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Parte VII

VII PARTE

I

Los tiros de Montsou habían repercutido en París con eco formidable.

Desde hacía cuatro días, todos los periódicos de oposición estaban indignados, y publicaban en la primera plana relatos terribles de aquellos sucesos: veinticinco heridos y catorce muertos, entre los cuales había dos niños y tres mujeres. Levaque se había convertido en una especie de héroe; porque se le atribuía una respuesta heroica, digna de un espartano, al prestar declaración ante el juez de instrucción. El gobierno Imperial, a quien aquellas balas habían alcanzado en el pecho, afectaba la calma y la tranquilidad de la omnipotencia, sin darse él mismo cuenta de la gravedad de sus heridas. No se trataba, decía, más que de un hecho aislado, ciertamente lamentable, pero sin importancia, tanto más, cuanto que el teatro de la escena se hallaba lejos de la capital, donde realmente se hace la opinión. Aquello se olvidaría pronto; pero la Compañía recibió extraoficialmente indicaciones acerca de la necesidad de concluir con la huelga, cuya duración era verdaderamente irritante, y hasta constituía un peligro para la sociedad; y de echar tierra al asunto, para que se dejase de hablar de él.

Así es que, el miércoles por la mañana, llegaron a Montsou tres consejeros de administración de la sociedad minera. El pueblo, mejor dicho, los burgueses del pueblo, asustados aún del terrible drama de la Voreux, no se atrevían ni siquiera a darse la enhorabuena, al verse libres de los ataques probables a su propiedad, y acaso, acaso, a su vida. El tiempo había mejorado. Deshecha la nieve por completo, despejado el cielo, amaneció un día de sol brillantísimo y casi caluroso para ser de febrero. Habían sido abiertas todas las persianas del palacio del Consejo de Administración; el caserón revivía. Empezaron a circular rumores muy satisfactorios, pues decían que aquellos señores, profundamente afectados por la catástrofe, se apresurarían a abrir paternalmente sus brazos a los obreros. Ahora que ya estaba el golpe dado, quizás con más violencia de la que se quería, los consejeros de administración se prodigaban, dándose aire de salvadores, y adoptando resoluciones tardías, pero excelentes. En primer lugar despidieron a los belgas, haciendo grandes alardes de aquella concesión extrema a sus mineros. Luego hicieron que cesase la ocupación militar de las minas, no amenazadas ya por los derrotados huelguistas, consiguiendo también que no se hablase más del centinela que había desaparecido de la Voreux; como se había registrado toda la comarca sin encontrarle, y sin encontrar su fusil, los jefes del regimiento lo dieron de baja como desertor, si bien sospechaban la existencia de un crimen. En todos los terrenos, los individuos del Consejo administrativo procuraron remediar las consecuencias de los últimos funestos sucesos, aminoraron la gravedad, y publicaron alocuciones, dirigiéndose a los obreros en términos cordiales para que volviesen al trabajo, ofreciéndoles olvido y perdón completos.

A pesar de todas estas ocupaciones, no descuidaban sus intereses, como lo decía bien claro el hecho de que Deneulin celebrara conferencias frecuentes con Hennebeau, sin duda relativas a la venta de Vandame.

Hasta entonces el barrio de los Doscientos Cuarenta seguía obstinado en su salvaje resistencia. Parecía como si la sangre de sus compañeros abriese un abismo entre ellos y los propietarios de las minas. Apenas llegaban a diez los que trabajaban: Pierron y otros cuantos de su calaña, a los cuales se veía salir para el trabajo y volver a su casa en medio del más profundo y despectivo silencio; pero sin dirigirles tampoco amenazas de ningún género. Además, se abrigaba serias desconfianzas acerca de los propósitos de la Compañía, la cual, en ninguna de sus proclamas, se ocupaba explícitamente de los obreros despedidos. ¿Sería que tuviesen el proyecto de no admitirlos más?

Pero de todas las casas del barrio, ninguna tan silenciosa y sombría como la de Maheu, anonadada por el luto. Desde que hubo acompañado a su marido hasta el cementerio, puede decirse que la viuda de Maheu no había despegado los labios.

Después de la batalla, consintió que Esteban llevase a la casa a Catalina, llena de fango y muerta de cansancio; y al desnudarla delante del joven para meterla en la cama, de momento creyó también que su hija estaba herida en el vientre, porque tenía la camisa llena de sangre; pero pronto comprendió que era el brote de la pubertad, declarada al fin. ¡Bonito regalo por otra parte, el poder hacer hijos para que luego los gendarmes los degollasen! Pero no hablaba nunca, y. menos con Catalina o con Esteban. Éste, a riesgo de que fueran a prenderlo, dormía con Juan en la cama, porque no se sentía con fuerzas para volver a la oscuridad del subterráneo de Réquillart; antes la cárcel cien veces.

Es verdad que a menudo pensaba en la prisión, como si fuese un refugio para él; pero nadie lo buscó, y vivió tranquilo, aunque hastiado de ver pasar las horas sin saber qué hacer ni en qué ocuparse.

Algunas veces, la viuda de Maheu les miraba a él y a su hija con expresión de rencor y con aire de extrañeza, como si se preguntara qué hacían los dos en su casa.

Nuevamente dormían todos en montón. El abuelo ocupaba la antigua cama de los niños, los cuales se acostaban con Catalina, ahora que ya no estaba allí la pobre Alicia. De noche, más que nunca, sentía su madre lo desierto de la casa, encontrándose en aquella cama que, durante tantos años, ocupara con su marido, y que resultaba tan grande para ella sola. En vano se llevaba a Estrella para estar más estrecha; su hija no reemplazaba a su marido, y la viuda se pasaba las horas muertas llorando. La vida había recobrado su aspecto normal, y los días transcurrían como antes, sin pan, y sin tener la suerte de morirse, para no padecer más.

Todo seguía lo mismo; pero con la diferencia de no tener a su marido allí, y la seguridad de que no volvería a tenerle jamás.

En la tarde del quinto día, Esteban, desesperado de ver a aquella mujer silenciosa y huraña, prefirió salir, y abandonando la habitación, echó a andar a la ventura por las calles del barrio. Aquella inacción forzosa en que vivía le obligó a dar un gran paseo, durante el cual las mismas ideas sombrías que le asaltaran bastantes días antes de la catástrofe le atormentaban cruelmente. Media hora llevaba andando sin saber por dónde, cuando comprendió, y esto aumentaba su malestar, que sus compañeros se asomaban a las puertas de las casas para verle pasar. Lo poco que quedaba de su popularidad desapareció con motivo de la catástrofe de la Voreux. Esteban levantó la cabeza: allí estaban los hombres con ademán amenazador, y las mujeres levantando un pico de las cortinillas de la ventana; y bajo el peso de la acusación tácita todavía, de la cólera mal disimulada que brillaba en los ojos de todos, agrandados por el hambre y por las lágrimas, se sentía tan turbado, que no acertaba ni siquiera a dar un paso. A su espalda, los rumores de reproche iban en aumento, y tal miedo le dio de que el barrio entero saliese a echarle en cara su desventura, que volvió rápidamente a su casa. Allí estaba el tío Buenamuerte, clavado en una silla, de la cual no podía moverse desde el día de la matanza, en el que unos vecinos le recogieron del suelo y se lo llevaron a su casa, en un estado terrible de abatimiento. Y mientras Enrique y Leonor, a fin de engañar al hambre rebañaban una cacerola donde el día antes habían cocido coles para cenar, la viuda de Maheu, en pie, delante de la mesa, con la cabeza erguida y con ademán furioso, amenazaba a Catalina con el puño.

-¡Repite eso, condenada! ¡Repite lo que acabas de decir!

Catalina acababa de manifestar su propósito de ir a trabajar a la Voreux. La idea de no ganar nada, de ser tolerada en casa de su madre como un animalejo inútil, al que es necesario mantener, se le hacía cada vez más intolerable; y a no ser por temor de que Chaval le pegase una paliza, se habría ido a trabajar al día siguiente de la catástrofe. La pobre muchacha contestó tartamudeando:

-¿Qué quieres?, no se puede vivir sin hacer nada. Así, al menos tendremos pan-. Su madre la interrumpió:

-Mira: al primero de vosotros que vaya a trabajar, lo ahogo -gritó la viuda-. ¡Ah! Sería demasiado haber matado al padre, y seguir ahora explotando a los hijos. Basta, basta; prefiero ver que os entierren a todos como enterraron a tu pobre padre.

Y aquel obstinado silencio de quince días rompió en un hablar sin ton ni son, en un mar de palabras que aturdía. ¡Buena cosa le llevaría Catalina! Treinta sueldos cuando más, y otros veinte si los jefes se decidían a buscar alguna ocupación para Juan. ¡Cincuenta sueldos y siete bocas que mantener! Los niños no servían más que para comer; en cuanto al abuelo, debía de haberse roto algo en la cabeza cuando la caída, porque desde entonces parecía idiota, a menos que aquello fuese sólo el efecto de haber presenciado los asesinatos cometidos por los soldados.

-¿No es verdad, padre, que te han matado? Por más que aún esté fuerte ese brazo, acabaron contigo para siempre.

Buenamuerte la miraba con ojos espantados, sin comprender lo que decía.

-Y como no le han concedido aún la pensión a que tiene derecho, seguro que ahora nos la van a negar esos canallas, con pretexto de nuestras ideas... ¡Ah, no! Os digo que no quiero nada más con esa gente infame. -Sin embargo -insistió Catalina-; ellos prometen en la proclama...

-¿Quieres dejarme en paz con la dichosa proclama?... Otro lazo para explotarnos. Ahora se las dan de amables; ahora, después de habernos agujereado el pellejo.

-Entonces, madre: ¿dónde iremos? Sin duda nos echarán de la casa.

La viuda de Maheu hizo un gesto terrible. ¿A dónde irían? No lo sabía, ni quería pensar en ello, temiendo enloquecer. Pero se irían de allí a cualquier parte.

En aquel momento, furiosa contra los niños porque hacían ruido, dio un pescozón a Enrique y un azote a Leonor, los cuales empezaron a gritar desaforadamente, y los berridos de Estrella, que se había caído de una silla, aumentaron el estrépito. De pronto, su madre, desesperada, rompió a llorar también golpeándose la cabeza contra la pared.

Esteban, silencioso e inmóvil, no se había atrevido a intervenir, porque nadie le hacía ya caso; hasta los chiquillos huían de él con repulsión. Pero las lagrimas de aquella infeliz le conmovieron tanto, que no pudo menos de murmurar:

-¡Vamos! ¡Vamos! Valor... Ya veremos cómo salimos del paso.

La viuda, que parecía no haberlo oído, continuó llorando y quejándose en voz baja:

-¡Ah, cuánta miseria! ¡Parece un sueño! Al fin y al cabo, antes de todos estos horrores, la cosa, bien que mal iba adelante, y aunque pasábamos hambre, por lo menos estábamos todos juntos... pero ahora... ¿Qué ha sucedido? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho nosotros para vernos castigados así, los unos muertos, los otros deseando estarlo?... ¿Pues no era verdad que se nos trataba como a bestias de trabajo, que se cometía la injusticia de explotarnos de generación en generación, para aumentar la fortuna de unos cuantos ricos a costa de nuestra propia vida, sin más premio que malos tratos e infamias?... ¡Sí: aquello no podía durar; era necesario respirar un poco! ¿Es posible que hayan caído sobre uno tantas desgracias por haber deseado el triunfo de la justicia?

Los suspiros la ahogaban; su voz se extinguía en una tristeza inmensa.

-Luego, nunca faltan algunos vivos para prometer que la cosa se arreglará tan pronto como nosotros queramos ... ; y, ¡desde luego!, la sangre se sube a la cabeza, y como, con lo que hay, se sufre tanto, se mete uno a pedir lo que no hay. Está uno en las nubes, y es natural: al caer otra vez, revienta uno. Era mentira; no había nada de lo que esperábamos; no había más que dolores, sufrimientos, miserias, y, como si todo esto no bastase, tiros también para asesinarnos.

Esteban, con la cabeza baja, escuchaba aquellas quejas, cada una de las cuales le producía un remordimiento. No encontraba palabras con que calmar a la viuda, quien furiosa, con ademán amenazador y dirigiéndose a él, tuteándolo, exclamó fuera de sí:

-¡Y tú, tú también hablas de que volvamos al trabajo, después de habernos metido en todo esto!... No te echo nada en cara; pero te aseguro que si yo estuviese en tu pellejo, me hubiese muerto ya cien veces, pensando en el daño hecho a los compañeros. 

El joven quiso contestar; luego, desesperado, se encogió de hombros; ¿para qué dar explicaciones que, en su dolor, no podía ella comprender? Y como no podía soportar aquella escena, salió a la calle, y emprendió de nuevo su paseo a la ventura. Vio que, como si lo hubiesen estado esperando, toda la gente se hallaba a la puerta de su casa. Al notar su presencia, se oyeron rumores, y empezaron a formarse grupos en ademán amenazador. Las murmuraciones disimuladas de aquellos últimos días estallaban entonces en una maldición universal. Todos le amenazaban con el puño cerrado; las madres le enseñaban a sus hijos con ademán rencoroso; los viejos, al verle pasar, escupían y le miraban con aire despectivo: era el cambio natural que se produce en la opinión al día siguiente de una derrota; era el obligado reverso de la popularidad; era la execración que exasperaba a todos, al ver que sus heroicos sufrimientos resultaban inútiles. Zacarías, que llegaba con Filomena, tropezó con Esteban, y, en vez de saludarle, empezó a reírse de él maliciosamente.

-Mira, mira cómo engorda -dijo-; parece que se alimenta con las desdichas de los demás.

También la mujer de Levaque se había asomado a la puerta con Bouteloup. Y, hablando de su hijo Braulio, muerto de un balazo, exclamó:

-Sí, hay cobardes que hacen asesinar a los chiquillos. Que vaya y desentierre al mío para devolvérmelo.

No se acordaba de su marido preso, estando allí Bouteloup; pero en aquel momento se le ocurrió acordarse de él, y añadió con voz chillona:

-¡Anda, anda; cómo se pasean los canallas que tienen la culpa de todo, mientras los hombres honrados están presos!

Esteban, huyendo de ella, había ido a tropezar con la mujer de Pierron, que acudía presurosa a través de los jardinillos. Ésta consideraba como una ventaja la muerte de su madre, que cien veces, con sus violencias, había estado a punto de comprometerlos, y no lloraba tampoco por Lidia, la hija de su marido, la cual constituía para ella una verdadera carga; pero se aliaba a sus vecinas, a fin de reconciliarse con ellas.

-¿Y mi madre, di? ¿Y mi hija? ¿Crees que no te han visto ocultándote detrás de ellas para escapar de las balas?

¿Qué había de hacer? ¿Ahogar a la mujer de Pierron y a la otra-? ¿Batirse con el barrio entero? Por un instante tuvo Esteban el deseo de hacerlo. La sangre se le subía a la cabeza; llamaba brutos a sus compañeros, y se irritaba viéndolos tan estúpidos y tan bárbaros, que le culpaban a él por las consecuencias lógicas de los hechos. ¡Qué insensatos! Sentía su impotencia para dominarlos de nuevo, y, haciéndose el sordo a las injurias, se contentó con apresurar el paso y salir del barrio. Pero pronto tuvo que huir; la gente le perseguía; todo un pueblo se levantaba como un solo hombre para maldecirle en el desenfreno de sus malas pasiones. Él era el explotador; él, el asesino; él, el único causante de tanta desventura.

Salió del barrio, lívido de furor y huyendo de aquellas turbas que, de alcanzarlo, se hubieran seguramente ensañado contra él. Cuando llegó a la carretera, muchos le dejaron; pero algunos, más tercos, continuaron persiguiéndole con sus injurias. Al llegar a la puerta de La Ventajosa, tropezó con otro grupo que salía de la Voreux.

En aquel grupo iba Mouque el viejo, y Chaval. El anciano, después de la muerte de sus dos hijos, seguía trabajando como mozo de cuadra, sin pronunciar ni una queja.

De pronto, al ver a Esteban, sintióse acometido por un furor extraordinario; sus ojos se arrasaron en lágrimas, y de su boca salieron atropelladamente las injurias.

-¡Canalla, bribón, miserable! ¡Tú has matado a mis hijos, y has de pagar su muerte! ¡Muere tú también! -Y cogiendo un ladrillo, lo rompió en dos pedazos, y los lanzó violentamente a la cabeza de Esteban.

-¡Sí, sí matémosle! -exclamó, rencoroso, Chaval, feliz al ver que se le presentaba ocasión de vengarse -; a cada puerco le llega su San Martín... Ahora te toca a ti.

Y también él la emprendió a pedradas con su rival. Se levantó un clamor salvaje: todos cogieron ladrillos, los hicieron pedazos, y, frenéticos, los lanzaron a la cabeza de su antiguo jefe, ni más ni menos que hicieran unos cuantos días antes contra los soldados. Esteban, aturdido ya, no huía; les hacía frente, procurando defenderse de las pedradas y calmarlos, convenciéndoles con frases. Recordaba párrafos de aquellos discursos suyos tan recientes, y que tantos aplausos le valieron; repetía las mismas palabras con que los entusiasmara algunos días antes; pero su influencia estaba muerta. Sólo a pedradas le contestaban; y, herido ya en un brazo, retrocediendo ante el peligro inminente e inevitable, encontróse acorralado contra la fachada de La Ventajosa.

Rasseneur estaba en la puerta.

-Entra -le dijo éste sencillamente.

Esteban titubeaba, humillado de refugiarse en casa de su rival. -Entra, hombre, yo les hablaré.

El obrero se resignó, y fue a refugiarse a un rincón de la taberna, mientras Rasseneur defendía la entrada.

-Vamos, amigos míos, sed razonables... Bien sabéis que yo no os he engañado nunca. Siempre os aconsejé la calma, y, si me hubieseis escuchado, no habrían llegado las cosas al punto en que hoy están.

Y les pronunció un discurso de los suyos, que por cierto aquel día le devolvió su popularidad. Todos le aplaudían, todos se entusiasmaban, todos decían que aquél era el lenguaje de la razón y de la prudencia.

A sus espaldas, Esteban se sentía desfallecer, el corazón henchido de amargura. Recordaba la predicción de Rasseneur, en el bosque, cuando le amenazara con la ingratitud de las muchedumbres. ¡Qué brutal imbecilidad, qué abominable olvido de los servicios prestados! ¡Era una fuerza ciega que, constantemente, se devoraba a sí misma! Y, por debajo de su cólera al ver a aquellos insensatos echar a perder su causa, estaba la desesperación de su propio desastre, del trágico fin de su ambición. ¿Cómo; sería posible que todo aquello hubiese terminado ya? Se acordaba de haber oído, en el bosque, a tres mil corazones latiendo al unísono con el suyo. Aquel día, su popularidad era una realidad incontestable: aquella gente le pertenecía, él era su guía y su jefe. Desenfrenadas ilusiones le embriagaban en aquel entonces: Montsou a sus pies, y allá al fondo, París, diputado quizás, fulminando a los burgueses con un discurso, el primer discurso pronunciado por un obrero en la tribuna parlamentario. ¡Todo aquello había terminado! Despertaba de su sueño, mísero y detestado, y eran los mismos hombres que ayer le aclamaban los que lo Iapidaban ahora.

Se oyó de nuevo la voz de Rasseneur.

-Jamás la violencia -decía- ha dado buenos resultados; es imposible rehacer el mundo en un día. Los que os han prometido tal disparate, son unos locos o unos malvados.

-¡Bravo, bravo! -gritó la muchedumbre.

¿Quién era el culpable? Y esa pregunta que Esteban se hacía en su interior, acababa de anonadarle. ¿Sería verdaderamente culpa suya aquella desdicha que también a él le alcanzaba, la miseria de unos, la muerte de otros, el hambre de las mujeres y de los niños? Los acontecimientos se habían impuesto, sin que él los buscase, y a veces a pesar de haber tratado de evitarlos. ¿Podía esperar que sus amigos se revolviesen así contra él,' Aquellos infames mentían al decir que les había prometido una vida de pereza y de abundancia. Esas cosas las habían soñado ellos. Y en medio de esta justificación, de estas razones con que procuraba acallar sus remordimientos, se agitaba en él la sorda inquietud de no haberse mostrado a la altura de su misión, la duda eterna de los sabios a medias. Pero se sentía ya sin valor para seguir luchando; le asustaban sus mismos compañeros; le espantaba aquella amenaza enorme, ciega e irresistible del pueblo, que se desbordaba como un torrente, barriéndolo todo, sin someterse a ningún género de reglas ni de teorías. Cierta repugnancia lo había ido separando de ellos, repugnancia de la cual nacía el malestar de sus refinadas aficiones, y aquel subir lento de todo su ser hacia una clase social superior a la suya. En el mismo instante la voz de Rasseneur se perdía entre las aclamaciones entusiastas del pueblo.

