XII
Hocico
al viento iba derecho al ganado.
Ni
un rayo de sol en el horizonte. Allá lejos. Limitando el
paisaje, una colina chata esfumándose en el gris. Al naciente,
lejos también, las albas cimas de la cordillera. En medio,
surcando la ancha estepa, las curvas del río en
enormes eses; sus aguas enrojecidas y olorosas corren mudas,
lentas, como queriendo prolongar sus caricias
a la tierra y formando remolinos donde danzan hilos de paja
y brisas de totora...
—¡Llaj!...
¡Ñustu!
Cogió
la pastora del suelo un terrón endurecido y lo lanzó con
su honda por encima de la majada, en dirección del
semental, que había torcido la marcha y se iba a un
pantano, donde jugueteaban algunas gaviotas. Supaya
corrió
hacia el grupo, dio dos ladridos y alguna dentellada y
regresó al lado de su dueña meneando la cola de placer
por haber enderezado la torcida caravana.
Supaya,
como un homónimo de la leyenda indígena, demonio, era
negro, lanudo, y las lanas que cubrían su lomo
afilado tenían reflejos de cobre envejecido. Malhumorado,
hosco, huraño, difícilmente entraba en relaciones
con nadie. Casto como sus dueños, raras veces corría en
pos de galantes aventuras, acaso porque era
feo hasta no pedir más y se sabía así. Si en ocasiones, y
venciendo su harañez, se mezclaba con los otros perros
que vagabundeaban por el yermo, era para buscar pendencia y
promover peleas, de las que no siempre
salía airoso, porque la falta de alimento y el trabajo sin
reposo lo traían flacucho y espigado.
Grave,
filosófico, seguía ahora al rebaño con la cabeza gacha y
muy abismado en hondas cavilaciones. Sólo la
voz de su ama tenía el privilegio de alegrarle. Cuando le
daba alguna orden, en sus ojitos perspicaces y tiernos
lucía intensa llama de alegría y devota sumisión.
Listo
en sacar a lucir el colmillo para quien no hubiese requerido
su amistad, sólo corría a la vista de los pantalones.
Los pantalones le causaban invencible miedo, acaso porque
sabía que con ellos van las escopetas
que truenan con hórridos estampidos los grandes espacios.
No bien divisaba a lo lejos la silueta de los
patrones, estaba buscando refugio al lado de su dueña, y así,
muy prudente, mostraba instintos absolutamente
reacios al progreso y refinamiento que diz que los blancos
aportan dondequiera que sientan sus
conquistadoras plantas.
De
buena hora estuvieron la zagala y su rebaño en el cerro
donde acostumbraba pastorear. Iba radiante la moza,
porque ya estaban en pie los muros de la nueva vivienda que
su marido iba alzando en las faldas del cerco,
en una faja de tierra lindante con el río, plana y rica.
La
mañana oscura y ventosa anunciaba la nevada del Carmen, que
los agricultores esperaban con alborozo.
De
los lejanos confines del horizonte emergían enormes
nubarrones negros, que se copiaban en las temblorosas
aguas del algo, dándoles una capacidad de metal pulido, y
manchaban el azul profundo de los cielos,
que al entenebrecerse imprimían sello de cruel gravedad al
enorme paisaje.
Todo
parecía diluirse bajo las sombras y adquirir color terroso:
el lago, los cerros, los montes, el río, las casas.
Los
mismos eneales de la orilla aparecían negros, borrosos.
Sobre
el peñascal, cordón de rocas en la cima del cerro y
fuertemente asida a la saliente de un pedrusco, Wata-Wara
miraba, distraída, el menudo oleaje del algo, que parecía
hervir. Sus ovejas triscaban por los riscos rumiando
la paja tierna brotada en las junturas y hiendas de las
rocas, y Supaya, el perrillo, husmeaba el viento,
caviloso y huraño.
Los
cuervos marinos revoloteaban en nutridas bandadas por las
orillas y las gaviotas se dejaban mecer sobre el
oleaje, lanzando estridentes chillidos.
Miraba
la pastora el retoro de los pescadores a la playa. Venían
de lejos, por grupos de cuatro o cinco, y las velas
de totora de sus balsas parecían otras tantas
gaviotas reposando en la inquieta superficie de las aguas, que
florecían en espuma e iban a morir bravamente entre los
totorales.
