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CAPÍTULO
IX Pasaron
seis semanas. Rodolfo no volvió. Por fin, una tarde apareció.
Se había dicho, al día siguiente de los comicios: «No
volvamos tan pronto, sería un error.» Y
al final de la semana se fue de caza. Después de la cacería,
pensó que era demasiado tarde, luego se hizo este
razonamiento: «Pero
si desde el primer día me ha amado, por la impaciencia de
volver a verme, tiene que quererme más. Sigamos, pues.» Y
comprendió que había calculado bien cuando, al entrar en
la sala, vio que Emma palidecía. Estaba
sola. Anochecía. Los visillos de muselina, a lo largo de
los cristales, oscurecían la luz del crepúsculo, y el
dorado del barómetro, sobre el que daba un rayo de sol,
proyectaba luces en el espejo, entre los festones del polípero. Rodolfo
permaneció de pie, y Emma apenas contestó a sus primeras
frases de cortesía. -Yo
--dijo- he tenido ocupaciones. He estado enfermo. -¿Grave?
-exclamó ella. -¡Bueno
-dijo Rodolfo sentándose a su lado sobre un taburete-, no!
... Es que no he querido volver. -¿Por
qué? -¿No
adivina usted? La
volvió a mirar, pero de un modo tan violento que ella bajó
la cabeza sonrojándose. Rodolfo continuó. -¡Emma! -¡Señor!
--dijo ella, separándose un poco. -¡Ah!,
ya ve usted -replicó él con voz melancólica- que yo tenía
razón de no querer volver; pues este nombre este nombre que
llena mi alma y que se me ha escapado, usted me lo prohíbe,
¡Madame Bovary! ...¡Eh!, ¡todo el mundo la llama así!...
Ese no es su nombre, además; ¡es el nombre de otro! Y
repitió: -¡De
otro! Y
se ocultó la cara entre las manos. -¡Sí,
pienso en usted continuamente!... Su recuerdo me desespera
¡Ah!, ¡perdón!... La dejo... ¡Adiós!... ¡Me iré
lejos, tan lejos que usted ya no volverá a oír hablar de mí!
Y sin embargo..., hoy..., ¡no sé qué fuerza me ha
empujado de nuevo hacia usted! ¡Pues no se lucha contra el
cielo, no se resiste a la sonrisa de los ángeles!, ¡uno se
deja arrastrar por lo que es bello, encantador, adorable! Era
la primera vez que Emma oía decir estas cosas; y su
orgullo, como alguien que se solaza en un baño caliente, se
satisfacía suavemente y por completo al calor de aquel
lenguaje. -Pero
si no he venido -continuó-, si no he podido verla, ¡ah!,
por lo menos he contemplado detenidamente lo que le rodea.
De noche, todas las noches, me levantaba, llegaba hasta aquí,
miraba su casa, el tejado que brillaba bajo la luna, los árboles
del jardín que se columpiaban en su ventana, y una
lamparita, un resplandor, que brillaba a través de los
cristales, en la sombra. ¡Ah!, usted no podía imaginarse
que a11í estaba, tan cerca y tan lejos, un pobre infeliz... Emma,
sollozando, se volvió hacia él. -¡Oh!,
¡qué bueno es usted! -dijo ella. -¡No,
la quiero, eso es todo!, ¡usted no lo duda! Dígamelo; ¡una
palabra!; ¡una sola palabra! Y
Rodolfo, insensiblemente, se dejó resbalar del taburete al
suelo; pero se oyó un ruido de zuecos en la cocina, y él
se dio cuenta de que la puerta de la sala no estaba cerrada. -Qué
caritativa sería -prosiguió levantándose- satisfaciendo
un capricho mío. Quería
que le enseñase su casa; deseaba conocerla, y como Madame
Bovary no vio ningún inconveniente, se estaban levantando
los dos cuando entró Carlos. -Buenas
tardes, doctor -le dijo Rodolfo. El
médico, halagado por ese título inesperado, se deshizo en
obsequiosidades, y el otro aprovechó para reponerse un
poco. -La
señora me hablaba -dijo él entonces- de su salud... Carlos
le interrumpió, tenía mil preocupaciones, en efecto; las
opresiones que sufría su mujer volvían a presentarse.
