Selecciona acá para volver al inicio

Capítulos XXI a XXV

XXI

«Exploración de «Deception-bay». -«Bear-rock harbour.» - Proyectos de vuelta a «French-den.» -Reconocimiento por el Norte de la isla. -El «North-creek.» -Espantosa borrasca. -Noche de alucinaciones. -Al amanecer.

El principal cuidado de nuestros muchachos cuando se levantaron, fue el de bajar por la corriente del agua hasta la embocadura del río, y cuando llegaron no pudieron menos de mirar con avidez aquel mar que veían por primera vez.

Estaba desierto.

-Y sin embargo, dijo Don han, si, como todo lo hace creer, la isla Chairmán no se halla lejos del continente americano, las naves que salen del estrecho de Magallanes yendo hacia los puertos de Chile y del Perú tienen que correrse al Oriente, y he aquí una razón más para que vivamos en esta costa, que si bien ha recibido de Briant el nombre de Deception-bay, espero que no justificará por mucho tiempo una denominación de tan mal agüero.

Aun cuando Doniphan, al hablar de tal modo, procuraba quizás dar una disculpa o a lo menos un pretexto por haberse separado de sus compañeros de French-den, a verdad es que, bien considerado, tenía razón al decir que era probable el paso de algún buque por aquella parte del Pacífico al oriente de la isla Chairmán, para arribar a los puertos de la América del Sur.

Doniphan observó el horizonte con el anteojo, visitó después la embocadura del East-river y vio, como lo había visto Briant, que la Naturaleza había formado allí un puertecito, en el que cualquier buque podía estar al abrigo del viento y del embate de las olas. Si el Sloughi hubiese arribado a aquella parte de la isla Chairmán, hubiera sido fácil impedir que encallara y conservarle intacto para utilizarlo en ocasión propicia.

Detrás de las rocas que formaban el puerto se agrupaban los primeros árboles del bosque, que se extendían, no sólo hasta el lago, sino también en dirección al Norte, en donde la mirada no distinguía otra cosa que un horizonte de verdura. En cuanto a las aberturas o grutas de las masas graníticas del litoral, Briant no había exagerado, y, por lo tanto, no tenían más que escoger; así es que Doniphan, encontrando prudente no alejarse mucho del río, se decidió por una, que además era tan abrigada, por lo menos, como French-den, con la ventaja de que tenía más amplitud, pues comprendiendo una serie de concavidades anejas, se podrían hacer habitaciones separadas, destinadas a varios usos y servicios.

Aquel día fue empleado en explorar la costa en una extensión de dos millas. Doniphan y Cross mataron algunos tinamous, mientras que Wilcox y Webb pescaban en el East-river, cerca de su embocadura, en donde cogieron media docena de peces y algunos mariscos que abundaban entre las rocas. No les faltarían pues, variados alimentos en su nueva morada.

Nuestros lectores no habrán olvidado que en su excursión a la embocadura del río, Briant había subido a una altísima roca, que presentaba la forma de un oso gigantesco. Doniphan se admiró de aquella singular hechura, y como toma de posesión bautizó el puertecito dominado por aquella enorme piedra con el nombre de Bear-rock-harbour, o esa puerto de la roca del oso, que figura ahora en el mapa de la isla Chairmán.

Doniphan y Wilcox subieron por la tarde a Bear-rock para examinar detenidamente la bahía; pero nada extraordinario vieron, ni tierra, ni buque, ni siquiera aquella mancha blancuzca de que había hablado Briant.

Comieron al anochecer debajo de un magnífico grupo de árboles, cuyas ramas caían sobre el río, y después trataron de esta cuestión: ¿Convenía volver inmediatamente a French-den para traer los objetos necesarios a su instalación definitiva en la gruta de Bear-rock?

-Me parece, dijo Webb, que no debemos retrasarnos, porque si volvemos por el Sur del lago, necesitamos algunos días.

-Pero, replicó Wilcox, cuando volvamos aquí, ¿no sería mejor atravesar el lago y seguir el curso del río? Lo que Briant ha hecho, ¿por qué no lo haríamos nosotros?

-Ganaríamos tiempo y nos ahorraríamos mucha fatiga, añadió Webb.

-¿Qué te parece, Doniphan? Preguntó Cross.

Doniphan reflexionaba sobre aquella proposición, que ofrecía grandes ventajas.

-Tienes razón, Wilcox, respondió; embarcándose en la canoa gobernada por Mokó...

- Si el grumete consiente en ello, replicó Webb con tono de duda.

-¿Y por qué no había de consentir? repuso Doniphan. ¿No tengo yo tanto derecho en mandarle como Briant? Además, no se trata de otra cosa sino de que nos guíe por el lago...

-¡Será preciso que obedezca! exclamó Cross; porque si nos viésemos obligados a transportar por tierra todo nuestro material, no acabaríamos nunca, y además el carro no puede atravesar el bosque; es necesario, pues, servirnos de la canoa...

-¿Y si rehusan dárnosla? repuso Webb

-¡Rehusar! exclamó Doniphan. ¿Quién puede rehusárnosla?

-Briant. ¿No es el jefe de la colonia?

-¡Él rehusar! repitió Doniphan. ¿Aquella embarcación es acaso más suya que nuestra?... Si Briant se permitiera negármela...

Doniphan no acabó su pensamiento; pero bien se veía que ni sobre este punto ni sobre cualquier otro el imperioso muchacho se sometería jamás a los consejos de su rival; mas, como dijo muy bien Webb, era inútil discutir esta cuestión, siendo su parecer que Briant les facilitaría todos los medios necesarios para que es instalasen en Bear-rock, y, por lo tanto, lo que había que hacer era decidir si volverían en seguida a French-den.

-Me parece lo más acertado, dijo Cross.

-Entonces, mañana mismo.

-No, respondió Doniphan. Antes de partir quisiera reconocer la parte Norte de la isla. En cuarenta y ocho horas podemos estar de vuelta aquí. ¡Quién sabe si no hay en aquella dirección alguna tierra que el náufrago francés no haya podido ver, y que, por tanto, no figura en el mapa! Sería poco razonable instalarse aquí sin saber a qué atenerse en esto punto.

Doniphan tenía razón, y aun cuando este proyecto ocasionaba un retraso de dos o tres días, se decidió que se pondría en ejecución sin más tardanza.

Al día siguiente, 14 de Octubre, los cuatro muchachos partieron al amanecer, y tomaron el rumbo Norte, siguiendo el contorno del litoral. En una extensión de tres millas, las rocas se desarrollaban entre el bosque y el mar, no teniendo en su base más que una playa arenosa de unos cien pies de ancho.

A las doce, Doniphan y sus compañeros hicieron alto para almorzar, dejando detrás de sí la última roca.

En aquel sitio encontraron una cueva corriente de agua que desembocaba en la bahía; pero observado su curso Sudeste y Nordeste, daba lugar a suponer que no salía del lago, como East-river. Dicha corriente, que iba a parar a una estrecha ensenada, salía después de ella, atravesando la región superior de la isla. Doniphan la llamó North-creek, esto es, arroyuelo del Norte, porque en realidad no merecía otro calificativo.

Sin titubear lo atravesaron en el barquichuelo de goma, y no tuvieron después más que costear el bosque, cuyo límite era la orilla izquierda.

Poco después de ponerse nuevamente en marcha, se oyeron dos detonaciones.

Eran dos tiros disparados por Doniphan y Cross en las circunstancias siguientes:

Eran las tres de la tarde; siguiendo los expedicionarios el curso del North-creek, se habían corrido hacia Noroeste más de lo que convenía, puesto que querían llegar a la costa septentrional, se disponían a variar de rumbo, cuando Cross detuvo a Doniphan exclamando:

-¡Mira!... ¡Mira allí!...

Y señalaba una enorme masa de un rojo oscuro que se agitaba entre las altas hierbas y por entre los juncos de la orilla del riachuelo y por debajo de las ramas de los árboles, que se inclinaban hasta el agua.

Doniphan hizo señas a Wilcox y Webb de que no se moviesen, y seguido de Cross, con la escopeta preparada, se deslizaron sin hacer ruido hacia aquella enorme masa.

Era un animal de gran tamaño, que se hubiera parecido a un rinoceronte si su cabeza hubiera tenido cuernos, y si su labio inferior fuera más prolongado.

Un instante después, sonó un tiro, y en seguida otro; Doniphan y Cross habían descargado casi a un tiempo sus escopetas; pero como se hallaban a una distancia de ciento cincuenta pies, el plomo no produjo ningún efecto en la dura piel de aquel animal que, saltando al ribazo, desapareció en el bosque.

Pero Doniphan, que había tenido tiempo bastante para observarlo, conoció que era un anfibio completamente inofensivo; un anta, animal que suele encontrarse a veces en las cercanías da los ríos del Sur de América.

En aquel lado de la isla Chairmán, la vegetación se desarrollaba de un modo asombroso; los árboles estaban de tal manera apiñados, que no dejaban penetrar ni un rayo de sol a través de su fronda, y como las hayas se encontraban allí por millares, aquel sitio recibió el nombre de Breechs-forest (bosque de hayas).

Durante aquel día anduvieron nueve millas, quedándoles otro tanto para alcanzar el Norte de la isla, adonde llegarían al siguiente día.

Al amanecer, volvieron a ponerse en camino, pues como el tiempo amenazaba variar, tenían necesidad de apresurar su marcha. El aire del Poniente soplaba con violencia, y las nubes, aunque sostenidas en una zona bastante elevada para esperar que no se resolvieran tan pronto en agua, indicaban una próxima tormenta; pero como arrostrar el viento, aun muy fuerte, no era gran cosa para unos muchachos ya acostumbrados a hacer frente a los temporales más duros, apretaron el paso, no sin luchar contra la borrasca, que les cogía de lado.

Aquella jornada fue muy penosa, y era de temer que la noche fuera peor que el día.

En efecto, a eso de las cinco de la tarde el ruido del trueno se dejó oír en medio del fulgor da los relámpagos.

Doniphan y sus compañeros no retrocedieron; la idea de que se aproximaban al Norte les alentaba y como el bosque seguía siempre muy frondoso, tendrían el recurso de guarecerse debajo de los árboles para resguardarse de la lluvia; pero el viento se desencadenaba con demasiado empuje para que lloviera, y además la costa no debía de estar lejos ya.

Hacia las ocho, el mugido da la resaca, ese ruido que no se confunde con ningún otro, llegó a los oídos de nuestros jóvenes, indicándoles la presencia de un banco de arrecifes en aquella parte de la isla.

El cielo, velado ya por espesos vapores, se oscurecía poco a poco, y era menester que se apresuraran si habían de aprovechar los últimos rayos de luz en mirar el mar a lo lejos. Mas allá de los árboles se hallaba una playa de un cuarto de milla de ancho, en la que las espumosas olas saltaban después de chocar contra los arrecifes del Norte.

Los jóvenes, aunque muy cansados, tuvieron todavía bastante ánimo para echar a correr, pues querían, por lo menos, echar una ojeada por aquella parte del Pacífico antes de que faltase por completo la luz. ¿Sería un mar, o tan sólo un estrecho canal que separaba aquella costa de un continente o de una isla?

De repente, Wilcox, que marchaba a algunos pasos delante de los demás, se paró, señalando una mata negruzca que se veía en la orilla de la playa.

¿Tendrían que habérselas con algún monstruo marino, o tal vez con alguna ballena o ballenato encallado en la arena?

Era una embarcación, acostada por la banda de estribor; y más allá, en la orilla de la playa, Wilcox vio dos cuerpos humanos, echados en la arena a pocos pasos de la tumbada nave.

De pronto, nuestros jóvenes cambiaron la dirección de su carrera, y emprendieron la marcha hacia el punto de la playa en donde se hallaban aquellos cuerpos tendidos en la arena, y cadáveres tal vez.

Llegaron; mas sobrecogidos de espanto, y no pensando siquiera en que aquellos desgraciados podían conservar todavía un resto de vida, ni en que importaba prodigarles cuidados inmediatos, volviéronse precipitadamente a buscar un refugio debajo de los árboles.

La noche se presentó oscura, y los relámpagos que la alumbraban de cuando en cuando no tardaron en apagarse también. En medio de aquellas profundas tinieblas, el viento rugía, mezclándose con el ruido de las olas al estrellarse contra los arrecifes.

¡Qué tempestad tan horrible! Los árboles crujían por todas partes, no sin peligro para los que se resguardaban debajo de sus ramas; pero era imposible acampar en la playa, pues la arena, levantada por el viento, azotaba la cara como si fuera metralla.

Durante toda la noche, Doniphan y sus amigos permanecieron en el mismo sitio, sin poder cerrar los ojos, sufriendo cruelmente con el frío, pues no habían podido encender lumbre en atención a que se hubiera esparcido en seguida a diestra y siniestra, con peligro de incendiar las ramas muertas amontonadas en el suelo.

Y luego, la emoción los tenía desvelados. ¿De dónde vendría aquella barca?... Y esos náufragos, ¿a qué nación pertenecerían?... ¿Habría alguna tierra en las cercanías, puesto que una embarcación había abordado a la isla? ¿Provendría tal vez de algún buque grande que se perdiera en lo más fuerte de la borrasca?

Aquellas preguntas eran tan naturales, como admisibles estas hipótesis, que Doniphan y Wilcox, apretados uno contra el otro, efecto de haberse sobrecogido de estupor, se comunicaban en voz baja.

