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LA
SENTENCIA
Dando vueltas a pasos cortos,
semejante a un toro enjaulado, trató de aplacar la
nerviosidad y cierto furtivo temor. No tardará en llegar.
Los dos aguardamos demasiado este momento. Incapaz de
admitir que algo pudiera frustrar el encuentro convenido con
la muchacha que, al embarcarse en Tenerife, tuvo la virtud
de conferirle un súbito atractivo a la monótona expedición.
Por la tentadora forma de su cuerpo, por el modo de mirarlo
y sonreírle, por la alegre complicidad que se estableció
entre ellos. De inmediato había desplazado a segundo plano
el anhelo de conocer nuevas tierras y vivir deslumbrantes
aventuras y aun apropiarse de una buena carga de oro y
plata. Tenerla entre mis brazos. Gozar su cuerpo. Nada podrá
ser más hermoso. Poco a poco se transformó en la única
obsesión. Por eso ahora, mientras la esperaba, procurando
superar cualquier atisbo de inquietud, sólo quiso dejarse
ganar por una anticipado regocijo. Al marchar por la bahía en precipitada carrera, casi sin rumbo, un escalofrío recorre mi cuerpo. Resabio de la mezcla de sorpresa, horror, indignación que me produjo conocer la sentencia dictada contra él. Alevosa. Inexorable. Y ahora sólo quiero resguardarlo de los hombres dispuestos a ultimarlo. Comprendiendo que el afán de vivir aquí, en la bahía, las soñadas horas de amor, habrá de convertirse tal vez en una trampa donde la muerte surgirá victoriosa, provocando la definitiva separación entre nosotros. Por eso ruego a Dios poder verlo antes que ellos. - Allí
está, capitán. Juan de
Ayolas dirigió la mirada hacia el punto que indicaba la
mano tendida del soldado. Una leve sonrisa de satisfacción
asomó a su rostro al distinguir, en un claro de la tupida
vegetación de la bahía, la figura apuesta, enfundada en
jubón y calzas de raso, del maestre de campo. Ahora dejará
de ser una molestia. Ahora recibirá su merecido. -No lo
perdáis de vista. Esperad mis órdenes para atraparlo. (- Ya
resulta intolerable). - Está
creando un gran malestar entre los hombres. - Sí.
Desde hace varios días anda diciendo que no deben
obedecerle a usted, sino que cada uno haga lo que quiere. - Así
pretende un amotinamiento, señor. Se limitó
a oírlos. Abstraído, con un infinito cansancio nacido
tanto de las palabras tozudamente repetidas por Juan de
Ayolas y Galaz de Medrano como del cuerpo cubierto de úlceras
dolorosas, malolientes, que lo obligaban a permanecer
postrado en su cámara, casi sin fuerzas para moverse,
aislado de lo que ocurría a bordo. -
Vuestra autoridad y aun vuestra vida pueden correr serio
peligro. Aunque
otras veces no había querido dar crédito a tales denuncias
-vertidas también por el escribano Martín Pérez de Haro y
el contador Cáceres- sobre el carácter levantisco, de
clara beligerancia, que tenía la conducta de Juan de
Osorio, de pronto se vio sacudido por una sombra de duda y
desorientación. Sí. Tal vez sea cierto. Tal vez todos
tengan razón y sólo yo me resisto a creerlo o admitirlo.
Por resultarle completamente descabellado el menor gesto de
desobediencia o traición por parte de Osorio, a quien había
nombrado su maestre de campo con el encargo de reclutar la
gente y distribuir los oficios de la milicia para la
expedición encomendada por el Rey para conquistar y poblar
los pueblos y provincias del Río de la Plata.
