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LIBRO NOVENO Claude Frollo no estaba ya en Nuestra Señora cuando su hijo adoptivo cortaba tan
por lo sano aquel nudo fatal con el que el desgraciado archidiácono había atado a la
gitana y se había atado a sí mismo. Cuando llegó a la sacristía, se quitó el alba, la capa y
la estola, arrojándolo todo en las manos de uno de los sacristanes y salió rápidamente por
una puerta semioculta del claustro. Allí ordenó a un barquero del Terrain que le cruzara a
la orilla izquierda del Sena. Una vez allí se perdió por entre las empinadas calles de la
Universidad sin rumbo fijo, encontrando a cada paso grupos de hombres y mujeres que se No sabía dónde estaba ni lo que pensaba. Iba como en sueños; andaba, caminaba, corría, tomando cualquier calle al azar, sin saber cuál era, empujado constantemente hacia adelante por la Grève, por la horrible Grève que sentía confusamente a sus espaldas. Atravesó así la montaña de Sainte Geneviève saliendo por fin de la ciudad por la Porte Saint-Victor, y continuó alejándose del recinto de torres de la Universidad hasta que las casas empezaron a hacerse más escasas, hasta que, por fin, una elevación del terreno le hizo perder de vista aquel odioso París. Cuando ya se creyó a cien leguas, en el campo, en zona deshabitada, se detuvo y le pareció que por fin respiraba. Entonces ideas horribles se amontonaron en su cabeza. Comenzó a ver claro en su alma y se estremeció. Pensó en aquella desventurada muchacha que le había perdido y a quien él, a su vez,
había perdido. Echó una mirada huraña a la doble vía tortuosa que la fatalidad había
obligado a seguir a sus dos destinos hasta llegar a aquel punto de intersección en que el
destino mismo los había destrozado implacablemente. Pensó en el absurdo de los votos
perpetuos, en la vanidad de la ciencia, de la castidad, de la religión, de la virtud, incluso
en la misma inutilidad de Dios. Se hundió conscientemente en malos pensamientos y, a
medida que se hundía más en ellos, sentía estallar en sus entrañas una risa satánica y
cavando así en su alma, al comprobar cuán grande era el espacio que la naturaleza había -¡Oh! ¡Es ella! ¡Es ella! Era ésta la idea fija que le asediaba sin cesar, que le torturaba, que le presionaba el cerebro y que le desgarraba las entrañas; sin embargo, no lo lamentaba, no se arrepentía; todo lo que había hecho, volvería a hacerlo una vez más. Prefería verla en las manos del verdugo que en los brazos del capitán; pero estaba sufriendo; sufría tanto que a veces se arrancaba los cabellos para ver si habían encanecido. Hubo un momento entre otros en que pensó que quizás en aquel mismo instante la horrible cadena que había visto por la mañana podría estar apretando su nudo de hierro alrededor de aquel cuello tan frágil y tan gracioso, y ese pensamiento le hizo sudar por todos los poros de su cuerpo. Hubo otro momento en que, mientras se reía diabólicamente de sí mismo, se Mientras que aquel huracán de desesperación transformaba, rompía, doblaba, Siguió así, campo a través, hasta la noche. Aquella huida de la naturaleza, de la vida, de sí mismo, del hombre, de Dios, de todo, se prolongó durante el día entero. A veces se tiraba al suelo y arrancaba con sus uñas plantas de trigo todavía tiernas; a veces se detenía en la calle desierta de un pueblo y sus pensamientos le resultaban tan insoportables que se cogía la cabeza con las dos manos como para arrancársela y lanzarla al suelo. Hacia el atardecer se examinó de nuevo y se encontró casi loco; la tempestad Aquellas dos imágenes juntas dibujaban en su espíritu un grupo espantoso y cuanto más atención les prestaba, más se agigantaban en una progresión fantástica; una llena de gracia, de encanto, de belleza, de luz y el otro lleno de horror, de manera que, al final, la Esmeralda se le aparecía como una estrella y la horca como un enorme brazo descarnado. Algo destacable es que, durante aquella horrible tortura, nunca le surgió la idea seria de morir. ¡Así estaba hecho aquel miserable! Se aferraba a la vida y hasta es posible que, detrás de todo ello, viese realmente el infierno. El día seguía declinando y el ser vivo que aún existía en él, pensó
