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Parte III 

III PARTE

I

El día siguiente, y en los sucesivos, Esteban reanudó su trabajo en la mina. Iba acostumbrándose, y su existencia se amoldaba a aquellas tareas y aquellos hábitos, que tan rudos e insufribles le parecieron en un principio; una sola aventura alteró la monotonía de la primera quincena: una ligera fiebre, que le tuvo cuarenta y ocho horas en la cama, con los miembros destrozados, la cabeza dolorida y ardiéndole, y creyendo en su delirio que empujaba obstinadamente una carretilla de carbón por una galería angosta e interminable, y tan baja de techo, que su cuerpo casi no podía pasar. Era simplemente la calentura de aclimatación un exceso de cansancio, del que pronto se repuso. 

Y los días sucedían a los días, y semanas y meses iban transcurriendo. Lo mismo que sus compañeros, se levantaba a las tres, tomaba el café y se llevaba la merienda preparada por la mujer de Rasseneur. Todos los días, al llegar por la mañana a la mina, encontraba a Buenamuerte que iba a acostarse, y cuando salía por la tarde se cruzaba en el camino con Bouteloup, que iba a trabajar. Usaba el chaquetón de cuero, el pantalón y la blusa de tela, y tiritaba y se calentaba en la estufa de la barraca como todos los demás. Después tenía que esperar a la boca del pozo a que le llegase el turno de bajada, descalzo y expuesto a furiosas corrientes de aire que venían de todas partes. Pero la máquina, cuyos miembros de acero adornados de cobre brillaban en lo alto, no le preocupaba ya; ni los cables que corrían veloces, ni las jaulas hundiéndose y subiendo en silencio con la mayor regularidad, en medio del estrépito de las señales, de las voces de mando y del rodar estruendoso de las carretillas, llamaban su atención. Su ]interna alumbraba mal; el maldito del farolero no la había limpiado bien; y no le escandalizaban ya los azotes en las nalgas que el hijo de Mouque propinaba a todas las muchachas que bajaban con ellos en el mismo viaje. La jaula se hundía, cayendo como una piedra tirada a un pozo, sin que siquiera volviese la cabeza para ver cómo desaparecía la claridad. Jamás pensaba en la posibilidad de una caída, y se encontraba como en su casa cuanto más iba entrando en la oscuridad profunda del fondo de la mina. Abajo, cuando Pierron les abría la jaula del ascensor, con su aspecto hipócrita, era siempre el mismo sordo rumor de pasos apagados, de gran rebaño en marcha, que producían los obreros, alejándose cada cual por su galería, para llegar a la cantera donde trabajaba. Y conocía las galerías de la mina mejor que las calles de Montsou, y sabía cuándo era necesario bajarse, tomar a la derecha o a la izquierda, o echarse a un lado para evitar un charco. Tal costumbre tenía de andar aquellos dos kilómetros, que habría podido fácilmente recorrerles sin linterna y con las manos metidas en los bolsillos. Y siempre se producían los mismos encuentros: un capataz alumbrando al pasar los carros de los obreros, y el tío Mouque conduciendo su caballo, Braulio guiando a Batallador, que no lo necesitaba, Juan corriendo detrás de un tren de carretillas, cerrando las compuertas de ventilación, y la gorda Mouquette y la flacucha Lidia empujando sus correspondientes carretillas.

A la larga, Esteban, se iba acostumbrando a la humedad y al calor de la cantera, que le hacían sufrir mucho menos que en los primeros días. La chimenea le parecía muy cómoda, como si la hubieran ensanchado y no fuese la misma por donde tanto trabajo le costaba pasar antes. Respiraba sin dificultad, a pesar del polvillo de carbón, veía en la oscuridad, sudaba sin desesperarse, y se habituaba a la sensación de tener la ropa mojada desde por la mañana hasta por la noche. Además, ya no gastaba torpemente sus fuerzas, porque había adquirido la habilidad de un buen trabajador, con tal rapidez, que era el asombro de sus compañeros. Al cabo de tres semanas se le citaba entre los buenos obreros de la mina; no había ninguno quizás que llevara ni más deprisa ni mejor su carretilla hasta el plano inclinado, ni que la colocara en los rieles con más habilidad. Su pequeña estatura le permitía pasar por todas partes y sus brazos, aunque eran finos y blancos como los de una mujer, parecían de acero por su fuerza Y su resistencia en el trabajo. Jamás se quejaba, sin duda por orgullo; ni siquiera cuando se veía rendido de fatiga. Lo único que le echaban en cara era que no le gustaban las bromas, y que se enfadaba con facilidad. Pero se transigía con él, considerándolo como un verdadero minero, que, como los demás, por la fuerza de la costumbre, se sometía a hacer las veces de una máquina. 

En medio de la general estimación, Maheu, muy especialmente, iba tomando cariño a Esteban, porque sentía siempre cierto respeto por el que trabajaba a conciencia. Además, lo mismo que sus otros compañeros, comprendía que aquel muchacho tenía una instrucción muy superior a la suya; le veía leer, escribir, dibujar planos, y le oía hablar de cosas de las cuales ignoraba él hasta la existencia. Todo aquello no le asombraba, Porque los mineros son gente ruda, que tienen menos cabeza que los maquinistas; pero le sorprendía el valor de aquel mozo y los ánimos con que se había hecho minero para no morirse de hambre. Era el primer obrero de otro oficio que se había aclimatado tan pronto' Así es, que cuando el trabajo corría prisa, por no distraer a un cortador de arcilla, encomendaba a Esteban el revestimiento de madera, seguro de que lo había de hacer con solidez y prontitud. Los jefes seguían fastidiándole siempre con aquella pícara cuestión del revestimiento, y temía a cada momento ver aparecer al ingeniero Négrel acompañado de Dansaert, chillando, discutiendo y regañando para mandar deshacer el trabajo y hacerlo de nuevo; creía haber observado que lo que hacía Esteban satisfacía a aquellos señores, quienes, sin embargo, no dejaban de decir que estaban hartos, y que la Compañía se vería obligada a tomar severas medidas. El estado de las cosas iba siendo alarmante: en la mina crecía sordamente el descontento, y Maheu mismo, que era hombre tranquilo y prudente, acababa por cerrar los puños con rabia. 

Al principio había habido cierta rivalidad entre Zacarías y Esteban; una tarde se habían amenazado con darse de bofetadas, pero el primero había tenido que reconocer la superioridad del joven, lo cual, dado su carácter, no era muy extraño, porque tenía un carácter dúctil, y era un pobre muchacho que no pensaba más que en divertirse, y que hacía las paces con cualquiera por un jarro de cerveza. También Levaque ponía buena cara al forastero, y hablaba de política con él, exponiéndole sus ideas radicales. Y, entre todos los compañeros, solamente notaba cierta sorda hostilidad por parte de Chaval, y no ciertamente porque dejaran de tratarse como buenos camaradas; sin embargo, cuando estaban juntos, las lenguas decían lindezas, pero los ojos se insultaban. Catalina continuaba con su aire de muchacha cansada y resignada, trabajando animosamente, amiga de su compañero, pero fiel a su amante, cuyas caricias soportaba abiertamente. Era una situación aceptada; unas relaciones a las cuales hacía la vista gorda toda la familia, hasta el punto de que Chaval acompañaba todas las noches a Catalina hasta la puerta de su casa, después de llevársela al cobertizo de Réquillart y pasar allí un rato acariciándola. Al despedirse, se daban un beso delante de todos los vecinos del barrio. 

Esteban, que creía haberse resignado a la situación, bromeaba a menudo con ella a propósito de sus paseos, empleando esas palabras soeces al uso entre hombres y mujeres en el fondo de las minas; y ella contestaba en el mismo tono, contando todo lo que le hacía su amante; pero pálida y temblorosa, sin embargo, cuando sus miradas tropezaban con las de Esteban. 

Cuando tal sucedía, uno y otro volvían la cabeza, se quedaban a veces una hora sin hablar palabra, y como si se odiasen por cosas secretas entre ellos sobre las cuales no habrían de explicarse nunca. 

Había llegado la primavera. Esteban un día, al salir de la mina, había recibido en pleno rostro una bocanada suave de viento de abril, un olor agradable de tierra nueva, de verdor, de aire puro; y desde aquel día, cada vez que abandonaba el trabajo, la primavera le parecía más hermosa después de aquellas seis horas de faena en el eterno invierno de la mina, en medio de aquella oscuridad profunda, jamás animada por el verano. Los días iban siendo más largos, y Esteban había terminado, a fines de mayo, por bajar al salir el sol, cuando el cielo color de púrpura alumbraba la Voreux entre las vaguedades de la aurora. Ya no tiritaba; por la llanura llegaban bocanadas de aire templado. Luego, al salir a las tres de la tarde, se sentía deslumbrado por el sol que ya quemaba incendiando el horizonte, enrojeciendo los ladrillos ennegrecidos por el polvo del carbón. En junio, los campos de trigo verdeaban ya, contrastando su color con lo oscuro de los campos de remolacha. Era un mar de espigas moviéndose continuamente a impulsos del aire, que se extendía, creciendo de día en día, y que a veces Esteban creía encontrar más dilatado al salir de la mina, que cuando, al entrar en ella por la mañana, se había detenido a contemplarlo. 

Los pocos árboles que crecían a orillas del canal se iban poblando de hojas. La hierba invadía la plataforma de la mina, los prados se cubrían de florecillas, la vida de la naturaleza animaba aquella tierra, debajo de la cual perecía de hambre y de cansancio todo un pueblo de desheredados. 

Entonces, cuando Esteban salía a pasear por las noches, no era por detrás de la plataforma donde sorprendía a las parejas amorosas. Veía sus huellas por entre los trigos, adivinaba entre las espigas sus nidos de pájaros. Zacarías y Filomena, sin duda por costumbre, habían vuelto a frecuentar el campo; la tía Quemada, siempre detrás de Lidia, la sorprendía a cada instante con Juan, tan escondidos y juntitos, que era necesario materialmente ponerles los pies encima para verlos; y en cuanto a la Mouquette, se entregaba a los placeres del amor en todas partes. No había medio de salir al campo sin encontrarla en brazos de algún minero. 

Pero todas ellas eran libres de hacer lo que quisieran; el joven no consideraba culpable semejante conducta más que las noches que se encontraba a Catalina con Chaval. Dos veces vio que, al aproximarse él, se escondían, dejando inmóviles las espigas donde se habían ocultado. Otra vez, en ocasión de ir por un estrecho sendero, los ojos de Catalina se le aparecieron a la altura de los trigos, escondiéndose enseguida. Entonces la llanura inmensa le parecía pequeña, y prefería pasar la velada en casa de Rasseneur. 

-Señora Rasseneur, deme cerveza. No, no voy a salir esta noche estoy rendido.

 Y se volvía a mirar a un compañero suyo, que de ordinario se sentaba en una de las mesillas del fondo, apoyando la cabeza en la pared. 

-¿No quieres tú un jarro, Souvarine? -No, gracias; no tomo nada. 

Esteban había conocido a Souvarine porque vivía allí, en la misma casa, en el cuarto contiguo al suyo. Tendría unos treinta años, era delgado, rubio, de cara alargada y fina, y barba escasa. Sus dientecillos blancos y afilados, su boca y nariz correctas y lo sonrosado de su cutis, le daban el aspecto de una muchacha, aspecto de dulzura, turbado a veces por los destellos violentos de sus ojos azules. En su habitación de obrero pobre no había más que un cajón de papeles y de libros. Era ruso; no hablaba jamás de sí mismo, y dejaba que se contaran acerca de él todo género de estupendas historias legendarias. Los mineros, desconfiados siempre con los extranjeros, considerándolos de clase distinta a la suya, al ver sus manos pequeñas y finas, habían supuesto que era algún asesino refugiado allí, a fin de burlar la acción de la justicia. Luego, el ruso se había mostrado tan fraternal con ellos, tan sin orgullo, había distribuido de tal modo entre toda la chiquillería del barrio los cuartos que llevaba algunos días en los bolsillos, que le aceptaban ya sin desconfianza y tranquilos, habiendo oído el rumor de que era un refugiado político, rumor vago, pero que le servía de escudo contra las calumnias de los primeros días. 

Al principio, Esteban le encontró tan reservado, que le fue antipático. No conoció su historia hasta algún tiempo después. Souvarine era el hijo menor de una familia de la provincia de Tula. En San Petersburgo, donde se hallaba estudiando medicina, el apasionamiento socialista, que perturbaba a toda la juventud rusa, le había decidido a aprender un oficio, el de maquinista, a fin de poderse confundir con el pueblo, y conocerlo y tratarlo como a hermanos. Entonces vivía de ese oficio, después de haber emigrado de su país a consecuencia de haberse comprometido en una tentativa de asesinato contra el Emperador; durante un mes había vivido oculto en una cueva, abriendo una mina, cargando bombas, en el constante peligro de que volase la casa donde trabajaban los conspiradores. Enojado con su familia, que renegaba de él, sin un cuarto y rechazado de los talleres de Francia, donde porque era extranjero se sospechaba que era un espía, se había estado muriendo de hambre, hasta que al fin la Compañía de Montsou le había dado trabajo en un momento de apuro. Un año hacía que estaba trabajando como buen obrero, sobrio, de pocas palabras, y haciendo una semana servicio nocturno y otra servicio de día, con una exactitud tan grande, que a menudo le citaban los jefes como modelo de buenos obreros. 

-¿Pero, hombre, tú nunca tienes sed? -le preguntaba Esteban sonriendo.

-Nada más que cuando como. 

Su compañero le hacía también bromas a propósito de las mujeres, y juraba haberle visto tendido en los trigos con una comedora. Él siempre se encogía de hombros con tranquila indiferencia. ¿Una comedora? ¿A qué? Las mujeres, para él, eran compañeras, buenas amigas, si tenían el espíritu de fraternidad y el valor de un hombre. Y si no, ¿a qué interesar el corazón por quien no lo merecía? No quería ni mujer, ni amigos ni lazos de ningún género; deseaba ser libre. 

Todas las noches, cuando a eso de las nueve la taberna quedaba desierta, Esteban charlaba un rato con Souvarine. Él bebía su ración de cerveza a pequeños sorbos, para saborearla mejor; el otro fumaba cigarrillo tras cigarrillo, el humo de los cuales le tenía manchadas las yemas de los dedos. 

Sus vagas miradas místicas parecían seguir las nubecillas del humo de su cigarro, a través del país de los ensueños; su mano izquierda, siempre nerviosa, tentaba en el aire, porque no podía estarse quieta, y ordinariamente acababa por instalar sobre sus rodillas a un conejo casero, una coneja, mejor dicho, siempre preñada, que andaba suelta por la casa corno un perrillo. 

El animalito, al cual habían bautizado con el nombre de Polonia, le tenía gran cariño; se acercaba a olerle el pantalón, se ponía de pie sobre las patitas de atrás, le arañaba cariñosamente con las de delante, hasta que conseguía que la cogiese en brazos como si fuera una criatura. Luego se acurrucaba contra él, echaba las orejas atrás, y cerraba los ojos, en tanto que el obrero, sin cansarse nunca, maquinalmente, con un movimiento inconsciente de caricia, pasaba la mano por el sedoso pelo de su lomo. 

-¿Sabéis -dijo una noche Esteban- que he recibido otra carta de Pluchart? 

No había nadie en la tienda más que Rasseneur. El último parroquiano acababa de marcharse. 

-¡Ah! -exclamó Rasseneur, que estaba de pie delante de sus dos huéspedes-. ¿Dónde está Pluchart? 

Hacía dos meses que Esteban se carteaba con el maquinista de Lille al cual había dado noticia de su entrada en las minas de Montsou, y que ahora trataba de adoctrinarle, entusiasmado con la idea de la propaganda que podía hacer entre los mineros. 

-La verdad es que la tal Asociación marcha divinamente. Parece que de todas partes se reciben numerosas adhesiones. 

-¿Qué dices tú de esa Asociación? -preguntó Rasseneur a Souvarine. Éste, que estaba acariciando a Polonia, echó una bocanada de humo, murmurando con su habitual tranquilidad: 

-¡Otra tontería! 

Pero Esteban se exaltaba. Cierta predisposición a sublevarse le lanzaba a la lucha entre el capital y el trabajo, en medio de las primeras ilusiones de su ignorancia. Se trataba de la Asociación Internacional de Trabajadores, de la famosa Internacional que acababa de fundarse en Londres. ¿No significaba aquello un esfuerzo supremo, el comienzo de una campaña heroica, en la cual saldría vencedora la justicia? 

Ya no habría fronteras; los trabajadores del mundo entero se unirían, y se levantarían enérgicos y amenazadores para asegurar al obrero el pan que tan trabajosamente ganaba. ¡Y qué organización tan sencilla y tan grandiosa! Primero, la sección que representa el Municipio; luego, la federación que agrupa las secciones; después, la nación, y finalmente, la humanidad entera, encarnada en una especie de Consejo general, en el cual cada nación se vería representada por su secretario correspondiente. Antes de seis meses habrían conquistado los de la Internacional todo el orbe, y dictarían órdenes a los capitalistas que quisieran resistirse. 