-Debe
recibir un escarmiento, señor. Antes de que sea demasiado
tarde. Le
pareció que se encontraba en una situación ya
insostenible. Sometido a una intensa puja entre el
sentimiento de confianza y casi afecto que experimentaba por
Osorio y la necesidad de actuar con la firmeza impuesta por
su condición de jefe. Aunque debo permanecer en este
camastro convertido en una miserable piltrafa, todavía soy
el que dicta las órdenes. No permitiré que ninguno de mis
hombres se comporte como si yo fuera un cobarde o un
miedoso. - Llamad
al escribano. Dictaré la sentencia. El
repentino sonido de algunos pasos y el movimiento de ramas y
hojas lograron evadirlo del tedio de la espera. Sí. Debe
ser ella. Por fin. Entre impaciente y alborozado deslizó la
mirada en torno, a la búsqueda de la presencia querida. Entonces
se vio cercado por los hombres que surgieron bruscamente del
espeso follaje. Decididos, con una mueca torva en los
semblantes, las espadas y puñales apuntándole al pecho.
Sin darle posibilidad de efectuar un gesto de protesta o
defensa. -¡Quieto! A
cada paso crece la desesperación. Al presentir que no podré
evitar el propósito de ellos. Tan poderosos, casi
invencibles, desde que don Pedro dictó la sentencia contra
él, contra el hombre que supo conquistar mi corazón.
Acusado de amotinador por obra de habladurías nacidas del
odio, la envidia, los celos. Pero bastaron para que don
Pedro, incapaz ya de distinguir lo que está bien y lo que
está mal, lo condenara. Hubiera querido gritarle que había
sido engañado, que él era inocente. De nada habría
servido. En esta expedición yo sólo debo brindarle mi
compañía, curarle las úlceras que despiden un olor cada
vez más nauseabundo, consolarlo en los momentos de amargura
y desánimo. Además, no quería dejar al descubierto la
relación entre Juan de Osorio y yo. Siempre tuvimos los
encuentros en secreto, como dos ladrones llenos de miedo,
mientras aguardábamos la llegada a la bahía de Janeiro. El
lugar donde al fin podríamos estar a solas, libres, sin
testigos. Súbitamente un grito me taladra los
oídos. Sí. Es él. Comprendo que ya lo encontraron. Y me
detengo. Sin aliento. Petrificada. ("...que
do quiera y en cualquier parte que sea tomado el dicho Juan
de Osorio, mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o
estocadas o en otra cualquier manera que lo pudiera ser, las
quales le sean dadas hasta que el alma le salga de las
carnes; al qual declaro por traydor y amotinador, y le
condeno en todos sus bienes..." Luego de
leer la sentencia, el escribano Martín Pérez de Haro le
alcanzó la pluma. -Ya está.
Podéis firmarla, señor.) Sólo el
grito. Horadante. Desgarrador. La única manera de expresar,
primero, el rechazo por la furiosa arremetida de los
hombres, y después, cuando Juan de Ayolas le aferró un
brazo y Galaz de Medrano el otro, el total sentido de
impotencia y desconcierto al verse tratado como una simple
alimaña. Precisamente por ellos, por los hombres con
quienes desde hacía tres meses compartía los trabajos, las
esperanzas, los sinsabores que les deparaba la expedición.
Asumiendo el carácter de enemigos, cargaron sobre él.
Impetuosos. Trémulas de urgencia las manos que sostenían
los punzantes aceros. Y
mientras se hundía en una tenebrosa oscuridad, procuró
evocar la figura de Catalina Pérez con la furtiva esperanza
de obtener algo de consuelo o más bien darle el desolador
saludo final. Sí. Ya lo han hecho. Esta
certidumbre me quita el deseo y las fuerzas para reanudar la
marcha. El fervor y la ansiedad con que había esperado el
momento de encontrarme con él se convierten de pronto en
total abatimiento. Desgarrada por el hecho de haber perdido
algo vital, querido, definitivamente irrecuperable. Y sólo
atino a preguntarme cómo haré para sobrellevar el peso de
la soledad. (Con
extrema lentitud Pedro de Mendoza tomó la pluma y, esforzándose
por superar el temblor de la mano, garabateó la firma con
rasgos grandes y desparejos. Luego tendió la hoja hacia los
hombres quietos y expectantes. -Tomad.
Esta es mi disposición. Cumplidla.
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