-¡Viva Rasseneur! ¡No hay nadie como él! ¡Bravo, bravo!

El tabernero cerró la puerta, y entre tanto los grupos se disolvieron. Los dos hombres se miraron sin hablar palabra. Ambos se encogieron de hombros, y acabaron por beber juntos un vaso de cerveza.

Aquel mismo día hubo gran banquete en La Piolaine; se celebraban los esponsales de Négrel con Cecilia. Los señores de Grégoire habían pasado tres días arreglando el comedor y preparando la fiesta. Melania reinaba en la cocina, vigilando los guisos y dando el punto conveniente a las salsas, cuyo olor se esparcía por toda la casa. Quedó convenido que Francisco, el cochero, ayudaría a Honorina a servir la mesa, y la mujer del jardinero fregaría la vajilla, mientras su marido quedaba destinado para abrir y cerrar la verja de entrada. Jamás se había desplegado tanto lujo en la patriarcal morada de los Grégoire.

Todo salió a pedir de boca. La señora de Hennebeau estuvo amabilísima con Cecilia, y sonrió cariñosamente a Négrel cuando el notario de Montsou propuso un brindis por la felicidad del futuro matrimonio. El señor Hennebeau también parecía muy satisfecho, hasta el punto de que su buen humor extrañó a todos los convidados, quienes tenían la costumbre de verle siempre taciturno. Debía ser cierto un rumor que circulaba acerca de que la Compañía le distinguía otra vez con su completa confianza, y que le iban a dar la cruz de la Legión de Honor por su enérgica conducta con ocasión de la huelga. Todos procuraban no hablar de los sucesos recientes; pero en la general alegría había mucho de la satisfacción del triunfo; el banquete parecía celebrarse en honor de una victoria. ¡Ya estaban libres de preocupaciones! ¡Ya podían dormir y comer en paz! Se hizo una discreta alusión a los muertos en la Voreux, cuya sangre aún no había sido bien sorbida por el fango: de la historia se desprendía una lección necesaria, aunque lamentable, y todos se conmovieron cuando oyeron decir a los señores Grégoire que el deber de cada cual ahora consistía en remediar en lo posible los males y las miserias de los obreros. El matrimonio había recobrado su carácter bonachón y su ciega confianza en sí mismo; perdonaba de buen grado a sus buenos obreros las exageraciones pasadas, y decían que debían imitar el ejemplo de resignación que ellos les daban. 

Los notables de Montsou, sin motivo ya para temblar, convinieron en que la cuestión de los jornales debía, en efecto, estudiarse detenidamente.

A la hora del asado, el gozo fue completo, cuando el señor Hennebeau leyó una carta del obispo, anunciando el relevo del padre Ranvier. Toda la burguesía de la provincia comentaba apasionadamente la historia de aquel cura, que llamaba asesinos a los soldados. Y el notario, a la hora de los postres, declaró solemnemente que sin duda era un librepensador.

Allí estaba con sus dos hijas Deneulin, quien, en medio de tanta alegría, se esforzaba por ocultar la tristeza y melancolía de su ruina. Aquella misma mañana había firmado la escritura vendiendo Vandame a la Compañía de Montsou. Arruinado y abatido, tuvo que someterse a las exigencias de los compradores, abandonándoles a bajo precio aquella presa por tanto tiempo ambicionada, y sacándoles apenas lo suficiente para pagar a sus acreedores. En los últimos momentos aceptó con verdadero placer el nombramiento de ingeniero de división, quedando así destinado a vigilar por cuenta ajena aquello que poco antes era su propiedad, la mina donde había enterrado toda su fortuna.

Cuando pasaron al salón para tomar el café, el señor Grégoire llamó a su primo a un rincón, y le felicitó por haberse decidido a vender. 

-¿Qué quieres? Lo único que hiciste malo fue arriesgar en Vandame el millón de francos de tus acciones de Montsou. Te has tomado un trabajo terrible, y te has quedado sin nada, mientras que mi dinero me da de comer sin trabajar, como dará de comer a mi hija y a mis nietos.

 II

El domingo se escapó Esteban de¡ barrio en cuanto anocheció. Un cielo muy transparente, tachonado de estrellas, esparcía una tenue claridad sobre la tierra. El joven bajó hacia el canal, y siguió sus orillas en dirección a Marchiennes. Era aquél su paseo favorito, entre otras cosas, porque nunca encontraba a nadie. Pero aquella vez fue contrariado, viendo venir a un hombre hacia él. Y bajo la pálida luz de las estrellas, los dos paseantes solitarios no se reconocieron hasta que se hallaron frente a frente.

-¡Hola! ¿Eres tú? -murmuró Esteban.

Souvarine levantó la cabeza sin contestar. Por un momento permanecieron inmóviles; luego, reunidos, siguieron andando en dirección a Marchiennes. Cada cual parecía embebido en sus reflexiones, como si estuviesen uno lejos de¡ otro.

-¿Has visto en los periódicos el triunfo de Pluchart en París? -preguntó Esteban por fin-. Lo esperaban en la calle, y le han hecho una gran ovación al salir de un mitin celebrado en Montmartre... ¡Oh! no cabe duda que está ya lanzado. Ahora llegará adonde quiera.

El maquinista se encogió de hombros. Despreciaba profundamente a los oradores, los cuales eran, para él, unos parlanchines, que tomaban la política como los abogados el foro, con objeto de hacerse una renta a fuerza de pronunciar discursos.

Esteban era ahora partidario de las teorías de Darwin. Había leído una porción de fragmentos suyos recopilados en un tomo, que costaba cinco sueldos; y de aquella lectura mal digerida se hacía una idea revolucionaria de la lucha por la existencia: los flacos comiéndose a los gordos: el pueblo vigoroso devorando a la debilitada burguesía. Pero Souvarine se enfureció, extendiéndose a hablar de la estupidez de los socialistas que aceptan a Darwin, ese apóstol de la desigualdad científica, cuya famosa selección no servía más que para los filósofos aristócratas. Sin embargo, su amigo no cedía; deseaba discutir, y expresaba sus dudas por medio de una hipótesis: la sociedad antigua ya no existía; habían barrido hasta los últimos residuos de ella; pues bien, ¿no era de temer que la sociedad nueva creciese llevando en sí las mismas injusticias, las divisiones entre buenos y malos; unos, más aptos, más inteligentes, aprovechándose de todo; y otros, imbéciles y perezosos, convirtiéndose en esclavos?

Entonces, ante aquella visión de la eterna miseria, el maquinista exclamó que si la justicia no era compatible con el hombre, era necesario que el hombre desapareciese. Cuantas sociedades se pudriesen, otras tantas debían ser exterminadas. Ambos volvieron a guardar silencio.

Largo rato anduvo Souvarine con la cabeza baja, y tan absorto, que caminaba por la orilla del canal, con la misma impasibilidad que lleva un sonámbulo paseando con tranquilidad por el alero de un tejado.

Luego se estremeció, sin causa aparente, como si hubiese tropezado con una sombra. Levantó la cabeza, y apareció su rostro, que estaba muy pálido; entonces, se dirigió a su compañero, diciendo en voz baja:

-¿Te he contado ya cómo murió mi mujer, allá en Rusia?

Esteban hizo un gesto vago, asustado del temblor que se notaba en su voz, asustado de aquella brusca necesidad de hacer confidencias en un hombre tan impasible de ordinario, que tanto despreciaba todo y a todos los de este mundo. Esteban no sabía sino que aquella mujer era una querida de Souvarine y que la habían ahorcado en Moscú.

-El asunto no marchaba bien -continuó Souvarine, fijando una mirada distraída en el horizonte-. Nos habíamos quedado catorce en el agujero, haciendo una mina subterránea, debajo de la vía férrea; y no hicimos volar el tren imperial, sino un tren de pasajeros... Entonces prendieron a Annouchka. Todas las noches nos llevaba de comer disfrazada de campesina. También fue ella la que prendió fuego a la mina, porque un hombre hubiese inspirado sospechas... Asistí a la vista del proceso, confundido entre el público que asistió a las seis sesiones que duró...

La voz del ruso se quedó ahogada en su garganta.

-Dos veces estuve a punto de gritar y de saltar por encima de las cabezas de todos, para reunirme con ella. Pero ¿para qué? Un hombre menos es un soldado menos; y, además, yo comprendía por sus miradas que me decía que no lo hiciese.

Souvarine empezó a toser.

-El último día, el de la ejecución, llovía a mares, entorpeciendo la lluvia los movimientos de los verdugos. Tardaron lo menos veinte minutos en ahorcar a otros cuatro... La cuerda se estaba rompiendo y no podían acabar con el cuarto... Annouchka estaba de pie en el patíbulo, esperando su turno. No me veía sin duda, porque sus miradas me buscaban entre la muchedumbre. Me subí a un farol, me vio, y nuestras miradas no se separaron ya. Después de muerta, sus ojos sin expresión seguían mirándome. Yo la saludé con el sombrero, y me fui de allí. 

Hubo otro momento de silencio. Los dos interlocutores continuaban su paseo como abstraídos cada cual en sus preocupaciones.

-Era nuestro castigo -replicó Souvarine con dureza, al cabo de un rato, éramos culpables queriéndonos... Sí, ha convenido que muriese, porque su muerte engendrará héroes y porque yo ya no soy un cobarde, como era entonces... ¡Ah!, ¡nada; ni padres, ni mujer, ni amigos; nada que haga temblar mi mano cuando sea necesario arrebatar la vida de los demás o sacrificar la mía!

Esteban se estremeció, y se detuvo. Ya no discutía; no hizo más que decir.

-Estamos muy lejos. ¿Quieres que volvamos?

Tomaron lentamente el camino de la Voreux, y, al cabo de un momento, el joven añadió:

-¿Has visto las nuevas alocuciones?

Estaban escritas en grandes carteles de colores, que la Compañía había hecho fijar aquella mañana en las esquinas. En esas proclamas se mostraba más conciliadora aún que antes porque prometía recibir de nuevo a todos los mineros que estaban despedidos definitivamente, a condición de que bajasen a trabajar al día siguiente. Se ofrecía el olvido total de los últimos sucesos, aun para los más comprometidos.

-Sí, ya los he visto -contestó el maquinista. -Y bien: ¿qué piensas de ellos?

-Pienso que todo está concluido... Todos trabajarán desde mañana... Sois un atajo de cobardes.

Esteban excusó a sus compañeros con febril entusiasmo: un hombre solo puede ser valiente, pero una muchedumbre muerta de hambre carece de fuerza siempre. Paso tras paso habían llegado a la Voreux; y ante la masa informe de los edificios de la mina, volvió a jurar que no bajaría nunca más; pero que perdonaba a los que no siguiesen su ejemplo. Como corrieron rumores de que los carpinteros no habían tenido tiempo de reparar todos los desperfectos, quiso ver cómo iban las obras de reparación. ¿Sería cierto que por el peso de los terrenos que descansaban en las piezas de madera, las cuales formaban una especie de camisa al pozo de bajada, se habían encorvado estas de tal modo en el interior, que uno de los ascensores de extracción rozaba con las paredes? Era, en efecto, verdad.

-¡Ya ves que eso se rompe! -murmuró Esteban-; y si es así, la catástrofe será espantosa.

Con los ojos fijos en el pozo, Souvarine añadió tranquilamente: -Si se rompe y se hunde, todos los compañeros lo sabrán cuando bajen, puesto que tú aconsejas que lo hagan.

Dieron las nueve en el reloj de la iglesia de Montsou: y como Esteban le dijera que se iba a acostar, él añadió, sin darle siquiera la mano: -Pues bien, adiós. Porque yo me voy.

-¿Cómo que te vas?

-Sí; he dicho que me arreglen la cuenta, y me marcho a otra parte.

Esteban, estupefacto, emocionado, le miraba con fijeza. Le decía aquello a las dos horas de estar paseando juntos, con tanta tranquilidad, como si nada le importase, mientras a él le hacía daño la idea de tal separación. Habían sido amigos, habían sufrido juntos, y esto siempre da motivo a que duela el separarse para siempre.

-¿Adónde te marchas?

-Por ahí; no lo sé todavía.

-¿Pero volveré a verte?

-Creo que no.

Ambos guardaron silencio y estuvieron mirándose uno a otro. -Adiós entonces.

-Adiós.

Mientras Esteban se encaminaba a su casa, Souvarine volvía la espalda y tomaba de nuevo la orilla del canal; entonces, solo, anduvo y anduvo largo rato con la cabeza baja y el paso lento. Parecía un fantasma. De cuando en cuando se detenía a contar las horas que sonaban en el reloj de una torre lejana. Cuando dieron las doce, tomó resueltamente el camino de la Voreux.

A esas horas la mina estaba completamente desierta; no encontró más que a un capataz que, en vez de vigilar, dormitaba tranquilamente. Hasta las dos no encendían las calderas, a fin de que hubiese vapor a la hora de bajar al trabajo.

El ruso entró primero a sacar de un armario una blusa que fingía haber olvidado allí. En aquella blusa había escondido varias herramientas. Luego se marchó; pero, en vez de salir de la barraca, entró en el estrecho corredor que conducía al pozo de las escalas. Y con la blusa hecha un lío debajo del brazo, comenzó a bajar con precaución, sin luz de ninguna clase, contando las escalas para saber la profundidad en que se hallaba.

Sabía que el ascensor rozaba con las paredes a ciento setenta y cuatro metros de profundidad. Cuando hubo contado cincuenta y cuatro escalas, se detuvo, palpó las paredes, y vio que, en efecto, los puntales de madera sobresalían mucho. Allí era.

Entonces, con la habilidad y la sangre fría de un buen obrero que ha meditado largo tiempo acerca de la tarea que se propone realizar, empezó su trabajo. Comenzó por aserrar una tabla de las que formaban la pared del pozo de las escalas, a fin de comunicarse con el departamento de extracción. Y con ayuda de algunos fósforos que encendía y apagaba rápidamente, pudo darse cuenta del estado en que se hallaban las obras de reparación.

Entre Calais y Valenciennes la perforación de los pozos de mina tropezaba con inmensas dificultades, a causa de las grandes masas de aguas subterráneas. Solamente gracias a la construcción de los revestimientos de madera que venían a formar en el interior del pozo como una camisa, algo parecido a un túnel, porque se seguía el mismo sistema al construirlos, se evitaban las inundaciones, que de otro modo habrían sido inminentes, y se aislaban los pozos en medio de los largos subterráneos, cuyas revueltas olas batían constantemente las paredes. En la Voreux había habido necesidad de construir dos revestimientos de esa clase: el del nivel superior, formado en terreno poroso, lleno siempre de humedad, y el del nivel inferior, construido directamente debajo del terreno carbonífero en medio de una arena amarilla, y tan fina que parecía harina; allí estaba el Torrente, ese mar subterráneo, terror de los mineros del norte; un mar con sus tempestades y sus naufragios; un mar ignorado, insondable, cuyas olas se agitaban a más de trescientos metros debajo de tierra. Por lo general las obras de revestimiento aguantaban bien, a pesar de la presión enorme que resistían. Lo malo era el desprendimiento de tierra producido por los trabajos continuos en las antiguas galerías de explotación.

En aquel lento, pero nunca interrumpido desnivel de las capas subterráneas, se producían a veces roturas de las que se resentían las obras de revestimiento, separando algunas piezas de madera, y haciéndolas salir del interior del pozo. Ése era el gran peligro de la mina, una amenaza constante de hundimiento y de inundación, que podía producir de un lado una avalancha que cegase el pozo, y del otro, un diluvio que lo anegara por completo.

Souvarine, a caballo en la abertura practicada por él, reconoció las paredes, y vio en aquel sitio una gravísima deformación de las piezas de revestimiento, algunas de las cuales se hallaban por completo fuera de su sitio. Grandes filtraciones se notaban por las junturas de estas piezas, a pesar de las estopas alquitranadas con que se las reforzaba, para que quedasen cerradas herméticamente. Y los carpinteros, a quienes se había dado mucha prisa, sin duda por falta de tiempo tuvieron que contentarse con sujetarlas por medio de unas barras de hierro, pero tan mal puestas, que algunas no servían de nada. Evidentemente en las arenas y en las aguas del Torrente estaba produciéndose una gran agitación.

El maquinista comenzó a aflojar los tornillos que sujetaban las barras, de modo que con pocos esfuerzos pudieran sacarse todos de su sitio. Aquella era una empresa de temeraria locura, durante la cual estuvo veinte veces expuesto a caerse, yendo a parar al fondo del pozo, de donde le separaban aún ochenta metros. Tuvo que agarrarse a los cables que servían para que subiera y bajara el ascensor, y suspendido, por decirlo así, en el vacío, iba de un lado a otro, agachándose, inclinándose, adoptando ésta o la otra postura con una tranquilidad tan grande que sólo se explicaba por el desprecio absoluto que le inspiraba la muerte. Un soplo cualquiera habría bastado para precipitarlo en el abismo; tres veces estuvo para sucederle, y tres veces lo evitó con la mayor sangre fría, sin el más ligero temblor. Primero palpaba, y luego empezaba a trabajar, sin encender un fósforo más que cuando se veía completamente perdido. Una vez flojos los tornillos, la emprendió con las piezas del maderamen, y entonces el peligro para él fue todavía mayor. Había buscado la pieza principal, aquélla en que engranaban todas las demás, y con verdadero encarecimiento la aserraba, la agujereaba, la adelgazaba, de manera que perdiese toda su resistencia; en tanto que por las rendijas y las grietas el agua que se filtraba caía como copiosa lluvia, cegándole completamente. Quiso encender fósforos. y se le apagaron, porque se mojaban; no había medio de disipar aquella oscuridad profundísima. Entonces se puso furioso. Influencias inexplicables le embriagaban y lo lanzaban a un deseo desenfrenado de monstruosa destrucción. Se ensañó contra la pieza principal del maderamen, sin saber siquiera lo que hacía, atacándola con todas las herramientas que tenía a mano para destrozarla, con tal encarnizamiento, con tanta ferocidad, como si se tratase de dar de puñaladas a un ser viviente a quien aborreciera con toda su alma. ¡Al fin iba a matar aquella maldita bestia que se llamaba la Voreux, que tanta carne humana se había tragado!

De pronto se calmó, muy descontento consigo mismo. ¿No podían hacerse las cosas con frialdad, como corresponde, del modo que él se preciaba de hacerlas siempre? Una vez tranquilo, pasó de nuevo al pozo de las escalas, tapó el agujero que había practicado, poniendo en su sitio el tablón que aserrara al principio. Ya era bastante; no quería comprometer el éxito de la empresa, produciendo una avería demasiado grande, que se darían prisa en reparar, porque la notarían enseguida. La bestia estaba herida en el vientre, y ya vería él si para la noche vivía aún. El ruso se tomó el tiempo necesario para envolver metódicamente las herramientas en la blusa, y trepó por las escalas con la mayor lentitud y tranquilidad. Luego, cuando salió de la mina sin que nadie le viese, no se le ocurrió siquiera la idea de cambiar de traje. En aquel momento daban las tres. Se quedó en medio del camino, y esperó. Y a la misma hora, Esteban, que no podía dormir aquella noche, se oyó un ligero ruido en medio del silencio profundo de la habitación. Como todos los chicos dormían, creyó que Catalina se habría puesto enferma.

-Oye; ¿eres tú? ¿Qué tienes? -preguntó en voz baja.

Nadie le contestó; los ronquidos de los chicos era lo único que se oía. Durante un momento todo permaneció en la mayor tranquilidad. Luego se oyó otro nuevo ruido. Y seguro aquella vez de que no soñaba ni se equivocaba atravesó el cuarto y a tientas buscó la otra cama. Su sorpresa fue grande al encontrarse con la joven, que estaba sentada en el borde de la cama, y conteniendo la respiración.

-¿Por qué no contestas? ¿Qué estás haciendo? La joven, al fin, se decidió a contestar: -Me estoy levantando.

-¡A estas horas! ¿Para qué?

-Porque voy a trabajar.

