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A
día siguiente, Carlos mandó que le trajeran a la niña. La
niña le preguntó por su mamá. Le dijeron que estaba
ausente, que le traería juguetes. Berta volvió a hablar de
ella varias veces; después, con el tiempo, se fue
olvidando. La alegría de esta niña desconsolaba a Bovary,
quien, además, tenía que soportar los intolerables
consuelos del farmacéutico. Pronto
volvieron los problemas de dinero, pues el señor Lheureux
azuzó de nuevo a su amigo Vinçart, y Carlos se empeñó en
sumas exorbitantes; porque jamás quiso dar permiso para
vender el menor de los objetos que le había pertenecido. Su
madre se desesperó por esto. Carlos se indignó más que
ella. Había cambiado por completo. La madre abandonó la
casa. Entonces
todo el mundo empezó a aprovecharse. La señorita Lempereur
reclamó seis meses de lecciones, aunque Emma jamás había
tomado ni una sola, a pesar de aquella factura pagada que
había mostrado a Bovary: era un acuerdo entre ellas dos; el
que alquilaba libros reclamó tres años de suscripción; la
tía Rolet reclamó el porte de una veintena de cartas, y
como Carlos pedía explicaciones, ella tuvo que decirle: -¡Ah!,
¡yo no sé nada!, eran cosas suyas. A
cada deuda que pagaba, Carlos creía haber terminado, pero
continuamente aparecían otras. Reclamó
a sus pacientes el pago de visitas atrasadas. Le enseñaron
las cartas que su mujer había enviado. Entonces hubo que
pedir disculpas. Felicidad
llevaba ahora los vestidos de la señora; no todos, pues
Carlos había guardado algunos, a iba a verlos a su tocador,
donde se encerraba; ambas eran más o menos de la misma
estatura; a menudo, Carlos, viéndola por detrás, era presa
de una ilusión y exclamaba: -¡Oh!,
¡quédate!, ¡quédate! Pero
por Pentecostés, Felicidad desapareció de Yonville,
raptada por Teodoro, y llevándose todo lo que quedaba del
guardarropa. Fue
por entonces cuando la señora viuda Dupuis tuvo el honor de
participarle «el casamiento del señor León Dupuis,
notario de Yvetot, con la señorita Leocadia Leboeuf, de
Bondeville». En la felicitación que le envió Carlos
escribió esta frase: «¡Cuánto
se habría alegrado mi pobre mujer!» Un
día en que, deambulando por casa sin ningún objeto, había
subido al desván, notó bajo su pantufla una bolita de
papel fino. Abrió y leyó: «¡Ánimo, Emma!, ¡ánimo! No
quiero hacer la desgracia de su existencia.» Era la carta
de Rodolfo, caída al suelo entre cajas, que había quedado
allí y que el viento de la buhardilla acababa de empujar
hacia la puerta. Y Carlos se quedó inmóvil y con la boca
abierta en el mismo sitio en que antes, aun más pálida que
él, Emma, desesperada, había querido morir. Por fin,
descubrió una R pequeña al final de la segunda página. ¿Qué
era esto? Recordó las asiduidades de Rodolfo, su desaparición
repentina y el aire forzado que había mostrado al volver a
verla después dos o tres veces. Pero el tono respetuoso de
la carta le ilusionó. «Quizás
se han amado platónicamente -se dijo.» Además,
Carlos no era de esos que penetran hasta el fondo de las
cosas; retrocedió ante las pruebas, y sus celos inciertos
se perdieron en la inmensidad de su pena. Han
debido de adorarla, pensó. Todos los hombres, sin duda
alguna, la desearon. Le pareció por esto más hermosa; y
