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Había una vez... ... Un
hombre muy rico que perdió a su esposa y quedó solo en el
mundo con su pequeña hija. Por más que se sintieran muy
tristes y solitarios, los dos vivieron reponiéndose de la
dolorosa pérdida un tiempo. Pero, al realizar un viaje a
otra comarca, el hombre conoció a una mujer y se casó de
nuevo, y desde entonces las cosas cambiaron para la niña. La
nueva esposa trajo consigo a sus dos hijas que eran tan
orgullosas como poco agraciadas. En cuanto vieron que la
belleza de la pequeña las opacaba, se disgustaron mucho, y
decidieron deshacerse de ella. «¿Por
qué vamos a permitir que la muy tonta se siente en la sala
con nosotras?·», se dijeron. «¡Que se gane la vida
trabajando! No sirve más que para la cocina. Pues ¡que
cocine!» Le
quitaron sus bonitas ropas y la vistieron con unos pobres
harapos y unos zapatos rotos. La obligaron a vivir en la
cocina, y la hicieron trabajar duramente. Tenía que
levantarse con el alba, encender el fuego, traer agua,
cocinar la comida y lavar la ropa. ¡Y eso no era todo! Por
la noche, después de un largo día de trabajo, la pobre
criatura ni siquiera tenía una cama donde dormir. Para
abrigarse del frío se acostaba en el hogar entre las
cenizas y los rescoldos, y, por esta razón, comenzaron a
llamarle Cenicienta. Cierto
día en que el padre se preparaba para ir a la feria,
preguntó a las dos mayores qué deseaban que les trajese. -Lindos
vestidos- respondió una de ellas. -Joyas-
dijo la otra. -¿Y
a ti, Cenicienta?- preguntó luego -. ¿Qué te gustaría? -Tráeme,
papá -contestó ella-, un fresco y verde brote de avellano;
el primer brote que te roce el sombrero en el camino de
regreso. Compró
el hombre en la feria ricos vestidos y resplandecientes
joyas para los dos mayores; y, de vuelta, mientras cabalgaba
por un estrecho camino del bosque, un fresco brote de
avellano se quebró al rozar con su sombrero, al que hizo
caer. -¡Vaya,
vaya, por poco me olvido! -dijo el padre mientras arrancaba
la ramita-. ¡Si es lo que me pidió la pequeña Cenicienta! Las
dos mayores quedaron encantadas con sus lujosos regalos y
muy pronto empezaron a pavonearse delante del espejo, acicalándose
y adornándose como era propio de tan vanidosas criaturas.
También a Cenicienta le gustó su modesto regalo, y fue a
plantarlo en el jardín que había detrás de la casa. Todos
los días se ocupaba del brote, así que creció y creció
hasta convertirse en un pequeño árbol. Cierto
día llegó una paloma e hizo en el árbol su nido. Revoloteó
entre las ramas, se posó en los pequeños tallos y arrulló
suavemente. Cenicienta se encariñó con ella, pues era la
única amiga que tenía. Le daba migajitas y semillas, y la
paloma cantaba agradecida: «¡cucurru-cú, cu-curru-cú!» Y
sucedió que, por orden del rey, una gran fiesta iba a
celebrarse en el palacio real. Debía durar tres días y
tres noches, y todas las muchachas del reino fueron
invitadas para que el príncipe escogiese su novia entre
ellas. ¡Qué
conmoción había en todas las casas! Todas las jóvenes del
país estaban impacientes y llenas de esperanza, pero las más
inquietas eran las dos hermanastras de Cenicienta. Se habían
propuesto deslumbrar al príncipe costase lo que costase, y
desde varias semanas antes de la fiesta ya se ajetreaban
corriendo de aquí para allá con sus preparativos. Por
fin llegó el primer día de fiesta y las dos hermanas
empezaron a vestirse para el baile. Les tomó toda la tarde.