-¡Tonterías! -replicó Souvarine-. Vuestro Karl Marx no piensa más que en dejar que obren las fuerzas naturales. Nada de política, nada de conspiración, ¿no es verdad? Todo a la luz del día, y sin más objetivo que el aumento de los salarios... ¡Andad al demonio con vuestra revolución, que me hace reír! Prended fuego a las ciudades por los cuatro costados, destruíd los pueblos, arrasadlo todo; y cuando no quede nada de ese mundo podrido, quizás nacerá otro que sea mejor. 

Esteban se echó a reír. Seguía sin comprender las palabras de su amigo; aquella teoría de la destrucción total le parecía inventada por él para darse tono. Rasseneur, más práctico y con el buen sentido propio de un hombre establecido, no se enfadó. Pero quiso precisar las cosas. 

-Entonces, qué; ¿piensas fundar una sección en Montsou? 

Eso era lo que deseaba Pluchart, a quien habían nombrado secretario general de la federación del norte. Insistía, sobre todo, en los buenos servicios que la Asociación podría prestar a los mineros, si algún día éstos se declaraban en huelga. Esteban juzgaba precisamente que la huelga estaba próxima, porque la cuestión del revestimiento de maderas, que aún se hallaba pendiente, acabaría mal sin duda; cualquier exigencia de la Compañía sublevaría a los mineros. 

-Lo malo son las suscripciones -declaró Rasseneur con tono juicioso-. Parece que cincuenta céntimos -anuales para el fondo general y dos francos para el de la sección, son una insignificancia, y estoy seguro, sin embargo, de que muchos no querrán darlos. 

-Tanto más -observó Esteban-, cuanto que debíamos empezar por crear aquí una Caja de Socorros, que, en caso necesario, convertiríamos en Caja de Resistencia... En fin, es tiempo ya de pensar en algo de eso. Yo, Por mi parte, estoy dispuesto, si los demás lo están. 

Hubo un momento de silencio. El quinqué de petróleo, colocado sobre el mostrador, alumbraba la estancia. Por la puerta, que estaba de par en par, llegaba hasta los tres interlocutores, se distinguía a la perfección, el ruido producido por la pala de un fogonero de la Voreux que atestaba de carbón una caldera de la máquina. 

-¡Está todo tan claro! -replicó la señora Rasseneur, que acababa de entrar, y escuchaba con ademán sombrío las últimas palabras de los tres hombres-. Si supierais que me han costado los huevos hoy a veintidós sueldos... Por fuerza tiene que estallar esto. 

Sus tres interlocutores fueron de la misma opinión. 

Hablaban uno detrás de otro, y todos lamentándose con voz compungida. El obrero no podía resistir aquella vida; la revolución había aumentado sus miserias; los burgueses eran los que engordaban desde el 93, sin dejar a la clase obrera ni los platos sucios para que los rebañase. ¡Que dijera cualquiera si los pobres trabajadores tenían la parte que en justicia les correspondía en el aumento de la riqueza pública que se notaba en los cien últimos años! Se habían burlado de ellos, declarándolos libres; sí, libres de morirse de hambre, lo cual no se privaban de hacer. Porque votar a favor de los caballeretes que solicitaban sus sufragios para olvidarse de ellos enseguida, no les daba de comer. No; de un modo o de otro, era necesario acabar: bien pacíficamente por medio de leyes, por un acuerdo amistoso, o bien como salvajes, prendiéndole fuego a todo y devorándose unos a otros. Era imposible que se acabara el siglo sin otra revolución, que sería la de los obreros, una revolución que limpiara la sociedad completamente y que la reorganizaría sobre bases más equitativas. 

-¡A la fuerza ha de estallar esto! -repetía la señora Rasseneur.

-¡Sí, sí! -exclamaron los otros tres-. A la fuerza. 

Souvarine, que acariciaba las orejas de Polonia, cuyas narices tiritaban de gusto, dijo a media voz, con los ojos entornados y como si hablara consigo mismo, sin dirigirse a nadie: 

-¿Acaso se pueden aumentar los salarios? Están fijados por ciertas leyes económicas, que los reducen a la cantidad indispensable, precisamente la necesaria, para que el obrero coma pan y tenga hijos... Si bajan mucho, los obreros se mueren de hambre, y las huelgas y las quejas los hacen subir.. Si suben demasiado, aumenta la oferta para hacerlos bajar ... 

Es el equilibrio de las barrigas vacías, la condena a cadena perpetua en el presidio del hambre. 

Cuando se abandonaba de aquel modo a sus ideas, hablando de las cuestiones que preocupan al socialista instruido, Esteban y Rasseneur se quedaban inquietos y turbados ante sus desoladoras afirmaciones, a las cuales no sabían cómo contestar. 

-¡Lo veis! -replicó con su calma acostumbrada-. Es preciso destruirlo todo, o vuelve a aparecer el hambre. ¡Sí! ¡La anarquía, y nada más que la anarquía; la tierra lavada con sangre, purificada por el fuego!... Luego, ya se verá lo que viene. 

-El señor tiene razón -declaró la mujer de Rasseneur, que en aquellas discusiones revolucionarias se mostraba siempre muy cortés. 

Esteban, desesperado con su ignorancia, no quiso discutir más, y se levantó, diciendo: 

-Vamos a acostarnos. Todo esto no evitará que me tenga que levantar a las tres. 

Souvarine, después de haber tirado al suelo la punta del último cigarrillo, cogía a Polonia con el mayor cuidado para dejarla en el suelo. Rasseneur cerraba la tienda. Todos se retiraron con zumbidos en los oídos, y la cabeza pesada por el recuerdo de aquellas gravísimas cuestiones que habían discutido. 

Y todas las noches tenían conversaciones por ese estilo en aquella sala desocupada y en torno al jarro de cerveza que Esteban tardaba una hora en beberse. 

Un conjunto de ideas vagas que dormían en él le agitaba si cesar. Devorado, sobre todo, por el afán de aprender, había vacilado mucho tiempo antes de decidirse a pedir libros prestados a su vecino, el cual, desgraciadamente, no tenía sino obras escritas en alemán y en ruso. Por fin había hecho que le prestasen un libro en francés sobre Sociedades Cooperativas; otra tontería, según decía Souvarine; y leía también con toda regularidad un periódico que recibía éste, titulado El Combate, publicación anarquista que veía la luz en Ginebra. Por lo demás, y a despecho de sus amistosas relaciones y de su continuo trato, veía siempre al ruso reservado, inalterable, despreciando la vida y mirándolo todo con indiferencia. 

En los primeros días de julio la situación de Esteban mejoró. En medio de la monotonía de aquella vida de la mina, se había producido un incidente: los trabajadores del filón Guillermo habían tropezado con roca viva; una perturbación en las capas carboníferas, que anunciaba ciertamente la proximidad de la desaparición del filón, y, en efecto, pronto desapareció tras unas capas de rocas, que los ingenieros, a pesar de su conocimiento profundo del terreno, no habían sospechado siquiera. Aquello conmocionó a la gente de la mina; no se hablaba más que del filón que había desaparecido. 

Los mineros viejos abrían las narices como buenos perros lanzados a caza de la hulla. Pero entre tanto el trabajo no había de quedar en suspenso, y la tablilla de anuncios de la Compañía puso en conocimiento de todos que se iban a celebrar nuevas subastas. 

Un día Maheu, al salir del trabajo, se dirigió a Esteban, y le propuso entrar a formar parte de su cuadrilla, en reemplazo de Levaque, que se había marchado a otra parte. La cosa estaba ya arreglada con el ingeniero y con el capataz mayor, que parecían hallarse muy satisfechos del joven. Así fue que Esteban no tuvo más que aceptar lo que le ofrecían, felicitándose por aquel ascenso, que, aparte de mejorarle materialmente, demostraba iba en aumento la consideración y el afecto que Maheu le tenía. 

Aquella misma tarde se reunieron en la mina para enterarse del anuncio. Las canteras sacadas a subasta se llamaban el filón Filomena situado en la galería norte de la Voreux. Parecían no ofrecer grandes ven tajas, y el minero meneaba la cabeza con aire de mal humor, escuchando la lectura de las condiciones que en voz alta hacía Esteban. En efecto: cuando al día siguiente bajaron, y le llevó a visitar el filón nuevo, le hizo notar la gran distancia que lo separaba del pozo de subida, la naturaleza desventajosa del terreno, y el poco espesor y mucha dureza del carbón. Pero, sin embargo, si querían comer, tenían que trabajar sin remedio. Así, que el domingo -siguiente fueron juntos al acto de la subasta, que se celebraba en la barraca, presidido por el ingeniero de la mina, en ausencia del ingeniero de aquella división. Négrel estaba acompañado por el capataz mayor. Se hallaban presentes quinientos o seiscientos carboneros al pie de una pequeña plataforma que habían colocado en un rincón, y las adjudicaciones estaban tan animadas, que no se oía más que un ruido sordo de voces, que gritaban cifras, ahogadas por otras cifras más subidas.

Por un momento Maheu temió no poder obtener ninguna de las cuarenta canteras que la Compañía había sacado a subasta. Todos los concurrentes pujaban la baja, inquietos por el rumor de crisis, y acometidos por el pánico de quedar sin trabajo. El ingeniero Négrel no se apresuraba ante aquella lucha encarnizada, dejando bajar la subasta a las cantidades más pequeñas posibles, mientras Dansaert, deseoso de sacar mayores ventajas para sus amos, mentía, ponderando las bondades de las canteras subastadas. Fue preciso que Maheu, para conseguir lo que necesitaba, luchara encarnizadamente con otro compañero, que por lo visto se hallaba en el mismo caso; cada cual en su turno iba bajando un céntimo en el precio de la carretilla; y si Maheu quedó al cabo vencedor, fue porque tanto y tanto bajó, que el mismo capataz Richomme, que estaba en pie detrás de él, empezó a enfadarse, le dio un codazo y murmuró que jamás podría salir adelante con semejante precio. 

Cuando salieron de allí, Esteban, que juraba y blasfemaba, estalló de rabia al ver a Chaval que, flamante y con aire de conquistador, volvía con Catalina de pasear por los trigos, mientras su padre se ocupaba en los asuntos serios. 

-¡Será posible!... -gritó-. ¡Vaya una manera de portarse!... Es decir, que ahora sean los obreros quienes se aprietan entre sí. 

Chaval se enfureció: él no hubiera bajado tanto, y Zacarías, que acababa de ponerse a escuchar por mera curiosidad, declaró que era insoportable. Pero Esteban le impuso silencio con un gesto de violenta y sorda cólera. 

-¡Esto acabará el día menos pensado, y seremos los amos! -dijo. 

Maheu, que no había vuelto a decir palabra desde que terminara la basta, pareció despertar entonces de un pesado sueño, y exclamó: 

-¿Los amos?... ¡Ah, maldita suerte! ¿Cuándo será el día ... ?

II

Era el último domingo de julio, día de la fiesta de Montsou. El sábado por la tarde, las amas de casa habían fregado las salas de abajo, baldeándolas con cubos de agua echada en el suelo y contra las paredes, y el Pavimento no estaba todavía seco, a pesar de la arenilla blanca que le habían echado, sin reparar en gastos, porque aquello era un verdadero lujo para sus escuálidas bolsas. El día amaneció caluroso; era uno de esos días sofocantes, amenazadores de tempestad, tan frecuentes en los países del norte. 

Los domingos cambiaba el horario de levantarse en casa de los Maheu. Mientras el padre, a las cinco de la mañana, harto ya de cama, se vestía, los hijos se permitían el lujo de dormir hasta las nueve. Aquel día Maheu salió al jardín a fumar una pipa, y luego volvió a entrar en la casa, y se comió una tostada de pan y manteca para hacer tiempo y no aburrirse. Así pasó la mañana sin saber cómo, componiendo una pata de la mesa que estaba despegada, y pegando en la pared, debajo del reloj, un retrato del Emperador, que habían regalado a sus hijos. 

Todos fueron bajando uno a uno; el abuelo Buenamuerte había sacado una silla a la calle para sentarse a tomar el sol; la madre y Alicia habían empezado desde luego a trabajar en la cocina. Catalina apareció con Leonor y Enrique, a quienes acababa de vestir; y ya daban las once, y la casa estaba impregnada del olor que despedía un guisado de conejo con patatas puesto a la lumbre temprano, cuando se presentaron Zacarías y Juan con los ojos hinchados de dormir y bostezando todavía. 

Todo el barrio estaba en movimiento ya, animado por la fiesta, y cada cual apresurándose a comer para dirigirse en grandes grupos en dirección a Montsou. Cuadrillas de chicos galopaban por las calles; multitud de hombres en mangas de camisa hacían sonar las zapatillas que llevaban en chancleta con esa pereza característica de los días de descanso. Las ventanas y las puertas, abiertas todas de par en par a causa del calor, permitían ver la fila de salas limpiadas de la víspera, y animadísimas por la alegre charla y el reír bullicioso de todas las familias. Por todas partes olía a conejo guisado; un olor de cocina rica, que aquel día combatía el inveterado perfume de la cebolla frita. 

Los Maheu comieron a las doce en punto. No se mezclaban demasiado en la algazara general, ni hacían mucho caso de los chismes de tantos que se cruzaban de casa a casa, pidiéndose cosas prestadas, y hablando de todo un poco, y un mucho de lo que se iban a divertir en la fiesta del pueblo. Es verdad que hacía tres semanas que se habían enfriado sus relaciones con sus vecinos los Levaque, con motivo de la boda de Zacarías y Filomena. Los hombres se veían de cuando en cuando; pero las mujeres estaban como si no se hubieran conocido en la vida. Esta cuestión estrechó los lazos de amistad con la mujer de Pierron. Pero ésta, dejando a Pierron y a Lidia al cuidado de su madre, se había marchado desde muy temprano aquella mañana a pasar el día en casa de una prima suya, que vivía en Marchiennes; y todos bromeaban, porque ya sabían quién era la prima; tenía bigote, y era capataz mayor de la Voreux. La mujer de Maheu declaró que no estaba bien dejar sola a la familia en un día tan solemne como aquél. 

Además del conejo guisado con patatas, al que habían estado engordando durante un mes, los Maheu tenían sopa y carne para celebrar la fiesta. Precisamente el día antes se había cobrado la quincena. No recordaban haberse regalado de tal modo nunca. Ni siquiera cuando las fiestas de Santa Bárbara, durante las cuales los mineros no trabajaban en tres días, había estado tan rico el conejo. Los diez pares de mandíbulas que había en la casa, desde las de Estrella, a quien empezaban a salir los dientes, hasta las de Buenamuerte, al cual apenas le quedaba ninguno ya, trabajaban con tal ardor, que ni los huesos quedaron en los platos. La carne era buena; pero la digerían mal, porque no estaban acostumbrados a comerla. No quedó más que un poco de caldo para por la noche. Si tenían hambre, harían tostadas con manteca. 

Juan fue el primero que desapareció; Braulio le esperaba al otro lado del jardín. Los dos rondaron largo rato por allí antes de poder arrancar de su casa a Lidia, a quien retenía la Quemada, porque había resuelto no salir y que no saliera la chiquilla. Cuando advirtió la fuga de la muchacha, gritó y se enfureció, agitando en el aire sus escuálidos brazos, mientras Pierron, aburrido de oírla chillar, se fue de paseo, con el aire de un marido que sale a divertirse sin remordimiento, sabiendo que su mujer se divierte también Por otro lado. 

Luego se marchó el viejo Buenamuerte, y Maheu se decidió también a tomar un poco de aire, después de convenir con su mujer en que se reunirían en el pueblo. Ella al principio se negaba, porque le era imposible ir a ninguna parte con los chiquillos; luego dijo que quizá pudiera, que lo pensaría despacio, y por fin accedió a lo que su marido le pedía, prometiéndole que iría a buscarle para volver juntos a casa. Cuando se vio en ]a calle, titubeó un momento, y por fin se decidió a entrar en casa de los vecinos a ver si Levaque estaba listo; pero se encontró allí a Zacarías, que estaba esperando a Filomena, y la mujer de Levaque planteó su eterna cuestión del casamiento de los chicos, diciendo que se burlaban de ella, y que tendría una charla decisiva con la mujer de Maheu. ¡Estaba bonito que tuviera ella que cargar con los hijos de su hija, que no tenían padre, mientras Filomena se iba por ahí a gozar con su amante! La joven acabó de ponerse tranquilamente la cofia, y Zacarías se la llevó, diciendo que él, por su parte, quería casarse, siempre que su madre consintiese. Como Levaque había salido ya, Maheu dijo a la vecina que se entendiera con su mujer, y se marchó también apresuradamente. Bouteloup, que estaba comiendo un pedazo de queso, con los codos apoyados en la mesa, se negó obstinadamente a aceptar el convite que le hacía de ir a tomar un jarro de cerveza. Se quedaba en casa, como buen marido. 