Esteban, muy conmovido, se sentó a su vez en el borde de la cama, en tanto que Catalina le daba sus razones. Sufría demasiado viviendo de aquel modo, sin hacer nada, y siendo una carga para su madre; prefería correr el riesgo de que Chaval la abofetease; y si luego su madre no quería tomar el dinero que ganase, ¿qué hacer? Ya era mayor, y se iría a vivir sola. -¡Vete, voy a vestirme! Y no digas nada. ¿Verdad que no lo dirás, tú, que eres tan bueno?

Esteban, que no se movió de su lado, la cogió por la cintura y la estrechó entre sus brazos en una caricia de inmensa tristeza y de compasión. Así estuvieron largo rato, en camisa, estrechados uno contra otro, sintiendo el calor de sus ardorosos cuerpos junto a aquel lecho todavía caliente. Ella, al principio, quiso desprenderse de los brazos de Esteban; luego se echó a llorar en silencio, cogiéndole a su vez por el cuello, y apretándolo contra sí en un acto de desesperación. Y así permanecieron, sin otros deseos, con el recuerdo de sus desdichados amores, que jamás habían podido satisfacer. ¿Habría concluido todo entre ellos? ¿No se atreverían a reunirse, ahora que uno y otro eran libres? Un poco de felicidad habría bastado para disipar la vergüenza que les embargaba, aquel malestar inexplicable, que jamás les permitió juntarse, por todo género de extrañas ideas, que ni ellos comprendían bien.

-Acuéstate -murmuró ella-. No quiero encender la luz, porque se despertaría mi madre... Ya es hora; déjame.

Esteban no la escuchaba, y seguía abrazándola con frenesí, en medio de una alegría inmensa, que le llenaba el corazón. Experimentaba gran necesidad de paz y de calma, un deseo invencible de ser feliz. Ya se veía casado, viviendo en una casita con Catalina, sin más ambición que la de vivir allí juntos y juntos morir. Con pan solo se contentaría, y si no había más que un pedazo, sería para ella. ¿A qué venía soñar con otras cosas? ¿Acaso esta vida merece que se la tome en serio?

-¡Por Dios, déjame! -repitió Catalina, viendo que era tarde.

Entonces él, decidiéndose bruscamente, sin escuchar más que a su corazón, le dijo al oído-: Espérate; me voy contigo.

Y él mismo se asombró de haberlo dicho. Había jurado no volver a la mina. ¿De dónde habría nacido, pues, aquel arranque brusco, aquella resolución que formulaban sus labios, sin haber pensado en ello, sin haberlo discutido ni un momento? Sentía dentro de sí una calma tal, una curación tan completa de las heridas morales que le producían sus dudas, que se empeñaba en acompañar a Catalina, considerándose como un hombre salvado en una tabla por casualidad. Por lo mismo se negó a oír las razones que le daba Catalina, creyendo que se sacrificaba por ella y temerosa de que tuviese un disgusto con sus compañeros. Él se reía de todo; ya no le importaba un bledo su popularidad, y puesto que la Compañía perdonaba, se acogía al perdón, y trabajaría sin pensar en ninguna de las cosas que hasta entonces trastornaban su cabeza.

-Quiero trabajar, y se acabó... Vamos a vestirnos y procuremos no hacer ruido.

Se vistieron, en efecto, a oscuras, tomando todo género de precauciones para no despertar a nadie. Ella había preparado en secreto el día antes su traje de minera; él sacó del armario una chaqueta y un pantalón viejos, y para no hacer ruido no se lavaron. Todos los de la casa dormían; pero era necesario atravesar el corredor donde dormía la madre. Al salir tuvieron la mala suerte de tropezar con una silla. La viuda de Maheu despertó sobresaltada, y medio dormida preguntó:

-¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Quién anda ahí?

Catalina, temblando, se detuvo y estrechó convulsivamente la mano de Esteban.

-Soy yo -dijo éste-. No puedo dormir, me ahogo, y voy a dar una vuelta por ahí.

-Bueno, bueno.

Y la viuda de Maheu se volvió a quedar dormida. Catalina no se atrevía a moverse. Al fin llegó a la sala de abajo, partió una rebanada de pan que había guardado a propósito el día antes, luego salieron a la calle muy despacito, cerraron la puerta sin hacer ruido, y emprendieron el camino de la Voreux.

Souvarine estaba cerca de La Ventajosa, en un recodo del sendero. Media hora hacía que estaba viendo pasar gente que iba al trabajo. Contaba los mineros como se cuentan las reses al entrar en el matadero, y le sorprendía ver que eran tantos, porque, a pesar de su pesimismo, jamás creyó que el primer día fuese a trabajar tan considerable número de obreros. De pronto, el ruso se estremeció. Entre los hombres que desfilaban por allí, y cuyos semblantes no podía distinguir, acababa de reconocer a uno por la manera de andar. Dio un paso hacia adelante y le detuvo, diciendo:

-¿Adónde vas?

Esteban, atónito, en vez de contestar, le preguntó: -¡Hola! ¿No te has ido todavía?

Luego confesó que iba a la mina. Es verdad que había jurado no volver; pero no se podía esperar con los brazos cruzados y sin comer la llegada de acontecimientos que tal vez no ocurriesen en un siglo; y además tenía razones particulares para obrar así.

Souvarine le escuchaba, estremeciéndose nerviosamente a cada momento. Y de pronto, cuando hubo acabado de hablar, lo cogió de un brazo y empujándolo hacia su casa:

-Vuélvete enseguida -le dijo-: no quiero que vayas a trabajar.

Catalina se había acercado, y Souvarine la conoció enseguida.

Esteban protestaba, diciendo que no reconocía a nadie el derecho de juzgar su conducta ni el de darle consejos. Los ojos del maquinista iban de la muchacha a su amigo, al mismo tiempo que retrocedía un poco, haciendo un gesto enérgico y abandonándolos.

Cuando el corazón de un hombre pertenecía a una mujer, aquél estaba perdido; lo mismo daba dejarlo morir. Quizá en aquel instante se reprodujo en !u imaginación la escena de la muerte de su querida allá en Moscú, aquel lazo carnal cortado por la mano del verdugo, y que lo había hecho libre para disponer de su vida y de la vida de los demás.

El maquinista dijo simplemente:

-Ve a donde quieras.

Esteban, aturdido, buscaba una frase amistosa para no separarse así.

-¿De manera que te vas?

-Pues dame la mano, amigo mío. Buen viaje, y no me guardes rencor.

El otro le alargó su mano, que estaba helada. ¡Ni amigo, ni mujer!

-Adiós para siempre esta vez...

-Sí, adiós.

Y Souvarine, inmóvil en la oscuridad, siguió con la vista a Esteban y a Catalina, que entraron en la Voreux.

III

A las cuatro empezaron a bajar los obreros. Dansaert, instalado en la oficina del marcador, en el departamento de las luces, inscribía en un libro el nombre de cada obrero que iba presentándosela, y hacía que le diesen una linterna. Los admitía a todos sin hacer ninguna observación, cumpliendo fielmente la promesa de la Compañía; pero cuando vio por el ventanillo a Esteban y a Catalina, dio un salto en la silla y se puso muy colorado; se quedó con la boca abierta para decirles que se marchasen; pero se contuvo, y se contentó con el triunfo que aquello significaba. ¡Hola, hola! ¡Con que el fuerte de los fuertes se rendía! ¡El terrible cabecilla de Montsou iba a pedirles de comer! Esteban cogió en silencio la linterna y subió a la boca del pozo, acompañado de la muchacha.

 Pero allí era precisamente donde Catalina temía las malas palabras y las recriminaciones de los compañeros. Al entrar en el cuarto de la máquina, vio a Chaval en un grupo de otros veinte, esperando a que hubiese un ascensor vacío. Ya se adelantaba hacia ella, cuando se detuvo al ver a Esteban. Entonces empezó a burlarse y a encogerse de hombros despectivamente. ¿A él qué le importaba?, desde el momento que el otro tomaba lo que él no quería, no debía enfadarse. Allá se las hubiera el señorito, si le gustaba ser plato de segunda mesa; y, a pesar de aquellas apariencias de desdén, se sentía atacado por un acceso de celos mal disimulado. Los demás compañeros guardaban silencio, con los ojos bajos y mirando de reojo a los recién llegados; pero sin meterse con ellos. Luego, abatidos, resignados, se volvían a mirar la boca del pozo, con sus linternas en la mano, tiritando en medio de las corrientes de aire que penetraban por todos lados.

 Al fin, el ascensor se colocó en su sitio, y se dio orden de embarcar. Esteban y Catalina tomaron sitio en un departamento, donde ya estaba Pierron y otros dos. En la vagoneta contigua, Chaval decía a Mouque, en voz muy alta, que había hecho mal la Dirección no aprovechando la oportunidad de deshacerse de algunos ganapanes que tenían la culpa de todo lo malo que pasaba; pero el pobre viejo, vuelto a la resignación de su triste vida, no se enfadaba ya pensando en la muerte de sus hijos, y contestaba a Chaval con palabras conciliadoras.

 Se desprendió el ascensor, y empezó el descenso en medio de la oscuridad más completa. De pronto, cuando se hallaban en la tercera parte del camino, se sintió un rozamiento espantoso. Sonaron todos los hierros, las maderas crujieron, y las personas cayeron unas encima de otras.

 -¡Maldita sea!... -exclamó Esteban-. ¿Quieren aplastarnos? Nos quedaremos aquí todos. Y luego dirán que se arregló el revestimiento.

 Pero el ascensor salvó el obstáculo, y siguió descendiendo bajo una lluvia torrencial tan fuerte, que los obreros horrorizados, ponían oído al estruendo producido por el agua. Parecía imposible que se hubieran abierto de aquel modo las junturas de las maderas.

 Preguntaron a Pierron, que trabajaba hacía ya días, el cual no quiso dejar que se notara su espanto, que alguien habría tomado como una censura a la Dirección, y respondió

 -¡Oh! ¡No hay peligro! Todos los días pasa lo mismo. Sin duda es que no han tenido tiempo de afirmar los tornillos.

 El torrente bramaba por encima de sus cabezas, y cuando llegaron al último piso de la mina se encontraban bajo una terrible tromba de agua. A ningún capataz se le habría ocurrido subir por las escalas para darse cuenta de lo que pasaba, creyendo que la bomba bastaría, hasta que por la noche reconocieran los carpinteros las paredes del pozo.

Abajo, en las galerías, la reorganización de los trabajos daba bastante que hacer, porque antes de que los cortadores de arcilla emprendieran sus tareas en las canteras dispuso el ingeniero que, durante los cinco primeros días, todo el mundo se dedicara a ciertos trabajos de consolidación que eran absolutamente indispensables. Pues por todos lados se temían desprendimientos, y las galerías habían sufrido tanto que en algunos puntos se necesitaba apuntalar en distancias de más de cien metros. De modo que cuando la gente llegaba al fondo, iba formando cuadrillas de diez hombres, al mando de un capataz, y se ponían a trabajar en los sitios que más se necesitaba. Cuando terminó el descenso, se vio que habían bajado trescientos y pico de mineros; esto es, la mitad aproximadamente de los que trabajaban en tiempos normales.

 Chaval fue destinado a la cuadrilla de que formaban parte Catalina y Esteban; no por casualidad, sino porque él había tenido buen cuidado de quedarse el último escondido detrás de los compañeros, de manera que le agrupasen donde él quería. La cuadrilla fue destinada a trabajar en el fondo de la galería Norte, a unos tres kilómetros de distancia, donde había ocurrido un desprendimiento de consideración. Para quitar las rocas desprendidas se las atacó con palas y picos. Esteban y Chaval y otros despejaban el terreno, mientras Catalina, con la ayuda de dos aprendices, llenaban las espuertas de escombros y las llevaban hasta el plano inclinado. Se hablaba poco, porque el capataz no los perdía de vista ni un momento. Sin embargo, los dos enamorados de Catalina estuvieron a punto de llegar a las manos por causa de ella. Su antiguo amante, aunque diciendo que ya no la quería para nada, la pellizcaba de cuando en cuando de tal modo, que Esteban le amenazó con darle una paliza si no la dejaba en paz. Afortunadamente los compañeros los separaron.

 A eso de las ocho, Dansaert dio una vuelta por allí, para ver cómo iban los trabajos. Parecía muy malhumorado, y desahogó su furia con el capataz de la cuadrilla: el trabajo iba muy despacio y muy mal; se necesitaba más actividad y mejor voluntad; aquello no podía ser.

 -Me voy -añadió-; y luego vendré con el señor ingeniero.

 El capataz mayor estaba esperando a Négrel desde el amanecer, y no se explicaba aquel retraso.

 Transcurrió una hora más. El capataz de la cuadrilla había suspendido la limpieza de los escombros, para ocupar a toda su gente en consolidar el techo de la galería; así es que Catalina y los dos chiquillos, en vez de llevar espuertas de tierra, iban dando a los hombres la madera necesaria para que éstos apuntalaran.

 Allí, al final de la galería, la cuadrilla estaba como de avanzada, perdida en una extremidad de la mina, e incomunicada con las demás canteras y galerías. Tres o cuatro veces los obreros volvieron la cabeza, creyendo oír el ruido de rápidas carreras. ¿Qué sería? Cualquiera hubiese dicho que los compañeros se iban, abandonando el trabajo; pero como aquellos rumores desaparecían pronto y el silencio continuaba, ellos siguieron trabajando, ensordecidos también por el martilleo. Por fin dejaron aquello, y volvieron al arrastre de escombros.

 Pero al primer viaje, Catalina, asustada, volvió diciendo que no había nadie en el plano inclinado.

 -He llamado y no me contestan. Todos se han ido.

 El pánico y la sorpresa fueron tales, que los diez tiraron las herramientas y echaron a correr. La idea de quedar abandonados en el fondo del pozo de subida los enloquecía. No llevaban consigo más que la linterna.

 Y corrían todos en fila; los hombres, la joven, los chiquillos, y hasta el mismo capataz, que perdía la cabeza viendo que llamaba a gritos desesperados sin que le contestasen en la inmensidad de aquellas desiertas galerías. ¿Qué sucedía para que no encontrase a nadie? ¿Qué terrible accidente les había arrebatado a todos sus compañeros? El pánico aumentaba ante aquella ignorancia del verdadero peligro, ante aquella amenaza de perder la vida, que ninguno se podía explicar.

 Cuando llegaban cerca del pozo, un torrente desbordado les cortó el paso. En un momento se vieron con agua hasta las rodillas; ya no podían correr; hendían penosamente las aguas, pensando no sin razón, que la pérdida de un solo minuto podía costarles la vida.

 -¡Maldita sea!... Se ha roto el revestimiento, y todo se lo lleva el diablo. Bien decía yo que nos quedaríamos aquí todos.

 Desde que bajara aquella mañana, Pierron, muy alarmado, veía aumentar el diluvio que caía por los pozos. Sin dejar de cargar las vagonetas con otros dos compañeros, levantaba a menudo la cabeza, y la cara se le mojaba completamente, y los oídos le zumbaban a causa del terrible estrépito que se oía más arriba. Pero, sobre todo se alarmó al ver que abajo se había formado un charco inmenso, porque aquello indicaba claramente que las bombas no podían sacar toda el agua necesaria. Entonces dio cuenta de todo a Dansaert, el cual se enfurecía, contestando que era preciso aguardar la llegada del ingeniero. Otras dos veces insistió en lo mismo, sin conseguir más respuesta que encogimientos de hombros y señales de mal humor. ¿Qué había de hacer él si el agua aumentaba?

Entonces apareció Mouque con el caballo Batallador. Tenía que sujetarlo fuertemente de las bridas, porque el caballo se encabritaba bruscamente, a pesar de sus años, y relinchaba, mirando al pozo.

 -¿Qué hay, filósofo? ¿Qué te pasa?... ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué llueve? Vamos, vamos: ¿a ti qué te importa?

 Pero como el animal se resistía tuvo que llevárselo a la fuerza.

 Casi en el instante mismo en que Mouque desaparecía con el caballo por una de las galerías laterales, se oyó un estrépito espantoso, indescriptible, que procedía del pozo. Era que una pieza del maderamen del revestimiento se acababa de desprender, y caía desde una altura de ochenta y tantos metros, tropezando con las paredes del pozo; Pierron y los otros dos cargadores tuvieron tiempo de hacerse a un lado, y el enorme tablón no causó más desperfectos que el destrozo de una vagoneta. Inmediatamente después, casi de un modo simultáneo, el agua empezó a caer a mares. Dansaert quiso subir a ver lo que pasaba; pero en el mismo instante se desprendió otra piedra, y ante la tremenda catástrofe que se preparaba, dejó de titubear, comunicó rápidamente las órdenes para que todo el mundo subiese, y encargó a los capataces que recogiesen a la gente que estaba trabajando en las canteras.

 La escena que entonces se produjo no es para ser descrita. De todas las galerías de la mina acudían grupos de obreros a todo correr, empujándose, atropellándose, pisoteándose unos a otros en su precipitación por ser cada cual el primero que llegase al asalto del ascensor. Todos querían subir los primeros. Algunos que concibieron la idea de salvarse por el pozo de las escalas, tuvieron que bajar enseguida diciendo que por allí estaba ya el paso interceptado. ¡Qué escenas a cada viaje del ascensor! Ya aquél se había hecho; pero ¿quién sabe si podía volver a pasar por entre los obstáculos que interceptaban el pozo? Porque indudablemente, allá arriba continuaba el desastre, puesto que se oía una serie incesante de sordas detonaciones, producidas por el maderamen que se desengranaba y rompía a impulsos de la terrible inundación. Pronto una de las jaulas estuvo inútil, y la otra rozaba de tal modo con los obstáculos que seguramente el cable se rompería de un momento a otro. Y aún quedaba por salir un centenar de hombres, un centenar de hombres ensangrentados, furiosos, con el agua hasta el pecho y en grave peligro de ahogarse. Las maderas desprendidas habían matado ya a dos; otro, que se había cogido al ascensor, cayó desde una altura de cincuenta metros y desapareció en el charco que se había formado al pie del pozo.

 Dansaert, sin embargo, hacía enérgicos esfuerzos por restablecer el orden. Armado de un pico, amenazaba romper la cabeza al primero que le desobedeciese, y quiso formarlos en fila, diciendo que los cargadores serían los últimos que salieran, después de colocar, como siempre, a sus compañeros en las vagonetas. Pero nadie le escuchaba; dos veces tuvo que impedir que Pierron, pálido de espanto y aturdido, se subiera, como intentaba, al ascensor. A cada viaje tenía que rechazarle de allí a puñetazo limpio.

 Más poco a poco el pánico lo fue ganando a él también; un minuto más, y estaba perdido. Allí arriba se destrozaba todo; el maderamen crujía con estruendo sin igual; la boca del pozo era una terrible catarata. Estaban subiendo algunos obreros, cuando él, sin poderse dominar más, precipitóse a una de las jaulas del ascensor, sin oponerse ya a que Pierron hiciese otro tanto. La jaula empezó a subir.

 En aquel momento la cuadrilla a que pertenecían Esteban y Chaval llegaba al pozo. Vieron desaparecer la jaula, y se precipitaron a ella; pero retrocedieron enseguida, huyendo del destrozo final del maderamen. El pozo estaba cegado; el ascensor no volvería a bajar más. Catalina gemía, Chaval se desgañitaba profiriendo improperios y juramentos. Estaban allí unos veinte hombres. ¿Los abandonarían así los canallas de sus jefes? El tío Mouque, que volvía llevando a Batallador de la rienda, se quedó estupefacto, con los ojos desmesuradamente abiertos, ante los rápidos y terribles progresos de la inundación. El agua les llegaba al pecho. Esteban, con los dientes apretados, sin decir palabra, cogió a Catalina en brazos. Y todos bramaban, contemplando tercamente, con verdadera terquedad de imbéciles aquel pozo por donde caía todo un río, y por donde ya era inútil esperar ninguna clase de auxilio.

 Cuando Dansaert llegó arriba, vio a Négrel, el cual acudía presuroso en aquel instante. Toda la mañana la señora Hennebeau le había tenido entretenido mirando varios catálogos, a fin de elegir las cosas que había de comprar para su boda; por esto se había retrasado; eran las diez. -¡Eh!, ¿qué pasa? -gritó desde lejos.

 -La mina está perdida -contestó el capataz mayor.

 Le relató la catástrofe, casi balbuceando de emoción, en tanto que el ingeniero se encogía de hombros, con aire de incredulidad. ¡Bah! Pues ¿qué? ¿Así se deshace un revestimiento sin más ni más? Sin duda exageraba; era necesario verlo.

 -Abajo no habrá quedado nadie, ¿no es verdad?

 Dansaert se turbó:

 -No, nadie. Al menos, así creo; aunque quizá pudiera haberse retrasado algún obrero.