concibió un deseo permanente, furioso, que inflamaba su
desesperación y que no tenía límites, porque ahora era
irrealizable. Para
agradarle, como si siguiese viviendo, adoptó sus
predilecciones, sus ideas; se compró unas botas de charol,
empezó a ponerse corbatas blancas. Ponía cosmético en sus
bigotes, firmó como ella pagarés. Emma lo corrompía desde
el otro lado de la tumba. Tuvo
que vender la cubertería de plata pieza a pieza, después
vendió los muebles del salón. Todas las habitaciones se
desamueblaron; pero su habitación, la de Emma, quedó como
antaño. Después de la cena, Carlos subía allí. Empujaba
hacia la chimenea la mesa redonda y acercaba su sillón. Se
sentaba enfrente. Ardía una vela en uno de los candelabros
dorados. Berta, al lado de su padre, coloreaba imágenes. El
pobre hombre sufría al verla mal vestida, con sus botas sin
cordones y la sisa de sus blusas rota hasta las caderas,
pues la asistenta apenas se preocupaba de ella. Pero la niña
era tan dulce, tan simpática, y su cabecita se inclinaba
tan graciosamente dejando caer sobre sus mejillas rosadas su
abundante cabellera rubia, que un deleite infinito le invadía,
placer todo mezclado de amargura como esos vinos mal
elaborados que huelen a resina. Carlos le arreglaba sus
juguetes, le hacía muñecos de cartón o recosía el
vientre roto de sus muñecas. Y cuando sus ojos tropezaban
con la caja de la costura, con una cinta que arrastraba o
incluso con un alfiler que había quedado en una ranura de
la mesa, se quedaba pensativo, y parecía tan triste, que la
niña se entristecía con él. Ahora
nadie venía a verlos, pues Justino se había fugado a Rouen,
donde se empleó en una tienda de ultramarinos, y los hijos
del boticario visitaban cada vez menos a la niña, sin que
el señor Homais se preocupase, teniendo en cuenta la
diferencia de sus condiciones sociales, por prolongar la
intimidad. El
ciego, a quien no había podido curar con su pomada, había
vuelto a la cuesta del Bois-Guillaume, donde contaba a los
viajeros el vano intento del farmacéutico, a tal punto que
Homais, cuando iba a la ciudad, se escondía detrás de las
cortinas de «La Golondrina» para evitar encontrarle. Lo
detestaba, y por interés de su propia reputación,
queriendo deshacerse de él a todo trance, puso en marcha un
plan secreto, que revelaba la profundidad de su inteligencia
y la perfidia de su vanidad. Durante seis meses consecutivos
se pudo leer en el Fanal
de Rouen sueltos de este género: «Todas
las personas que se dirigen hacia las fértiles tierras de
la Picardía habrán observado sin duda, en la cuesta del
Bois-Guillaume, a un desgraciado afectado de una horrible
llaga en la cara. Importuna, acosa y hasta cobra un
verdadero impuesto a los viajeros. ¿Acaso estamos todavía
en aquellos monstruosos tiempos de la Edad Media, en los que
se permitía a los vagabundos exhibir por nuestras plazas públicas
la lepra y las escrófulas que habían traído de la
cruzada?» O
bien: «A
pesar de las leyes contra el vagabundeo, las proximidades de
nuestras grandes ciudades continúan infestadas de bandas de
mendigos. Algunos circulan aisladamente y, quizás, no son
los menos peligrosos. ¿En qué piensan nuestros ediles?» Después
Homais inventaba anécdotas: «Ayer,
en la cuesta del Bois-Guillaume, un caballo espantadizo...»