La situación de ánimo de nuestros jóvenes era penosa, y además sus cerebros, exaltados, padecían grandes alucinaciones; se les figuraba oír gritos lejanos, y cuando el aire cedía algunos instantes, escuchaban con atención, preguntándose si otros náufragos no estaban errantes por la playa. ¡No! Era una ilusión de sus sentidos. Nada se oía, aparte de los mugidos de la violenta tempestad.

Ya repuestos un poco de la excitación que sufrieran, y más en calma, se arrepintieron de haber cedido al primer movimiento de espanto, y querían volver a la playa; pero se encontraron faltos de la fuerza moral y física necesaria. Ellos que, entregados a sí mismos desde hacía tanto tiempo, se creían hombres, comprendían en aquel instante que no eran más que niños en presencia de los primeros seres humanos que hallaron desde el naufragio del Sloughi.

Pero al fin, recuperada por completo la tranquilidad de espíritu, reflexionaron que, a pesar de todo, tenían un deber que cumplir. Al amanecer volverían a la playa, abrirían una fosa en la arena y darían sepultura a los dos cadáveres, después de rezar por el descanso de sus almas.

¡Qué interminable les pareció la noche! Les parecía que el alba no llegaría nunca para disipar sus horrores. ¡Si siquiera hubieran podido darse cuenta del tiempo consultando sus relojes!... pero fue imposible encender una cerilla, aun resguardándola con las mantas.

Wilcox tuvo la idea de recurrir a un medio muy sencillo para saber la hora. Se había fijado muchas veces en que dando cuerda a su reloj, el remontoir daba doce vueltas por las veinticuatro horas, o sea una vuelta para cada dos horas. Había dado cuerda a las ocho; bastábale, pues, contar el número de vueltas que quedaban, para saber las horas que habían transcurrido. Cogió su reloj, y no teniendo que dar más que cuatro vueltas para que tuviera toda la cuerda, comprendió que debían de ser las cuatro de la madrugada, y que, por consiguiente, el día no tardaría en aparecer.

En efecto; poco después los primeros albores de la mañana se dejaron ver por el Oriente. La borrasca no se había calmado, y como las nubes bajaban hacia el mar, la lluvia les alcanzaría antes de que pudieran llegar a Bear-rock.

Esto les contrarió bastante; pero como tenían que cumplir con su deber para con los náufragos, apenas hubo alguna claridad, se dirigieron hacia la playa, luchando contra el empuje del vendaval.

La embarcación estaba encallada cerca de una pequeña duna; mas los dos cuerpos que habían visto tendidos y con aspecto cadavérico, ya no estaban allí...

Doniphan y Wilcox examinaron el circuito; pero... nada, ni siquiera las huellas.

-¡Esos desgraciados, exclamó Wilcox, debían de estar vivos, puesto que han podido levantarse!...

-¿En dónde estarán? preguntó Cross.

-¿En dónde estarán, dices? respondió Doniphan señalando el mar. ¡Pues allí, adonde seguramente la marea baja los ha arrastrado! Y este último se corrió hasta los arrecifes para mirar con su anteojo la superficie de las aguas. No vio nada.

Los cuerpos de los náufragos habían sido acaso sepultados en el líquido y revuelto elemento.

Doniphan entonces se reunió con sus amigos, que estaban al lado de la abandonada chalupa. Tal vez encontrarían allí alguno que sobreviviera a la catástrofe.

La embarcación estaba vacía.

Era una chalupa de buque mercante, con un puente en la proa, cuya eslora contaba unos treinta pies. No se hallaba ya en estado de navegar; la obra muerta de estribor había sido hundida hasta la línea de flotación, efecto de los choques que sufriera al encallarse. Un trozo de mástil, roto en su base, algunos pedazos de vela enganchados acá y acullá, y restos de cuerdas era todo cuanto quedaba de sus aparejos. No hallaron ni provisiones, ni utensilios, ni armas. ¡Nada en los cofres, nada en ninguna parte! En la popa, dos nombres indicaban a qué buque había pertenecido, y cuál era su procedencia: SEVERN-SAN FRANCISCO ¡San Francisco! ¡Uno de los puertos del litoral de California!... El barco era de nacionalidad americana.

La costa sobre la que los náufragos del Severn habían sido arrojados por la tempestad, no tenía más que el mar por horizonte.

XXII

Una idea de Briant. -Alegría de los pequeños. -Construcción de una cometa. -Experiencia interrumpida. -Kate. -Los supervivientes del «Severn.» -Peligros que corren Doniphan y sus compañeros. -Abnegación de Briant. -Todos reunidos. -La situación tal cual es. -Precauciones tomadas. -Modificación en la vida. -El árbol «vaca.»

Desde la partida de los colonos insurrectos la tristeza se apoderó de los demás compañeros, pues todos vieron con grandísimo pesar aquella separación, cuyas consecuencias podían ser muy graves en lo porvenir. Seguramente que Briant no tenía nada que echarse en cara; pero su pena era cada vez mayor, por ser su jefatura la causa de aquella escisión.

En vano Gordon procuraba consolarle, diciéndole:

-¡Ya volverán, Briant, y más pronto de lo que ellos creen! Por más terco que sea Doniphan, las circunstancias podrán más que él. Apostaría cualquier cosa a que antes de los fuertes fríos estarán de vuelta en French-den.

Briant sacudió la cabeza, no atreviéndose a contestar. Era posible que alguna circunstancia los reuniera otra vez; pero conociendo el carácter de Doniphan, tenía que ser muy grave la situación para verse obligado a regresar.

«Antes de los fuertes fríos,» había dicho Gordon. ¿Estarían, pues, condenados los jóvenes colonos a pasar un tercer invierno aun en la isla Chairmán? ¿No recibirían ningún socorro antes de la indicada época? ¿Tan así había que admitir que aquellos parajes del Pacífico no serían frecuentados por ningún buque, ni siquiera mercante, que llegara a ver el mástil y la bandera colocados en la cresta de Auckland-hill?

Ciertamente que aquella señal, izada sólo a doscientos pies de altura sobre el nivel de la isla, no podía ser vista desde muy lejos; así que, después de ensayar, pero en vano, con Baxter, formar el plano de una embarcación capaz de resistir el embate de las olas, Briant tuvo la ocurrencia de construir una cometa enorme.

-No nos faltan ni cuerdas ni tela, dijo; y dando a aquel aparato dimensiones suficientes, podría sostenerse en una zona bastante elevada de mil pies tal vez.

-Menos los días en que falte el aire, replicó Baxter.

-Son muy raros, respondió Briant, y en los tiempos de completa calma la recogeremos; pero, salvo en ese caso, nos serviría, pues fijada en el suelo por el extremo de la cuerda, seguiría por sí misma los cambios de la brisa, sin necesidad de ocuparnos de su dirección.

-Hagamos el ensayo, dijo Baxter.

-Además, repuso Briant, si fuera visible de día a una gran distancia, podría serlo también de noche atando en su rabo uno de los faroles que poseemos.

La idea de Briant no dejaba de ser practicable, y en cuanto a su ejecución, no ofrecía ninguna dificultad para muchachos que se habían divertido muchas veces en lanzar cometas al espacio en las praderas de Nueva Zelandia.

Cuando el proyecto de Briant fue conocido de los pequeños, su alegría no tuvo límites. Jenkins, Iverson, Dole y Costar tomaron la cosa como una diversión, regocijándose con el pensamiento de que subiría más alto de lo que podían imaginar, prometiéndose gran distracción con ella.

-¡Le pondréis una cola muy larga! decía uno.

-¡Y grandes orejas! añadía otro.

-Habrá que pintar en ella un polichenela, que bailará bien allá arriba.

-Y lanzaremos otras pequeñas en su busca.

Cierto es que lo que aquellos niños consideraban como una diversión, encerraba una idea muy seria, y que podía producir los mejores resultados.

Baxter y Briant pusieron manos a la obra dos días después de la marcha de Doniphan y de sus amigos.

-¡Cómo abrirán los ojos, exclamó Service cuando vean aquella máquina en el aire! ¡Es una lástima que mis Robinsones no hayan tenido jamás semejante idea!

-¿Se verá de todos los puntos de nuestra isla? preguntó Garnett.

-Y de mucho más lejos aun, respondió Briant.

-¿La verán desde Auckland? dijo Dole.

-¡Ay, no! respondió Briant sonriendo; pero Doniphan y los demás sí, y tal vez esto los decida a volver.

Como se ve, el buen muchacho no tenía más pensamiento fijo que el de los ausentes, ni más deseo que uno: el de que esta funesta separación acabara pronto.

Aquel día y los siguientes se emplearon en la construcción de la cometa, a la que Baxter dio una forma octógona. La armadura, ligera y resistente, se hizo con una especie de caña, muy a propósito para el caso, que crecía a orillas del lago cubriéndola con una tela delgada, impregnada de cautchuc, que servía para cubrir las claraboyas del Sloughi; telas tan impermeables que ni siquiera el aire podía pasar a través de su tejido. En cuanto a la cuerda, se buscaría una muy fuerte y bien retorcida, de unos dos mil pies de largo y capaz de resistir una gran tensión.

No tenemos por qué decir que aquel aparato se adornaría con una magnífica cola, destinada a mantenerlo en equilibrio cuando alguna capa de aire le inclinara a uno u otro costado.

Aquella cometa estaba tan bien construida, que hubiera podido, sin demasiado peligro, elevar con ella a cualquiera de los colonos; pero no se trataba de eso, y bastaba que fuera bastante sólida para resistir a las frescas brisas, bastante grande para alcanzar cierta altura, y que se viera en un radio de cincuenta o sesenta millas.

Nuestros lectores comprenderán fácilmente que esta cometa no podía ser sostenida por las manos de ninguno de nuestros jóvenes, pues hubiera arrastrado a todos ellos juntos. La cuerda se enrollaría en una de las cabrias del schooner, que se fijaría con mucha fuerza en el suelo de Sport-terrace, para que pudiera resistirla tracción del Gigante de los aires, nombre que se dio a la cometa, y que los niños admitieron con gran algazara.

Aquella tarea se acabó el 15 de octubre por la tarde, y Briant dejó para el día siguiente la operación de remontarla, en presencia de todos sus compañeros; mas no fue posible proceder a la experiencia, porque, habiéndose desencadenado una violenta tormenta, fue preciso esperar a que abonanzara el tiempo.

Era la misma tempestad que tan mala noche hizo pasar a Doniphan y a sus amigos en la parte septentrional da la isla, y que también hizo romper la chalupa de los náufragos americanos contra los arrecifes de aquella costa, a los que bautizaron más tarde con el nombra de Severn-shores, escollos del Severn.

El 16 de Octubre, aun cuando hubo alguna más calma, la brisa era todavía demasiado violenta para que Briant se atreviera a lanzar su aparato aéreo. Por la tarde el tiempo se modificó en sentido favorable, y nuestros colonos convinieron en que aquella experiencia tendría lugar al siguiente día, fecha que iba a tener mucha importancia en los anales de la isla Chairmán.

A pesar de que era viernes, Briant, dejando a un lado todas esas preocupaciones, no quiso retrasar mas la operación de remontar la cometa, pues soplaba una ligera brisa, constante y suave, muy conveniente para que sostuviera a gran altura, proponiéndose bajarla al anochecer, a fin de atarle un farol en la cola, cuya luz quedaría visible toda la noche.

La mañana fue consagrada a los últimos preparativos, que duraron hasta una hora después que acostumbraban a almorzar, en cuyo instante se reunieron todos en Sport-terrace.

-¡Qué buena idea ha tenido Briant! repetían sin cesar los pequeños dando palmadas.

Era la una y media.

El aparato, tendido en el suelo, con su largo rabo desplegado, iba a ser entregado a la acción de la brisa, no esperando más que una señal de Briant; pero éste mandó suspender la maniobra.

La causa de aquella orden fue la extraña conducta de Phann, que llamó la atención del jefe de la colonia. El inteligente animal iba precipitadamente hacia el bosque, lanzando tan quejumbrosos ladridos, que en verdad no podían menos de sorprender a los colonos.

-¿Qué tiene Phann? preguntó Briant.

-Habrá olfateado alguna fiera debajo de los árboles, respondió el americano.

-¡No puede ser eso, pues ladraría de otro modo!...

-¡Vamos a verlo! exclamó Service.

-¡Pero no sin armas! respondió Briant.

Service y Santiago entraron en la gruta, saliendo a poco rato cada cual con una escopeta cargada.

-Venid, dijo Briant.

Y los tres, acompañados de Gordon, se dirigieron hacia la orilla de Traps-woods; no se veía a Phann, mas se le oía siempre. Briant y sus compañeros andarían apenas cincuenta pasos, cuando vieron al perro parado delante de un árbol, en cuyo pie yacía una forma humana.

¡Era una mujer tendida allí, inmóvil y muerta al parecer! Una mujer, cuyo traje era de tela bastante basta, y pañuelo de lana oscura atado a la cintura; sus ropas estaban todavía en buen estado, y aun cuando aquella desgraciada no representaba más de cuarenta o cuarenta y cinco años, y se dejaba ver que era de constitución robusta, su cara presentaba las huellas de grandes sufrimientos. Agotadas sus fuerzas, y tal vez hambrienta, había perdido el conocimiento, pues se notaba que un ligero soplo pasaba por sus labios entreabiertos.

¡Juzguen nuestros lectores cual no sería la emoción que experimentaron los jóvenes colonos en presencia de la primera criatura humana que se presentaba a su vista desde su llegada a la isla Chairmán!