 -¡Maldita sea!... Entonces, ¿por qué ha salido de ahí? ¿Se abandona así a la gente que uno manda? ¡Cobarde!

 Enseguida dio orden de que se contaran las linternas.

 Por la mañana se habían distribuido trescientas veintidós, y ahora no se encontraban más que doscientas cincuenta y cinco, si bien es verdad que varios obreros confesaban haber perdido las suyas, a causa del pánico y de la precipitación de la subida. Se trató de pasar lista; pero esto también fue inútil, porque muchos mineros habían huido, y, otros en medio de la algazara y la agitación que allí reinaba no oían su nombre. Ellos mismos no lograban ponerse de acuerdo sobre cuántos compañeros faltaban. Lo mismo podían ser veinte que cuarenta. El ingeniero no tenía más que una seguridad; la seguridad tristísima de que abajo había gente; y la tenía, porque, asomándose a la boca del pozo, en medio del estruendo del torrente y del crujir de las maderas, se oían los quejidos de aquellos infelices.

 La primera disposición de Négrel fue mandar un aviso al señor Hennebeau y procurar cerrar la mina. Pero fue demasiado tarde; porque los obreros más impresionables, aquéllos que no dejaran de correr hasta llegar a su casa, como si aún los persiguieran los efectos de la catástrofe, habían puesto sobre aviso a todo el barrio de los Doscientos Cuarenta, y bandadas de mujeres, de viejos y de niños, llorando y chillando a más no poder, bajaban precipitadamente hacia la Voreux. Fue necesario rechazarlos, y establecer un cordón de vigilantes para que no se acercaran, porque habrían entorpecido las maniobras. Muchos obreros de los que habían salido del pozo permanecían allí atónitos, estupefactos, sin ir a cambiarse de traje, retenidos por la fascinación del miedo, contemplando aquel pozo en las profundidades del cual habían estado a punto de perecer. En torno a ellos, las mujeres, llenas de espanto, los acosaban suplicándoles, interrogándoles, pidiéndoles nombres. ¿Estaba allí fulano? ¿Y mengano?... Nadie sabía nada; aquellos infelices balbuceaban palabras ininteligibles, temblorosos, haciendo gestos de locos, gestos como para apartar sí el recuerdo de aquella espantosa catástrofe. La muchedumbre aumentaba por momentos; la gente, llorando, acudía de todas partes. Y allá, en lo alto de la plataforma, junto a la caseta de Buenamuerte, sentado en el suelo, un hombre, Souvarine, contemplaba en silencio aquel espectáculo.

 -¡Los nombres! -gritaban todas las mujeres, con la voz ahogada por las lágrimas. Négrel se asomó a la puerta, y dijo estas palabras:

-En cuanto lo sepamos, os lo diremos; pero no está todo perdido; todos se salvarán... Ahora voy a bajar yo.

 Entonces la multitud, sobrecogida de angustioso espanto, guardó silencio, y esperó. En efecto: con una bravura extraordinaria y con una tranquilidad verdaderamente heroica, el ingeniero se disponía a bajar. Había hecho que desenganchasen la jaula del ascensor, y ordenado que la sustituyesen con un cubo sólidamente atado al cable; y como sospechaba que el agua le apagaría la linterna, colocó otra luz en la parte inferior del cubo por fuera, de modo que éste la protegiera. Los capataces, temblando, pálidos y descompuestos, hacían todos estos preparativos secundando sus órdenes.

 -Usted bajará conmigo, Dansaert -dijo Négrel con voz tranquila.

 Luego, cuando vio que todos estaban acobardados, y que el capataz mayor temblaba como una mujerzuela, y casi lloraba de miedo, le rechazó con un gesto desdeñoso.

 -No; no me serviría sino de estorbo... Prefiero ir solo.

 Ya se había colocado en el estrecho cubo que se balanceaba pendiente del cable; cogió con una mano la linterna, agarró con la otra la cuerda de señales, y dijo al maquinista con la mayor tranquilidad del mundo:

 -¡Adelante! ¡Poco a poco!

 La máquina se puso en movimiento, y Négrel desapareció en la oscuridad profunda del abismo, de donde aún salían los gritos angustiosos de los infelices que estaban abajo. En la parte de arriba no había sucedido nada; el ingeniero se convenció de que el revestimiento superior se hallaba en buen estado. Balanceándose en el vacío, se volvía de un lado a otro para alumbrar las paredes; pero trescientos metros más abajo, al llegar al revestimiento inferior se apagó la luz como había previsto y sintió que el cubo se llenaba de agua. Ya no tuvo más luz que la muy escasa que despedía la que iba colgada debajo del cubo. A pesar de su bravura temeraria, palideció hasta la lividez ante el horror de aquel desastre. Sólo algunas piezas de madera quedaban en su sitio; todas las demás habían sido precipitadas al abismo por la fuerza de la inundación; las aguas del torrente, de aquel mar subterráneo, cuyas tempestades y naufragios se ignoraban, rugían y se precipitaban por la brecha abierta en el revestimiento.

 El ingeniero estaba consternado; en aquellos sitios no volvería a ser posible el trabajo humano. Négrel ya no tenía mas que una esperanza: la de intentar el salvamento de la gente que estaba en peligro. A medida que iba bajando, distinguía con mayor claridad los lamentos de aquellos infelices; pero pronto tuvo que detenerse: el pozo estaba absolutamente infranqueable; los pedazos de madera, las vigas, los sostenes de hierro atravesados de pared a pared, hacían imposible toda tentativa de descenso. Y mientras con el corazón en un puño, casi con lágrimas en los ojos, al pensar en la muerte que aguardaba a aquellos desdichados, estaba esperando, notó de pronto que cesaba el ruido de sus voces. Era indudable que, o se acababan de ahogar, o habían huido a las galerías interiores de la mina, creyendo salvarse de aquella terrible inundación.

 Entonces Négrel cogió la cuerda, y dio la señal para que lo subiesen. Luego mandó que la máquina se detuviera de nuevo, porque no se explicaba aquella catástrofe tan brusca y tan rápida, cuyas causas le era imposible adivinar. Deseando darse cuenta de todo, empezó a examinar una por una las piezas del revestimiento, y al hacerlo comprendió fácilmente, por las huellas que habían dejado la sierra y el destornillador, las señales de un trabajo abominable de destrucción, que nada de aquello era casual. Evidentemente alguien que deseaba aquella catástrofe la había preparado. Lleno de espanto ante aquella convicción, no se acordaba de hacer señales para que lo subiesen, cuando, de repente, las pocas piezas del maderamen que aún quedaban en su sitio, se desprendieron con un estrépito infernal, y desbordándose las aguas del torrente por aquella nueva brecha formaron un remolino monstruoso, en el que estuvo a punto de verse envuelto. Su intrepidez desaparecía ante la idea del hombre que había hecho aquello y se le erizaba el cabello, se le helaba el corazón, haciéndole sentir una especie de pavor religioso, como si envuelto en las tinieblas estuviese allí todavía el autor de la catástrofe, aquel gigantesco criminal, para convertirlo todo en polvo. Dio un grito, y agitó Curiosamente la cuerda, haciendo la señal. Lo hizo en el momento preciso porque al pasar por el revestimiento superior, vio que todas las piezas se movían; las junturas después de haber perdido las estopas embreadas, daban paso a una cantidad enorme de agua. Era cuestión de horas. El desastre resultaba inevitable: al cabo de un rato, las paredes del pozo estarían deshechas, y la mina para siempre anegada.

 Arriba, el señor Hennebeau esperaba impaciente a Négrel.

 -¿Qué pasa? -preguntó.

 Pero el ingeniero estaba tan emocionado, que no podía hablar.

 -Esto es imposible; algo impensable... ¿Lo has examinado?

-Sí -respondía con la cabeza, y dirigiendo miradas de desconfianza a su alrededor.

Se negó a dar explicaciones en presencia de los pocos capataces que le escuchaban. Por eso llevó a su tío a un rincón, y allí, en voz muy baja, hablándole al oído, le explicó el monstruoso atentado, describiéndole el aspecto de las piezas aserradas, de los tornillos sacados de su sitio a propósito para terminar diciendo que habían matado la mina. El director estaba blanco como la cera, bajaba la voz también, sintiendo esa necesidad instintiva que nos hace guardar silencio ante la monstruosidad de los grandes desastres y de los grandes crímenes. Los dos pensaban, aterrados, en la existencia del hombre que había tenido valor para bajar hasta aquellas profundidades, arriesgando veinte veces la vida en tan espantosa tarea.

 El señor Hennebeau no pudo disimular un gesto de desesperación al ordenar que todo el mundo saliese de la mina inmediatamente.

 Cuando él y el ingeniero, que se habían quedado los últimos, aparecieron en la plataforma, la muchedumbre que se apiñaba al otro lado del cordón formado en torno de los edificios de la mina, los acogió con el mismo clamor, repetido obstinadamente:

 -¡Los nombres, los nombres; decid los nombres!

 La viuda de Maheu era una de las que estaban en primera fila; al notar la ausencia de su hija y del huésped supuso desde luego que se habían ido a trabajar; y si bien en los primeros momentos de saber la noticia, dijera furiosa que se alegraba, que merecían quedarse allí enterrados por cobardes y por traidores, luego de pasado aquel acceso, voló a la mina, con lágrimas en los ojos y el corazón metido en un puño, para saber qué suerte habían tenido. La mujer de Levaque y la de Pierron, aunque no tenían a nadie en peligro, eran de las que más chillaban. Zacarías, que se salvó uno de los primeros, a pesar de que siempre se burlaba de todo, había abrazado, llorando muy compungido, a su mujer y a su madre, y sin separarse de esta última, conmovido, trataba de consolarla y de consolarse, diciendo que no creería la muerte de su hermana hasta que los jefes la anunciasen oficialmente.

 -¡Los nombres, los nombres; por Dios, los nombres!

 Négrel, que estaba muy nervioso, dijo en voz alta a los capataces:

 -Háganlos ustedes callar.. ¡Si todavía no sabemos esos nombres!

 Ya habían pasado dos horas, y bajo la influencia de la primera impresión, nadie había pensado en el otro pozo, el pozo abandonado de Réquillart.

 El señor Hennebeau estaba dando órdenes para intentar el salvamento por aquel lado, cuando circuló el rumor de que cinco obreros acababan de salvarse, subiendo por las podridas escalas del pozo antiguo, que desde hacía tanto tiempo estaba fuera de uso; y entre los afortunados nombraban al tío Mouque, lo cual produjo general sorpresa, porque nadie creía que estaba abajo. Pero precisamente la noticia vino a aumentar las lágrimas de todos, porque se supo de una manera indudable que otros quince infelices no habían podido seguirlos, y que era de todo punto inútil intentar el auxilio, pues por la parte de Réquillart había ya más de diez metros de agua. Entonces se supieron los nombres de todos, y los gemidos y el clamor angustioso de aquella multitud se elevó en el aire.

-¡Haced que callen! -gritó Négrel furioso-. Y todo el mundo atrás. Sí, sí, a más de cien metros de distancia, porque hay verdadero peligro de un hundimiento. ¡Atrás, atrás!

 Hubo necesidad de luchar con aquellas pobres gentes, que no se retiraban, creyendo que trataban de ocultarles mayores daños, hasta que los capataces les hicieron comprender que era inminente un hundimiento de todo aquel terreno. Tal idea les dejó atónitos y silenciosos por un momento; pero cinco minutos después, a pesar suyo, atraídos por una fuerza irresistible, trataban de volver al mismo sitio, y con tal furia que fue necesario doblar el cordón de vigilantes para evitar una catástrofe espantosa. Más de mil personas que habían acudido de Montsou y de los barrios obreros se agolpaban allí llenas de angustia y de terror. Entre tanto, allá en lo alto de la plataforma, el hombre rubio, de rostro femenino, fumaba tranquilamente cigarrillo tras cigarrillo, contemplando el espectáculo con su calma habitual.

 Eran las doce; nadie había comido, ni nadie pensaba en hacerlo. Por el cielo brumoso, de un color ceniciento, pasaban lentamente algunas nubes; un perro mastín ladraba, furioso, desde el corral de La Ventajosa. La muchedumbre poco a poco fue formando un inmenso círculo, de más de cien metros de radio, en el centro del cual se veían los desiertos edificios de la Voreux. Ya no había allí ni un alma; ya no se oía ningún ruido; las puertas y las ventanas abiertas permitían ver el abandono interior; un gato rojizo, olvidado allí, apareció en lo alto de una escalera; sin duda presentía el peligro, pues, tras un momento de vacilación, atravesó la plataforma, y huyó por entre los sembrados de remolacha.

 A las dos la situación era la misma; todo seguía igual. El señor Hennebeau, Négrel y otros ingenieros, que habían acudido, formaban en primera fila un grupo exótico de levitas y sombreros negros y ellos tampoco se alejaban de allí: febriles, furiosos al ver su impotencia ante un desastre semejante, sin pronunciar más que alguna que otra palabra en voz baja, como si estuvieran a la cabecera de un moribundo.

 Dieron las tres. Nada todavía. Un fuerte chaparrón había calado hasta los huesos a la multitud, sin que nadie pensara en alejarse. El perro de Rasseneur empezó a ladrar de nuevo. A las tres y veinte se sintió la primera sacudida de la tierra. La Voreux vaciló un momento; pero, fuerte todavía, se mantuvo en pie. Sobrevino enseguida otro temblor y un grito estridente salió de todas las bocas a la vez; el cobertizo donde estaba el departamento de cerner, después de tambalearse dos veces, se vino abajo con estrépito terrible. Desde aquel momento la tierra no cesó de temblar; las sacudidas se sucedían incesantemente, a causa de los hundimientos subterráneos, acompañados de gigantescos bramidos, propios de un volcán en erupción. A lo lejos, el perro de Rasseneur no ladraba ya: aullaba quejumbrosamente, como anunciando las oscilaciones del terreno. En menos de diez minutos se hundieron todos los techos de pizarra: el departamento de las máquinas, las oficinas, la barraca, con todo cuanto contenían, desaparecieron por el agujero enorme que a cada nueva sacudida se ensanchaba más. Luego, cesaron los ruidos; el hundimiento se detuvo, y de nuevo reinó un profundo silencio.

Entonces sobrevino una calma abrumadora. Ya los ingenieros, tras mucho titubear, se decidían a aproximarse al sitio de la catástrofe, para ver si era posible salvar algún material de entre los escombros, cuando, de repente, otra sacudida, mucho más fuerte que las anteriores, una suprema convulsión del suelo, les hizo retroceder. Estallaban tremendas detonaciones subterráneas como si artilleros invisibles dispararan sus cañones en el fondo de la mina. En la superficie, las últimas construcciones que quedaban en pie se venían abajo. Un momento después todo había desaparecido: los escombros de lo que había sido la Voreux fueron engullidos de golpe por el abismo.

La muchedumbre, aterrada, emprendió la fuga. Las mujeres corrían tapándose los ojos. El espanto arremolinó y dispersó a los hombres como un montón de hojas secas. Nadie quería gritar, y todos lo hacían ante la enormidad de aquel cráter de mil quinientos metros de profundidad, que se abría desde la carretera al canal en una extensión de cuarenta metros por lo menos. Toda la plataforma de la mina siguió a los edificios en el abismo, así como la provisión de madera que tenían preparada. Allá, en el fondo, sólo se distinguía una mezcla de vigas, de ladrillos, de hierros, restos apilados por la catástrofe en su ensañamiento. ¿Hasta dónde iba a llegar aquello? ¿Alcanzaría el desastre a las casas de los obreros?

 Négrel lanzó una exclamación de dolor; y al señor Hennebeau se le saltaron las lágrimas; para completar el desastre, se rompió una presa, y las aguas desbordadas del canal se precipitaron por una de las grietas, formando una catarata infernal. La mina absorbía aquel río; la inundación invadiría todas las canteras durante muchos años. Pronto el cráter estuvo lleno, y un lago de agua cenagosa ocupó el sitio donde pocas horas antes se veía la Voreux; un lago semejante a esos lagos legendarios en cuyo fondo duermen para siempre las ciudades malditas.

 Entonces Souvarine se levantó de su sitio. Había visto desde lejos a la viuda de Maheu y a Zacarías sollozando ante aquella masa de agua, cuyo peso aplastaba a los infelices que estaban en el fondo. Y el ruso, después de tirar su cigarrillo, se alejó lentamente, sin volver la cabeza atrás. Era ya de noche; y su sombra, cada vez más vaga, acabó por disolverse en las tinieblas. ¿A dónde iba? Al exterminio; adonde quiera que hubiese dinamita para destruir ciudades y aniquilar hombres.

 IV

Aquella misma noche el señor Hennebeau salió para París, deseoso de dar personalmente cuenta a la Compañía de aquel desastre, antes de que los periódicos pudieran publicar la noticia. A su regreso, le encontraron todos muy tranquilo. Evidentemente, había salvado su responsabilidad, y sin duda no incurrió en el desagrado de sus jefes porque veinticuatro horas después se publicaba el decreto nombrándole caballero de la Legión de Honor.

Pero si el Director quedaba a salvo, la Compañía, en cambio, acababa de recibir un golpe terrible. No se trataba ya de algunos millones de pérdida, sino de las preocupaciones terribles que traía el mañana por la desaparición completa de una de sus mejores minas. Tan resentida quedó, que nuevamente creyó deber recurrir al silencio. ¿Para qué hablar del abominable atentado? ¿Para qué hacer un mártir del autor del crimen, si era descubierto, para que su infernal heroísmo exaltara otras cabezas y fuese el comienzo de una serie de incendios y de asesinatos? 

Por otra parte, ni siquiera se sospechaba quien podía ser el culpable, y acabó por creerse en la existencia de un ejército de cómplices, no pudiendo admitir que un hombre solo tuviese audacia y fuerzas suficientes para realizar semejante tarea y en aquello precisamente estribaba el miedo que sentían, creyendo amenazadas todas las minas. El director había recibido orden de organizar un sistema de espionaje, e ir despidiendo uno a uno, como quien no hace la cosa, a todos los obreros que inspirasen sospechas de haber intervenido en el crimen. Se contentaron con aquella resolución, que les parecía la más prudente.

 La única víctima inmediata fue Dansaert, el capataz mayor, quien, después del escándalo dado en casa de la mujer de Pierron, había hecho que su situación fuera imposible. Y se tomó el pretexto de su actitud a la hora del peligro y de su cobardía abandonando a la gente, para echarlo a la calle. Además, aquella medida constituía una especie de concesión a los mineros, de los cuales era muy odiado el capataz.

 Sin embargo, empezaron a circular extraños rumores, y la Dirección tuvo que enviar a los periódicos un suelto rectificando la especie de que todo había sido efecto de un barril de pólvora colocado por los huelguistas. Los ingenieros del Estado, después de una rápida información, convinieron en que todo ello había sido una avería en las obras de revestimiento, producida por las grandes masas de agua subterráneas, cuya presión no había podido resistir el maderamen; y la Compañía estimó conveniente callar, a pesar de que aquel informe venía a ser para ella una acusación de falta de vigilancia. En los periódicos de París, a los dos o tres días, todo lo relativo a la catástrofe fue publicado en lugar preferente de la sección de noticias: todo el mundo hablaba de los pobres obreros enterrados en la mina, y todo el mundo leía con avidez los telegramas referentes al desastre. En el mismo Montsou, los burgueses se asustaban de oír hablar de la Voreux, en torno de la cual se iba formando una leyenda, que los más animosos no se atrevían a repetir siquiera. Toda la comarca mostraba gran compasión hacia las víctimas; se organizaban paseos a la destruida mina, y la gente acudía presurosa, para procurarse el triste espectáculo de contemplar los escombros.

 Deneulin, nombrado ingeniero de división, empezó a ejercer su funciones en circunstancias tan precarias; y su primera determinación fue tratar de volver las aguas del canal a su cauce, porque aquel torrente que se precipitaba por la mina constituía una causa de peligro constante. Eran necesarios gigantescos trabajos; inmediatamente fueron dedicados cien obreros a la construcción de un dique. Dos veces seguidas la impetuosidad de la corriente se había llevado las primeras obras; así es que hubo que colocar bombas y entablar una lucha formidable con la naturaleza para reconquistar aquel pedazo de terreno.

