Rómulo Gallegos
Los aventureros
- I -
A la legua
trascendía que el doctor Jacinto Ávila no estaba hecho
para aquella suerte de andanzas; peñas arriba, por un
camino angosto y fragoso, sobre una mala bestia alquilona,
bajo un sol que abrasaba, a mediodía en punto. Avilita
-como le llamaba todo el mundo- debía sufrir mucho con el
zangoloteo de la cabalgadura, el rigor del meridiano, la
desazón del fastidio, y con aquellas ingratas caricias que
al pasar le hacían en el rostro las ásperas ramas de la
maleza que tapaba el sendero de la montaña, por el que iba,
paso entre paso, y tal debía de tener de quebrantados los
miembros y molidas las carnes, que no hallaba ni qué cara
poner ni cómo acomodarse en la silla. Además, no parecía
llevarlas todas consigo, cual se colegía por las recelosas
miradas que a menudo echaba en derredor y por la
significativa precaución de llevar la mano a la cañonera
de la montura, cada vez que se acercaba a algún recodo o
desfiladero sospechoso del camino, o percibía rumor como de
acecho entre los jarales.
Sin embargo,
Avilita no iba todo lo mohíno que fuera de esperarse. Por
momentos se le desenfadaba la faz, iluminándosele con una
expresión de complacencia maligna, como quien se regodea
con el pensamiento de la propia maldad. A veces el
contentamiento subía hasta entusiasmo, y dejando el arzón
y la rienda, con perjuicio del equilibrio, se restregaba las
manos, con lo que dejaba ver a las claras que algo llevaba
entre ellas, y luego, olvidando los riesgos y molimientos
que le traía el andar por aquellas escarpas, se engolfaba
en gratos pesares, a media voz y risueño, dejando a la mal
andariega mula concertar el paso a lo que buenamente le
dieran sus flaquezas, hasta que uno de los peor dados de
ella le volviera en sí con gran sobresalto. Pero entonces
le acontecía descubrir a uno que lo observaba desde lejos y
que de pronto desaparecía, como por encanto, con lo que
volvía Avilita a la querencia de su recelo y por buen
espacio se mantenía sobre aviso.
Iba este que
lo espiaba, a lo que la distancia dejaba ver, montado en una
mula blanca, tan diestra en el encaramarse sobre los más
eminentes riscales, como ágil en el desaparecer por no
sospechados atajos, de la baquía de cuyo jinete era la suya
señal poco tranquilizadora, dada la circunstancia de que
según todos los indicios, éste no hacía camino
determinado, ni andaba por ninguno propiamente, sino por los
arrezafes y vericuetos y con el solo objeto de espiar al que
venía por el sendero. Así, unas veces aparecía a buena
distancia por delante de Avilita; otras a sus espaldas y tan
próximo que era como estar entre sus manos; y tan pronto
estaba a la derecha como a la izquierda del camino, sin que
nunca pudiera descubrirse cuándo ni por dónde lo cruzara.
La última vez que apareció pasó tan cerca de Avilita, que
éste recibió en la cara el resoplido caliente de la bestia
que, como un disparo, saltó de improviso de entre la maleza
del camino, ágil lo atravesó como al vuelo, de un salto
ganó el talud opuesto, y desapareció otra vez, hendiendo
el gamelotal tan alto y tupido que tapaba al jinete.
Tan brusco y rápido
fue todo esto que Avilita apenas si tuvo tiempo de refrenar
su bestia para no ser arrollado en el ímpetu de la otra; y
lejos iban ya ésta y su jinete, mientras él, no bien
repuesto de la sorpresa, permanecía en el propio lugar de
ella, esperando por momentos el asalto inminente, sin quitar
la vista del gamelotal que ya no se movía. Y así estuvo
hasta que a lo lejos, sobre una cumbre rotunda, apareció la
mancha roja de la cobija que llevaba extendida sobre el arzón
el supuesto espía, cuya silueta luego desfiló sobre el
cielo a todo lo largo de la cresta roqueña en que remataba
por aquel lado la serranía, y desapareció, finalmente,
entre las neblinas cimeras.
- II -
El doctor
Jacinto Ávila tenía sobradas razones para temer una
acechanza en aquellos apartados parajes por donde a la sazón
merodeaba en son de guerra el famoso y temido insurgente Matías
Rosalira, cuyo feudo y correderos eran desde mucho los
riscos, vertientes, caminos, bosques, rastrojos, caseríos y
todo cuanto se encerraba en la vasta serranía, en la que,
mejor conocido con el nombre de El Baquiano, gozaba
de mucho prestigio.