-¡Respira!... ¡Respira!... exclamó Gordon. Es sin duda el hambre y la sed...

En seguida Santiago echó a correr y trajo un poco de galleta y un frasquito de brandy.

Entonces Briant, inclinándose hacia aquella pobre mujer, entreabrió sus labios y llegó por fin a introducir en su boca algunas gotas del fortificante licor.

La mujer hizo un movimiento; sus párpados se levantaron; su mirada se animó a la vista de aquellos muchachos reunidos en torno suyo... y luego llevó con avidez a su boca el trozo de galleta que le presentaba Santiago.

Era evidente que la infeliz se estaba muriendo de necesidad y de fatiga.

Pero ¿quién era aquella mujer? ¿Sería posible cambiar con ella algunas palabras y comprenderla? Pronto salieron de dudas.

La desconocida se incorporó, y dijo en inglés:

-¡Gracias, hijos míos, gracias!

Media hora más tarde, Briant y Baxter, que la llevaron en brazos, la sentaron en un sillón en el hall, y ayudados por Gordon, le prodigaron todos los cuidados que su estado requería.

En cuanto recuperó sus fuerzas, se puso a contar su historia. He aquí lo que dijo, y ya comprenderán nuestros lectores lo mucho que debió su relato interesar a los jóvenes colonos. Esta mujer, de origen americano, había vivido mucho tiempo en los territorios de For-West, en  los Estados Unidos. Se llamaba Catalina Ready, o sencillamente Kate. Ejercía, desde veinte años atrás, el cargo de ama de llaves en casa de William Penfield, qué habitaba en Albany, capital del Estado de New-York.

Hacía un mes que esa familia, queriendo irse a Chile, en donde vivía uno de sus parientes, habían ido a San Francisco, puerto principal de California, para embarcarse en el navío mercante Severn, mandado por el capitán John F. Turner. Este buque iba a Valparaíso, y los señores Penfield tomaron pasaje en él con Kate, a quien miraban como de la familia.

El Severn era tan hermoso buque, y hubiera llegado sin duda con toda felicidad a su destino, si los ocho tripulantes, nuevamente reclutados, no hubieran sido unos miserables de la peor especie.

Nueve días después de la salida del puerto de San Francisco, uno de ellos, llamado Walston, ayudado por sus compañeros Brandt, Rock, Henley, Book, Forbes, Cope y Pike, provocó una rebelión, de cuyas resultas murieron el capitán y el segundo, al mismo tiempo que el señor y la señora Penfield.

El objeto de aquellos infames era, después de apoderarse del barco, dedicarse a la trata de negros, que se efectuaba aun en algunos puntos de la América del Sur.

Sólo dos personas se habían salvado a bordo: Kate, por quien intercedió Forbes, menos cruel que sus cómplices, y el timonel Evans, que era indispensable para gobernar el buque.

Aquellas horribles escenas tuvieron lugar un la noche del 7 al 8 de Octubre, cuando el Severn se hallaba a unas doscientas millas de la costa chilena. Bajo pena de muerte, obligaron a Evans a maniobrar de modo que doblara el cabo de Hornos para ir al Oeste de África; pero algunos días después, sin que jamás se supiera a qué atribuirlo, un incendio se declaró a bordo, y en pocos instantes su violencia fue tal, que Walston y sus compañeros ensayaron en vano salvar el Severn de una completa destrucción.

Uno de ellos, Henley, pereció precipitándose en el mar para escapar del fuego. Fue preciso abandonar el buque; echaron en la chalupa algunas provisiones, municiones y armas, y se alejaron en el momento en que el Severn zozobraba en medio de las llamas. La situación de los náufragos era por demás crítica, puesto que doscientas millas los separaban de las tierras habitadas; y en verdad que hubiera sido justo que se hundiera también la chalupa con aquellos malvados, si Kate y Evans no se hubieran hallado en ella.

Cuarenta y ocho horas después de la pérdida del buque, estalló una violenta tormenta que hizo más terrible aun aquella situación, y la chalupa, roto su mástil y con las velas hechas jirones fue empujada por el viento hacia la costa de la isla Chairmán, en donde se destrozó en los arrecifes de la parte oriental, en la noche del 15 al 16.

Walston y sus compañeros, cansados por la lucha que sostuvieron contra la tempestad, y agotadas en parte las provisiones, estaban aniquilados por el frío y la fatiga, cuando la barquichuela chocó contra los arrecifes. Una ola arrastró consigo entonces a cinco de aquellos malvados, y los otros dos fueron lanzados a la arena, mientras que Kate caía del lado opuesto.

Estos dos hombres quedaron desvanecidos durante bastante tiempo, sucediendo lo mismo a Kate; pero ésta, recuperando pronto el uso de sus sentidos, quedóse, sin embargo, inmóvil, esperando que fuera de día para ir, en el supuesto de que los demás habían perecido, en busca de asistencia, toda vez que se hallaba en tierra, y oyó a eso de las tres de la mañana unos pasos que hacían crujir la arena cerca de la embarcación.

Eran Walston, Brandt y Rock, que habían escapado de la ola que los arrastró, y que después de atravesar el banco de arrecifes y de llegar al sitio en que yacían sus compañeros Forbes y Pike, se apresuraron a hacerlos volver en sí, hablando después, mientras Evans esperaba a un centenar de pasos, custodiado por Cope y Rock.

He aquí la conversación que tuvieron, y que Kate oyó perfectamente.

-¿En dónde estamos? preguntó Rock.

-No lo sé, respondió Walston. Pero poco importa. No nos quedemos aquí; bajemos hacia el Este, y cuando llegue el día, veremos lo que se hace.

-¿Y nuestras armas? dijo Forbes.

-Aquí están, con las municiones que han quedado intactas, respondió Walston.

Y sacó del cofre de la chalupa cinco fusiles y varios paquetes de cartuchos.

-Es poco, añadió Rock, para defenderse en este país de salvajes.

-¿Dónde está Evans? preguntó Brandt.

-Allí, respondió Walston, bajo la custodia de Cope y de Rock, Quiera o no quiera, es preciso que nos acompañe; y si se resiste, me encargo de hacerle obedecer.

-¿Y qué ha sido de Kate? preguntó Rock. ¿Se habrá salvado?

-¡Kate! respondió Walston; nada hay que temer de ella. La he visto caer por encima de la borda antes de que la chalupa encallara; estará ya en el fondo del mar.

-Más vale así, replicó Rock. Sabía demasiado.

-No le hubiera durado mucho tiempo su sabiduría, añadió Walston, sobre cuyas intenciones no había lugar a equivocarse.

Kate, que todo lo oyó, estaba resuelta a huir después de la partida de los marineros del Severn.

Algunos instantes después, Walston y sus compañeros, sosteniendo a Forbes y a Pike, cuyas piernas apenas podían tenerlos, se marcharon, llevándose las armas, las municiones y cuanto quedaba de provisiones en las cajas de la chalupa, es decir, algunas libras de carne salada, algo de tabaco y dos o tres calabazas llenas de aguardiente.

En cuanto estuvieron a alguna distancia, Kate se levantó; era ya tiempo, pues la pleamar iba alcanzando la playa, y un poco más tarde hubiera sido arrastrada por las olas.

Se comprenderá ahora por qué Doniphan, Wilcox, Webb y Cross no hallaron por la mañana a los náufragos, porque Walston y su banda habían partido ya en dirección al Este, mientras que Kate, tomando el lado opuesto, se dirigía sin saberlo, hacia la punta septentrional de Family-Lake, llegando allí en la tarde del 16, con sus fuerzas agotadas por el hambre y la fatiga. Algunas frutas silvestres fueron su único alimento, y sacando bríos de su misma flaqueza, siguió la orilla izquierda del lago, anduvo toda la noche y toda la mañana del 17, hasta que por fin cayó completamente aniquilada en el sitio en que la hallaron nuestros colonos.

Tales fueron los acontecimientos, de los que Kate hizo minucioso relato; acontecimientos de suma gravedad, pues demostraban hallarse en la isla Chairmán, en donde los náufragos del Sloughi habían vivido con tanto sosiego, siete hombres capaces de todos los crímenes. Y si descubrieran French-den, ¿qué suerte estaría reservada a nuestros niños? ¿Titubearían en atacarlos? No. ¿Los atarían, dejándolos perecer de hambre o expuestos a ser devorados por las fieras? Todo había que temerlo.

Aquellos bandidos tenían un interés demasiado grande, y eran hombres de suyo crueles, a juzgar por los antecedentes. Nada les detendría para apoderarse del material, de las provisiones, de las armas, de las municiones y de las herramientas, que tan útiles podían serles para poner la chalupa en estado de navegar. Y llegado este caso, ¿qué resistencia podrían oponer Briant y sus compañero? Si Walston permanecía en la isla, un día u otro descubriría la colonia y agrediría indefectiblemente a los jóvenes, sin ningún género de consideraciones.

Oyendo el relato de Kate, Briant no tenía más que un pensamiento, y era el de que si el porvenir se haría presente con grandes peligros, estos serían mayores para Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, ignorantes de la presencia de los nuevos náufragos en la isla; con la circunstancia agravante de que aquellos estaban explorando precisamente la parte adonde éstos se dirigían. Un solo tiro bastaría para llamar la atención de Walston, y entonces los cuatro jóvenes caerían en poder de aquellos malvados, de los que no había que esperar piedad alguna.

-Es menester ir en su socorro, exclamó Briant; es preciso enterarles inmediatamente del peligro.

-Y traerlos aquí, añadió Gordon.

Más que nunca, importa que estemos todos reunidos, para que tomemos las medidas necesarias contra un ataque de aquellos malhechores.

-Sí, respondió Briant; y puesto que es preciso que nuestros compañeros vuelvan, volverán; te lo aseguro. Iré yo a buscarlos.

-¿Tú, Briant?

-Yo, sí.

-Pero ¿cómo?

-Me embarcaré en la canoa con Mokó. En algunas horas atravesaremos el lago Y bajaremos el East-river, como lo hemos verificado ya; y si la suerte nos favorece, espero llegar antes que los bandidos a la embocadura del río.

-¿Cuándo piensas partir?

-Esta noche, respondió Briant, cuando la oscuridad nos permita atravesar el lago sin ser vistos.

-¿Voy contigo, hermano? preguntó Santiago.

-No, replicó Briant. Es indispensable que volvamos en la canoa, y a duras penas cabremos seis en ella.

-¿De modo que estás decidido? preguntó Gordon.

-Completamente decidido, respondió Briant. Era, en realidad, el mejor partido que podían tomar, no sólo para bien de los ausentes, sino de la colonia entera.

Cuatro compañeros más, y no de los menos vigorosos, servirían mucho para la defensa; pero no había tiempo que perder si habían de reunirse todos en French-den antes de veinticuatro horas.

Como podrán comprender nuestros lectores, ya no se podía lanzar la cometa por los aires, pues hubiera sido una gran imprudencia. No es a los buques a los que hubiera llamado ahora la atención, sino a Walston y a sus cómplices; y Briant, en previsión de lo que pudiera suceder, mandó que se quitara también el mástil y la tablita que se hallaban colocados en el acantilado.

Hasta la noche quedaron todos encerrados en la gruta, contando sus aventuras a Kate. La excelente mujer no pensaba ya en sí misma, condoliéndose de la situación de aquellos niños. Si habían de quedarse juntos en la isla Chairmán, se proponía ser para ellos una sirviente llana de abnegación, queriéndolos cual si fuera una madre, y ya empezaba a dar expansión a sus afectos, pues abrazaba a los pequeños, sentándolos en sus rodillas y cubriéndolos de caricias.

En recuerdo de sus novelas predilectas, Service propuso que la llamaran Viernecitas, como hizo Crusoé con su compañero de imperecedera memoria, puesto que fue también un viernes el día que Kate entró en French-den.

Y luego añadió:

-De esos malhechores hemos de pensar lo mismo que de los salvajes de Robinsón. En todos aquellos libros se habla de ellos, y siempre son vencidos.

A las ocho, los preparativos de marcha estaban acabados.

Mokó, cuya abnegación no retrocedía ante ningún peligro, se alegraba mucho de acompañar a Briant en su expedición.

Ambos se embarcaron, llevando algunas provisiones, y armados cada uno con un revólver y un cuchillo de monte. Después de despedirse de sus compañeros, que no les vieron marchar sin pena, desaparecieron pronto en medio de la oscuridad que invadía el lago. Si seguía la brisa del Norte, que se había levantado a la puesta del sol, favorecería mucho a nuestros navegantes.

La noche era muy oscura, circunstancia que permitía a Briant pasar inadvertido. Gobernando la canoa por medio de la brújula, tenía la certidumbre de llegar sin obstáculo a la opuesta orilla, Briant y Mokó miraban siempre en aquella dirección, temiendo divisar alguna fogata, la que indicaría en aquel sitio la presencia de Walston y de sus compañeros, pues Doniphan debía estar acampado en la embocadura del East-river.

En dos horas la canoa atravesó el lago, y se detuvo en el mismo sitio en que la atracó Mokó en su primera expedición a aquella comarca. Todo estaba en calma, y ningún ruido se sentía debajo de los árboles inclinados sobre el agua; no se oía el aullido de ninguna fiera ni el chillido de las aves nocturnas, así como tampoco se veía ningún fuego sospechoso.