 Pero la opinión estaba todavía conmovida por el recuerdo de la gente sepultada. Négrel, encargado de intentar un supremo esfuerzo, no careció de brazos, pues los carboneros acudían en masa a ofrecer sus servicios en pro de sus hermanos. Olvidados de la huelga, se preocupaban poco del jornal, puesto que estaban dispuestos a exponer su vida aunque no les diesen un cuarto, desde el momento en que se trataba de salvar a compañeros que se hallaban en peligro de muerte. Todos estaban allí, con sus herramientas en la mano, deseando que les dijesen dónde tenían que trabajar. Muchos de ellos, enfermos de espanto después de la catástrofe, agitados por temblores nerviosos, inundados de sudores fríos, en la obsesión de continuas pesadillas, se levantaban, sin embargo, de la cama, y se mostraban animosos en aquella batalla contra la tierra, como si fuese necesario un desquite. Por desgracia, el inconveniente principal era que no se sabía qué hacer, ni cómo bajar, ni por qué lado atacar las rocas.

 En opinión de Négrel, ninguno de aquellos infelices sobrevivía, porque sin duda los quince, o habían sido aplastados, o habían muerto por asfixia; en estas catástrofes mineras, la regla general es siempre suponer que viven los hombres sepultados entre los escombros; pero en la hipótesis de que esta vez tuviesen razón los que creían vivos a los quince infelices, el primer problema que debía resolver era averiguar dónde se habían podido refugiar. Los capataces y los mineros viejos, a quienes consultó, eran de unánime opinión: sus compañeros, huyendo de la inundación, habrían subido, ciertamente, de galería en galería, hasta las canteras más altas, de modo que, sin duda, se encontraban refugiados en el fondo de alguna vía superior.

Esto, además, concordaba con lo dicho por el tío Mouque, de cuyo embrollado relato se dedujo que los fugitivos se habían dividido en diferentes grupos, perdiéndose de vista unos a otros, en su afán de huir del nivel de las aguas; pero las opiniones eran discordantes en cuanto se ponían a discurrir los medios que había que emplear con probabilidades de éxito. Como las vías más próximas a la superficie se hallaban a ciento ochenta metros de profundidad, era inútil pensar en abrir un pozo. Quedaba, pues, Réquillart, el único sitio por donde creían verosímil acercarse a los infelices que trataban de salvar.

 Lo malo era que como la antigua mina estaba a su vez inundada, había desaparecido la comunicación con la Voreux, y no existían libres de las aguas más que algunos trozos de las galerías del primer piso. Achicar el agua hubiese sido empresa para muchos años; así es que la mejor medida era reconocer cuidadosamente aquellas galerías, para ver si se comunicaban con las canteras inundadas, en las cuales se suponía que se hallaban las desgraciadas víctimas de la catástrofe. Antes de definir este proyecto, se habían discutido y rechazado muchos otros. Negrel revolvió los archivos, y cuando encontró los antiguos planos de las dos minas, los estudió detenidamente, y determinó los puntos donde debían hacerse pesquisas.

 Poco a poco aquella tarea le entusiasmaba; a su vez había sido invadido de la fiebre por hacer el bien a sus semejantes, a pesar de su irónica indiferencia por los hombres, y por las cosas todas de este mundo.

 Tropezó con no pocas dificultades para bajar a Réquillart, puesto que ante todo fue necesario hacer practicable la boca del pozo y reparar las escalas, que estaban casi podridas. Luego empezaron los tanteos. El ingeniero bajó con diez trabajadores, haciendo que éstos dieran golpes en determinadas partes del filón; y en medio de un profundo silencio, todos pegaban la oreja a la hulla, para ver si se oían algunos golpes lejanos que contestaran a los suyos. Pero en vano fueron recorridas todas las galerías practicables; no se oía nada. Las dificultades aumentaban continuamente. ¿Por dónde comenzar los trabajos? ¿Hacia quién dirigirse, si parecía que no había nadie allí? Y, sin embargo, no se cedía; se continuaba buscando en medio de una angustia siempre creciente.

 Desde el primer día la viuda de Maheu llegaba por las mañanas muy temprano a la entrada de Réquillart, se sentaba junto a la boca del pozo, y de allí no se movía hasta la noche. Cuando algún hombre subía, se levantaba para interrogarle:

 -¿Nada?

-No; nada.

 Y la mujer se sentaba otra vez, y esperaba sin decir palabra, con expresión dura e impenetrable. Juan, al ver que invadían su madriguera, había rondado por los alrededores, temeroso de que descubrieran sus fecharías, y pensaba, entre otras cosas, en aquel soldado enterrado entre las rocas; pero aquella parte de la mina se hallaba inundada; y, además, los trabajos se dirigían más a la izquierda, por la galería este. Al principio, Filomena iba también, por acompañar a Zacarías, el cual formaba parte de la cuadrilla de socorro; luego se aburrió de coger frío sin necesidad y sin resultado, y se quedaba en su casa, pasando los días sin hacer nada más que toser.

 Por el contrario, Zacarías no descansaba un momento en su ansia de encontrar a su hermana. De noche soñaba con ella, imaginándosela hambrienta y destrozada, ronca ya de tanto gritar pidiendo socorro. Dos veces quiso empezar a cavar sin nadie mandárselo, asegurando que acababa de oír su voz. Como el ingeniero acabase por prohibirle que bajase, rondaba sin cesar en torno de la boca del pozo, sin siquiera sentarse al lado de su madre, atormentado de continuo por la necesidad imperiosa de hacer algo. 

Se hallaban en el tercer día de trabajo. Négrel, desesperado, estaba resuelto a desistir de todo, si aquella misma noche no se obtenía algún resultado. A mediodía, después de comer, cuando volvió a bajar con la gente para intentar un esfuerzo supremo, quedó sorprendido al ver salir de la mina a Zacarías, congestionado, gesticulando como un loco, y gritando:

 -¡Está ahí! ¡Me ha contestado! ¡Venid, venid pronto!

 Había bajado la escala, a pesar de la prohibición del guarda, y juraba que en la primera galería del filón Guillermo estaban dando golpes.

 -Ya hemos pasado dos veces por ese sitio -le contestó Négrel con incredulidad-. En fin, veremos.

La viuda de Maheu, temblando, se había levantado del suelo; fue necesario usar la fuerza para evitar que bajase, como quería. Se quedó pues esperando en la boca del pozo, inmóvil, con la mirada fija en la oscuridad.

 Abajo, Négrel dio tres fuertes golpes en la roca; luego aplicó el oído a las paredes de la galería, recomendando a la gente el mayor silencio. No se oyó nada. El ingeniero, desanimado, movió la cabeza. Evidentemente aquel pobre muchacho estaba soñando. Zacarías, furioso, empezó a dar golpes también, y de nuevo oía que le contestaban; sus ojos echaban chispas y sus miembros se agitaban convulsivamente. Entonces todos los demás obreros hicieron la misma prueba, uno detrás de otro y, en efecto, todos dijeron oír golpes y voces allá a lo lejos, muy lejos. El ingeniero estaba asombrado; pegó nuevamente el oído a la pared, y acabó por percibir un ruido ligerísimo. La hulla transmite los sonidos, lo mismo que el cristal, a grandes distancias. Un capataz, que se hallaba presente, calculaba que el espesor del bloque que los separaba de sus compañeros era, cuando menos, de cincuenta metros. Pero a nadie le parecía demasiado; todos consideraban fácil la tarea, y a las órdenes de Négrel empezaron inmediatamente a trabajar. Cuando Zacarías vio a su madre, los dos se abrazaron y rompieron a llorar.

 -No os hagáis ilusiones -dijo la mujer de Pierron, que había ido a pasear por allí aquella tarde- porque si luego Catalina no está, será mucho mayor la pena que sintáis.

-¡Déjame en paz y vete al infierno! -gritó Zacarías fuera de sí-. Yo sé que está ahí.

 La viuda de Maheu se había vuelto a sentar, silenciosa y sombría.

 Cuando la noticia llegó a Montsou, una multitud grandísima acudió presurosa. Aunque nada se veía, todos deseaban estar allí, y fue necesario mantener a los curiosos a cierta distancia. Abajo trabajaban de día y de noche. Temiendo tropezar con algún obstáculo, el ingeniero había mandado abrir tres galerías descendentes que convergían hacia el punto en que probablemente se hallaban encerrados los mineros. Un solo trabajador iba abriendo brecha; lo relevaban de dos en dos horas, y el carbón, que se sacaba en espuertas, pasaba de mano en mano por medio de una cadena de hombres formada al efecto, y que se hacía más larga a medida que el agujero se prolongaba. Al principio la tarea adelantó rápidamente; en un día perforaron seis metros.

 Zacarías logró que lo destinasen al sitio de más peligro, y se enfadaba cuando iban a relevarle al cabo de las dos horas reglamentarias. Pronto la galería donde él trabajaba estuvo más adelantada que las otras dos; luchaba contra la hulla con verdadero furor. Cuando dejaba el trabajo y salía de allí, negro de carbón, embadurnado de fango, ebrio de cansancio, se dejaba caer en el suelo, y tenían que envolverlo en una manta; pero al momento, vacilando aún, se levantaba, y volvía a emprender aquel trabajo penosísimo con más furia que nunca. Lo malo era que cada vez iba siendo más duro el carbón, y que se le rompían las herramientas por la misma violencia con que las empleaba, en su desesperación de no avanzar tanto como quería. Le molestaba mucho el calor, insoportable en el fondo de aquel cañón de chimenea, donde no podía circular el aire. Un ventilador de mano funcionaba bien; pero la circulación de aire se establecía con grandes dificultades, y ya se había sacado a algunos obreros con un principio de asfixia. Négrel vivía allí con sus trabajadores. Le bajaban la comida, y algunas veces dormía un par de horas encima de un saco de paja y envuelto en su capote.

 El valor de todos estaba sostenido por la súplica de aquellos infelices enterrados en vida, cuyos golpes seguían sintiéndose, cada vez más frecuentes. Ya se oían muy claros, con una sonoridad musical, como si los dieran en las teclas de esos pianillos de cristal con que juegan los muchachos. Ellos servían de guía a los trabajadores, que caminaban hacia aquel ruido cristalino, como en una batalla caminan los soldados hacia donde indica el estampido del cañón.

 Cada vez que relevaban a un obrero, Négrel bajaba a su sitio, daba un golpe, y aplicaba enseguida el oído, a ver si seguían contestando. Ya no tenía dudas; avanzaban en buena dirección; pero ¡qué lentitud horrible! Sería imposible llegar a tiempo. Al principio, en dos días, pudieron perforar trece metros; al tercer día ya no abrieron más que cinco; luego sólo cuatro. La hulla se endurecía de tal modo, que con gran trabajo conseguían perforar dos metros diarios. Al noveno día, después de esfuerzos sobrehumanos, habían conseguido avanzar treinta y dos metros, y calculaban que aún faltaban otros veinte. Para los pobres prisioneros era aquél el doceavo día: ¡doce veces veinticuatro horas, sin pan ni lumbre, sumidos en tinieblas glaciales! Pensando en eso se arrasaban los ojos en lágrimas, y se animaban todos para atacar la hulla. Parecía imposible que pudiesen sufrir tanto; y, en efecto, el ruido de los golpes lejanos disminuía considerablemente desde el día antes, y Négrel y los suyos temieron que de un momento a otro cesara por completo.

 Al noveno día, a la hora de almorzar, Zacarías no contestó cuando lo llamaron para el relevo. Estaba como loco, y desahogaba su furor a fuerza de juramentos. Precisamente Négrel, que había salido un rato, no estaba allí para hacerle obedecer, ni había nadie más que un capataz y tres mineros. Sin duda, Zacarías, furioso de no tener bastante claridad para trabajar, había cometido la imprudencia de abrir su ¡interna, a pesar de las órdenes severísimas en contra dadas por Négrel, en vista de que se habían declarado algunos escapes de grisú. De repente estalló un trueno; una columna de fuego salió por la galería, como si ésta fuese la boca de un cañón cargado de metralla. Todo ardía; el aire se inflamaba como pólvora de un extremo a otro de las galerías. Y aquel torrente de llama arrastró al capataz y a los tres obreros, subió por el pozo, y salió a la superficie en forma de erupción volcánica, que lanzaba piedras y pedazos de madera a grandes distancias. Los grupos de curiosos huyeron despavoridos, y la viuda de Maheu, llevando en brazos a Estrella, a la cual tenía consigo porque no era posible dejarla en casa, echó a correr como loca, sin dirección fija. 

Cuando Négrel y los obreros regresaron a la mina, sintieron una cólera terrible, al ver que, en lugar de salvar a unos compañeros, habían perdido a otros. Al cabo de tres horas de esfuerzos sobrehumanos y de peligros indescriptibles, cuando pudieron penetrar en las galerías, comenzó la lúgubre subida de las víctimas. Ni el capataz ni ninguno de los otros tres estaban muertos; pero se hallaban cubiertos de llagas horribles, de quemaduras tan atroces, que, en medio de sus gemidos, pedían a gritos que los acabaran de matar. De los tres mineros, uno era aquél que, durante la huelga, había dado el golpe de gracia a la bomba de Gastón-María; los otros dos llevaban en las manos señales de las cortaduras que se habían hecho a fuerza de tirar ladrillos a los soldados. La muchedumbre se descubrió en silencio al verlos pasar.

 La viuda de Maheu esperaba allí fuera, en pie e inmóvil. El cadáver de Zacarías apareció a su vez. La ropa se había quemado: el cuerpo no era más que un carbón negro, calcinado, imposible de reconocer. No tenía cabeza, porque se la había deshecho la explosión. Y cuando hubieron colocado aquellos horribles restos en una camilla, la viuda de Maheu la siguió automáticamente, con los párpados hinchados, pero sin derramar una lágrima, elevando en brazos a Estrella, que estaba dormida. Cuando el fúnebre cortejo llegó al barrio, y Filomena, la viuda del muerto supo la noticia, empezó a llorar amargamente, aliviada por el mismo llanto. Pero la madre, sin despegar los labios, regresó enseguida a Réquillart,- ya había acompañado el cadáver de su hijo, y ahora iba a recibir el de su hija.

 Pasaron otros tres días. Se habían reanudado los trabajos de salvamento en medio de inauditas dificultades. Por fortuna las galerías no quedaron cegadas a consecuencia de la explosión de grisú; pero estaba el aire de tal modo viciado, que fue necesario montar más ventiladores. Cada veinte minutos se hacía el relevo. Tanto se avanzaba, que ya no debían separarlos de sus compañeros más que un par de metros a lo sumo. Pero ya trabajaban con la muerte en el corazón, luchando contra la hulla por pura venganza, puesto que habían dejado de oír las señales de aquellos a quienes intentaban salvar. Llevaban doce días de trabajo; quince habían transcurrido desde el de la catástrofe.

 El nuevo accidente luctuoso renovó la curiosidad de Montsou; los burgueses organizaban excursiones a la mina, con tal entusiasmo, que hasta los señores Grégoire se decidieron a seguir el ejemplo de los demás. Se preparó la expedición, acordando que ellos irían a la Voreux en su coche, en tanto que la señora de Hennebeau llevaría en el suyo a Lucía y a Juana. Deneulin les enseñaría las obras, y después, todos reunidos, regresarían por Réquillart, para que Négrel les dijese en qué estado se hallaban sus trabajos, y si tenía esperanzas de un buen resultado. Por la noche comerían todos juntos.

 Cuando a eso de las tres los Grégoire y su hija Cecilia llegaron a la mina, encontraron a la señora de Hennebeau que se les había adelantado, luciendo un traje azul marino, y defendiéndose del tibio sol de febrero con una sombrilla de encaje. Precisamente estaban allí charlando Hennebeau y Deneulin, y ella escuchaba con aire distraído las explicaciones que este último le daba acerca de los esfuerzos hechos para encauzar el canal. Juana, que llevaba siempre su álbum, empezó enseguida un apunte, entusiasmada por el horror del motivo; mientras Lucía, sentada junto a ella sobre los restos de una vagoneta, lanzaba exclamaciones de júbilo, encontrando aquello "interesantísimo". El dique, inconcluso, tenía numerosos escapes y el agua caía en una cascada espumante en la enorme sima de la mina inundada. Sin embargo, el cráter se vaciaba, y el agua, embebida por el terreno, iba bajando, dejando al descubierto el horrible caos del fondo. Bajo el cielo azul de aquel día, era una verdadera cloaca, las ruinas de una ciudad sumergida y casi disuelta ya en el cieno.

 -¡Y para esto se molesta uno! -exclamó, desilusionado, el señor Grégoire.

 Cecilia, muy alegre, contenta de respirar el aire puro, reía y bromeaba, mientras la señora de Hennebeau, haciendo gestos de repugnancia, decía:

 - La verdad es que no tiene nada de bonito.

 Los dos ingenieros se echaron a reír, y trataron de interesar a los expedicionarios, llevándolos por todas partes, explicándoles los diferentes sistemas de bomba y otros detalles. Pero las damas se estremecieron al saber que se tardaría seis o siete años en agotar el agua de la mina, y declararon que preferían pensar en otra cosa, pues aquellos horrores, luego por la noche producían pesadillas.

 -Vámonos -dijo la señora de Hennebeau, dirigiéndose a su coche.

 Juana y Lucía protestaron. ¡Cómo! ¡Tan pronto! Y se empeñaron en quedarse allí tomando apuntes de toda la mina, prometiendo que su padre las llevaría a la Dirección antes de la hora de comer. El señor Hennebeau subió al coche con su mujer; deseaba también preguntar a Négrel por el estado de las obras de socorro que dirigía. Todos esperaban que de un momento a otro se estableciera comunicación entre las víctimas del desastre de la Voreux y sus generosos salvadores.

 -Bueno: id delante, que nosotros os alcanzamos enseguida -dijo el señor Grégoire-. Tenemos que hacer una visita de cinco minutos ahí, en el barrio de los obreros... Andad, andad, que llegaremos a Réquillart casi al mismo tiempo.

 Tomó asiento en el coche, después de ayudar a subir a su mujer y a Cecilia; y mientras el coche del señor Hennebeau seguía la orilla del canal, el de ellos empezó a subir la cuesta que conducía al barrio.

 Habían decidido completar su excursión con una obra de caridad. La muerte de Zacarías los tenía llenos de compasión hacia aquella trágica familia de Maheu, de la cual se hablaba en toda la comarca. No compadecían al padre, a aquel asesino de los soldados, al cual fue necesario matar como se mata a un lobo; pero la pobre mujer, que no tenía culpa de nada, lo pagaba todo, y después de quedarse viuda, acababa de ver morir a su hijo, y quizás su hija Catalina no sería ya más que un cadáver enterrado entre los escombros de la Voreux, sin contar que se trataba también de un abuelo imposibilitado, de un muchacho cojo a consecuencia de un hundimiento en la Voreux, y de una chiquilla muerta de hambre en los días de la huelga. Y si bien aquella familia tenía merecidas, en parte, todas estas desdichas por sus detestables ideas políticas, habían resuelto olvidarlo todo, y, fieles a su sistema de conciliación, llevarles una limosna. En un rincón del carruaje se veían dos paquetes cuidadosamente envueltos.

 Una vieja indicó al cochero la casa de los Maheu, que era el número 16 de la segunda manzana. Los Grégoire se apearon con los paquetes debajo del brazo; pero en vano llamaron a la puerta. Nadie contestaba; la casa tenía el aspecto de una vivienda abandonada mucho tiempo antes.

 -No hay nadie -dijo Cecilia, en tono de reproche-. ¡Vaya un fastidio! ¿Qué haremos ahora con todo esto?

 De pronto la mujer de Levaque abrió la puerta de su casa, y se presentó en el umbral.

 -¡Ah, señorita, usted perdone!... ¿Busca usted a la vecina? Está en Réquillart...

 Y en un discurso larguísimo les explicó la situación, añadiendo que, como era necesario que los vecinos se ayudasen unos a otros, se quedaba ella todos los días con Leonor y Enrique en su casa, a fin de que la pobre mujer pudiera ir a Réquillart. Se fijaron luego sus miradas en los líos de ropa, y entonces empezó a lamentarse de su situación y de la de su pobre hija, que acababa de enviudar, con objeto de conmoverlos. Después de titubear un momento añadió:

 -Aquí tengo la llave; si los señores quieren entrar, les abriré. Ahí dentro está el tío Buenamuerte.

 Los Grégoire la miraban estupefactos. ¿Cómo? ¿El abuelo estaba allí, y no contestaba a pesar de lo mucho que habían llamado? ¿Estaría durmiendo? Y cuando la mujer de Levaque abrió la puerta, el espectáculo que presenciaron los detuvo en el umbral.

 Allí estaba en efecto el tío Buenamuerte, solo, sentado en una silla delante de la chimenea apagada, con los ojos desmesuradamente abiertos y fijos en la pared.

