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V ANTE EL CASTILLO Al día siguiente Nic Deck y el doctor Patak se disponían a partir a las nueve de la mañana. Era propósito del guardabosque remontar el desfiladero del Vulcano, yendo por el camino más corto hacia el misterioso castillo. A pesar del incidente del humo en el torreón y de la voz oída en la posada, que tenía enloquecida a toda la población, el guardabosque se aprestaba a salir de Werst y sin que nadie le obligase a ello. En las casas, aquella noche no se habló de otra cosa que de la misteriosa voz. Allí, en la posada de Jonás, habían estado las personas más notables y todas atestiguaban haber oído las fatídicas palabras. No había duda de que si Nic Deck persistía en su propósito, sufriría una gran desgracia. El señor Koltz, aunque tenía interés en la empresa, había puesto todos los medios para que Nic desistiese de su proyecto. La misma Miriota, anegada en llanto, había suplicado a su novio que abandonase tan descabellada idea. Antes de la advertencia dada por la voz, ya lo era; más ahora. Ni los ruegos de sus amigos ni el llanto de Miriota pudieron cambiar el ánimo del guardabosque, lo que no sorprendió a nadie, conociendo el carácter indomable del joven, su tenacidad o, mejor dicho, su terquedad. Había dicho que iría al castillo y nada ni nadie podría impedirlo. Ni incluso aquella amenaza tan directa que se le había hecho. Sí... iría al castillo, aunque no volviese. Cuando llegó la hora convenida, Nic Deck abrazó a Miriota, y ella se santiguó con el pulgar, el índice y el dedo medio, según la costumbre rumana, y como homenaje a la Santísima Trinidad. En cuanto al doctor Patak, al que habían puesto en el trance de tener que acompañar al joven, había dicho todo cuanto cabía decir para excusarse, aduciendo cuantas objeciones era posible oponer. Finalmente se había amparado en aquella misteriosa amenaza... -Esa amenaza sólo se refiere a mí -se limitó a rebatir Nic Deck. -¿Y crees tú -le dijo el doctor- que si te ocurriese una desgracia iba yo a salir bien librado? -No lo sé, pero habéis prometido venir conmigo y vendréis, puesto que yo voy. La gente de Werst, viendo que era imposible hacer desistir al guardabosque, acabaron por darle la razón: era mejor que Nic Deck no se aventurase solo en aquella expedición. Finalmente, pues, viendo que no podía retroceder, lo que hubiera comprometido su situación en el pueblo, el doctor, con todo el espanto en su alma se resignó, decidido, no obstante, a aprovechar cualquier obstáculo en el camino para obligar a su compañero a regresar. Nic Deck y el doctor Patak partieron. Fueron acompañados por el señor Koltz, el maestro Hermod, Frik y Jonás hasta el recodo de la carretera, donde hicieron alto. Allí, el juez, con su anteojo, del que ya no se separaba, dirigió la mirada al castillo. Ya no se percibía humo en el torreón. Y en aquella hermosa mañana de primavera hubiese sido fácil verlo, destacándose en el claro azul del cielo. ¿Sería tal vez que los huéspedes del castillo, naturales o sobrenaturales, habían desertado al ver que el guardabosques hacía caso omiso de sus amenazas? Así lo pensaron al fin, lo que era un buen augurio para el éxito de la expedición. Después de las naturales despedidas, Nic Deck, llevándose consigo al doctor, desapareció en el recodo de la montaña. El joven vestía traje de viaje, con gorra de galón de ancha visera, chaqueta con cinturón, pantalón bombacho, botas herradas, cartuchera y carabina al hombro. De su cinto pendía un cuchillo de caza. El doctor, por su parte, había creído oportuno armarse con un viejo pistolón de chispa, que de cada cinco tiros fallaba tres. También era portador de un hacha, que su compañero le había proporcionado para el caso probable de tener que abrirse camino por entre los espesos matorrales del Plesa. Se cubría con el ancho sombrero común en los campesinos, bien abrigado con un capote de monte y calzado con botas de recia suela. Ambos llevaban las alforjas bien provistas de víveres, por si la exploración se prolongaba. Cuando pasaron el recodo del camino siguieron juntos a prudente distancia, remontando la orilla derecha del Nyad. En la época en que el castillo estaba habitado