Sin embargo, a eso de las diez y media, Briant, que estaba sentado en la popa, cogió a Mokó por un brazo.

A algunos centenares de pasos del East-river, y en la orilla derecha, se veían los restos de un fuego que despedía una moribunda claridad en las sombras de la noche, ¿Quién estaría allí acampado?...

¿Walston o Doniphan?... Importaba saberlo antes de entrar en el río.

-Voy a desembarcar, Mokó, dijo Briant.

-¿No queréis que os acompañe? preguntó el grumete en voz baja.

-¡No!... ¡Más vale que vaya yo solo! ¡Habrá menos peligro de que me vean!

Briant saltó a tierra, y después de recomendar a Mokó que no se moviera, empuñó su cuchillo, bien decidido a no servirse del revólver sino en caso extremo.

Después de subir al ribazo, el valeroso muchacho se deslizó por debajo de los árboles.

De repente se detuvo; le pareció ver a unos veinte pasos una sombra que se arrastraba entre la hierba, como acababa de hacerlo él.

Y en aquel instante sonó un formidable rugido, seguido de un enorme brinco.

Era un jaguar de gran tamaño, y Briant oyó en seguida una voz que gritaba:

-¡Socorro!.. ¡Socorro, a mí!...

Briant conoció la voz de Doniphan. Era él, en efecto. Sus compañeros habíanse quedado en el campamento, a orillas del río.

Doniphan, derribado por el jaguar, se revolvía, sin poder hacer uso de sus armas.

Wilcox, despertado por los gritos, acudió con la escopeta preparada para hacer fuego.

-¡No tires!... ¡No tires!... exclamó Briant.

Y antes de que Wilcox pudiera conocerlo, Briant se precipitó sobre la fiera, que se volvió contra él, mientras que Doniphan se levantaba con presteza.

Felizmente Briant pudo echarse a un lado, después de herir al jaguar con su cuchillo, y lo hizo con tanta rapidez, que ni Doniphan ni Wilcox tuvieron tiempo de intervenir. El animal, herido mortalmente, cayó en el momento en que Webb y Cross se lanzaban a socorrer a Doniphan.

Pero poco faltó para que la victoria costara cara a Briant, uno de cuyos hombros había sido rasgado por las garras del jaguar.

-¿Cómo es que te hallas aquí? preguntó Wilcox.

-Más tarde lo sabréis, respondió Briant. ¡Venid conmigo, venid pronto!...

-No antes de que te haya dado las gracias, dijo Doniphan. ¡Me has salvado la vida!...

-Ha procedido como tú lo hubieras hecho en mi lugar, replicó Briant. No hablemos más de eso, y seguidme.

Aun cuando la herida del generoso joven no fuera grave, se hizo preciso vendarla fuertemente con un pañuelo; y mientras Wilcox se ocupaba de esto, el jefe de la colonia puso a sus amigos al corriente de la situación.

¡De modo que aquellos hombres que Doniphan creyó cadáveres y arrastrados por la pleamar, estaban vivos y andaban errantes por la isla! ¡Eran malhechores cubiertos de sangre! ¡Una mujer había naufragado con ellos en la chalupa del Severn, y esa mujer estaba en French-den!... ¡Ya no había seguridad en la isla Chairmán! He aquí por que Briant había gritado a Wilcox que no tirara sobre el jaguar, por miedo de que la detonación se oyera, y por qué no usó más arma que el cuchillo para matar al jaguar.

-¡Ah, Briant, vales más que yo! exclamó Doniphan en un arranque de agradecimiento y muy conmovido.

-No, Doniphan; no, amigo mío, respondió Briant. Y puesto que me entregas tu mano, no la suelto hasta que me prometas volver allá.

-Sí, Briant, es preciso, respondió Doniphan. Cuenta conmigo. En adelante seré el primero en obedecerte. Al amanecer partiremos...

-No, en seguida, repuso Briant, para llegar sin que nos vean.

-¿Y cómo? preguntó Cross.

-Mokó está aquí, nos espera con la canoa. Íbamos a entrar en el East-river, cuando divisé la lumbre que habíais encendido.

-¡Y llegaste a tiempo para salvarme! repitió Doniphan.

-Y también para llevarte a French-den. ¿Cómo Doniphan y sus amigos se hallaban allí, en vez de estar en la embocadura del río?

Ahora lo sabremos.

Después de dejar la costa de los Severn-shores, los cuatro muchachos volvieron al puerto de Bear-rock, en la tarde del 16, y al amanecer del día siguiente, como habían convenido, remontaron por la orilla del río, hasta el lago en donde hicieron alto para llegar después a French-den.

Algunos instantes después, todos entraron en la canoa; mas como era muy pequeña para los seis, hubo que maniobrar con mucha precaución.

El regreso se hizo con mucha felicidad, pues la brisa era favorable y Mokó gobernó la barquichuela con notabilísimo acierto. La alegría con que Gordon y los demás acogieron a los ausentes, allá cuando hacia las cuatro de la mañana desembarcaron en el dique del río Zealand, es de las que no pueden describirse.

Grandes peligros los amenazaban; pero a lo menos estaban todos en French-den. La colonia se hallaba completa, o más bien aumentada por aquella buena Kate, náufraga en las playas de la isla Chairmán, después de haber sido testigo de un espantoso drama en el mar.

En adelante reinaría en la gruta una perfecta concordia, que nadie osaría turbar. Doniphan experimentaría quizás algún pesar por no ser jefe de los jóvenes colonos; pero indudablemente había vuelto a mejores sentimientos. Sí; aquella separación de algunos días hubo de producir sus frutos, y ya más de una vez, sin embargo de no decir nada a sus compañeros, sin querer confesar sus culpas, nacidas al calor de su amor propio, cuando éste se sobreponía al interés; más de una vez, repetimos, dio señales de comprender con claridad lo censurable de aquel acto que su terquedad y su orgullo le habían hecho cometer. Por otra parte, Wilcox, Cross y Webb experimentaban la misma impresión; así es que después de la abnegación de Briant, Doniphan modificó su carácter y dominó sus bastardas pasiones para consagrarse al bien suyo y de todos sus compañeros. Y hacía bien, porque la situación era gravísima.

Serios peligros amenazaban a French-den, expuesto a los ataques de siete malhechores vigorosos y armados. El interés de Walston era sin duda alguna marcharse cuanto antes de la isla Chairmán; pero si llegara a sospechar la existencia de una pequeña colonia, bien provista de cuanto carecía él, no vacilaría en agredirla, siendo así que todas las ventajas estarían de su parte. Los jóvenes se vieron obligados, pues, a tomar minuciosas precauciones, a no alejarse del río Zealand ni a aventurarse, sin gran necesidad, por los alrededores del lago, mientras Walston y su banda no abandonasen la isla.

Briant preguntó a Doniphan si cuando él y sus amigos volvían de Severn-shores a Bear-rock habían visto u oído algo que pudiera hacerles sospechar la presencia de los marineros del Severn.

-Nada hemos notado, respondió Doniphan. Es verdad que para volver a la embocadura del East-river no hemos seguido el mismo camino que habíamos tomado antes, remontándonos hacia el Norte.

-Es, sin embargo, cierto que Walston se dirigió al Este, dijo Gordon.

-Estamos de acuerdo, repuso Doniphan; pero ha debido seguir la costa, mientras que nosotros volvíamos directamente por Beeck-forest. Mirad el mapa, y os convenceréis de que la isla forma una curva muy pronunciada más arriba de Deception-bay. Allí hay una vasta comarca, en donde aquellos malvados habrán tal vez buscado un refugio, sin apartarse demasiado del sitio en que está encalla la chalupa; pero tal vez Kate pueda decirnos en qué paraje se halla la isla que habitamos.

Kate, interrogada ya respecto del particular por Briant y por Gordon, no había sabido contestarles. Después del incendio del Severn, cuando Evans tomó la dirección de la chalupa, maniobró de modo que pudiese arribar, según dijo, al continente americano, del cual Chairmán no podía estar muy lejos, pero jamás le había oído pronunciar el nombre de esta isla; sin embargo, como los archipiélagos de aquella costa debían hallarse relativamente cerca, era probable que Walston quisiera llegar allí, y que, por lo tanto, tuviese interés en quedarse en el litoral del Este.

-Como no sea, dijo Briant, que Walston, al llegar a la embocadura del East-river, y encontrando allí huellas de vuestro campamento, tenga la idea de indagar algo más.

-¿Qué huellas? respondió Doniphan. Un montón de ceniza apagada. ¿Qué podrá deducir de ello? Que la isla está habitada; pues bien, en ese caso aquellos miserables no pensarían más que en ocultarse...

-Sin duda, replicó Briant, como no descubran que la población de esta isla se reduce a unos cuantos niños. ¡Procuremos, pues, por todos los medios posibles que no sepan quiénes somos! Y dime, Doniphan: ¿recuerdas si has descargado tu escopeta estando en las cercanías de Deception-bay?

-No, y es cosa extraordinaria, respondió sonriendo Doniphan, porque me gusta por demás quemar pólvora. Desde que abandonamos la costa, estábamos suficientemente provistos de caza, y ninguna detonación ha podido divulgar nuestra presencia en aquellos sitios. Ayer, durante la noche, Wilcox estuvo a punto de tirar sobre el jaguar; pero felizmente llegaste a tiempo de impedírselo, y también de salvarme la vida, arriesgando la tuya.

-Te repito otra vez, Doniphan, que no hice más que lo que tú hubieras hecho en mi lugar. Y ahora, amigos míos, nada de tiros ni excursiones a Traps-woods, y vivamos con lo que tenemos en reserva.

Desde su llegada a French-den, Briant fue objeto de los cuidados necesarios para la curación de su herida, que se cicatrizó muy pronto, no quedándole más que alguna incomodidad en el brazo, que desapareció pocos días después.

El mes de Octubre había concluido, y Walston no había sido visto todavía en los alrededores del río Zealand. ¿Se habría marchado en la chalupa después de repararla? No era cosa imposible, porque Kate recordaba que tenía un hacha, además de un fuerte cuchillo, de esos que los marineros llevan siempre consigo; y como la madera no faltaba tampoco cerca de Severn-shores, bien pudo corregir, aunque toscamente, cualquier avería, y arriesgarse al mar en aquella embarcación.

De todos modos, como ignoraban lo que podía suceder, sus costumbres tuvieron que modificarse.

Las excursiones quedaron prohibidas, no verificando más que la que realizaran Baxter y Doniphan para quitar el mástil colocado en lo alto de Auckland-hill.

Una vez en este sitio, Doniphan paseó la vista con el anteojo por las masas de árboles que se redondeaban hacia Levante, y aun cuando no podía ver el litoral oculto detrás de Beeck-forest, si alguna columna de humo se hubiera elevado en el aire, la vería seguramente, y esto habría bastado para indicar que Walston y los suyos estaban acampados en aquella parte. Doniphan no vio nada por allí, ni tampoco por los alrededores de Sloughi-bay, cuyos parajes estaban siempre desiertos.

Desde que las excursiones se suspendieron y las escopetas estaban en descanso, los cazadores habían tenido que renunciar a su ejercicio predilecto; pero como no faltaban lazos cerca de French-den, la mesa se hallaría siempre surtida de alimentos frescos, aparte de los que suministraban las avutardas y los tinamous del corral, pues multiplicados en gran cantidad, Service y Garnett se vieron obligados a sacrificar buen número da ellos. También habían hecho una buena provisión de hojas del árbol de té y de savia de arco, que tan fácilmente se transforma en azúcar. No era, pues, necesario reponer el almacén, porque aun cuando el invierno llegara antes de que nuestros jóvenes colonos recuperasen su libertad, estaban suficientemente provistos de aceite para el alumbrado, y de conservas y caza para la despensa.

En aquella época un nuevo descubrimiento vino a aumentar el bienestar de French-den.

Este descubrimiento no fue debido a Gordon, sino a Kate.

Había en el límite de Bog-woods cierto número de árboles que median de cincuenta a sesenta pies de altura; dichos árboles no habían sido cortados para leña, porque su madera es muy fibrosa y no servía para alimentar las estufas. Sus hojas eran de forma oblonga, con una espina en la punta.

Desde el primer día en que Kate los vio, 25 de Octubre, exclamó:

-¡He aquí el árbol vaca!

Dole y Costar, que la acompañaban, se echaron a reír.

-¿Cómo el árbol vaca? dijo el uno.

-¿Lo comen las reses vacunas? preguntó el otro.

-No, hijos míos, no, respondió Kate. ¡Si se llama así, es porque da leche, y mejor que la de vuestras vicuñas!

Al entrar en la gruta, Kate dio parte de su descubrimiento a Gordon. Este llamó en seguida a Service, y ambos fueron con Kate a la orilla de Bog-woods. Después de examinar detenidamente el árbol en cuestión, el americano creyó que era un galactendron, que crece en gran número en los bosques de la América del Norte, y el muchacho no se equivocaba.

Era un precioso descubrimiento, pues basta hacer una ligera incisión en la corteza de aquellos vegetales para que salga por ella un jugo de apariencia lechosa, que tiene el gusto y las propiedades nutritivas de la leche de vaca; y además, cuando se deja que ese jugo se coagule, da un excelente queso y produce también una cera muy pura, parecida a la de las abejas, pudiéndose fabricar con ella velas de excelente calidad.

-¡Pues bien! exclamó Service. ¡Si es el árbol vaca, es preciso ordeñarlo!