De
pronto Supaya husmeó el viento y se puso a gruñir
rabioso, mirando el camino. Wata-Wara volvió el rostro y
vio que trepaban por la pendiente el patrón y sus amigos.
Sin
saber por qué sintió miedo. Y quiso escapar, abandonando
su ganado, ponerse a distancia de los amos; pero
para realizar su propósito veíase obligada a coger la
senda que ellos traían, porque al otro lado del cerro caía
a pico sobre el lago.
Fingió
no verlos y disimulándose entre la grieta de una roca, púsose
de espaldas a la senda que serpeaba a sus
pies por entre los desnudos peñascales.
Resonó
ceraca la detonación de un tiro. Supaya corrió a buscar
refugio junto a sus dueña y huyeron en bandadas
las tórtolas que habían buscado abrigo del viento entre
las grietas de los peñascos. Una perdiz cayó
muerta entre las peñas del camino, manchando con su sangre
las piedras.
—¡Por
aquí , por aquí ha caído!
Venían
corriendo los jóvenes, con los ojos pegados a los huecos de
los peñas, hurgando con los caños de los fusiles
los hirsutos y ásperos pajonales, y a medida que ellos
avanzaban, la pastora iba recatándose más en el suelo,
cual si quisiera perderse en él.
—¿Qué
miras?
Le
habló el patrón y fingió no oírle.
—¡Oye,
mujer! ¿Viste caer por aquí una perdiz? —volvió a
preguntar Pantoja encaramándose a una peña.
Wata.Wara
señaló el ave muerta.
Pantoja
saltó sobre el terraplén, recogió la presa y examinándola
dijo a sus amigos:
—¡Qué
tiro, che! ¡En la cabeza!
—Te
equivocas —se burló Suárez—; debajo de la cola.
—Eso
sólo tú, maula.
Y
volviendo a mirar el ave que tenía entre manos, añadió
con íntimo gozo:
—¡Qué
presa! Por lo menos cambiaremos de carne.
—La
mejor presa es aquella —dijo Valle señalando a la joven.
Pantoja
volvió los ojos hacia la zagala, y al reconocerla asintió
alegremente:
—¡Caramba!
Es Wata-Wara. ¿Qué hacemos?
—Nos
la llevamos.
—No,
hombres; déjala —protestó Suárez.
—A
la cueva.
—¿Y
querrá seguirnos? Dicen que éstos no asoman nunca por
ella; le tienen miedo.
—Déjense
de tonterías y vámonos —insistió Suárez.
—¿Tonterías
una mujer así? Eres loco. Si quieres, tú te vas —repuso
Ocampo.
Wata-Wara
escuchaba sin comprender, pero con el resentimiento de que
hablaba de ella y aumentaba su miedo
y se sentía llena de incertidumbre, cual si temiese la
aproximación de una desgracia.
Pantoja
se volvió hacia la joven, que miraba atentamente el lago,
aunque sin perder ningún movimiento de los blancos.
—¿Qué
miras?
Nada,
patrón.
—¿Y
dónde está tu marido?
La
india señaló el lago:
—Allí
dentro, pescando.
—¡Caramba!
Yo no me atrevería a entrar al lago con este tiempo. ¡Qué
nubes tan negras —dijo Serrano señalando
el cerrado horizonte.
—¡Y
cómo está el laguito! Las aguas son de tinta. Nunca lo
hemos visto así —repuso Valle trepando hasta la cresta
de la roca donde se encontraba Wata-Wara.
Y
añadió, volviendo a sus amigos:
—Vengan
a ver esto; da miedo.
Ganaron
los jóvenes la altura y echaron una mirada al vasto y
doliente panorama.
Las
nubes habían cubierto todo el cielo, y se proyectaban, plúmbeas,
en el lago, cuyas aguas se alzaban en olas
menudas coronadas de espuma blanca. Todo yacía sumido en
una claridad borrosa; diríase tendido sobre el
cielo un inmenso paño negro que dejase pasar la luz a través
de su tejido.
—Nunca
se pone así el cielo en este tiempo; ¿por qué será?