Poco a poco, el barrio de los obreros iba quedando desierto. Los hombres se habían marchado, mientras sus hijas, que en las puertas de sus casas los observaban, se iban enseguida, en dirección opuesta, del brazo de sus queridos. Cuando su padre desaparecía por la esquina de la iglesia, Catalina, que vio a Chaval, se dio prisa para reunirse con él, y tomar, cogida de su brazo, el camino de Montsou. Y la madre, que se había quedado sola y rodeada de los chicos pequeños, no teniendo ánimos para moverse de la silla, se sirvió otro vaso de café, que empezó a beber a pequeños sorbos. En el barrio no quedaban ya más que las mujeres casadas, invitándose unas a otras a tomar algo, y acabando de vaciar las cafeteras en derredor de las mesas, llenas aún de restos de comida. 

Maheu suponía que Levaque estaba en la taberna de Rasseneur, Y tomó el camino hacia allí, pero sin darse prisa. En efecto: detrás de la casita, en el jardinillo cerrado por una tapia, Levaque jugaba a los bolos con otros compañeros. En pie y sin jugar, los dos viejos Buenamuerte y Mouque, seguían las bolas con la vista, de tal modo absortos en su contemplación, que no hablaban ni una sola palabra. El sol caía a plomo, no se disfrutaba mas que un poco de sombra arrimándose a la pared de la casa; allí estaba Esteban, sentado junto a una mesa con un jarro de cerveza delante, Y aburrido porque su amigo Souvarine acababa de dejarle para subir a su cuarto. Casi todos los domingos el maquinista se encerraba a leer o a escribir. 

-¿No juegas? -preguntó Levaque a Maheu. 

Pero éste rehusó. Tenía mucho calor, y estaba ya muriéndose de sed. -¡Rasseneur! -gritó Esteban-. Trae un jarro. 

Y volviéndose a Maheu: 

-Oye, yo pago. 

Ya se tuteaban todos. 

Rasseneur no tenía prisa, por lo visto, y hubo que llamarle tres veces; al fin su mujer fue la que, con aquel ademán cortés que le era habitual, llevó lo que habían pedido. El joven había bajado la voz para quejarse de la casa; eran buenas gentes, que tendrían ideas laudables, pero la cerveza que daban era pésima, y en cuanto a las comidas, además de no ser limpias no había quien pudiera tragarlas. Ya se hubiera mudado mil veces de casa, si no temiera ir a vivir a Montsou, que estaba tan lejos de la mina. Tendría que acabar buscando una familia de las del barrio de los obreros que quisiera darle habitación y ropa por un tanto mensual. 

-Realmente, realmente -repetía Maheu con su reposado tono- estarías mucho mejor viviendo en familia. 

Pero en aquel momento se oyeron grandes gritos. Levaque acababa de derribar todos los palos a la vez. Mouque y Buenamuerte, con la cabeza baja, en medio del ruidoso aplauso general, guardaban un silencio de aprobación profunda. Y el gozo de ver semejante jugada se desbordó en bromas y chacota, sobre todo cuando los jugadores vieron aparecer por encima de la tapia el rostro encendido y jovial de la Mouquette. 

Hacía una hora que estaba rondando por aquellos andurriales, y al oír los gritos y las risas, se había atrevido a asomarse. 

-¿Cómo es eso? ¿Estás sola? -le gritó Levaque-. ¿Y tus novios? -Los he despedido a todos -contestó ella con impúdica alegría-. Estoy buscando ahora otro. 

Todos se le ofrecieron, prodigándole multitud de palabras de doble sentido; Pero ella a todos les decía que no con la cabeza, se reía a más y mejor, y estaba más amable que nunca. Su padre presenciaba la escena sin quitar la vista de los palos derribados por Levaque. 

-¡Anda, anda! -continuó éste, mirando al sitio donde se hallaba Esteban-. Ya sabemos detrás de quién andas... Pero se me figura que tendrás que conquistarle a la fuerza. 

Esteban a su vez comenzó a bromear. En efecto: a él era a quien buscaba la joven. El minero le decía siempre que no, con la cabeza, divirtiéndose, pero sin gana ninguna de dejarse conquistar. La Mouquette permaneció inmóvil algunos minutos más detrás de la tapia, contemplándole con ojos tiernos; luego se alejó lentamente, poniéndose de Pronto seria y como anonadada por el dolor. 

Esteban, a media voz, seguía dando a Maheu explicaciones sobre lo preciso que era para los carboneros de Montsou el establecimiento de una Caja de Ahorros. 

-Puesto que la Compañía dice que nos deja en libertad -preguntaba el joven-, ¿qué tememos? Indudablemente ella tiene señaladas sus pensiones; pero las distribuye a su antojo y con razón, puesto que no nos descuenta nada. Pues bien: sería muy conveniente formar una Sociedad de Socorros Mutuos, con la cual pudiéramos contar, al menos, en caso de inmediata necesidad. 

Y el obrero entraba en pormenores, discutiendo la organización y ofreciéndose él a tomar sobre sí todo el trabajo. 

-Yo, por mi parte -dijo Maheu convencido-, estoy dispuesto a contribuir con lo que sea. Pero los otros... Procura convencer a los demás. 

Levaque había ganado la partida; los jugadores dejaron las bolas para tomar cerveza. Maheu se negó a beber otro jarro por el momento; luego vería, puesto que quedaba mucho tiempo hasta la noche. Se acordó de Pierron. ¿Dónde estaría? Sin duda en la taberna de Lenfant. Animó a Levaque y a Esteban, y los tres se marcharon en dirección a Montsou, en el momento que otro grupo invadía el juego de bolos, preparándose a jugarse nuevos jarros de cerveza. 

En el camino hubo que entrar en la taberna de Casimiro y en el cafetín del Progreso. Los amigos los llamaban desde las puertas, y no había manera de decir que no. Cada vez se bebían un jarro, o dos si correspondían con otro convite. Se estaban allí cosa de diez minutos, charlaban cuatro palabras, y continuaban su camino muy tranquilos, sabiendo muy bien la cerveza que podían tomar impunemente. En la taberna de Lenfant vieron enseguida a Pierron, que acababa de propinarse su segundo trago de cerveza, Y por no negarse a brindar con ellos, se bebió el tercero. Ellos, por descontado, bebieron los suyos correspondientes. Los cuatro, reunidos, salieron a la calle con el propósito de ver si Zacarías estaba en la taberna de Tison. No había nadie allí; se sentaron en una mesa para esperarle, y pidieron otro jarro de cerveza. Luego pensaron en el cafetín de San Eloy, donde tuvieron que aceptar una ronda del capataz Richomme, y así siguieron de taberna en taberna, recorriendo las estaciones, como ellos decían, sin más objetivo que pasear y pasar el rato. 

-¡Vamos al Volcán! -dijo de pronto Levaque, que iba estando alegre. 

Los otros se echaron a reír; y aunque vacilando, al cabo acompañaron a su amigo, atravesando aquellas calles, cada vez más animadas, en medio del estrépito creciente de la fiesta del pueblo. En la sala, larga y estrecha del Volcán, sobre un tablado raquítico levantado en un extremo, cinco cantantes, última escoria de las mujeres públicas de Lille; cantaban y bailaban con desvergüenza luciendo sus escotes enormes y los concurrentes daban diez sueldos cuando querían irse con una a pasar un rato detrás del escenario. No es preciso decir que frecuentaba semejante tugurio toda la juventud minera, desde el cortador de arcilla hasta el último mozalbete de quince años, y que se bebía mucha más ginebra que cerveza. 

También solían ir algunos mineros formales, maridos que vivían en continua pelotera con su mujer, y que no podían resistir las miserias de la vida doméstica. 

Cuando los cuatro amigos hubieron tomado asiento alrededor de una mesa del café cantante, Esteban la emprendió con Levaque, explicándole su idea y su propósito de fundar una Caja de Socorros. El joven tenía el sistema de obstinada propaganda, propio de los neófitos que se creen en el deber de cumplir una misión sagrada. 

-Cada cual -repetía- puede muy bien dar un franco todos los meses. Con esos francos acumulados, tendríamos en cuatro o cinco años un buen capital; y cuando se tiene dinero, se es fuerte: ¿no es verdad? En todas las ocasiones y en todas las circunstancias. ¡Eh! ¿Qué te parece? 

-Yo no digo que no -respondió Levaque, con aire distraído-. Ya hablaremos. 

Una rubia gorda y desvergonzada empezaba a coquetear con él, y se empeñó en quedarse en el café cuando Maheu y Pierron, después de haberse tomado su ración de cerveza, quisieron marcharse, sin esperar a que cantaran otra cosa. 

En la calle, Esteban, que iba con ellos, encontró a la Mouquette, que parecía haberlos seguido y que continuaba mirándole con sus ojazos picarescos y riendo con la mayor amabilidad, como diciéndole: "¿Quieres?" 

El joven se encogió nuevamente de hombros, y le gastó una broma. Entonces ella hizo un gesto colérico, y se alejó, desapareciendo entre la muchedumbre. 

-¿Dónde estará Chaval? -preguntó Pierron.

-Es verdad -dijo Maheu-. Estará en casa de Piquette... Vamos allá. 

Pero al llegar al café de Piquette se detuvieron en la puerta, poniendo oído al estrépito que de allí salía. Debían de estar riñendo. En efecto: Zacarías amenazaba con el puño a un individuo, gordo y flemático, mientras Chaval con las manos tranquilamente metidas en los bolsillos, los miraba. 

-¡Hola! Ahí está Chaval -dijo Maheu, con su calma habitual-. Está con Catalina. 

Hacía ya más de cinco horas que ésta y su querido andaban por la feria, que estaba colocada a lo largo del camino de Montsou, de aquella amplia calle de bajas y pintarrajeadas casitas, por donde paseaba lentamente y sin cesar una muchedumbre abigarrada, parecida a las hormigas que salen a tomar el sol. El eterno barro negruzco se había secado, y del suelo subía una nube de polvo denso, y negruzco también, semejante a una nube de tormenta. En una y otra acera, las tabernas y tenduchos, repletos de gente, habían puesto mesas en la calle, y alternaban con multitud de puestos ambulantes, verdaderos bazares al aire libre, donde se veían gorros y pañuelos, espejillos para las chicas y navajas para los muchachos; sin contar los dulces, pasteles y chucherías que se vendían por todas partes. 

En la plaza de la iglesia se tiraba al arco; enfrente de las canteras habían establecido dos juegos de bolos; en la esquina del camino de Joiselle, junto al palacio del Consejo de Administración de la Compañía, en un solar cerrado con tablones, se entretenía la gente en presenciar riñas de gallos, entre los cuales había dos muy grandes, con espolones postizos de hierro y el pescuezo chorreando sangre. Más allá, en casa de Maigrat, se jugaba al billar, apostando incluso pantalones y delantales. 

Y de cuando en cuando se producía un silencio prolongado; la muchedumbre estaba bebiendo, se atracaba sin hablar, buscando una indigestión de cerveza y patatas fritas, en medio de aquel calor sofocante, aumentado por la lumbre de los asaderos que humeaban en la calle. 

Chaval compró, para Catalina, un espejo de diecinueve sueldos y un pañuelo de tres francos. A cada vuelta que daban, se cruzaban con Mouque y con Buenamuerte, que habían ido a la feria, y la recorrían, arrastrando sus piernas, que, impedidas por el reuma, casi se negaban a llevarlos. 

Pero otro encuentro les indignó; vieron a Juan que animaba a Braulio y a Lidia para que robasen botellas de ginebra en un puesto ambulante, colocado ya casi a la salida del pueblo. 

Catalina no tuvo tiempo más que de dar una bofetada a su hermano, que ya corría con una botella debajo del brazo. Aquellos malditos chicos acabarían en la cárcel. Entonces fue cuando al pasar por delante del cafetín de la Cabeza Cortada, Chaval tuvo la idea de hacer entrar a su querida para asistir a un concurso de jilgueros que estaba anunciado en la puerta desde muchos días antes. Quince obreros de las ferreterías de Marchiennes habían acudido a luchar por el premio que se ofrecía, cada uno con una docena de jaulas; y las jaulitas tapadas, donde los pobres jilgueros se hallaban a oscuras y sin atreverse a mover, habían sido colgadas en las paredes del cafetín. Tratábase de ver cuál de ellos, en el transcurso de una hora, repetiría más veces su canto favorito. Cada herrero, con una pizarra en la mano, estaba en pie delante de sus jaulas, haciendo apuntes, interviniendo las operaciones de los demás, de igual manera que los otros intervenían las suyas. Y los jilgueros comenzaron a trinar, primero con timidez, no atreviéndose a lanzar más que alguno que otro gorgorito; pero poco a poco, entusiasmándose, excitados unos con otros, y finalmente trinando delirantes con el afán de la emulación, tan exagerado en algunos, que caían muertos por el esfuerzo. Los herreros los animaban con la boca para que cantaran, y cantaran, y cantaran sin cesar, a fin de ganar el premio, mientras los espectadores, un centenar de personas próximamente, permanecían silenciosos, muy interesados, en medio de aquella música infernal de ciento ochenta jilgueros, repitiendo todos la misma cadencia, pero en distinto tiempo. 

Precisamente al entrar Chaval y Catalina, vieron a Zacarías y a Filomena, que también estaban allí. Se saludaron, dándose un apretón de manos, y se pusieron a charlar; de pronto Zacarías se enfadó, viendo a un herrero que había ido, por curiosidad, con sus compañeros los de los pájaros, pellizcando a su hermana en los muslos; y ella, colorada como la grana, le hacía señas para que callase, temerosa de que se armara una disputa y cayesen todos aquellos herreros sobre Chaval, si éste protestaba de que la tocaran. Catalina había notado las intenciones de aquel hombre, pero disimulaba por prudencia. Al fin salieron de allí los cuatro, y la cuestión pareció terminada sin ulteriores consecuencias. 

Pero apenas entraron en el café de Piquette, se presentó el herrero de los pellizcas, burlándose de ellos, y mirándolos con aire de provocación. 

Entonces Zacarías sacó la cara por los de la familia, y se lanzó contra el, insolente. 

-¡Es mi hermana, canalla!... ¡Espera, por vida de..., yo te la haré respetar! 

La gente se interpuso entre los dos hombres, mientras Chaval, muy tranquilo, repetía: 

-Déjalo; eso es cosa mía... Te digo que no me importa. 

Maheu llegó con sus amigos en aquel momento, y tranquilizó a Filomena y a Catalina, que estaban llorando. Pero la gente se reía porque el herrero había desaparecido sin saber cómo. Para que todo se olvidase, Chaval, que estaba allí en su casa, convidó a cerveza. Esteban tuvo que brindar con Catalina; todos bebieron juntos: el padre, la hija y su amante, el hijo y su querida, diciendo unos y otros cortésmente: "A la salud de la compañía". Luego Pierron se empeñó en pagar una ronda, y ya se había convenido en ello, cuando Zacarías, al ver a su amigo Mouque, pareció enfurecerse de nuevo. Le llamó para ir, según decía, a darle su merecido al bribón del herrero, que se le había escapado. 

-¡Lo voy a reventar!... Mira, Chaval; ahí te quedas con Filomena y Catalina... Vuelvo enseguida. 

Maheu a su vez convidó también. Después de todo, si su hijo quería vengar la ofensa hecha a su hermana, la cosa era natural. Pero Filomena, tranquila al ver que se había ido con Mouque, meneaba la cabeza de un modo singular. Estaba segura de que los dos tunantes iban al Volcán. 

Todos los días de feria, la función se acababa en el baile de la Alegría. La viuda Désir era la empresaria de aquel salón de baile: una mujerona de cincuenta años, de una redondez de tonel; pero tan ardiente, que se permitía el lujo de tener seis amantes, uno para cada día de la semana, y los seis para el domingo, según ella decía. Llamaba sus hijos a todos los mineros de los alrededores; se enternecía al pensar en los ríos de cerveza que les había servido durante treinta años, y se vanagloriaba también de decir que ni una muchacha siquiera se había quedado jamás embarazada sin bailotear de lo lindo en su casa. La Alegría se componía de dos salas: la taberna, donde se hallaba el mostrador y las mesas, y el salón de baile, espaciosa habitación, entarimada en el centro y enlosada con ladrillos todo alrededor. Estaba adornada con dos guirnaldas de flores de papel, que cruzaban de un ángulo a otro del techo, y se reunían en el centro por medio de una corona hecha también de flores de la misma clase, mientras en las paredes se veían estampas con filos dorados, representando santos: San Eloy, San Crispín, patrón de los zapateros, Santa Bárbara, patrona de los mineros, y otros. 

El techo era tan bajo, que los tres músicos, subidos en un tabladillo del diámetro de un púlpito, daban con la cabeza en él. Para alumbrar el salón por las noches, colgaban cuatro lámparas de petróleo, una en cada rincón de la sala. 