Sin sospecharlo siquiera, el alegre muchacho acababa de usar las palabras de que se sirven los indios cuando van a sacar aquella leche.

Gordon hizo una incisión en el tronco, y Kate recogió lo menos dos litros de aquel líquido en un cacharro que había traído al efecto.

Era un hermoso licor blanco, de gusto muy apetitoso, que encierra los mismos elementos que la leche de vaca, y es aun más nutritivo, más consistente y de un sabor mucho más agradable. La vasija fue vaciada en un instante, y Costar se relamía lo mismo que hubiera podido hacerlo un gatito.

Mokó estaba también muy satisfecho por aquel hallazgo, pensando en las buenas cosas que podría hacer con aquella leche, que no habría que economizar, pues el rebaño de galactendrons era numeroso y no estaba lejos.

Es verdad que la isla Chairmán tenía recursos suficientes para una numerosa colonia. La alimentación de los jóvenes estaba asegurada para mucho tiempo; y con esto y con la llegada de Kate, de aquella buena mujer que, queriendo ya a los niños como una madre, les prodigaría minuciosos cuidados, bien puede decirse que todo se reunía para hacerles la vida más fácil y agradable.

¡Lástima grande que no hubiera seguridad en la isla!...

¡Cuántos descubrimientos pudieran obtenerse organizando exploraciones en las partes desconocidas del Este, y era preciso renunciar a ellos! ¿Podrían algún día emprender de nuevo sus excursiones sin tener que precaverse más que del encuentro de alguno que otro animal carnívoro, menos peligroso, de seguro, que aquellas fieras humanas, de las que ahora debían guardarse constantemente?

En los primeros días de Noviembre ninguna huella sospechosa se había observado todavía en las cercanías de French-den. Briant se preguntaba muchas veces si los marineros del Severn estarían aun en la isla; pero como Doniphan había visto el mal estado de la chalupa, destrozada completamente por las puntas de los arrecifes, dudaba de que hubieran podido componerla.

XXIII

Lo que importaba saber. -Una proposición de Kate. -Briant acosado por una idea. -Su proyecto. -Discusión. -Hasta mañana.

La situación de los colonos de la isla Chairman se hacía cada día más insostenible, y era preciso salir de dudas a toda costa.

Briant tuvo muchas veces la idea de reconocer, yendo él a la descubierta, la región situada al Este del lago, y Doniphan, Baxter y Wilcox se brindaban para acompañarle; pero obrando así corrían el riesgo de caer en manos de Walston, y, por consiguiente, enterarle de que sus adversarios eran poco temibles; así es que Gordon, cuyos consejos eran siempre escuchados, hizo que Briant desistiera de aquel proyecto.

Entonces Kate hizo una proposición que no presentaba ninguno de aquellos peligros.

-Señor Briant, dijo una noche cuando todos los colonos estaban reunidos en el hall: ¿queréis permitir que me ausente mañana al amanecer?

-¿Queréis dejarnos, Kate?

-Sí. No podéis permanecer más tiempo en esta incertidumbre; y para saber si Walston está o no en la isla, pienso ir al mismo sitio en que nos arrojó la tempestad. Si la chalupa se halla todavía allí, es señal de que no ha podido partir aun... Y si ya no está, será prueba de que no tendremos que temer nada de él.

-Lo que queréis hacer, Kate, respondió Doniphan, es exactamente lo mismo qua hemos propuesto ejecutar Briant, Baxter, Wilcox y yo.

-Es verdad; pero lo que es peligroso para vosotros, no lo es para mí.

-Sin embargo dijo Gordon. ¡Si volvieseis a caer en manos de Walston!...

-Pues bien, replicó aquella digna mujer; me hallaría en la misma situación en que estaba antes de huir.

-¿Y si aquel miserable quisiera mataros, lo que es muy probable?... dijo Briant.

-Puesto que me he escapado una vez, replicó Kate, ¿por qué no lo haría otra, y sobre todo ahora, que conozco el camino de French-den? Y además, si pudiera huir en compañía de Evans, a quien yo enteraría de cuanto os concierne, ¡de qué utilidad sería para vosotros el valiente timonel!...

-Si Evans hubiera tenido posibilidad de escaparse, respondió Doniphan, ya lo hubiese hecho... ¿No tiene acaso gran interés en hacerlo?

-Doniphan lleva razón, dijo el americano. Evans conoce los secretos de Walston y de sus cómplices, quienes no titubearán en matarle cuando ya no lo necesiten para gobernar la chalupa. Pues bien; si no ha huido, es que está muy custodiado.

-¡O que haya pagado ya con su vida alguna tentativa de evasión, repuso Doniphan. De modo, Kate, que si volviera a cogeros...

-Haré cuanto me sea posible para no caer de nuevo en sus manos.

-No, replicó Briant; ¡Jamás permitiremos os arriesguéis así! Más vale buscar otro medio menos peligroso para saber si Walston ha abandonado la isla o permanece aun en ella.

Rechazados el plan del jefe de la colonia y la proposición de Kate, era preciso tomar muchas precauciones y cuidar de no cometer ninguna imprudencia.

Admitiendo que Walston estuviese aun allí, parecía que no tenía intención de explorar el terreno, pues varias veces ya Briant, Doniphan y Mokó recorrieron Family-Lake en noches muy oscuras, sin notar nunca ninguna claridad sospechosa en la opuesta orilla ni debajo de los árboles que estaban agrupados cerca del East-river.

Era, sin embargo, muy penoso vivir en tales condiciones; así es que Briant se devanaba sin cesar los sesos discurriendo algún medio que los sacara de tantas dudas y ansiedades. Bastaría tal vez para ello subir a una conveniente altura y vigilar desde ella; pero desgraciadamente el acantilado no pasaba de doscientos pies de elevación, y, por lo tanto, no dominaba por completo aquella comarca.

¿Qué hacer, sin exponerse a serios peligros? La imaginación de Briant no se daba un momento de reposo. De pronto se apoderó de su espíritu una idea tan sumamente peligrosa, y hasta insensata, que la rechazó en seguida; pero se había fijado de tal modo en su cerebro, que, dándola vueltas, concluyó por considerarla practicable.

Nuestros lectores no habrán olvidado que la operación de remontar por los aires la cometa se suspendió a causa de la llegada de los náufragos de Severn.

Pues bien, Briant se decía: puesto que aquella cometa no puede servir ya para señales, será tal vez posible utilizarla para operar el reconocimiento de la isla, tan necesario para nuestra tranquilidad.

¡Sí! Esa era la idea que se había apoderado de la imaginación del muchacho. Recordaba haber leído en un periódico inglés que a últimos del pasado siglo una mujer había tenido el valor de elevarse en los aires, suspendida de una cometa, especialmente fabricada para aquella peligrosa ascensión.

Pues bien; lo que una mujer había hecho, ¿no podía hacerlo un muchacho? ¡Qué importaba que su tentativa ofreciese peligros! Los riesgos no eran nada en comparación de los resultados que se obtendrían, de seguro; y tomando todas las precauciones exigidas por la prudencia, ¿por qué no había de tener éxito aquella operación? Aun cuando Briant no estuviera en estado de calcular matemáticamente la fuerza ascensional que necesitaría un aparato de ese género, se decía que ya lo tenía preparado, y que bastaría darle dimensiones más grandes y más sólidas. Al subir la cometa podía él ascender con ella, y elevándose a algunos centenares de pies dominaría grandes extensiones de terreno, llegando tal vez a descubrir de ese modo algún fuego en la parte de la isla comprendida entre el lago y Deception-bay.

No tomen nuestros lectores a risa la idea de este valeroso y audaz muchacho, por haber llegado a creer que su proyecto era practicable; lo era, en efecto, y además ofrecía menos peligros de lo que se puede creer a primera vista.

Bien madurado ya el plan en la mente de Briant, no restaba más que hacerlo aprobar por sus compañeros; así es que la tarde del 4 de Noviembre rogó a Gordon, Doniphan, Wilcox, Webb y Baxter que fueran a conferenciar con él, y cuando se reunieron, les hizo conocer su propósito de utilizar la cometa.

-¿Utilizarla? dijo Wilcox. ¿Qué quieres decir con esto? ¿Lanzarla al aire?

-Sin duda, respondió Briant; remontarla, puesto que se hizo con ese objeto.

-¿En medio del día? preguntó Baxter.

-No, porque en este caso, Walston y sus compañeros la verían, mientras que de noche...

-Lo mismo sucederá si le pones una luz, replicó Doniphan.

-Es que no se la pondré.

-¿De qué servirá entonces? preguntó Gordon.

-Para ver si los marinos del Severn están aun en la isla.

Y Briant, no sin alguna inquietud, temeroso de que lo desecharan, expuso su pensamiento en pocas palabras.

Sus compañeros no se admiraron por el atrevimiento de Briant: estaban ya tan familiarizados con los peligros, que una ascensión nocturna, ejecutada en tales condiciones, les pareció muy practicable. Gordon era el único que se preguntaba si su amigo hablaba formalmente.

-Sin embargo, dijo Doniphan: ¿será esa cometa bastante grande para soportar el peso de uno de nosotros?

-No lo creo, replicó Briant, y pienso que debemos darle mayor tamaño y más solidez.

-Queda por saber, dijo Wilcox, si una cometa podrá resistir...

-No es dudoso; lo puede, afirmó Baxter.

-Además, una ascensión idéntica se ha verificado ya, añadió Briant, y citó el caso de aquella mujer que cien años antes había intentado con éxito aquella experiencia.

-Todo depende, prosiguió, de las dimensiones del aparato y de la fuerza del aire en el momento de la ascensión.

-¿A qué altura crees que será preciso subir? preguntó Baxter.

-Me parece que a unos seiscientos o setecientos pies, respondió Briant, se podría ver un fuego encendido en cualquier punto de la isla.

-Pues bien, es menester hacerlo en seguida, exclamó Service. ¡Estoy cansado de no poder ir y venir a mi antojo!...

-¡Y nosotros de no poder registrar las trampas! añadió Wilcox.

-¡Y yo de no atreverme a disparar un tiro! replicó Doniphan.

-Hasta mañana, pues, dijo Briant.

Y luego, cuando se encontró solo con Gordon, éste le dijo:

-¿Piensas formalmente en realizar tu proyecto?...

-Por lo menos quiero probar.

-¡Es peligroso!

-Tal vez menos de lo que parece.

-¿Y cuál de nosotros consentirá en arriesgar su vida en esa atrevida excursión aérea?

-¡Tú el primero, Gordon; sí, tú mismo, si la suerte te designa!

-¡Ah! ¿Es la suerte la que ha de decidir?...

-¡No, Gordon! ¡Es necesario que el que verifique aquella ascensión lo haga con plena voluntad!...

-¿Está hecha tu elección?

-¡Tal vez!

Y Briant se marchó, después de apretar la mano del americano.

XXIV

Primer ensayo. -Agrandamiento del aparato. -Segundo ensayo. -Suspensión hasta el día siguiente. -Proposición de Briant. -Ofrecimientos de Santiago. -La confesión. -La idea de Briant. -En los aires a media noche. -Lo que se ve. -El viento refresca. -Desenlace.

En la mañana del 5 de Noviembre, Briant y Baxter pusieron manos a la obra; pero antes de dar a la cometa dimensiones más considerables, juzgaron necesario saber el peso que podría resistir tal cual era. Esto permitiría llegar a darle la suficiente superficie para desenvolver una fuerza capaz de soportar un peso que no debía ser inferior de ciento veinte a ciento treinta libras.

No fue preciso esperar a la noche para esta primera experiencia, pues soplando entonces viento del Sudoeste, Briant dijo que no había ningún inconveniente en aprovecharlo, siempre que la cometa no se elevara muy alta, para que no se viera desde la ribera oriental del lago.

La operación salió a las mil maravillas, pudiendo apreciarse con exactitud que el aparato levantaba un peso de veinte libras, pues se valieron de una romana encontrada entre el material del Sloughi.

La cometa fue tendida en el suelo de Sport-terrace. Primero Baxter consolidó su armadura por medio de cuerdas que se unían en un nudo central, como las ballenas de un paraguas a la anilla que se desliza por el mango.

Después la agrandaron por medio de un suplemento de cañas y el aumento de nuevas telas, para lo que Kate se mostró muy diestra, pues no faltaban en French-den ni hilos ni agujas. Si Briant o Baxter hubieran estado más instruidos en mecánica, hubieran tenido en cuenta, para construir el aparato, los cálculos más indispensables, como son el peso, la superficie plana, el centro de gravedad, el de presión del aire, que se confunde con el de configuración, y por fin el punto en que está atada la cuerda; esto sentado, hubieran deducido fácilmente cual sería el podar ascensional de la cometa y la altura que podía alcanzar, no dejando de saber también la fuerza que habría de tener la cuerda para resistir la tensión; circunstancia muy atendible para la seguridad del observador.

Felizmente la cuerda encontrada entra el material del schooner, y que media cerca de dos mil pies, era muy fuerte; sin contar que cuando el aire no sopla con violencia es sabido que las cometas resisten con moderación, siempre que el punto de enlace de los tirantes esté bien escogido. Era preciso, por lo tanto, arreglar con cuidado dichos tirantes, pues de ellos depende que el aparato se incline o se mantenga recto en la capa de aire en que se coloca, y también regula su estabilidad.

Para este nuevo empleo la cometa no necesitaba tener cola, cosa que ponía de mal humor a Dole y a Costar; pues aun cuando llevaría el apéndice necesario para su equilibrio y para conducir al aeronauta, no sería ni en la forma ni en la extensión que ellos deseaban.

