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![]() I
No
recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se
conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su
primera infancia, pues sus dos sendas nodrizas se juntaban y
los juntaban cuando aún ellos no sabían hablar. Aprendió
cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así
vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi
más bien hermanos de crianza. En
sus paseos, en sus juegos, en sus otras amistades comunes
parecía dominar e iniciarlo todo Joaquín, el más
voluntarioso; pero era Abel quien, pareciendo ceder, hacía
la suya* siempre. Y es que le importaba más no obedecer que
mandar. Casi nunca reñían. " ¡Por mí, como tú
quieras! …, le decía Abel a Joaquín, y éste se
exasperaba a las veces porque con aquel " ¡como tú
quieras! ..." esquivaba las disputas. -
¡Nunca me dices que no! ... -exclamaba Joaquín. -¿Y para
qué? -respondía el otro. -Bueno,
éste no quiere que vayamos al Pinar -dijo una vez aquél,
cuando ambos compañeros se disponían a dar un paseo. -¿Yo?
¡Pues no he de quererlo! ... -exclamó Abel-. Sí, hombre,
sí; como tú quieras. ¡Vamos allá! -
¡No; como yo quiera, no! ¡Ya te he dicho otras veces que
no! ¡Como yo quiera, no! ¡Tú no quieres ir! -Que
sí, hombre... -Pues
entonces no lo quiero yo... -Ni yo tampoco... -Eso
no vale -gritó ya Joaquín-. ¡O con él o conmigo! Y todos
se fueron con Abel, dejándole a Joaquín solo. Al
comentar éste en su Confesión tal suceso de la infancia,
escribía: "Ya desde entonces era él simpático, no
sabía por qué, y antipático yo, sin que se me alcanzara
mejor la causa de ello, y me dejaban solo. Desde niño me
aislaron mis amigos". Durante
los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaquín
ere el empollón, el que iba a la caza de los premios, el
primero en las aulas, y el primero Abel fuera de ellas, en
el patio del Instituto, en la calle, en el campo, en los
novillos, entre los compañeros. Abel era el que hacía reír
con sus gracias, y, sobre todo, obtenía triunfos de aplauso
por las caricaturas que de los catedráticos hacía.
"Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más
listo... si se pusiera a estudiar..." Y este juicio común
de los compañeros, sabido por Joaquín, no hacía sino
envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de
descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro
campo; pero diciéndose: "¡Bah! , qué saben
ellos..." siguió fiel a su propio natural. Además,
por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y
donosura no lo conseguía. Sus chistes no eran reídos, y
pasaba por ser fundamentalmente serio. "Tú eres fúnebre
-solía decirle Federico Cuadrado-; tus chistes son chistes
de duelo." Concluyeron
ambos el bachillerato. Abel se dedicó a ser artista,
siguiendo el estudio de la pintura, y Joaquín se matriculó
en la Facultad de Medicina. Veíanse con frecuencia y
hablaba cada uno al otro de los progresos que en sus
respectivos estudios hacían, empeñándose Joaquín en
probarle a Abel que la Medicina era también un arte, y
hasta un arte bello, en que cabía inspiración poética.
Otras veces, en cambio, daba en menospreciar las bellas
artes, enervadoras del espíritu, exaltando la ciencia, que
es la que eleva, fortifica y ensancha el espíritu con la
verdad. -Pero
es que la Medicina tampoco es ciencia -le decía Abel-. No
es sino un arte, una práctica derivada de ciencias. -Es que
yo no he de dedicarme al oficio de curar enfermos -replicaba
Joaquín. -Oficio
muy honrado y muy útil... -añadía el otro. -Sí,
pero no para mí. Será todo lo honrado y todo lo útil que
quieras, pero detesto esa honradez y esa utilidad. Para
otros el hacer dinero tomando el pulso, mirando la lengua y
recetando cualquier cosa. Yo aspiro a más. -¿A
más? -Sí;
yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la
investigación científica. La gloria médica es de los que
descubrieron el secreto de alguna enfermedad y no de los que
aplicaron el descubrimiento con mayor o menor fortuna. -Me
gusta verte así, tan idealista. -Pues
qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, los
pintores, soñáis con la gloria? -Hombre,
nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa... -¿Que no?