Aquel domingo estaban bailando desde las cinco de la tarde, a la luz que entraba por las ventanas, abiertas de par en par. Pero a las siete fue cuando se llenó el salón. En la parte de afuera se había desencadenado un vendaval espantoso, levantando nubes de polvo negro que cegaba a las gentes y ensuciaban las patatas fritas que había en los puestos de la feria.

Maheu, Esteban y Pierron, que habían entrado a sentarse un rato acababan de encontrar en la Alegría a Chaval, que bailaba con Catalina, mientras Filomena, sola, los miraba tristemente. Ni Levaque ni Zacarías habían aparecido. Como no había bancos desocupados, Catalina se reservaba para después de cada baile un sitio en la mesa de su padre. Llamaron a Filomena; pero ésta dijo que se hallaba mejor en pie. Empezaba a anochecer; los tres músicos tocaban con entusiasmo, y en la sala ya no se veía más que el movimiento acompasado de las caderas y de los pechos en medio de una indescriptible confusión de brazos. Una gritería espantosa acogió la aparición de las cuatro lámparas, y de pronto todo se iluminó: los rostros arrebatados y sudorosos, los cabellos desgreñados y pegados a la piel de las frentes, y las faldas volando por el aire y recogiendo como abanicos el olor fuerte que despedían aquellas parejas agitadas y llenas de sudor. Maheu, riendo, se dirigió a Esteban, señalando a la Mouquette, que, a pesar de su talle de tonel, bailaba como una peonza entre los brazos de un minero delgaducho como un alambre: indudablemente procuraba consolarse con otro hombre. 

A las ocho de la noche apareció la mujer de Maheu, llevando en brazos a Estrella, y seguida de Enrique y Leonor. Iba allí a buscar a su marido, segura de que le encontraría. Más tarde cenarían, porque nadie tenía gana, sino, por el contrario, sentían todos el estómago cargado de café y de cerveza. Empezaron a llegar otras mujeres casadas, y pronto se cruzaron rumores y cuchicheos al ver que detrás de la mujer de Maheu entraba la de Levaque, acompañada por Bouteloup, que llevaba de la mano a Aquiles y a su hermana, los chiquillos de Filomena. Las dos vecinas parecían ser muy amigas y estaban muy comunicativas la una con la otra. Por el camino habían tenido una conversación formal; la mujer de Maheu se había resignado bruscamente al casamiento de Zacarías, rabiosa por perder el dinero de su hijo mayor, pero consolada con la idea de que era una injusticia seguir sosteniendo aquella situación imposible. Procuraba, por lo tanto, poner buena cara; pero por dentro iba la procesión, como se dice vulgarmente; pues, como buena mujer de su casa, se devanaba los sesos para discurrir el medio de sustituir los ingresos del jornal de Zacarías. 

-Siéntate ahí, vecina -dijo a la mujer de Levaque, señalando a una mesa próxima a la que ocupaban Maheu, Esteban y Pierron.

-¿No está mi marido con vosotros? -preguntó la de Levaque. 

Los amigos le contestaron que volvían enseguida. Todos callaban, incluso Bouteloup y los chiquillos, que estaban tan estrechos entre tanta gente, que las dos mesas formaban una sola. Pidieron cerveza. Al ver a su madre y a sus hijos, Filomena se había acercado a la reunión. Aceptó una silla, y pareció satisfecha al saber que al fin iba a casarse; luego, cuando le preguntaron por Zacarías, respondió con voz tranquila: 

-Le estoy esperando; anda por ahí. 

Maheu había cruzado una mirada de inteligencia con su mujer. ¿Consentía al cabo en la boda? También él se puso serio, y siguió fumando sin hablar palabra. A su vez se preocupaba, pensando en el mañana, ante la ingratitud de aquellos hijos que se iban casando uno a uno, y dejando a sus padres en la miseria... 

La gente joven seguía bailando; el final de una danza desenfrenada envolvía el salón en una nube de polvo; el entarimado crujía, y el cornetín de un músico sonaba desesperado y desentonadamente, como el silbato de una locomotora pidiendo auxilio; cuando concluyó el baile, volvieron a aparecer las parejas, echando humo, como si fuesen caballos. 

-Oye -murmuró la mujer de Levaque, acercándose al oído de la de Maheu-, ¿no hablabas de ahogar a Catalina como hiciese tonterías? 

Chaval acompañaba en aquel momento a su querida a la mesa donde estaba la familia, y ambos en pie detrás de su padre acababan de beberse los vasos de cerveza que habían empezado antes de salir a bailar. 

-¡Bah! -dijo la de Maheu con ademán resignado-. Eso dicen. Pero lo que me tranquiliza es que no puede tener hijos todavía; estoy segura de ello... No faltaba más sino que los tuviera, y me viera obligada a casarla también... ¿Qué iba a ser de nosotros entonces? 

El cornetín preludiaba una polca, y mientras empezaba de nuevo el estrépito de la danza, Maheu comunicó a su mujer una idea que acababa de ocurrírsele. ¿Por qué no habían de tomar un huésped; Esteban, por ejemplo, que andaba buscando casa? Tendrían sitio, puesto que Zacarías se marchaba, y el dinero que perdían por un lado lo ganarían así, en parte al menos, por el otro. En el semblante de la mujer de Maheu se retrataba el buen efecto producido por aquella proposición; indudablemente era una buena idea, y precisaba arreglarlo. Creyéndose de nuevo a salvo del hambre, se puso contenta, y pidió que llevaran otra ronda de cerveza. 

Esteban, entre tanto, procuraba instruir a Pierron, al cual explicaba su proyecto de una Caja de Socorros. Le había hecho ya prometer que se adheriría, cuando tuvo la imprudencia de descubrir su verdadero objeto. 

-Y si nos declaramos en huelga, ya comprenderás la utilidad de esos fondos. Nos tendrá sin cuidado la Compañía, nos reiremos de ella, y contaremos con dinero para resistir.. ¿Eh? ¿Qué dices a eso? 

Pierron había bajado la vista, palideciendo a la idea de comprometerse, y tartamudeó: 

-Lo pensaré... La mejor Caja de Socorros es portarse bien. 

Entonces Maheu habló con Esteban, ofreciéndole tomarlo de huésped, sin andarse con ambages y rodeos. El joven aceptó del mismo modo, porque estaba deseando vivir en el barrio de los obreros, a fin de hallarse más en contacto con sus compañeros. Una vez convenida la cosa, la mujer de Maheu declaró que era preciso esperar a que Zacarías se casara. 

Al fin, en aquel momento se presentaba en el salón el hijo mayor de los Maheu, acompañado de Mouque y de Levaque. Los tres iban oliendo al Volcán, olor de ginebra, mezclado al de las mujeres poco limpias que cantaban en aquel café. Estaban muy borrachos; pero parecían satisfechos de sí mismos, y entraban dándose codazos y sonriendo maliciosamente. Filomena, siempre tranquila, dijo que prefería verle reír a que llorase. Como no había más sillas, Bouteloup se estrechó para ofrecer la mitad de la suya a Levaque. Y éste, enternecido al ver allí a todos reunidos, convidó otra vez a cerveza. 

-¡Por vida de Dios! Bebamos, porque no nos vemos a menudo todos reunidos y divirtiéndonos tanto. 

Allí permanecieron hasta las diez. Seguían llegando mujeres en busca de sus maridos. Poco a poco se reunieron inmensos grupos de chiquillos, que iban detrás de ellas; y las madres, sin recato alguno, sacaban sus pechos largos y rubios como sacos de avena, y daban de mamar a los más pequeños, mientras sus hermanos, ya mayorcitos, andaban a cuatro patas por debajo de las mesas, solazándose con el mayor cinismo. 

Se había gastado un mar de cerveza; los toneles de la señora Désir estaban casi desocupados; la cerveza redondeaba las panzas, y chorreaba por todas partes, por las narices, por la barba, por el pecho. Tantas eran las apreturas, que cada cual tenía un codo o una rodilla clavado en su vecino; todos estaban, sin embargo, alegres y satisfechos, y charlatanes. Una carcajada sin interrupción tenía las bocas constantemente abiertas de oreja a oreja. Hacía tanto calor como dentro de un horno; todos se desabrochaban para estar más cómodos; y el único inconveniente era la necesidad frecuente de levantarse. De cuando en cuando una mujer abandonaba su asiento, se iba al patinillo junto a la bomba del pozo, se levantaba las faldas, y se volvía a su sitio. Los que bailaban no se veían ya envueltos como estaban en una nube de polvo denso, la cual animaba a los muchachos a tomarse ciertas libertades con sus parejas, seguros de que nadie lo notaba. 

Alguna pareja se caía al suelo; pero cuando esto sucedía el cornetín soplaba más deprisa, y el compás se aligeraba, y las demás parejas, como torbellinos, pasaban por encima de los que estaban en el suelo. 

Un vecino que entraba en aquel momento advirtió a Pierron que su hija Lidia, borracha, estaba durmiendo en el suelo. 

Se había bebido su parte de la botella robada, y borracha como una cuba, había podido llegar hasta allí, dando tumbos, mientras Juan y Braulio, un poco más fuertes, la seguían riéndose de ella. 

Aquella fue la señal para marcharse: las familias salieron del salón de la Alegría; los Maheu y los Levaque decidieron volver a su casa. A aquella hora el tío Buenamuerte y su amigo el viejo Mouque salían también de Montsou con su paso acostumbrado de sonámbulos, y, como siempre, encerrados en el silencio de sus recuerdos. Todos emprendieron el camino reunidos, pasaron otra vez por la feria, donde estaban apagando los asadores y retiraban las mesas de las tabernas, chorreando ginebra y cerveza por todas partes. El tiempo seguía amenazando tempestad; hacía un calor sofocante. Al salir a lo oscuro del camino, se oyó reír alegremente, en la oscuridad, en todas direcciones. Resoplidos ardientes y suspiros ahogados salían de entre los trigos, y aquella noche seguro que influyó mucho en el aumento de población de Montsou y de los alrededores. Llegaron al barrio de los obreros a la desbandada. La mujer de Pierron no había vuelto aún a su casa. Ni los Levaque ni los Maheu cenaron con apetito. 

Esteban se había llevado a Chaval, para beber otro poco con él en casa de Rasseneur. 

-¡Comprendido! -dijo Chaval, cuando su compañero le hubo explicado lo de la Caja de Ahorros-. ¡Chócala! ¡Tú eres de los buenos! 

Un principio de embriaguez hacía brillar los ojos de Esteban, que exclamó: 

-Sí, estamos de acuerdo... Mira, yo, por la justicia, lo sacrificaría todo: la bebida y las mujeres. ¡No hay más que una cosa que me entusiasme: la idea de que vamos a acabar con todos los burgueses! 

III 

A mediados de agosto, Esteban se instaló en casa de Maheu, cuando Zacarías casado ya, pudo conseguir que la Compañía le diese una habitación para él, su mujer y sus dos hijos; al principio el joven sentía cierta turbación delante de Catalina. 

Aquella era la vida íntima de todos los momentos; Esteban reemplazaba en todas partes a su hermano mayor, y hasta compartía con Juan la cama de enfrente a la de las muchachas. Al acostarse, al levantarse, tenía que vestirse y desnudarse delante de ella, y la miraba también, mientras ella hacía lo mismo. Cuando desaparecía la falda, la veía blanca, con esa palidez de las rubias anémicas, y experimentaba una continua emoción al observar el contraste de aquellas carnes con la de la cara y las manos, ya estropeadas. Esteban se volvía de espalda como para no verla; pero la contemplaba, sin embargo, primero los pies, con los que tropezaba su mirada fija en el suelo; luego una rodilla nada más, que entreveía al acostarse; luego el seno naciente y bien contorneado cuando se inclinaba sobre la jofaina para lavarse por la mañana. Ella, sin mirar, procuraba darse prisa; se desnudaba en diez segundos, y se acostaba al lado de Alicia con la rapidez suave de una culebra, después de haber dejado los zapatos al pie de la cama y volviéndose de espaldas, como si así la vieran menos. 

Jamás, por otra parte, tuvo motivo para enfadarse con él. Si bien una fuerza superior a su voluntad hacía que la mirase a su pesar y de reojo cuando se desnudaba o se vestía, evitaba cuidadosamente todo género de bromas y de juegos de manos peligrosos. En primer lugar, estaban allí los padres, y además él sentía cierto rencor hacia ella, que le impedía tratarla como a una mujer a quien se desea. Así habían acabado por hacer vida común a la hora de dormir y de levantarse, a las horas de comer y durante el trabajo, sin guardar secretos para nada, ni aun para las necesidades más íntimas. Todo el pudor de la familia se había refugiado en la operación de bañarse, lo cual hacía la joven sola en el cuarto de arriba mientras los demás se bañaban en la sala de abajo. 

Y al cabo de un mes, Esteban y Catalina parecían no verse ya cuando por la noche, antes de apagar la vela, iban desnudos de una parte a otra de su cuarto. Ella dejaba ya de darse prisa, volviendo a su antigua costumbre de recogerse el pelo antes de meterse en cama, con los brazos en alto Y la camisa subida hasta más arriba de las rodillas; y él, a menudo, a medio desnudar, la ayudaba y le buscaba las horquillas que se le caían al suelo. 

La costumbre mataba la vergüenza de estar desnudo; encontraban lo más natural del mundo verse así, porque no hacían daño con eso, y no era culpa de ellos si en la casa no había más habitaciones disponibles. A veces, sin embargo, se sentían acometidos de extrañas turbaciones, precisamente en los momentos en que menos pensaban en nada culpable. Esteban, después de no haberse fijado en muchos días en la blancura de su cutis, volvía a notar sus carnes, que le hacían sentir un estremecimiento por todo el cuerpo, y le obligaban a volverse de espaldas para resistir a los deseos que le atormentaban. Ella, otras noches, sin razón aparente, tenía accesos de púdica emoción; huía, se metía entre las sábanas como si sintiera que las manos de aquel muchacho la cogían. Luego, cuando apagaban la vela, uno y otro comprendían que estaban despiertos, y que, a pesar del cansancio del trabajo, pensaban el uno en el otro. Aquello era a veces causa de que se pelearan por la mañana, porque preferían las noches de tranquilidad, en que se trataban como buenos amigos nada más. 

Esteban no se quejaba sino de Juan, que dormía dando muchas vueltas en la cama; Alicia, respiraba tranquilamente toda la noche, y los chiquillos, Enrique y Leonor, amanecían en la misma postura que tenían al dormirse. En la casa, a oscuras, no se oía más ruido que los ronquidos de Maheu y de su mujer. 

En resumen: Esteban se encontraba mucho más a gusto que en casa de Rasseneur, porque la cama no era mala, y se mudaban las sábanas un sábado sí y otro no. Comía también mejor, y no lamentaba más que la poquísima frecuencia con que tenían carne. Pero toda la familia carecía de ella, y no podía pedir que por los cuarenta y cinco francos que pagaba de pupilaje le dieran conejo en todas las comidas. Aquellos cuarenta y cinco francos venían muy bien a la familia, que iba saliendo adelante, si bien dejando atrás alguna que otra pequeña deuda, y los Maheu se mostraban agradecidos a su huésped, le lavaban la ropa, se la repasaban y le arreglaban todas sus cosas; en una palabra: Esteban sentía en torno suyo la limpieza y los cuidados de una mujer. 

Aquella fue la época durante la cual Esteban comenzó a comprender las ideas que le preocupaban desde hacía tiempo. Hasta entonces, no había tenido en sí más que el deseo instintivo de sublevarse en medio de la sorda fermentación de sus compañeros. Se le presentaban todo género de confusas cuestiones: ¿Por qué la miseria de unos? ¿Por qué la riqueza de otros? ¿Por qué aquéllos siempre detrás de éstos, y sin esperanza de llega jamás a ellos? La primera etapa fue convencerse de su ignorancia. Desde entonces, cierta secreta vergüenza, cierto oculto malestar, le combatieron de continuo; no sabía nada, no se atrevía a hablar de aquellas cosas que le apasionaban: la igualdad de todos los hombres, la equidad, que exigía el reparto de los bienes de la tierra. Así es que se vio arrastrado al estudio desordenado como hacen todos los ignorantes sedientos de ciencia. Se carteaba con Pluchart, más instruido que él, sobre todo en el movimiento socialista. Hizo que se le mandasen libros, cuya lectura, mal dirigida, acabó de excitarle: un libro de medicina, sobre todo, La higiene del minero, en el cual un doctor belga había resumido los males de que mueren los pueblos hulleros; sin contar varios tratados de economía política, de una aridez técnica, incomprensible, y folletos anarquistas, que le trastornaban, y números antiguos de periódicos que guardaba enseguida como argumentos sin vuelta de hoja, para cuando se le ocurriese discutir con alguien. Souvarine le prestaba también libros, y la obra sobre sociedades cooperativas le había hecho pensar durante un mes en una sociedad universal de cambio, que aboliera el dinero y basara sobre el trabajo toda la vida social. La vergüenza de su ignorancia iba desapareciendo y desde que comprendía que pensaba, se iba volviendo orgulloso. 