Después de tantear mucho, Baxter y Briant observaron que convendría colocar el peso de resistencia en el tercio de la armadura, fijándolo en uno de los travesaños que extendían la tela en el sentido de la anchura. Dos cordeles de gran consistencia, amarrados a aquel travesaño, la sostendrían de modo que se encontrara suspendido a unos veinte pies más abajo.

Prepararon una cuerda como de cuatrocientas varas, lo que, deducida la curva, permitiría elevarse a setecientos u ochocientos pies del suelo.

En fin, para disminuir en lo posible los peligros de una caída en el caso de cualquier avería, se convino en que la ascensión habría de verificarse encima del lago; pues en la desgracia de caer al agua, la distancia desde aquel punto a la orilla cualquier regular nadador podía fácilmente salvarla. Siempre sería peligrosa, pero nunca seguramente tan fatal cono si se verificase sobre una superficie sólida, teniendo en cuenta que el descenso se haría con relativa lentitud.

Terminado el aparato, pudo apreciarse que tenía setenta metros superficiales en cuadro. Era de forma octógona; su radio se extendía hasta cerca de quince pies, y cada uno de los lados, cuatro. Con su fuerte armadura y su tela, completamente impermeable, no era dudoso que al aire levantaría fácilmente un peso de ciento veinte libras.

La barquilla en que el aeronauta se había de colocar era sencillamente una canasta de mimbres encontrada en el Sloughi, bastante profunda para que cualquiera de los colonos que entrara en ella estuviera hundido hasta el pecho, regularmente ancha para que tuviera libertad en sus movimientos, y suficientemente abierta para salirse pronto, en caso necesario.

Este trabajo, que se empezó el día 5, no se concluyó hasta el 7 por la tarde, y por consiguiente se dejó para el otro día la experiencia preparatoria, que daría a conocer el poder ascensional del aparato y su grado de estabilidad en el aire.

Durante aquellos últimos días nada había venido a modificar la situación. Varias veces unos u otros habíanse quedado largas horas en observación sobre el acantilado; pero nada sospechoso habían visto, ni al Norte, entre el límite de Traps-woods y French-den, ni al Sur, más allá del río, ni al Oeste del lado de Sloughi-bay, ni en el lago que Walston hubiera podido querer reconocer antes de dejar la isla.

Ninguna detonación se había oído tampoco.

Briant y sus compañeros podían creer, fundados en estos indicios, que los malhechores habían abandonado definitivamente la isla Chairmán; mas ¿podrían por fin volver de nuevo a sus costumbres? Eso es lo que la proyectada experiencia iba a demostrarles.

Una suprema dificultad se presentó a la imaginación de los jóvenes colonos. ¿Cómo haría la señal de que bajaran la cometa el que subiera a la barquilla?

Y he aquí lo que expuso Briant, cuando Doniphan y Gordon le interrogaron sobre este punto.

-Una señal luminosa es imposible, respondió Briant, pues Walston podría verla; así es que Baxter y yo hemos recurrido al siguiente procedimiento. Tomaremos un bramante de un largo igual al de la cuerda de la cometa, y después de haber agujereado una bala de plomo, pasaremos por ella el bramante, que se atará a la barquilla, mientras que la otra punta quedará aquí, en las manos de uno de nosotros. Cuando se quiera bajar, se soltará la bala, que se deslizará por el bramante, dando la señal de la bajada.

-¡Perfectamente ideado! respondió Doniphan.

Estando ya todo dispuesto, no faltaba más que proceder al previo ensayo; y como la luna no salía hasta las dos de la madrugada, viendo que era el viento favorable, convinieron en verificarlo aquella misma noche. A las nueve la oscuridad era profunda. Algunas nubes corrían a través del espacio, y parecía seguro que a cualquier altura que se elevara la cometa no podría ser vista desde ninguna parte.

Grandes y pequeños asistieron al acto, ciertamente con más placer que emoción, toda vez que no había de ir nadie en el cesto.

La cabria del Sloughi había sido colocada en el centro de Sport-terrace, y sólidamente fijada en el suelo para que resistiera a la tracción de la cometa, disponiéndose también la larga cuerda de tal modo que se desenrollara sin esfuerzo, al mismo tiempo que el bramante destinado a dar la señal de bajada.

Briant colocó en el cesto un saco de tierra, que pesaba exactamente ciento treinta libras, peso superior al de cualquiera de sus compañeros.

Doniphan, Baxter, Wilcox y Webb se colocaron al lado del aparato, a unos cien pasos de la cabria. A una señal de Briant, debían levantarlo poco a poco, por medio de cuerdas atadas a los travesaños de la armadura; y en cuanto aquel aparato hubiera dado presa al viento, Briant, Gordon, Cross y Garnett, que estaban al lado de la cabria, soltarían la cuerda, dejándola a la sola acción de la cometa.

-¡Atención! exclamó Briant.

-¡Estamos prontos! respondió Doniphan.

-¡Soltad!

La cometa se levantó poco a poco, apoyándose en el aire.

-¡Dad cuerda! gritó Wilcox.

En seguida el torno fue dando vuelta a impulsos de la tensión, viendo todos que aquel gran fantasma, con su canasta por apéndice, subía lentamente por el espacio.

Aunque fuera una gran imprudencia, gritos y vivas acompañaron en su ascensión al Gigante de los aires, que pronto desapareció en la oscuridad, con gran disgusto de los pequeños, quienes no hubieran querido perderlo de vista mientras se balanceaba encima de Family-Lake.

Kate les dijo al momento:

-No os desconsoléis, hijos míos. Más tarde, cuando ya no haya peligro, soltarán de día al Gigante, y, si sois buenos, se os permitirá le mandéis correos. Aun cuando ya no se le veía, comprendían que la cometa tiraba con regularidad y sin demasiada fuerza, lo cual era una prueba de que el punto de unión de los tirantes estaba dispuesto como convenía.

Briant, queriendo que el ensayo fuera tan completo como lo permitían las circunstancias, dejó que la cuerda se desenrollara hasta el extremo, pudiendo entonces apreciar su grado de tensión, que nada tenía de anormal. La cometa debía hallarse a una altura de seiscientos o setecientos pies, y aquella maniobra no había durado más que diez minutos.

Concluida la experiencia, cada cual, a su vez, cogió los manubrios para enrollar de nuevo la cuerda; sólo que esta operación fue mucho más larga, pues duró lo menos una hora.

Lo mismo que para la caída de un globo, la maniobra para la de una cometa es lo que más cuidado necesita, si se quiere que se verifique sin choque. Por fortuna, la brisa era constante y el descenso se hizo con el mayor éxito, apareciendo de nuevo el octógono de lienzo en la sombra y cayendo suavemente casi en el mismo punto en donde se había elevado.

Prolongados vivas acogieron la vuelta, como habían saludado la marcha.

Ya recogida la cometa, fue sujetada fuertemente al suelo, para que no diera presa al viento, ofreciéndose Baxter y Wilcox a velar toda la noche, por lo que pudiera ocurrir.

Al día siguiente, 8 de Noviembre, se haría la ascensión definitiva.

Briant no decía nada, y parecía profundamente absorto en sus reflexiones. ¿En qué pensaba? ¡Era en los peligros que presentaba una ascensión intentada en condiciones tan excepcionales, o en la responsabilidad que asumía dejando a uno de sus compañeros arriesgarse en aquella frágil barquilla?

-Entremos en la gruta ya, dijo Gordon; es tarde...

-¡Esperad un instante! Gordon, Doniphan, tengo que haceros una proposición.

-Habla, respondió Doniphan.

-Acabamos de ensayar la cometa, repuso Briant, y ese ensayo ha salido bien, porque las circunstancias nos han favorecido. ¿Sabemos acaso el tiempo que hará mañana, y si el viento permitirá mantener el aparato encima del lago? Y eso no obstante, mi parecer es no diferir la operación definitiva.

Nada más razonable, en efecto, puesto que estaban resueltos a hacerlo; así es que nadie contestó a aquella proposición. En el momento de entregarse a tales peligros, los más intrépidos hubieran titubeado.

Y, sin embargo, cuando Briant añadió:

-¿Quién quiere subir?...

-¡Yo!... dijo Santiago con viveza.

Y casi en seguida:

-¡Yo!... exclamaron a un tiempo Doniphan, Baxter, Wilcox, Cross y Service.

Hubo después un instante de silencio, que Briant no se apresuró a interrumpir.

Santiago fue el primero qué habló.

-Hermano, dijo, yo soy el que debe subir; si, yo. ¡Te lo suplico!... ¡Déjame partir!...

-¿Y por qué tú más bien que yo... o cualquier otro? replicó Doniphan.

-¿Sí?... ¿Por qué? preguntó Baxter.

-¡Porque debo hacerlo así! respondió el niño.

-¿Debes?... dijo Gordon.

-¡Sí!

El americano, que había cogido la mano de Briant para preguntarle lo que Santiago quería decir, la sintió temblar en la suya; y si la noche no hubiera sido tan oscura, le hubiera visto palidecer y bajar la vista.

-¿Qué dices, hermano?... repuso Santiago con tono resuelto, muy extraño en un niño de aquella edad.

-¡Responde, Briant! dijo Doniphan. ¡Santiago dice que tiene el deber de sacrificarse!... Ese deber, ¿no lo tenemos acaso también nosotros!... ¿Qué le obliga a reclamar la prioridad?

-Lo que he hecho, respondió el niño; lo que he hecho... Voy a decíroslo...

-¡Santiago! exclamó Briant, queriendo impedir que su hermano hablara.

-No, repuso Santiago con voz entrecortada por la emoción. ¡Deja que confiese!... ¡Esté secreto me pesa demasiado!... ¡Gordon, Doniphan; si estáis aquí... todos... lejos de vuestros padres... en esta isla... yo... yo sólo tengo la culpa de ello!... ¡Si el Sloughi ha sido llevado a alta mar, es que por imprudencia... no... por broma... he desatado la amarra que le sujetaba en el muelle de Auckland!... ¡Sí, una broma!... ¡Y luego, cuando vi que el buque se iba solo, perdí la cabeza!... ¡No llamé cuando aun era tiempo!... ¡Y una hora después... en medio de la noche... en alta mar!... ¡Ah! ¡Perdón, compañeros, perdonadme!...

Y el pobre muchacho sollozaba, a pesar de que Kate procuraba consolarle.

-¡Bien, Santiago! dijo entonces Briant. Has confesado tu culpa, y ahora quieres arriesgar tu vida para purgarla, o a lo menos para reparar en parte el mal que has hecho...

-¿Y no lo ha reparado ya bastante? dijo Doniphan abandonándose a su natural generosidad. ¡Veinte veces se ha expuesto para favorecernos!... ¡Ah, Briant me explico ahora perfectamente el por qué se presentaba siempre tu hermano cuando había algún peligro que correr, y siempre se hallaba pronto para sacrificarse... He aquí por qué fue a buscarnos a Cross y a mí en medio de la niebla... arriesgando su vida... ¡Sí, amigo Santiago; te perdonamos de todo corazón, y no necesitas ya reparar tu falta!... Todos rodeaban al niño, le cogían las manos, y, sin embargo, los sollozos no dejaban de desgarrarle el pecho. Ya se sabía ahora por qué aquel muchacho, el más alegre de todo el colegio Chairmán, y también el más travieso, se había vuelto tan triste y se apartaba siempre de los demás. Luego, por mandato de su hermano, y también por su propia voluntad, se le había visto ofrecer su persona cuantas veces había que correr un peligro. Y aun no creía haber hecho bastante: ¡pedía todavía sacrificarse por los demás!...

En cuanto Santiago pudo hablar, dijo:

-¡Ya lo veis, yo soy, yo, el que debe partir!... ¿No es verdad, hermano?

-¡Bien, Santiago, bien! repitió Briant, que atrajo a su hermano a sus brazos.

Después de la confesión que el joven acababa de hacer, y de la reclamación que presentaba para que se le dejase cumplir con su deber, en vano fue que Doniphan y los demás procuraran intervenir; no había más remedio que dejarle entregarse a la brisa que manifestaba cierta tendencia a refrescar.

Santiago dio un apretón de manos a sus compañeros, y luego, antes de ir a colocarse en la canasta, de la que habían quitado el saco de tierra, se volvió hacia Briant. Este estaba inmóvil, a algunos pasos detrás del torno.

-¡Abrázame, hermano! dijo Santiago.

-¡Sí!... ¡Abrázame! respondió Briant, dominando su emoción. O, más bien, soy yo el que te abraza, pues yo soy el que va a partir...

-¿Tú?... exclamó Santiago.

-¿Tú?... ¿Tú?... repitieron Doniphan y Service.

-¡Sí!... ¡Yo! Que la falta de Santiago sea reparada por su hermano o por él, poco importa. Además, cuando tuve la idea de esta experiencia, ¿habéis podido creer que mi intención era dejar la realización para otro?...

-¡Hermano! exclamó Santiago. ¡Te lo ruego!

-¡No, Santiago!

-Entonces, dijo Doniphan, reclamo a mi vez.

-¡No, Doniphan! respondió Briant con tono que no admitía réplica. ¡El que partirá seré yo!...¡Así lo quiero!

-¡Ya lo esperaba; Briant! dijo Gordon apretando la mano de su amigo.

Algunos minutos después, Briant, metido en la canasta, dio orden de que levantaran al Gigante, y así lo hicieron.

