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III El lector ya sabrá que una parte de la Corte de los Milagros estaba cerrada por la
antigua muralla del recinto de la ciudad, y que buena parte de las torres de esa muralla
empezaban ya a derrumbarse en aquella época. Una de aquellas torres la habían
convertido los truhanes en lugar de diversión. Habían hecho El sótano hacía, pues, de taberna. Se bajaba a ella a través d una portezuela y de una escalera tan escarpada como un alejandrino clásico. En la puerta aparecía, a guisa de emblema, una pintura mal embadurnada que representaba unas monedas nuevas y unos pollos muertos y desplumados. Por debajo de aquella pintura figuraba una inscripción interpretativa de la misma: Aux ronneurs pour les trépatsés. Una noche, cuando el toque de queda sonaba en todas las
torres de París, si a los vigías les hubiera dado por entrar en la temible Corte de los Milagros, habrían podido ver
que en la taberna aquella había más jaleo que de costumbre, que se bebía y se juraba más
que nunca. Afuera había varios grupos que hablaban en voz baja, como cuando se está
tramando una conspiración, mientras que acá o allá, algunos de aquellos tipos afilaban Sin embargo, en el interior, el vino y el juego distraían tan fuertemente aquella noche a los truhanes que habría resultado muy difícil adivinar, por lo que ellos decían, de qué se trataba. Sólo se veía que estaban más alegres que de ordinario y que a todos se les veía de vez en cuando algún arma entre las ropas; una hoz, un hacha, un tajo o el cañón de un viejo arcabuz. La sala, de forma redonda, era muy amplia pero las mesas se hallaban tan juntas unas
de otras y los bebedores eran tantos que todo lo que había en la taberna: hombres,
mujeres, bancos, jarras de cerveza, los que bebían, los que dormían y los que jugaban, los
sanos, los lisiados... parecían amontonados con tanto orden y armonía como un montón
de conchas de ostras. Había algunas velas de sebo encendidas por las mesas, pero la
verdadera luminaria de la taberna, lo que hacía el papel de araña de techo en un teatro de Aunque la confusión era grande, en una primera ojeada podían distinguirse entre el gentío tres grupos principales que se apiñaban en torno a tres personajes, ya conocidos del lector: uno, curiosamente ataviado con muchos adornos a la moda oriental, era Mathias Hungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia. El bribón estaba sentado encima de una mesa con las piernas cruzadas, el dedo levantado, haciendo exhibición de su ciencia, en voz alta, hablando de magia blanca o de magia negra a cuantos le rodeaban boquiabiertos. Otro grupo se agolpaba en torno a nuestro antiguo amigo, el valiente rey de Tunos, armado hasta los dientes. Clopin Trouillefou, con aspecto serio y en voz baja, organizaba el pillaje de un enorme tonel lleno de armas, medio reventado ya, del que salían en cantidad hachas, espadas, cazoletas, cotas de malla, cuchillos, puntas de lanza y azagayas, saetas y más hierros, como salen manzanas y uvas del cuerno de la abundancia. Cada cual iba cogiendo del montón, uno un morrión, otro un estoque, otros un puñal; incluso los niños se armaban y hasta algún lisiado había que, armado y hasta acorazado, pasaba por entre las piernas de los bebedores como un enorme escarabajo. Y, finalmente, un tercer grupo, el más ruidoso y jovial y también el más numeroso,
llenaba los bancos y las mesas en medio de los cuales peroraba entre juramentos una voz
aflautada que surgía por debajo de una pesada armadura completa, desde el casco a las
espuelas. El individuo que así se había colgado toda una panoplia, desaparecía de cal
manera tras aquella vestidura de guerra que sólo se veía de su persona su descarada nariz, Añádase a todo esto otros veinte grupos secundarios, las mozas y mozos de servicio que iban de acá para allá con las jarras en la cabeza, los jugadores en cuclillas dándole a los dados, o a las bolas, a las tabas o al juego apasionante de las anillas; con las discusiones en un rincón y las caricias y los besos en otro. Mezclando todo esto podrá tenerse una idea de aquel cuadro sobre el que vacilaba la luz de aquella gran chimenea llameante, que proyectaba sobre las paredes de la taberna mil sombras desmesuradas y grotescas. En lo que al ruido se refiere, era como el interior de una campana en pleno repique. La grasera de la que saltaba una lluvia de grasa llenaba con su chisporroteo continuo los intervalos de los mil diálogos que se entrecruzaban de una a otra parte de la sala. Había en medio de todo aquel jaleo, al fondo de la taberna, en el banco interior de la chimenea, un filósofo que se hallaba meditando; tenía los pies en las cenizas y los ojos puestos en los tizones; era Pierre Gringoire. -¡Vamos, rápido! ¡Apresuraos! ¡Armaos! ¡Antes de una hora estamos en marcha!
-decía Clopin Trouillefou a todos aquellos charlatanes. Había también una muchacha que
tarareaba: Dos jugadores de cartas discutían. -¡Tramposo! -gritaba el más enfadado de los dos, amenazando al otro con el puño-. ¡Te voy a dejar la cara hecha un trébol! Y así podrás pasar por Mistigri en el juego de cartas de monseñor el rey. -¡Uf! -protestaba un normando, reconocible por su acento gangoso-. Estamos aquí amontonados como los santos de Caillouville. -Hijos -decía el duque de Egipto a su auditorio, hablando en falsete-, las brujas de Francia van a los aquelarres sin escoba ni grasa ni montura; sólo van con algunas palabras mágicas. Las brujas de Italia tienen siempre un macho cabrío esperándolas a la puerta, pero todas ellas salen por la chimenea. La voz del joven bribón, armado de pies a cabeza, dominaba aquel barullo. -¡Bravo! ¡Bravo! ¡Hoy hago mis primeras armas! ¡Truhán! Por Cristo que soy truhán.
¡Llenadme el jarro de vino! Amigos míos; me llamo Jehan Frollo du Moulin y soy
gentilhombre. Estoy seguro de que si Dios fuera gendarme se acabaría haciendo
salteador. Hermanos, vamos a hacer una bonita expedición y todos somos valientes.
Asaltaremos la iglesia, derribaremos sus puertas y sacaremos de
allí a la muchacha; la salvaremos de los jueces y de los curas; desmantelaremos el claustro y quemaremos al
obispo en el obispado. Y además lo haremos todo en menos tiempo del que tarda un
burgomaestre en tragarse una cucharada de sopas. Nuestra causa es justa. Saquearemos la El auditorio aplaudía y se reía a carcajadas; viendo todo aquel jaleo a su alrededor el estudiante prosiguió. -¡Qué bien suena este ruido! Populi debacchantis populosa
debacchatio! -¡Quae cantica!;quae organa!;quae cantilenae!¡quae melodiae hic tine fine Se interrumpió un momento y dijo: -¡Cantinera del demonio, dame de cenar! Hubo un momento en que nadie hablaba y justo entonces se oyó la voz agria del duque de Egipto que adoctrinaba a sus gitanos. -La comadreja se llama Adouine, el zorro Pie-azul o el Corredor de bosques, el lobo Pie gris o Pie dorado, el oso, el Viejo o el Abuelo. El sombrero de un gnomo le hace a uno invisible y permite ver las cosas invisibles. Para bautizar a un sapo hay que vestirle de terciopelo rojo y negro, ponerle un cascabel al cuello y una campanilla en las patas. El padrino se pone delante y la madrina detrás. Es el demonio Sidragasum quien tiene el poder de hacer bailar desnudas a las muchachas. -¡Por todos los demonios! -interrumpió Jehan-. Ya me gustaría a mí ser el demonio Sidragasum. Mientras tanto los truhanes seguían armándose entre cuchicheos, al otro lado de la taberna. -¡La pobre Esmeralda! -decía una gitana-. Es nuestra hermana. Tenemos que sacarla de allí. -Entonces, ¿sigue aún en Nuestra Señora? -preguntó un mendigo con cara de judío. -¡Sí, pardiez! -Pues entonces, camaradas -exclamó el mendigo-, ¡a Nuestra Señora todos! Porque
además hay en la capilla de San Fereol y Ferrution dos estatuas, una de San Juan Bautista
y otra de San Antonio, las dos de oro, y que pesan entre las dos diecisiete marcos de oro y
quince esterlines; las peanas, de plata dorada, diecisiete marcos y
cinco onzas. Sé todo esto porque soy orfebre. -¡Por San Voult-de-Loucques, a quien el pueblo llama San Goguelu, que soy un Y después de todo esto rompió su plato contra el suelo y se puso a cantar a voz en grito: -No tengo / en el nombre de Dios / ni fuego ni ley / ni rey ni Dios. Mientras tanto Clopin Trouillefou había acabado ya con la distribución de armas y se aproximó a Gringoire que parecía sumido en una profunda meditación, con los pies apoyados en la parrilla de la chimenea. -Amigo Pierre -le dijo el rey de Tunos-: ¿En qué diablos estáis pensando? Gringoire se volvió hacia él con una sonrisa melancólica. -Me gusta el fuego, querido señor. No por la razón trivial de que puede calentarnos los pies o de que sirve para calentar la sopa, sino porque tiene chispas. A veces me paso horas enteras mirando las chispas y descubro mil cosas en esas estrellas que espolvorean el fondo negro del hogar. Es como si esas estrellas fueran otros tantos mundos. -¡Que me parta un trueno si te entiendo! -le dijo el truhán-. ¿Sabes qué hora es? -No lo sé -respondió Gringoire. Clopin se acercó entonces al duque de Egipto. -Camarada Mathias, el cuarto de hora no es bueno. Dicen que el rey Luis XI está en París. -Razón de más para arrancarle a nuestra hermana de las garras -le respondió el viejo bohemio. -Hablas como un hombre, Mathias -le dijo el rey de Tunos-. Además actuaremos rápidos. No hay que temer resistencia en la iglesia. Los canónigos son como liebres y nosotros somos muchos. La gente del parlamento se va a quedar mañana con un palmo de narices cuando vengan a buscarla. ¡Por las tripas del papa! ¡No quiero que la cuelguen a esa bella niña! Clopin salió de la taberna. Mientras tanto, Jehan seguía gritando con voz ronca: -¡Bebo, como, estoy borracho, soy como el mismo
Júpiter! ¡Eh! ¡Tú, Pierre Por su parte, Gringoire, arrancado a sus meditaciones, se había puesto a considerar lo animado de aquella escena tan alborotadora que :e rodeaba y comentaba entre dientes. -Luxuriosa res vinum et tumultuosa
ebrietas. ¡Ay! ¡Qué bien hago no bebiendo! En aquel momento entró Clopin gritando con voz de trueno. -¡Medianoche! A esta palabra que hizo el efecto de un botasilla en un regimiento que ha hecho alto, todos los truhanes, hombres, mujeres y niños, salieron tumultuosamente fuera de la taberna con gran ruido de armas y hierros. La luna se había ocultado. La Corte de los Milagros se había quedado a oscuras. No había ninguna luz, pero estaba muy lejos de quedar desierta pues podían distinguirse muchos grupos de hombres y mujeres hablando entre ellos en voz baja. Se oía el rumor de sus voces y se veía relucir toda clase de armas en la oscuridad. Clopin se subió a una gran piedra. -¡A vuestras filas, los de la germanía, a vuestras filas los de Egipto y vosotros Un gran movimiento se produjo en la oscuridad y todo aquel enorme gentío pareció formarse en columnas. Minutos más tarde el rey de Tunos elevó la voz. -¡Ahora silencio para cruzar París! El santo y seña es pequeña llama vagabunda! ¡No se encenderán las antorchas hasta llegar a Nuestra Señora! ¡En marcha! Diez minutos más tarde, la ronda de a caballo huía despavorida ante una larga
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