Durante los primeros meses, Esteban permaneció entregado al entusiasmo fanático de los neófitos, con el corazón repleto de noble y generosa indignación contra los opresores, y alimentando la esperanza de que al fin triunfarían los oprimidos. 

Todavía, en medio de la vaguedad de sus lecturas, no había sabido fijar un sistema. Las reivindicaciones prácticas de Rasseneur se mezclaban en su cerebro con las destructoras violencias de Souvarine; y cuando salía de la taberna La Ventajosa, adonde continuaba yendo casi todos los días para murmurar con ellos de la Compañía, caminaba como un sonámbulo, soñaba que asistía a la completa regeneración de los pueblos, sin que hubiese habido necesidad ni de romper un vidrio, ni de derramar una gota de sangre. Por otra parte, los medios de actuación continuaban confusos y prefería creer que las cosas irían como es debido, porque en cuanto pensaba en formular un programa de reconstrucción se le iba la cabeza. Se mostraba, sin embargo, partidario de la moderación; y lleno de inconsecuencias, decía a veces que era necesario separar la cuestión política de la social, una frase que había leído, y que le parecía buena para repetirla entre los Temáticos mineros con los cuales vivía. 

Todas las noches, en casa de Maheu, charlaban un rato de sobremesa antes de ir a acostarse. Esteban sacaba siempre la misma conversación. A medida que se iba instruyendo, se sentía más disgustado con la promiscuidad de sexos que reinaba en todo el barrio. ¿Eran, acaso, animales para vivir hacinados de aquel modo, tan hacinados, que no era posible mudarse de camisa sin enseñar la carne al vecino? Además, aquello era terrible para la salud del cuerpo y para la del alma, porque los chicos y las chicas crecían pudriéndose. 

-¡Demonio! -exclamaba Maheu-. Si tuviéramos más dinero, viviríamos con más comodidad... Porque la verdad es que nadie gana con estar unos encima de otros continuamente. Esto acaba siempre porque los hombres se hagan borrachos y las mujeres perdidas. 

Cada uno de la familia decía lo que pensaba sobre el particular, en tanto que el petróleo del quinqué viciaba el aire de la sala, impregnada ya de olor de cebolla frita. No; la vida de aquel modo no tenía ciertamente nada de agradable. Trabajaban como bestias en una faena que en otras épocas se reservaba para los presidiarios, y se exponían diariamente a morir aplastados por las rocas, sin conseguir ganar para comer carne siquiera. Claro está que comían, pero sólo lo estrictamente necesario para no morirse, y eso a fuerza de contraer deudas, y como si robasen el dinero que ganaban. Cuando llegaba el domingo, dormían rendidos del trabajo de la semana. No tenían más placeres que emborracharse o cargarse de familia, cuando lo que estorbaban eran los hijos. No, no tenía nada de agradable aquel modo de vivir. 

La mujer de Maheu se mezclaba entonces en la conversación. 

-Lo malo es -decía- pensar que no hay medio de que esto varíe... Cuando joven, se imagina una que llegará la felicidad, porque se espera, sin saber qué; y luego no se sale nunca de la miseria... Yo no deseo mal a nadie; pero hay veces que estas injusticias me sublevan. 

Callaban un instante, y si el viejo Buenamuerte estaba allí por casualidad, abría los ojos, sorprendido, porque en sus tiempos nadie se ocupaba en semejantes cosas: se nacía entre el carbón, se trabajaba en la mina, se moría cuando menos se pensaba, y aquí paz y después gloria: mientras que ahora todos los carboneros tenían ambiciones desmedidas. 

-No hay que hacerse ilusiones -añadía-. Los jefes son a menudo unos canallas; pero siempre ha de haber jefes, y es inútil romperse la cabeza pensando en esas cosas. 

Entonces Esteban se exaltaba. ¡Cómo! ¿Había de estar prohibido al obrero pensar como los demás? ¡Pues precisamente porque pensaba no tardarían en variar las cosas! En los tiempos del viejo, el minero vivía en la mina como un animal, como una máquina de sacar carbón, siempre debajo de tierra, y con los oídos y los ojos cerrados a los acontecimientos del mundo. Por eso los ricos, que oían y veían, le explotaban despiadadamente, sin que él lo advirtiese. Pero ahora el minero se ilustraba; y el día menos pensado le verían conquistando sus derechos, uniéndose en apretado haz y formando un ejército de hombres libres que restablecerán la justicia. ¿Acaso desde la revolución no eran iguales todos los ciudadanos? Las grandes Compañías con sus máquinas de vapor lo acaparaban todo, y ya no tenían contra ellas ni siquiera la garantía de otros tiempos, cuando la gente de oficio se reunía para defenderse. Por eso, ¡maldita sea!, y por otras cosas más, era evidente que la cuerda se había de romper muy pronto, gracias a la instrucción del obrero. 

No había que ver más que lo que pasaba en el barrio, sin ir más lejos: los abuelos no sabían ni escribir sus nombres, los padres firmaban y los hijos leían y escribían como unos profesores. ¡Ah! La cosa marchaba poquito a poco, pero con paso seguro. Desde el momento en que no se veía cada cual relegado a un sitio determinado para toda la vida y que podía tener la ambición de ocupar el sitio del vecino, ¿porqué no se había de andar a puñetazos y tratar de ser el más fuerte? 

Maheu, aunque entusiasmado, continuaba desconfiando mucho del éxito. 

-En cuanto uno hace lo más mínimo -decía-, le despiden y se queda sin trabajo. Tiene razón mi padre; el minero será siempre al que le toque perder, sin la esperanza siquiera de comer todos los días... Esto está perdido, y no cambiará. 

La mujer de Maheu, que hacía rato estaba silenciosa, exclamó entonces, como saliendo de un sueño profundo: 

-¡Si siquiera fuera verdad lo que cuentan los curas; que los pobres de aquí son ricos en la otra vida! 

Una carcajada general la interrumpió: hasta los chiquillos se encogieron de hombros, porque eran incrédulos como los mayores, sin más creencia que el temor a los aparecidos de la mina, pero burlándose de todo cuanto decía la Iglesia. 

-¡Al diablo los curas! -exclamaba Maheu, siempre que su mujer hablaba de ellos-. Si creyeran lo que dicen, comerían menos y trabajarían más, para conquistar un buen sitio en el cielo... No; cuando se muere uno, muerto se queda, y se acabó. 

La mujer suspiraba tristemente. 

-¡Ah, Dios mío, Dios mío! -solía decir, dejando caer las manos sobre las rodillas con ademán de honda desesperación.

-Tenéis razón -añadía después-; está esto perdido para nosotros, y no hay manera de arreglarlo. 

Se miraban unos a otros. El tío Buenamuerte escupía en el pañuelo, mientras Maheu se quedaba con la pipa apagada en la boca. 

Alicia escuchaba atentamente, entre Leonor y Enrique, que dormían con los codos en la mesa, y la cabeza apoyada en ellos. Pero Catalina, sobre todo, con la barbilla puesta en la palma de la mano, parecía beber con sus rasgados y expresivos ojos cada una de las palabras de Esteban, cuando éste explicaba su fe en que algún día habría de realizarse su sueño dorado de regeneración social. 

En torno de ellos, todos los vecinos del barrio dormían, sin que el profundo silencio que reinaba fuese alterado más que por el llanto de algún chiquillo o los gritos de algún borracho pesado que disputaba con su mujer. En la sala, el reloj continuaba, sin interrumpirse jamás, con el acompasado tic-tac del péndulo, y de los enarenados ladrillos del suelo subía una frescura húmeda, a pesar de lo enrarecido del aire. 

-¡Vaya unas ideas! -decía el joven-. ¿Tenéis acaso necesidad de la existencia de Dios y de su paraíso para ser felices? ¿No podéis buscaros la felicidad en este mundo? 

Y con voz de neófito entusiasmado hablaba y hablaba extensamente, abriendo un horizonte vago de esperanza a aquellas pobres gentes ignorantes. Esteban estaba seguro de que la miseria horrible, el insoportable trabajo, la predestinación a vivir como animales, todas las desgracias, en una palabra, desaparecerían pronto, como desaparecen las nubes tormentosas a la salida del sol radiante. Del cielo bajaría la justicia a la tierra. Y puesto que Dios había muerto, la justicia vendría a asegurar la dicha a todos los hombres, haciendo que reinase por todas partes la igualdad y la fraternidad.

Una sociedad completamente nueva crecería como por encanto como un sueño, sociedad admirable, donde cada ciudadano viviría de su trabajo, disfrutando a su vez su parte de satisfacciones y bienestar. La sociedad actual, que estaba podrida, se desharía en polvo, y una humanidad nueva, purgada de sus crímenes e infamias, formaría una solo pueblo de trabajadores, cuya divisa sería: "A cada cual según sus méritos, y a cada mérito según sus obras". 

Al principio la mujer de Maheu no quería escucharle, presa de un terror inexplicable y sordo. No, no, aquello era demasiado hermoso, no había que hacerse ilusiones, porque luego la vida real era más abominable, y le daban a uno ganas de destruirlo todo para ser feliz. Sobre todo, cuando veía los ojos animados de su marido, que se dejaba convencer fácilmente, la pobre mujer interrumpía a Esteban: 

-¡No le hagas caso, marido! Ya ves que esos son cuentos... ¿Crees tú que los ricos consentirían nunca en trabajar como nosotros?

-Pero poco a poco ella misma se dejaba influir por las palabras del ardiente neófito. Acababa por sonreír y penetrar con la imaginación en aquel mundo ideal, tan bien descrito por su huésped. ¡Era tan agradable olvidar siquiera durante una hora la triste realidad! Cuando se vive como los brutos, siempre mirando al suelo, hay que alimentar algunas engañosas esperanzas, siquiera para consolarse del triste destino. 

Y la pobre mujer se dejaba apasionar, más que por nada, por la idea de justicia que tenía el joven. 

-¡En eso tiene razón! -exclamaba-. Cuando veo que una cosa es justa, me dejaría matar por defenderla... Y la verdad es que sería justo que nosotros, a nuestra vez, lo pasáramos un poco mejor. 

Entonces Maheu osaba entusiasmarse. 

-¡Rayos y truenos! No soy rico; pero daría todo lo que gano con tal de ver el triunfo de nuestros ideales antes de morirme... ¡Qué cataclismo!, ¿eh? ¡Qué pronto se arreglaría esto! 

Esteban empezaba otra vez a dar sus explicaciones. La sociedad antigua se derrumbaba, y no podía durar esto más que unos cuantos meses, según afirmaba él con la mayor tranquilidad. Al hablar de los medios de actuación, hablaba más vagamente, haciendo una mezcolanza de sus lecturas, sin miedo de arriesgar disparates, convencido como estaba de que sus oyentes eran unos ignorantes. Pero él mismo se confundía; pasaba revista a todos los sistemas, suavizados, sin embargo, por la esperanza firme de un triunfo fácil, sin dejar de confesar que había que hacer entrar en razón a muchos exaltados, que lo echarían todo a perder con sus exageraciones. 

Y los Maheu aparentaban comprender perfectamente lo que escuchaban; aprobaban con la cabeza, aceptaban aquellas soluciones milagrosas con la fe ciega de los neófitos, como aquellos cristianos de los primeros tiempos de la Iglesia, que esperaban la construcción de una sociedad perfecta sobre los escombros del mundo antiguo. Alicia decía alguna que otra palabra; se imaginaba la felicidad bajo la forma de una casa muy calentita y muy bien arreglada, en la cual los chiquillos comían y bebían hasta satisfacerse. Catalina, sin moverse, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, no quitaba los ojos de Esteban, y cuando éste callaba, ella, agitada por un temblor nervioso, pálida hasta la lividez, creía que iba a ponerse mala. 

Luego, de pronto, la mujer de Maheu miraba el reloj. 

-¡Caramba, las nueve! No vamos a poder despertarnos mañana -decía. 

Y la familia se levantaba con el corazón en un puño y desesperados. Parecíales como si hubiesen sido ricos y volvieran a caer en la miseria. El tío Buenamuerte, que se iba a la mina, refunfuñaba, diciendo que todas aquellas historias no aumentaban ni mejoraban la cena; mientras los demás subían a acostarse, percibiendo la humedad de las paredes y la pesadez del aire que los sofocaba. Arriba, Esteban, cuando Catalina se había metido en aquella cama que estaba al lado de la suya, y había apagado la luz, la sentía, moviéndose agitadamente entre las burdas sábanas y sin conseguir conciliar el sueño. 

A menudo asistían a esas conversaciones algunos vecinos: Levaque, que se exaltaba con aquellas ideas de reparto universal; Pierron, a quien la prudencia le aconsejaba marcharse de allí en cuanto empezaban a hablar mal de la Compañía. Algunas veces estaba presente Zacarías; pero, corno le aburría la política, prefería marcharse a beber cerveza a casa de Rasseneur. En cuanto a Chaval, se había hecho muy amigo de Esteban. Casi todas las noches pasaba una hora con los Maheu; y en aquella asiduidad había cierta sensación de celos que no quería confesarse: el temor de que su amigo le arrebatase a Catalina. Ésta, de quien ya había empezado a cansarse, le gustaba más desde que otro hombre dormía todas las noches a su lado y podía acostarse con ella. 

La influencia de Esteban crecía sin cesar; el joven iba sublevando poco a poco todo el barrio. Era aquella una propaganda sorda, tanto más eficaz, cuanto que los compañeros tenían verdadero cariño a Esteban. 

La mujer de Maheu, a pesar de su desconfianza de buena casada, le trataba con consideración, como se merecía un joven que le pagaba puntualmente, que no bebía, que no jugaba, y que se pasaba la vida sobre los libros; y le creaba en casa de las vecinas una gran reputación de muchacho instruido, reputación de la cual abusaban ellas haciéndole que les escribiese las cartas. Era una especie de abogado consultor de todos, encargado de la correspondencia, y árbitro en las cuestiones delicadas de los matrimonios. 

Así es, que ya en el mes de septiembre había, al fin, conseguido fundar su famosa Caja de Socorros, muy precaria todavía, porque no se habían suscrito más que los habitantes del barrio; solamente que esperaba conseguir que se adhiriesen al pensamiento los obreros de todas las demás minas; sobre todo, si la Compañía, que permanecía neutral en el asunto, seguía no haciéndole oposición. Acababa de ser nombrado secretario de la Asociación, y cobraba una pequeña asignación como escribiente. Esto le hacía casi rico, tanto más cuanto que, si un minero casado no podía nunca salir adelante con lo que ganaba, un soltero, y por añadidura de tan buenas costumbres, y sin vicios, podía hasta hacer economías. 

En Esteban se había producido una lenta transformación. Ciertos instintos de coquetería y de bienestar, dormidos a causa de su miseria, despertaban en él, y le hacían comprar ropa de paño. Se permitió hacerse botas de charol, y sin saber cómo, asumió la jefatura del barrio de los obreros, los cuales se agruparon en torno de él. Todo aquello constituyó una serie de deliciosas satisfacciones de amor propio, y se envaneció con aquellos primeros triunfos de su popularidad: mandar a todos, él, que joven, y que poco tiempo antes era el último mono de las minas, constituía una satisfacción extraordinaria, que le hacía acariciar el sueño de una revolución popular, en la cual desempeñaría un importante papel. Su fisonomía varió, se puso grave, y se escuchaba al hablar, mientras su ambición, cada vez mayor, le hacía acariciar ideas más radicales. 

El otoño avanzaba; los fríos de octubre iban despojando los jardinillos del barrio de los obreros de la poca vegetación que tenían, no quedando en pie más que la mata de alguna que otra legumbre sembrada en la huerta. Los jovenzuelos de la mina no podían llevarse impunemente a jugar detrás de las lilas a las cernedoras. De nuevo los chaparrones destrozaban las plantas, y la lluvia corría por los canales del pueblecillo con estrépito sin igual. Las casas todas estaban cerradas, y en sus salas la chimenea no se apagaba un momento, emponzoñando el aire respirable con las emanaciones del carbón de piedra. Había empezado la estación de mayor miseria que tiene el año. 

Una noche de octubre, una de las primeras en que se había sentido mucho frío, Esteban, agitado y febril de haber hablado en la sala de abajo, por más que se acostó y apagó la luz, no pudo dormirse. Había mirado a Catalina mientras se metía en la cama. También ella parecía agitada por extraños deseos, acometida de uno de aquellos accesos de pudor que de vez en cuando la obligaba a desnudarse rápidamente, con tal torpeza que enseñaba lo que deseaba tapar precisamente. Después de apagar la luz, se estuvo quieta como una muerta; pero Esteban comprendía que se hallaba despierta también, y que estaba pensando en él como él pensaba en ella. Jamás se habían sentido tan turbados, tan influidos por aquel misterioso malestar. Transcurrieron algunos minutos sin que él ni ella se moviesen; pero la respiración de ambos era más fuerte que de costumbre, por lo mismo que procuraban contenerla. Dos veces estuvo él a punto de levantarse para abrazarla. Era una estupidez desearse mutuamente desde hacía tiempo, y no decidirse a satisfacer aquel deseo. ¿Por qué luchar así contra Sí Mismos? Los niños dormían; Esteban estaba seguro de que ella, anhelante, le aguardaba y diría que sí enseguida. Pasó otra hora. Él no se levantó para abrazarla, y ella no se movió para llamarle. Cuanto más en contacto vivían, más alta era la barrera que se levantaba entre ellos... Vergüenzas, repugnancias, delicadezas amistosas, que ellos mismos no podían explicarse.