Y seguía el relato de un accidente ocasionado por la
presencia del ciego. La campaña resultó tan bien que
encarcelaron al ciego. Pero lo soltaron. Volvió a empezar,
y Homais también recomenzó. Era una lucha. Venció Homais,
pues su enemigo fue condenado a una reclusión perpetua en
un asilo. Este
éxito lo envalentonó, y desde entonces no hubo en el
distrito un perro aplastado, un granero incendiado, una
mujer golpeada, de lo que no diese inmediato conocimiento al
público, siempre guiándose por el amor al progreso y el
odio a los sacerdotes. Establecía comparaciones entre las
escuelas primarias y los hermanos de San Juan de Dios, en
detrimento de estos últimos, recordaba la noche de San
Bartolomé a propósito de una asignación de cien francos
hecha a la iglesia, y denunciaba abusos, tenía salidas de
tono. Era su estilo. Homais minaba; se hacía peligroso. Sin
embargo, se ahogaba en los estrechos límites del
periodismo, y pronto sintió necesidad del libro, de la obra
literaria. Entonces compuso una Estadistica
general del cantón de Yonville, seguida de observaciones
climatológicas; y la estadística le llevó a la
filosofía. Se preocupó de las grandes cuestiones: problema
social, moralización de las clases pobres, piscicultura,
caucho, ferrocarriles, etc. Llegó a avergonzarse de ser
burgués. Se daba aires de artista, fumaba. Se compró dos
estatuitas chic Pompadour para decorar su salón. No
salía de la farmacia; al contrario, se mantenía al
corriente de los descubrimientos. Seguía el gran movimiento
de los chocolates. Fue el primero que trajo al Sena Inferior
cho-ca y revalencia.
Se entusiasmó por las cadenas hidroeléctricas Pulvermacher;
él mismo llevaba una, y por la noche, cuando se quitaba su
chaleco de franela, la señora Homais quedaba totalmente
deslumbrada ante la dorada espiral bajo la cual desaparecía
su marido y sentía redoblar sus ardores por aquel hombre más
amarrado que un escita y deslumbrante como un mago. Tuvo
bellas ideas a propósito de la tumba de Emma. Primeramente
propuso una columna truncada con un ropaje, después una pirámide,
después un templo de Vesta, una especie de rotonda..., o
bien «un montón de ruinas». Y en todos los proyectos,
Homais se aferraba a la idea del sauce llorón, al que
consideraba como símbolo obligado de la tristeza. Carlos
y él hicieron juntos un viaje a Rouen para ver sepulturas
en un taller de marmolista, acompañados de un artista
pintor, un tal Vaufrylard, amigo de Bridoux, y que pasó
todo el tiempo contando chistes. Por fin, después de
examinar un centenar de dibujos, pedir presupuesto y de
hacer un segundo viaje a Rouen, Carlos se decidió por un
mausoleo que debía llevar sobre sus dos caras principales
«un genio sosteniendo una antorcha apagada». En
cuanto a la inscripción, Homais no encontraba nada tan
bonito como: Sta,
Viator, y no pasaba de ahí; se devanaba los sesos,
repetía continuamente: Sta,
Viator... Por fin, descubrió: amabilem
conjugem calcas!; que fue adoptada. Una
cosa extraña es que Bovary, sin dejar de pensar en Emma
continuamente, la olvidaba; y se desesperaba al sentir que
esta imagen se le escapaba de la memoria en medio de los
esfuerzos que hacía para retenerla. Cada noche, sin
embargo, soñaba con ella; era siempre el mismo sueño: se
acercaba a ella, pero cuando iba a abrazarla, se le caía
deshecha en podredumbre entre sus brazos. Lo
vieron durante una semana entrar por la tarde en la iglesia.
El señor Bournisien le hizo incluso dos o tres visitas,
después lo abandonó. Por otra parte, el cura volvía a la
intolerancia, al fanatismo, decía Homais; anatematizaba el
espíritu del siglo, y no se olvidaba, cada quince días, en
el sermón, de contar la agonía de Voltaire, el cual murió
devorando sus excrementos, como sabe todo el mundo. A
pesar de la estrechez en que vivía Bovary, estaba lejos de
poder amortizar sus antiguas deudas. Lheureux se negó a
renovar ningún pagaré. El embargo se hizo inminente.
