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EL INSTANTE SUPREMO
Supo
que había llegado el momento. Sí. Ahora o nunca. Y a pesar
de tener la cabeza embotada por los golpes que lo habían
hecho rodar seis veces por la lona, comprendió que no podía
claudicar. La oportunidad única, tal vez irrepetible,
esperada desde aquellos lejanos días en que sostenía
repetidas peleas con otros muchachos, al principio como una
forma de ejercicio, después para demostrar el rotundo vigor
de sus puños y, por último, por resultar no sólo lo que más
le gustaba sino también por ser una forma de revelar su
hombría. Llegó a sentirse solo en esa patriada, luego de
la temerosa reacción de sus padres que le aconsejaron
dedicarse a otro trabajo menos peligroso y, sobre todo, del
brusco alejamiento de Yolanda, al comprender que era incapaz
de apartarlo del camino elegido. Es lo único que sé hacer.
No sirvo para otra cosa. Trataba de justificarse, con el
orgullo de confiar plenamente en sus fuerzas, pero también
algo desmoronado por la impotencia al no poder ofrecer otra
cosa más atractiva o agradable para vencer el rechazo de
ellos. El boxeo o yo. Elegí. Inflexible, ella no admitió
la menor duda o vacilación. Como si ya no tuviera
importancia mi amor. Como si se hubiera olvidado de todos
los proyectos que forjamos juntos. Y después de marcharse
de Junín, ya instalado en la capital donde anhelaba
concretar los sueños de grandeza y esplendor, la ruptura
con ella lo golpeó cruelmente. La soledad y el desaliento
se agudizaron mientras pasaba las noches en sombrías
pensiones y trataba de ocupar un lugar respetable en la
ciudad hostil, desconocida, que parecía observar
desconfiada sus movimientos lentos y pocos ágiles a pesar
de que la potencia de su derecha derribaba las pretensiones
de los más osados rivales. Ahora, con una mezcla de alivio
y gratificación, supo que al fin se desvanecían los años
que había sobrellevado la desgastante y ansiosa espera de
poder encontrarse allí, entre las cuerdas, frente al campeón
mundial. Sí. Tengo que ganar. Lo único claro, excluyente,
definitivo. Sólo el ansia de alcanzar ese objetivo le había
permitido mantenerse firme, incólume, a pesar de los
sacrificios, las privaciones, el creciente desánimo. Si
estuvieran ellos aquí. Si pudieran verme. Sobre todo ella.
Anhelaba paladear el dulce sabor de la venganza, al
demostrarles a todos -y especialmente a la muchacha que no
había querido corresponder a su amor- que había llegado a
la cúspide, ahora, sosteniendo la disputa más importante
de su vida, ante la mirada de incontables hombres y mujeres
aunados en un griterío ensordecedor. Quitarle la corona.
Convertirme en campeón mundial. Lo que en otros tiempos había
sido una quimera o el producto de febriles elucubraciones,
de pronto se presentaba como una meta accesible, gratamente
cercana, a pesar de las reiteradas caídas y de la coraza
indestructible que parecía resguardar el cuerpo de su
adversario. Tocarlo con mi derecha. Una vez, al menos.
Obsedido por ese propósito mientras caía una y otra vez,
sin poder detener la andanada de golpes, pendiente del
momento en que el campeón se tomara un respiro o bajara la
guardia para efectuar el primer ataque, aplicar el derechazo
fulmíneo por el cual un periodista lo había bautizado como
el Toro Salvaje de las Pampas. No. Él tampoco podrá
resistirlo. Seguro de su carta de triunfo. La que le había
granjeado el respeto y la admiración de todos. Y quiso
utilizarla. Urgentemente. Antes de sufrir tal vez una
derrota ya incontrastable. Descubrió la oportunidad de
improviso. Al levantarse por séptima vez, advirtió que el
otro mantenía los brazos bajos. Despreocupado. Como si se
hubiera cansado de golpearlo. Sintiéndose ya triunfador. Sí.
Ahora. Alentado por una repentina luz de esperanza, sin
reparar en el dolor, arrojó el puñetazo. Abruptamente. Y
lo vio tambalearse. Desfigurado el rostro. Con evidentes
signos de flaqueza y desconcierto. Comprendió que no podía
perder un segundo. Convertido en huracán, atacó.
Incontenible. Y entonces, con un orgasmo de placer que tal
vez nunca más iba a experimentar, pudo vivir el instante
supremo de sentirse imbatible cuando, por obra de sus puños,
el cuerpo descomunal de Jack Dempsey pasaba entre las
cuerdas y caía fuera del cuadrilátero, como un pájaro
ciego y descontrolado.
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