determinación y no remaneció en toda la noche. Había tomado la pareja un tren que salió al anochecer, muy poco después de la última entrevista de Augusto con su novia.

––Y ¿qué hacemos ahora? ––dijo doña Ermelinda.

––¡Qué hemos de hacer, señora ––contestó Augusto––, sino aguantarnos!

––¡Esto es una indignidad ––exclamó don Fermín––; estas cosas no debían quedar sin un ejemplar castigo!

––Y ¿es usted, don Fermín, usted, el anarquista...?

––Y ¿qué tiene que ver? Estas cosas no se hacen así. ¡No se engaña así a un hombre!

––¡Al otro no le ha engañado! ––dijo fríamente Augusto, y después de haberlo dicho se aterró de la frialdad con que lo dijera.

––Pero le engañará... le engañará... ¡no lo dude usted!

Augusto sintió un placer diabólico al pensar que Eugenia engañaría al cabo a Mauricio. «Pero no ya conmigo», se dijo muy bajito, de modo que apenas si se oyese a sí mismo.

––Bueno, señores, lamento lo sucedido, y más que nada por su sobrina, pero debo retirarme.

––Usted comprenderá, don Augusto, que nosotros... ––empezó doña Ermelinda.

––¡Claro!, ¡claro! Pero...

Aquello no podía prolongarse. Augusto, después de breves palabras más, se salió.

Iba aterrado de sí mismo y de lo que le pasaba, o mejor aún, de lo que no le pasaba. Aquella frialdad, al menos aparente, con que recibió el golpe de la burla suprema, aquella calma le hacía que hasta dudase de su propia existencia. «Si yo fuese un hombre como los demás ––se decía––, con corazón; si fuese siquiera un hombre, si existiese de verdad, ¿cómo podía haber recibido esto con la relativa tranquilidad con que lo recibo?» Y empezó, sin darse de ello cuenta, a palparse, y hasta se pellizcó para ver si lo sentía.

De pronto sintió que alguien le tiraba de una pierna. Era Orfeo, que le había salido al encuentro, para consolarlo. Al ver a Orfeo sintió, ¡cosa extraña!, una gran alegría, lo tomó en brazos y le dijo: «¡Alégrate, Orfeo mío, alégrate!, ¡alegrémonos los dos! ¡Ya no te echan de casa; ya no te separan de mí; ya no nos separarán al uno del otro! Viviremos juntos en la vida y en la muerte. No hay mal que por bien no venga, por grande que el mal sea y por pequeño que sea el bien, o al revés. ¡Tú, tú eres fiel, Orfeo mío, tú eres fiel! Yo ya supongo que algunas veces buscarás tu perra, pero no por eso huyes de casa, no por eso me abandonas; tú eres fiel, tú. Y mira, para que no tengas nunca que marcharte, traeré una perra a casa, sí, te la traeré. Porque ahora, ¿es que has salido a mi encuentro para consolar la pena que debía tener, o es que me encuentras al volver de una visita a tu perra? De todos modos, tú eres fiel, tú, y ya nadie te echará de mi casa, nadie nos separará.»

Entró en su casa, y no bien se volvió a ver en ella, solo, se le desencadenó en el alma la tempestad que parecía calma. Le invadió un sentimiento en que se daban confundidos tristeza, amarga tristeza, celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre todo vergüenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del ridículo en que quedaba.

––¡Me ha matado! ––le dijo a Liduvina.

––¿Quién?

––Ella.

Y se encerró en su cuarto. Y a la vez que las imágenes de Eugenia y de Mauricio presentábase a su espíritu la de Rosario, que también se burlaba de él. Y recordaba a su madre. Se echó sobre la cama, mordió la almohada, no acertaba a decirse nada concreto, se le enmudeció el monólogo, sintió como si se le acorchase el alma y rompió a llorar. Y lloró, lloró, lloró. Y en el llanto silencioso se le derretía el pensamiento.

XXX

Víctor encontró a Augusto hundido en un rincón de un sofá, mirando más abajo del suelo.

––¿Qué es eso? ––le preguntó poniéndole una mano sobre el hombro.