Cuando terminaron, valía la pena verlas. De
seda y satén eran sus vestidos. Los polisones les quedaron
bien abombados, sus corpiños estaban cargados de
filigranas; y mientras por sus sayas pululaban y
revoloteaban los lazos y los volantes, era de ver cómo los
faralaes les adornaban las mangas. Llevaban campanitas que
tintineaban y anillos que resplandecían, ¡y rubíes, y
perlas, y alita de pájaro! Se embadurnaron las pecas y se
taparon las cicatrices con diminutas lunas y estrellas y
corazones. Se empolvaron el pelo y se lo empingorotaron tan
alto como pudieron con plumas y flechas enjoyadas. A
última hora llamaron a Cenicienta para que les hiciera los
bucles, les atara los lazos del corpiño y les limpiara los
zapatos. Cuando la pobre muchachita se enteró de que iban a
una fiesta en el palacio del rey, le resplandecieron los
ojos y preguntó a su madrastra si no podría ir ella también. -¿,Tú?
-chilló la mujer- ¿Toda
llena de polvo y ceniza, y todavía quieres ir al baile? ¡Pero
si no sabes bailar, y además no tienes vestidos! Pero
Cenicienta rogó y rogó, y por fin la madrastra, para salir
de ella, le dijo: -Bueno,
mira lo que voy a hacer. Echaré una cazuela de lentejas en
la ceniza, y si en dos horas puedes recoger las que estén
buenas y ponerlas otra vez en la cazuela, te dejaré ir. Cenicienta
sabía muy bien que no podría hacerlo nunca por sí sola,
pero también sabía una cosa que nadie más sabía; y es
que su arbolito era un avellano mágico, y la palomita un
hada. Así que fue a colocarse debajo de las ramas y dijo
suavemente: -¡Palomita y consuelo, mi
hada querida, con las aves del cielo
ven enseguida! A
lo que contestó la paloma: ¡Cu-curru-cú! ¿Qué quieres tú? Y
Cenicienta le dijo: -¡Lléname la cazuela,
vuela que vuela! Y
allá se fue volando la paloma y con ella todos los pájaros
del cielo. Arriba y abajo, se movían las cabecitas mientras
recogían las lentejas. «Pic-pec, pic-pec,
pic-pec!» hacían los pájaros, y en un instante
estuvieron todos los granos buenos en la cazuela. Pronto
echaron a volar y desaparecieron, mientras Cenicienta se
apresuraba a llevar a su madrastra la cazuela llena de
lentejas. Aquello
la irritó tanto, que dijo de muy mal humor: -No
puedes ir de ninguna manera. Ni tienes vestido, y, además,
es imposible que bailes con esos pies tan toscos. Las
lágrimas rodaron por las mejillas de Cenicienta, y tanto le
rogó, que por fin la madrastra le dijo: -Muy
bien. Te daré otra oportunidad. Esta vez tendrás que
limpiar dos cazuelas de lentejas en una sola hora - y se
marchó diciendo que aquello la mantendría entretenida
hasta que ya ella y sus hijas estuviesen camino de la
fiesta. De
nuevo fue Cenicienta a pararse debajo del avellano, y dijo
suavemente: -¡Palomita y consuelo, mí
hada querida, con las aves del cielo ven enseguida! Y
todo volvió a pasar lo mismo que antes. La palomita mágica
y todos los pájaros del cielo vinieron volando y, en un
santiamén, limpiaron las lentejas de cenizas y llenaron las
dos cazuelas hasta los bordes. Cenicienta
las llevó a su madrastra y preguntó: -¿Puedo
ir ahora? Pero
la madrastra se puso furiosa: -¡No
seas tonta! -gritó-. No tienes vestido para ponerte. Además,
no podrías bailar con esos zuecos que llevas. Nos
avergonzarías a todas. Y
con esto le viró la espalda y se marchó corriendo al baile
con sus dos orgullosas hijas. Pero
Cenicienta no se puso entonces a llorar y a lamentarse, como
podría suponerse, sino que se convirtió en la muchacha más
atareada que se haya visto nunca. Se lavó la cabeza hasta
dejársela sin una sola ceniza, y luego se peinó el pelo de
modo que le rodeaba la cara como una nube de oro. Luego se
bañó, y se frotó y restregó hasta quedar radiantemente
limpia. ¡Quién iba a imaginar nunca que no era más que
una pobre cocinerita que dormía entre las cenizas y los
rescoldos de la chimenea! En cuanto estuvo lista, fue a
colocarse debajo de su avellano y, mirando hacia las
frondosas ramas, dijo: -¡Arbolito querido,
de tu ramaje llueva pronto un vestido
todo de encaje! Entre
las ramas hubo como un rumor y un fulgor y al punto
desaparecieron los harapos de Cenicienta y un rutilante
vestido de encaje cayó sobre ella. En vez de sus zapatones
de madera, dos diminutas zapatillas de oro cubrían sus
pies. Una estrella de diamantes anidaba en su sedoso cabello
y resplandecía con todos los colores del arco iris.