Entonces recurrió a su madre, que consintió en dejarle
hipotecar sus bienes, pero haciendo muchos reproches a Emma,
y le pidió, en correspondencia a su sacrificio, un chal
salvado de las devastaciones de Felicidad. Carlos se lo negó.
Se enfadaron. La
madre dio los primeros pasos para la reconciliación proponiéndole
llevarse consigo a la niña, que le ayudaría en la casa.
Carlos aceptó. Pero en el momento de partir no tuvo fuerzas
para dejarla. Entonces fue la ruptura definitiva, completa. A
medida que sus amistades desaparecían, se estrechaban más
los lazos de amor con su hija. Sin embargo, la niña le
preocupaba, pues a veces tosía y tenía placas rojas en los
pómulos. Frente
a él se mostraba, floreciente y risueña, la familia del
farmacéutico, a la que todo sonreía en la vida. Napoleón
ayudaba a su padre en el laboratorio, Atalía le bordaba un
gorro griego, Irma recortaba redondeles de papel para tapar
las confituras, y Franklin recitaba de un tirón la tabla de
Pitágoras. Era el más feliz de los padres, el más
afortunado de los hombres. ¡Error!,
una ambición sorda le roía: Homais deseaba la cruz. No le
faltaban títulos, se decía: Primero,
haberse destacado por una entrega sin límites cuando el cólera.
Segundo, haber publicado y por mi cuenta diferentes obras de
utilidad pública, tales como... (y recordaba su memoria
titulada De la sidra,
de su fabricación y de sus efectos además,
observaciones sobre el pulgón lamígero, enviadas a la
Academia; su volumen de estadística y hasta su tesis de
farmacéutico); sin contar que soy miembro de varias
sociedades científicas (lo era de una sola). -¡Por
fin -exclamaba haciendo una pirueta-, aunque sólo fuera por
haberme distinguido en los incendios! Entonces
Homais se inclinó hacia el poder. Hizo secretamente al señor
prefecto varios servicios en las elecciones. Finalmente, se
vendió, se prostituyó. Incluso dirigió al soberano una
petición en que le suplicaba que le hiciera justicia; le
llamaba nuestro buen rey y lo comparaba a Enrique IV. Y
cada mañana el boticario se precipitaba sobre el periódico
para descubrir en él su nombramiento, pero éste no aparecía.
Por fin, no aguantando más, hizo dibujar en su jardín un césped
figurando la estrella del honor, con dos pequeños rodetes
de hierba que partían de la cima para imitar la cinta. Se
paseaba alrededor con los brazos cruzados, meditando sobre
la ineptitud del gobierno y la ingratitud de los hombres. Por
respeto, o por una especie de sensualidad que le hacía
proceder con lentitud en sus investigaciones, Carlos no había
abierto todavía el compartimento secreto de un despacho de
palisandro que Emma utilizaba habitualmente. Pero un día se
sentó delante, giró la llave y pulsó el muelle. Todas las
cartas de León estaban allí. ¡Ya no había duda esta vez!
Devoró hasta la última, buscó por todos los rincones, en
todos los muebles, por todos los cajones, detrás de las
paredes, sollozando, gritando, perdido, loco. Descubrió una
caja, la deshizo de una patada. El retrato de Rodolfo le
saltó en plena cara, en medio de las cartas de amor
revueltas. La
gente se extrañó de su desánimo. Ya no salía, no recibía
a nadie, incluso se negaba a visitar a sus enfermos.