IV 

-Oye -dijo la mujer de Maheu a su marido-, puesto que vas a Montsou a cobrar la quincena, tráeme al volver una libra de café y un kilo de azúcar. 

Maheu estaba cosiendo un zapato, a fin de economizar lo que cobraba el zapatero por remendarlo. 

-¡Bueno! -dijo, sin dejar su tarea.

-De buena gana te pediría que pasases por casa del carnicero... Comeríamos carne, ¿eh?... ¡Hace tanto tiempo que no la hemos olido siquiera! 

Esta vez el minero levantó la cabeza. 

-¿Crees que voy a cobrar algunos miles? -dijo-. La quincena ha sido bien mala, a causa de esas malditas interrupciones de trabajo que hemos tenido. 

Los dos callaron. Era después de almorzar, un sábado, el 20 de octubre; y la Compañía, con el pretexto del trastorno producido con motivo de tener que pagar a los operarios, había suspendido otra vez el trabajo de extracción en todas las minas. La Compañía, presa del pánico a causa de una crisis industrial muy próxima, no quería aumentar sus ya considerables existencias almacenadas, y aprovechaba los más insignificantes pretextos para obligar a aquellos diez mil obreros a que se estuviesen parados. 

-Ya sabes que Esteban te espera en La Ventajosa -replicó la mujer de Maheu al cabo de un momento-. Llévale contigo, ya que él es más listo, y sabrá entendérselas mejor con el pagador, si tratase de estafaros alguna hora de trabajo en la cuenta. 

Maheu hizo un movimiento de cabeza afirmativo. Con el desorden propio de un día de forzosa holganza, habían almorzado a las doce y el huésped se marchó enseguida a casa de Rasseneur. La mujer de Maheu continuó: 

-Deberías ir temprano, y si están allí esos señores, decirles algo del asunto de tu padre. El médico se entiende con la dirección, y uno Y otro se empeñan en que ya no puede trabajar. 

Hacía diez o doce días que el tío Buenamuerte, con las patas hinchadas, como él decía, estaba sin poderse mover de una silla. Su nuera se dirigió a él, preguntándole si era verdad que se hallaba en disposición de ir a la mina. 

-¡Ya lo creo! Porque uno tenga las patas malas, no está inútil ya. 

Todo eso son historias que inventan, para no darme la pensión de ciento ochenta francos. 

La mujer de Maheu pensaba en los cuarenta sueldos que ganaba el viejo, y que iba a perder, y suspiró angustiada: 

-¡Dios mío! Pronto nos moriremos todos, si esto continúa.

-Pues cuando uno se muere, ya no pasa hambre. 

Maheu clavó otros dos clavos a su zapato, y se decidió a salir del barrio de los Doscientos Cuarenta. No cobraban hasta por la tarde, a eso de las cuatro. 

Así es que los hombres no se daban prisa, haciendo tiempo, marchándose uno a uno, perseguidos por sus mujeres, que les rogaban que volviesen enseguida. Muchas les daban encargos para evitar que se entretuviesen en las tabernas. 

Esteban había ido a casa de Rasseneur para saber noticias. Circulaban rumores alarmantes; se decía que la Compañía se hallaba cada vez más disgustada con el trabajo de revestir y apuntalar. Tenía aburridos a los obreros a fuerza de multas, y parecía inminente un conflicto. Tal era la cuestión declarada, pero había, debajo de ella, otra porción de causas secretas y muy graves. 

Precisamente, al llegar Esteban, un compañero suyo, que estaba bebiendo cerveza, después de haber estado en Montsou, contaba que había un anuncio puesto en el despacho del cajero; pero no sabía decir a punto fijo de qué trataba. Luego llegó otro obrero, y después otro, y cada cual contaba su historia diferente. Parecía, sin embargo, cosa cierta que la Compañía había tomado una resolución. 

-Y tú, ¿qué dices? -preguntó Esteban, sentándose al lado de Souvarine, en una mesa donde no había nada servido, más que un paquete de tabaco. 

El maquinista siguió liando lentamente un cigarrillo. 

-Digo que era fácil de prever. Van a fastidiarnos todo lo posible. 

Él era el único que estaba en condiciones lo bastante neutrales para analizar la situación, y la explicaba con su ademán tranquilo y su calma de empresario. La Compañía, víctima de la crisis industrial, presa del pánico, se veía obligada a reducir los gastos, si no quería quebrar, y naturalmente, los obreros serían los que se muriesen de hambre, porque economizarían sobre los salarios de éstos, inventando todo género de pretextos. El carbón quedaría almacenado, y en las minas no se trabajara apenas en las faenas de extracción. Como no se atrevía a cortar enteramente por lo sano, asustada por otra parte de dejar inactivo el material, pensaba en un término medio, quizás en una huelga, de la cual saliesen los mineros domados y ganando menos jornal. Además, estaba preocupada con la nueva Caja de Socorros, que era una amenaza para el porvenir, mientras que una huelga le desembarazaría de ella, porque se gastarían los fondos enseguida, toda vez que eran aún insignificantes. 

Rasseneur se había sentado cerca de Esteban, y los dos escuchaban al maquinista con aire consternado. Podían hablar en voz alta, porque no había allí nadie más que la señora de Rasseneur, sentada detrás del mostrador. 

-¡Qué idea! -murmuró el tabernero-. ¿A qué viene eso? La Compañía no tiene interés ninguno en la huelga, y los obreros tampoco. Lo mejor es llegar a un acuerdo. 

Aquello era lo prudente. Rasseneur se mostraba siempre partidario de las reivindicaciones razonables. A pesar de la popularidad extraodinaria de su antiguo huésped, defendía el sistema del progreso ordenado, diciendo que no se conseguía nada cuando quería obtenerse todo de una sola vez. Ofendido con Esteban, sentía envidia hacia él, e impulsado por ella, algunas veces, hasta llegaba a defender a la Compañía, olvidando su antiguo odio de minero despedido. 

-¿De modo que tú estás contra la huelga? -exclamó la señora Rasseneur desde el mostrador. 

Y como él contestase afirmativamente con energía, ella le hizo callar. 

-¡Vamos, vamos! No tienes corazón; deja que hablen estos señores. 

Pero Esteban se había quedado pensativo, sin quitar los ojos del vaso de cerveza que había pedido. 

-Posible es que sea verdad todo lo que dice Souvarine, y si nos obligan a ello, habremos de decidirnos por la huelga... Precisamente Pluchart me ha escrito a propósito de eso cosas muy razonables. Tampoco él era partidario de las huelgas, en las cuales el obrero sufre tanto como el ciclista, sin conseguir nada definitivo. Pero cree que es una buena ocasión para que nuestra gente se decida a entrar en la Sociedad... Por lo demás, aquí está la carta. 

En efecto, Pluchart, contrariado por la desconfianza con que acogían la idea de la Internacional los mineros de Montsou, esperaba que se adhiriesen en masa si surgía un conflicto cualquiera que los obligara a luchar con la Compañía. A pesar de sus esfuerzos, Esteban no había conseguido colocar más que unos pocos nombramientos de individuos de la Internacional, en parte porque había querido reservar su influencia para que prosperase la Caja de Socorros, idea mucho mejor acogida entre los obreros. Pero los fondos de la Caja eran tan insignificantes, que, como decía Souvarine, pronto se verían agotados; y entonces los obreros se echarían fatalmente en brazos de la Internacional, con el fin de que todos sus hermanos los ayudasen. 

-¿Cuánto tenéis en caja?

-Tres mil francos apenas -respondió Esteban-. Y ya sabéis que la Dirección me llamó anteayer. ¡Oh! Son muy corteses; me repitieron que no prohibían a los obreros que creasen un fondo de reserva. Pero he comprendido que querían intervenir en esto... De todos modos, tendremos que reñir una batalla por ese lado. 

El tabernero se había puesto a pasear silbando con aire despreciativo.

-¡Tres mil francos! ¿Qué demonios queréis hacer con eso? No habría ni siquiera para comer pan seis días, y lo que es confiar en los extranjeros, en los mineros ingleses, sería una tontería; tanto valdría morirse de hambre a morir desde luego. ¡No! La huelga era una estupidez. 

En aquel momento se cruzaron por primera vez palabras agrias entre aquellos tres hombres, que ordinariamente acababan por ponerse de acuerdo en su odio al capital. 

-Vamos a ver: ¿y tú, qué dices? -replicó Esteban, dirigiéndose de nuevo a Souvarine. 

Éste, sin dejar su cigarrillo, respondió con aquella frase de desdén que le era habitual: 

-¡Las huelgas! ¡Tonterías! 

Luego, en medio del silencio embarazoso que se había producido, adió con suavidad: 

-En fin, no digo que no debáis hacerlo, si la cosa os divierte: eso arruina a los unos, mata a los otros, y algo es algo... Solamente que, siguiendo ese sistema, harían falta muchos miles de años para acabar con la humanidad. Empezad por hacer saltar ese presidio donde os morís de hambre. 

Y con el brazo extendido señalaba a la Voreux, cuyos edificios se veían por la puerta que había quedado entreabierta. Pero le interrumpió un drama imprevisto. Polonia, la coneja casera, que se había atrevido a salir de la casa, entró de un salto, huyendo, y perseguida por las pedradas de una turba de muchachos; y en su espanto, con las orejas echadas atrás, el rabo recogido, fue a refugiarse entre las piernas del maquinista, acariciándole para que la tomase en brazos. Cuando la tuvo acostada sobre las rodillas, la abrigó con las dos manos, y cayó en aquella especie de somnolencia pensativa en que le sumía siempre el contacto con aquel pelo, suave como la seda. 

Poco después entró Maheu en la taberna. No quiso tomar nada, a pesar de la amable insistencia de la señora Rasseneur, que vendía su cerveza como si la regalara. Esteban se había puesto en pie y los dos salieron en dirección a Montsou. 

Los días de cobro parecían de fiesta en el pueblo de Montsou; estaba tan animado como en domingo de feria. De todos los barrios llegaba una muchedumbre de mineros. El despacho del cajero era muy pequeño, y los obreros preferían esperar a la puerta, en grupos, que formaban larga cola en la calle esperando vez. Algunos comerciantes ambulantes aprovechaban la ocasión para instalar puestos de patatas fritas y salchichería en medio del arroyo. Pero los que hacían buen negocio eran los taberneros, porque los trabajadores, antes de ir a cobrar, iban a buscar paciencia fuerza de copas, y después de cobrar acudían también a celebrar el hecho. Y menos mal si no acababan por gastarse hasta el último céntimo en el Volcán. 

A medida que Maheu y Esteban avanzaban por entre los grupos advirtieron que existía gran agitación, aunque sorda, pero por lo mismo más amenazadora. Muchos de los obreros cerraban los puños; palabras de rencor y de venganza corrían de boca en boca. 

-¿Con qué es cierto -preguntó Maheu a Chaval, a quien encontró a la puerta del café- que han hecho al fin la porquería que temíamos? 

Pero Chaval le contestó por toda respuesta con un gruñido de rabia, al par que dirigía una mirada oblicua a Esteban. 

Desde las últimas subastas no trabajaba con ellos en la misma cantera, cada vez más envidioso de su compañero, que, habiendo llegado el último a las minas, se había convertido en amo del cotarro, y al cual, según decía él, todos los obreros del barrio adulaban de un modo vergonzoso. 

Todo esto se complicaba con la cuestión sentimental, y ya no veía una sola vez a Catalina en Réquillart o en cualquier parte, sin echarle en cara brutalmente que dormía con el huésped de su padre; luego la abrumaba a caricias, más enamorado de ella a causa de los celos que sentía. 

Maheu le dirigió esta pregunta: 

-¿Están cobrando ya los de la Voreux? 

Y como contestara afirmativamente y les volviera la espalda, los dos hombres entraron en las oficinas para cobrar la quincena. 

El despacho donde estaba la Caja era una pequeña habitación, dividida en dos por una verja de madera. Sentados en los bancos que había a lo largo de la pared, aguardaban cinco o seis mineros, mientras el cajero, ayudado por un dependiente, pagaba a otro que estaba de pie delante de la ventanilla con la gorra en la mano. En la pared se veía un anuncio escrito en un papel recién pegado, y por allí iban desfilando centenares de obreros desde las primeras horas de la mañana. Entraban de dos en dos o de tres en tres; permanecían un momento leyéndolo, y luego se marchaban sin decir palabra, encogiéndose de hombros, pero con rostro compungido. 

Precisamente en aquel momento había dos carboneros delante del anuncio: un joven con cara de bruto, y un viejo muy flaco con marcada expresión de estupidez en el semblante. Ni uno ni otro sabían leer; el joven deletreaba trabajosamente, y su compañero se contentaba mirándole con cara estúpida. Muchos, como ellos, habían pasado por allí sin comprender de lo que se trataba. 

-Léenos eso -dijo a su compañero Maheu, que tampoco estaba muy fuerte en la lectura. 

Entonces Esteban se puso a leer el anuncio. Era una advertencia de la Compañía a los operarios de todas las minas. Les decía que, en vista del poco esmero con que se hacían los trabajos del revestimiento de madera, cansada de imponer multas inútiles, había tomado la determinación de introducir un nuevo sistema de pago para la extracción de la hulla. En lo sucesivo pagaría aparte el revestimiento, por metros cúbicos de madera empleada en él, y basándose sobre la cantidad proporcionada a las justas necesidades del trabajo. Como consecuencia natural, se disminuiría el precio señalado para cada carretilla de carbón extraído, en la proporción de cincuenta céntimos a cuarenta, teniendo en cuenta la clase de mineral y la distancia que hubiera de recorrer hasta el pozo de subida. Y un cálculo, bastante confuso por cierto, trataba de demostrar que esa baja de diez céntimos se hallaría exactamente compensada por el precio del metro cúbico de madera empleada en el revestimiento. Además la Compañía añadía que, deseando dejar que el tiempo convenciera a todos de las ventajas que presentaba el nuevo sistema, no empezaría a aplicarlo hasta el lunes 1º de diciembre. 

-¡Leed más bajo -gritó el cajero-, que no nos entendemos aquí! 

Esteban terminó la lectura del cartelillo sin hacer caso de la observación. Su voz temblaba; y cuando hubo concluido, todos siguieron mirando al anuncio. Los dos mineros de que antes hablamos, el joven y el viejo, se detuvieron un instante, y luego se alejaron con ademán desesperado. 

-¡Maldita sea!... -murmuró Maheu. 

Él y su compañero habían tomado asiento, y absortos, con la cabeza baja, esperaban, haciendo cálculos, a que les llegase el turno para cobrar. ¡Querían burlarse de ellos! Era imposible hallar la compensación de los diez. céntimos que les quitaban en cada carretilla, aunque reventaran trabajando. Cuando más, percibirían ocho céntimos, por lo cual resultaba que la Compañía les robaba dos, sin contar el tiempo que perderían en un trabajo detenido para revestir y apuntalar. ¡Lo que querían era aquella disminución de jornales! ¡Hacer economías a costa de los obreros! 

-¡Maldita sea ... ! ¡Maldita sea ... ! -repetía Maheu levantando la cabeza-. Somos unos calzonazos si aceptamos eso. 

En aquel momento quedó libre la ventanilla, y se acercó a ella para que le pagasen. Los jefes de cuadrilla se presentaban solos a cobrar, y luego ellos repartían los jornales a sus hombres, lo cual economizaba mucho tiempo. 

-Maheu y otros -dijo el cajero-: filón Filomena, cantera número siete. 

Y registraba los libros donde diariamente apuntaban los capataces las carretillas extraídas por la cuadrilla. 

Luego añadió: 

-Maheu y otros, filón Filomena, cantera número siete... Ciento treinta y cinco francos. 

El cajero pagó. 

-Usted perdone, señor -balbuceó el minero-. ¿Está seguro de no haberse equivocado? 

Miraba aquel poco dinero sin recogerlo, empapado en un sudor frío. Seguramente esperaba una mala quincena; pero no tanto. Después de entregar su parte a Zacarías, Esteban y el otro compañero que reemplazaba a Chaval, le quedarían, cuando más, cincuenta francos para él, su padre, Catalina y Juan. 

-No; no me equivoco -contestó el cajero-. Hay que desquitar dos domingos y cuatro días de descanso; o sea, nueve días de trabajo. 

