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Había
una vez... Blancanieves corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas,
tropezando con rocas y troncos de árboles que la
lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una
casita y entró para descansar.
Cuando
llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran
siete enanitos, que todos los días salían para trabajar en
las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las montañas. -¡Caramba,
qué bella niña! -exclamaron sorprendidos-. ¿Y cómo llegó
hasta aquí? Se
acercaron para admirarla cuidando de no despertarla. Por la
mañana, Blancanieves sintió miedo al despertarse y ver a
los siete enanitos que la rodeaban. Ellos la interrogaron
tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su
triste historia. -Si
quieres cocinar, coser y lavar para nosotros -dijeron los
enanitos-, puedes quedarte aquí y te cuidaremos siempre. Blancanieves aceptó contenta. Vivía muy alegre con los enanitos,
preparándoles la comida y cuidando de la casita. Todas las
mañanas se paraba en la puerta y los despedía con la mano
cuando los enanitos salían para su trabajo. Pero
ellos le advirtieron: -Cuídate.
Tu madrastra puede saber que vives aquí y tratará de hacerte
daño. La
madrastra, que de veras era una bruja, y consultaba a su
espejo mágico para ver si existía alguien más bella que
ella, descubrió que Blancanieves vivía en casa de los siete enanitos. Se puso furiosa
y decidió matarla ella misma. Disfrazada de vieja, la malvada reina
preparó una manzana con veneno, cruzó las siete montañas
y llegó a casa de los enanitos. Blancanieves, que sentía una gran soledad durante el día, pensó
que aquella viejita no podía ser peligrosa. La invitó a
entrar y aceptó agradecida la manzana, al parecer
deliciosa, que la bruja le ofreció. Pero, con el primer
mordisco que dio a la fruta, Blancanieves cayó como muerta. Aquella
noche, cuando los siete enanitos llegaron a la casita,
encontraron a Blancanieves en el suelo. No respiraba ni se
movía. Los enanitos lloraron amargamente porque la querían
con delirio. Por tres días velaron su cuerpo, que seguía -No
podemos poner su cuerpo bajo tierra -dijeron los enanitos.
Hicieron un ataúd de cristal, y colocándola allí, la
llevaron a la cima de una montaña. Todos los días los
enanitos iban a velarla. Un
día el príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco,
vio a la bella niña en su caja de cristal y pudo escuchar
la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de Blancanieves y logró que los enanitos le permitieran llevar el
cuerpo al palacio donde prometió adorarla siempre. Pero
cuando movió la caja de cristal tropezó y el pedazo de
manzana que había comido Blancanieves se desprendió de su
garganta. Ella despertó de su largo sueño y se sentó.
Hubo gran regocijo, y los enanitos bailaron alegres mientras
Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe.
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