 La habitación, sin el reloj que la animaba y los muebles que tenía antes, parecía más grande; en las paredes no quedaban más que los retratos del Emperador y de la Emperatriz, cuyos labios sonrosados sonreían con un aire de benevolencia oficial. El anciano no se movía, y parecía como si no viese a toda aquella gente que había entrado.

 -No hagan caso, si el pobre se muestra grosero -dijo la Levaque en tono amable-. Tiene mal la cabeza, según parece. Hace más de quince días que no habla una palabra, ni hace caso de nada ni de nadie.

 Turbados y asqueados, los señores Grégoire trataron, sin embargo, de pronunciar algunas palabras amistosas.

 -Vamos -dijo al padre-, vamos, ¿qué es eso? ¿Está usted mudo?

 El viejo no volvió siquiera la cabeza.

 -Debían darle una taza de cualquier cocimiento -añadió la señora de Grégoire.

 El viejo continuó inmóvil y silencioso.

 -Papá -murmuró Cecilia-; ya nos habían dicho que estaba imposibilitado, sólo que no nos acordábamos...

 Se detuvo un momento. Después de colocar encima de la mesa un puchero de comida y dos botellas de vino, se puso a deshacer el otro paquete que llevaba, y sacó de él un par de zapatos enormes. Era el regalo que destinaban al abuelo; la joven estuvo un rato con ellos en la mano, y contemplando aquellos pies hinchados, que ya no podrían andar nunca.

 -¡Caramba! Llegan un poco tarde, ¿no es verdad, amigo? -replicó el señor Grégoire, tratando de animar un poco aquella entrevista-. Pero, en fin, siempre son buenos.

 Buenamuerte ni oyó ni contestó; su semblante conservó la misma frialdad y dureza de piedra.

 Entonces Cecilia dejó los zapatos en el suelo.

 -¡No tengan cuidado, que no dará las gracias siquiera! -exclamó la Levaque, con envidia-. Es como echar margaritas a los puercos...

 Y siguió hablando, a ver si conseguía llevar a su casa a los Grégoire, y hacer que se compadeciesen de ella. Por fin, imaginó un pretexto, que fue el de alabarles a Leonor y a Enrique, que eran muy monos, y tan inteligentes y tan listos, que contestaban como ángeles a cuanto se les preguntaba. Ellos explicarían a los señores lo que quisieran saber.

 -¿Vámonos, hijita? -dijo el señor Grégoire, que estaba deseando salir de allí.

-Si, voy enseguida -respondió la joven.

 Cecilia quedó a solas con Buenamuerte. Lo que la retenía allí, fascinándola, atrayéndola, era que creía reconocer al viejo; ¿dónde había visto aquella cara escuálida, lívida, surcada de manchas de carbón? De pronto lo recordó todo. Recordó las turbas amotinadas que la rodearon, amenazándola, y sintió unas manos heladas que la cogían por el cuello. Eran las de aquel viejo; volvía a fijarse en él, le miraba las manos que tenía puestas en las rodillas, manos de obrero, en las cuales residía toda su fuerza; puños de hierro sólidos aún, a pesar de la edad, capaces de matar a cualquiera con la sola presión de los dedos. Poco a poco Buenamuerte parecía ir despertando de su letargo, y a su vez examinaba a la joven con extraña atención. De repente sus mejillas se colorearon, como si toda su sangre afluyese a la cabeza, y un temblor nervioso contrajo su boca, por la que se escapaba un hilo de saliva negra.

 Atraídos uno hacia otro, ambos permanecían inmóviles, contemplándose en silencio: ella, fresca, hermosa, llena de juventud y de vigor, él arrugado y horrible, hidrópico, lamentable.

 Al cabo de diez minutos, cuando los señores Grégoire, inquietos, viendo que Cecilia no salía de allí, volvieron a entrar en casa de Maheu, dieron un grito terrible: su hija yacía en el suelo, con la cara amoratada por efecto de estrangulación. Los dedos enormes de Buenamuerte habían quedado marcados en su cuello, y el viejo había caído al lado de su víctima, sin poderse luego levantar.

 Tenía las manos abiertas, y miraba a la gente con aquella expresión de idiotismo que no le abandonaba ya.

 Jamás se pudo establecer con exactitud la verdad de los hechos. ¿Por qué se acercó Cecilia al viejo? ¿Cómo éste, que no podía moverse de la silla, la había cogido del cuello?

 Indudablemente ella se habría defendido, y era extraño que nadie oyera ni una queja, ni un lamento, ni un grito.

 Era necesario creer en un ataque repentino de locura furiosa, en una tentación inexplicable de asesinar, a la vista de aquel cuello tan blanco y tan terso. Llamó mucho la atención tal acto de salvajismo en aquel viejo imposibilitado, que había vivido siempre como un hombre honrado, como una bestia resignada, y siendo enemigo de las ideas modernas que empezaban a propasarse entre los obreros. ¿Qué rencor secreto, ignorado por él mismo, lo había llevado al asesinato?

 El horror que todo ello inspiraba convenció a la gente y a la justicia de que era irresponsable, y de que aquel asesinato era el crimen de un idiota.

 Los señores Grégoire, arrodillados junto al cadáver de su hija, gemían, inconsolables en su dolor terrible. Aquella hija adorada, aquella hija a quien tanto amaban, aquella cuyo sueño subían a contemplar de puntillas para no interrumpirlo, para la cual todo les parecía poco, había dejado de existir a manos de un asesino inconsciente. ¿Para qué querrían vivir ya, si no habían de vivir con ella y para ella?

 La mujer de Levaque, horrorizada, no hacía más que gritar.

 -¡Ah! ¡Viejo bribón! ¿Qué demonios has hecho? ¡Quién había de esperar cosa semejante!... ¡Y su nuera que no vendrá hasta la noche! ¿Queréis que vaya a buscarla?

El padre y la madre, anonadados, no contestaban. -¿Eh? Será mejor.. Allá voy.

 Pero antes de salir, la mujer de Levaque miró los zapatos. El barrio entero se había puesto en alerta; la gente se apiñaba a la puerta de la casa. Probablemente alguien robaría los zapatos. Además, en casa de los Maheu no quedaba ningún hombre a quien le sirvieran... Sin titubear más, los cogió debajo del brazo y se marchó con ellos. Debían estarle muy a la medida a Bouteloup.

 En Réquillart, los señores de Hennebeau estuvieron con Négrel mucho rato, esperando a la familia Grégoire. Aún se hallaban allí cuando llegó la mujer de Levaque en busca de su vecina, y contó lo sucedido.

 La señora de Hennebeau estuvo a punto de desmayarse. ¡Qué horror! ¡Pobre Cecilia! ¡Tan alegre, tan animada aquella misma mañana! El señor Hennebeau tuvo que hacer entrar a su mujer en la cabaña de Mouque un momento, para que se repusiera de la emoción. Con mano torpe y nerviosa le desabrochaba el vestido, turbado por el fuerte perfume que exhalaba el seno. Y cuando ella, con lágrimas en los ojos, abrazaba a Négrel, aterrado por aquella desgracia que impedía su boda, cuando el marido los vio lamentando juntos la muerte de aquella pobre muchacha, se sintió satisfecho y libre de una preocupación. Aquella desgracia lo arreglaba todo, pues sin duda era preferible que su mujer continuase con el sobrino, a que fuese en brazos del cochero o el criado de su casa.

 V

Abajo, en el fondo de la mina, en el momento de la inundación, los infelices que se habían retrasado aullaban de terror. El agua les llegaba al pecho. El estruendo del torrente los aturdía. El estrépito producido por el maderamen en su caída, les hacía pensar en una catástrofe horrenda que acabara con el mundo entero; y su espanto sin límites crecía oyendo los relinchos de los caballos encerrados en la cuadra, relinchos de muerte, terribles, capaces de volver loco a cualquiera.

 Mouque había soltado a Batallador. Y el pobre animal, con la crin erizada, el ojo dilatado y la mirada fija, contemplaba el agua, que iba subiendo de nivel rápidamente. De pronto, el animal volvió grupas, y emprendió una vertiginosa carrera por las oscuras galerías. Aquella fue la señal de ¡sálvese el que pueda! Todo el mundo echó a correr detrás del caballo.

 -Aquí no hay nada que hacer -gritó Mouque-; vamos a ver si podemos salir por Réquillart.

 La esperanza de salvarse por la mina vieja, si las aguas no la habían invadido todavía, les daba alas.

 Los veinte corrían a cual más, levantando las linternas todo lo que podían, para que la humedad no las apagase. Afortunadamente la galería estaba en cuesta, y pudieron recorrer doscientos metros sin ser alcanzados por las aguas. Al llegar al primer sitio donde se cruzaban dos galerías, surgió un desacuerdo de opiniones. El mozo de cuadra se empeñaba en tomar por la izquierda, mientras que otros creían que por la derecha se acortaba el camino. Entre tanto, se perdió un minuto.

 -¿A mí qué me importa que reventéis? -gritó Chaval-. Yo me voy por aquí -Y tomó la galería de la derecha, seguido de otros dos.

 Los demás echaron a correr detrás del tío Mouque, que, después de todo, debía conocer aquello, puesto que había nacido y vivido siempre en Réquillart. Así y todo, titubeaba a cada momento. Cada vez que se presentaba una bifurcación de la galería se quedaba parado, acabando por tomar aquella que le aconsejaba su instinto. Esteban corría el último, retenido por Catalina, entorpecida por el cansancio y el miedo.

 Por su gusto, hubiera torcido a la derecha, como Chaval, porque creía que aquél era el buen camino; pero lo detuvo el deseo de separarse del hombre a quien más aborrecía en el mundo.

 Las opiniones volvieron a dividirse, y cada cual tiró por su lado, no quedando más que seis en el grupo que seguía al tío Mouque.

 -Cógete a mis hombros, y te llevaré -dijo Esteban a la joven viéndola desfallecer.

-No; déjame -murmuró ella -; no puedo más; prefiero morir.

 Se habían quedado un poco rezagados; y empezaba Esteban a cogerla en brazos a pesar de su resistencia, cuando la galería quedó interceptada. Un bloque enorme desprendido del techo, los separó de sus compañeros. La inundación crecía por todas partes, y no pudiendo continuar su camino, volvieron atrás, andando a la ventura, y sin saber la dirección que llevaban. Ya se había acabado todo; era necesario renunciar a salvarse por Réquillart. Su única esperanza consistía en huir de la crecida y llegar a las canteras más altas, de donde los compañeros los sacarían si el nivel de las aguas comenzaba a descender. 

Esteban reconoció que se hallaban en el filón Guillermo.

 -Bueno -dijo-; ya sé dónde estamos, y me parece que íbamos por buen camino; pero ahora sabe Dios... Mira, sigamos derecho, y subiremos por la chimenea.

 El agua les llegaba al pecho. Caminaban con gran lentitud. Mientras llevasen luz no desesperarían, por lo cual apagaron una de las linternas, a fin de guardar el aceite para echárselo oportunamente a la otra. A punto de llegar a la chimenea, un ruido, detrás, les hizo volver la cabeza. ¿Serían los compañeros que, viendo cortado el camino, tomaban esta otra dirección? Oían un ronco alentar a lo lejos, y no se explicaban qué especie de tempestad podía ser aquella que se acercaba en un remolino de espuma. Y gritaron, al ver una masa gigante, blanquecina, salir de la sombra y esforzarse en alcanzarlos, entre la angostura del revestimiento que impedía su paso.

 Era Batallador. Al huir, había galopado a lo largo de las galerías en tinieblas, desenfrenadamente. Parecía como si conociera el camino en aquella ciudad subterránea que habitaba desde hacía once años; y sus ojos veían claro en medio de la noche eterna en que había vivido. Galopaba, bajando la cabeza, por aquellas galerías angostas que llenaba su cuerpo enorme. Las galerías se sucedían, y las encrucijadas, sin que él vacilara. ¿Adónde iba? Allá lejos quizás, a aquella visión de su juventud, al molino a orillas del Scarpe en que naciera, al recuerdo confuso del sol abrasando el aire como una inmensa lámpara. Quería vivir, su memoria animal se despertaba, el deseo de respirar aún el aire de las llanuras lo impulsaba hacia adelante, hasta que descubriera la abertura de salida hacia la luz, hacia el cielo azul. Y una rebeldía súbita arrastraba su antigua resignación. El agua que le perseguía azotaba sus flancos, mordía su grupa. Pero, a medida que se hundía, las galerías se iban haciendo cada vez más estrechas y más bajas de techo. Galopaba sin embargo, indiferente a las rozaduras, dejándose en el maderamen jirones de pellejo. A su alrededor, la mina parecía contraerse, apretándolo y ahogándolo.

 Al llegar cerca de ellos, Esteban y Catalina vieron cómo se estrellaba entre las rocas. Había tropezado y caído hacia delante, rompiéndose las dos patas. Con un último esfuerzo, se arrastró unos cuantos metros por tierra; pero la abertura no era ya la suficiente para su corpulencia, y quedó envuelto, agarrotado por la tierra. Su cabeza ensangrentada avanzó todavía, buscando una hendidura con sus ojos turbios. Mientras el agua subía rápidamente a su alrededor, se puso a relinchar, con el estertor profundo, atroz, con que los demás caballos habían muerto ya en la cuadra. Fue una agonía espantosa en medio de las tinieblas. Su grito de desesperación se hizo más ronco, a medida que el agua lo fue anegando paulatinamente. Hubo un último relincho terrible, y enseguida como un ruido de tonel que se llena. Luego, de nuevo un gran silencio. Catalina, presa de un repentino pavor, murmuró al oído de Esteban:

 -¡Por Dios! ¡Sácame de aquí, sácame de aquí; no quiero morir!

 El joven la había cogido por la cintura, y la llevaba como si fuese una pluma. Ya era tiempo, porque el agua subía, y cuando ellos penetraron en la chimenea tenían hasta el cuello mojado. Cuando consiguieron llegar a la primera galería superior, adonde las aguas de la crecida no alcanzaban aún, respiraron libremente. Pero su tranquilidad duró bien poco; acosados por la inundación, de aquélla subieron a la segunda galería, de ésta a la tercera, y así sucesivamente hasta la novena, que era la última. No había, pues, medio de subir más; si el nivel de las aguas no se detenía estaban perdidos irremisiblemente.

 Catalina, muerta de cansancio, aturdida por el miedo a los ruidos de aquella tempestad subterránea, continuaba diciendo:

 -¡Yo no quiero morir, no quiero morir! ¡Sálvame!

 Esteban, por tranquilizarla, le decía que allí no había peligro, que estaban corriendo hacía seis horas y que sin duda sus compañeros procurarían salvarlos. Y decía seis horas, por decir algo, puesto que había perdido la noción del tiempo, y en realidad habían tardado un día entero en aquella ascensión de galería en galería por el filón Guillermo. Se instalaron allí, calados hasta los huesos y tiritando. Ella se desnudó para retorcer la ropa, y volvió a ponerse los pantalones y la blusa sin secar del todo. Como estaba descalza, el joven la obligó a ponerse sus zuecos. Ahora ya podían esperar.

 Enseguida, sintieron grandes dolores en el estómago, y comprendieron que se morían de hambre. Hasta entonces no pensaron en ello. Y como en el momento de ocurrir la catástrofe no habían almorzado todavía, encontraron en el bolsillo su merienda, aquellas tostadas de pan convertidas ahora en verdaderas sopas. Se repartieron el pan como hermanos, y luego la pobre muchacha, rendida de cansancio, se quedó dormida sobre la tierra húmeda. Él, atacado por el insomnio, la velaba con la cabeza entre las manos y la mirada fija en el suelo.

 ¿Cuántas horas transcurrieron así? No lo hubiera podido decir. Lo que sí sabía, es que por el agujero de la chimenea subía el agua, subía, firme en su empeño de devorarlos. Esteban, por compasión, no se atrevía a despertarla; pero al fin, ante la inminencia del peligro, no tuvo más remedio que hacerlo. Mas ¿por dónde huir? Y buscando, recordó que el plano inclinado establecido en aquella parte del filón se comunicaba por un extremo con el del piso superior de la mina. Tal recuerdo era una esperanza de salvación; así es que cuando Catalina, despierta, hablaba de morir, él la tranquilizó, diciendo:

 -¡No! Cálmate; te juro que todavía no está todo perdido.

 Con inmenso trabajo, gracias a esfuerzos verdaderamente sobrehumanos, llenos de heridas hechas por las escabrosidades de la pared, consiguieron llegar adonde deseaban; pero se quedaron atónitos cuando, al desembocar en la galería superior, vieron una luz y oyeron la voz de un hombre, que les gritaba enfurecido:

 -Otros tan bestias como yo.

 Reconocieron a Chaval, que estaba allí, furioso, sin poder seguir su amino a causa de recientes desprendimientos, los cuales, al producirse, habían matado a los dos compañeros que le acompañaban. Él, herido en un codo, tuvo, sin embargo, valor para arrebatarles las linternas y robarles de los bolsillos el pan del almuerzo. Al separarse de los dos cadáveres, otro derrumbamiento del techo acabó de cerrar la galería.

 Al ver a los recién llegados, juró no repartir con ellos sus provisiones, aunque fuese preciso matarlos para conservarlas.

 Luego, cuando vio quienes eran, se calmó de pronto, y comenzó a sonreír en son de burla.

 -¡Hola! ¿Eres tú, Catalina? Buscas a tu hombre, ¿eh? Haces bien.

 Y afectaba no notar la presencia de Esteban. Este último, furioso con aquel encuentro, había hecho un movimiento para proteger a la muchacha, que se estrechaba contra él. Pero no quedaba más remedio que aceptar la situación; y como se habían separado amistosamente, se contentó con preguntarle con la mayor tranquilidad:

 -¿Has mirado al fondo? Ya habrás visto que es imposible llegar a las linternas.

 Chaval seguía bromeando:

 -¡Ah! Las canteras ... ; están todas cegadas, estamos aquí presos como un ratón en la ratonera. No hay más remedio que morir. Si te quedas -añadió después de un momento-, procura dejarme en paz, que yo no he de meterme contigo. Todavía cabemos aquí los dos. Luego veremos quien revienta primero... A menos que vengan a salvarnos, lo cual me parece muy difícil.

 Esteban, sin hacerle caso, se limitó a contestar.

 -Puede que si diéramos golpes nos oyeran.

-Estoy cansado de darlos... Mira, toma esa piedra, y a ver si eres tú más afortunado.

 El joven recogió del suelo el pedazo de carbón que le indicaban, y comenzó a dar golpes en la pared, haciendo la señal de uso entre los obreros cuando se veían en peligro. Luego pegó la oreja a la vena, a ver si le contestaban. Veinte veces hizo lo mismo, y ninguna de ellas consiguió oír el menor ruido.

 Entre tanto, Chaval, afectando gran tranquilidad, se entretenía en arreglar las tres linternas, después de apagar dos de ellas, para que le sirviesen más tarde. Luego dejó en un rincón el pan que le quedaba, que administrándolo bien sería suficiente para mantenerlo un par de días.

 -Oye -dijo de pronto, volviéndose hacia Catalina-, cuando tengas hambre, ya sabes que la mitad de esto es para ti.

 La joven no contestó. ¡Qué desgracia tan grande encontrarse otra vez entre aquellos dos hombres! Sentáronse todos en el suelo; ni Chaval ni Esteban hablaban una palabra; por indicación del primero, y a fin de economizar aceite, apagó el segundo su linterna; luego reinó entre ellos el más profundo silencio. Catalina se acercaba al joven, inquieta y disgustada con las miradas que le dirigía su antiguo amante. Las horas transcurrían, y el rumor del agua, que cada vez iba subiendo más de nivel, no cesaba ni un instante. Cuando la linterna estuvo a punto de apagarse, fue necesario abrir otra para encenderla; se estremecieron al pensar en el grisú; pero como era preferible morir de una vez a estar en la oscuridad, vacilaron muy poco. No pasó nada; afortunadamente no había grisú.

 De nuevo se tendieron en el suelo; las horas siguieron transcurriendo con abrumadora lentitud. Al cabo de quién sabe cuanto tiempo, un ligero ruido hizo levantar la cabeza a Esteban y a Catalina. Chaval se decidía a comer; cortó la mitad de una tostada, y empezó a mascar un pedazo lentamente, para que le durase más. Ellos, atormentados por el hambre, lo contemplaban en silencio.

 -¿De veras no quieres? -preguntó a la muchacha con aire provocativo-. Pues haces mal.