––Y ¿me preguntas qué es esto? ¿No sabes lo que me ha pasado?

––Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho ella; lo que no sé es lo que lo pasa por dentro, es decir, no sé por qué estás así...

––¡Parece imposible!

––Se te ha ido un amor, el de a; ¿no te queda el de b, o el de c, o el de x, o el de otra cualquiera de las n?

––No es la ocasión para bromas, creo.

––Al contrario, esta es la ocasión de bromas.

––Es que no me duele en el amor; ¡es la burla, la burla, la burla! Se han burlado de mí, me han escarnecido, me han puesto en ridículo; han querido demostrarme... ¿qué sé yo?... que no existo.

––¡Qué felicidad!

––No te burles, Víctor.

––Y ¿por qué no me he de burlar? Tú, querido experimentador, la quisiste tomar de rana, y es ella la que te ha tomado de rana a ti. ¡Chapúzate, pues, en la charca, y a croar y a vivir!

––Te ruego otra vez...

––Que no bromee, ¿eh? Pues bromearé. Para estas ocasiones se ha hecho la burla.

––Es que eso es corrosivo.

––Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia. Quisiste hacerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti mismo rana.

––¿Qué quieres decir con eso?

––Experimenta en ti mismo.

––Sí, que me suicide.

––No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no la mejor.

––Entonces, que les busque y les mate.

––Matar por matar es un desatino. A lo sumo para librarse del odio, que no hace sino corromper el alma.

Porque más de un rencoroso se curó del rencor y sintió piedad, y hasta amor a su víctima, una vez que satisfizo su odio en ella. El acto malo libera del mal sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.

––Y ¿qué voy a hacer?

––Habrás oído que en este mundo no hay sino devorar o ser devorado...

––Sí, burlarse de otros o ser burlado.

––No; cabe otro término tercero y es devorarse uno a sí mismo, burlarse de sí mismo uno. ¡Devórate! El que devora goza, pero no se harta de recordar el acabamiento de sus goces y se hace pesimista; el que es devorado sufre, y no se harta de esperar la liberación de sus penas y se hace optimista. Devórate a ti mismo, y como el placer de devorarte se confundirá y neutralizará con el dolor de ser devorado, llegarás a la perfecta ecuanimidad de espíritu, a la ataraxia; no serás sino un mero espectáculo para ti mismo.

––Y ¿eres tú, tú, Víctor, tú el que me vienes con esas cosas?

––¡Sí, yo, Augusto, yo, soy yo!

––Pues en un tiempo no pensabas de esa manera tan... corrosiva.

––Es que entonces no era padre.

––Y ¿el ser padre...?

––El ser padre, al que no está loco o es un mentecato, le despierta lo más terrible que hay en el hombre: ¡el sentido de la responsabilidad! Yo entrego a mi hijo el legado perenne de la humanidad. Con meditar en el misterio de la paternidad hay para volverse loco. Y si los más de los padres no se vuelven locos es porque son tontos... o no son padres. Regocíjate, pues, Augusto, que con eso de habérsete escapado te evitó acaso el que fueses padre. Y yo te dije que te casaras, pero no que te hicieses padre. El matrimonio es un experimento... psicológico; la paternidad lo es... patológico.

––¡Es que me ha hecho padre, Víctor!

––¿Cómo?, ¿que te ha hecho padre?

––¡Sí, de mí mismo! Con esto creo haber nacido de veras. Y para sufrir, para morir.

––Sí, el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo. Pero si te has hecho padre de ti mismo es que te has hecho hijo de ti mismo también.

––Parece imposible, Víctor, parece imposible que pasándome lo que me pasa, después de lo que ha hecho conmigo... ¡ella!, pueda todavía oír con calma estas sutilezas, estos juegos de concepto, estas humoradas macabras, y hasta algo peor...

––¿Qué?

––Que me distraigan. ¡Me irrito contra mí mismo!