—preguntó Pantoja a la india.
—Es
el kenaya, tata.
—¿Y
qué es el kenaya?
—Son
esas nubes negras y anuncian desgracias.
—¿Y
tienes miedo?
—Sí.
—¿De
qué?
La
india se encogió de hombros:
—A
veces se tiene miedo sin saber por qué.
—¡Pobrecita!
¡Déjenla! —insistió Suárez impresionado por el aspecto
del paisaje y por las palabras de zagala.
—Eres
tímido como una perdiz. ¿Crees que le importa nada el
divertirse con nosotros? —insistió Pantoja mirando
fijamente a Wata-Wara y descubriendo nuevos encantos en su
rostro broncíneo y dulce.
—Oye
—le dijo—, dicen que por acá hay una cueva. Condúcenos.
La
india señaló con el dedo la senda y repuso:
—Ese
camino lleva derecho a ella. Si yo voy, mis ovejas se
dispersarían.
Pantoja
fingió indignarse.
¿Es
que se le desobedecía? ¡Cuidado! Él era patrón y tenía
derecho a mandar y ser obedecido sin réplica...
¿O
creía ella que iba a burlarse de él? ¡No faltaba más!
Wata-Wara,
sin replicar, arrolló la honda a su cintura, púsose las
ojotas, recogió su rueca, pero antes de bajar de
su atalaya levantó los brazos e hizo una señal a los
balseros, que estaban ya por llegar a las lindes de las totoras.
Pesadas
gotas de lluvia comenzaron a aplastarse en ese suelo reseco
y polvoroso, levantando tenues nubecillas.
Las ovejas corrieron contra el peñascal, y Supaya, gruñendo
sordamente en torno de los jóvenes, erizaba
las lanas de su lomo, enfurecido.
—Yo
me quedo a ver eso —dijo Suárez a sus amigos, que se
alejaban llevándose a la moza.
Wata-Wara
iba delante con paso tardo, quizá por la pesadez de su
vientre fecundado o por dar tiempo a que ganasen
el cerro los pescadores.
—¡Ojalá
te sea propicia la soledad! —le contestó socarronamente
Pantoja.
Suárez,
con un gesto de cansancio y repugnancia, se sentó en el
sitio ocupado antes por la zagala y desde donde
se descubría el vasto horizonte del lago y de la
cordillera; mas sus amigos, casi súbitamente animados del
furor de la especie, a la vista de la hembra espléndidamente
ataviada de las solas galas naturales, iban decididos
a conseguirla por la fuerza si de agrado no alcanzaban su
deseo.
—¿Cómo
se llama esta cueva? —preguntó Ocampo señalando el
oscuro agujero de la entrada cuando hubieron
llegado a su vecindad.
—¡Es
la morada del diablo! —dijo Wata-Wara con miedo.
Y
añadió, con la esperanza de atemorizar a los amos:
—De
noche salen gritos del interior y se ven brillar los ojos
del demonio.
—Y
tú, ¿viniste alguna vez?
—Una
sola, cuando era niña; pero nunca vengo de noche por aquí.
De
pronto lanzó un grito, y señalando el agujero, dijo con no
fingida angustia:
—¡Miren!
¡Allí está!...
—¿Qué?
—¡El
diablo!...
Y
temblaba de veras, despavorida, como con fiebre.
Los
jóvenes se aproximaron más a la entrada, y efectivamente,
en lo hondo, vieron brillar dos punto redondos con
opaca luz.
—¿Saben
que es verdad? —dijo Aguirre retrocediendo instintivamente
un paso.
—¡Tonto!
Alguna lechuza. Ya verán —replicó Pantoja.
Se
echó la escopeta a la cara, apuntó e hizo fuego.
Al
ruido de la fragorosa detonación escaparon los leke-lekes
lanzando agudos chillidos y una bandada de aves salió
huyendo de la cueva y rozó con sus alas la cabeza de los jóvenes.
Se disipó el humo y habían desaparecido
los dos puntos luminosos.
—¿Lo
ven? Era una lechuza. Y para que se convenzan... Entró
Pantoja ala cueva, encendió un fósforo y se le vio
alejarse hacía el fondo oscuro. A los pocos momentos volvió
a aparecer trayendo arrastrado por las alas grises el cuerpo
aún tibio del ave nocturna y funeral.