¿Pues por qué, si no, te has dedicado a pintar? -Porque
si se acierta, es oficio que promete... -¿Que promete? -Vamos,
sí, que da dinero. -A
otro perro con ese hueso, Abel... Te conozco desde que
nacimos casi. A mí no me la das. Te conozco. -¿Y
he pretendido nunca engañarte? -No,
pero tú engañas sin pretenderlo. Con ese aire de no
importarte nada, de tomar la vida en juego, de dársete un
comino de todo, eres un terrible ambicioso... -¿Ambicioso
yo? -Sí,
ambicioso de gloria, de fama, de renombre... Lo fuiste
siempre, de nacimiento. Sólo que solapadamente. -Pero
ven acá, Joaquín, y dime: ¿te disputé nunca tus premios?
¿No fuiste tú siempre el primero en clase? ¿El chico que
promete? -Sí,
pero el gallito, el niño mimado de los compañeros, tú... -¿Y
qué iba yo a hacerle? ... -¿Me
querrás hacer creer que no buscabas esa especie de
popularidad? ... -Haberla
buscado tú... -¿Yo?
¿Yo? ¡Desprecio a la masa! -Bueno,
bueno; déjame de esas tonterías y cúrate de ellas. Mejor
será que me hables otra vez de tu novia. -¿Novia?
-Bueno, de esa tu primita que quieres que lo sea. Porque
Joaquín estaba queriendo forzar el corazón de su prima
Helena, y había puesto en su empeño amoroso todo el ahínco
de su ánimo reconcentrado y suspicaz. Y sus desahogos,
los inevitables y saludables desahogos de enamorado en
lucha, eran con su amigo Abel. ¡Y
lo que Helena le hacía sufrir! -Cada
vez la entiendo menos -solía decirle a Abel-. Esa muchacha
es para mí una esfinge... -Ya
sabes lo que decía Oscar Wilde, o quien fuese: que toda
mujer es una esfinge sin secreto. -Pues
Helena parece tenerlo. Debe de querer a otro, aunque éste
no lo sepa. Estoy seguro de que quiere a otro. -¿Y por qué? -De
otro modo no me explico su actitud conmigo... -Es
decir, que porque no quiere quererte a ti..., quererte para
novio, que como primo sí te querrá... -
¡No te burles! -Bueno,
pues porque no quiere quererte para novio, o, más claro,
para marido, ¿tiene que estar enamorada de otro? ¡Bonita lógica! -
¡Yo me entiendo! -Sí,
y también yo te entiendo. -¿Tú? -¿No
pretendes ser quien mejor me conoce? ¿Qué mucho, pues, que
yo pretenda conocerte? Nos conocimos a un tiempo. Te
digo que esa mujer me trae loco y me hará perder la
paciencia. Está jugando conmigo. Si me hubiera dicho desde
un principio que no, bien estaba, pero tenerme así,
diciendo que lo verá, que lo pensará... ¡Esas cosas no se
piensan..., coqueta! -Es
que te está estudiando. -¿Estudiándome
a mí? ¿Ella? ¿Qué tengo yo que estudiar? ¿Qué puede
ella estudiar? -¡Joaquín,
Joaquín; te estás rebajando y la estás rebajando! ...
¿O crees que no más verte y oírte y saber que la quieres
y ya debía rendírsete? -Sí,
siempre he sido antipático... -Vamos,
hombre, no te pongas así... -
¡Es que esa mujer está jugando conmigo! Es que no es noble
jugar así con un hombre como yo, franco, leal, abierto...
¡Pero si vieras qué hermosa está! ¡Y cuanto más fría y
más desdeñosa se pone, más hermosa! ¡Hay veces que no sé
si la quiero o la aborrezco más!... ¿Quieres que te
presente a ella? ... -Hombre,
si tú... -Bueno, os presentaré. -Y si ella quiere... -¿Qué? -Le
haré un retrato. - Hombre, sí! Mas
aquella noche durmió Joaquín mal rumiando lo del retrato,
pensando en que Abel Sánchez, el simpático sin proponérselo,
el mimado del favor ajeno, iba a retratar a Helena. ¿Qué
saldría de allí? ¿Encontraría también Helena, como sus
compañeros de ellos'", más simpático a Abel? Pensó
negarse a la presentación, mas como ya se lo había prometido... II
-¿Qué
tal te pareció mi prima? -le preguntó
Joaquín a Abel al día siguiente de habérsela
presentado y propuesto a ella, a Helena, lo del retrato, que
acogió alborozada de satisfacción. -Hombre,
¿quieres la verdad? -La
verdad siempre, Abel; si nos dijéramos siempre la verdad,
toda la verdad, esto sería el paraíso. -Sí,
y si se la dijera cada cual a sí mismo... - ¡Bueno, pues
la verdad! -La
verdad, es que tu prima y futura novia, acaso esposa,
Helena, me parece una pava real...; es decir, un pavo real
hembra... Ya me entiendes. -Sí,
te entiendo. -Como
no sé expresarme bien más que con el pincel... -Y
vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo
la rueda, acaso, con su cola llena de ojos, su cabecita... -¡Para
modelo, excelente! ¡Excelente, chico! ¡Qué ojos! ¡Qué
boca! Esa boca carnosa y a la vez fruncida..., esos ojos que
no miran... ¡Qué cuello! ¡Y sobre todo qué color de tez!
