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Cuerpo en llamas

Cuerpo en llamas

Al doblar la esquina, la visión de hombres y mujeres movilizándose con evidentes muestras de alarma y descontrol en la calle mal iluminada lo obligó a detenerse. ¿Qué pasa? ¿Por qué tanto alboroto? Tuvo la sensación de encontrarse en un sitio extraño, casi hostil, grávido de algún indefinido peligro que de pronto amenazaba la paz y el solaz del paseo de todas las noches. Al fin, impulsado por una curiosidad que superaba cierto temor, marchó hacia el grupo.

(El asedio, la constante pretensión de recibir parte de lo que él y sus hermanos obtenían por el lavado de autos, la venta de diarios o pidiendo limosna en bares y colectivos, comenzó dos meses atrás, cuando les había cortado bruscamente el paso.

-¿Qué tal ha ido la cosecha de hoy, muchachos?

Casi sin comprender el sentido de la pregunta, quedaron paralizados por la sorpresa y, sobre todo, el miedo ante la presencia de quien, por su carácter beligerante y el afán de conseguir algún beneficio a costa de los demás, todos en el barrio preferían evitarlo.

-¿Qué querés?

-Estaba pensando que sería bueno convertirnos en socios -displicente, aflorando una sonrisa entre irónica y burlona, dejó caer las palabras lentamente-. ¿ Qué les parece?

Para eludir cualquier problema y aunque su actitud reflejaba una cuota de cobardía y debilidad, aferró con premura las manos de Gonzalo y Ramón, dispuesto a continuar la marcha. Pero el cuerpo del otro se interpuso. Las manos rudas le estrujaron la camisa y lo obligaron a levantar la cabeza.

-La van a pasar muy mal si tratan de jugar conmigo -le produjo un escalofrío observar la mueca despreciativa-. Desde ahora vamos a repartir las ganancias. ¿Está claro?

Frío y contundente. Sin admitir la menor réplica. Al efectuar un movimiento para liberarse, la reacción fue más violenta. Mientras estallaba el grito asustado de sus hermanos, vio resplandecer la hoja de la navaja. Y en seguida sintió la filosa punta en el pecho.

-Quiero la plata. Toda. Ahora.

Fue el comienzo del despojo. Despiadado. Casi cotidiano. Por la fuerza y la prepotencia, el Moncho Oviedo logró apropiarse de la mayor parte de lo que ellos conseguían en fatigoso peregrinaje por la ciudad. Acorralado, se dedicó a buscar una salida. Por fin supo cómo hacerlo. Una noche, al regresar a la casilla donde vivían, dejó que sus hermanos se le adelantaran varios metros mientras él se ocultaba entre algunos coches. Desde allí ejerció una morosa vigilancia sobre cada rincón de la calle. La última vez. Ya no le quedarán ganas de quitarnos un centavo. Tuvo esa sola consigna cuando lo vio. Sin darle tiempo para efectuar un gesto de defensa, se abalanzó sobre él. Abruptamente. Dotado de un vigor y decisión casi desconocidos. La barra de hierro describió un círculo. El primer golpe fue en la espalda. Los otros, en las piernas, el pecho, en todo el cuerpo. Arrebatado por el ansia de venganza y liberación. Hasta detenerse. Exhausto. Con una súbita ráfaga de inquietud y horror, aunque no pudo definir si era por la visión del cuerpo sucio de tierra y sangre, o por la amenaza, apenas audible, pero demoledora:

-Me vas a pagar esto. Te aseguro que te voy a reventar.

-¡Qué horror, Dios mío!

-¿Cómo puede pasar algo así?

-¡Es increíble! ¡Pobre muchacho!

Casi no prestó atención a los comentarios mientras forcejeaba entre los cuerpos apretujados, impaciente por llegar al centro de la calle. Entonces compartió el estado de estupor y desolación de los otros. Al observar la figura casi fantasmal, cubierta de fuego, que, efectuando gestos convulsivos, en lucha penosa y solitaria, avanzaba a pasos vacilantes. No. No puede ser. Con la sensación de asistir a un espectáculo absurdo e increíble, quedó paralizado. Sin aliento.

(Cargando un tarro de lata y amparado por la oscuridad, marchó sigiloso por la vereda. El silencio y la ausencia de gente lograron conferirle bastante seguridad para llevar a cabo su objetivo. A pocos metros de la casilla, quedó observándola, acuciado por el furor y la urgencia de vengarse. Ya no van a jugar conmigo. Les daré una lección que no olvidarán jamás. Estremecido por el recuerdo de los golpes y el hecho de haber sufrido la mayor humillación de su vida. Los aplastaré como a hormigas. Destapó el tarro y comenzó a derramar el líquido junto a las frágiles paredes de cartón y madera. Sí. Ahora tendrán los mejores sueños. Paladeando por anticipado el sabor del triunfo, encendió un fósforo.)

No supo cuánto tiempo permaneció quieto. Adherido al suelo, con similar desconcierto y pavor que las personas congregadas allí.

-Hay que ayudarlo. ¡Pronto!

Bruscamente logró sobreponerse. Impulsado por una corriente eléctrica. Profirió el grito, brusco y destemplado, tanto para aplacar el estridente rumor de las voces como para lograr que los otros se evadieran de la irritante quietud y lo acompañaran en una acción urgente y solidaria. -¡Vamos!

Sin esperar respuesta, y mientras se quitaban el saco, se dirigió hacia la flamígera silueta.

(No supo si lo despertaron los gritos o el resplandor rojizo que iluminó la pieza. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? Le costó respirar, aletargado por el humo. Los quejidos terminaron por despabilarlo. Gonzalo. Ramón. Se incorporó de un salto. Guiado por las llamas y luchando por superar el aturdimiento, buscó los cuerpos queridos. Vamos. Hay que salir de aquí. Procuró arrastrarlos a pesar de la creciente debilidad y la irritación de los ojos y el calor que ya le quemaba la piel. Un intento supremo. Efímero. Frustrado por el repentino derrumbe de la casilla. El estruendo se confundió con las expresiones de dolor y espanto. Quedó inmovilizado por el peso de los cartones y maderas. Cuando el fuego se extendió por la ropa, pudo levantarse. Violentamente. Moviendo los brazos, en un instintivo acto defensivo, con el único afán de apartar el fuego que lo cercaba. Muy pronto comprendió que era inútil. No sólo porque las llamas devoraban la casilla y rescatar a sus hermanos iba a resultar una tarea infructuosa, sino también porque el fuego ya había alcanzado su cuerpo. Y sin rumbo, como si no supiera o no pudiera hacer otra cosa, comenzó a correr. Alocadamente.)

A pesar de la premura, no pudo evitar que el cuerpo envuelto en llamas rodara por el suelo. Después de cubrirlo con el saco, lo apretó en un abrazo fuerte, casi desesperado, no sólo con el propósito de librar al muchacho de la voracidad del fuego sino también para prodigarle una dosis de ternura y amparo.

-¡Muévanse! Busquen ayuda. ¡Rápido!

El grito estalló en la calle súbitamente silenciosa, sublevado contra todos esos hombres y mujeres que, asaltados por el estupor o el desasosiego o la simple curiosidad, se limitaban a observar todo pasivamente. Y más que a la espera de ayuda, continuó el clamor como si no tuviera otro modo de expresar la rabia, el dolor, la impotencia, al notar que ya ningún movimiento agitaba el cuerpo apretado entre sus brazos.

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