—¡Ahí
está el diablo!
Y
arrojó a los pies de la india el despojo del búho. Wata-Wara
ahogó un grito y se tapó la cara con las manos, temblando
de pavor.
Hiciéronse
más tupidas la gotas de lluvia. El viento silbaba entre los
pajonales y aullaba lastimeramente en las hiendas
de las rocas. Por las llanuras vagaban enormes torbellinos
de polvo y un ruido vago que parecía descender
del cielo llenaba el horizonte.
—Entremos;
la lluvia nos coge —propuso Ocampo.
Wata-Wara,
sin decir nada, con aire indolente, alejóse del grupo, en
dirección a su majada.
—Y
tú, ¿por qué no entras? —le preguntó Pantoja.
—No,
tata; tengo miedo.
—¡Qué
tonta! ¿Acaso no ves ahí al diablo? —y señaló al búho
muerto.
—Es
que se ha convertido en eso. El diablo no muere a bala...
—Te
has de mojar. Te irás cuando pase la lluvia.
—¡Me
voy! —repuso con voz baja y firme.
—¡Por
la fuerza, queridos! —dijo Pantoja.
Y
tomándola por la mano, quiso arrastrarla. Wata-Wara se dejó
caer en el suelo, temblando de congoja.
Supaya,
las orejas altas, centelleantes los ojos, lanzóse hacia el
agresor e hizo presa en su vestido.
—¡Quita,
maldito!
Y
Ocampo, con la culata de su escopeta, descargó un fuerte
golpe en el endeble cuerpecillo de la bestia y se oyó
el ¡crac! de algo que se quiebra. Supaya soltó la presa, y
con agudo quejido, huyó arrastrando la pata.
¡A
su perro! Wata-Wara de un salto púsose en pie y probó desasirse
para huir; pero Pantoja la tenía cogida con la
fijeza de un dogo de lucha. La india prorrumpió en
estridente alarido, mas al punto cayó sobre su boca la pesada
y gruesa mano de Ocampo.
Probaron
alzarla en vilo; pero ella, ágil y robusta, defendióse con
las uñas, los dientes y los pies. Ya patadas, a mordiscos,
a zarpazos, que herían como garra de rapaz, hirió a uno;
perro los otros, excitados como bestias, innoblemente,
la arrastraron al antro...
A
poco salieron corriendo de la cueva. Pantoja y Ocampo traían
sangre en las manos y en las ropas. Aguirre estaba
lívido; Valle se tambaleaba, próximo al desmayo.
—¿No
ven?... Ahora se muere...
—¡Qué
hacemos? —preguntó con angustia Aguirre.
—Hay
que llamar a alguien... ¡Quién le dio ese golpe?
—No
sé —repuso Pantoja.
—Oí
como si se hubiese roto un hueso.
—¡Allí
viene alejo! —dijo Valle.
—Y
viene corriendo.
—¿Le
decimos algo?
—¿Para
qué? No nos dejaría vivir en paz —opinó Pantoja, sombrío.
Fueron
a su encuentro. Valle púsose a silbar desaforadamente en
tanto que borraba la sangre de sus ropas; Ocampo
reía con nerviosa carcajadas; Pantoja limpiaba la culata de
su fusil cuidadosamente, cual si tuviese empeño
en borrar una huella delatora; Aguirre iba serio y triste.
—¡Salieron
al fin con su gusto! —les reprochó Suárez al descubrir
el estado en que venían.
Los
otros permanecieron mudos y parecían temerosos y cohibidos.
—Y
ella, ¿dónde está? —preguntó Suárez, comenzando a
sentir algo como la sombra de miedo ante el silencio
y la actitud de sus amigos.
—Se
quedó allá —repuso Pantoja evasivamente. Y agregó—: Vámonos
a casa; es la hora del almuerzo.
Hízoseles
largo el camino y la mesa no fue animada con la presencia de
Clorinda, que en otras circunstancias fuera
recibida con alborozo por los señores, porque la garrida
moza llevaba parida la abundante y negrísima cabellera
y recogida hacia la espalda en dos gruesas trenzas. Vestía
un ajustado corpiño rojo, que modelaba con
bastante precisión las turgencias de su seno hasta señalar
los botones en que remataban.