 Ella bajó la cabeza, temiendo ceder a la tentación, con el estómago tan dolorido, que las lágrimas asomaban a sus ojos. Pero adivinaba lo que pedía: aquella mañana había tratado de conquistarla, poseído de violentos deseos bajo la influencia, sin duda, de los celos, al verla al lado de otro. Y la muchacha presentía una catástrofe espantosa, si aquellos dos hombres volvían a chocar.

 Esteban se hubiera muerto cien veces de hambre antes que mendigar un pedazo de pan a su rival. El silencio era abrumador; parecía durar ya una eternidad, a causa de la monótona lentitud con que pasaban aquellas horas sin esperanza. Ya llevaban un día encerrados los tres juntos. La segunda linterna estaba apagada, y encendieron la tercera. Chaval entonces se preparó a comer otro pedazo de pan, mientras mirando a Catalina con ojos ávidos, murmuraba:

 -¡Ven, tonta!

 La joven se estremeció. Para dejarla en libertad, Esteban se había vuelto de espaldas, y viendo que no se movía, le dijo en voz baja:

 -Anda, hija mía.

 Entonces asomaron a sus ojos las lágrimas que hacía tiempo estaba conteniendo. Lloró amargamente, sin tener fuerzas para levantarse, sin saber siquiera si tenía hambre o no, sufriendo grandes dolores en todo el cuerpo. Él se había puesto en pie. Iba y venía de un lado a otro; golpeaba las paredes fuertemente, haciendo la señal de los mineros en peligro, furioso de aquel resto de vida que le obligaban a pasar encerrado con un rival aborrecido. ¡Ni siquiera el consuelo de reventar uno lejos del otro! No podía andar ocho o diez pasos sin tropezar con aquel hombre. Y ella, la infeliz, que era necesario repartírsela aún a la hora de la muerte. Pertenecería al último que muriese: el otro se la volvería a robar, si moría antes que él.

 Aquel tormento no terminaba; la repugnante promiscuidad se agravaba con la confusión de los alientos y de las necesidades íntimas satisfechas en común. Por dos veces Esteban la emprendió a puñetazos con las rocas, como para abrirse camino.

 Pasó otro día más; Chaval se acercó a Catalina, compartiendo con ella el pan que se disponía a comer. La joven mascaba los bocados penosamente; él se los hacía pagar con caricias, en su obstinación de celoso que no quería morir sin volver a poseerla, y allí mismo, delante del otro. Catalina, agotada, se abandonaba a él; pero cuando trató de violentaría, se quejó:

 -¡Oh! ¡Déjame! ¡No puedo, estoy medio muerta!

 Esteban, temblando, había apoyado la frente en la pared para no ver nada. De pronto se volvió, y dirigiéndose al otro, gritó fuera de sí:

 -Si no la dejas, te mato.

-¿Qué te importa a ti esto? Es mi mujer y me pertenece.

 Y estrechándola entre sus brazos, tan fuertemente que la hacía gritar, la besó en la boca repetidas veces, mientras añadía:

 -Déjame en paz, ¿eh? Haz el favor de retirarte un poco, para que hagamos nosotros lo que nos parezca.

 Pero Esteban, con los dientes apretados, exclamó de nuevo:

 -¡Si no la dejas, te ahogo!

 El otro se puso rápidamente en pie porque comprendió por el tono de su voz que la cosa iba de veras. La muerte le parecía demasiado lenta, y era necesario que inmediatamente uno de los dos dejase de vivir. Empezaba de nuevo la batalla en el mismo sitio donde uno de los dos, o los dos quizás, se quedarían para siempre; y tenían tan poco sitio, que no podían blandir los puños sin destrozárselos contra la pared.

 -¡Cuidado -rugió Chaval-; porque esta vez te mato!

 Esteban, en aquel momento, se volvió loco. Sintió algo así como una ola de sangre que le subía de las entrañas a la cabeza, quitándole la vista. Sentía una necesidad imperiosa de matar; una necesidad física, como la excitación de una mucosa produce un golpe de tos. Todo aquello era superior a su voluntad y consecuencia de la lesión hereditaria. Había cogido un pedrusco enorme de carbón; lo levantó con los dos brazos, y, arrojándolo con fuerza, lo dejó caer sobre el cráneo de Chaval.

 Éste, que no tuvo tiempo de hacerse atrás, cayó al suelo con la cara destrozada y el cráneo hecho pedazos. La masa encefálico salpicó el techo de la galería; de la herida manaba un río de sangre. Esteban, con los ojos casi fuera de sus órbitas, contemplaba aquel cadáver sumido en la semioscuridad que reinaba en la galería. Al fin había sucedido lo que temía; al fin había matado a un hombre. Confundido como estaba, recordaba todas sus luchas: aquel combate inútil contra el veneno que dormía en sus músculos, contra el alcohol acumulado en su raza. Sin embargo, no estaba ebrio más que de hambre; la embriaguez continua de sus ascendientes había bastado. Se le erizaba el cabello ante el horror de aquel asesinato, y a pesar de las protestas de su educación, su corazón latía alborozado, con la bestial alegría de un apetito al fin satisfecho. Luego sintió el orgullo de haber sido el más fuerte. ¡También él sabía matar! Catalina lanzó un grito terrible:

 -¡Dios mío! ¡Está muerto!

-¿Lo sientes? -preguntó Esteban con extraña entonación.

 Ella se ahogaba, balbuceaba. Luego vaciló, y cayó en brazos del joven.

 -¡Ah! Mátame a mí también. ¡Ah! ¡Muramos los dos juntos!

 Y se abrazaba a su cuello, y él correspondía al abrazo, y así permanecieron largo rato, como si en efecto aguardasen la muerte en aquel instante. Al cabo de algunos minutos, se desprendieron uno de otro. Luego, mientras ella se tapaba los ojos con las manos, él arrastró el cadáver hasta la entrada del plano inclinado, para quitarlo de aquel rincón estrecho, donde aún era necesario permanecer quién sabe cuánto tiempo. La vida se habría hecho imposible con aquel muerto a sus pies. Ambos se estremecieron al oír el sordo ruido que produjo el cuerpo de Chaval cuando cayó en el agua.

 Al cabo de un rato vieron que la inundación, siempre creciente, invadía el trozo de terreno donde se refugiaban.

 La lucha empezó de nuevo. Habían encendido la última linterna que les quedaba; el agua no tardó en subirles hasta las rodillas. Como la galería estaba en cuesta, subieron a la parte superior, lo cual les dio un respiro de algunas horas. Pero la inundación crecía, y pronto se vieron mojados hasta la cintura. En pie, horrorizados, con la espalda pegada a la pared, contemplaban la crecida, sin saber qué hacer. Cuando el agua les llegase a la boca todo concluiría.

 De pronto reinó profunda oscuridad: se había consumido la última gota de aceite de la última linterna que tenían.

 Oscuridad completa, absoluta; la oscuridad de la tierra, donde habían de quedar enterrados sin volver a ver jamás la luz del día. 

-¡Maldita sea!... -juró sordamente Esteban.

 Catalina se apretaba contra él, como buscando protección, y repetía en voz baja una frase usual entre los mineros: 

-La muerte apaga la linterna.

 Ante aquella amenaza, su instinto luchó con bríos; sentía un deseo febril de vivir. Esteban empezó a abrir un agujero en la hulla con ayuda del mango de la linterna, en tanto que Catalina hacía lo mismo con las uñas. De ese modo hicieron una especie de banquillo en alto, donde poder sentarse; y cuando se vieron en él, los dos se encontraron sentados, con las piernas colgando, la espalda encorvado y la cabeza pegada al techo de la galería. El agua no les mojaba más que los talones; pero pronto experimentaron una terrible sensación de frío en todo el cuerpo. En el banco que habían hecho, la humedad era tanta, que estaba muy resbaladizo y les obligaba, a sujetarse bien para no caer. Se acercaba el final. ¿Cuánto tiempo esperarían la muerte metidos en aquel nicho, sin atreverse a hacer movimiento alguno, extenuados, hambrientos, sin pan y sin luz? Lo que más les hacía sufrir, era la oscuridad.

 Las horas transcurrieron monótonamente, sin que ninguno de los dos pudiera darse cuenta de su duración. Ya no tenían esperanza alguna de salvación; todo el mundo ignoraba su presencia en aquel sitio, todos estaban en la imposibilidad de llegar allí, y el hambre acabaría con ellos, si por casualidad la inundación les perdonaba.

 Quisieron hacer otra tentativa, dando golpes en la pared, como antes; pero la piedra de que se sirvieran se había quedado abajo.

 Además, ¿quién había de oírlos? Catalina, resignada, apoyó su dolorida cabeza contra la pared de carbón. De pronto se estremeció violentamente.

 -¡Escucha! -murmuró en voz baja-. ¡Escucha!

 Esteban pegó la oreja a la pared. Uno y otro quedaron inmóviles, llenos de ansiedad... No, no se equivocaban...

 Allá, a lo lejos, muy lejos, acababan de sonar tres golpes. No sabían cómo contestar. Entonces Esteban tuvo una idea.

 -Puesto que tienes los zuecos, da golpes con los talones.

 Así lo hizo ella; volvieron a escuchar, y distinguieron otra vez el ruido de los tres golpes lejanos. Veinte veces hicieron la prueba, y las veinte les contestaron. Los dos estaban llorando; se abrazaban y se besaban, a riesgo de perder el equilibrio. Por fin sus amigos, sus compañeros, estaban allí y corrían a socorrerlos. Aquello fue un desbordamiento de gozo y de amor, que mataba los tormentos pasados, como si sus salvadores estuviesen tan cerca, que no necesitaran más que empujar un bloque para abrirles paso.

 Poco a poco fueron desanimándose otra vez, y pensando en el tiempo que se necesita para perforar un metro en el espesor de las capas de carbón, comprendieron que de ningún modo podrían estar vivos cuando llegara el auxilio generoso de sus amigos.

 Pasó un día y luego otro. Llevaban seis allí enterrados. El agua que se había detenido cuando les llegaba por la rodilla, no subía ni bajaba; sentían las piernas metidas en aquel baño de hielo.

 La pobre Catalina sufría horriblemente por efecto del hambre. Se llevaba las manos a la garganta, como si quisiera ahogarse, y no podía contener los quejidos que le arrancaban aquellos dolores espantosos que sentía en el estómago. Esteban, acosado por el mismo tormento, palpaba febrilmente en la oscuridad; de pronto, sus dedos tropezaron en un pedazo de madera, sin duda resto de algún puntal medio podrido, y sus uñas se clavaron en él para arrancarle las hebras. Dio un puñado de ellas a Catalina, que se las comió con glotonería. Dos días vivieron comiendo de aquella madera podrida; la devoraron toda entera, y se desesperaron al ver que se había acabado. Entonces creció su suplicio: estaban rabiosos de no poder comerse la ropa que cubría sus cuerpos; un cinturón de cuero que Esteban llevaba puesto, los consoló un poco. El joven fue cortando pedacitos de él con las uñas; Catalina los mordía, los mascaba, y acababa por tragárselos, entreteniendo sus mandíbulas, y acariciando la ilusión de que estaba comiendo. Cuando se acabó el cinturón, se consolaron chupando un pedazo de tela de sus blusas.

 Pero pronto aquellos violentos gritos del estómago se calmaron; el hambre se convirtió en un dolor profundo pero sordo, en el agotamiento lento y progresivo de las pocas fuerzas que les quedaban. Sin duda hubieran muerto antes a no ser porque tenían toda el agua que deseaban. Les bastaba bajarse un poco, para beber en la palma de la mano y, aunque lo hacían veinte veces seguidas, se sentían abrasados por una sed tal, que toda aquella agua no parecía bastar a saciarla.

 El séptimo día, Catalina se inclinaba para beber, cuando dio con la mano en un cuerpo flotante.

 -Mira, Esteban... ¿Qué es esto?

 Esteban tanteó en las tinieblas.

 -No comprendo; parece la cubierta de una puerta de aireación.

 Catalina bebió, pero, como sumergiera la mano por segunda vez, el cuerpo extraño volvió a chocar con su mano.

 -¡Es él, santo Dios! -exclamó, lanzando un grito terrible. -¿Quién?

-Él; ya te lo puedes figurar... He sentido su bigote.

 Era el cadáver de Chaval, arrastrado hasta allí por la corriente. Esteban alargó el brazo y pudo sentir también el bigote y la nariz aplastada. Un estremecimiento de repugnancia y de terror le sacudió. Presa de una náusea incontenible, Catalina había escupido el agua que le quedaba en la boca. Le parecía como si hubiese bebido sangre, y, como si toda aquella agua profunda ante ella fuese ya la sangre de aquel hombre.

 -Espera -tartamudeó Esteban- voy a echarlo de aquí.

 Y empujó con el pie el cadáver, que se alejó. Pero pronto lo volvieron a sentir junto a sus piernas.

 -¡Maldita sea!... ¿Te irás de una vez?

 La tercera vez, lo dejaron ya. Por lo visto, una corriente en aquel sentido lo empujaba. Chaval no quería irse, quería estar con ellos, junto a ellos. Fue una pavorosa compañía, que acabó de emponzoñar al aire. Durante toda aquella jornada, no bebieron, luchando contra la sed, prefiriendo morir; y sólo al día siguiente la tortura horrible que sufrían les decidió a hacerlo. Verdad es que a cada sorbo apartaban el cadáver; pero bebían sin embargo. Realmente, no valía la pena de romperle la cabeza, para que luego volviera así entre ellos, con la testarudez de sus celos. Hasta el final estaría pues allí, ante ellos, vivo o muerto, para impedirles estar juntos.

 Otro y otro día transcurrieron. Catalina lloraba mucho, y estaba abatidísima, hasta que acabó por caer en un estado de somnolencia invencible. Esteban la despertaba; la muchacha decía torpemente algunas palabras, y se quedaba otra vez dormida, sin levantar siquiera los párpados; y temiendo que se cayese y se ahogara, la cogió por la cintura. Él era quien tenía ahora que contestar a las señales hechas por los compañeros que trabajaban para salvarlos. El ruido se aproximaba cada vez más; los golpes de las picas y de las palas se oían a sus espaldas muy claramente. Pero también sus fuerzas disminuían por momentos, y ya no tenía ni valor para contestar a las señales que hacían sus salvadores. Ya sabían que estaban allí; ¿para qué cansarse más? Ya no tenía interés ni siquiera en que llegasen. A fuerza de esperar tanto, acababa por olvidarse durante horas y horas de lo mismo que esperaba.

 Algún tiempo después tuvo un consuelo. El nivel del agua descendía considerablemente. Hacía nueve días que trabajaban para salvarlos y por primera vez, desde entonces, gracias al descenso de las aguas, podían dar unos cuantos pasos por la galería cuando una conmoción espantosa los tiró al suelo. Se buscaron en la oscuridad y abrasándose estrechamente, locos de terror, permanecieron un gran rato creyendo que la catástrofe se reproducía. Todo quedó en silencio; hasta el ruido de los trabajos que los habían de salvar cesó de repente. En el rincón donde se habían acurrucado, Catalina rompió en una estridente carcajada.

 -¡Qué hermoso día debe hacer en la calle!... Ven; salgamos de aquí.

 Esteban, al principio, trató de cambiar aquel acceso de locura; pero su cabeza, aunque más sólida que la de ella, se contagió, y el joven perdió la exacta sensación de la realidad. Todos sus sentidos se trastornaban, sobre todo los de Catalina, agitada por la fiebre, atormentada ahora por la necesidad de hablar y de hacer gestos. Los zumbidos de sus oídos se habían convertido en murmullos de agua corriente, en gorjeos de pájaros, y percibía un fuerte perfume de hierbas campestres, y veía claramente grandes manchas de fresco verdor, tan grandes que se figuraba estar en el campo, a las orilla del canal, paseando por los trigos, disfrutando de un sol espléndido.

 -¿Eh? ¡Qué colorcito hace!... ¡Cógeme en tus brazos, y estemos juntos, muy juntos, siempre, siempre!

 Esteban la abrazaba y ella se estrechaba contra él; continuaba aquella alegre charla de mujer dichosa.

 -¡Qué tontos hemos sido esperando tanto! Desde el primer momento te quise, y tú, sin comprenderlo, retrasaste nuestra felicidad... Luego... ¿te acuerdas de aquellas noches que pasábamos en claro, llenos de deseos que jamás satisficimos?

 Esteban se sintió contagiado de aquel fingido buen humor, y bromeaba, evocando los recuerdos de sus angustias y de sus desafortunados amores.

 -¡Me pegaste una vez, sí, sí! -murmuró-; ¡me diste de bofetadas en los dos carrillos!

-Porque te quería con toda mi alma -murmuró Catalina-. Quería dejar de pensar en ti, y me decía cien veces que todo estaba acabado; bien sabía yo que al fin y al cabo seríamos el uno del otro... Pero se necesitaba una ocasión, una oportunidad, ¿no es cierto?

 Esteban guardaba silencio.

 -¿De modo que me quedaré ahora contigo? -continuó ella-. ¿Ya no nos separaremos más?

 Estaba tan desfallecida, que apenas podía hablar. Él, asustado, la estrechó contra su corazón.

 -¿Te sientes mal? ¿Sufres mucho? Ella se incorporó asombrada. -¿Sufrir? ¡No por cierto! ¿Por qué?

 Pero aquella pregunta la sacó de su sueño, y mirando desesperada a la oscuridad, se retorció las manos, invadida por otro acceso de tristeza.

 -¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué oscuro está! 

Ya no eran los trigos, ni el olor a hierbas campestres, ni el canto de las alondras, ni los rayos del sol; era la mina inundada, destruida, convertida en el sepulcro donde agonizaban desde hacía tantos días. 

La perversión de sus sentidos aumentaba el horror; se sintió presa de las supersticiones de su infancia, y vio al Hombre Negro, aquel minero viejo que a lo mejor aparecía en las minas para castigar a las muchachas de mala conducta.

 -Escucha... ¿Has oído?

-No; nada oigo.

-Sí, el Hombre Negro... ¿No sabes? ¡Mira! ¡Allí está!... Allí, dispuesto a vengar a la mina del daño que acaban de hacerle. ¡Oh! ¡tengo miedo.... mucho miedo!

 Durante largo rato estuvo callada. Luego, continuó en voz baja: -Pero no... es el otro.

 -¿Qué otro?

-El que estaba con nosotros.... el que ya no volverá.

 La imagen de Chaval la perseguía, y hablaba confusamente de él; relataba la vida de perros que le daba; recordaba el único día que estuviera amable con ella en Juan-Bart, y los demás días pasados entre caricias y golpes.

 -Te digo que viene, y que nos impedirá reunirnos... ¡Ah!... Vuelve a tener celos... ¡Oh! ¡Échale; que yo esté sola contigo y con nadie más!

 Impetuosamente, se colgó a su cuello, buscó la boca de Esteban, y pegó a ella la suya apasionadamente, como si quisiera beber su aliento. Creyó que se disipaban las tinieblas otra vez y que de nuevo veía el sol. Sonrió de ese modo que sólo pueden hacerlo las mujeres enamoradas. Él, estremecido, sintiéndola tan cerca de sí, medio desnuda, con aquel traje de hombre hecho pedazos, la abrazó en un inesperado despertar de su virilidad. Aquella fue su noche de bodas, celebrada en una tumba, sobre aquel suelo fangoso, obedeciendo a la necesidad de no morirse sin haber sido felices siquiera un momento. Se amaron en el instante de desesperar de todo, en el momento de la muerte.

 Todo quedó tranquilo después. Esteban seguía sentado en el suelo, en el mismo rincón, con Catalina sobre sus rodillas, acostada e inmóvil. Horas y más horas transcurrieron de aquel modo. Durante mucho tiempo creyó que estaba dormida; luego la tocó, y la sintió fría... Estaba muerta. Y sin embargo, Esteban no se movía, como si temiera despertarla. La idea de que era el primero que la había poseído después de ser mujer, y de que acaso se hallaba embarazada, le conmovía profundamente. 

Pero poco a poco sus fuerzas se iban agotando. No tenía conciencia de dónde estaba, ni de qué le sucedía. Muy cerca de él se sentían los golpes enérgicos de los picos que perforaban la roca; pero, además de que tenía pereza de levantarse, le faltaban fuerzas para ello. 

Pasaron otros dos días; Catalina, desde luego, no se había movido: él seguía acariciándola maquinalmente, sin darse cuenta de que estaba muerta.