Si no te incomodas... -¿Incomodarme
yo? -Te
diré que tiene un color como de india brava, o mejor, de
fiera indómita. Hay algo, en el mejor sentido, de pantera
en ella. Y todo ello fríamente. -
¿Y tan fríamente! -Nada,
chico, que espero hacerte un retrato estupendo. -¿A mí? ¿Será
a ella? -No,
el retrato será para ti, aunque de ella. - ¡No, eso no; el
retrato será para ella! -Bien,
para los dos. Quién sabe... Acaso con él os una. -Vamos,
sí, que de retratista pasas a... -A
lo que quieras, Joaquín, a celestino, con tal que dejes de
sufrir así. Me duele verte de esa manera. Empezaron
las sesiones de pintura, reuniéndose los tres. Helena se
posaba en su asiento solemne y fría, henchida de desdén,
como una diosa llevada por el destino. "¿Puedo hablar?
", preguntó el primer día, y Abel le contestó:
"Sí, puede usted hablar y moverse; para mí es mejor
que hable y se mueva, porque así vive la fisonomía... Esto
no es fotografía y además no la quiero hecha
estatua..." Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose
poco y estudiando la postura. ¿Qué hablaba? Ellos no lo
sabían. Porque uno y otro no hacían sino devorarla con los
ojos; la veían, no la oían hablar. Y
ella hablaba, hablaba, por creer de buena educación no
estarse callada, y hablaba zahiriendo a Joaquín cuanto podía.
-¿Qué tal vas de clientela, primito? -le preguntaba. -¿Tanto
te importa eso? -¡Pues
no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme! ...
Figúrate... -No,
no me figuro. -Interesándote
tú tanto como por mí te interesas, no cumplo con menos que
con interesarme yo por ti. Y, además, quién sabe... -¿Quién
sabe qué? -Bueno,
dejen eso -interrumpió Abel-; no hacen sino regañar. -Es
lo natural -decía Helena- entre parientes... Y, además,
dicen que así se empieza. -¿Se
empieza qué? -preguntó Joaquín. -Eso
tú lo sabrás, primo, que tú has empezado. -
¡Lo que voy a hacer es acabar! -Hay
varios modos de acabar, primo. -Y varios de empezar. -Sin
duda. ¿Qué, me descompongo con este floreteo, Abel? -No,
no; todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da más
expresión a la mirada y al gesto. Pero... A
los dos días tuteábanse ya Abel y Helena; lo había
querido así Joaquín, que al tercer día faltó a una sesión. A
ver, a ver cómo va eso -dijo Helena, levantándose para ir
a ver el retrato. -¿Qué
te parece? -Yo
no entiendo, y además no soy quien mejor puede
saber si se me parece o no. -¿Qué?