—El
vicio es triste —les dijo Suárez con ironía.
Pero
sus palabras quedaron sin respuestas.
—¿Quieren
ir a cazar? —preguntó Ocampo haciendo una señal de
inteligencia a sus cómplices.
—Yo
voy a dormir —dijo Pantoja, malhumorado.
—Yo,
a trabajar —se excusó Suárez.
Salieron
los otros, armados de sus fusiles, y ya fuera, les dijo
Aguirre:
—Creo
que hemos hecho una barbaridad y no he de estar tranquilo
hasta no ver
a Wata-Wara.
—Yo
no vuelvo al cerro.
—Ni
yo.
—Vamos
a su casa; la conozco —propuso Aguirre.
—¿Para
qué ?
—Para
verla. Si no ha vuelto, lo mandamos a su marido.
—¿Y
qué le decimos?
—Que
la encontramos descompuesta y que para cuidarla la llevamos
a la cueva.
—¡Qué
barbaridad! Pantoja le dio el golpe.
—Seguro.
Le vi borrar la sangre de su escopeta.
—Yo
no pensé que abortase.
—¡Quién
iba a creer! Seguramente, con los esfuerzos...
—Eso
fue. Y sobre todo, el golpe.
—No
debíamos haberla dejado. Si se muere, estamos lucidos...
—¡No
lo digas!
Y
callaron, miedosos, acobardados, sintiendo cada uno
terrible remordimiento por haber cedido a sus
impulsos,
aunque dispuestos a zafarse del conflicto echando todo el
peso de su culpa sobre el anfitrión si se
veían
envueltos en alguna demanda criminal.
—Creo
que seria preferible ir al cerro, para verla —insistió
Aguirre.
—Ya
es tarde para cualquier cosa —alegó Valle con desaliento.
—Mejor
es ir a su casa. Allí hemos de saber todo.
Se
pusieron en marcha. El sol había roto las nubes y alumbraba
por trechos el paisaje. Seguía soplando el
viento.
Encontraron
a Agiali en medio del corral de su casa en construcción,
los ojos clavados en la senda que
conducía
al cerro. Esperaba hacía rato a su mujer y hallábase
impaciente por su tardanza.
—Oye
—le dijo Ocampo—, algo le ha dado a tu mujer en el
cerro. Subimos a cazar vizcachas y la
encontramos
enferma; la metimos a la cueva para que no se empeore con la
lluvia. Anda a verla y ven a
decirnos
lo que tiene.
Agiali
frunció el ceno y clavó los ojos, terribles y
centelleantes, en Ocampo. Y luego, sin proferir palabra,
lanzóse
a carrera tendida por la falda del cerro, camino de la
cumbre.
—¡Estamos
lucidos! ¡La india se ha desangrado! —exclamó Valle en
el colmo de la angustia.
Los
otros sintieron correr por sus venas un calofrío de
espanto. Y quedaron mudos, lívidos, mirándose
alternativamente
en los ojos o volviéndolos hacia el camino por donde seguía
corriendo Agiali sin detenerse a
las
voces de algunos vecinos que le llamaban desde sus casas.
Siempre
corriendo, cubierto de sudor y de polvo, con el pecho a
estallar por el soroche, llegó a la entrada de la
cueva.
Sin vacilar un instante metióse en ella de golpe, atraído
por los aullidos de su perro, que resonaban
lastimeramente
en el fondo y que en cualquier otra circunstancia le habrían
hecho agonizar de terror.
De
pronto, y entrando de la luz de mediodía a las sombras
espesas de la cueva, no pudo distinguir casi nada;
pero
como diestro cazador de suches en noche sin estrellas a poco
alcanzó a ver el cuerpo de su esposa
caído
en el suelo, rígido. Dio un salto, estuvo junto a él, y
alzándolo en vilo, salió corriendo a la luz, porque en
sus
brazos sintió la pesada rigidez de la carne sin vida. Al
levantarse tropezó con una cosa húmeda y blanda...
Depositó
el cuerpo a la entrada de la cueva, a pleno sol.
Pálida
estaba la moza, con palidez de cera vieja. Gotas de sudor
habían perlado su frente cerca los tímpanos,
y
al secarse ensortijaron el cabello, adhiriéndolo a la piel
transparente. Por detrás de la oreja un hilillo de
sangre
se perdía entre los vestidos de la espalda.
—¡Wata-Wara!
—llamó el mozo, temblando de congoja y cogiendo el brazo
duro y rígido.
La
india yacía inmóvil, con las piernas manchadas de sangre
coagulada. Y la mano, fría como piedra, estaba
dura
sobré el pecho sin latidos...
Sintió
miedo. Miedo de la mudez de la amada y de las cosas, de la
soledad imperturbable del espacio.
—¡Wata-Wara!
—volvió a gemir, presintiendo la desgracia.
Respondióle
un chillido agudo y penetrante de lo alto del cielo. Alzó
la cabeza, y vio que un aIkamari, negro
pajarraco
de lamentable sino, revoloteaba pesadamente cerca de él,
con los ojos fijos en el rígido cuerpo de
su
compañera.
Y
de repente, preso de pánico, echó a correr cuesta adentro,
en carrera vertiginosa, sin volver la cabeza atrás,
enloquecido
de terror por el ruido que las piedras, desquiciadas a su
paso fugitivo, producían al rodar por la
áspera
pendiente del cerro.
Ya
en el llano, sin detenerse a cobra aliento y siempre a
carrera, se dirigió a casa del viejo Choquehuanka, su
maestro
y el protector de su amada. Se presentó de hecho en el
patio, sudoroso, con la mirada perdida, sin
poncho,
los largos cabellos al viento, enloquecidos de espanto los
ojos.
Acababa
de merendar Choquehuanka y no hacía mucho que se había
sentado en el suelo para componer una
red
envejecida. Su perrillo lanudo dormitaba tendido a sus pies;
algunas gallinas picoteaban entre la hierba
seca
del patio y el gallo miraba fijamente el cielo, erguido,
sobre una hacina de bosta seca.
Al
verle entrar con tanta precipitación levantó los ojos de
su quehacer y los fijo en el mozo, y al descubrir el
aspecto
desolado y la traza desordenada y deshecha de Agiali, le
preguntó lleno de ansiedad:
—¿Qué
tienes? ¿Qué te pasa?
—¡La
han matado! —sollozó Agiali con fuerza.
—¿Qué
hablas? ¿A quién?
—La
han asesinado! —volvió a gemir el mozo.
El
viejo dilató los ojos y preguntó con miedo:
—Pero
¿a quién? ¿Quiénes?
—¡La
han asesinado a Wata-Wara los patrones!
—¡Ah!...
Y
el anciano quedó, yerto, con la boca abierta y os ojos
agrandados por el terror. Le parecía haber oído mal.
¿Asesinada
Wata-Wara, su hija?... No; seguramente ese infeliz estaba
con la cabeza perdida. ¿Qué habría
podido
hacer tremendo la zagala, ser inofensivo y puro, a los
patrones? ¿Acaso los conocía siquiera?
Seguramente...
—Mira,
Agiali; a mí no se me miente y yo conozco la verdad...
Dices que tu mujer ha sido asesinada por los
patrones.
Seguramente la pobre ha dejado morir alguna de sus bestias,
y tú, en un momento de cólera...
¿verdad?
Agiali
se irguió.
—Te
digo, viejo chocho, que ellos la han matado... ¿No me
crees?
Choquehuanka
se puso lívido:
—Sí,
te creo. Si no fuera verdad, tú no me hablarías así... ¿Y
cómo, por qué la mataron?... —preguntó trémulo.
—¿Acaso
yo sé nada? Estaba en mi casa esperándola desde mediodía,
y vinieron ellos, los perros, y me dijo
uno:
"Oye, a tu mujer le ha dado algo y la metimos a la
cueva". Corrí allá y la encontré muerta. Y no sé más.
—¿Pero
tienes seguridad de que estaba muerta? —insistió Choquehuanka con incertidumbre.
—Sí;
los alkamaris revoloteban alrededor de su cuerpo...