––Es la comedia, Augusto, es la comedia que representamos ante nosotros mismos, en lo que se llama el foro interno, en el tablado de la conciencia, haciendo a la vez de cómicos y de espectadores. Y en la escena del dolor representamos el dolor y nos parece un desentono el que de repente nos entre ganas de reír entonces. Y es cuando más ganas nos da de ello. ¡Comedia, comedia el dolor!

––¿Y si la comedia del dolor le lleva a uno a suicidarse?

––¡Comedia de suicidio!

––¡Es que se muere de veras!

––¡Comedia también!

––Pues ¿qué es lo real, lo verdadero, lo sentido?

––Y ¿quién te ha dicho que la comedia no es real y verdadera y sentida?

––¿Entonces?

––Que todo es uno y lo mismo; que hay que confundir, Augusto, hay que confundir. Y el que no confunde se confunde.

––Y el que confunde también.

––Acaso.

––¿Entonces?

––Pues esto, charlar, sutilizar, jugar con las palabras y los vocablos... ¡pasar el rato!

––¡Ellos sí que lo estarán pasando!

––¡Y tú también! ¿te has encontrado nunca a tus propios ojos más interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene un miembro si no le duele?

––Bueno, y ¿qué voy a hacer yo ahora?

––¡Hacer... hacer... hacer..! ¡Bah, ya te estás sintiendo personaje de drama o de novela! ¡Contentémonos con serlo de... nivola! ¡Hacer... hacer... hacer...! ¿Te parece que hacemos poco con estar así hablando? Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan muchas cosas en un drama cuando los actores pueden hacer muchos gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y... ¡pantomima!, ¡pantomima! ¡Hablan demasiado!, dicen otras veces. Como si el hablar no fuese hacer. En el principio fue la Palabra y por la Palabra se hizo todo. Si ahora, por ejemplo, algún... nivolista oculto ahí, tras ese armario, tomase nota taquigráfica de cuanto estamos aquí diciendo y lo reprodujese, es fácil que dijeran los lectores que no pasa nada, y sin embargo...

––¡Oh, si pudiesen verme por dentro, Víctor, te aseguro que no dirían tal cosa!

––¿Por dentro?, ¿por dentro de quién?, ¿de ti?, ¿de mí? Nosotros no tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El alma de un personaje de drama, de novela o de nivola no tiene más interior que el que le da...

––Sí, su autor.

––No, el lector.

––Pues yo te aseguro, Víctor...

––No asegures nada y devórate. Es lo seguro.

––Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o desahogarse; pero ahora, después de lo que me han hecho, después de lo que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real!

––¡Comedia!, ¡comedia!, ¡comedia!

––¡,Cómo?

––Sí, en la comedia entra el que se crea rey el que lo representa.

––Pero ¿qué te propones con todo esto?

––Distraerte. Y además, que si, como te decía, un nivolista oculto que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llegue a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco, como nosotros.

––Y eso ¿para qué?

––Para redimirle.

––Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...

––No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista.

––Y ¿qué es existir?

––¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa pregunta. ¡Ser o no ser, que dijo Hamlet, uno de los que inventaron a Shakespeare.

––Pues a mí, Víctor, eso de ser o no ser me ha parecido siempre una solemne vaciedad.

––Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay profundidad mayor que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de todo?

––Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy.»

––No, sino esto: A = A.

––Pero ¡eso no es nada!

––Y por lo mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra vaciedad de Descartes, ¿la crees tan incontrovertible?

––¡Y tanto...!

––Pues bien, ¿o dijo eso Descartes?

––¡Sí!

––Y no era verdad. Porque como Descartes no ha sido más que un ente ficticio, una invención de la historia, pues... ¡ni existió... ni pensó!

––Y ¿quién dijo eso?

––Eso no lo dijo nadie; eso se dijo ello mismo.

––Entonces, ¿el que era y pensaba era el pensamiento ese?

––¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que no piensa no es.

––¡Claro está!

––Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empeñas en pensar...

––¿Qué?

––¡Devórate!

––Es decir, ¿que me suicide...?

––En eso ya no me quiero meter. ¡Adiós!

Y se salió Víctor, dejando a Augusto perdido y confundido en sus cavilaciones.

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