El aparato, poco ayudado por el viento, subió lentamente al principio, hasta que, aumentada la presión, Baxter, Wilcox, Cross y Service, colocados en la cabria, fueron soltando la cuerda, al mismo tiempo que Garnett, que tenía el bramante de aviso, iba soltando también.

En diez segundos, el Gigante de los aires desapareció en la sombra, en medio de un profundo silencio.

El intrépido jefe de ese pequeño mundo, el generoso Briant, desapareció con él.

El aparato se elevaba, sin embargo, con regular lentitud, y la constancia de la brisa le aseguraba una perfecta estabilidad; apenas se balanceaba, y Briant no notaba ninguna de esas oscilaciones que hubieran hecho muy peligrosa su situación. Así es que se tenía inmóvil, con ambas manos agarradas a las cuerdas de suspensión de la canasta, que se mecía con un ligero movimiento de columpio.

Briant experimentó una extraña impresión cuando se sintió suspendido en el espacio por aquel ancho plano inclinado, que se estremecía al empuje de la corriente aérea. Le parecía que era llevado por alguna fantástica ave de presa, o más bien que se hallaba debajo de las alas de un enorme murciélago negro. Pero, merced a la energía de su carácter, pudo conservar la sangre fría que las circunstancias demandaban.

Diez minutos después que el cometa dejó el suelo de Sport-terrace, un pequeño sacudimiento indicó que el movimiento ascensional había acabado.

La altura alcanzada verticalmente debía ser entre seiscientos y setecientos pies encima del suelo de la isla.

Briant, muy dueño de sí mismo, tendió él bramante pasado por la bala, y luego se colocó de modo conveniente para poder observar cuidadosamente el espacio, agarrándose con una mano a una de las cuerdas de suspensión, y teniendo el anteojo en la otra.

Debajo de él reinaba una oscuridad profunda. El lago, los bosques, el acantilado, formaban una masa confusa, de la que no se podía distinguir ningún detalle. En cuanto a la periferia de la isla, se dibujaba en el mar que la rodeaba, y desde el punto en que se hallaba, Briant la abarcaba con la vista en todo su conjunto.

En verdad que si esta ascensión hubiera podido hacerse en pleno día, tal vez hubiera visto alguna isla o algún continente, si existían, en un radio de cincuenta o sesenta millas.

Si hacia el Oeste, el Norte y el Sur el horizonte estaba demasiado nebuloso para que pudiera distinguir algo, no sucedía así en dirección al Este, en donde parte del firmamento, momentáneamente libre de nubes, dejaba ver algunas estrellas.

Y precisamente por aquel lado, una claridad bastante intensa atrajo la atención de Briant.

-¡Es un fuego! se dijo. ¿Habrá establecido Walston su campamento por aquel lado?... ¡No!... ¡Ese fuego está demasiado lejano, y se encuentra ciertamente muchísimo más allá que la costa de la isla!... ¿Será un volcán en erupción? Habrá acaso una tierra en los parajes del Este?

Y se presentó a su imaginación el recuerdo de aquella mancha blanquecina que distinguió en su excursión a Deception-bay.

-Sí, se dijo; era de aquel mismo lado... ¿Sería aquella mancha el reflejo de la nieve? ¡Debe haber al Este una tierra bastante cerca de aquí!

-Briant fijó su anteojo en aquella claridad, que la oscuridad de la noche hacia más visible. No cabía duda; allí había alguna montaña informe, cercana a un ventisquero, y que pertenecía a un continente o a un archipiélago, cuya distancia no excedía de treinta millas.

En aquel momento Briant divisó otra luz mucho más cerca de él, a unas cinco o seis millas, y por consiguiente en la superficie de la isla, al Oeste de Family-Lake.

-No me equivoco esta vez, pensó Briant; es en la orilla del bosque, cerca del litoral.

Pero esa luz no hizo más que encenderse y apagarse en seguida, pues a pesar de una atenta observación, Briant no la volvió a ver.

Su corazón latía con violencia, y su mano temblaba de tal modo, que le era imposible sostener el anteojo con suficiente precisión.

Cerca de la embocadura del East-river había un fuego de campamento; lo había visto, y notó bien pronto que su luz se reflejaba aun en los árboles.

De modo que Walston y sus amigos estaban acampados en aquel sitio, cerca del puertecito de Bear-rock. ¡Los asesinos del Severn no habían abandonado aun la isla Chairmán! Los colonos estaban siempre expuestos a una agresión, y ya no había seguridad, en French-den. ¡Qué decepción tan cruel experimentó Briant! Era evidente que Walston, encontrándose en la imposibilidad de reparar la chalupa, había tenido que renunciar a hacerse al mar para dirigirse a una de las cercanas tierras, si es que se hallaba alguna en aquellas regiones.

Briant, habiendo terminado sus observaciones, juzgó inútil prolongar su exploración aérea, y se preparó para bajar. El viento aumentaba sensiblemente, y ya las oscilaciones hacíanse más fuertes, imprimiendo a la canasta un balanceo que haría la bajada más difícil.

Después de asegurarse de que el bramante de avisos estaba bastante tirante, Briant soltó la bala, que en algunos segundos llegó a la mano de Garnett. En seguida la cuerda empezó a arrollarse en la cabria, atrayendo el aparato hacia el suelo; pero al mismo tiempo que la cometa bajaba, Briant seguía mirando aun en dirección a las claridades que había visto, asegurándose de que no se había equivocado, pues volvió a ver la que creía una erupción volcánica, y también el fuego cerca del litoral.

Con la más viva impaciencia, Gordon y sus compañeros esperaban la señal de bajada; y ¡cuán largos les habían parecido los veinte minutos que Briant acababa de pasar en el espacio!

Doniphan, Baxter, Wilcox, Service y Webb maniobraban vigorosamente sobre los manubrios de la cabria, pues ellos también habían observado que el viento tomaba fuerza y soplaba con menos regularidad.

Sentían sus efectos por las sacudidas que daba la cuerda, y no pensaban sin angustia que Briant debía sufrirlas de rechazo. El torno funcionó, pues, para enrollar los mil doscientos pies de cuerda que se habían soltado antes. El viento seguía aumentando, y tres cuartos de hora después de la señal dada por Briant, era ya fortísimo.

En aquel momento el aparato debía de estar aun a más de cien pies de altura por encima del lago. De repente se produjo una violenta sacudida, y Wilcox, Doniphan, Service, Baxter y Webb, a los que faltó el punto de apoyo, estuvieron a punto de caer al suelo.

¡La cuerda acababa de romperse!

Y en medio de los gritos de terror, este nombre fue repetido veinte, veces:

-¡Briant!... ¡Briant!...

Algunos minutos después; el intrépido y valiente joven saltaba en la orilla del lago, y llamaba con voz fuerte.

-¡Hermano!... ¡Hermano!... exclamó Santiago, que fue el primero in abrazarle.

-¡Walston está aquí todavía!

Esto es todo lo que dijo Briant en cuanto sus compañeros se unieron a él.

En el momento en que la cuerda se rompió, Briant habíase sentido arrastrado, no a una caída vertical y vertiginosa, sino oblicua y lenta, porque la cometa hacía en algún modo el efecto de un paracaídas. Lo que importaba hacer era salirse de la canasta antes de que llegara a la superficie del lago; y Briant, que conservaba toda su sangre fría, se tiró con tiempo, y siendo, como era, buen nadador, ganó pronto la orilla, distante de cuatrocientos a quinientos pies, a lo sumo.

Y durante este tiempo la cometa, desembarazada de su peso, desapareció por el Noroeste, arrastrada por el viento, que se hacía cada vez más fuerte.

XXV

La chalupa del «Severn.». -Costar enfermo. -Llegada de las golondrinas. -Desaliento. -Las aves de rapiña. -El guanaco muerto de un tiro. -Una pipa rota. -Vigilancia más activa. -Violenta tormenta. Una detonación fuera. -Un grito de Kate.

Al día siguiente, después de una mala noche, en la que Mokó estuvo también de guardia en French-den, los jóvenes colonos, cansados por las emociones de la víspera, no se despertaron hasta muy tarde, y apenas se levantaron, Gordon, Doniphan, Briant y Baxter pasaron a Store-room, en donde Kate se entregaba a sus acostumbradas faenas.

Allí hablaron de su situación, que no dejaba de inspirarles serias inquietudes.

Y, en efecto, como dijo muy bien Gordon, quince días hacía ya que Walston y sus compañeros estaban en la isla; y si la chalupa no había sido reparada, era sin duda porque carecían de las herramientas necesarias para ello.

-Así debe ser, respondió Doniphan, pues no está aquella embarcación tan destrozada, que no admita compostura. Si nuestro Sloughi no hubiera tenido más desperfectos que los que tiene la chalupa, hubiéramos llegado a ponerlo en estado de navegar.

Pero si Walston no había partido, no parecía tampoco que tuviera intención de quedarse en la isla Chairmán, toda vez que, si así fuera, hubiera indefectiblemente practicado ya alguna excursión por el interior, en cuyo caso French-den hubiera recibido su visita.

Y a propósito de esto, Briant habló de las observaciones que había hecho durante su ascensión respecto a las tierras que debían existir por el lado del Este, y a una distancia relativamente corta

-No habréis olvidado lo que os dije a la vuelta de mi expedición a la embocadura del East-river, referente a una mancha que observé en el horizonte, y que no sabía cómo explicar.

-Ni Wilcox ni yo hemos visto cosa que se le parezca, respondió Doniphan, por más que procuramos buscarla.

-Mokó la vio lo mismo que yo, repuso Briant.

-Puede que exista, replicó Doniphan. Pero ¿qué motivo tienes para creer que estemos cerca de un continente o de un grupo de islas?

-Helo aquí, dijo Briant. Mientras observaba ayer el horizonte en aquella dirección, noté una claridad, muy visible, fuera de los límites de la costa, y que no puede provenir sino de un volcán en erupción, de lo que deduzco que existe una tierra en estos parajes.

Los marineros del Severn no deben ignorarlo, y harán, por lo tanto, cuanto les sea posible para alcanzarla.

-No es dudoso, dijo Baxter. ¿Qué interés tienen en quedarse aquí? Y seguramente por no haber podido carenar su chalupa es por lo que no estamos todavía libres de ellos.

Lo que Briant acababa de comunicar a sus compañeros era de suma importancia, pues esto les daba la certidumbre de que la isla Chairmán no se hallaba, como ellos creían; tan distante de alguna tierra del Pacífico; pero lo que agravaba las cosas es que Walston, abandonando la costa de Severn-shores, habíase aproximado en unas doce millas, y que le bastaba ahora remontar el curso del río para llegar al lago, y contornear este por el Sur para descubrir a French-den.

Briant tomó medidas muy severas en vista de esta eventualidad. Las salidas se redujeron a lo estrictamente necesario, sin pasar jamás de la orilla izquierda del río hasta el límite de Bog-woods. Baxter disimuló la empalizada del cercado con ramajes y hierbas, así como las puertas de Store-room y del hall; prohibiéndose terminantemente mostrarse en la parte comprendida entre el lago y el acantilado. Era en verdad muy triste tener que sujetarse a tan minuciosas precauciones, añadidas a las dificultades de la situación.

Nuevos motivos de inquietud tuvieron aun nuestros colonos en aquella época. Costar cayó enfermo de calenturas, que pusieron su vida en grave peligro. Gordon tuvo que recurrir al botiquín del Sloughi, con gran temor de cometer algún error.

Felizmente Kate hizo las veces de madre de aquel pobre niño, cuidándole con ese prudente cariño, que es como un instinto en las mujeres, y no dejó de velarle noche y día. Gracias a esos cuidados la fiebre desapareció y la convalecencia hubo de comenzar pronto, siguiendo sin contrariedades hasta la completa reposición de la salud en el niño. ¿Se había hallado Costar en peligro de muerte? Difícil sería decirlo; pero si los cuidados no hubieran sido tan inteligentes, es muy posible que la fiebre hubiera llegado a agotar por completo las fuerzas del pequeño enfermo.

Sí; si Kate no hubiera estado allí, ¡Dios sabe lo que hubiera sucedido! No nos cansaremos de repetirlo; la excelente mujer había reconcentrado toda su afección en los más pequeños de la colonia, y no cesaba de acariciarlos y cuidarlos. Lo que más la preocupaba era el cuidado de la ropa blanca, que estaba ya muy gastada, después de veinte meses de constante uso. ¿Cómo renovarla cuando no pudiera servir ya? ¿Y los zapatos? Por mucho esmero que tuvieran, y no desdeñando ir descalzos cuando el tiempo lo permitía, estaban ya en muy mal estado. Todo esto daba mucho pesar a la buena Kate.

En la primera quincena de Noviembre hubo frecuentes chubascos; pero desde el día 17 el barómetro señaló buen tiempo, y el período de los calores empezó; los árboles y arbustos se cubrieron de hojas y de flores, y los habituales huéspedes de South-moors habían vuelto en gran número, con gran pesar de Doniphan, por no poder entregarse a la caza de las aves acuáticas, y de Wilcox, que no podía tender los lazos. Sin embargo, algunos volátiles se dejaron coger cerca de French-den, y un día Wilcox halló uno de aquellos emigrantes que el invierno había enviado hacia los desconocidos países del Norte. Era una golondrina, que llevaba aun el saquito que Briant ató debajo de una de sus alas, y que contenía las señas de los jóvenes náufragos del Sloughi. Pero ¡ay! el mensajero no traía respuesta. Durante aquellos largos días ociosos, ¡cuántas horas pasaban aburriéndose en el hall Baxter, encargado del diario, no tenía ya ningún incidente que relatar, y antes de cuatro meses empezaría el tercer invierno para los habitantes de la isla Chairmán.