 De pronto se estremeció. Se oían voces: pedazos de roca cayeron a sus pies, y cuando un instante después vio una luz, se echó a llorar. No pudo moverse de su sitio; pero sus amigos se lo llevaron de allí y empezaron a darle a la fuerza cucharadas de caldo. Hasta que llegó a la galería de Réquillart, no reconoció al ingeniero Négrel, que estaba en pie delante de él; y aquellos dos hombres que se despreciaban, el obrero sublevado y el jefe escéptico, se echaron uno en brazos del otro y lloraron, en la sacudida profunda de la humanidad que había en ellos. Era una tristeza inmensa, la miseria de varias generaciones, el exceso de dolor que puede traer la vida. 

Arriba, en medio del campo, la viuda de Maheu, arrodillada junto al cadáver de Catalina, dio un grito, luego otro, luego otro, y después una serie de largos quejidos que partían el alma.

 Ya habían sacado varios cadáveres que estaban colocados en fila: Chaval, a quien se supuso aplastado por un desprendimiento del techo de la galería, un aprendiz y dos cortadores igualmente destrozados. Algunas mujeres, confundidas con la muchedumbre, perdían el juicio, se desgarraban los trajes y se mesaban el cabello. Cuando lo sacaron de allí, después de haberlo ido gradualmente acostumbrando a la luz y después de darle algún alimento, Esteban apareció flaco, cadavérico, con el cabello completamente blanco, y todos se separaban respetuosamente ante aquel anciano.

 La viuda de Maheu cesó de llorar un momento, para mirarle con expresión estúpida, los ojos desmesuradamente abiertos.

 VI

Eran las cuatro de la mañana. La noche fresca de abril iba templándose a medida que se acercaba el alba. En el cielo sereno palidecían las estrellas, mientras que la claridad de la aurora ponía el horizonte de color de púrpura.

 Esteban seguía con paso rápido el camino de Vandame. Acababa de pasar seis semanas en una cama del hospital de Montsou. Aunque pálido todavía y muy delgado, se sentía con fuerzas para marcharse, y se marchaba. La Compañía, que, fiel a sus proyectos, continuaba despidiendo gente con prudencia, le había dicho que no podía darle trabajo en las minas. Lo único que le daba, al mismo tiempo que le ofrecía una ayuda de cien francos, fue el consejo paternal de que abandonase el trabajo de las minas porque para el estado delicado de su salud era demasiado penoso. Esteban había rehusado los cien francos. Una carta de Pluchart contestando a otra suya, acababa de llamarle a París, y de llevarle el dinero para el viaje. Aquella era la realización de sus sueños. La noche antes, al salir del hospital, había dormido en casa de la viuda Désir. Se levantó muy temprano, porque deseaba despedirse de sus compañeros antes de ir a tomar el tren que salía a las ocho de Marchiennes.

 De cuando en cuando Esteban se detenía en el camino a respirar el aire puro de la primavera. No había vuelto a ver a nadie; solamente la viuda de Maheu estuvo un día en el hospital; sin duda luego no pudo volver. Pero sabía que toda la gente del barrio de los Doscientos Cuarenta trabajaba ahora en Juan-Bart.

 Poco a poco los desiertos caminos iban poblándose; mineros y más mineros pasaban junto a Esteban dirigiéndose silenciosos a su trabajo. La Compañía, según públicamente se aseguraba, abusaba de su triunfo. Después de dos meses y medio vencidos por el hambre, tuvieron que pasar por todo, incluso por la tarifa nueva, aquella disimulada disminución de los jornales, más odiosa ahora, porque había costado la vida a muchos compañeros. Les robaban una hora de trabajo, les hacían faltar a su juramento de no someterse, y este perjurio, impuesto e inevitable, les amargaba. Ya se trabajaba en todas partes; en Mirou, en La Magdalena, en Crevecoeur, en La Victoria. Pero en el ademán sombrío de aquellas masas de obreros que se encaminaban a las minas, se adivinaba que todos rechinaban los dientes con disimulo, que sus corazones rebosaban de odio y deseo de venganza, y que en su actitud no había más resignación que la impuesta por las necesidades del estómago.

 Cuanto más se acercaba Esteban a la mina, mayor era el número de obreros que encontraba. Casi todos iban solos; los que iban en grupos caminaban en silencio, cansados de sí mismos y de los demás.

Cuando llegó a Juan-Bart, aún no había amanecido del todo.

 Entró en la mina, y atravesó la escalera del departamento de cerner, para entrar en el de la boca del pozo.

 Empezaban a bajar los obreros. Un momento permaneció inmóvil en medio de la agitación y el ruido que siempre se produce mientras dura esa operación; porque entre la multitud de gente que allí había no vio ninguna cara amiga. Los que estaban esperando turno en el ascensor le miraban con cierta inquietud, y bajaban enseguida la vista, como si su presencia les causara vergüenza. Sin duda le reconocían, y no le guardaban rencor. Antes al contrario, parecían temerle y avergonzarse ante la idea de que su antiguo jefe pudiera tacharlos de cobardes.

 Aquella actitud le conmovió, y ya perdonaba a aquellos miserables que le habían insultado, y casi acariciaba de nuevo la idea de transformarles en héroes, de dirigir aquel pueblo, al cual consideraba como una fuerza natural que se devoraba a sí mismo.

 Cuando aquella tanda de obreros desapareció por la boca de la mina, y entró en la sala una nueva tanda, vio a uno de sus lugartenientes durante la huelga, uno que había jurado morir antes que someterse.

 -¡También tú! -murmuró Esteban asombrado. El otro palideció y con voz temblona le contestó: -¿Qué quieres? Tengo mujer.

 Sus amigos y conocidos fueron llegando unos después de otros. -¡Tú también! ¡Tú también! ¡Tú también! -decía a cada momento.

 Y todos balbuceaban con voz torpe:

 -¡Tengo madre!... ¡Tengo hijos!... ¡Hay que comer!...

-¿Y la viuda de Maheu? -preguntó Esteban.

 Nadie contestó. Sólo por señas dijeron que debía llegar de un momento a otro. Algunos levantaron los brazos en ademán de compadecerla: ¡ah!, ¡pobre mujer!, ¡cuánta desgracia!, ¡cuánta miseria! Hubo un momento de silencio, y cuando su antiguo jefe les dio la mano en son de despedida, todos se la estrecharon con efusión, todos pusieron en aquel apretón de manos la rabia silenciosa de haber cedido, y la febril esperanza de un desquite. La jaula del ascensor estaba dispuesta. Se llenó de gente, y desapareció en la oscuridad del pozo.

 En aquel instante apareció Pierron llevando en la mano una linterna de capataz. Hacía ocho días que era jefe de una brigada en Juan-Bart, y todos los obreros se separaban a su paso, porque el ascenso le había hecho tan orgulloso, que nadie podía sufrirle.

 El encuentro con Esteban le contrarió; pero a pesar de eso, se acercó a él para saludarlo, y se tranquilizó cuando le oyó decir que iba a despedirse. Hablaron de todo un poco. Su mujer había comprado el cafetín del Progreso, gracias al apoyo de los señores de la Compañía, que seguían distinguiéndola mucho. Pero se interrumpió para regañar al tío Mouque, a quien acusaba de no haber bajado el pienso para los caballos a la hora reglamentaria. El pobre viejo lo oía con la espalda encorvado y bajando la cabeza. Luego, antes de bajar, sofocado con aquella reprimenda, estrechó también la mano de Esteban, con tanta efusión como los demás, dándole un apretón en el que había mucho de promesa de aprovechar la primera ocasión que se presentara para vengarse, y aquella mano que estrechaba la suya, aquel pobre viejo que le perdonaba la muerte de sus dos hijos, le emocionó de tal manera, que lo vio desaparecer por el pozo sin haberle podido decir una palabra.

 -¿No viene hoy la viuda de Maheu? -preguntó a Pierron al cabo de un momento. Éste hizo como que no oía, pues sólo con hablar de ella podía uno llamar sobre sí la mala sombra. Luego, alejándose de allí con el pretexto de dar una orden:

-¿No preguntabas por la Maheu?... Ahí viene.

 Y, en efecto, la pobre mujer salía de la barraca, con la linterna en la mano, vestida de hombre, y con el cabello oculto por un pañuelo atado cuidadosamente. Era una excepción que la Compañía, siempre caritativa, había hecho en consideración a ella, permitiéndole trabajar a los cuarenta años, debido a sus terribles desventuras; y como parecía difícil emplearla otra vez en el arrastre, la habían destinado a manejar un pequeño ventilador instalado poco antes en la galería Norte, en aquellas regiones infernales, debajo del Tartaret, en las cuales se hacía difícilmente la renovación del aire. Ganaba treinta sueldos.

 Cuando Esteban la vio con aquel traje de hombre que le sentaba ridículamente, no encontró palabras con que decirle que se marchaba, y que no había querido dejar de despedirse de ella.

 La pobre viuda lo oyó sin escucharlo, y luego dijo tuteándolo:

 -¡Eh! ¿Te asombra verme así?... Es verdad que amenacé a los míos con ahogarlos si volvían a trabajar; ahora trabajo yo también, y, por lo tanto, debía ahogarme a mí misma... ¡Ah! Ya lo hubiese hecho, si no tuviese en casa al pobre viejo y a los niños.

 Continuó hablando con voz cansada. No buscaba excusas ni pretextos; no hacía más que relatar sencillamente las cosas, diciendo que habían estado a punto de morirse todos, y que se había decidido a trabajar para que no la echasen de la casa.

 -¿Qué tal está el viejo? -preguntó Esteban.

-El pobre no da trabajo, pero su cabeza está cada vez peor.. ¿Ya sabes que salió bien de la causa aquella de asesinato? Quisieron llevarlo a un manicomio, pero yo no quise, temiendo que acabaran de matarlo... Todo aquello, sin embargo, nos ha hecho mucho daño, pues se niegan a concederle la pensión, porque sería inmoral dársela, según me dijo el otro día un señor en la Dirección.

-Y Juan, ¿trabaja?

-Sí, le han buscado una colocación arriba, para que no tenga que bajar a la mina. Gana veinte sueldos... ¡Oh! No me quejo; demasiado buenos han sido los jefes, como ellos mismos me explicaron... Los veinte sueldos del muchacho y los treinta míos, son cincuenta. Si no fuéramos seis personas, tendríamos para comer. Estrella devora ya, y lo malo es que habrá que esperar cuatro o cinco años antes de que Leonor y Enrique tengan edad para venir a la mina.

Esteban no pudo dominar un gesto doloroso. -¡Ellos también!

 Las pálidas mejillas de la viuda se colorearon rápidamente, y de sus ojos brotó una chispa; pero pronto pasó aquel relámpago, y bajó la cabeza como anonadada bajo el peso del destino.

 -¿Qué quieres? -dijo-. Ellos, después de nosotros... todos han dejado aquí la piel; ahora les toca a los pequeños.

-¡Vamos, vamos, holgazanes! -gritó Pierron-. Embarcad de una vez, o no acabaremos de bajar hoy.

 La viuda de Maheu, a quien se dirigía, no se movió y sin hacerle caso, ni fijarse si bajaba el ascensor, siguió hablando con Esteban.

 -¿Así que te vas?

-Sí, ahora mismo.

-Tienes razón. El que puede, debe marcharse a otra parte... Me alegro mucho de verte, porque al menos te irás sabiendo que no te odio. Hubo algunos días, después de aquella matanza terrible, en que te aborrecí; pero luego he reflexionado y he comprendido que aquello no fue culpa de nadie... No, no fue culpa tuya; fue de todos.

 Y hablaba tranquilamente de sus muertos, de su marido, de Zacarías, de Catalina; y solamente se vieron sus ojos arrasados en lágrimas al pronunciar el nombre de Alicia. Había vuelto a su calma de mujer razonable, y miraba las cosas sin pasión de ningún género. Estaba segura de que los burgueses pagarían alguna vez aquellas matanzas de infelices, sin necesidad de que nadie se metiese a precipitar los acontecimientos, que llegarían por sus pasos contados; entonces, tal vez los soldados hicieran fuego contra los señores, como lo habían hecho antes contra el pueblo. Y en su resignación secular, en aquella herencia de disciplina que la hacía bajar la cabeza, otra vez había nacido la seguridad absoluta de que tales injusticias no podían continuar por más tiempo y que, si no había ya un Dios misericordioso, surgiría otro para vengar a los pobres.

 Hablaba en voz muy baja, mirando a todas partes con recelo y desconfianza. Luego, al ver que Pierron se aproximaba a ellos, añadió levantando la voz:

 -¡Bueno! Pues si te vas, tienes que recoger de casa lo que hay allí tuyo... Dos camisas, tres pañuelos y un pantalón viejo.

 Esteban rehusó con un gesto aquellos trapos que no habían querido los prestamistas.

 -Eso no vale la pena; compónlo para los niños... En París ya me arreglaré.

 Como el ascensor había hecho otros dos viajes, Pierron se decidió a interpelar directamente a la viuda.

 -¡Eh! Que te están esperando abajo. ¿Acabarás de hablar de una vez?

 Pero ella le volvió la espalda. ¡Qué afán el de aquel bribón de meterse en lo que no le importaba! Bastante lo aborrecía ya la gente de su brigada, para ir a crearse antipatías entre los demás.

 Ni Esteban ni ella sabían qué decir. Sin embargo, continuaban mirándose mutuamente, como si desearan decirse todavía más cosas.

 Al fin ella, por hablar, dijo:

 -La mujer de Levaque está embarazada; su marido sigue preso, y entre tanto Bouteloup le reemplaza.

-¡Ah!, sí, Bouteloup.

-¿No te lo han contado?... Filomena se escapó. -¿Cómo que se escapó?

-Sí, con un minero del Paso de Calais. Pasé un susto, temiendo que me dejara los dos niños. Pero no, se los ha llevado... ¡Una mujer tísica que escupe sangre!

 Se detuvo un momento, hablando con más lentitud:

 -¡Qué cosas no habrán dicho también de mí! -añadió...- ¿Te acuerdas cuando decían que dormías conmigo? Después de muerto mi marido, quizás hubiera sucedido, si yo fuese más joven, ¿no es cierto? Pero ahora me alegro de no haberlo hecho, porque tendríamos que sentirlo.

 -Sí, es cierto -contestó Esteban.

 Ya no hablaron más. La jaula del ascensor estaba esperando; la llamaron a gritos, amenazándole con una multa, y no tuvo más remedio que bajar, después de un fuerte apretón de manos con Esteban. Éste, muy conmovido, siguió con la mirada aquel pobre cuerpo deformado por la miseria y la excesiva fecundidad, grotesco en su atavío masculino. Y en aquel último apretón de manos ambos pusieron su fe común en el porvenir, la certidumbre de ganar con el tiempo la partida.

 Entonces Esteban salió de la mina; una vez en el campo, contempló un momento el camino. Multitud de ideas encontradas cruzaban su cerebro. Pero experimentó la sensación del aire libre, y respiró con fruición. El sol radiante asomaba en el horizonte. La mañana era magnífica, y a propósito para inspirar esperanzas.

 Esteban las tuvo, y acariciándolas, acortó el paso, mirando a derecha e izquierda, para disfrutar de aquella alegría primaveral. Pensaba en sí mismo; se consideraba fuerte, madurado por su triste experiencia en el fondo de la mina. Su educación era ya completa, y salía de allí armado, como soldado razonador de la revolución que declaraba la guerra a la sociedad tal como la veía, tal como la condenaba. El gozo de reunirse con Pluchart, de ser, como Pluchart, un jefe considerado, le inspiraba discursos, cuyas frases hilvanaba en alta voz. Pensaba en ensanchar su programa; el refinamiento burgués, que le había sacado de su esfera, lo lanzaba a un odio más grande a la burguesía. Él mostraría a aquellos obreros, cuya vida miserable le repugnaba ahora, como algo grande y glorioso, la única parte noble y sana de la humanidad. Ya se veía en la tribuna triunfando con el pueblo y respetado por él. 

Un canto de alondra en las alturas le hizo levantar la cabeza hacia el cielo. Sin saber por qué, se le aparecieron entonces las imágenes de Souvarine y de Rasseneur. Decididamente todo se echaba a perder cuando cada cual tiraba por su lado, y pretendía erigirse en jefe. Así por ejemplo, aquella famosa Internacional que debía haber renovado el mundo, abortaba de impotencia, después de haber dividido su poderoso ejército a causa de las rivalidades personales. ¿Tendría Darwin razón? ¿No sería este mundo más que una batalla, en la cual los grandes se comían a los pequeños para mejoramiento y continuación de la especie? Esta pregunta le turbaba, como una seria objeción científica. Pero una idea repentina disipó sus dudas; la de interpretar aquella teoría la primera vez que hablase en público en el sentido de que si alguna clase debía comerse a otra, sería ciertamente el pueblo, que al fin y al cabo era vigoroso y joven, y no la burguesía, caduca y pervertida. La sangre nueva engendraría una nueva sociedad. Y en aquel esperar una invasión de los bárbaros que regenerase las viejas nacionalidades caducas, reaparecía su fe absoluta en una revolución próxima, la verdadera, la de los trabajadores, aquélla que hacia fines del siglo arrollaría todo lo existente en estas sociedades.

 

Perdido en estas reflexiones, continuaba su camino contemplando con instintiva satisfacción todos aquellos parajes donde había ejercido el papel de jefe de un ejército sublevado. Ahora empezaba de nuevo el trabajo brutal y mal pagado. Allí debajo, a setecientos metros de profundidad, se movía un ejército de obreros, el que acababa de ver bajar por el ascensor de Juan Bart, derrotado por sus enemigos y sujeto por ellos a su esclavitud de antes. Estaban vencidos, pero en París no se olvidarían las víctimas de la Voreux, y la sangre del Imperio correría también de aquella herida incurable; y si bien la crisis industrial tocaba a su fin, y las fábricas iban abriendo sus puertas una después de otra, no por eso quedaba menos en pie el estado de guerra; la paz era imposible ya. Los mineros habían hecho cuentas, habían probado sus fuerzas, y sobrecogido de terror a los burgueses con sus gritos pidiendo justicia. Así es que su derrota no satisfacía a nadie. la clase media de Montsou, poco gozosa de su victoria, no se atrevía a darse la enhorabuena, temiendo que el día menos pensado se reproducirían las escenas terribles de la huelga, comprendiendo que la revolución no agachaba la cabeza y que los obreros simulaban paciencia y resignación sólo por tomarse el tiempo de organizarse convenientemente. Lo ocurrido allí era un empujón dado a la sociedad en ruinas, y los burgueses, que la habían sentido crujir, temían nuevas sacudidas desastrosas e incesantes, que echarían abajo este edificio, como los hundimientos de la Voreux acabaron con la mina y con toda la riqueza que ella encerraba.

 

Esteban tomó a la izquierda del camino de Joiselle. El trabajo estaba normalizado en todas partes. De un extremo a otro de aquellas ciudades subterráneas, miles de obreros exponían su vida y su salud en provecho de unos cuantos. Ello le hizo pensar que quizás fuera un mal sistema el de la violencia. ¿Para qué cortar tantos cables, y apagar tantas calderas y arrancar tantos rieles? ¡Tarea inútil! Adivinaba, aunque vagamente, que pronto la legalidad daría resultados más eficaces. Su razón estaba ya madura, habiendo superado las malas pasiones y el rencor. Sí, la viuda de Maheu decía bien; era necesario organizarse tranquilamente, conocerse, reunirse en sindicatos, al amparo de las leyes; luego, una mañana, cuando un ejército de millones de trabajadores, conscientes de su fuerza, presentara batalla a unos cuantos miles de haraganes y parásitos, ¿qué había de suceder? Que aquéllos serían los amos y lograrían el poder. ¡Ah!, ¡qué triunfo de la verdad y la justicia!

 

Esteban abandonó el camino de Vandame para tomar la carretera. A la derecha veíase Montsou; en frente de él los escombros de la Voreux; allá en el horizonte, las otras minas, La Victoria, Santo Tomás, Feutry-Cantel, mientras hacia el norte las altas chimeneas de las fábricas humeaban en el aire transparente de aquella mañana primaveral.

 Si no quería perder el tren de las ocho, tenía que apresurar el paso, porque aún le faltaban seis kilómetros que recorrer para llegar a la estación. Echó a andar más de prisa, contemplando el espectáculo grandioso de la naturaleza, que a tal punto contrastaba con la vida sombría de aquel pueblo subterráneo de esclavos.

 Pero allí abajo también crecían los hombres, un ejército oscuro y vengador, que germinaba lentamente para quien sabe qué futuras cosechas, y cuyos gérmenes no tardarían en hacer estallar la tierra.

FIN

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Germinal


 


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