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Evangelina Se detuvo.
Jadeante. Tal vez no tanto por el presuroso recorrido de
varias cuadras, sino por el hecho de encontrarse allí,
frente a la casa de él. Estremecida por una aguja que
perforaba cada poro de su piel, haciendo surgir de inmediato
el recuerdo de otro tiempo en que se había debatido entre
el horror y la desesperanza, el miedo y la soledad. Como si
no hubieran pasado diez años. Como si aún me encontrara
allá. Incrédula todavía de haber concluido por fin la
espera que no le permitió un segundo de tregua. Voraz.
Arrebatadora. Transformada en el objetivo fundamental de su
vida, que sólo iba a concluir cuando concretara la anhelada
venganza. Sí. Ahora. Al deslizar la mirada por el amplio
salón, donde las mesas presentaban una abundante gama de
comidas y bebidas, despertando una golosa satisfacción en
los hombres y mujeres sentados alrededor, ávidos y
sonrientes y sumidos en una charla fresca y bulliciosa, lo
embargó un sentimiento de paz y felicidad. Especialmente
cuando detuvo los ojos en ella. Evangelina. La leve sonrisa
parecía otorgarle mayor belleza y atractivo al rostro. Lo más
querido. Lo único verdaderamente importante. Por algunos
minutos quiso saborear con fruición el privilegio de
observarla, de tenerla cerca, de saber que era el pilar
donde encontraba siempre la cuota de amor, ternura,
comprensión, para sentirse fortalecido y desechar cualquier
duda o dificultad. Por eso la fiesta que había preparado
para celebrar sus resplandecientes quince años tenía el
carácter de un cálido, profundo agradecimiento. Al
apoyarse contra una pared en un intento por recuperar la
calma, observó la propiedad: alta e imponente, con puertas
y ventanas profusamente iluminadas, bordeada por una verja
que le daba un aspecto inexpugnable. Por fin reparó en las
figuras que estaban al frente, en actitud alerta y
vigilante. Como siempre. Necesita tener cerca un ejército
de guardias para sentirse fuerte y seguro. Bruscamente un
escalofrío la estremeció al ser asaltada de nuevo por el
recuerdo de una noche lejana, en la que el desconcierto, la
impotencia y sobre todo el miedo surgieron incontrolables
cuando figuras casi espectrales penetraron en el cuarto
donde Mario y ella dormían abrazados. Golpes, gritos
desaforados, armas exhibidas con orgullosa ostentación de
fuerza, no les dieron margen para moverse o proferir
cualquier palabra de protesta mientras eran aferrados con
rudeza e introducidos en un coche y por fin arrojados a una
celda húmeda y oscura. Después, la separación de Mario,
la soledad y el horror creciendo día tras día al comprobar
lo que les ocurría a sus compañeros de encierro y, sobre
todo, sufrir en carne propia las presiones, los
interrogatorios, las extensas sesiones de tortura. Entonces
una sola persona llegó a tener la potestad de hacer y
decidir sobre su vida con entera libertad: el coronel Bermúdez.
La música irrumpió con cierta violencia, casi como una
manera de poner término a la inmovilidad y darle un carácter
más vivaz y divertido a la fiesta. Ella se levantó rápidamente
y se unió a los primeros que comenzaron a bailar. Al
observarla reír y moverse con soltura, sin ninguna sujeción,
comprendió una vez más que a lo largo de los años sólo
había querido que viviera así, despreocupada y feliz,
ajena a cualquier conflicto. Como una rosa que debía
mantener siempre fresca. Destinada a otorgarle los mejores
momentos de recreo. Intensos. Regocijantes. Una vía de
reposo o evasión para el trabajo que durante años le había
tocado desempeñar. Duro, muchas veces ingrato, plagado de
riesgos. Pero siempre lo había gratificado merecer el
respeto y estima de los compañeros del ejército, lograr
cargos cada vez más destacados, recibir el elogioso
reconocimiento de sus superiores. Esta es una misión muy
delicada y riesgosa. Usted es la persona adecuada para
llevarla a cabo, Bermúdez. Quizás una de las cosas más añoradas
era cumplir esas tareas en las que prevalecían la
violencia, el pánico, la acechante presencia de la muerte,
donde ponía de manifiesto su capacidad y actitud de mando.