¿No tienes espejo? ¿No te has mirado a él? -Sí,
pero... -¿Pero
qué? -Qué sé yo... -¿No
te encuentras bastante guapa en este espejo? -No
seas adulón. -Bien,
se lo preguntaremos a Joaquín. -No
me hables de él por favor. ¡Qué pelma! -Pues
de él he de hablarte. -Entonces
me marcho... -No,
y oye. Está muy mal lo que estás haciendo con ese
chico. -
¡Ah! ¿Pero ahora vienes a abogar por él? ¿Es esto del
retrato un achaque? -Mira,
Helena, no está bien que estés así, jugando con tu
primo. Él es algo, vamos, algo... -
¡Sí, insoportable! -No,
él es reconcentrado, altivo por dentro, terco, lleno de sí
mismo, pero es bueno, honrado a carta cabal, inteligente; le
espera un brillante porvenir en su carrera; te quiere con
delirio... --¿Y
si a pesar de todo eso no le quiero yo? -Pues debes entonces
desengañarle. --
¡Y poco que le he desengañado! Estoy harta de decirle que
me parece un buen chico, pero que por eso, porque me parece
un buen chico, un excelente primo -y no quiero hacer un
chiste-, por eso no le quiero para novio con lo que luego
viene. --Pues
él dice... -Si
él te ha dicho otra cosa no te ha dicho la verdad, Abel. ¿Es
que voy a despedirle y prohibirle que me hable siendo como
es mi primo? ¡Primo! ¡Qué gracia! -No
te burles así. -Si
es que no puedo... -Y
él sospecha más, y es que se empeña en creer que, puesto
que no quieres quererle a él, estás en secreto enamorada
de otro... -
¿Eso te ha dicho? -Sí,
eso me ha dicho. Helena
se mordió los labios, se ruborizó y calló un momento. -Sí,
eso me ha dicho -repitió Abel, descansando la diestra sobre
el tiento que apoyaba en el lienzo y mirando fijamente a
Helena, como queriendo adivinar el sentido de algún rasgo
de su cara. -Pues
si se empeña... -
¿Qué? -Que
acabará por conseguir que me enamore de algún otro... Aquella
tarde no pintó ya más Abel. Y salieron novios. III
El
éxito del retrato de Helena por Abel fue clamoroso. Siempre
había alguien contemplándolo frente al escaparate en que
fue expuesto. "Ya tenemos un gran pintor más",
decían. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en
que su retrato se exponía para oír los comentarios, y paseábase
por las calles de la ciudad como un inmortal retrato
viviente, como una obra de arte haciendo la rueda. ¿No había
acaso nacido para eso? Joaquín apenas dormía. -Está
peor que nunca -le dijo a Abel-. Ahora es cuando juega
conmigo. ¡Me va a matar! -
¡Naturalmente! Se siente ya belleza profesional... - ¡Sí,
la has inmortalizado! ¡Otra Joconda! -Pero
tú, como médico, puedes alargarle la vida... -O
acortársela. -No
te pongas así, trágico. -¿Y
qué voy a hacer, Abel, qué voy a hacer? ... -Tener
paciencia... -Además,
me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo
de que la creo enamorada de otro... -Fue
por hacer tu causa... -Por
hacer mi causa... Abel, Abel, tú estás de acuerdo con
ella..., vosotros me engañáis... -¿Engañarte?
¿En qué? ¿Te ha prometido algo? -¿Y
a ti? -¿Es
tu novia, acaso? -¿Y
es ya la tuya? Callóse
Abel, mudándosele la color. -¿Lo
ves? -exclamó Joaquín, balbuciente y tembloroso-. ¿Lo
ves? -¿El
qué? -¿Y
lo negarás ahora? ¿Tendrás cara para negármelo? -Pues
bien, Joaquín, somos amigos de antes de conocernos, casi
hermanos... -Y
al hermano, puñalada trapera, ¿no es eso? -No
te sulfures así; ten paciencia... -¿Paciencia?
¿Y qué es mi vida sino continua paciencia, continuo
padecer? ... Tú el simpático, tú el festejado, tú el
vencedor, tú el artista... Y yo... Lágrimas
que le reventaron en los ojos cortáronle la palabra. -¿Y
qué iba a hacer, Joaquín, qué querías que hiciese? ... -
¡No haberla solicitado, pues que la quería yo! -Pero
si ha sido ella, Joaquín, si ha sido ella... -Claro,
a ti, al artista, al afortunado, al favorito de la fortuna,
a ti son ellas las que te solicitan. Ya la tienes, pues... -Me
tiene ella, te digo. -Sí,
ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda...
Serás su pintor... La pintarás en todas posturas y en
todas formas, a todas las luces, vestida y sin vestir... -
¡Joaquín! -Y
así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros
vivan. Es decir, ¡vivirá, no! Porque Helena no vive; durará.
Durará como el mármol, de que es. Porque es de piedra, fría
y dura, fría y dura como tú. ¡Montón de carne! ... -No
te sulfures, te he dicho. -
¡Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de
sulfurarme! ¡Esto es una infamia, una canallada! Sintióse
abatido y calló, como si le faltaran palabras para la
violencia de su pasión. -Pero
ven acá, hombre -le dijo Abel, con su voz más dulce, que
era la más terrible-, y reflexiona. ¿Iba yo a hacer que te
quisiese si ella no quiere quererte? Para novio no le
eres... -Sí,
no soy simpático a nadie; nací condenado. -Te
juro, Joaquín. -
¡No jures! -Te
juro que si en mí solo consistiese, Helena sería tu novia,
y mañana tu mujer. Si pudiese cedértela... -Me
la venderías por un plato de lentejas, ¿no es eso? - ¡No,
vendértela, no! Te la cedería gratis y gozaría en veros
felices, pero... -Sí,
que ella no me quiere y te quiere a ti, ¿no es eso? -
¡Eso es! -Que
me rechaza a mí, que la buscaba, y te busca a ti, que la
rechazabas. -
¡Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido. -¡Qué
manera de darte postín! ¡Me das asco! -¿Postín? -Sí,
ser así, seducido, es más que ser seductor. ¡Pobre víctima!