Un
temblor de espanto sacudió el cuerpo de Choquehuanka. ¡Los
alkamaris! ¿Qué más prueba que ésa? Eran
aves
de mal agüero y aparecían sólo en derredor de la carroña.
—¿Y
está pálida ella?
—Blanca,
blanca como los huevos de pana.
Choquehuanka
inclinó la cabeza; en sus ojos cansados y graves brillaron
las lágrimas. Se irguió a poco, y
elevando
los brazos al cielo murmuró sombríamente:
—¡Señor!
¿Se hace todo esto por tu voluntad?
Luego
se dirigió al joven:
—¿Y
siempre crees que el patrón y sus amigos...?
—¿Por
qué dudas? ¡Como si lo viera! Hasta me pareció descubrir
sangre en sus manos.
—Entonces...
¡Deben morir!
Una
llamarada de alegría pasó por los ojos de Agiali.
—¡Deben
morir! —repitió exaltadamente.
Y
luego, cual si recién se diera cuanta de su desgracia,
ocultó la cabeza entre los brazos levantados y lloró.
—Quisieras
vengarte, ¿verdad?
—¡Quisiera!...
¡Quisiera morderles el corazón! —repuso con vehemencia,
alzando el rostro, mojado de sudor y
lágrimas.
—¿Y
contaste a alguien la muerte de tu mujer?
—Del
cerro vine a tu casa. A nadie he visto.
—Mejor.
Ahora anda a la casa de hacienda.
Agiali
miró al anciano con estupor.
—¿Para
qué?
—Para
que te vean y no sospechen nada...
—¿Y
crees que podría verlos tranquilos, sin que me den ganas de
partirles con mis uñas el corazón?
—Lo
harás a su tiempo y sin peligro. Muéstrate fuerte como
eres.
—Entonces
iré darles la noticia que me pidieron.
—¿Qué
noticia?
—Al
mentirme que hallaron enferma a mi mujer me ordenaron que
fuese a verla y avisarle cómo la encontré en
la
cueva.
—Mejor.
Si te preguntan algo respóndeles que Wata-Wara está en su
casa y sin cuidao... vete, hijo; pero antes
pasa
por donde Apaña y Tokorcunki y diles que les necesito y
vengan al punto... tú puedes quedar allí hasta
cuando
ellos lo quieran; pero antes de media noche anda al cerro de
Cusipata. Allí estaremos todos. Lleva tu
arma.
Salió
Agiali. Entonces el anciano se dejó caer, vencido, junto al
poyo de la puerta. Inclinó la cabeza y quedó
inmóvil
largo rato.
Una
voz calmada, grave, lo arrancó de sus meditaciones: —¡Buenas
tardes nos dé Dios, venerable achachila!
Choquehuanka
levantó la cabeza lentamente. Tokorcunki estaba delante, de
pie, con los brazos cruzados
sobre
el pecho, y le contemplaba con profundo respeto.
—Buenas
tardes. Tokor.
Apoyó
la mano en el báculo y se puso en pie.
—Me
ha dicho Agiali que deseabas verme. Al hablarme lloraba el
mozo. ¿Le ha pasado algo?
—Al
hombre siempre le pasa algo, Tokorcunki.
Apareció
Apaña. Había cruzado su látigo de mando sobre la espalda
y venía caviloso y con el ceño fruncido,
pues
traía la sospecha de alguna fechoría de los amos con la
mujer de Agiali, porque los pescadores le habían
referido
algo de los que pudieron ver de la lucha entre la pastora y
sus agresores.
—¿Qué
ha sucedido? —preguntó sin vacilar al ver la consternación
de los dos viejos.
—Ahora
hemos de verlo. Vengan, vamos al cerro de Cusipata; pero
antes dejen que tome algo.
Entró
a su habitación y a poco volvió a aparecer. Se había
cubierto de un poncho negro y llevaba en las
manos,
pendiente de una cuerda, su bocina de cuerno negro rayado de
blanco, con embocadura de plata, y
cuyo
son, de todos conocido, sólo se dejaba oír en las más
graves circunstancias.
La
tarde estaba ya por caer. Había cesado el viento y las
nubes se desgarraban, mostrando enormes jirones
de
cielo profundamente azul.
—¿Qué
nuevas iniquidades ha cometido el mestizo? —preguntó
Choquehuanka tras largo silencio.
