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CAPÍTULO
V Una
tarde en que sentada junto junto a la ventana abierta
acababa de ver a Lestiboudis, el sacristán, que estaba
podando el boj, oyó de pronto tocar al Ángelus. Era
a principios de abril, cuando abren las primaveras; un aire
tibio circulaba sobre los bancales labrados, y los jardines,
como mujeres, parecían componerse para las fiestas de
verano. Por los barrotes del cenador y más allá todo
alrededor se veía el río en la pradera dibujando sobre la
hierba sinuosidades vagabundas. El vapor de la tarde pasaba
entre los álamos sin hojas, difuminando sus contornos con
un tueste violeta, más pálido y más transparente que una
gasa sutil, prendida de sus ramas. A lo lejos, caminaban
unas reses, no se oían ni sus pasos, ni sus mugidos; y la
campana, que seguía sonando, propagaba por los aires su
lamento pacífico. Ante
aquel tañido repetido, el pensamiento de la joven se perdía
en sus viejos recuerdos de juventud y de internado. Recordó
los grandes candelabros que se destacaban en el altar sobre
los jarrones llenos de flores, y el sagrario de columnitas.
Hubiera querido, como antaño, confundirse en la larga fila
de velos blancos, que marcaban de negro acá y allá las
tocas rígidas de las hermanitas inclinadas en sus reclinatorios;
los domingos, en la misa, cuando levantaba la cabeza, percibía
el dulce rostro de la Virgen entre los remolinos azulados
del incienso que subía. Entonces la sobrecogió un
sentimiento de ternura; se sintió languidecer y
completamente abandonada, como una pluma de ave que gira en
la tormenta; a instintivamente se encaminó hacia la
iglesia, dispuesta a cualquier devoción, con tal de
entregarse a ella con toda el alma y de olvidarse por
completo de su existencia. Encontró
en la plaza a Lestiboudis que volvía de la iglesia, pues,
para no perder el tiempo, prefería interrumpir su tarea,
después continuarla, de modo que tocaba al Ángelus
cuando le convenía. Además, adelantando el toque,
recordaba a los chiquillos la hora del catecismo. Algunos
que ya habían llegado jugaban a las bolas sobre las losas
del cementerio. Otros, a caballo sobre la tapia, movían sus
piernas, segando con sus zuecos las grandes ortigas que crecían
entre el pequeño recinto y las últimas tumbas. Era el único
lugar verde; todo lo demás no era más que piedras, y
estaba siempre cubierto de un polvo fino, a pesar de la
escoba de la sacristía. Los
niños en zapatillas corrían allí como sobre un entarimado
hecho para ellos, y se oían sus gritos a través del
resonar de las campanas. Su eco disminuía con las
oscilaciones de la gruesa cuerda que, cayendo de las alturas
del campanario, arrastraba su punta por el suelo. Pasaban
unas golondrinas dando pequeños gritos, cortando el aire
con su vuelo, y volvían raudas a sus nidos amarillos bajo
las tejas del alero. En el fondo de la iglesia ardía una lámpara,
es decir, una mecha de mariposa en un vaso colgado. Su luz,
de lejos, parecía una mancha blanquecina que temblaba en el
aceite. Un largo rayo de sol atravesaba toda la nave y
oscurecía más las naves laterales y los rincones. -¿Dónde
está el cura? -preguntó Madame Bovary a un chiquillo que
se entretenía en sacudir el torniquete de la puerta en su
agujero demasiado holgado. -Vendrá
enseguida -respondió. En
efecto, la puerta de la casa rectoral rechinó, apareció el
padre Bournisien, los niños escaparon en pelotón a la
iglesia. -¡Esos
granujas! -murmuró el eclesiástico-, siempre igual. Y
recogiendo un catecismo todo hecho trizas que acababa de
pisar: -¡Ésos
no respetan nada! Pero,
tan pronto vio a Madame Bovary, dijo. -Perdón,
no la reconocía. Metió
el catecismo en el bolsillo y se paró mientras seguía
moviendo entre dos dedos la pesada llave de la sacristía. El
resplandor del sol poniente que le daba de lleno en la cara
palidecía la tela de su sotana, brillante en los codos,
deshilachada por abajo. Manchas de grasa y de tabaco seguían
sobre su ancho pecho la línea de los pequeños botones, y
aumentaban al alejarse de su alzacuello, en el que
descansaban los pliegues abundantes de su piel roja; estaba
salpicada de manchas amarillas que desaparecían entre los
nudos de la barba entrecana. Acababa de cenar y respiraba
ruidosamente. -¿Cómo
está usted? -le preguntó él. -Mal
-contesto Emma ; no me encuentro bien. -Bueno,
yo tampoco -replicó el eclesiástico-. Estos primeros
calores, ¿verdad?, le dejan a uno aplanado de una manera
extraña. ¿En fin, qué quiere usted? Hemos nacido para
sufrir, como dice San Pablo. Pero, ¿qué piensa de esto el
señor Bovary? -¡Él!