Se pelean por ti las mujeres... -No
me saques de quicio, Joaquín... -¿A
ti? ¿Sacarte a ti de quicio? Te digo que esto es una
canallada, una infamia, un crimen... ¡Hemos acabado para
siempre! Y
luego, cambiando de tono, con lágrimas insondables en la
voz: -Ten
compasión de mí, Abel, ten compasión. Ve que todos me
miran de reojo, ve que todos son obstáculos para mí... tú
eres joven, afortunado, mimado; te sobran mujeres... Déjame
a Helena; mira que no sabré dirigirme a otra... Déjame a
Helena... -Pero
si yo te la dejo... -Haz
que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por
ella, que sin ella no viviré... -No
la conoces... -
¡Sí, os conozco! Pero, por Dios, júrame que no has de
casarte con ella... -¿Y
quién ha hablado de casamiento? -¿Ah,
entonces es por darme celos nada más? Si ella no es más
que una coqueta..., peor que una coqueta, una... -¡Cállate!
–rugió Abel. Y
fue tal el rugido, que Joaquín se quedó callado, mirándole. -Es
imposible, Joaquín; ¡contigo no se puede! ¡Eres
imposible! Y
Abel marchóse. "Pasé
una noche horrible -dejó escrito en su Confesión
Joaquín-, volviéndome a un lado y otro de la cama,
mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua
del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en
sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como
si se tratase de un drama o de una novela que iba
componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y
tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había
querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel
por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne
al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con
más furia que nunca. En alguna de las interminables
modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al
cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos
deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el día
y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión,
comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé
a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez
ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito
de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería darle
su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con
su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de
mi vida." IV
-Helena
-le decía Abel-, ¡eso de Joaquín me quita el sueño! ... -¿El
qué? -Cuando
le diga que vamos a casamos no sé lo que va a ser. Y eso
que parece ya tranquilo y como si se resignase a nuestras
relaciones... --
¡Sí, bonito es él para resignarse! -La
verdad es que esto no estuvo del todo bien. -¿Qué?
¿También tú? ¿Es que vamos a ser las mujeres como
bestias, que se dan y prestan y alquilan y venden? -No,
pero... -¿Pero
qué? -Que
fue él quien me presentó a ti, para que te hiciera el
retrato, y me aproveché... -
¡Y bien aprovechado! ¿Estaba yo acaso comprometida con él?
¡Y aunque lo hubiese estado! Cada cual va a lo suyo. -Sí,
pero... -¿Qué?
¿Te pesa? Pues por mí... Aunque si aun me dejases ahora,
ahora que estoy comprometida y todos saben que eres mi novio
oficial y que me vas a pedir un día de éstos, no por eso
buscaría a Joaquín, ¡no! ¡Menos que nunca! Me sobrarían
pretendientes, así, como los dedos de las manos -y
levantaba sus dos largas manos de ahusados dedos, aquellas
manos que con tanto amor pintara Abel, y sacudía los dedos,
como si revolotearan. Abel
le cogió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a
la boca y las besó alargadamente. Y luego a ella en la
boca... - ¡Estate quieto, Abel! -Tienes
razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando
en lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaquín... -¿Pobre?
¡No es más que un envidioso! -Pero
hay envidias, Helena... -
¡Que se fastidie! Y
después de una pausa llena de negro silencio: -Por
supuesto, le convidaremos a 1a boda... -
¡Helena! -¿Y
qué mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo; a él
debemos el habernos conocido. Y si no le convidas tú, le
convidaré yo. ¿Que no va? ¡Mejor! ¿Que va? ¡Mejor que
mejor! V
Al
anunciar Abel a Joaquín su casamiento, éste dijo: -Así
tenía que ser. Tal para cual. -Pero
bien comprendes... -Sí,
lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo
comprendo, está bien que seáis felices... Yo no lo podré
ser ya... -Pero,
Joaquín, por Dios, por lo que más quieras... -Basta
y no hablemos más de ello. Haz feliz a Helena y que ella te
haga feliz... Os he perdonado ya... -¿De
veras? -Sí,
de veras. Quiero perdonaros. Me buscaré mi vida. -Entonces
me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre... -Y
en el de ella, ¿eh? -Sí,
en el de ella también. -Lo
comprendo. Iré a realzar vuestra dicha. Iré. Como
regalo de boda mandó Joaquín a Abel un par de magníficas
pistolas damasquinadas; como para un artista. -Son
para que te pegues un tiro cuando te canses de mí -le dijo
Helena a su futuro marido. -
¡Qué cosas tienes, mujer! -Quién
sabe sus intenciones... Se pasa la vida tramándolas... "En
los días que siguieron a aquel en que me dijo que se
casaban -escribió en su Confesión Joaquín- sentí como si
el alma toda se me helase. Y el hielo me apretaba el corazón.
Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a
Helena, y, sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frío
cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había
empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se
me había clavado en el alma; era, más bien, mi alma toda
congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo
veía todo a su través con una claridad perfecta. Me daba
acabada cuenta de que razón, lo que se llama razón, eran
ellos los que la tenían; que yo no podría alegar derecho
alguno sobre ella; que no se debe ni se puede forzar el
afecto de una mujer; que, pues se querían, debían unirse.
Pero sentía también confusamente que fui yo quien les llevó,
no sólo a conocerse, sino a quererse; que fue por desprecio
a mí por lo que se entendieron; que en la resolución de
Helena entraba por mucho el hacerme rabiar y sufrir, el
darme dentera, el rebajarme a Abel, y en la de éste el
soberano egoísmo, que nunca le dejó sentir el sufrimiento
ajeno. Ingenuamente, sencillamente, no se daba cuenta de que
existieran otros. Los demás éramos para él, a lo sumo,
modelos para sus cuadros. No sabía ni odiar; tan lleno de sí
vivía. "Fui
a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado
en hielo agrio, pero sobrecogido de un mortal terror,
temiendo que, al oír el sí de ellos, el hielo se me
resquebrajara y, hendido el corazón, quedase allí muerto o
imbécil. Fui a ella como quien va a la muerte. Y lo que me
ocurrió fue más mortal que la muerte misma; fue peor,
mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese entonces muerto
allí. "Ella
estaba hermosísima. Cuando me saludó sentí que una espada
de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a
la cual aún era tibio el mío, me lo atravesaba; era la
sonrisa insolente de su compasión. ¡Gracias!
-me dijo, y entendí: ¡Pobre Joaquín! Él, Abel, él
ni sé si me vio. Comprendo tu sacrificio -me dijo, por no
callarse--. No, no hay tal -le repliqué- te dije que vendría
y vengo; ya ves que soy razonable; no podía faltar a mi
amigo de siempre, a mi hermano: Debió de parecerle
interesante mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allí
el convidado de piedra. "Al
acercarse el momento fatal yo contaba los segundos. `¡Dentro
de poco -me decía- ha terminado para mí todo!' Creo que se
me paró el corazón. Oí claros y distintos los dos sis, el
de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo. Y quedé
más frío que antes, sin un sobresalto, sin una palpitación,
como si nada que me tocase hubiese oído. Y ello me llenó
de infernal terror a mí mismo. Me sentí peor que un
monstruo, me sentí como si no existiera, como si no fuese
nada más que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegué
a palparme la carne, a pellizcármela, a tomarme el pulso.
¿Pero estoy vivo? ¿Y soy yo? -me dije. "No
quiero recordar todo lo que sucedió aquel día. Se
despidieron de mí y fuéronse a su viaje de luna de miel.
Yo me hundí en mis libros, en mi estudio, en mi clientela,
que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dio
aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento en mí
mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el
estudio, no ya consuelo -consuelo, ni lo necesitaba ni lo
quería-, sino apoyo para una ambición inmensa. Tenía que
aplastar, con la fama de mi nombre, la fama ya incipiente de
Abel; mis descubrimientos científicos, obra de arte, de
verdadera poesía, tenían que hacer sombra a sus cuadros.
Tenía que llegar a comprender un día Helena que era yo, el
médico, el antipático, quien habría de darle aureola de
gloria, y no él, no el pintor. Me hundí en el estudio. ¡Hasta
llegué a creer que los olvidaría! ¡Quise hacer de la
ciencia un narcótico y a la vez un estimulante! "
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