Entonces Rodolfo preguntó si no le sería bueno montar a
caballo. -¡Desde
luego!, ¡excelente, perfecto!... ¡Es una gran idea! Debería
ponerla en práctica. Y
como ella objetaba que no tenía caballo, el señor Rodolfo
le ofreció uno; ella rehusó su ofrecimiento; él no
insistió; después, para justificar su visita, contó que
su carretero, el hombre de la sangría, seguía teniendo
mareos. -Pasaré
por allí-dijo Bovary. -No,
no, se lo mandaré; vendremos aquí, será más cómodo para
usted. -¡Ah!
Muy bien, se lo agradezco. Y
cuando se quedaron solos: -¿Por
qué no aceptas las propuestas del señor Boulanger, que son
tan amables? Ella
puso mala cara, buscó mil excusas, y acabó diciendo que «aquello
parecería un poco raro. -¡Ah!,
¡a mí me trae sin cuidado! -dijo Carlos, haciendo una
pirueta-. ¡La salud ante todo! ¡Haces mal! -¿Y
cómo quieres que monte a caballo si no tengo traje de
amazona? -¡Hay
que encargarte uno! -contestó él. Lo
del traje la decidió. Cuando
tuvo el traje, Carlos escribió al señor Boulanger diciéndole
que su mujer estaba dispuesta, y que contaban con su
complacencia. Al
día siguiente a mediodía Rodolfo llegó a la puerta de
Carlos con dos caballos soberbios. Uno de ellos llevaba
borlas rojas en las orejas y una silla de mujer de piel de
ante. Rodolfo
calzaba botas altas, flexibles, pensando que sin duda ella
nunca las había visto semejantes; en efecto, Emma quedó
encantada de su porte, cuando él apareció sobre el rellano
con su gran levita de terciopelo y su pantalón de punto
blanco. Ella estaba preparada, le esperaba. Justino
se escapó de la farmacia para verla, y el boticario también
salió. Hizo unas recomendaciones al señor Boulanger: -¡Pronto
llega una desgracia! ¡Tenga cuidado! ¡Sus caballos quizás
son fogosos! Ella
oyó ruido por encima de la cabeza: era Felicidad que
repiqueteaba en los cristales para entretener a la pequeña
Berta. La niña le envió de lejos un beso; su madre le
respondió con un gesto de la empuñadura de su fusta. -¡Buen
paseo! -dijo el señor Homais-. ¡Prudencia, sobre todo
prudencia! Y
agitó su periódico viéndoles alejarse. En
cuanto sintió tierra, el caballo de Emma emprendió el
galope. Rodolfo galopaba a su lado. A intervalos cambiaban
una palabra. La cara un poco inclinada, la mano en alto y el
brazo derecho desplegado, se abandonaba a la cadencia del
movimiento que la mecía en su silla. Al
pie de la cuesta Rodolfo soltó las riendas; salieron
juntos, de un solo salto; después, en lo alto, de pronto
los caballos se pararon y el gran velo azul de Emma se cayó. Era
a primeros de octubre. Había niebla en el campo. Por el
horizonte se extendían unos vapores entre el contorno de
las colinas; y otros, deshilachándose, subían, se perdían.