Decíase de él
que tenía un exterior atractivo, y que por las buenas era
una excelente persona, afable en su trato, comedido con los
extraños, generoso con los suyos y hasta noble y leal: y aún
bien que por lo que se daba a entender tales lealtad e
hidalguía no le obligaban a mucho y sólo consistían en no
haber herido nunca a mansalva, ni cometido traición o
alevosía, ni en el débil haberse ensañado, a ellas debía
el gran ascendiente que tenía sobre los montañeses. Además,
era gran derrochador, servicial, obsequioso y tan amigo de
tener la casa llena de los suyos en fiesta, como de acudir
donde las ajenas con su socorro cuando fuera menester. Todas
las que, con otras cualidades suyas, le hacían tan popular
que no había persona de las que le trataran que no le fuera
afecta, no siendo parte a disminuirle el que le tenían sus
adictos, ni la autoridad que sobre ellos ejercía, ni el
vasallaje a que los obligaba. Disfrutaba, así mismo, del
favor de las mujeres, aunque era cosa sabida que no las
trataba blandamente así que le pertenecían, ni les era
fiel por mucho tiempo; mas, como era insinuante, buen
mentidor y amigo de enamorarlas y adquirirías por modos
extraordinarios, casi siempre novelescos, nunca hubo una a
quien requiriera inútilmente.
Su última
aventura galante tuvo gran resonancia. Era ella de una de
las más acomodadas y campanudas familias de un pueblo de
los que había a las faldas de un monte, y enamoróse de él
con tanta vehemencia que no valieron razones, ni ruegos, ni
amenazas de los suyos, y así, cuando El Baquiano quiso
tomarse lo que no querían darle buenamente, encontró la
voluntad de la muchacha tan rendida a la suya, que a poco de
proponérselo ya estaba ella con él, camino de la montaña.
En ésta la
noche era tan cerrada y tan espesa que daba trabajo avanzar
por entre ellas; largos truenos rebotaban de cumbre en
cumbre y caían dentro de los barrancos rebosándolos de
ruido, por las torrenteras bajaban mugidoras aguas, llovía,
y a ratos se oía venir derrumbes. Con tales rigores, además
de sus zozobras, iba la robada transida de pavor y
lloriqueando para que no siguieran, con cuyos melindres y
con el continuo resbalar de las bestias, que repinaban
trabajosamente la cuesta barrial, comenzaba Rosalira a
perder la paciencia y a renegar de la aventura. De pronto un
derrumbe. Matías, más experto, obligando a su bestia a un
salto desesperado, púsose en salvo, pero la mujer fue
arrollada por el alud y arrastrada al barranco entre un
fragor de peñascos que rodaban desgajando los matorrales.
Fue la única vez que la montaña estuvo en contra del
Baquiano; pero él no le guardó rencor por ello.
Por lo demás,
era en extremo supersticioso, buen devoto de la Virgen del
Carmen, en cuyo nombre lo mismo daba una limosna que una puñalada
y se sabía una porción de oraciones y ensalmos en cuya
eficacia creía a pie juntillas; profesaba un respeto
inviolable a la madre, a quien nunca hablaba puesto el
sombrero ni alterada la voz, y un odio profundo, feroz e
invencible al extranjero. Podría tener cuarenta años y
nunca se le conoció padre, lo que daba pie a multitud de
curiosas versiones a propósito de su origen, siendo voz
general que descendía de gente de rango venida a menos, y
los más fantaseadores aseguraban que venía, por línea de
varón, de un remoto señor que según las leyendas de la
montaña, habitó en un castillo roquero, ya en ruinas, y
que, aunque nadie lo había visto, existía entre unos
riscos inaccesibles que a manera de almenas había en las
crestas más altas de la sierra entre nieblas perennes. Y
como Matías desaparecía de tiempo en tiempo, sin que se
supiera donde se metía, los montañeses aseguraban que era
en el castillo fantástico, cuyo camino sólo él conocía y
donde, naturalmente, había tesoros escondidos.
- III -
Revelóse la
hombría de El Baquiano, cuando tenía veinte años, por
Pascuas, una tarde de joropo, embriaguez y sangre. Dividíanse
para entonces las montañas en dos bandos hostiles: los guarubas
de un lado de la fila, y del otro, los del Riscal.