por el conde de Gortz, la comunicación entre Werst, la garganta del Vulcano y el valle del Sil valaco, era una estrecha vereda abierta en aquella dirección; pero obstruida durante veinte años por espesos matorrales, era inútil buscar por allí un camino. En el punto en que se hallaban, la ribera llena de barrancos y de rocas, era del todo impracticable, y debían cortar oblicuamente hacia la izquierda, en dirección al castillo, tras franquear la zona inferior de los bosques del Plesa, único punto por donde el castillo podía ser abordado. Cuando iban a dejar el cauce del Nyad, Nic Deck se detuvo para orientarse. Desde aquel lugar no se veía el castillo, ni lo verían hasta no llegar al otro lado de los bosques, por lo que la dirección a seguir sólo podía establecerse por la posición del Sol. -¿Lo ves? -aventuró el doctor-. No hay un camino, o mejor dicho, no lo habrá. -Lo habrá -respondió Nic Deck. -¿De manera que sigues decidido? El guardabosque respondió con un ademán afirmativo y se internó en la arboleda. En aquel momento el doctor sintió un vehemente impulso de desandar lo andado. Pero Nic le miró tan resueltamente que no creyó oportuno quedarse rezagado. El doctor Patak aún tenía una última esperanza: que Nic pronto se extraviaría en aquel laberinto de bosques, donde nunca había prestado servicio; pero el doctor no contaba con el instinto profesional de los hombres avezados a vivir en los bosques, que les permite guiarse por los menores indicios, tales como la dirección de las ramas, el desnivel del terreno, el color de las cortezas, los distintos matices de los musgos, según reciban influencia de los vientos del Sur o del Norte. Nic Deck era un experto en su oficio y tenía una sagacidad superior para no perderse, ni aun en los parajes desconocidos para él. El guardabosque se abría paso con el hacha por aquella espesa maleza, erizada de pinchos como bayonetas, y donde el pie hallaba un terreno muy escabroso, lleno de troncos y raíces con las que se tropezaba cuando no se caía en un hoyo, húmedo y blando, repleto de hojas muertas que el viento no había podido arrastrar. En aquella espesura el doctor Patak no las tenía todas consigo. Pero, metido en faena, no se atrevía a volverse solo; así es que se esforzaba por no separarse ni un solo paso de su intransigente compañero. A veces aparecían entre la espesura del bosque caprichosos claros, por donde se veía el cielo. Bandadas de cigüeñas negras, turbadas en su soledad, volaban de las altas copas y escapaban dando enormes aletazos. Atravesar aquellos pequeños claros hacía aún más penosa la marcha. Había en ellos derribados árboles tronchados por las tormentas o caídos de viejos. Se veían troncos desmesurados y carcomidos, de los que no podría sacarse ni una astilla ni ser transportados al Sil para acarrearlos. Ante estos obstáculos el quehacer de Nic era agobiante, porque, si bien él era ágil y vigoroso, en cambio el doctor Patak, con sus piernas cortas y su abultado abdomen, sofocado y jadeante, a cada paso rodaba por el suelo, debiendo ser socorrido por su compañero. -¡Ya verás, Nic, como acabo por romperme la crisma! -refunfuñaba. -¡Ya os la arreglaréis vos mismo! -¡Veamos, Nic, sé razonable!... ¡No se puede luchar contra lo imposible! Pero Nic no le hacía caso, se adelantaba y al doctor no le quedaba otra opción que reunirse con el mozo. Ahora bien: ¿seguían una conveniente dirección para salir frente al castillo7 Difícilmente podían conjeturarlo. Sin embargo, ya que el terreno iba siempre subiendo, era obvio que habían de llegar al limite del bosque, cosa que hicieron sobre las tres de la tarde. En aquel punto reapareció entre rocas el torrente Nyad, bien fuese porque se curvase su curso hacia el Noroeste, o bien porque Nic hubiese tomado el Nyad oblicuamente. Esto hizo pensar al guardabosque que el camino seguido había sido el correcto, puesto que el torrente tenía su nacimiento en las entrañas de la meseta de Orgall. Entonces el joven concedió una hora de detención en la orilla del río, ya que los estómagos pedían alimento tan imperiosamente como las piernas descanso. Las alforjas estaban bien repletas y el rakiu llenaba los frascos que ambos llevaban; por añadidura, el agua límpida y fresca, filtrada por los guijarros del cauce, corría a pocos pasos. ¿Qué más se podía desear? Desde la salida de Werst el doctor no había tenido ocasión de conversar con Nic, que le precedía siempre. Pero al hallarse sentados sobre el ribazo del Nyad se despachó a sus anchas. Pero si uno era un hablador sempiterno el otro era poco locuaz, por lo que si las preguntas eran prolijas las respuestas fueron breves. -Hablemos un poco, Nic, con formalidad -empezó el doctor. -Os escucho -respondió Nic. Imagino que si hemos hecho alto en este sitio será para tomar fuerzas... antes de volver a Werst. -No antes de ir al castillo. -Mira, Nic: hace seis horas que estamos andando y apenas si hemos hecho la mitad del camino. -Prueba de que hemos de apresurarnos ahora. -Pero ya será de noche cuando lleguemos al castillo y como no creo que seas tan loco que quieras aventurarte en la oscuridad, tendremos que esperar a que amanezca. -Esperaremos. -Pero... estamos ya extenuados y lo que precisamos es una buena mesa en una buena sala y una buena cama en un buen cuarto. Tú, en cambio, ¿piensas pasar la noche al aire libre? -Si es que no podemos penetrar en el castillo. -¿Piensas hacerlo? -Y pasar la noche en las habitaciones del torreón. -¡En las habitaciones del torreón! -exclamó el doctor, desolado-. ¿Crees que me voy a conformar y pasar la noche en el interior de ese castillo maldito? -A menos que prefiráis quedaros solo fuera. -¡Solo! Eso no es lo acordado. Y si hemos de separarnos, mejor hacerlo aquí mismo para volverme al pueblo. -Lo acordado, doctor, es que me seguiréis hasta el castillo. -De día, sí, pero no por la noche. -Bien, partid si queréis. Pero cuidad de no extraviaros por el bosque. ¡Extraviarse! Esto era lo que más temía el doctor. Abandonado a sí mismo y sin tener costumbre de andar por aquellos laberintos del Plesa, se sentía incapaz de volver solo a Werst. Además, al llegar la noche, corría el riesgo de caer por un despeñadero. El doctor intentó un último esfuerzo para detener a su compañero. -Ya comprenderás, mi querido Nic, que no voy a consentir en que nos separemos; y puesto que te obstinas en ir al castillo, no dejaré que vayas solo. -Creo que es lo mejor que podéis hacer, doctor. -Pero si cuando lleguemos al castillo es de noche, prométeme que no intentarás entrar en él. -Lo que puedo prometerle, doctor, es hacer lo imposible para entrar; no voy a retroceder un paso hasta descubrir lo que allí se oculta. -¡Lo que se oculta allí! -exclamó el doctor, con un escalofrío-. ¿Y qué quieres que se oculte? -No lo sé, pero quiero saberlo y lo sabré. -Lo que falta por saber es si podremos llegar a ese castillo del demonio -refunfuñó el doctor, que ya no tenía más argumentos que oponer al joven-. Lo que sí puedo asegurarte es que se hará de noche antes de que hayamos podido ver sus muros. -Yo no lo creo así -le rebatió Nic-. En lo alto de la cuesta los abetos son menos espesos que los laberintos de olmos, encinas y hayas que hemos atravesado. -Pero, en cambio, el terreno será muy tortuoso. -Mientras sea practicable... -No te he dicho nada aún de los osos que merodean por las cercanías de la meseta de Orgall. -Yo tengo mi fusil y vos la pistola para defendernos, doctor. -Pero si la noche se nos echa encima, podemos perdernos en la oscuridad. -No, porque tendremos como guía el torrente del Nyard. Bastará con que remontemos su margen derecha para llegar a la cima de la meseta donde tiene su fuente. Creo que dentro de dos horas veremos el castillo si nos ponemos en camino ahora. -¿Ya, Nic? Apenas si hemos descansado unos minutos. -Unos minutos que han hecho una media hora larga. Por última vez, ¿estáis presto? -¿Presto... y me pesan las piernas como si fuesen de plomo? Comprende que no tengo tus piernas de guardabosque, Nic Deck. Tengo los pies hinchados por culpa de estas botas, y es una crueldad que me obligues a seguirte. -¡Ya me estáis fastidiando, Patak! Por segunda vez, os repito que sois libre de iros... ¡Buen viaje! Nic se puso de pie. -¡Por el amor de Dios, Nic! ¡Escúchame! -¡Escuchar más majaderías! -Veamos, Nic. Puesto que ya es tarde, ¿por qué no nos quedamos aquí, al abrigo de estos árboles? Podemos continuar mañana y