confusamente en la vuelta. Se imaginaba lejos de París pero, cuando se orientó mejor, comprobó que no
había hecho sino rodear el recinto de la Universidad. La torre de Saint-Sulpice y las tres
altas agujas de Saint-Germain-des-Prés se recortaban en el horizonte, a su derecha y El archidiácono temió encontrar a alguien y tenía miedo de todo rostro humano. Acababa de evitar la Universidad, el barrio de Saint-Germain y pretendía entrar en las calles lo más tarde Posible. Pasó de largo el Pré-aux-Clercs, tomó el camino desierto que le separaba del Dieu-Neuf y llegó por fin al borde del agua. A11í dom Claude encontró a un barquero que por unos pocos denarios parisinos, le hizo remontar el Sena hasta el puente de la Cité, y le dejó en aquel istmo abandonado en el que el lector ha visto ya soñar a Gringoire y que continuaba hasta pasados los jardines del rey, paralelo a la isla del barquero de las vacas. El movimiento monótono del barco y el chapoteo del agua habían adormecido un poco al desventurado Claude. Cuando ya el barquero se hubo alejado, él permaneció aún estúpidamente, de pie, en la orilla, mirando hacia delante y no viendo las cosas más que a través de los movimientos deformantes que le hacían ver una especie de fantasmagoría. No es raro que el cansancio producido por un gran dolor produzca estos efectos en la mente. El sol se había ya escondido tras la alta Tour de Nesle; era el momento del Esta impresión tenía incluso algo de más extraño y profundo, ya que parecía la aguja de Estrasburgo, pero como si fuera de dos leguas; algo inaudito, gigantesco a inconmensurable; un edificio como ningún ojo humano haya visto nunca; una torre de Babel. Las chimeneas de las casas, las almenas de las murallas, los piñones tallados de las fachadas, la flecha de los agustinos, la Tour de Nesle, todos aquellos salientes que mellaban el perfil del colosal obelisco, acrecentaban aquella ilusión, engañando curiosamente a la vista con los resaltes y relieves de unas esculturas densas y fantásticas. Claude creyó ver, en el estado de alucinación en que se encontraba -ver con sus ojos de la cara- el campanario del infierno; las mil luces esparcidas por toda la altura de aquella espantosa torre, le parecieron otras tantas bocas del inmenso horno interior y las voces y los ruidos, que de ellas salían, otros Cantos estertores y gritos. Entonces le entró el miedo y se tapó las orejas con las manos para no oírlos, dio media vuelta para no ver nada y se alejó a grandes pasos de aquella horrible visión. La visión sin embargo estaba en él. Cuando se adentró en las calles, la gente que se codeaba al resplandor de los -¡Oh! -exclamó-, ¡el viento de la noche empuja a unos contra otros y junta el ruido de sus cadenas con el de sus huesos! ¡Tal vez ella se encuentre ahí colgada entre los demás! Enloquecido, no supo ya a dónde ir. Unos pasos más allá, se encontró en el Pont
Saint-Michel. Vio luz en la ventana de una planta baja y se aproximó. A través de sus
cristales resquebrajados, descubrió una habitación sórdida que despertó en su espíritu un
recuerdo confuso. En aquella sala, mal iluminada por una débil lámpara, había un hombre
rubio y jovial, de figura agradable, que estaba abrazando y besando entre grandes
risotadas a una muchacha, vestida con mucho descaro. Cerca de la lámpara se veía a
una vieja hilando y cantando a la vez con una voz cascada. Corno as risotadas del joven no Grève, aboye, Grève grouille! Al llegar aquí, el joven volvía a reír y a acariciar a la joven. La vieja era la Falourdel y la muchacha una mujer pública; el joven era su hermano Jehan. Dom Claude seguía mirando, pues le daba igual un espectáculo que otro. -¡Por vida mía! Se está haciendo de noche. Los burgueses encienden sus velas y Dios sus estrellas. Después se acercó a la chica y rompió una botella que había en una mesa a la vez que gritaba. -¡Vacía otra vez! ¡Ya no me queda dinero! Isabeau, querida amiga, no estaré contento de Júpiter hasta que no cambie tus pechos blancos en dos negras botellas para mamar vino día y noche, vino de Beaune. Aquella broma hizo reír a la ramera y Jehan salió. Apenas si dom Claude tuvo tiempo de echarse al suelo para no encontrarse de frente con Jehan y ser reconocido. Por suerte la calle era oscura y el estudiante estaba borracho. Sin embargo, distinguió al archidiácono tumbado en el suelo. -¡Vaya, vaya! Aquí hay uno que hoy se lo ha pasado bien -y empujó con el pie a dom Claude que contenía la respiración. -Borracho del todo -dijo Jehan-. Andando, que está como una cuba; es como una sanguijuela salida del tonel. ¡Y está calvo! Es un viejo -dijo agachándose-,;Fortunate renex! Después dom Claude le oyó alejarse y decir: -Da igual; la razón es hermosa y mi hermano, el archidiácono es un hombre con suerte por ser bueno y tener dinero. Entonces el archidiácono se levantó y corrió sin parar hasta Nuestra Señora, cuyas
enormes torres veía aparecer en la oscuridad por encima de las casas. -¡Oh! -dijo en voz baja-, ¿será verdad que tales cosas hayan pasado aquí hoy; esta misma mañana? Por fin se decidió a mirar a la iglesia. La fachada se destacaba, oscura, sobre un cielo rutilante de estrellas y la luna, en cuarto creciente, estaba en aquel momento encima de la torre derecha y parecía colgada, como un pájaro luminoso, en el borde de la balaustrada, recortada en tréboles negros. La puerta del claustro se hallaba cerrada pero el archidiácono llevaba siempre consigo la llave de la torre en donde se encontraba el laboratorio y la utilizó para entrar en la iglesia. Encontró allí una oscuridad y un silencio de caverna. Por las grandes sombras que
caían por todas partes en anchos pliegues, se dio cuenta de que aún no habían quitado las
colgaduras para la ceremonia de aquella mañana. La gran cruz de plata refulgía en la
oscuridad, salpicada de algunos puntos brillantes, como una vía láctea en aquella noche
de sepulcro. Las altas ventanas del coro mostraban por encima de las colgaduras negras el
extremo superior de sus ojivas, cuyas vidrieras, atravesadas por la luz de la luna, sólo
tenían los colores apagados de la noche, como el violeta, el blanco y el azul que sólo se Echó a andar por la iglesia y le pareció que también la iglesia se movía; que vivía; que cada pilar se convertía en una enorme pata que golpeaba el suelo con su enorme planta pétrea y que la gigantesca catedral se asemejaba a una especie de elefante prodigioso que resoplaba y que se ponía en movimiento, utilizando los pilares como patas, sus dos torres como trompas y el inmenso paño negro como gualdrapa. La fiebre o la locura habían alcanzado tal intensidad que el mundo exterior no era para el infortunado clérigo más que una especie de apocalipsis visible, palpable, pavorosa. Hubo un momento en que estuvo más calmado y recorriendo las naves laterales observó, detrás de uno de los pilares, una luz rojiza. Se acercó a ella como si fuera una estrella; era la pequeña lamparita que iluminaba noche y día el breviario público de Nuestra Señora, tras una rejilla de hierro. Se abalanzó sobre el santo libro con la esperanza de encontrar en él algún consuelo o algo de