ESCRITOS
DE SIMÓN BOLÍVAR
"Mensaje
al Congreso Constituyente de la República de
Colombia"
¡Conciudadanos!
Séame permitido felicitaros por la reunión del
congreso, que a nombre de la nación va a desempeñar
los sublimes deberes de legislador.
Ardua
y grande es la obra de constituir un pueblo que
sale de la opresión por medio de la anarquía y
de la guerra civil, sin estar preparado
previamente para recibir la saludable reforma a
que aspiraba. Pero las lecciones de la historia,
los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la
experiencia de veinte años de revolución, han de
servirnos como otros tantos fanales colocados en
medio de las tinieblas de lo futuro; y yo me
lisonjeo de que vuestra sabiduría se elevará
hasta el punto de poder dominar con fortaleza las
pasiones de algunos, y la ignorancia de la
multitud, consultando, cuando es debido, a la razón
ilustrada de los hombres sensatos, cuyos votos
respetables son precioso auxilio para resolver las
cuestiones de alta política. Por lo demás hallaréis
también consejos importantes que seguir en la
naturaleza misma de nuestro país, que comprende
las regiones elevadas de los Andes, y las
abrasadas riberas del Orinoco: examinadle en toda
su extensión, y aprenderéis en él, de la
infalible maestra de los hombres, lo que ha de
dictar el congreso para felicidad de los
colombianos. Mucho os dirá nuestra historia, y
mucho nuestras necesidades, pero todavía serán más
persuasivos los gritos de nuestros dolores por
falta de reposo y libertad segura.
¡Dichoso
el congreso si proporciona a Colombia el goce de
estos bienes supremos por los cuales merecerá las
más puras bendiciones!
Convocado
el congreso para componer el código fundamental
que rija a la república, y para nombrar los altos
funcionarios que la administren, es de la obligación
del gobierno instruiros de los conocimientos que
poseen los respectivos ministerios de la situación
presente del Estado, para que podáis estatuir de
un modo análogo a la naturaleza de las cosas.
Toca al presidente de los Consejos de Estado y
Ministerial manifestaros sus trabajos durante los
últimos diez y ocho meses: si ellos no han
correspondido a las esperanzas que debimos
prometernos, han superado al menos los obstáculos
que oponían a la marcha de la administración las
circunstancias turbulentas de guerra exterior y
convulsiones intestinas; males que, gracias a la
Divina Providencia, han calmado a beneficio de la
clemencia y de la paz.
Prestad
vuestra soberana atención al origen y progreso de
estos trastornos.
Las
turbaciones que desgraciadamente ocurrieron en
1828, me obligaron a venir del Perú, no obstante
que estaba resuelto a no admitir la primera
magistratura constitucional, para que había sido
reelegido durante mi ausencia. Llamado con
instancia para restablecer la concordia y evitar
la guerra civil, yo no pude rehusar mis servicios
a la patria, de quien recibía aquella nueva
honra, y pruebas nada equívocas de confianza.
La
representación nacional entró a considerar las
causas de discordias que agitaban los ánimos, y
convencida de que subsistían, y de que debían
adoptarse medidas radicales, se sometió a la
necesidad de anticipar la reunión de la gran
convención. Se instaló este cuerpo en medio de
la exaltación de los partidos; y por lo mismo se
disolvió, sin que los miembros que le componían
hubiesen podido acordarse en las reformas que
meditaban. Viéndose amenazada la república de
una disociación completa, fui obligado de nuevo a
sostenerla en semejante crisis; y a no ser que el
sentimiento nacional hubiera ocurrido prontamente
a deliberar sobre su propia conservación, la república
habría sido despedazada por lo manos de sus
propios ciudadanos. Ella quiso honrarme con su
confianza, confianza que debí respetar como la más
sagrada Ley. ¿Cuando la patria iba a perecer podría
yo vacilar?
Las
leyes, que habían sido violadas con el estrépito
de las armas y con las disensiones de los pueblos,
carecían de fuerza. Ya el cuerpo legislativo había
decretado, conociendo la necesidad, que se
reuniese la asamblea que podía reformar la
constitución, y ya, en fin, la convención había
declarado unánimemente que la reforma era urgentísima.
Tan solemne declaratoria unida a los antecedentes,
dio un fallo formal contra el pacto político de
Colombia. En la opinión, y de hecho, la
constitución del año 11º [1821] dejó de
existir.
Horrible
era la situación de la patria, y más horrible la
mía, porque me puso a discreción de los juicios
y de las sospechas. No me detuvo sin embargo el
menoscabo de una reputación adquirida en una
larga serie de servicios, en que han sido
necesarios, y frecuentes, sacrificios semejantes.