Cenicienta se sentía alegre y feliz, y corrió entusiasmada
a la fiesta. Cuando hizo su aparición en el palacio, estaba
tan radiante y magnífica, que nadie la reconoció, ni
siquiera la madrastra y sus dos orgullosas hijas. En
cuanto al príncipe, no tuvo ojos para nadie más desde que
la vio. La tomó de la mano y no se separó de su lado en
toda la noche. A los que quisieron bailar con ella los apartó
diciendo: -Lo
siento mucho, pero esta pequeña bailarina es mía. Cenicienta
era muy feliz; pero sabía que su dicha no iba a durar mucho
tiempo. La paloma le había advertido que sus encantadores
vestidos desaparecían al toque de medianoche; de modo que,
a partir de las doce menos cuarto, Cenicienta no se vio por
ninguna parte. Cuando el príncipe se dio cuenta, la buscó
desesperadamente por todo el palacio, pero no pudo
encontrarla. Entretanto,
la pequeña bailarina había llegado ya al patio de su casa.
Al pasar junto al avellano, el reloj dio las doce. Sus
rutilantes vestidos desaparecieron, cayeron sobre ella los
mugrientos harapos y entró en la casa sonando sus viejos
zapatones de madera. ¡Ya no era sino Cenicienta, la pobre
cocinerita de siempre! Tiritando
de frío, con sus pobres harapos, se acostó junto a las
cenizas y a los rescoldos, como de costumbre; pero estaba
demasiado inquieta para dormirse. Cuando llegaron la
madrastra y sus orgullosas hijas, todavía estaba despierta,
y pudo escucharlas conversando en el cuarto inmediato: -¿Quién
sería esa pequeña belleza misteriosa -dijo la madrastra-,
y por qué desaparecería tan de repente? -Nadie
lo sabe -dijo la mayor de sus hijas-. Yo, por mi parte, me
alegro de que se fuera. ¿Quién iba a tener la menor
oportunidad si llega a quedarse? -Estoy
de acuerdo contigo -dijo la otra-. Pero, de todos modos,
me gustaría saber de dónde vino. ¡Quién
iba a decirles que la misteriosa doncella había salido de
su propia casa y que, en aquel momento, vestida de harapos,
dormía entre las cenizas y los rescoldos del hogar! Al
día siguiente todo sucedió otra vez de la misma manera. L De
nuevo el arbolito hizo que lloviese un vestido sobre
Cenicienta, sólo que esta vez era aún más hermoso que el
de la víspera. En cuanto llegó al palacio, todas las
miradas se volvieron hacia ella, y mientras la hermanastras
ponían caras de vinagre, el príncipe corrió a su
encuentro y no se apartó de su lado en toda la noche. A los
que quisieron bailar con ella los apartó diciendo: -Lo
siento mucho, pero esta pequeña bailarina es mía. El
príncipe se sentía en extremo feliz, pero con gran
disgusto suyo la bailarina volvió a escapársele un poco
antes de la medianoche. Esta vez alcanzó a verla cuando se
le escurría por la puerta. Corrió tras ella, pero la
fugitiva conocía el camino y él lo ignoraba. A menudo la
perdía de vista mientras volaba aquí y allá entre las
calles oscuras, pero no se desanimaba por eso. Todavía
alcanzó a vislumbrarla en el momento en que se deslizaba
por el patio de la casa, pero estaba todo tan oscuro, que no
pudo precisar dónde se había metido. Cenicienta,
escondiéndose entre los arbustos, llegó bajo el avellano
en el preciso instante en que daban las doce. Se
desvanecieron sus hermosos vestidos, y cuando el príncipe
llegó a su vez al árbol, sólo pudo ver a una harapienta
figurita que entraba en la casa chancleteando con sus
grandes zuecos. ¿Cómo iba a imaginarse que se trataba de
su pequeña bailarina? «¡Pero
si entró en este patio, si yo mismo la he visto!» se decía.