Reunidos estaban estos, desde la Noche Buena, en uno de los
ranchos del caserío, donde bailaban, cuando a cosa de las
tres, apareció por los alrededores una partida de los guarubas,
entre los cuales venía Cupertino, negrazo feroz y
sanguinario, cacique de ellos y terror de todos los
contornos. Traían mal disimuladas bajo las cobijas los
relucientes linieros, y una intención
manifiestamente hostil, con todo lo cual se acercaron a la
puerta del rancho a ver el joropo.
En el caney
bailaban desprevenidos; en un rincón Matías descabezaba el
sueño y punteaba el arpa a la vez, tan suave y dormidamente
que apenas se oía, chischeaban las marcas unísonas con los
pies de los bailadores y al compás, a intervalos una voz
desapacible canturriaba el pasaje intrincado y sin fin... De
pronto cunde un murmullo: el aire que respiran produce
escozor. Estornuda uno, y luego otro, todos después. Los de
la barra les hacen corro de chacotas,
provocativamente; la refriega se viene encima, las mujeres
tratan de retener a los hombres que ya no bailan sino
forcejean; por momentos la atmósfera se hace irrespirable,
es fuego en las fauces y en los cuerpos sudorosos; el
barullo crece de punto y ya se oyen afuera ruido de armas
que se aperciben ostensiblemente.
-Pare el
golpe, compañero -le grita uno a Matías, que no se había
dado cuenta.
-¿Qué pasa?
-Que han echao
ají.
Soltaron el
trapo a reír los de afuera y sus parejas los de adentro, y
pronto en todos los ojos relampagueaban miradas feroces, y
en las manos fierros siniestros. Abriéronse los guarubas
a pocos pasos del rancho en espera del ataque, y como
los de adentro no salían, comenzaron luego a desafiarlos
con insultos y rechiflas; y entre todos el que más voces
daba y mayores improperios decía, era el negro Cupertino,
enemigo jurado de los risqueros y ahora más que
nunca por el desaire que le habían hecho no invitándolo al
joropo, como era costumbre y ley de todos los moradores de
la montaña. Oíanlo los de adentro y mirábanse unos a los
otros, conteniendo el aliento, fijos los ojos en la puerta
por la que entraba el vozarrón del Negro, a cuyo reto no
atendían aunque amenazaba ya pegarle fuego al rancho para
obligarlos a salir, tal era la sugestión de pánico que
ejercía sobre todos, cuando de pronto Matías, sin decir
palabra, de un salto se puso fuera del caney y tan luego
estuvo sobre el Negro, que por no creer que le salieran
perdió la serenidad, que era fama que nunca le había
faltado, y con ella la vida en un santiamén. Desplomóse el
Negro, rebanada la cabeza, por cuya ancha herida se le iba
en borbotones toda la sangre, y viéronle caer los suyos que
a pocos pasos más allá se agrupaban, sin que ni uno se
moviera a acudir en su defensa, tal estaban de asombro,
mudos y clavados en el suelo, como de la misma manera en la
puerta del rancho los amigos de Matías. Con lo que había
tan gran silencio y tal ansiedad que daba miedo pensar en lo
que sucedería cuando volvieran en sí.
Y lo que
sucedió fue que de repente, a un mismo tiempo, todos se
abalanzaron unos contra otros y se acuchillaron
encarnizadamente. El que más cuchilladas dio fue Matías, y
cuando derrotados los guarubas emprendieron la
fuga, él se ensañó en perseguirlos, y los llevó hasta
sus propios ranchos a plan de machete.
Lo persiguió
luego, a su vez, la Justicia por la muerte del Negro que era
Comisario de la montaña, y Matías, seguido de unos
cuantos, huyó a los bosques y se hizo bandolero.
Muerto el
Comisario, los odios que éste había sembrado y los que
suscitó su muerte, comenzaron a estallar, y se formaron
tantos bandos como caseríos había en la montaña, con lo
que empezaron a surgir capataces y montoneras, y al poco
tiempo hubo tantos que no fue posible transitar sin riesgo
por aquellos parajes.
De todos los
caciques el más famoso era Matías Rosalira, a quien
llamaban ya El Baquiano. Partía para él la fila de la
montaña en amigos y enemigos a todos sus moradores, pero
todos lo acataban como a más fuerte, más audaz, más
aguerrido y baquiano entre todos. Fatigada tenían ya a la
justicia sus depredaciones y fechorías, pero como no había
esperanzas de cobrárselas, y además, podía ser que
conviniera más hacer las paces con él, la misma autoridad
que lo perseguía resolvió hacerlo suyo, nombrándolo como
al negro Cupertino, Comisario General de la montaña.