Maheu seguía calculando, haciendo sumas en voz baja, nueve días le daban unos treinta francos para él, dieciocho para Catalina, nueve para Juan. En cuanto al tío Buenamuerte, no había trabajado más que tres días. No importaba, porque añadiendo noventa francos de Zacarías y de los otros dos, aún debía resultar más dinero. 

-Y no olvide las multas -dijo el cajero-. Veinte francos de multa por trabajos de revestimiento mal hechos. 

El minero hizo un gesto de desesperación. ¡Veinte francos de multa, cuatro días de descanso forzoso! Así, salía la cuenta. ¡Y pensar que algunas veces había tenido quincenas de ciento cincuenta francos, cuando su padre estaba bueno y antes de casarse Zacarías! 

-Vamos a ver: ¿toma usted el dinero o no? -exclamó el cajero que empezaba a impacientarse.- Ya ve que hay gente esperando... Si no lo quiere, dígalo. 

Cuando Maheu fue a recoger el dinero con mano temblorosa el dependiente lo detuvo. 

-Espere... El señor secretario general desea hablarle. Entre usted; está solo en su despacho. 

Y aturdido y sin saber cómo, se encontró en un gabinete amueblado con muebles de roble, tapizados en un verde bastante desteñido. 

Durante cinco minutos oyó hablar al secretario general, un señor alto, de aspecto severo, que le miraba por encima de las carpetas de papeles de que se hallaba atestada su mesa de despacho. Pero el zumbido sordo de sus oídos le impedía enterarse de las palabras de aquél. Comprendió, vagamente que se trataba de su padre, cuyo expediente de retiro estaba limitándose para concederle la pensión de ciento cincuenta francos, a los cincuenta años de edad y cuarenta de servicio. Luego le pareció que la voz del secretario era más severa. Le regañaba, acusándole de ocuparse en política, y haciendo alusiones a su huésped y a la Caja de Ahorros; por fin, se le figuró que le aconsejaba que no se comprometiera en semejante locura, ya que siempre había sido uno de los mejores operarios de la mina. Maheu quiso protestar, pero no pudiendo decir dos palabras seguidas, estrujó la gorra con sus dedos febriles y salió de allí tartamudeando: 

-Ciertamente, señor secretario... Aseguro al señor secretario... 

Afuera, cuando se reunió con Esteban, que le estaba esperando, estalló su furia. 

-Soy un canalla, porque he debido contestar... -decía-. ¡No darle a uno ni para pan, y además decirle tonterías! Sí, contra ti me ha hablado, diciendo que el barrio estaba revuelto por ti... ¿Qué hemos de hacer más que agachar la cabeza y tener paciencia, y dar las gracias encima?... Tiene razón... Después de todo es lo más prudente. 

Maheu dejó de hablar, mortificado a la vez por la rabia y por el temor. Esteban se había quedado pensativo. Otra vez atravesaron por entre los grupos que había en la calle. La exasperación iba en aumento; una exasperación sin gestos, sin manifestaciones exteriores, y por lo mismo más imponente y amenazadora. Algunos que sabían calcular, habían echado sus cuentas, y la noticia de que en último resultado la Compañía iba ganando dos céntimos en cada carretilla, exacerbaba los ánimos más tranquilos' Pero lo que dominaba, sobre todo, era la rabia de aquella quincena desastrosa, la sublevación del hambre por aquellos días de descanso forzoso y por aquellas multas injustas. 

Si ya no se sacaba lo preciso para comer, ¿qué iba a ser de ellos, si encima les disminuían los jornales? En las tabernas se protestaba en alta voz; la rabia secaba de tal modo los gaznates, que el poco dinero cobrado se quedaba allí encima de los mostradores en cerveza y en ginebra. 

Esteban y Maheu no hablaron una palabra desde Montsou a su casa. Cuando el segundo entró, su mujer, que estaba sola con los chicos, vio enseguida que no había hecho sus encargos. 

-¡Bien! ¡Me gusta! -dijo-. ¿Y el café, y el azúcar, y la carne? Unas chuletas no te hubieran arruinado. 

El pobre hombre no contestaba, ahogado por la emoción, que en vano procuraba dominar. Luego tuvo un gruñido de rabia, y las lágrimas inundaron su semblante, curtido por el rudo trabajo de las minas. Se había dejado caer en una silla, y lloraba como un chiquillo, mientras que con un movimiento de desesperación tiraba los cincuenta francos encima de la mesa. 

-¡Toma! -murmuró-. Eso es lo que te traigo... Ése es el producto del trabajo de todos nosotros. 

La mujer de Maheu miró a Esteban, y le vio silencioso y abatido. Entonces se echó a llorar también. ¿Cómo habían de vivir nueve personas quince días con cincuenta francos? Su hijo mayor se había ido de la casa, su suegro no podía ya moverse, aquello era morir. Alicia, al ver llorar a su madre, se colgó de su cuello; Enrique y Leonor sollozaban, en tanto que Estrella berreaba como de costumbre. 

Y de todas las casas del barrio salió muy pronto el mismo grito de miseria. Los hombres habían vuelto a sus hogares, lamentándose unánimemente ante el desastre de aquella miserable quincena. Abriéronse las puertas, dando paso a muchas mujeres que salían a quejarse a la calle, como si de aquel modo encontraran algún consuelo. 

Caía una lluvia menudita; pero ninguna de ellas la sentía, y unas a otras se llamaban, enseñándose el poco dinero que llevaban en la palma de la mano. 

-¡Mira 16 que le han dado! ¿No es esto burlarse de la gente?

-¡Pues si yo no tengo siquiera para pagar el pan de la quincena pasada!

-¡Pues y yo! ¡Cuenta esto! Tendré que vender hasta la camisa. 

La mujer de Maheu había salido a la calle, como las demás. Un grupo numeroso se formó alrededor de la de Levaque, que era la que más chillaba; porque el borracho de su marido no había vuelto siquiera a la casa, y se temía que la paga, poca o mucha, se iba a quedar toda en el Volcán. Filomena no quitaba ojo de su suegro, para que no le escamotease a Zacarías algunos cuartos. La única que parecía un tanto tranquila era la mujer de Pierron porque su marido se arreglaba siempre de modo, nadie sabía cómo, que tenía más horas de trabajo que los demás en el libro del capataz. 

Pero la Quemada opinaba que aquello era una infamia de su yerno, y estaba en cuerpo y alma con las descontentas, exagerando su furor y dirigiendo miradas amenazadoras a Montsou. 

-¡Y pensar -decía sin nombrar a los de Hennebeau- que he visto pasar a su criada en coche!... Sí, la cocinera, que iba en el carruaje de dos caballos, sin duda para comprar pescado en la plaza de Marchiennes. 

Un grito de indignación salió de todas partes, y los juramentos y exclamaciones subieron de punto. Aquella criada con su delantal blanco, yendo en el coche de sus amos, los sacaba de quicio a todos. ¿Con que no se podía pasar sin comer pescado, cuando los obreros se estaban muriendo de hambre? Pero no comerían siempre así, porque pronto llegaría la hora del triunfo de la gente pobre. Y las ideas sembradas por Esteban crecían de un modo prodigioso en medio de aquellos gritos de sublevación. Era la impaciencia por llegar a la tierra de promisión; el deseo ardiente de disfrutar, en parte, la felicidad; el afán de ver la luz al otro lado de aquel horizonte de miseria y de privaciones terribles. La injusticia iba siendo ya muy grande, y tendrían que acabar por exigir sus derechos, puesto que se les quitaba hasta el pedazo de pan que llevar a la boca. Sobre todo las mujeres hubieran querido entrar enseguida a saco en aquella ciudad ideal del progreso, donde no debía de haber pobres. 

Era casi de noche, y la lluvia aumentaba y el frío se iba haciendo intenso; mas, a pesar de todo, las mujeres llenaban las calles del barrio llorando y gritando en medio de la baraúnda armada por la chiquillería. 

Aquella noche en La Ventajosa quedó decidida la huelga. Rasseneur no se atrevía a combatirla, y Souvarine la aceptaba como el primer paso dado en el camino de las soluciones convenientes. Esteban resumió la situación en una sola frase: ¿La Compañía quiere la huelga? Pues la tendrá.

V

Transcurrió una semana; el trabajo continuaba desanimado y triste, a la espera del conflicto, cada vez más inminente. 

En casa de Maheu, la quincena se anunciaba peor que la anterior. Así es, que la mujer del minero, a pesar de su carácter dulce y su proverbial prudencia, se iba agriando cada vez más. ¿Pues no se había atrevido su hija Catalina a dormir una noche fuera de su casa? Al día siguiente, por la mañana, entró tan cansada, tan debilitada a consecuencia de la aventura que no pudo ir a trabajar, diciendo que no era culpa suya, porque Chaval la había detenido, amenazándole con pegarle una paliza si se marchaba. Su amante estaba loco de celos; quería impedirle que volviese a acostarse en la cama de Esteban, donde, según él, la obligaba a dormir la familia. La mujer de Maheu, furiosa, después de prohibirle que volviera a hablar con semejante bruto, quería ir a Montsou para darle de bofetadas. Pero no por eso se dejaba de perder el jornal del día, y además, Catalina decía que ya que tenía aquel querido, prefería no cambiar de hombre. 

Dos días después hubo otra historia. El lunes y el martes, Juan, a quien creían en la Voreux trabajando tranquilamente, se escapó al bosque de Vandame a pasar dos días de juerga con Braulio y Lidia. Los había pervertido de tal modo, que jamás se pudo averiguar a qué entretenimientos de chiquillos precoces se habían entregado los tres juntos con verdadero furor. El chico recibió una reprensión fuerte, una azotaina terrible, propinada por su madre en medio de la calle, en presencia de todos los muchachos del barrio. ¿Se había visto cosa semejante? ¡Hijos suyos, que no habían hecho más que costarle dinero desde que nacieron, y que estaban ya obligados a ganar para ayudarla! Y en aquellas exclamaciones revivía el recuerdo de su propia infancia, de la miseria hereditaria que sufrían los de su raza desde tiempo inmemorial, acostumbrados a que los hijos ganasen dinero desde que llegaban a la edad de poder trabajar. 

Aquella mañana, cuando los hombres y Catalina se fueron a la mina, la mujer de Maheu se levantó de la cama y llamó a Juan. 

-¡Mira, grandísimo tunante; si se vuelve a repetir esto, te mato a palos! 

En la cantera donde trabajaba entonces Maheu, la faena era penosísima. Aquella parte del filón era tan delgada, que los cortadores de arcilla, embutidos entre la pared y el techo, se destrozaban los codos y las rodillas, sin dejar de mover las herramientas. Además, cada día iba estando más húmeda; temían que de un momento a otro saltara un chorro de agua, uno de esos bruscos torrentes que rompen las rocas y arrastran a los hombres. El día antes, Esteban, al dar con el pico en una roca había sentido brotar el agua: aquello era la voz de alerta, de la que no hicieron caso. Todo se redujo a que la cantera se quedara más húmeda. 

Por lo demás, el joven no pensaba ya en los accidentes posibles; pasaba allí, como sus demás compañeros, el tiempo trabajando v despreciando el peligro. Vivían en medio del grisú, sin sentir siquiera la pesadez que les producía en los párpados. Algunos días, sin embargo, cuando la luz de las linternas se azulaba más que de costumbre, pensaban en él, y arrimaban la cara a la vena para oír el ruidillo que producía el gas, un ruidillo de burbujas de aire bullendo en cada hendidura. Pero la amenaza más seria era la de un desprendimiento; porque además de la insuficiencia de los puntales de madera, que seguían haciendo de prisa y corriendo, las rocas, combatidas por el agua y por la humedad interior, se desprendían en masas enormes. 

Dos veces aquel día tuvo Maheu que hacer que metieran unos puntales de madera. Eran las dos y media, y la gente iba a dejar ya el trabajo. Esteban terminaba de arrancar una masa de carbón, cuando se oyó un trueno espantoso y lejano, que retumbó en toda la mina. 

-¿Qué es eso? -exclamó, deteniéndose en su tarea para escuchar. 

Había creído que el techo de la galería se le venía encima. 

Pero ya Maheu se tiraba del andamio, diciendo: 

-Es un desprendimiento... ¡Pronto, pronto! ¡Fuera! 

Todos se apresuraron precipitadamente a salir; pero ayudándose unos a otros con verdadero espíritu de fraternidad. Sus linternas se agitaban con violencia en el silencio de muerte que se había producido; corrían unos detrás de otros a lo largo de las galerías, con la espalda encorvado, como si galopasen a cuatro pies; y sin detener la carrera se interrogaban, y contestaban con palabra rápida y concisa: ¿Dónde habrá sido? ¡No! Era abajo más bien; en las galerías de arrastre. Cuando llegaron a la chimenea, se metieron en ella, y resbalaron uno detrás de otro, sin ocuparse de los rasguños que se hacían. 

Juan, lleno de cardenales de la paliza de la víspera, no se había escapado aquel día de la mina. Trotaba descalzo detrás de su tren, para ir cerrando las compuertas de ventilación; y a veces, cuando no temía encontrarse con un capataz, se subía en la última carretilla, lo cual estaba prohibido, para evitar que se durmiesen. Pero su distracción favorita era, cada vez que el tren se detenía para cruzar con otro, ir a ver a Braulio que iba en la primera vagoneta guiando el caballo. Llegaba sin hacer ruido y sin linterna; pellizcaba a su compañero hasta que le hacía sangre, en broma; inventaba diabluras de mono, al cual se parecía con aquellos pelos rojos y rizados, aquellas orejas descomunales, aquella cara flacucha y huesosa, animada por aquellos ojillos verdes, que brillaban en la oscuridad lo mismo que los de un gato. 

A pesar de su precocidad extraordinaria, parecía tener la inteligencia oscura de un aborto humano que volviera a la animalidad de origen. 

Una vez Batallador se paró en seco, Juan, acercándose a Braulio: -¿Qué demonios tiene ese animal -le dijo-, que por poco me rompe las piernas con esa parada? 

Pero Braulio no pudo contestar, ocupado en atender al caballo, que se encabritaba al ver llegar otro tren. El animalito había conocido de lejos a su compañero Trompeta, al cual había tomado gran cariño desde el día de su llegada al fondo de la mina. Cualquiera hubiera dicho que sentía la compasión afectuosa de un filósofo viejo, anhelante por consolar a un amigo joven, y por inspirarle paciencia y resignación; porque Trompeta no se aclimataba; tiraba de las carretillas a la fuerza, seguía con la cabeza caída, cegado por la oscuridad, como si no adquiriera la resignación necesaria para renunciar al sol. Así es que cada vez que Batallador lo encontraba, alargaba la cabeza para soplarle en el cuello y humedecérselo con una caricia capaz de infundirle valor. 

-¡Mira!... Ya están otra vez dándose besos -dijo Braulio. 

Luego, cuando Trompeta hubo pasado, añadió, refiriéndose a Batallador: 

-Anda; este maldito viejo sabe lo que se hace... Cuando se planta de ese modo, es que adivina algún obstáculo, una piedra o un agujero; se cuida bien, y no quiere que se le rompa nada... Hoy no sé qué demonio habrá detrás de aquella compuerta. La empuja, y se queda parado. ¿Has oído algo tú?

-No -dijo Juan-. Lo que hay es mucha agua. A mí me llega a las rodillas.

 El tren echó a andar otra vez. Y al viaje siguiente, cuando Batallador hubo abierto la compuerta de un cabezazo, se negó a seguir, y se plantó relinchando y temblando. Al fin se decidió, y pasó con rapidez.

Juan se había quedado atrás a fin de cerrar la compuerta. Se bajó un poco para ver la laguna en que se le hundían los pies; luego, levantando la linterna, vio que los maderos de apuntalar habían cedido por la influencia de una filtración muy grande. Precisamente en aquel momento un minero, muy conocido entre sus compañeros por el apodo de Naranjero, salía de su trabajo, presuroso por volver a su casa, porque su mujer estaba de parto. También él se detuvo con objeto de mirar los puntales de madera. y de repente, cuando el chico iba a echar a correr a fin de alcanzar el tren, se oyó un crujido formidable, y el hombre y el muchacho quedaron sepultados entre las rocas desprendidas. 

Hubo un momento de silencio. Un polvo denso, levantado por el desprendimiento, invadía todas las galerías. Y ciegos, sofocados, iban llegando mineros de todas partes, de las más próximas y de las lejanas canteras, llevando en la mano las linternas, que alumbraban apenas los grupos de hombres negros que corrían hacia el lugar de la catástrofe. Cuando los primeros llegaron a él, se detuvieron y llamaron a los demás. 

Otro grupo numeroso, llegado de la cantera del fondo, se hallaba al otro lado de la masa de piedra desplomada, que interceptaba la galería. Enseguida se vio que el techo se había desprendido en un trayecto de diez metros a lo sumo. Los perjuicios no eran de consideración, pero todos los corazones se oprimieron al oír salir de los escombros un gemido estertóreo. 