A veces, en una rasgadura de las nubes, bajo un rayo de sol,
se veían a lo lejos los tejados de Yonville, con las
cuestas a la orilla del agua, los corrales, las paredes y el
campanario de la iglesia. Emma entornaba los párpados para
reconocer su casa, y nunca aquel pobre pueblo le había
parecido tan pequeño. Desde la altura en que estaban, todo
el valle parecía un inmenso lago pálido que se evaporaba
en el aire. Los macizos de árboles, de trecho en trecho,
sobresalían como rocas negras; y las altas líneas de los
álamos, que sobresalían entre la bruma, parecían arenales
movidos por el viento. Al
lado, sobre el césped, entre los abetos, una tenue luz
iluminaba la tibia atmósfera. La tierra, rojiza como polvo
de tabaco, amortiguaba el ruido de los pasos, y con la punta
de sus herraduras, al caminar, los caballos se llevaban por
delante las piñas caídas. Rodolfo
y Ernma siguieron así el lindero del bosque. Ella se volvía
de vez en cuando a fin de evitar su mirada, y entonces no veía
más que los troncos de los abetos alineados, cuya sucesión
continuada le aturdía un poco. Los caballos resoplaban. El
cuero de las sillas crujía. En
el momento en que entraron en el bosque salió el sol. -¡Dios
nos protege! -dijo Rodolfo. -¿Usted
cree? -dijo ella. -¡Avancemos!,
¡avancemos! -replicó él. Chasqueó
la lengua. Los dos animales corrían. Largos helechos a
orilla del camino prendían en el estribo de Emma. Rodolfo,
sin pararse, se inclinaba y los retiraba al mismo tiempo.
Otras veces, para apartar las ramas, pasaba cerca de ella, y
Emma sentía su rodilla rozarle la pierna. El cielo se había
vuelto azul. No se movía una hoja. Había grandes espacios
llenos de brezos completamente floridos, y mantos de
violetas alternaban con el revoltijo de los árboles, que
eran grises, leonados o dorados, según la diversidad de los
follajes. A menudo se oía bajo los matorrales deslizarse un
leve batir de alas, o bien el graznido ronco y suave de los
cuervos, que levantaban el vuelo entre los robles. Se
apearon. Rodolfo ató los caballos. Ella iba delante, sobre
el musgo, entre las rodadas. Pero
su vestido demasiado largo la estorbaba aunque lo llevaba
levantado por la cola, y Rodolfo, caminando detrás de ella,
contemplaba entre aquella tela negra y la botina negra, la
delicadeza de su media blanca, que le parecía algo de su
desnudez. Emma se paró. -Estoy
cansada -dijo. -¡Vamos,
siga intentando! -repuso él-. ¡Ánimo! Después,
cien pasos más adelante, se paró de nuevo; y a través de
su velo, que desde su sombrero de hombre bajaba oblicuamente
sobre sus caderas, se distinguía su cara en una
transparencia azulada, como si nadara bajo olas de azul. -¿Pero
adónde vamos? Él
no contestó nada. Ella respiraba de una forma entrecortada.
Rodolfo miraba alrededor de él y se mordía el bigote. Llegaron
a un sitio más despejado donde habían hecho cortas de árboles.
Se sentaron sobre un tronco, y Rodolfo empezó a hablarle de
su amor. No
la asustó nada al principio con cumplidos. Estuvo
tranquilo, serio, melancólico. Emma
le escuchaba con la cabeza baja, mientras que con la punta
de su pie removía unas virutas en el suelo. Pero
en esta frase: -¿Acaso
nuestros destinos no son ya comunes? -¡Pues
no! -respondió ella-. Usted lo sabe bien. Es imposible. Emma
se levantó para marchar. Él la cogió por la muñeca. Ella
se paró. Después, habiéndole contemplado unos minutos con
ojos enamorados y completamente húmedos, le dijo vivamente: -¡Vaya!,
no hablemos más de esto... ¿dónde están los caballos? ¡Volvámonos! Él
tuvo un gesto de cólera y de fastidio. Ella repitió: -¿Dónde
están los caballos?, ¿dónde están los caballos? Entonces
Rodolfo, con una extraña sonrisa y con la mirada fija, los
dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella
retrocedió temblando. Balbuceaba: -¡Oh!
¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos. Y
él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido. -Ya
que no hay más remedio -replicó él, cambiando de talante. Emma
le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía: -¿Qué
le pasaba? ¿Por qué? No la he entendido. Usted se equivoca
conmigo sin duda. Usted está en mi alma como una madona
sobre un pedestal, en un lugar elevado, sólido a
inmaculado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito sus
ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi
ángel! Y
alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente
de desprenderse. Él la retenía así, caminando. Pero
oyeron los dos caballos que ramoneaban el follaje. -¡Oh!,
un poco más -dijo Rodolfo-. ¡No nos vayamos!, ¡quédese! La
llevó más lejos, alrededor de un pequeño estanque, donde
las lentejas de agua formaban una capa verde sobre las
ondas. Unos nenúfares marchitos se mantenían inmóviles
entre los juncos. Al ruido de sus pasos en la hierba, unas
ranas saltaban para esconderse. -Hago
mal, hago mal -decía ella-. Soy una loca haciéndole caso. -¿Por
qué?... ¡Emma! ¡Emma! -¡Oh,
Rodolfo!... -dijo lentamente la joven mujer apoyándose en
su hombro. La
tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita
de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que
dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto,
con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó. Caían
las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre
las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro,
en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas
manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen
esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave
parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón,
cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su
carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más
a11á del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y
prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en
silencio, mezclándose como una música a las últimas
vibraciones de sus nervios alterados. Rodolfo, con el
cigarro entre los dientes, recomponía con su navaja una de
las riendas que se había roto. Regresaron
a Yonville por el mismo camino, volvieron a ver sobre el
barro las huellas de sus caballos, unas al lado de las
otras, y los mismos matorrales, las mismas piedras en la
hierba. Nada había cambiado en torno a ellos; y sin
embargo, para ella había ocurrido algo más importante que
si las montañas se hubiesen desplazado. Rodolfo de vez en
cuando se inclinaba y le tomaba la mano para besársela. ¡Estaba
encantadora a caballo! Erguida, con su talle fino, la
rodilla doblada sobre las crines del animal y ligeramente
coloreada por el aire libre sobre el fondo rojizo de la
tarde. Al
entrar en Yonville caracoleó sobre el pavimento. Desde
las ventanas la miraban. Su
marido en la cena le encontró buen aspecto; pero ella
pareció no oírlo cuando le preguntó sobre su paseo; y
siguió con el codo al borde de su plato, entre las dos
velas encendidas. -¡Emma!
-dijo él. -¿Qué? -Bueno,
he pasado esta tarde por casa del señor Alexandre; tiene
una vieja potranca todavía muy buena, con una pequeña
herida en la rodilla solamente, y que nos dejarían, estoy
seguro, por unos cien escudos... Y
añadió: -Incluso
pensando que te gustaría, la he apalabrado..., la he
comprado... ¿He hecho bien? ¡Dímelo! Ella
movió la cabeza en señal de asentimiento; luego, un cuarto
de hora después: Sales
esta noche? -preguntó ella. -Sí,
¿por qué? -¡Oh!,
nada, nada, querido. Y
cuando quedó libre de Carlos, Emma subió a encerrarse en
su habitación. Al principio sintió como un mareo; veía
los árboles, los caminos, las cunetas, a Rodolfo, y se sentía
todavía estrechada entre sus brazos, mientras que se
estremecía el follaje y silbaban los juncos. Pero
al verse en el espejo se asustó de su cara. Nunca había
tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos.
Algo sutil esparcido sobre su persona la transfiguraba. Se
repetía: «¡Tengo un amante!, ¡un amante!», deleitándose
en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra
pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor,
esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado. Penetraba
en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis,
delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del
sentimiento resplandecían bajo su imaginación, y la
existencia ordinaria no aparecía sino a lo lejos, muy
abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas
alturas. Entonces
recordó a las heroínas de los libros que había leído y
la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a
cantar en su memoria con voces de hermanas que la
fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de
aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su
juventud, contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto
había deseado. Además, Emma experimentaba una satisfacción
de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora
triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo
entero a gozosos borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento,
sin preocupación, sin turbación alguna. El
día siguiente pasó en una calma nueva. Se hicieron
juramentos. Ella le contó sus tristezas. Rodolfo le
interrumpía con sus besos; y ella le contemplaba con los párpados
entornados, le pedía que siguiera llamándola por su nombre
y que repitiera que la amaba. Esto era en el bosque, como la
víspera, en una cabaña de almadreñeros. Sus paredes eran
de paja y el tejado era tan bajo que había que agacharse.