tendríamos toda la mañana para llegar a la meseta. -Os repito, doctor, que mi intención es pasar la noche en el castillo. -No lo harás, Nic. Yo lo impediré. -¡Vos! -Me agarraré a ti; te arrastraré; te golpearé si es preciso. El pobre doctor, en su desespero no sabía lo que decía. Nic Deck ni siquiera le respondió y después de haberse terciado el fusil en bandolera se puso a caminar en dirección a la ribera del Nyad. -¡Espera! ¡Aguarda! -exclamó con voz lastimera el doctor-. ¡Diablo de hombre-..! ¡Un instante...! Tengo las piernas entumecidas. Mis articulaciones están atrofiadas... Pero el ex enfermero no tuvo más remedio que echar a correr para reunirse al guardabosque, que no hacía intención de volverse. Eran las cuatro. Los rayos del sol, iluminando la cima del Plesa, proyectaban su oblicua luz sobre las altas ramas de los abetos. Nic Deck hacía bien en apresurarse porque en aquellas espesuras la noche caía de repente. ¡Extraño aspecto en verdad el de estos bosques donde se acumulan las especies arbóreas alpinas! En ellos no se ven árboles nudosos ni retorcidos, sino troncos rectos, altísimos, y desnudos hasta una altura considerable: troncos lisos que extienden a manera de techo sus verdes copas. En su base no hay matorrales ni zarzas; sólo largas raíces saliendo a flor de suelo como serpientes adormecidas por el frío. El piso se ve alfombrado de un musgo amarillento y seco, lleno de ramitas y sembrado de especies de tubérculos que crepitan bajo el pie. El paso fue difícil por entre aquel bosque durante un cuarto de milla. Hubo que cruzar un talud de cristalinas rocas, cuyas aristas afiladas podían cortar la piel más recia. Para escalar aquellos bloques era necesaria una fuerza de riñones, un vigor de piernas y una seguridad de los miembros que no se encontraban en el doctor. Si Nic Deck hubiese ido solo, no hubiera empleado más de una hora; pero con el aditamento de su compañero empleó tres, bien deteniéndose para que le alcanzara, bien ayudándole a subir sobre alguna roca demasiado alta para las cortas piernas del doctor. Este sentía el temor de quedarse solo en medio de aquellos parajes. A medida que la pendiente se hacía más penosa, los árboles empezaban a escasear sobre la cima del Plesa y sólo formaban grupos aislados. Entre aquellos grupos se percibía la línea de las montañas que se perfilaban en lontananza entre los últimos resplandores de la tarde. El torrente del Nyad en aquel punto no era más que un arroyuelo, lo que indicaba que su nacimiento estaba cerca. A unos centenares de metros por encima de los últimos pliegues del terreno se recortaba la meseta de Orgall, coronada por las construcciones del castillo. Por fin Nic Deck llegó a la meseta, tras un supremo esfuerzo que dejó al doctor como una masa inerte. El pobre hombre no hubiera tenido fuerzas para arrastrarse dos metros más allá, y cayó abatido como cae la res bajo la maza del matarife. Nic Deck apenas sentía la fatiga de tan ruda subida. De pie, inmóvil, devoraba con la mirada el castillo de los Cárpatos, al que nunca se había aproximado. Ante sus ojos se aliaba un muro almenado, defendido por un profundo foso, y cuyo único puente levadizo estaba levantado contra la poterna encajada en un marco de piedra. En torno del muro y en toda la meseta, todo estaba tranquilo y silencioso. La penumbra del crepúsculo permitía abarcar el conjunto del castillo que se dibujaba confusamente en las sombras. No se veía a nadie sobre el parapeto, ni sobre la plataforma del torreón, ni sobre la terraza circular del primer piso... Ni un hilo de humo podía observarse en torno a la extravagante veleta, comida por el moho secular... -Y bien, guardabosque -preguntó el doctor Patak-. ¿convendrás conmigo en que no es posible franquear ese foso, ni bajar el puente levadizo ni abrir la poterna? El joven no respondió. Estaba pensando que algo habría que hacer. En medio de aquella oscuridad, ¿como podría bajar al fondo del foso y subir por el escarpado muro, para entrar en la fortaleza? Sin duda, lo más prudente era esperar al alba para obrar con luz. Y muy contrariado, y con gran contento por parte del doctor Patak, tuvo que resignarse.
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