ánimo. El libro se encontraba abierto en este pasaje de Job por el que su vista se paseó: "Y un espíritu pasó ante mi rostro y sentí como un ligero soplo y se me erizó el vello de mi piel." Ante aquella lúgubre lectura, experimentó lo que experimenta un ciego al sentirse picado por el bastón que ha recogido del suelo. Las piernas comenzaron a fallarle y se derrumbó sobre el suelo, pensando en la que había muerto aquel mismo día. Sentía que pasaban por su cerebro tantas humaredas monstruosas que le parecía como si su cabeza se hubiera convertido en una de las chimeneas del infierno. Quizás permaneció durante mucho tiempo en esta actitud, sin pensar en nada, Poco a poco fue recobrándose y pensó en ir a refugiarse en la torre cerca de su fiel Quasimodo. Se incorporó y como sentía miedo cogió, para iluminarse la lamparita del breviario. Aquello era un sacrilegio pero no estaba en condiciones para preocuparse por tan poca cosa. Subió lentamente por la escalera de las torres, lleno de un secreto terror, que debía afectar también a los escasos transeúntes de la plaza de Nuestra Señora que vieran aquella misteriosa luz rojiza de la lámpara ascendiendo, a aquellas horas, de aspillera en aspillera, hasta lo alto del campanario. De pronto sintió algo de frío en su rostro y es que se encontraba bajo la puerta de la más elevada de las galerías. El aire era fresco; por el cielo corrían grandes nubes blancas que se mezclaban unas sobre otras y se aplastaban en los ángulos, asemejándose a un río desbordado por la corriente del invierno. La luna, varada en su cuarto creciente en medio de las nubes, se asemejaba a un navío celeste, encallado entre aquellos hielos del aire. Bajó la vista y contempló durante un momento, por entre el enrejado de columnillas que une las dos torres, a lo lejos y a través de un velo de humos y de brumas, la multitud silenciosa de los tejados de París, afilados, innumerables, amontonados y pequeños como las olas de un mar tranquilo en una noche de verano. El resplandor de la luna se esparcía por el cielo, dando a la sierra un tono de ceniza. En aquel momento el reloj levantó su voz endeble y cascada y dio las doce. El clérigo pensó en el mediodía y que eran las doce que volvían de nuevo. -¡Oh! -se dijo muy bajo- ¡Qué fría debe estar ya! De pronto, el viento apagó su lámpara y casi simultáneamente vio surgir, por el lado opuesto de la torre, una sombra, un resplandor, una forma blanca de mujer. Se estremeció pues junto a aquella mujer había una cabritilla que prolongaba con su balido la última campanada del reloj. Tuvo el valor de mirarla. Era ella; estaba pálida y sombría. Su melena le caía sobre los hombros como por la mañana pero sus manos estaban libres y no llevaba la soga al cuello. Estaba libre; estaba muerta. Iba vestida de blanco y un velo blanco también le cubría la cabeza. Se acercaba a él lentamente, mirando al cielo y la cabra sobrenatural la seguía. Entonces se sintió de piedra y demasiado pesado para huir. A cada paso que ella avanzaba, él retrocedía otro; eso era todo. Así volvió hasta la bóveda oscura de la escalera. Se sentía helado ante la idea de que ella pudiera llegar hasta donde él se encontraba; si lo hubiera hecho, él habría muerto de terror. Ella se acercó hasta la puerta de la escalera y se detuvo
allí durante algunos Cuando hubo pasado, empezó a bajar la escalera con la lentitud que había observado en aquella aparición, creyéndose él mismo un espectro, asustado, con el cabello erizado y con su lámpara apagada en su mano; mientras bajaba los peldaños en espiral, oía nítidamente en su oído una voz que reía y que repetía: «... Y un espíritu pasó ante mi rostro y sentí como un ligero soplo y se me erizó el
vello de mi piel.»
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