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Al
otro lado de la ventana
Abrió
las persianas unos centímetros, dejando que se filtrara un
delgado haz de luz, y luego desplegó con extremo cuidado la
cortina grisácea, casi transparente, hasta cubrir
completamente la ventana. Perfecto. Así nadie podrá verme
desde afuera. Con la tranquilidad de haber concluido la
ceremonia que desde hacía casi un mes realizaba todos los días,
ansiosa y con una meticulosidad rayana en cierta obsesión,
se dispuso a cumplir la cita ya irresistible. Acercando el
rostro a la cortina, clavó los ojos ávidos en un punto
definido: la amplia ventana de uno de los departamentos que
estaba al otro lado de la calle. ¿Qué harán hoy? ¿Qué
pasará? Ya no lograba evitar múltiples interrogantes al
iniciar la diaria vigilancia, plena de expectativa,
intrigada sobre lo que habría de depararle esa especie de
película o espectáculo que siempre presenciaba con
renovado fervor, sustraída de cualquier otra cosa. Sí.
Como si fuera una droga. Aunque ese compromiso ya ejercía
sobre ella una dependencia casi enfermiza, no estaba
dispuesta a abandonarlo, pues era el único que había
logrado quebrar el opaco e inalterable desarrollo de su vida
y le otorgaba un inusitado atractivo. Ocurrió casi por
casualidad. Una tarde, al mirar hacia afuera, divisó las
dos siluetas en el rectángulo de una ventana. En el cuarto
iluminado por una tenue luz amarilla, vio movilizarse los
cuerpos con lentitud, abrazados y besándose mientras se
quitaban la ropa. Cuando desaparecieron de su visión, le
resultó fácil imaginarlos sobre la cama amándose con
voracidad. No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, sin
poder reponerse de la sorpresa y el encandilamiento. Deben
ser recién casados. No tendrían tanto entusiasmo si
llevaran quince años, como yo. Embargada por una sensación
de ardor y voluptuosidad, esa noche el encuentro con Rafael
ya no tuvo el carácter de un rito frío y mecánico que
cumplía por obligación, sólo para complacerlo, sino que,
después de mucho tiempo, participó en forma activa y pudo
alcanzar un orgasmo pleno y satisfactorio. Después continuó
la vigilancia. Tenaz. Absorbente. Al cabo de cuatro días de
inútil espera, ocurrió algo. Aunque la escena resultaba
similar a la anterior, muy pronto creyó descubrir una
diferencia: el hombre era otro. Esforzándose por recordar
al que había visto la primera vez, tuvo la seguridad de que
era bastante rubio, y el de ahora -a pesar de no ser muy nítida
la luz del dormitorio- pudo descubrir que tenía la piel
morena y el cuerpo más gordo. Uno debe ser el amante. Pero
cuál de ellos. Impaciente por dilucidar la duda, quedó
absorbida por la visión de ellos y, sin tener idea del paso
de las horas, se olvidó de preparar la cena. La reacción
de su marido fue violenta y ninguna excusa logró calmarlo.
Comieron las sobras del mediodía y se acostaron en
silencio, en un estado de malestar y hostilidad. Tardó en
dormirse, no tanto por el altercado con él sino por el halo
de misterio que rodeaba a los habitantes de la casa vecina.
Necesito saber qué está pasando entre ellos. Cuanto antes.
Y al día siguiente se propuso ahondar la investigación.
Celosamente comenzó a controlar el horario en que llegaba y
se iba cada uno de los hombres, el tiempo que permanecían
junto a la mujer, el modo como ella los trataba. Con íntima
satisfacción llegó a comprobar que su empeñosa tarea le
permitía conocer cada vez con mayor claridad el mundo de
ellos. Ya es como si formáramos parte de la misma familia.
Compartiendo los placeres y las preocupaciones. Eso le hizo
descuidar otras cosas: limpiar la casa, preparar la comida,
lavar la ropa. Tomaba conciencia de ello cuando llegaba
Rafael y estallaba en reproches. Irascible. Cada vez con
menos paciencia. Apelaba a vagos pretextos para calmarlo,
sin atreverse a revelar la verdadera causa de tanto desapego,
temerosa de perder eso que había tenido la virtud de
conferirle un cariz distinto y fascinante a su vida.
Lamentaba sobre todo que, debido al creciente grado de tensión
y malhumor, ya no podía -cuando ellos lograban excitarla en
forma casi intolerable- establecer un acercamiento que
colmara sus ansias. Muy pronto va a terminar esto. Todo
volverá a la normalidad. Con desasosiego presentía tal
perspectiva, pues no le resultaba demasiado alentador
hundirse otra vez en la exasperante rutina de tantos años,
sin ningún hecho que la conmoviera o aliviara al menos el
creciente sentido de frustración y desencanto. No obstante
el anhelo de seguir disfrutando los momentos febriles y
plenos de regocijo que le deparaba esa historia, le pareció
cercano el desenlace, especialmente por la actitud del
hombre rubio, quien tuvo cada vez menos gestos de afecto con
la mujer y varias veces los vio enfrentados en agrias
disputas. Las otras escenas -las que ella aguardaba con
mayor ansiedad, pues lograban despertar en su cuerpo un
ardor desconocido durante años-, la mujer las protagonizaba
con el gordo. No pueden seguir viviendo así mucho tiempo.
Debe ser terrible. Alguien va a descubrir el engaño. Y a la
espera de eso, cada día le llevó más tiempo la
vigilancia. Impaciente. Sin querer perder ningún detalle.
Por fin -después de estar incontables horas apostada junto
a la ventana, absorta-, se encendió la luz en el
departamento de enfrente y vio entrar a la mujer, quien,
luego de dar varias vueltas con evidente inquietud y
desorientación, se puso a buscar algo en los cajones del
ropero. De improviso la estremeció el ruido de una puerta.
No se movió para no distraerse. Sobre todo cuando el hombre
rubio penetró en el cuarto. Abruptamente. Y entonces
percibió un grito. Rabioso. Insultante. Por un momento creyó
que pertenecía al hombre rubio que estaba golpeando furioso
a la mujer, hasta que, al darse vuelta, observó como una
sorpresiva y espantosa revelación a Rafael que, esgrimiendo
un puñal en la mano derecha, se abalanzaba sobre ella.
Tengo algo que decir | Ahora la oscuridad | Una sombra entre ustedes | Algo más que un paseo | El recuerdo de Julieta | El calvario repetido | Al otro lado de la ventana | Cuerpo en llamas | Mariel entre nosotros | Deuda saldada | Evangelina | El amor a través de la mirada | Salvar el honor | A plena luz | Remotos y fascinantes | El refugio | Ellos, al acecho
El Calvario Repetido | El Acecho | El Ordenanza | Antes del Primer Grito | Hombres y Hazañas | Mariel entre nosotros

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