El
decreto orgánico que expedí en 27 de agosto de
28 debió convencer a todos de que mi más
ardiente deseo era el de descargarme del peso
insoportable de una autoridad sin límites, y de
que la república volviese a constituirse por
medio de sus representantes. Pero apenas había
empezado a ejercer las funciones de jefe supremo,
cuando los elementos contrarios se desarrollaron
con la violencia de las pasiones, y la ferocidad
de los crímenes. Se atentó contra mi vida; se
encendió la guerra civil; se animó con este
ejemplo y por otros medios, al gobierno del Perú
para que invadiese nuestros departamentos del Sur,
con miras de conquista y usurpación. No me fundo,
conciudadanos, en simples conjeturas: los hechos,
y los documentos que lo acreditan, son auténticos.
La guerra se hizo inevitable. El ejército del
general La Mar es derrotado en Tarqui del modo más
espléndido y glorioso para nuestras armas, y sus
reliquias se salvan por la generosidad de los
vencedores. No obstante la magnanimidad de los
colombianos, el general La Mar rompe de nuevo la
guerra hollando los tratados, y abre por su parte
las hostilidades, mientras tanto yo respondo
convidándole otra vez con la paz; pero él nos
calumnia, nos ultraja con denuestos. El
departamento de Guayaquil es la víctima de sus
extravagantes pretensiones.
Privados
nosotros de marina militar, atajados por las
inundaciones del invierno y por otros obstáculos,
tuvimos que esperar la estación favorable para
recuperar la plaza. En este intermedio un juicio
nacional, según la expresión del jefe Supremo
del Perú, vindicó nuestra conducta, y libró a
nuestros enemigos del general La Mar.
Mudado
así el aspecto político de aquella república,
se nos facilitó la vía de las negociaciones, y
por un armisticio recuperamos a Guayaquil. Por fin
el 22 de septiembre se celebró el tratado de paz,
que puso término a una guerra en que Colombia
defendió sus derechos y su dignidad.
Me
congratulo con el congreso y con la nación, por
el resultado satisfactorio de los negocios del
Sur: tanto por la conclusión de la guerra, como
las muestras nada equívocas de benevolencia que
hemos recibido del gobierno peruano, confesando
noblemente que fuimos provocados a la guerra con
miras depravadas. Ningún gobierno ha satisfecho a
otro como el del Perú al nuestro, por cuya
magnanimidad es acreedor a la estimación más
perfecta de nuestra parte.
¡Conciudadanos!
Si la paz se ha concluido con aquella moderación
que era de esperarse entre pueblos hermanos, que
no debieron disparar sus armas consagradas a la
libertad y a la mutua conservación; hemos usado
también la lenidad con los desgraciados pueblos
del Sur que se dejaron arrastrar a la guerra
civil, o fueron seducidos por los enemigos. Me es
grato deciros, que para terminar las disensiones
domésticas, ni una sola gota de sangre ha empañado
la vindicta de las leyes; y aunque un valiente
general y sus secuaces han caído en el campo de
la muerte, su castigo les vino de la mano del Altísimo,
cuando de la nuestra habrían alcanzado la
clemencia con que hemos tratado a los que han
sobrevivido. Todos gozan de libertad a pesar de
sus extravíos.
Demasiado
ha sufrido la patria con estos sacudimientos, que
siempre recordaremos con dolor; y si algo puede
mitigar nuestra aflicción, es el consuelo que
tenemos de que ninguna parte se nos puede atribuir
en su origen, y el haber sido tan generosos con
nuestros adversarios cuando dependían de nuestras
facultades. Nos duele ciertamente el sacrificio de
algunos delincuentes en el altar de la justicia; y
aunque el parricidio no merece indulgencia, muchos
de ellos la recibieron, sin embargo, de mis manos,
y quizás los más crueles.
Sírvanos
de ejemplo este cuadro de horror que por desgracia
mía he debido mostraros; sírvanos para el
porvenir como aquellos formidables golpes que la
Providencia suele darnos en el curso de la vida
para nuestra corrección. Corresponde al congreso
coger dulces frutos de este árbol de amargura, o
a lo menos alejarse de su sombra venenosa.
Si
no me hubiera cabido la honrosa ventura de
llamaros a representar los derechos del pueblo,
para que, conforme a los deseos de vuestros
comitentes, creaseis o mejoraseis nuestras
instituciones, sería este el lugar de
manifestaros el producto de veinte años
consagrados al servicio de la patria. Mas yo no
debo ni siquiera indicaros lo que todos los
ciudadanos tienen derecho de pediros. Todos
pueden, y están obligados, a someter sus
opiniones, sus temores y deseos a los que hemos
constituido para curar la sociedad enferma de
turbación y flaqueza. Sólo yo estoy privado de
ejercer esta función cívica, porque habiéndoos
convocado y señalado vuestras atribuciones, no me
es permitido influir de modo alguno en vuestros
consejos. Además de que sería inoportuno repetir
a los escogidos del pueblo lo que Colombia publica
con caracteres de sangre. Mi único deber se
reduce a someterme sin restricción al código y
magistrados que nos deis; y es mi única aspiración,
el que la voluntad de los pueblos sea proclamada,
respetada y cumplida por sus delegados.