Firme. Sin vacilación. Tal vez ha llegado la hora de gozar
de un merecido descanso. Y aunque no podía sustraerse de
una dosis de cierta amargura y desolación por haber dejado
la actividad que durante años desarrolló de manera
absorbente, con la certeza de ser la única que le otorgaba
sentido a su vida, se vio aliviado por el hecho de tener
cerca a Evangelina y poder disfrutar su compañía en forma
exclusiva. Vamos. Llegó tu turno. Sacado de improviso del
asiento y, mientras crecían las voces de aliento, fue
conducido hacia el centro de la sala donde estaba ella esperándolo,
sonriente, con los brazos abiertos en clara invitación para
bailar. Sobrevivir. La única meta, el excluyente propósito
que le concedió el vigor, la calma, el coraje para soportar
primero la brusca soledad, lejos de Mario y de las cosas más
queridas, después el hacinamiento junto a otros seres tan
desesperados como ella y, por último, las interminables
sesiones de atropello y vejámenes. Sí. Vivir únicamente
para cobrarme todo eso. Llegó a resultarle casi increíble
su capacidad para soportar el dolor, para no dar ningún
nombre, ni domicilio, ni actividad de sus amigos, para
mantenerse impasible ante las presiones y amenazas. Te gusta
hacerte la valiente. Pero andá sabiendo que todavía nadie
ha quebrado la voluntad del coronel Bermúdez. El tono de la
voz, entre persuasivo y ferozmente autoritario, la figura
corpulenta, las órdenes impartidas con el rigor de un
latigazo, fueron caracterizando al hombre sobre el cual
concentró todo su rencor y anhelo destructivo. No sólo
durante el tiempo que había pasado en celdas siniestras
-sin llegar nunca a definir la cantidad de días, semanas o
meses-, sino más aún después, cuando el estado de
libertad le pareció tan frágil y casi el producto de un
milagro que le costaba admitir, sin proporcionarle ningún síntoma
de paz o siquiera consuelo, pues de inmediato se vio
lacerada por la realidad de encontrarse sola, destrozada por
la pérdida definitiva de Mario, sin saber qué rumbo
seguir. Como si me hubieran cortado en cien pedazos y ya
nunca volvería a estar completa. Sólo permaneció incólume
el ansia vindicativa. Recóndita. Cada vez más voraz. A la
espera del momento de manifestarse. Abiertamente. Por fin.
Ahora. A observar de improviso que desde la casa, entre
gritos y risas, comenzaba a salir la gente. Detenidos junto
a la puerta, se dedicaron a despedir a cada uno de los
participantes de la fiesta. Sonrientes, intercambiando besos
y abrazos, con la promesa de nuevos encuentros. Sí. Una de
las fiestas más hermosas. Mientras mantenía fuertemente
abrazada a Evangelina, en un intento por expresarle cuánto
la quería y representaba para él, acompañaron hasta la
vereda a los últimos invitados. Fue entonces cuando sonó
el llamado. Coronel Bermúdez. Estalló el grito en su boca
reseca, sosteniendo la pistola en la mano derecha, parada en
el medio de la calle, a escasos metros de ellos. Donde más
pueda dolerle. Donde ya no tenga consuelo mientras viva.
Obsesionada por un solo pensamiento aceleró la acción.
Temerosa de perder esa oportunidad, apretó el gatillo. Una
y otra vez. Incontenible. Guardias. Pronto. E tono tuvo el
carácter perentorio con que siempre había impartido las órdenes.
Pero muy pronto comprendió que era inútil. Bruscamente
todo perdió sentido y ya no le importó la sorpresiva
presencia de la mujer en la calle, ni el rápido movimiento
de los guardias, ni el fragor de los disparos, sino que,
paralizado por el chillido estridente de Evangelina, se
limitó a observarla, hipnotizado, mientras una mancha
rojiza le teñía el vestido y se desplomaba sobre la
vereda.
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