-exclamó Emma con un gesto de desdén. -¡Cómo!
-replicó el buen hombre muy extrañado-, ¿no le receta
algo? -¡Ah!,
no son las medicinas de la tierra lo que necesitaría. Pero
el cura, de vez en cuando, echaba una ojeada a la iglesia
donde todos los chiquillos arrodillados se empujaban con el
hombro y caían como castillos de naipes. -Quisiera
saber... -continuó Emma. -¡Aguarda,
aguarda, Riboudet -gritó el eclesiástico con voz
enfadada-, te voy a calentar las orejas, tunante! Después,
volviéndose a Emma: -Es
el hijo de Boudet, el encofrador; sus padres son acomodados
y le consienten hacer sus caprichos. Sin embargo, aprendería
pronto si quisiera, porque es muy inteligente. Y yo a veces,
de broma, le llamo Riboudet, como la cuesta que se toma para
ir a Maromme, a incluso le digo: mont
Riboudet. ¡Ah!
¡Ah! ¡Mont Riboudet! El
otro día le conté esto a monseñor, y se rió... se dignó
reírse. Y el señor Bovary, ¿cómo está? Ella
parecía no oír. El cura continuó: -Sigue
muy ocupado, sin duda. Porque él y yo somos ciertamente las
dos personas de la parroquia que más trabajo tenemos. Pero
él es el médico de los cuerpos, añadió con una risotada,
y yo lo soy de las almas. -Sí...
-dijo-, usted alivia todas las penas. -¡Ah,
no me hable, Madame Bovary! Esta misma mañana, tuve que ir
a Bas-Dauville para una vaca que tenía la hinchazón; creían
que era un maleficio. Todas sus vacas, no sé cómo... Pero,
¡perdón! ¡Longuemarre y Bondet!, ¡demonios! Haced el
favor de terminar. ¿Queréis estaros quietos de una vez? Y,
de un salto, se presentó en la iglesia. Los
chiquillos, entonces, se apretaban alrededor del gran atril,
se subían al entarimado del chantre, abrían el misal; y
otros, de puntillas iban a meterse en el confesonario. Pero
el cura, de pronto, repartió entre todos una granizada de
bofetadas. Agarrándolos por el cuello de la chaqueta, los
levantaba del suelo y los volvía a poner de rodillas sobre
el pavimento del coro, con fuerza, como si hubiera querido
plantarlos allí. -Mire
usted -dijo volviendo junto a Emma, y desdoblando su gran pañuelo
de algodón, una de cuyas puntas metió entre sus dientes-,
¡los labradores son dignos de lástima! -Hay
otros -replicó ella. -Sin
duda, los de las ciudades, por ejemplo. -No
son ellos... -¡Perdóneme!,
he conocido allí a pobres madres de familia, mujeres
virtuosas, se lo aseguro, verdaderas santas, que ni siquiera
tenían para pan. -Pero,
señor cura -replicó Emma, retorciendo las comisuras de los
labios al hablar-, de las que tienen pan, y no tienen... -Para
calentarse en invierno -dijo el cura. -¡Bah!,
¿qué importa eso? -¿Cómo
qué importa? A mí me parece que cuando se está bien
caliente, bien alimentado, pues en fin... -¡Dios
mío! ¡Dios mío! -suspiraba Emma. -¿Se
encuentra mal¿ -dijo el cura, adelantándose con aire
preocupado-; ¿la digestión, tal vez? Tiene que volver a
casa, Madame Bovary, tomar un poco de té; eso la pondrá
bien, o un vaso de agua fresca con azúcar terciado. -¿Por
qué? Y
Emma parecía que se despertaba de un sueño. -Como
se pasaba la mano por la frente, creí que le daba un mareo. Luego
cambiando de tema: -Pero
¿me preguntaba usted algo? ¿Qué era? Ya no me acuerdo. -¿Yo?
Nada..., nada... -repetía Emma. Y
su mirada, que dirigía a todo su alrededor, se paró
lentamente en el anciano de sotana. Los dos se miraban,
frente a frente, sin hablar. -Entonces,
Madame Bovary -dijo por fin el cura-, discúlpeme, pero ante
todo, el deber, ya sabe usted; tengo que atender a mis
granujillas. Ya se acercan las primeras comuniones. ¡Nos
cogerán otra vez de sorpresa, me lo estoy temiendo! ¡Por
eso, a partir de la Ascensión, los tengo aquí puntuales
una hora más! ¡Pobres niños!, nunca sería demasiado
pronto para llevarlos por el camino del Señor, como además
nos lo recomendó El mismo por boca de su divino Hijo...
Usted lo pase bien, señora; ¡saludos a su marido! Y
entró en la iglesia, haciendo una genuflexión desde la
puerta. Emma
lo vio desaparecer entre la doble fila de bancos, con pesado
andar, la cabeza un poco torcida, y con las dos grandes
manos entreabiertas hacia afuera. Después,
giró rápidamente sobre sus talones, rígido como una
estatua sobre su soporte, y se encaminó hacia su casa. Pero
le llegaban todavía al oído y le seguían la gruesa voz
del cura y las claras voces de los chiquillos. -¿Sois
cristianos? -Sí,
soy cristiano. -¿Qué
es un cristiano? -Es
aquel que, estando bautizado..., bautizado..., bautizado. Emma
subió los peldaños de la escalera, y cuando llegó a su
habitación, se dejó caer en un sillón. La
luz blanquecina de los cristales bajaba suavemente con
ondulaciones. Los muebles en su sitio parecían haberse
vuelto más inmóviles y perdidos en la sombra como en un océano
tenebroso. La chimenea estaba , pagada, el péndulo seguía
oscilando, y Emma se quedaba pasmada ante la calma de las
cosas, mientras que dentro de ella se producían tantas
conmociones. Pero entre la ventana y la mesa de labor estaba
la pequeña Berta, tambaleándose sobre sus botines de punto
y tratando de acercarse a su madre para cogerle las cintas
de su delantal. -¡Déjame!
-le dijo apartándola con la mano. La
niña se acercó todavía más a sus rodillas y apoyando en
ellas sus brazos, la miraba con sus grandes ojos azules
mientras que un hilo de saliva pura caía de su labio sobre
el delantal de seda. -¡Déjame!
-repitió Emma muy enfadada. Su
cara asustó a la niña, que empezó a gritar. -Bueno,
¡déjame ya! -le dijo, empujándola con el codo. Berta
fue a caer al pie de la cómoda contra la percha de cobre;
se hizo un corte en la mejilla, y empezó a sangrar. Madame
Bovary corrió a levantarla, rompió el cordón de la
campana, llamó a la criada con todas sus fuerzas, ya iba a
empezar a maldecirse cuando apareció Carlos. Era la hora de
la cena, él regresaba. -Mira,
querido -le dijo Emma con voz tranquila-: ahí tienes a la
niña que, jugando, acaba de lastimarse en el suelo. Carlos
la tranquilizó, la cosa no era grave, y fue a buscar
diaquilón. Madame
Bovary no bajó al comedor; quiso quedarse sola cuidando a
su hija. Entonces, mirando cómo dormía, la preocupación
que le quedaba fue poco a poco desapareciendo, y le pareció
que era muy tonta y muy buena por haberse alterado hacía
poco, por tan poca cosa. En efecto, Berta ya no sollozaba.
Su respiración ahora levantaba insensiblemente la colcha de
algodón. Unos
lagrimones quedaban en los bordes de sus párpados
entreabiertos, que dejaban ver entre las pestañas dos
pupilas pálidas, hundidas; el esparadrapo, pegado en su
mejilla, estiraba oblicuamente su piel tensa. -¡Es
una cosa extraña! -pensaba Emma-, ¡qué fea es esta niña! Cuando
Carlos, a las once de la noche, volvió de la farmacia
adonde había ido después de la cena, para devolver lo que
sobraba del diaquilón, encontró a su mujer de pie al lado
de la cuna. -Te
digo que esto no es nada -le dijo besándola en la frente-;
¡no te preocupes, querida, te pondrás enferma! Se
había quedado mucho tiempo en la botica. Aunque no se
hubiese mostrado muy afectado, el señor Homais, sin
embargo, se había esforzado en darle ánimos y subirle la
moral. Hablaron entonces de los peligros diversos que
amenazaban a la infancia y del descuido de las criadas. La
señora Homais sabía algo de eso, pues aún conservaba
sobre el pecho las huellas de una escudilla de brasas que
una cocinera hacía tiempo le había dejado caer sobre la
blusa. Por eso, estos buenos padres tomaban tantas
precauciones. Los cuchillos nunca estaban afilados ni los
pisos encerados. En las ventanas había rejas de hierro y en
los marcos, fuertes barras. Los pequeños Homais, a pesar de
su independencia, no podían moverse sin un vigilante detrás
de ellos; al menor catarro, su padre les atiborraba de
jarabes, y hasta que tenían más de cuatro años llevaban
todos inexorablemente unas chichoneras acolchadas. Era, es
cierto, una manía de la señora Homais; su esposo estaba
interiormente preocupado por esto, temiendo los efectos que
semejante opresión podría tener sobre los órganos del
intelecto, y llegó a decirle: -¿Pretendes
hacer de ellos unos Caribes o unos Bocotudos? Carlos,
por su parte, había intentado varias veces interrumpir la
conversación. -Tengo
que hablar con usted -le dijo al oído al pasante, que empezó
a caminar delante de él por la escalera. -¿Se
sospechará algo? -se preguntaba León. El corazón le latía
apresuradamente y se perdía en conjeturas. Por
fin, Carlos, habiendo cerrado la puerta, le rogó que se
enterase en Rouen de lo que podía costar un buen
daguerrotipo; era una sorpresa sentimental que reservaba a
su mujer, una atención fina, su retrato en traje negro.
Pero antes quería saber a qué atenerse; estas gestiones no
debían de molestar a León, puesto que iba a la ciudad casi
todas las semanas. ¿A
qué iba? Homais sospechaba a este propósito alguna
aventura de joven, una intriga. Pero se equivocaba; León no
buscaba ningún amorío. Estaba más triste que nunca, y la
señora Lefrancois se daba bien cuenta de ello por la
cantidad de comida que ahora dejaba en el plato. Para saber
algo más, preguntó al recaudador; Binet contestó en tono
altanero, que él no estaba pagado por la policía. Su
compañero, sin embargo, le parecía muy raro, pues a menudo
León se tumbaba en su silla abriendo los brazos, y se
quejaba vagamente de la existencia. -Es
que usted no se distrae suficientemente -decía el
recaudador. -¿Y
cómo? -Yo,
en su lugar, tendría un torno. -Pero
yo no sé tornear -respondía el pasante. -¡Oh!,
¡es cierto! -decía el otro acariciando la mandíbula, con
un aire de desdén mezclado de satisfacción. León
estaba cansado de amar sin resultado; después comenzaba a
sentir ese agobio que causa la repetición de la misma vida,
cuando ningún interés la dirige ni la sostiene ninguna
esperanza. Estaba tan harto de Yonville y de sus habitantes,
que ver a cierta gente, ciertas casas, le irritaba hasta más
no poder; y el farmacéutico, con lo buena persona que era,
se le hacía totalmente insoportable. Sin embargo, la
perspectiva de una situación nueva le asustaba tanto como
le seducía. Esta
aprensión se convirtió pronto en impaciencia, y París
entonces agitó para él, en la lejanía, la fanfarria de
sus bailes de máscaras con la risa de sus modistillas.
Puesto que debía terminar sus estudios de Derecho, ¿por qué
no se iba?, ¿quién se lo impedía? Empezó a hacer
mentalmente los preparativos: dispuso de antemano sus
ocupaciones. Se amuebló, en su cabeza, un piso. Allí
llevaría una vida de artista. ¡Tomaría lecciones de
guitarra! ¡Tendría una bata de casa, una boina vasca,
zapatillas de terciopelo azul! E incluso contemplaba en su
chimenea dos floretes en forma de aspa, con calavera y la
guitarra por encima. Lo
difícil era el consentimiento de su madre; sin embargo,
nada parecía más razonable. Su mismo patrón le aconsejaba
visitar otro estudio de notario donde pudiese completar su
formación. Tomando, pues, una decisión intermedia, León
buscó un empleo de oficial segundo en Rouen, pero no lo
encontró, y por fin escribió a su madre una larga carta
detallada, en la que le exponía las razones de ir a vivir a
París inmediatamente. Ella dio su consentimiento. León
no se dio prisa. Cada día, durante todo un mes, Hivert le
transportó de Yonville a Rouen, de Rouen a Yonville, baúles,
maletas, paquetes; y, cuando León hubo repuesto su
guardarropa, rellenado sus tres butacas, comprado una
provisión de pañuelos de cuello, en una palabra, hecho más
preparativos que para un viaje alrededor del mundo, fue
aplazándolo de una semana para otra, hasta que recibió una
segunda carta de su madre en la que le daba prisa para
marchar, puesto que él deseaba pasar su examen antes de las
vacaciones. Cuando
llegó el momento de las despedidas, la señora Homais lloró;
Justino sollozaba; Homais, como hombre fuerte, disimuló su
emoción, quiso él mismo llevar el abrigo de su amigo hasta
la verja del notario, quien llevaba a León a Rouen en su
coche. Éste
último tenía el tiempo justo de decir adiós al señor
Bovary. Cuando
llegó a lo alto de la escalera, se paró porque le faltaba
el aliento. Al verle entrar, Madame Bovary se levantó con
presteza. -¡Soy
yo otra vez! -dijo León. -¡Estaba
segura! Emma
se mordió los labios, y una oleada de sangre le corrió
bajo la piel, que se volvió completamente sonrosada, desde
la raíz de los cabellos hasta el borde de su cuello de
encaje. Permanecía de pie, apoyando el hombro en el zócalo
de madera. -¿No
está el señor? -dijo él. -Está
ausente. -Está
ausente -repitió. Entonces
hubo un silencio. Se miraron; y sus pensamientos,
confundidos en la misma angustia, se apretaban
estrechamente, como dos pechos palpitantes. -Me
gustaría besar a Berta -dijo León. Emma
bajó algunos escalones y llamó a Felicidad. Él
echó rápidamente una amplia ojeada a su alrededor, que se
extendió a las paredes, a las estanterías, a la chimenea,
como para penetrarlo todo, llevarlo todo. Pero
ella volvió, y la criada trajo a Berta, que agitaba un
molinillo de viento atado a un hilo, con la cabeza abajo. León
la besó en el cuello varias veces. -¡Adiós!,
¡pobre niña!, ¡adiós, querida pequeña, adiós! Y
se la devolvió a su madre. -Llévesela
-dijo ésta. Se
quedaron solos, Madame Bovary, de espaldas, con la cara
pegada a un cristal de la ventana; León tenía su gorra en
la mano y la golpeaba suavemente a lo largo de su muslo. -Va
a llover -dijo Emma. -¡Ah!,
tengo un abrigo -dijo él. Ella
se volvió, barbilla baja y la frente hacia adelante. La luz
le resbalaba como sobre un mármol, hasta la curva de las
cejas, sin que se pudiese saber lo que miraba. Emma miraba
en el horizonte sin saber lo que pensaba en el fondo de sí
misma. -¡Adiós!
-suspiró él. Emma
levantó la cabeza con un movimiento brusco: -Sí,
adiós..., ¡márchese! Se
adelantaron el uno hacia el otro; él tendió la mano, ella
vaciló. -A
la inglesa, pues -dijo Emma abandonando la suya, y esforzándose
por reír. León
la sintió entre sus dedos, y la sustancia misma de todo su
ser le parecía concentrarse en aquella palma de la mano húmeda. Después
abrió la mano; sus miradas volvieron a encontrarse, y
desapareció. Cuando
llegó a la plaza del mercado, se detuvo, y se escondió
detrás de un pilar, a fin de contemplar por última vez
aquella casa blanca con sus cuatro celosías verdes. Creyó
ver una sombra detrás de la ventana, en la habitación;
pero la cortina, separándose del alzapaño como si nadie la
tocara, movió lentamente sus largos pliegues oblicuos, que
de un solo salto, se extendieron todos y quedó recta, más
inmóvil que una pared de yeso. León echó a correr. Percibió
de lejos, en la carretera, el cabriolé de su patrón y, al
lado, a un hombre con delantal que sostenía el caballo.
Homais y el señor Guillaumin charlaban entre sí. -Abráceme
-dijo el boticario con lágrimas en los ojos-. Tome su
abrigo, mi buen amigo; tenga cuidado con el frío. ¡Cuídese,
mire por su salud! -¡Vamos,
León, al coche! -dijo el notario. Homais
se inclinó sobre el guardabarros y con una voz entrecortada
por los sollozos, dejó caer estas dos palabras tristes: -¡Buen
viaje! -Buenas
tardes, respondió el señor Guillaumin. ¡Afloje las
riendas! Arrancaron
y Homais se volvió. Madame
Bovary había abierto la ventana que daba al jardín, y
miraba las nubes. Se
amontonaban al poniente del lado de Rouen, y rodaban rápidas
sus volutas negras, de las que se destacaban por detrás las
grandes líneas del sol como las flechas de oro de un trofeo
suspendido, mientras que el resto del cielo vacío tenía la
blancura de una porcelana. Pero una ráfaga de viento hizo
doblegarse a los álamos, y de pronto empezó a llover; las
gotas crepitaban sobre las hojas verdes. Después, reapareció
el sol, cantaron las gallinas, los gorriones batían sus
alas en los matorrales húmedos y los charcos de agua sobre
la arena arrastraban en su curso las flores rosa de ,una
acacia. -¡Ah!,
¡qué lejos debe estar ya! -pensó ella. El
señor Homais, como de costumbre, vino a las seis y media,
durante la cena. -Bueno
-dijo sentándose--, ¿así es que acabamos de embarcar a
nuestro joven? -¡Eso
parece! -respondió el médico. Después,
volviéndose en su silla: -¿Y
qué hay de nuevo por su casa? -Poca
cosa. Únicamente que mi mujer esta tarde ha estado un poco
emocionada. Ya sabe, a las mujeres cualquier cosa les
impresiona, ¡y a la mía sobre todo!, y no deberíamos ir
en contra de ello, ya que su organización nerviosa es mucho
más maleable que la nuestra. -¡Ese
pobre León! -decía Carlos-. ¿Cómo va a vivir a París?
¿Se acostumbrará allí? Madame
Bovary suspiró. -Ya
lo creo -dijo el farmacéutico, chasqueando la lengua-, los
platos finos en los restaurantes, los bailes de máscaras,
el champán, todo eso va a rodar, se lo aseguro. -No
creo que se eche a perder -objetó Bovary. -¡Ni
yo! -replicó vivamente el señor Homais-, aunque tendrá,
no obstante, que alternar con los demás, si no quiere pasar
por un jesuita; y no sabe usted la vida que llevan aquellos
juerguistas en el barrio latino con las actrices. Por lo demás,
los estudiantes están muy bien vistos en París. Por poco
simpáticos que sean, los reciben en los círculos a incluso
hay señoras del Faubourg Saint Germain que se enamoran de
ellos, lo cual les proporciona luego ocasiones de hacer muy
buenas bodas. -Pero
-dijo el médico-, temo que él... allá... -Tiene
usted razón -interrumpió el boticario-; es el reverso de
la medalla y es preciso tener continuamente la mano puesta
sobre la cartera. Así, por ejemplo, está usted en un jardín
público, supongamos que se le presenta un individuo, bien
puesto, incluso condecorado, a quien podría tomar por un
diplomático; le aborda; empiezan a hablar; se le insinúa,
le invita a una toma de rapé o le recoge su sombrero. Luego
intiman más, le lleva al café, le invita a su casa de
campo, entre dos copas le presenta a toda clase de
conocidos, y las tres cuartas partes de las veces no es más
que para robarle su bolsa o para llevarle por malos pasos. -Es
cierto -respondió Carlos-; pero yo pensaba sobre todo en
las enfermedades, en la fiebre tifoidea, por ejemplo, que
ataca a los estudiantes de provincias. Emma
se estremeció. -A
causa del cambio de régimen de vida -continuó el farmacéutico-,
y del trastorno resultante en la economía general. Y además,
el agua de París, ¿comprende usted?, las comidas de los
restaurantes, todos esos alimentos condimentados acaban por
calentar la sangre y no valen, digan lo que digan, un buen
puchero. Por mi parte, siempre he preferido la cocina
casera: ¡es más sana! Por eso, cuando estudiaba farmacia
en Rouen, vivía en una pensión; comía con los profesores. Y
continuó exponiendo sus opiniones generales y sus simpatías
personales, hasta el momento en que Justino vino a buscarlo
para una yema mejida que había que preparar. -¡Ni
un instante de descanso! -exclamó-, siempre en el tajo. ¡No
puedo salir un minuto! ¡Como un caballo de tiro, hay que
sudar tinta! ¡Qué calvario! Después,
ya en el umbral, dijo: -A
propósito, ¿saben la noticia? -¿Qué
noticia? -Que
es muy probable -replicó Homais levantando sus cejas y
adoptando un tono muy serio-, que la exposición agrícola
del Sena Inferior se celebre este año en Yonville l'Abbaye.
Al menos circula el rumor. Esta mañana el periódico
insinuaba algo de esto. Sería muy importante para nuestro
distrito. Pero ya hablaremos de esto. Muchas gracias, ya
veo; Justino tiene el farol.
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