Con
este objeto dispuse lo conveniente para que
pudiesen todos los pueblos manifestar sus
opiniones con plena libertad y seguridad, sin
otros límites que los que debían prescribir el
orden y la moderación. Así se ha verificado, y
vosotros encontraréis en las peticiones que se
someterán a vuestra consideración la expresión
ingenua de los deseos populares. Todas las
provincias aguardan vuestras resoluciones; en
todas partes las reuniones que se han tenido con
esta mira, han sido presididas por la regularidad
y el respeto a la autoridad del gobierno y del
congreso constituyente. Sólo tenemos que lamentar
el exceso de la junta de Caracas de que igualmente
debe juzgar vuestra prudencia y sabiduría.
Temo
con algún fundamento que se dude de mi sinceridad
al hablaros del magistrado que haya de presidir la
República. Pero el Congreso debe persuadirse que
su honor se opone a que piense en mí para este
nombramiento, y el mío a que yo lo acepte. ¿Haríais
por ventura refluir esta preciosa facultad sobre
el mismo que os lo ha señalado? ¿Osaréis sin
mengua de vuestra reputación concederme vuestros
sufragios? ¿No sería esto nombrarme yo mismo?
Lejos de vosotros y de mí un acto tan innoble.
Obligados,
como estáis, a constituir el gobierno de la República,
dentro y fuera de vuestro seno, hallaréis
ilustres ciudadanos que desempeñen la presidencia
del Estado con gloria y ventajas. Todos, todos mis
conciudadanos gozan de la fortuna inestimable de
parecer inocentes a los ojos de la sospecha, sólo
yo estoy tildado de aspirar a la tiranía.
Libradme,
os ruego, del baldón que me espera si continúo
ocupando un destino, que nunca podrá alejar de sí
el vituperio de la ambición. Creedme, un nuevo
magistrado es ya indispensable para la República.
El pueblo quiere saber si dejaré alguna vez de
mandarlo. Los estados americanos me consideran con
cierta inquietud, que pueden atraer algún día a
Colombia males semejantes a los de la guerra del
Perú. En Europa mismo no faltan quienes teman que
yo desacredite con mi conducta la hermosa causa de
la libertad. ¡Ah! ¡cuántas conspiraciones y
guerras no hemos sufrido por atentar a mi
autoridad y a mi persona! Estos golpes han hecho
padecer a los pueblos, cuyos sacrificios se habrían
ahorrado, si desde el principio los legisladores
de Colombia no me hubiesen forzado a sobrellevar
una carga que me ha abrumado más que la guerra y
todos sus azotes.
Mostraos,
conciudadanos, dignos de representar un pueblo
libre, alejando toda idea que me suponga necesario
para la República. Si un hombre fuese necesario
para sostener el Estado, este Estado no debería
existir, y al fin no existiría.
El
magistrado que escojáis será sin duda un iris de
concordia doméstica, un lazo de fraternidad, un
consuelo para los partidos abatidos. Todos los
colombianos se acercarán alrededor de este mortal
afortunado; él los estrechará en los brazos de
la amistad, formará de ellos una familia de
ciudadanos. Yo obedeceré con el respeto más
cordial a este magistrado legítimo; lo seguiré
cual ángel de paz; lo sostendré con mi espada y
con todas mis fuerzas. Todo añadirá energía,
respeto y sumisión a vuestro escogido. Yo lo
juro, legisladores, yo lo prometo a nombre del
pueblo y del ejército colombiano. La República
será feliz, si al admitir mi renuncia nombráis
de presidente a un ciudadano querido de la nación;
ella sucumbiría si os obstinaseis en que yo la
mandara. Oíd mis súplicas; salvad la República;
salvad mí gloria que es de Colombia.
Disponed
de la presidencia que respetuosamente abdico en
vuestras manos. Desde hoy no soy más que un
ciudadano armado para defender la patria y
obedecer al gobierno; cesaron mis funciones públicas
para siempre. Os hago formal y solemne entrega de
la autoridad suprema, que los sufragios nacionales
me habían conferido.
Pertenecéis
a todas las provincias; sois sus más selectos
ciudadanos; habéis servido en todos los destinos
públicos; conocéis los intereses locales y
generales; de nada carecéis para regenerar esta
República desfalleciente en todos los ramos de su
administración.
Permitiréis
que mi último acto sea recomendaros que protejáis
la religión santa que profesamos, fuente profusa
de las bendiciones del cielo. La hacienda nacional
llama vuestra atención, especialmente en el
sistema de percepción. La deuda pública, que es
el cangro de Colombia, reclama de vosotros sus más
sagrados derechos. El ejército, que infinitos títulos
tiene a la gratitud nacional, ha menester una
organización radical. La justicia pide códigos
capaces de defender los derechos y la inocencia de
hombres libres. Todo es necesario crearlo, y
vosotros debéis poner el fundamento de
prosperidad al establecer las bases generales de
nuestra organización política.
¡Conciudadanos!
Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único
bien que hemos adquirido a costa de los demás.
Pero ella nos abre la puerta para reconquistarlos
bajo vuestros soberanos auspicios, con todo el
esplendor de la gloria y de la libertad.
Simón
Bolívar
Bogotá,
enero 20 de 1830