«Tenía que estar aquí escondida, en este jardín.» El
príncipe buscó por todos y cada uno de los rincones del
patio, registró cada arbusto, miró en cada uno de los
canteros; pero, por supuesto, su pequeña bailarina no
aparecía por ninguna parte. Por fin, regresó a palacio,
meneando la cabeza tristemente. «¡Ah,
pero mañana será distinto!», se dijo. «¡Ya me encargaré
yo de que no se escape!» La
tercera noche, después que la malvada madrastra y sus dos
orgullosas hijas se hubieron marchado, con su tintineo y su
rumor de colas, Cenicienta se paró, como siempre que
necesitaba, debajo de su querido arbolito y dijo: -¡Arbolito querido
de tu ramaje llueva pronto un vestido
todo de encaje! Apenas
había acabado de decir estas palabras cuando un vestido
revoloteaba hacia ella desde las ramas, un vestido hermosísimo,
como si estuviera hecho con rayos de sol. De lo alto bajó
también flotando una minúscula corona, resplandeciente
como si la formaran miles de gotas de rocío, y se posó
ligera en su pelo: y dos diminutos zapaticos de oro,
adornados con risueños diamantes, vinieron a calzársele
con toda naturalidad. Pero todas estas maravillas no eran
nada junto a la conmovedora belleza de su rostro, su aire de
sencilla modestia y la fina gracia de sus movimientos. Cuando
entró, se acallaron todos los rumores, y el príncipe,
rindiéndose a su hechizo, dobló la rodilla y le besó la
mano. No
quiso apartarse de su lado en toda la noche; su sonrisa era
tan alegre, y bailaba con tanto gusto, que Cenicienta, sintiéndose
más feliz de lo que cabe decir en palabras, se olvidó por
completo del tiempo. Faltaba sólo un minuto para las doce
cuando zafó ágilmente sus manos de los dedos del príncipe
y, escabulléndose entre los invitados, se precipitó por
las anchas escaleras que conducían a la calle. Pero
el príncipe, decidido a no perderla de nuevo, había
ordenado que pintasen de brea la escalera, y, al bajar veloz
Cenicienta, uno de su zapaticos se hundió en la brea y quedó
sujeto a ella. Como no había tiempo que perder, tuvo que
seguir sin el zapato. En
ese preciso instante dio el reloj las doce: desaparecieron
sus hermosas ropas y allí estaba Cenicienta vestida de
harapos y saltando escaleras abajo. Apenas había cruzado la
gran puerta de entrada cuando apareció el príncipe
corriendo, desalado y sin aliento. El guardia, que estaba
dormido, se restregó los ojos. -¿No
has visto a mi princesita?- le gritó el príncipe. -¿Princesita? -dijo el
guardia-. ¡Oh, no, Alteza! -¿Nadie
ha pasado por aquí? ¿Estás seguro? -insistió el príncipe. -Sólo
una pequeña pordiosera, Alteza -respondió el guardia-.
Iba corriendo como si la persiguiera el diablo, aunque no
puedo imaginarme por qué. El
príncipe pareció muy desanimado, y ya se marchaba, cuando
vio el zapatico de oro pegado a la brea de los escalones. Lo
recogió, admirándose de lo pequeño y gracioso que era.