Estaban sentados, uno junto al otro, en un lecho de hojas
secas. A
partir de aquel día se escribieron regularmente todas las
tardes. Emma llevaba su carta al fondo de la huerta, cerca
del río, en una grieta de la terraza. Rodolfo iba a
buscarla allí y colocaba otra, que ella tildaba siempre de
muy corta. Una
mañana en que Carlos había salido antes del amanecer, a
Emma se le antojó ver a Rodolfo al instante. Se podía
llegar pronto a la Huchette, permanecer allí una hora y
estar de vuelta en Yonville cuando todo el mundo estuviese aún
durmiendo. Esta idea la hizo jadear de ansia, y pronto se
encontró en medio de la pradera, donde caminaba a pasos rápidos
sin mirar hacia atrás. Empezaba
a apuntar el día. Emma, de lejos, reconoció la casa de su
amante, cuyas dos veletas en cola de milano se recortaban en
negro sobre el pálido crepúsculo. Pasado
el corral de la granja había un cuerpo de edificio que debía
de ser el palacio. Ella entró como si las paredes, al
acercarse ella, se hubieran separado por sí solas. Una gran
escalera recta subía hacia el corredor. Emma giró el
pestillo de una puerta, y de pronto, en el fondo de la
habitación, vio a un hombre que dormía. Era Rodolfo. Ella
lanzó un grito. -¡Tú
aquí! ¡Tú aquí! -repetía él-. ¿Cómo has hecho para
venir?... ¡Ah!, ¡tu vestido está mojado! -¡Te
quiero! -respondió ella pasándole los brazos alrededor del
cuello. Como
esta primera audacia le había salido bien, ahora cada vez
que Carlos salía temprano, Emma se vestía deprisa y bajaba
de puntillas la escalera que llevaba hasta la orilla del
agua. Pero
cuando la pasarela de las vacas estaba levantada, había que
seguir las paredes que se extendían a lo largo del río; la
orilla era resbaladiza; ella, para no caer, se agarraba con
la mano a los matojos de alhelíes marchitos. Después
atravesaba los terrenos labrados donde se hundía, se
tambaleaba y se le enredaban sus finas botas. Su pañoleta,
atada a la cabeza, se agitaba al viento en los pastizales;
tenía miedo a los bueyes, echaba a correr; llegaba sin
aliento, con las mejillas rosadas y exhalando un fresco
perfume de savia, de verdor y de aire libre. Rodolfo a
aquella hora aún estaba durmiendo. Era como una mañana de
primavera que entraba en su habitación. Las
cortinas amarillas a lo largo de las ventanas dejaban pasar
suavemente una pesada luz dorada. Emma caminaba a tientas,
abriendo y cerrando los ojos, mientras que las gotas de rocío
prendidas en su pelo hacían como una aureola de topacios
alrededor de su cara. Rodolfo, riendo, la atraía hacia él
y la estrechaba contra su pecho. Después,
ella examinaba el piso, abría los cajones de los muebles,
se peinaba con el peine de Rodolfo y se miraba en el espejo
de afeitarse. A veces, incluso, metía entre sus dientes el
tubo de una gran pipa que estaba sobre la mesa de noche,
entre limones y terrones de azúcar, al lado de una botella
de agua. Necesitaban
un buen cuarto de hora para despedirse. Entonces Emma
lloraba; hubiera querido no abandonar nunca a Rodolfo. Algo
más fuerte que ella la empujaba hacia él, de tal modo que
un día, viéndola aparecer de improviso, él frunció el ceño
como alguien que está contrariado. -¿Qué
tienes? -dijo ella-. ¿Estás malo? ¡Háblame! Por
fin, él declaró, en tono serio, que sus visitas iban
siendo imprudentes y que ella se comprometía.
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