—Todos
los días hace algo. Se ha cansado de matar patos y ahora ha
emprendido con las gallinas y los
perros,
y muchos han tenido que llevar sus bestias a las haciendas
vecinas o encerrarlas en las habitaciones.
—¿Y
siempre se muestra duro con la gente?
—Ayer
le rompió la cabeza por dos partes a Leque, pegó a Cheka
y le hizo voltear con su caballo a Condori,
que
iba a la feria de Chililaya.
—¿Y
qué dicen?
—Yo
no pueden más y no comprenden todavía por qué te opones tú
a que le demos un escarmiento.
—Es
que ese hombre, mientras viva, no ha de escarmentar, y
cualquier cosa que le hagamos sólo ha de
servir
para que desfogue en los inocentes el odio que nos tiene.
—¿Habrá
que matarlo, entonces?
El
viejo se detuvo, clavó los ojos en los de Tokorcunki y
dijo:
—Sólo
los muertos no hacen daño.
Y
se puso a andar.
Llegaron
a la cumbre. Una gran claridad descendía de los cielos
sobre el paisaje. El sol, en su ocaso, se
filtraba
por la desgarradura de una nube y teñía de rojo, de un
rojo vivo e intenso, las aguas, ahora quietas, del
algo.
En medio de la brasa, y cual manchas negras, emergían
islas, dibujando con gran precisión todos sus
contornos
hasta en sus menores detalles.
Un
aullido agudo y prolongado turbó la quietud del crepúsculo.
—Diríase
que se queja un perro.
—¡quién
sabe!
De
pronto, tras de una roca que ocultaba la boca de la caverna,
descubrieron el cadáver de Wata-Wara.
Estaba
tendida de espaldas, los brazos en cruz y rígidas las
piernas. Su rostro, iluminado por los rayos del sol
agonizante,
parecía blanco a la cruda luz y reposaba tranquilo y bello
con la calma imperturbable: diríase la
imagen
abandonada de un templo en ruinas; cerca, supaya, sentado
sobre las patas traseras, aullaba dolorido,
con
el hocico en alto, y sobre una roca, en actitud hierática,
velaba un cuervo, los ojos fijos en el cadáver.
—¡Jesús
Santo! ¡Wata-Wara! —exclamó Tokorcunki, horrorizado.
—Sí,
Wata-Wara. Los patrones la han asesinado.
—¿Y
por qué? ¡Qué pudo haberles hecho de malo?
—Era
bella, la codiciaban y... ¡ya ves!... ¡Como las bestias,
hasta matarla!...
Acercáronse
a los despojos. El pajarraco levantó perezosamente el vuelo
y fue a posarse sobre otro peñasco
de
la cumbre, más distante.
Permanecieron
de pie junto al cadáver, sin desplegar los labios ni
apartar los ojos tristes del rostro de la
zagala.
—Bien
muerta está, ¿verdad? —preguntó el anciano con voz
ahogada, pronta a romperse en sollozos.
—Muerta
está —repusieron los otros palpando las manos yertas con
las suyas temblorosas y convulsas.
Se
hizo un largo silencio. Cada uno sentía dentro de sí la
explosión de un deseo de venganza, inmediato e
implacable.
—Yo
lo quise evitar —dijo al fin el viejo, como si estuviera a
solas—, y ellos lo han buscado. Ahora, cualquier
disculpa
sería... ¡Ellos lo quieren!
Y
con voz alta, hablo a los otros:
—Ustedes
siempre me han reprochado de encubridor y de tímido y es
porque no quería sacrificarlos; pero
recién
veo que para nosotros no puede haber sino un camino: matar o
morir.
Y
agregó con imperio:
—Ahora
vayan y cuenten por todas partes lo que han visto. Hagan
saber a todos que ha llegado el día de la
venganza
y díganles que vengan al eco de mi pututo y donde
brille mi hoguera... Yo ya soy viejo y he perdido
mi
vigor, pero siempre encontraré fuerzas para soplar tan
recio que me oigan hasta en las comarcas vecinas y
se
acuerden que Choquehuanka, el justo, sacrificó a los suyos
por querer aflojar los hierros que encadenan a
su
casta...