Sus ojos se iluminaron. «Se
me escapó, es cierto», se dijo, «pero he de buscarla
hasta que la encuentre, y este adorable zapatico me enseñará
el camino». Muy
temprano, a la mañana siguiente, el príncipe se presentó
en casa de Cenicienta y dijo a la madrastra: -La
otra noche vi que mi pequeña bailarina desaparecía en tu
jardín. ¿Es aquí donde vive? La
madrastra sonrió de gusto y sus dos orgullosas hijas se
ruborizaron y empezaron a hacer las más extrañas muecas,
de tantas esperanzas como tenían. -He
aquí algo que se le perdió anoche -dijo el príncipe,
sacando el zapatico de su bolsillo-; sólo será mi novia
aquella muchacha que pueda calzárselo. Las
mayor de las hermanas se probó primero. Su pie era esbelto,
pero demasiado largo. Tanta fuerza hizo para calzárselo,
que se lastimó el dedo gordo; pero pensó que bien valía
la pena, pues iba a ser princesa por todo el resto de su
vida. Cuando
el príncipe la vio con el zapatico puesto, pensó que debía
ser la muchacha que buscaba. La subió, pues, a la grupa de
su caballo y emprendió el camino de palacio. Pero al pasar
debajo del avellano, oyeron cantar a la palomita mágica de
Cenicienta: -¡Cu-curru-cú! ¡Y él no ve cómo se le puso el pie! Bajó
el príncipe los ojos y vio que salía un poco de sangre del
zapatico de oro. Cuando le pidió que caminara, la hermana
mayor empezó a cojear que daba pena verla. El
príncipe comprendió que se había equivocado; volvió atrás
y dio una oportunidad a la otra hermana. Pero ésta se hirió
el pie al ponerse el zapatico, pues lo tenía muy gordo. ¿Pero
qué le importaba un poco de dolor si en lo sucesivo sería
una princesa? Apretujó y apretujó el pie hasta que, por
fin, se calzó el zapatico, y el príncipe la montó a lomos
de su caballo y partió rumbo a palacio. Pero al pasar bajo
el avellano, oyeron cantar a la palomita mágica de
Cenicienta: -¡Cu-curru-cú! ¡Y él no ve
cómo se le puso el pie! Cuando
el príncipe bajó los ojos, vio que el pie de la segunda
hermana rebosaba y que por el talón le corrían unas
goticas de sangre. Al pedirle que caminara, la segunda
hermana empezó a cojear que daba pena verla. De
modo que el príncipe regresó con ella a casa y dijo a la
madrastra: -¿Hay
aquí alguna otra muchacha? -No,
Alteza -dijo ella. -¿,Está
segura? -dijo el príncipe-. ¡Tiene que haberla! Hace dos
noches yo vi a una muchacha entrar en esta casa. -¡Oh,
no! -respondió la madrastra-. No hay aquí nadie más que
una torpe cocinerita. No puede ser ella de ninguna manera. -Déjeme
verla -dijo el príncipe. -¡Pero
es demasiado sucia y harapienta para que un príncipe la
vea! -¡Tráigala
enseguida! ¡Es una orden! -dijo el príncipe. Y la Cenicienta
había escuchado esta conversación desde la cocina y,
entretanto, no había perdido el tiempo. Se había lavado,
restregado y sacudido las cenizas del pelo. Al entrar, bajó
modestamente la cabeza, hizo una pequeña reverencia y fue a
sentarse en la silla que le ofrecía el príncipe. Se quitó
el grueso zapatón de madera, extendió su gracioso
piececito y se calzó con toda naturalidad el minúsculo
zapato de oro. Luego alzó tímidamente la cabeza, y cuando
el príncipe vio su bello rostro y se miró en sus
bondadosos ojos resplandecientes, exclamó: -¡Cómo
pude equivocarme! ¡Ésta sí que es mi propia, mi verdadera
y única princesita! En
ese momento se escuchó un zumbido y un rumor que parecía
de alas, y nadie supo cómo, pero los harapos de Cenicienta
desaparecieron y apareció vestida con sus magníficas ropas
de fiesta. La
madrastra y sus dos orgullosas hijas se quedaron mudas de
asombro y furia. El príncipe las dejó rezongando y
rechinando los dientes, y salió con Cenicienta de la mano.
La alzó junto a sí sobre el caballo y ya se alejaban
alegremente cuando, al pasar bajo el árbol, oyeron el
arrullo de la paloma: ¡Esta sí Enseguida
bajó revoloteando a posarse en el hombro de Cenicienta, y
los tres juntos: el príncipe, la princesa y su paloma
mágica,
cabalgaron lejos, muy lejos, hacia un delicioso castillo
donde vivieron muy felices el resto de sus días.
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