Juró lealtad
Matías, que en el fondo no dejaba de tenerla, a su manera,
y tomó tan a pecho la comisión de pacificar que se le había
encomendado, que no se dio tregua hasta someter a los
cabecillas facciosos. Y como tenía don de mando, y se daba
tanta maña para atraerse la voluntad de los hombres, a
vuelta de poco no había en todos los contornos sino amigos
suyos, porque a los que por las buenas no habían querido
serlo, los exterminó sin piedad, con lo que quedó la montaña
en paz y sólo él dueño de ella.
A fuero de
tal, dirimía las querellas, administraba justicia, cobraba
impuestos a los terratenientes, y sin reparo ni consulta,
sino a todo su talante y beneficio, dictaba leyes y repartía
privilegios sin que nadie se atreviera a discutirle el suyo,
porque las contadas veces que esto quiso suceder, diole al
insubordinado tan contundentes razones que por muchos días
le duró el dolor de ellas. Y hasta tanto llegó su señorío
que edificó su casa en el preciso punto por donde pasaba el
único camino que era de recuas, sobre una loma tan
escarpada y angosta, que no era posible hacer rodeos para
evitar la casa, por dentro de la cual Rosalira permitía el
paso mediante un peaje estipulado. Quejáronse algunos y las
autoridades se vieron en el caso de amonestarle, a lo que
contestó Matías que lo había hecho para ejercer mejor la
policía de la región y que lo del derecho de puerta podía
ser que fuera más bien de agradecérsele que lo cobrara,
como que era para conservar y mejorar los caminos, con lo
que dichas autoridades se hicieron las convencidas, y lo
dejaron en paz y a sus anchas.
- IV -
En tan buen
acuerdo se pasaron algunos años, hasta que una mañana se
presentaron en sus dominios varios individuos provistos de
instrumentos, cintas y otros accesorios, y comenzaron a
echar visuales, tomar medidas y apuntar cifras. Todo lo cual
visto por Rosalira le puso sobreaviso, y al día siguiente
cuando los intrusos volvieron a sus mirares y medires, él
se encaminó donde ellos y les preguntó quiénes eran y qué
lo que hacían por allí. Dijéronle que eran ingenieros de
una compañía extranjera que hacían el trazo de un
ferrocarril que pronto atravesaría la montaña, con lo que
Matías se enfureció tanto que por poco abofetea al que tal
le dijo, pero no se quedó sin jurarles que no llevarían a
cabo su empresa.
Terminado su
quehacer se fueron los ingenieros, mas no por esto se
tranquilizó El Baquiano, sino que se lo pasaba preocupado
con la idea del ferrocarril. Era éste un enemigo inusitado
para él y comprendía que el día que entrara en la montaña
se acabaría su dominio sobre ella y hasta tendría que
abandonarla. Y tan cierto estaba de que por más que se los
estorbara terminarían los extranjeros saliéndose con la
suya -cosa que lo exasperaba hasta el extremo- que aquel año,
último quizás de su señorío, dobló los derechos de paso
a los traficantes y cobró adelantados los impuestos de
bosques y cultivos del año próximo. Además se la pasaba
vagueando por el monte, explorando veredas y escudriñando
los bosques; y a veces se pasaba los días enteros metido
entre ellos, sin que se supiera por donde andaba ni qué hacía,
aunque se sospechaba que se ocupaba en desenterrar y reunir
el armamento y municiones de guerra que tenía escondidos
por allí.
Entretanto, de
la ciudad venían noticias alarmantes: el ferrocarril
adelantaba, los trabajos iban ya entrando a la montaña. Y
entraron por fin. Fue una invasión inusitada: todo el día
estuvieron llegando escuadrillas de peones y se diseminaban
por las laderas, a lo largo del trazo, y comenzaron a
plantar campamentos. Después empezaron los trabajos:
centenares de picos rompían la tierra, los petardos
explotaban a cada rato despedazando los macizos roqueños;
talaban las selvas, en los barrancos comenzaban a levantarse
parapetos audaces, por las laderas bajaban continuamente
aludes devastadores, con un clamor como de aplausos
formidables que subía hasta las cumbres. En las noches, en
los campamentos había algazara y guitarras, hasta que Matías
empezó a cumplir lo que había prometido, y ya no los hubo
más sino expectación y silencio, porque desde entonces no
hubo noche sin asalto. Todo el día se lo pasaba El
Baquiano, viendo los trabajos desde su alto riscal,
maquinando planes para la noche, y cuando ésta cerraba, él
bajaba con su montonera a atacar los campamentos, o a
destruir las obras, muchas veces con los mismos petardos de
los que las construían. Después, ya no esperaba la noche,
sino que los atacaba en pleno día, con lo que se pasaba la
mayor parte de éste en expectación y refriega, y el
trabajo no adelantaba, y a poco se suspendió por falta de
braceros. Matías parecía salirse con la suya. La Compañía
envió comisionados a ofrecerle acciones de la empresa para
que la dejara en paz, pero él no las aceptó; llegaron a
ofrecerle una suma considerable y la rechazó también. Lo
que quería no era dinero, con lo que le daba la montaña
tenía de sobra; su punto era no dejar pasar el ferrocarril,
porque era cosa de extranjeros, y él los odiaba
cordialmente. Recurrieron estos a otros arbitrios, y el
gobierno mandó gente armada para proteger las obras.