Excepción hecha de Gordon, que estaba siempre ocupado en los detalles administrativos, los demás se hallaban sin cesar entregados a un completo desaliento. Briant, el valeroso Briant, se sentía también sin ánimos ya, aunque ponía sumo cuidado en no darlo a conocer, procurando combatir aquel estado de sus compañeros por medio del estudio, de las conferencias y de las lecturas en alta voz; les recordaba continuamente su país y sus familias, afirmándoles que los volverían a ver algún día. En fin, se ingeniaba cuando podía para darles bríos, temiendo que la desesperación se apoderara de ellos. Felizmente no sucedió así, pues acontecimientos muy graves los obligaron a entrar en actividad, así física como intelectual.

El 21 de Noviembre, hacia las dos de la tarde, Doniphan estaba pescando en las orillas de Family-Lake, cuando su atención fue vivamente atraída por los gritos discordantes de unos veinte pájaros que revoloteaban encima de la orilla izquierda del río; y si esos volátiles no eran cuervos, se las parecían mucho.

Doniphan no se hubiera preocupado por la presencia de aquellas aves si su modo de obrar no lo sorprendiera. En efecto, aquellos animales describían grandes órbitas, cuyo radio disminuía a medida que se acercaban a la tierra, y luego, reunidos en grupos, se precipitaron sobre el suelo.

Allí sus graznidos redoblaron; pero Doniphan procuró en vano espantarlos en medio de las altas hierbas, entre las que habían desaparecido. Tuvo entonces el pensamiento de que debía hallarse en aquel sitio el cadáver de algún animal; así es que, deseoso de saber a qué atenerse, volvió a French-den y rogó a Mokó que le pasara con la canoa al otro lado del río.

Ambos se embarcaron, y diez minutos después se deslizaban por entre las hierbas. En seguida aquellas aves echaron a volar, protestando con su feo graznido contra los importunos que se permitían turbar su comida.

En aquel sitio yacía el cuerpo de un guanaco, muerto hacía poco tiempo, pues conservaba aun algún calor vital.

Doniphan y Mokó, poco deseosos de utilizar para la despensa los restos de la comida de las aves de rapiña, se disponían a marcharse, cuando una idea se presentó a su imaginación. ¿Cómo y por qué había venido a caer el guanaco en el límite del pantano, lejos de los bosques del Este, que no abandonaban casi nunca?

Doniphan examinó el animal, y vio que tenía en el flanco una herida que aun manaba sangre.

-Este guanaco debe haber recibido un tiro, dijo Doniphan.

-Y aquí está la prueba de ello, respondió el grumete, que, habiendo abierto la herida con su navaja, extrajo una bala.

Esta era más bien del calibre de un fusil que de una escopeta de caza. Walston, pues, o uno de sus compañeros, había herido a aquel animal.

Doniphan y Mokó, dejando aquel cuerpo inerte a los volátiles, volvieron a la gruta, donde conferenciaron con sus compañeros.

Era evidente que el guanaco había sido herido por uno de los marineros del Severn, puesto que ni Doniphan ni ninguno de los colonos había disparado un tiro desde hacia más de un mes; pero lo que importaba saber era en qué momento y en qué sitio había el animal sido muerto. Pareció admisible que el hecho ocurriera cinco o seis horas antes, a lo más, tiempo suficiente para que el guanaco, después de atravesar los Downs-lands, pudiera llegar cerca del río. De aquí se deducía esta consecuencia: que durante aquella mañana, uno de los compañeros de Walston había debido ponerse a cazar, acercándose a la punta meridional del lago, y que la banda de aquellos malhechores, después de atravesar el East-river, se aproximaba poco a poco a French-den.

La situación se agravaba, aunque el peligro no fuese tal vez inminente aun. En efecto, en el Sur de la isla se extendía aquella vasta llanura, cortada por muchos arroyos, estanques y sembrada de dunas, en donde la caza no hubiera bastado para la alimentación de aquellos forajidos. Era de presumir, pues, que Walston no se hubiese aventurado a atravesar Downs-lands.

Era preciso, sin embargo, refinar la vigilancia y obrar con más prudencia aun, porque si tenían alguna probabilidad de rechazar la agresión, hasta cierto punto esperada, entraba por mucho para ello que los jóvenes no fuesen sorprendidos fuera de su morada.

Tres días después, otro hecho más significativo todavía vino a acrecentar los temores, y demostró que la seguridad estaba más que nunca comprometida.

El 24, a eso de las nuevo de la mañana, Briant y Gordon se hallaban al otro lado del río Zealand, adonde habían ido para ver si convendría establecer una especie de malecón que cerrara el estrecho sendero que había entre el lago y el pantano, pues al abrigo de esta trinchera, llamémosla así, hubiera sido fácil a Doniphan, acompañado de sus compañeros que mejor manejasen las armas, emboscarse rápidamente en el caso de que vieran con tiempo la llegada de Walston y su banda.

Ambos muchachos se hallaban a trescientos pasos del río, cuando Briant pisó un objeto, que aplastó. No puso cuidado en ello, pensando que era alguna concha traída hasta allí por las grandes mareas que invadían South-moors; pero Gordon, que iba detrás de él, se detuvo y dijo:

-Espera, Briant, espera.

-¿Qué ocurre?

Gordon se bajó y cogió el objeto aplastado.

-¡Mira! dijo.

-Eso no es una concha; es...

-¡Una pipa!

Y, en efecto, Gordon tenía en la mano una pipa negruzca, cuyo tubo estaba roto al ras del hornillo.

-Puesto que ninguno de nosotros fuma, dijo Gordon, esta pipa ha sido perdida por...

-Por uno de los bandidos de Walston, continuó Briant; a no ser que haya pertenecido al náufrago francés que nos ha precedido, en la isla Chairmán.

-No, repuso Gordon; esta pipa, cuyas roturas son recientes, no ha podido ser propiedad de Francisco Baudoin, muerto hace veinte años; su dueño, quien quiera que sea, la ha perdido hace poco en este sitio, y los restos de tabaco adheridos a ella, lo demuestran bien claramente. Es pues, indudable, que algunos días, o tal vez algunas horas antes, Walston, o uno de sus secuaces, ha llegado hasta esta orilla de Family-Lake.

Gordon y Briant volvieron en seguida a French-den, y Kate, a quien Briant enseñó el hallazgo, afirmó haber visto aquella pipa en manos de Walston.

No cabía duda de que los malhechores habían dado la vuelta a aquella parte del lago, y era muy posible que durante la noche hubieran avanzado hasta la orilla del río Zealand.

En presencia de tan amenazadoras eventualidades, Briant, de acuerdo con los demás, se ingenió para organizar una vigilancia más activa aun.

Durante el día se estableció un punto de observación permanente en la cima de Auckland-hill para señalar en seguida la aproximación de cualquier peligro; y de noche, dos de los mayores quedarían, haciendo guardia en las puertas del hall y de Store-room, en acecho de cualquier ruido sospechoso.

Ambas puertas fueron sólidamente atrancadas, y tenían todo dispuesto de manera que en brevísimo tiempo podían levantar por dentro una resistente y fuerte barricada con piedras y otros objetos. Las ventanas, afortunadamente estrechas, servirían de troneras para los dos cañones, con los que defenderían, con uno, la fachada que daba al río, y con el otro, la de Family-Lake. Los fusiles, revólveres y escopetas fueron revisados y dispuestos para usarlos a la primera voz de alarma.

Kate aprobaba todos aquellos preparativos. Esta enérgica mujer no dejaba traslucir nada de su inquietud, demasiado justificada cuando pensaba, en los azares tan inciertos de una lucha con los marineros del Severn. Los conocía bien, y temía que, no estando suficientemente armados, atacaran por sorpresa, a pesar de la más exquisita vigilancia.

¡Y para combatir a aquellos malvados, no había más que algunos muchachos, el mayor de dieciséis años apenas! ¡En verdad que la partida era por demás desigual! ¡Ah! Pensaba aquella buena mujer. ¿Por qué no se hallaba allí el valeroso Evans? ¿Por qué no la había seguido en su huida? Tal vez él habría organizado mejor la defensa para resistir a los ataques de Walston.

Desgraciadamente no era así, y aparecía como muy posible que el pobre timonel hubiera sido ya víctima de aquellos bandidos, por haber sido testigo de sus fechorías.

Llegó sin novedad el 27 de Noviembre. Hacía dos días que se había desarrollado un calor sofocante; grandes nubarrones pasaban por encima de la isla, y algunos truenos anunciaban una tormenta próxima a estallar.

Aquella noche Briant y sus compañeros entraron más pronto que de costumbre en el hall, después de tomar la precaución de arrastrar, como todos los días, las camas al interior de Store-room. Y luego, cerrando bien las puertas, se consagraron al descanso, no sin haber concluido el rezo nocturno y dedicado un recuerdo a sus familias.

A las nueve y media, la tormenta estaba en todo su apogeo.

El hall se iluminaba por el intenso resplandor de los relámpagos que penetraba por las rendijas de las puertas y ventanas. La luz de los relámpagos se prolongaba, uniéndose uno con otro, y parecía que el acantilado se estremecía al repercutir de los truenos. Era uno de esos meteoros sin lluvia ni viento, tan terribles, porque las nubes, completamente inmóviles, descargan en un mismo sitio toda la electricidad acumulada en ellas, y no basta a veces una noche entera para agotarla.

Costar, Dole, Iverson y Jenkins, hechos un ovillo en su camita, temblaban a cada nuevo trueno, y, sin embargo, nada tenían que temer en aquella inquebrantable cueva. Podría el rayo caer veinte veces, cien veces, en la cima del acantilado, y de seguro que no atravesaría las paredes de French-den, tan resistentes al fluido eléctrico como inaccesibles a la borrasca.

De vez en cuando Briant, Doniphan y Baxter se levantaban, entreabrían la puerta y volvían a entrar en seguida, cegados por los relámpagos.

De diez a once no cesó un momento de tronar, y sólo un poco antes de las doce empezaron a mediar algunos intervalos entre los truenos, que disminuían, alejándose. El aire comenzó entonces a soplar, rechazando las nubes que se habían aproximado al suelo, y la lluvia principió a caer, con lo cual los niños empezaron a tranquilizarse. Dos o tres cabecitas, escondidas debajo de las mantas, empezaban a destacarse. No habían dormido, a pesar de ser la hora del sueño para ellos; así es que Briant y los demás se preparaban a acostarse después de tomar las precauciones habituales, cuando Phann dio señales de una verdadera agitación; se ponía de manos y se abalanzaba a la puerta del hall, dejando oír gruñidos sordos y continuos.

-¿Habrá olfateado algo? dijo Doniphan procurando calmar al perro.

-En varias circunstancias ya lo hemos visto obrar así, respondió Baxter, y el inteligente animal jamás se equivocó.

-Antes de acostarnos es preciso averiguar lo que esto significa, dijo Gordon.

-Sea, dijo Briant; pero, de todos modos, que nadie salga, y preparémonos para la defensa.

Cada cual tomó su fusil y su revólver, y luego Doniphan avanzó hasta la puerta del hall, y Mokó a la de Store-room. Ambos, con el oído pegado contra el montante de la ventanilla, no oyeron ningún ruido a pesar de que no cesaba la agitación de Phann, que se puso a ladrar con tanta furia un momento después, que Gordon no pudo calmarle. Esto era muy de sentir, porque si en los instantes de calma era posible que nuestros jóvenes oyeran el ruido de los pasos de cualquiera, con más motivo se oirían desde el exterior los ladridos del perro.

De repente sonó una detonación, y por cierto que no podía confundirse con el sonido del trueno. Era un tiro que acababan de disparar a menos de trescientos pasos de French-den. Todos los muchachos prepararon sus armas; Doniphan, Baxter, Cross y Wilcox, con sus fusiles, estaban apostados en las puertas, dispuestos a hacer fuego sobre cualquiera que intentara forzarlas, mientras que los demás empezaban a amontonar las piedras, preparadas para las barricadas, cuando una voz gritó desde fuera:

-¡Socorro!.. ¡Socorro!...

Allí había un ser humano, en peligro de muerte sin duda, y que reclamaba auxilio.

-¡Socorro!... repitió la voz, y esta vez a muy pocos pasos de la gruta.

Kate, cerca de la puerta, escuchaba anhelante.

Creía haber reconocido una voz amiga.

-¡Es él! exclamó.

-¿Él?... dijo Briant. ¿Quién es él?...

-¡Abrid!... ¡Abrid!... repetía Kate.

Doniphan y Wilcox abrieron la puerta, un hombre, chorreando agua, se precipitó en el hall. Era Evans, el piloto del Severn.

Capítulos I a V | Capítulos VI a X | Capítulos XI a XV | Capítulos XVI a XX | Capítulos XXI a XXV | Capítulos XXVI a XXX

Cinco Semanas en Globo | Dos Años de Vacaciones | De la Tierra a la Luna | El Castillo de los Carpatos | El Faro del Fin del Mundo | La Vuelta al Mundo en 80 Días | Miguel Strogoff | Viaje al centro de la tierra | Los Amotinados de la Bounty


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 158 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons