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LOS VERDUGOS
- ¿Se
ve algo? - No. - Tal
vez no vendrá hoy. - Nunca
falla. Ya debe estar por llegar. Las
palabras, proferidas en tono apenas audible, trasuntaban el
estado de impaciencia y nerviosidad que embargaba a los
cuatro hombres que, abroquelados en el hueco de una casa,
permanecían quietos, los ojos clavados en la calle oscura y
desierta, fuertemente cerradas las manos en los puñales
disimulados entre la ropa. (Una
ráfaga de pujanza y legítimo orgullo lo invadió cuando,
erguido en la litera llevada por sus hombres a paso lento,
penetró en la plaza de Caxamarca y advirtió que todos los
ojos se clavaban en él. Aquí estoy. Sin asomo de miedo ni
vacilación. Hubiera querido gritar que ostentaba el título
de emperador del magnífico y poderoso imperio incaico y
estaba acostumbrado a enfrentar cualquier obstáculo y
dificultad. Como el hecho de encontrarse allí, con una
reducida escolta, para entrevistarse con los hombres
llegados de tierras remotas. El intento por alcanzar la paz
y la concordia revelaba sin duda una actitud precavida,
plena de respeto, admiración y aun temor, en procura de
evitar cualquier enfrentamiento en el territorio donde él
contaba con toda la fuerza y autoridad. Cuando
detuvieron la litera en el centro de la plaza, uno de los
extranjeros se le acercó. A pasos torpes debido a la
gordura fofa, con una gran cruz de madera colgada del
cuello, sosteniendo en las manos una especie de caja,
voluminosa, forrada de cuero. Entonces la sorpresa se
transformó en desagrado y, por último, en furor
descontrolado, tanto por el tono de la voz como por el
sentido de las palabras que le iban traduciendo en su
lengua. De pronto comprendió el propósito de los
visitantes. Someterlos, en una postura altiva y exigente, más
que lograr el establecimiento de un estado de unión y
amistad. Como si fueran los dueños absolutos de todo el
imperio y no ellos, sus hermanos de sangre, los hombres y
mujeres nacidos allí y que, a través de generación en
generación, aportaron su lucha y afecto y sacrificio para
resguardarlo de cualquier peligro. El hombre amenazó con
declarar la guerra y tomar sus bienes y provocar los mayores
males si no aceptaba el requerimiento de reconocer a la
Iglesia por señora y superiora del universo, y al Sumo Pontífice
en su nombre, y al Rey y a la Reina de España como
superiores y señores de esas tierras. A modo de corolario,
lo instó a colocar una mano sobre la caja y jurar un
compromiso de fidelidad y obediencia. -¡No!
-lo apartó con gesto brusco y rabioso- ¡Jamás! La
perplejidad e indignación enrojecieron el rostro del hombre
gordo. Comenzó a mover los brazos y proferir gritos
desaforados, como expresión de repudio o más bien en
urgente pedido de ayuda. Abruptamente
quedó revelado el engaño, la burla, el subrepticio ataque
preparado por los invasores. Al surgir las figuras.
Numerosas. Incontenibles. Demoledoras. Cubriendo la plaza
desde todos los rincones. Y muy pronto el primer estampido
quebró la quietud de la tarde soleada.) Al
trasponer la puerta, observó el habitual panorama de todas
las noches: el carruaje, los soldados que formaban guardia,
la soledad de la calle. Aspirando el aire que atenuaba un
poco el intenso calor, ascendió al vehículo. Sí. Amo y señor
de hombres y haciendas. El que dispone y ordena. Recostado
en el asiento, sintió el deseo de lanzar una carcajada
plena de satisfacción al imaginar lo que le esperaba: los
amigos reunidos en el salón del Palacio; la comida sabrosa
y abundante, acompañada con vinos especialmente elegidos;
la charla salpicada con divertidas bromas; la compañía de
una mujer para aplacar las urgencias del cuerpo. El recreo
que podía disfrutar cada noche resultaba el premio
cosechado tras la exitosa expedición al Perú. Pocos
creyeron que podría hacerlo. Como si no hubiera tenido
cojones para someter a unos indios miserables y extraer
todos los tesoros de aquellas tierras. Constituía una forma
de cobrarse los esfuerzos, el acoso del hambre y las
enfermedades, el desdén y la falta de apoyo que habían
jalonado la ardua campaña a través de la cual se propuso
no sólo conquistar gloria y riqueza, sino también llevar a
cabo un desafío. Audaz. Irresistible. Lo hice. Fui y aplasté
a esos indígenas y volví con un cargamento de joyas y oro
como ningún conquistador pudo hacerlo jamás. Por eso
ahora, regocijado, sólo deseaba recoger los frutos de su
hazaña. (Engañado. Como un pájaro cayendo
inocentemente en la trampa artera, preparada con cuidado y
alevosía. Sin tener la menor posibilidad de evitarla, de
esgrimir una defensa. Y ahora, encerrado entre cuatro
paredes desnudas e inviolables, lo golpeaba sin piedad el
recuerdo de la infernal escena vivida en la plaza de
Caxamarca, con el remordimiento nacido del error, la
improvisación o excesiva confianza con que había actuado
ante los visitantes, sin presentir que, tras la apariencia
de alcanzar una relación fraterna y pacífica, veladamente
estaban maquinando la traición. Fulminante. Despiadada.
Haber visto caer a hombres y mujeres de su pueblo por el
disparo de los arcabuces y el accionar de las espadas y la
carga briosa e incontenible de los caballos, le dejó un
sabor amargo, la persistencia de una culpa que agigantaba el
dolor, la furia, el resentimiento. Vengar la sangre de
ellos. Hacer algo para proteger a mi pueblo antes de que sea
completamente destruido. Rápidamente. No sólo para
demostrar el poder del imperio incaico, sino también como
una obligación o deber hacia quienes acataban fieles y
obedientes cada uno de sus mandatos. Les haré pagar caro la
muerte de mi gente. Se arrepentirán para siempre de haber
pisado nuestras tierras. Y arrebatado por ese propósito,
marchaba por la celda, incapaz de alcanzar un momento de
sosiego y alivio. Días y días. Hasta que decidió efectuar
una propuesta al jefe de los extranjeros. Deslumbrante. Casi
increíble. Comprar la anhelada libertad por todo el oro y
plata que podía contener la pieza donde estaba encerrado.
Notó el brillo de la codicia y el goce en los rostros de
sus enemigos. Sin disimulo. Después, mientras llegaban
desde todos los pueblos y montañas y más apartados
rincones del imperio los preciados objetos que iban a
representar su salvación, se dedicó a planear con ardor y
meticulosidad el modo de concretar la venganza. Estas
tierras son nuestras. El legado más valioso de nuestros
antepasados. Y no permitiré que nadie nos eche de aquí.
Obsedido por esa idea, esperó -sin tregua, consumido por la
impaciencia, con odio creciente- el momento de ejercer
plenamente los atributos que le confería ser emperador de
los incas.) - Ya
parece inútil seguir esperando. - No
debe tardar. Viene todas las noches. - A lo
mejor hoy cambió de idea. El tedio
de la espera impuso poco a poco un clima de malhumor y
desmoralización entre los hombres. Abandonando la actitud
cautelosa que los había mantenido apretujados junto a la
pared, comenzaron a hablar con voz más fuerte y dar pasos
cortos y nerviosos. - Tendríamos
que haber ido a... - ¡Silencio!
¡Escuchen! Los
cascos de caballos desalojaron la quietud de la calle. - Sí.
Ahí viene el carruaje. ¡Prepárense! (No. No. Quemante, el grito.
Provocado por el estupor, la indignación, el sentido de
absoluta impotencia cuando los otros decidieron quebrar de
manera abrupta el acuerdo establecido para recuperar su
libertad. Por segunda vez tuvo la certeza de sufrir una
burla cruel, de ser pisoteado como un mísero insecto. Al
resultar claro que no estaban dispuestos a cumplir lo
prometido. Poco antes de vencer el plazo de dos meses para
llenar la pieza de oro y plata, inventaron una siniestra
artimaña. Feroces. Implacables. No quisieron correr el
riesgo de que me pusiera al frente de mi pueblo para
echarlos de nuestras tierras. Entonces lo acusaron de
traidor, de estar preparando una conspiración, de rendir
culto a dioses falsos. Como si aislado en la celda pudiera
hacer otra cosa que dar pasos en círculo o lastimarse los
puños golpeando impotente las paredes o sentir el peso
lacerante de la soledad. Sometido a un juicio vilmente
preparado, incapaz de articular la menor defensa, con los
hombres y mujeres de su raza masacrados sin piedad por los
visitantes, comprendió que estaba condenado de antemano. Sí.
Ofrecerles diez o cien piezas como ésta llenas de oro también
habría sido inútil. Sólo les interesa mi sangre. El
trofeo más importante de la conquista. Y lo abatió el
sentido de la derrota, no tanto por él, sino por su pueblo,
por los queridos hermanos que siempre le dieron muestras de
lealtad y confianza. Sin poder hacer nada para salvarlos de
la esclavitud y la muerte. Y aunque presentía que una
sombra ignominiosa iba a caer sobre el imperio afanosamente
construido a lo largo de tantos años, no quiso otorgarles a
sus enemigos el placer de verlo flaquear. No. Firme, hierático,
casi desafiante enfrentó el suplicio.) Permaneció
recostado en el asiento mientras el carruaje efectuaba el
habitual recorrido, como si necesitara un breve reposo antes
de gozar, con pasión e intensidad, las largas horas de
holgura que le deparaba cada noche. Sí. Un merecido premio.
Reconfortado. Queriendo paladear cada segundo del halo de
prestigio y gloria que había empezado a cosechar después
de la triunfal campaña al Perú. Bruscamente
se desvaneció la zona de placidez y regocijo. Una ráfaga
de sorpresa, desconcierto, aun miedo, lo paralizó al
detenerse el vehículo y percibir palabras entrecortadas y
algunos golpes secos y contundentes. No pudo definir cuánto
demoró en reaccionar. Vacilante abrió la portezuela. Al
descender notó algunas siluetas movilizándose en la
oscuridad de la calle. - ¡Marqués
Francisco Pizarro! La voz
tuvo un acento lejanamente familiar. Creyó ser acosado por
sombras del pasado. Impetuosas. Abrumadoras. - Sí.
¿Quién me...? No pudo
continuar. Figuras indefinidas cayeron sobre él.
Silenciosas. Inmovilizándolo. Con decisión y vigor. Entonces
sintió el frío acero en la garganta.
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