Recomenzaron éstas y con ellas el estado de guerra en la
montaña. Matías Rosalira fue declarado faccioso.
- V -
Avilita lo sabía.
La fama del caudillo montañés había cundido por todas
partes y sus hazañas y fechorías eran objeto de toda
suerte de comentarios. Conocía también el peligro que había
en aventurarse por sus correderos en tiempos como aquellos,
de guerra sin cuartel, y aunque las cosas que se contaban
del Baquiano, eran para atemorizar al más impávido, así
las oyera en poblado y a buen recaudo, a Avilita no le
asustaba la idea de encontrárselo, sino más bien la
deseaba, como que iba en busca de él.
Atravesaba a
la sazón una enmarañada selva, sin sendero y tan pendiente
que por aliviar a la rendida bestia echóse a pie, y a más
andar ganó la linde, en la cumbre misma. La neblina era tan
densa que a pocos pasos apenas se distinguían siluetas
borrosas; subía de los barrancos, cálida como un aliento,
en borbollones silenciosos, desflecábase contra los riscos
de aristas cortantes, rodaba sobre las lomas, y se metía,
bosque adentro, blanqueando la sombra azul o violada de la
umbría. De entre ella, en una engañosa perspectiva de
lejanía emergían afilados picachos, roquedos colados sobre
el abismo blanco, aguileras crispadas sobre las cuales se
cernían grandes aves rapaces, en un vuelo avizor, lento y
majestuoso. A veces, cortado por las alas, vibraba el aire
sonoramente, como una clarinada; a intervalos, en el fondo
de los barrancos, reventaban estampidos; del mar venía, con
las brumas, un viento recio y crudo que pasaba sobre las
lomas y se metía por los quebrajones, tal una manada de
lobos marinos, todos blancos, que invadiera la montaña.
Avilita, al
azar cogió hacia la derecha; caminaba sobre el filo de la
montaña por un terreno de rocas entre las que crecían
frailejones y helechos, tan pulidas como si el suave y
perenne rodar de las nieblas las hubiera aromado. De allí a
poco, desvaneciéronse las brumas, apareciendo primero el
mar, a lo lejos, desmesurado y azul, y luego el macizo de
montañas: las hondonadas vertiginosas, los cangilones donde
se apretujaban almácigos de selvas vírgenes, los caseríos
esparcidos por las laderas, los plantíos surcados de
valladares de piedras, y luego, por encima de la cresta ríspida,
hasta donde alcanzaba la vista, la formidable cordillera que
se metía, tierra adentro, en una sucesión de cumbres y de
azules, hasta el más desvaído sobre la más remota; y la
llanura urente, al fin, como un celaje.
De pronto,
detrás de un peñón que lo guarecía de los vientos
marinos, un paraje donde había casas, al extremo de la
travesía que de allí para adelante, dejando la fila,
descendía hacia los lados del mar. Pasaba el camino por
dentro de una de las casas, cerrada a la sazón, y estaba ésta
en lo más escarpado y angosto del sitio, plantada de tal
manera que no había otra de pasar sino por dentro de ella.
Reconoció Avilita por estas trazas el lugar en que estaba,
que no era otro que el paradero de Matías Rosalira, y
aunque parecía deshabitado, tan cerradas estaban las
puertas y en silencio las casas, se decidió a llamar. Al
cabo de un rato abrióse el portalón que dejaba el paso del
camino franco, y apareció un hombre, hasta de cuarenta años,
vigoroso, alto y bien plantado en quien Avilita reconoció
al punto al espía de antes. Sonriose éste como para
inspirarle confianza viendo la turbación en que su
presencia lo puso, y le preguntó si quería pasar, pidiéndole
excusas por haberse demorado en abrirle. Repuesto, Avilita
le contestó que mejor quisiera no pasar todavía, porque
iba muerto de cansancio y con mucha hambre, como que era
bien pasada la hora del almuerzo, y así más le agradecería
que le dijera si podía encontrar en la posada algo de
comer.