Entonces pensaron que se encerraba para beber. Pero
a veces algún curioso se subía por encima del seto de la
huerta y veía con estupefacción a aquel hombre de barba
larga, suciamente vestido, huraño y llorando fuertemente
mientras paseaba solo. Por
la tarde, en verano, tomaba consigo a su hijita y la llevaba
al cementerio. Regresaban de noche cerrada, cuando no
quedaba en la plaza más luz que la de la buhardilla de
Binet. Sin
embargo, la voluptuosidad de su dolor era incompleta porque
no tenía alrededor de él a nadie con quien compartirla; y
hacía visitas a la tía Lefrançois para poder hablar de
ella. Pero la posadera le escuchaba a medias, pues, como él,
estaba apenada, ya que el señor Lheureux acababa de abrir
las «Favorites du Commerce», a Hivert, que gozaba de gran
reputación como recadero, exigía un aumento de sueldo y
amenazaba con pasarse a la competencia». Un día en que
Carlos había ido a la feria de Argueil para vender su
caballo, su último recurso, encontró a Rodolfo. Al
verse palidecieron. Rodolfo, que sólo había enviado su
tarjeta, balbució primeramente algunas excusas, después se
animó a incluso llegó al descaro (hacía mucho calor, era
el mes de agosto) de invitarle a tomar una botella de
cerveza en la taberna. Sentado
frente a él, masticaba su cigarro sin dejar de charlar, y
Carlos se perdía en ensoñaciones ante aquella cara que
ella había amado. Le parecía volver a ver algo de ella.
Era una maravilla. Habría querido ser aquel hombre. El
otro continuaba hablando de cultivos, ganado, abonos,
tapando con frases banales todos los intersticios por donde
pudiera deslizarse alguna alusión. Carlos no le escuchaba;
Rodolfo se daba cuenta, y seguía en la movilidad de su cara
el paso de los recuerdos. Aquel rostro se iba enrojeciendo
poco a poco, las aletas de la nariz latían de prisa, los
labios temblaban; hubo incluso un instante en que Carlos,
lleno de un furor sombrío, clavó sus ojos en Rodolfo
quien, en una especie de espanto, se quedó callado. Pero
pronto reapareció en su cara el mismo cansancio fúnebre. -No
le guardo rencor -dijo. Rodolfo
se había quedado mudo. Y Carlos, sujetando la cabeza con
sus dos manos, replicó con una voz apagada y con el acento
resignado de los dolores infinitos. Incluso
añadió una gran frase, la única que jamás había dicho: -¡Es
culpa de la fatalidad! Rodolfo,
que había sido el agente de aquella fatalidad, reconoció
un buenazo en aquel hombre en tal situación, incluso cómico
y un poco vil. Al
día siguiente, Carlos fue a sentarse en el banco, en el
cenador. A través del emparrado se filtraban unos rayos de
sol, las hojas de viña dibujaban sus sombras sobre la
arena, el jazmín perfumaba el aire, el cielo estaba azul,
zumbaban las cantáridas alrededor de los lirios en flor, y
Carlos se ahogaba como un adolescente bajo los vagos
efluvios amorosos que llenaban su corazón apenado. A
las siete, la pequeña Berta, que no lo había visto en toda
la tarde, fue a buscarlo para cenar. Tenía
la cabeza vuelta hacia la pared, los ojos cerrados, la boca
abierta, y sostenía en sus manos un largo mechón de
cabellos negros. -¡Papá,
ven! -le dijo la niña. Y
creyendo que quería jugar, lo empujó suavemente. Cayó al
suelo. Estaba muerto. Treinta
y seis horas después, a petición del boticario, acudió el
señor Canivet. Lo abrió y no encontró nada. Cuando
se vendió todo, quedaron doce francos setenta y cinco céntimos
que sirvieron para pagar el viaje de la señorita Bovary a
casa de su abuela. La buena mujer murió el mismo año; como
el tío Rouault estaba paralítico, fue una tía la que se
encargó de la huérfana. Es pobre y la envía, para ganarse
la vida, a una hilatura de algodón. Desde
la muerte de Bovary se han sucedido tres médicos en
Yonville sin poder salir adelante, hasta tal punto el señor
Homais les hizo la vida imposible. Hoy tiene una clientela
enorme; la autoridad le considera y la opinión pública le
protege. Acaban de concederle la cruz de honor.
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