Braulio que había abandonado el tren, acudía diciendo: -¡Juan está debajo! ¡Juan está debajo! 

En aquel momento, Maheu, que desembocaba de la chimenea corrió Zacarías y Esteban se vio acometido de un furor desesperado sin encontrará más que juramentos y maldiciones para expresar su dolor. 

-¡Maldita sea mi suerte! ¡Mal rayo nos parta a todos! 

Pero las mujeres, que acudían también corriendo, y entre ellas Catalina, Lidia y la Mouquette, se echaron a llorar, gritando como desesperadas en medio del espantoso desorden, más espantoso aún a causa de la oscuridad. Querían hacerlas callar; pero ellas chillaban cada vez más fuerte. 

El capataz Richomme había llegado al lugar de la catástrofe desesperado, porque ni Négrel ni Dansaert se hallaban en la mina. Aplicó el oído a la roca para escuchar y acabó por decir que aquellos gemidos no eran del chico. Seguro que había allí algún hombre también. Entonces Maheu llamó a Juanillo. No se oía respirar a nadie. 

El pequeño había quedado muerto sin duda. Y los gritos continuaron enseguida: todos llamaban al que agonizaba; todos querían saber su nombre. Nadie contestó. 

-¡Démonos prisa! -repetía Richomme, que había organizado la operación de salvamento-. Después hablaremos. 

Por uno y otro lado los mineros atacaban el montón de escombros con los picos y con las palas. Chaval trabajaba, sin decir palabra, al lado de Maheu y de Esteban, mientras Zacarías se ocupaba en transportar la tierra que sacaban del montón. Ya era hora de salir; nadie había comido; pero no pensaron en hacerlo mientras hubiera alguien en peligro. Sin embargo, recordaron que la gente del barrio estaría impaciente y con cuidado, si no veía volver a nadie, y se habló de que se marcharan las mujeres. Ni Catalina, ni la Mouquette, ni siquiera Lidia, quisieron marcharse, clavadas allí por el deseo de saber lo ocurrido, y ayudando afanosamente a los hombres. Entonces Levaque aceptó el encargo de anunciar en el barrio que había ocurrido un desprendimiento, pero que no era cosa mayor, y que se remediaría fácilmente. Eran cerca de las cuatro: los obreros, en menos de una hora, habían hecho el trabajo de un día: ya debían haber quitado la mitad de las piedras, si no habían caído más del techo. El ruido estertóreo los guiaba en su trabajo. Maheu se obstinaba con tal rabia, que se negaba a dejar el trabajo cuando alguno se acercaba a reemplazarle para que descansara. 

-¡Despacio! -dijo al fin Richomme-. Ya llegamos... ¡Cuidado, no vayáis a rematarle con los picos! 

En efecto el estertor se oía cada vez más cerca. Entonces parecía que sonaba debajo de los picos y los azadones. 

Nadie pronunció una palabra. Todos habían sentido pasar el frío de muerte a través de las tinieblas. 

Cavaban con ardor, sudando a mares, con los miembros contraídos, como si fueran a rompérselos. Tropezaron con un pie; entonces escarbaron con las manos y fueron descubriendo uno a uno los miembros de una persona. La cabeza no había sufrido nada. Las linternas se acercaron, nombre del Naranjero corrió de boca en boca. El pobre estaba todavía caliente; tenía la columna vertebral completamente rota. 

-Envolvedlo en una manta y ponedlo en una carretilla -ordenó el capataz-. Vamos ahora al chiquillo. ¡Deprisa, deprisa! 

Maheu no había dejado de trabajar, y fue el primero que vio practicada la abertura que les puso en comunicación con la brigada que trabajaba por el otro lado. Los hombres de esta última fueron los primeros que gritaron: acababan de encontrar a Juan sin sentido y con las dos piernas rotas; pero respirando todavía. Su padre cogió al chico en brazos, y se lo llevó, apretando los dientes y desahogando su rabia a fuerza de juramentos y blasfemias. Catalina y las otras muchachas seguían llorando a mares. 

Pronto se organizó el triste cortejo. Braulio había llevado a Batallador al lugar del siniestro. El caballo quedó enganchado en un instante a dos vagonetas: en la primera iba el cadáver del Naranjero sostenido por Esteban; en la segunda se había sentado Maheu, llevando en brazos a Juan, a quien había tapado con un pedazo de trapo que había arrancado de una compuerta de ventilación. Y el tren se puso en marcha al paso del caballo; en cada carretilla iba enganchada una linterna, que parecía una estrella roja. Luego, detrás, a la cola, seguían todos los mineros, todos, menos unos cincuenta que tuvieron que quedarse allí para consolidar el techo de la galería. Ya se sentían muertos de cansancio e iban arrastrando los pies y resbalando por el barro, con la expresión sombría de un ganado acometido de epidemia. Más de media hora tardaron en llegar al pie del pozo de subida. Aquel convoy subterráneo, atravesando la oscuridad profunda de la mina, no se acababa nunca a lo largo de las galerías, que se bifurcaban, daban vueltas y se estrechaban sin cesar. 

Richomme que había salido delante tenía ya dada orden para que estuviera preparada una jaula ascensor. Pierron y otro cargador embalaron enseguida las dos fúnebres carretillas. En una iba Maheu con el muchacho herido en los brazos mientras en la otra Esteban tenía que llevar abrazado el cadáver del Naranjero, para que no tropezara en ninguna parte. Luego, así que los demás departamentos estuvieron atestados de obreros la jaula comenzó a subir. Tardaron dos minutos. Todos iban mirando hacia arriba, impacientes esta vez por ver la luz del sol. 

Afortunadamente, un aprendiz, a quien enviaron a buscar al doctor Vanderhaghen, le había encontrado en casa, y llegaba con él en aquel momento. Juan y el muerto fueron conducidos al cuarto de los capataces, donde, a pesar de que no hacía frío, ardía una lumbre magnífica. Retiraron las cubetas de agua tibia preparadas ya para que los capataces se lavaran los pies, y extendiendo dos colchones en el suelo, colocaron en ellos al hombre y al muchacho. Solamente Maheu y Esteban entraron. Afuera, las mujeres, los demás obreros y los aprendices que habían acudido, hablaban en voz baja. 

En cuanto el médico dirigió una mirada al Naranjero, murmuró: -¡Éste se fastidió! ¡Ya podéis lavarlo! 

Dos vigilantes desnudaron y lavaron con una esponja aquel cadáver, negro de carbón y sucio todavía de sudor. 

-En la cabeza no tiene nada -añadió el doctor, arrodillándose en el colchón donde se hallaba Juan-. En el pecho tampoco... ¡Ah! Las piernas son las que han sufrido. 

Y él mismo desnudaba al chiquillo, desatándole la chaqueta, quitándole la blusa, tirándole de los pantalones y sacándole la camisa con la habilidad de una nodriza. Entonces apareció aquel cuerpecillo delgado como el de un insecto, sucio por todas partes de polvo negruzco, con manchas de tierra rojiza, que le daban el aspecto de mármol negro cruzado de vetas rojas. Como no se le veía bien, hubo que lavarlo. Y entonces, a medida que se le iba pasando la esponja, parecía más delgado y endeble, y con unas carnes tan transparentes, que se le veían los huesos. Daba compasión aquella última degeneración de una raza de míseros, aquel pedazo de carne, que sufría horriblemente, medio aplastado por las rocas. 

Cuando estuvo limpio, se le vieron las heridas de las ingles, dos manchones de sangre sobre la blancura de la piel. 

Juan, que había recobrado el conocimiento, dio un gemido. En pie, al lado del colchón, con las manos cruzadas y temblorosas, Maheu le contemplaba conmovido, y gruesas lágrimas surcaban sus curtidas mejillas. 

-¡Eh! ¿Eres tú su padre? -dijo el doctor, levantando la cabeza-. No llores, porque ya ves que no está muerto... Ayúdame. 

Le reconoció, y vio que tenía dos fracturas simples. Pero la pierna derecha le preocupaba, y temía que acaso hubiera que amputársela. 

En aquel momento, el ingeniero Négrel y Dansaert, que habían recibido aviso, entraron en la habitación, seguidos de Richomme. El primero escuchaba el relato del capataz con aire de malhumor. Al fin estalló: 

-¡Siempre la maldita manía de no apuntalar bien! ¡Y esos bestias hablando de declararse en huelga, si les obligan a apuntalar mejor! Lo malo es que ahora la Compañía tendrá que pagar los vidrios rotos, sin comerlo ni beberlo. ¡Bueno se pondrá el señor Hennebeau! 

-¿Quién es? -preguntó luego a Dansaert, que silencioso y delante del cadáver, lo contemplaba, mientras lo envolvían en una sábana. 

-El Naranjero, uno de los mejores obreros de la mina -respondió el capataz mayor-, tiene tres hijos... ¡Pobrecillo! 

Entre tanto, el doctor Vanderhaghen hablaba en voz baja con aquellos señores, pidiéndoles que llevaran inmediatamente a Juan a su casa. 

Daban las seis, comenzaba a declinar el día, y mejor era llevarse también el cadáver. El ingeniero dio órdenes inmediatamente para que enganchasen el furgón y llevaran una camilla. El niño herido fue colocado en la camilla, mientras metían en el furgón el colchón con el muerto. 

Afuera, hombres y mujeres seguían hablando en voz baja, y sin marcharse hasta no ver en qué quedaba aquello. Cuando se abrió la puerta del cuarto de los capataces, reinó el silencio más profundo entre los grupos de curiosos, y se formó un nuevo cortejo: el furgón delante, luego la camilla, después la multitud de obreros que los seguían a pie. Lentamente tomaron todos el camino en cuesta que conducía al barrio de los mineros. Los primeros fríos de Noviembre habían desnudado de todo verdor aquella llanura inmensa, envuelta ya en su manto de tinieblas. 

Esteban aconsejó entonces a Maheu que enviara a Catalina, para que preparase a su madre y el golpe fuese menos rudo. El padre, que iba al lado de la camilla con ademán desesperado, asintió haciendo un gesto, y la joven echó a correr, porque ya estaban cerca de las casas. Pero en el barrio ya habían visto que se acercaba el furgón, aquella fúnebre caja tan conocida. Multitud de mujeres salían como locas a las puertas de las casas, y tres o cuatro, llenas de angustia, habían echado a correr para salir al encuentro de la fúnebre comitiva. Pronto fueron treinta, cuarenta, cincuenta, todas ahogadas por el mismo espanto. ¿Con que había un muerto? 

¿Quién era? La historia contada por Levaque, después de tranquilizarlas a todas, las lanzaba a exageraciones de verdadera pesadilla: no era un hombre, sino diez lo menos los que habían perecido, y que irían llegando uno a uno en el furgón. 

Catalina había encontrado a su madre presa de un terrible presentimiento; y desde que su hija, tartamudeando, empezó a hablar, la interrumpió diciendo: 

-¡Ha muerto tu padre!

 En vano la joven protestaba y hablaba de Juan. La mujer de Maheu, sin hacerle caso, se echaba a la calle: y al ver el furgón que aparecía por la esquina de la iglesia, pálida como una muerta, perdió el sentido. En las puertas de las casas, las mujeres, mudas de espanto, alargaban el cuello, mientras otras seguían con la vista el cortejo fúnebre, temblando ante la idea de que se pudiera detener a la puerta de sus casas respectivas. 

El coche pasó, y la mujer de Maheu, repuesta de su desvanecimiento, vio a su marido, que caminaba junto a la camilla. Entonces, cuando depositaron la camilla a la puerta de su casa, cuando vio a Juan vivo, pero con las dos piernas rotas, sintió tan extraña reacción, que se puso furiosa, y empezó a murmurar: 

-¿Encima esto? ¡Ahora nos estropean a los chicos!... ¡Las dos piernas, Dios mío! ¿Qué voy a hacer yo ahora?

-Calla, mujer -dijo el doctor Vanderhaghen, que había entrado en la casa para vendar al herido-. ¿Preferirías que se hubiese quedado allí abajo? 

Pero la mujer de Maheu se ponía cada vez más furiosa, mientras Alicia, Leonor y Enrique lloraban a gritos. A la vez que ayudaba al doctor, dándole lo que le hacía falta para la cura, maldecía su suerte, y preguntaba dónde querían que fuese a buscar dinero para cuidar a los enfermos. No bastaba con el viejo, sino que también el chico se quedaba cojo. Y no dejaba de maldecir, mientras que de la casa de unos vecinos salían tristes lamentaciones y gritos agudos de dolor: eran la mujer y los hijos del Naranjero, que lloraban al muerto. La noche estaba muy oscura; los mineros, rendidos de fatiga, se habían puesto a comer, y todo en el barrio era tranquilidad, alterada solamente por aquel llorar desgarrador. 

Transcurrieron tres semanas. Se había podido evitar la amputación; Juan conservaría sus dos piernas; pero se quedaría cojo. Después de abrir Expediente la Compañía se resignó a darles cincuenta francos como socorro, prometiendo, además, que buscaría para el enfermo, cuando estuviese curado, algún empleo en que no tuviera que trabajar en el fondo de la mina. No por eso dejaba de ser aquello una agravación de miseria, pues, el padre, del disgusto y de la conmoción, había caído en cama con calenturas. 

Desde el jueves, Maheu siguió yendo a trabajar, y ya estaban en domingo. Aquella noche Esteban habló extensamente de lo próximo que se hallaba el 1º de diciembre, preocupándose de si la Compañía cumpliría su amenaza. Estuvieron levantados hasta las diez esperando a Catalina, que se hallaba con Chaval. Pero la muchacha no fue a dormir. La mujer de Maheu, furiosa, cerró la puerta, echando el cerrojo sin decir una palabra. Esteban tardó mucho rato en dormirse, inquieto, sin saber por qué, viendo tan desocupada aquella cama, demasiado grande para Alicia sola. 

Al día siguiente tampoco apareció Catalina y solamente por la tarde, al volver del trabajo, supieron los Maheu que su hija se quedaba a vivir con Chaval. Le daba tantos disgustos con sus malditos celos, que al fin la muchacha había decidido amancebarse: para evitar que le echasen en cara su conducta, abandonó bruscamente la Voreux, contratándose en Juan Bart, la mina del señor Deneulin, donde trabajaba su querido también. Por lo demás, el nuevo matrimonio, por llamarlo así, seguiría viviendo en el café Piquette de Montsou. 

En los primeros momentos, Maheu habló de ir a abofetear al tunante y de llevarse a su hija a puntapiés en la parte posterior; después hizo un gesto de resignación. ¿Para qué? El resultado sería el mismo, porque no había manera de que las muchachas no se amancebasen, como ellas quisieran hacerlo. Mejor era esperar tranquilamente a que se casaran. Pero la mujer de Maheu no tomaba las cosas con tanta calma. 

-¿La pegaba yo, acaso, cuando se iba con Chaval? -gritaba, dirigiéndose a Esteban, que la escuchaba silencioso y muy pálido-. Vamos, contésteme, usted que es un hombre razonable... La hemos dejado en libertad, ¿no es cierto? Porque al fin y al cabo, todas pasan por lo mismo. Yo, por ejemplo, ya estaba embarazada cuando me casé con su padre. Pero no me escapé de casa de mi madre, ni lo hubiera hecho jamás, por no cometer la infamia de privaría antes de tiempo del dinero que ganaba, para dárselo a un hombre que no lo necesitaba... ¡Ah!, es insufrible. Tendrá una que acabar por no tener hijos. 

Y como Esteban no contestaba, contentándose con menear la cabeza en señal de asentimiento, siguió dando rienda suelta a su indignación. 

-¡Una muchacha que iba todas las noches adonde le daba la gana! ¿Qué demonios tiene en el cuerpo? ¿No podía aguardar a casarse hasta que nos hubiera ayudado a salir del atolladero en que estamos? ¿Eh? Pero, ¡es claro!, hemos sido demasiado buenos, porque no debíamos haber permitido que se entretuviera con un hombre. Se les da un dedo, y se toman toda la mano. 

Alicia hacía signos de aprobación con la cabeza, mientras Enrique y Leonor, asustados de ver furiosa a su madre, lloraban en silencio. La mujer de Maheu enumeraba sus desventuras; en primer lugar, Zacarías, que se había casado; luego el abuelo, que estaba allí clavado en una silla, sin poder mover las piernas; después Juan, que no podría salir de su cuarto hasta dentro de unos días, según el médico, y, por fin, el último golpe dado por aquella bribona de Catalina que se iba a vivir con un hombre. Toda la familia se desmoronaba. Ya no quedaba más que el padre para trabajar. ¿Cómo iban a vivir siete personas, sin contar a Estrella, con los tres francos de Maheu? 

-No se adelanta nada con que gruñas -dijo Maheu con voz sorda-. Todavía podíamos estar peor. 

Esteban, que miraba al suelo, levantó la cabeza, y murmuró con la mirada fija en un punto de la sala, perdida en una visión del porvenir: 

-¡Ah! ¡Ya es hora, ya es hora!

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Germinal


 


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