Mirólo el
otro de pies a cabeza, y luego, sin verle la cara contestó:
-Lo que es aquí
no hay gente y no se halla nada; pero véngase conmigo.
Puede ser que por ahí se encuentre.
Volvió a
cerrar la puerta así que pasó Avilita y luego acudió a
abrir otra que había al extremo del pasadizo, que no más
era aquello, y mientras pasaba el cerrojo le dijo:
-Vaya andando
joven... por ahí, a su derecha, yo voy con usté.
Comprendiendo
el otro que quería conservarse a sus espaldas y aunque tal
espaldero no era para inspirar confianza, echó a andar con
todo el recelo que era del caso. A poco su acompañante le
preguntó:
-Dígame una
cosa, joven, y usté perdone el entrometimiento: ¿qué
busca usté por aquí?
-Busco al
General Matías Rosalira.
-Entonces ya
pué usté parase.
-¿Es usted?
-Pa servirle.
Pero nada más que Coronel, por lo pronto.
-Jacinto Ávila,
doctor en leyes.
- VI -
El doctor
Jacinto Ávila devoraba el almuerzo que le habían aderezado
en el rancho adonde lo llevara Matías Rosalira. Acompañábalo
éste y lo servía una vieja india, cantinera desde moza,
abotagada y aguardientosa, que no cesaba de gruñir y
mirarlo con malicia. Entretanto, en torno al rancho, que
parecía cuartel, tal estaban las trojes llenas de armas,
merodeaban hombres mal encarados, que tenían aspecto de
perros de presa.
-Son mis
muchachos.
-Creí que
usted tenía su cuartel en la casa del paso de la fila.
-¿En El
Respiro? Es que ahora tengo la gente trabajando del
otro lao.
-Raro es que
no hayan intentado ocuparla sus enemigos.
-Lo que es
intentao, no se esté usté pensando que no les ha faltao
ganas, la cosa es que, como dicen vulgarmente: toavía no
estaban maduras y se han fruncío al clavarles el diente.
-Es
inexpugnable, verdaderamente. Y como usted es tan conocedor
de la región.
-Alguna
ciencia debe tené uno, doctorcito; pa algo ha vivío uno
toa la vida en estos espeñaeros.
-Debe ser muy
agradable vivir en estos lugares altos.
-Según y
conforme. Todo está en el acomodo de uno; pa usté, en
comparación, no sería muy propio, acostumbrao a las
comodidades de la ciudad.
-Tal vez...
-¡Eso sí! Pa
la salú le sirve hasta más útil que la ciudad; aquí
tiene uno el pulso y la juerza que estorba. Yo, le soy
franco, el día que tuviera que irme de la montaña, me
moriría de rabia, como el querrequerre enjaulao.
-Depende de la
manera cómo salga usted de ella.
-Ahora parece
que me quieren sacá por la juerza. Pero, ¡caray! como que
no les va a sé muy fácil. Usté perdone la interjección,
pero es que cuando me acuerdo... Mire, es que me dan ganas
de... de estrangularlos a todos... Usté sabe... los de
abajo, los musiúes esos.
-Los del
ferrocarril. Sí.
-Je, je...
Esta risa no es ni mía.
Y Matías
Rosalira se paseaba atusándose el bigote. Luego salió del
rancho llegando hasta el borde del despeñadero, desde donde
se veían, allá abajo: el peonaje del ferrocarril
perforando la montaña y los campamentos de la tropa que
protegía las obras, bajo banderas extrañas.
-Pero señor,
es mi cuestión: por qué vamos a dejar que los musiúes
se cojan la tierra de uno.
-Ahí tiene
usted una bandera prestigiosa para una revolución.
-Ahora todos
la han cogido con lo de la civilización; como si la
civilización no pudiera andá sino en ferrocarril. Lo que
pasará es que se morirán de hambre los pobrecitos
arrieros, para que los musiúes se lleven todos los
riales pa su extranjero. ¡No digo una revolución!
-¿Por qué no
la hace usted?
-¿Yo?
-Es el único
que puede hacerla hoy.
-¡Ah! ¡malaya!
-Si usted
quisiera, al dar el grito tendría sobre las armas un pie de
ejército de flor.
-¿Usté lo
cree?
-¿Cómo no?
Estoy segurísimo; yo sé por qué lo digo.
-La verdad es
que yo tengo muchos amigos, aunque me esté mal el decilo.
-Y los que
tiene sin saberlo. Hoy es usted el Caudillo más popular,
todas las esperanzas del país están puestas en usted.
Mire, yo vengo de recorrer la República y sé que toda
ella, como un solo hombre, se levantaría por usted.
-Yo sí lo
creo, porque son muchos los descontentos. Pero la cosa es
que eso de una revolución son palabras mayores.
-No hay tal. Audaces
fortuna juvat. Quiere decir: que la fortuna ayuda a los
audaces.
-No es que yo
le tenga miedo a la guerra, porque en ella he echao los
dientes y las barbas, sino porque después no me hallaría.
Yo no sirvo pa lo civil.
-Ya encontrará
usted colaboradores. Desde luego, me pongo a sus órdenes.
Yo he estudiado mucho, he penetrado las entrañas de este país
y sé cómo se le puede gobernar.
-Gracias,
doctor.
-Además, que
no se dará el caso de que usted necesite de consejeros.
Usted tiene cualidades maravillosas y da lástima que las
pierda usted en escaramuzas sin gloria ni provecho. Usted
perdone que se lo diga.
Guardaron
silencio un momento. Matías Rosalira se hurgaba la barba
pensando:
-¿De modo que
usté cree que la parada es tirable, como dicen?
-Con los ojos
cerrados. La Patria se lo está reclamando.
-Por ella lo
haría, y por ella es que lo hago, créame usté; yo estoy
en guerra porque eso del ferrocarril es contra las leyes;
todos los pueblos de la montaña se arruinarán, y se morirán
de hambre los pobres que no viven sino de sus cargas.
- VII -
Para Rosalira
la Patria era su montaña, y el patriotismo no dejar pasar
el ferrocarril. El doctor Jacinto Ávila fue a decirle que
aquélla era algo más que la montaña: las ciudades que
blanqueaban allá abajo; las llanuras inmensas que
reverberaban a lo lejos; y lo que no se veía; la Patria de
extramuros que estaba detrás de las barreras azules de los
montes sin sospecharlo Matías. Para hacérselo comprender
comenzó por despertarle una ambición que hasta entonces no
había tenido, y lo hizo tan mañeramente que el Caudillo no
distinguía cuándo le hablaba de la Patria y cuándo del
rico botín que le aguardaba en la aventura, y lo hizo con
tal éxito que a poco rato no era posible saber quién inducía
a quién.
Terminado el
almuerzo, Avilita se puso a escribir la proclama de guerra
del General Matías Rosalira, mientras éste recorría la
montaña en todas direcciones convocando a sus amigos.
- VIII -
El doctor
Jacinto Ávila estaba ya en su camino; y tal vez muy cerca
de realizar la única y grande aspiración de su vida:
llegar.
¡Llegar! Por
ello había abandonado su provincia nativa cuando comprendió
que en su pobre ambiente jamás pasaría de ser un talento
sin gloria ni provecho, si era que no se quedaba en la
obscura mediocridad, y enderezó sus pasos a la Capital
propicia, y ya en ella, en la Universidad que da prestigio y
esplendor vinculados a un título que abre todas las puertas
y allana todos los caminos; y por ello padeció necesidades:
comió mal, vistió peor, sufrió humillaciones y
desprecios, ambicionó mucho y envidió más. Y logró
llegar hasta el título. Graduóse de doctor en leyes y al
despedirse de las aulas donde segara fácil laurel a fuerza
de imponer a todo trance el imperativo categórico de su
vanidad inflada de suficiencia, no tuvo palabras de gratitud
sino de encono para aquello que él llamaba fatalidad de
su medio, que le había impuesto aquel áspero
noviciado de seis largos años de inactividad y enojoso
estudio que pusieron a prueba su energía. Encono que era
tan sincero como había sido insolente y que siempre fue,
contenido, el acicate de su voluntad, y a la hora del
triunfo, libre y desbordado, la natural revancha de su alma
en violento desquite por las humillaciones y sinsabores
padecidos.
Graduado ya
acudió al periódico y a la tribuna propicios y tanto
escribió y declamó tanto, con el solo objeto de hacer
ruido, para lo que era bastante hueco y vacío, que a vuelta
de poco ya tenía una gloriola y era acatado en todos los círculos
de la Capital. Pero no era este llegar a medias todo lo que
él aspiraba y siguió trabajando con tesón por llegar de
un todo hasta donde fuera posible llegar en su país, sin
que su delicadeza estableciera distingos de escrúpulos que
más tarde fueran a amargarle el saboreado disfrute de sus
triunfos. Y con esta acomodada determinación a poco estuvo
en la asendereada política y por ella anduvo buen espacio
con éxito bastante prometedor. Pero, reveses de la fortuna
o torpeza para calcular, hiciéronle dar un paso imprudente
y cayó en desgracia.
Entonces fue
cuando llegó a sus oídos la fama que cobraba Matías
Rosalira y resolvió ir en su busca para intentar junto con
él, y a su amparo, la gran aventura. Buen conocedor de su
medio, por instinto y por experiencia, sabía que sólo con
un apoyo de esta suerte podría hacerse carrera por los
caminos del éxito y para lograrlo resolvió hacerse
espaldero del Caudillo. Éste era la fuerza, el instinto
cerril, impetuoso y dominador, la energía acostumbrada a
imponerse, la única energía de la raza blindada de
barbarie pero íntegra, pura como un metal nativo; a su vez
él se reconocía el aliento de la gran aspiración, de la
audacia aventurera, que también es una fuerza, y si el otro
tenía con su instinto la fortaleza de la garra dominadora,
él podía prestar con su inteligencia el ímpetu del vuelo
que levanta y dilata la potencia de la garra.
- IX -
Esto era lo
que el doctor Jacinto Ávila venía a proponerle al cacique
de la montaña.
Cayóle bien
al montaraz en su ánimo aventurero la propuesta y la
condición del ciudadano, y como además, según era fama,
profesaba aquél un gran acatamiento al saber, Avilita que
se lo sabía de antemano, hizo alardes del suyo, con lo que
desde el primer momento cobró ascendiente sobre él.
Ya estaba en
su camino. Acordóse de los que le negaban méritos, de los
que le escatimaron su aprecio, de los orgullosos que habían
sabido estarse en retiro de dignidad, mientras él iba
placenteramente con la maltratada y peor tenida suya, en
subasta, y se complació de pensar que pronto podía
pasearles su triunfo por delante y humillarlos, y no sólo a
ellos, sino a la sociedad entera, a los mismos que le habían
dado la mano, porque Avilita tenía un profundo rencor
contra todos, gratuito al parecer y que en el fondo no era
sino un deseo de represalias, en el que se revelaba
inconscientemente la aspiración de virtud que la vida no le
había dejado tener: grandeza de alma, hidalguía en el
corazón, ideales, integridad, orgullo.
- X -
Al día
siguiente, con las primeras sombras de la noche, comenzaron
a llegar a la posada de la cumbre los amigos del Baquiano.
Eran muchos, de todos los contornos y venían sin armas
algunos, pero todos en tren de campaña. Así que estuvieron
reunidos, Avilita, a nombre del General Matías Rosalira,
les explicó el motivo de la convocatoria y les leyó la
proclama de guerra, en la cual se mentaban las
Instituciones, la Soberanía nacional, los fueros sagrados
de la Patria y otras cosas más, altisonantes y
arrebatadoras, que nunca habían oído nombrar los montañeses,
a quienes, sin embargo, les pareció muy bueno todo. Pero no
dieron muestras de entusiasmo, sino que se quedaron viéndose
unos a otros, aprobando con la cabeza y a regañadientes,
hasta que Matías tomó la palabra y les dijo, lisa y
llanamente:
-Muchachos, lo
que les ha dicho el dotor es la pura verdad, y por eso yo
los he convocao pa que nos alcemos contra el Gobierno,
porque el Gobierno ha faltao a las leyes y nos quiere quitá
la montaña de nosotros pa vendésela a los musiúes.
-¡Abajo el
ferrocarril! ¡Muera el Gobierno! ¡¡Mueran los musiúes!!
-gritaron entonces los amotinados, y con gran tumulto
salieron al camino.
Luego, armados
ya los que no estaban y borrachos todos, se pusieron en
marcha, apenas comenzaron a perfilarse sobre la incierta
claridad albar las recias siluetas del monte, y con esto
empezó la aventura.
Matías a la
cabeza y a su lado el doctor Jacinto Ávila, ahora bien
montado y convertido en respaldero intelectual del Caudillo,
bajaba la horda por los senderos fragosos como un alud que
nadie sabía adónde iría a parar, ni cuántos estragos haría,
mientras en la noche remisa de las hondonadas los gallos
desperezaban sus clarines en dianas triunfales.
Sobre los
picos enhiestos en la fría claridad, suaves oros de sol;
abajo: la madrugada azul; blancura de brumas sobre la
llanura y sobre las ciudades hacia donde bajaba la montonera
bisoña, ávida de sangre y botín...
La
rebelión y otros cuentos
Caracas (Venezuela), 1946