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Salvar
el honor Sí.
Quieren ver qué voy a hacer. Con una ráfaga de sorpresa y
desagrado que poco a poco se fue transformando en simple
resignación, pues no tenía modo de evitarlo, observó a
los hombres, mujeres, aun niños, que lenta y
progresivamente se congregaban en la estación. Comprendió
que no era para emprender un viaje ni para esperar la
llegada de algún pasajero. Es por mí. Únicamente. Ya
falta poco. Unos minutos más y podré darle la noticia. La
mejor. La que, sin decirlo, esperábamos para recuperar la
felicidad de los primeros meses de casados. Al menos yo.
Ardientemente. Ojalá también pueda aplacar el malhumor de
él. Me lastima verlo tan abatido, reacio a cualquier
muestra de afecto, con claro fastidio por todo lo que existe
a su alrededor. Quise saber si era por la marcha del campo,
por alguna deuda o tal vez por una enfermedad. Inútil. El
silencio como única respuesta. Huraño. Casi acusador. Por
eso empecé a preguntarme cada vez más si no sería yo la
culpable. Tuvo la sensación de estar desnudo, maniatado,
expuesto sin reserva a la horadante mirada de quienes
efectuaban un lento copamiento de la estación. Con las
manos atadas y tan desorientado como dos meses atrás, al
recibir el primer mensaje. Subrepticio. Artero. Un proyectil
que le destrozó el corazón, al revelar la maniobra de una
mano infame que, sin piedad, realizaba una velada acusación
sobre la conducta de su mujer. Casi todos los habitantes de
La Florida estábamos allí. Curiosos. Dándole a la estación
un inusitado clima de bullicio, muy distinto al aspecto
desolado que solía ser común, aun los viernes, el único día
de la semana en que pasaba el tren. Convertido de pronto en
el lugar de una cita. Primordial. Impostergable. A1
comprender que por fin iba a producirse el desenlace de eso
que, como si se tratara de una obra de teatro en la que cada
cuadro acrecentaba la dosis de interés e intriga, nos había
mantenido en tensa expectativa. E1 responsable fue el petiso
Noguera. Se me acaba de ocurrir una idea fabulosa, dijo una
noche en el boliche de Bottaro, mientras comentábamos la
suerte que había tenido Sebastián Daneri al casarse con
una mujer tan hermosa. Escuchen. Ocurrió una mañana en que
él había ido a realizar la habitual provisión de azúcar,
papas, fideos, en el almacén de Cayetano Paiva. Luego de
acomodar las mercaderías en la chata y cuando ya estaba a
punto de azuzar los caballos, descubrió el papel junto al
cajón que le servía de asiento. Quizá no le habría
prestado atención si no hubiera notado, por el pedazo de
ladrillo que lo sostenía, que alguien se había preocupado
por colocarlo allí. Y súbitamente tembloroso leyó las
palabras garabateadas con rasgos desparejos: ¿Sabés qué
hace tu mujer cuando no está con vos? Sólo atinó a
estrujar el papel, paseando la mirada en torno, en ansiosa
tentativa por descubrir quién había dejado el inesperado
mensaje. Después, mientras efectuaba el recorrido de cinco
leguas hacia su casa, el furor se fue transformando en
progresivo estado de duda, resquemor, desasosiego. No. No es
más que una maldita patraña. Aunque pretendió descartarlo
de inmediato -no sólo porque ella jamás le había dado
motivo de sospecha, sino también
por el disgusto de que otros se inmiscuyeran entre ellos-,
la nota, de manera subterránea y letal, tuvo el efecto de
alterar abruptamente la etapa de paz y dicha que había creído
definitiva al casarse con Esmeralda Ribas. Sí. Lo mejor que
pudo pasarme. Tuvo esa certidumbre al conocerla y considerar
que podría librarlo de la angustia y el desánimo por
encontrarse solo en el campo, luego de la muerte de sus
padres. Deslumbrado. Pareciéndole una especie de premio a
la ardua y extenuante labor de todos los días, sin otro
recreo que tomarse unas ginebras los sábados por la noche
en el boliche de Bottaro o asistir a la carneada llevada a
cabo por algún amigo de la colonia. Sucedió durante la
fiesta del casamiento de la hija mayor de los Puchetta. Al
cabo de quince años de estar radicada en la capital de la
provincia, Esmeralda había vuelto a La Florida para estar
junto a la amiga de la infancia en ese momento tan especial.
Aquella noche no pareció existir otra cosa para él. Como
si la hubiera estado esperando toda la vida. Como si hubiera
venido únicamente por mí. Y aunque de inmediato le atribuyó
un carácter providencial y gratificante al encuentro, tal
vez nunca se habría atrevido -por timidez o temor al
fracaso- a acercársele sin el amparo de las voces y risas
alborozadas y el ritmo frenético de las tarantelas y, sobre
todo, el vino sabroso y abundante. Tal vez todo resultó más
fácil o rápido de lo que pensaba. Casi asombrado por la
afinidad establecida entre ellos, por obra de gestos y
simples miradas más que por un cúmulo de palabras. Y después,
ya incapaz de soportar la separación, fue él quien comenzó
a realizar cada dos o tres semanas un viaje a la capital
para visitarla. Hasta culminar, por fin, en el casamiento.
Todo parecía perfecto. Únicamente queríamos estar juntos.
Entonces comenzaron a llegar los mensajes. Hirientes.
Maliciosos. Y se inició el derrumbe. Sí. Esta noticia será
también un modo de retribución, de expresarle mi
agradecimiento por su ternura, por el amor que supo
demostrarme desde el momento en que nos conocimos, por
permitirme vivir de nuevo
en La Florida. Sin duda la aspiración más profunda
mientras permanecí en la Capital. Al contrario de Ismael y
Zulema, que se adaptaron muy pronto, yo nunca dejé de
sentirme una extraña, sin poder familiarizarme con los
seres y las cosas que me rodeaban, evocando con nostalgia y
bastante pesar todo aquello que formó el mundo de mis
primeros años: mis padres, las amigas con quienes compartí
la alegría de los juegos, los múltiples descubrimientos
revelados por la escuela primaria. Al casarme con él creí
tener la oportunidad de regresar a mis raíces, de acabar
con la tristeza y el desamparo provocados por tantos años
de desarraigo. Ahora sólo el deseo de ver a mis hermanos me
lleva a la Capital una o dos veces por mes. Y siempre me
asalta la urgencia por volver a La Florida. Hoy más que
nunca. Impaciente. Porque sólo quiero estar frente a él y
darle la noticia. Éramos apenas seis o siete los que estábamos
en el boliche esa noche en que el petiso Noguera lanzó la
idea. ¿Qué les parece si le hacemos creer que ella lo engaña?
Es tan joven y linda que no resultará nada raro. La
carcajada general reflejó de inmediato no sólo la aprobación,
sino también el anticipado goce por una broma que prometía
un desarrollo jubiloso y fascinante. Teníamos la costumbre
de confabularnos de tanto en tanto para algún juego o
burla, simplemente para divertirnos y quebrar la exasperante
calma del pueblo. Pero con Sebastián Daneri la cosa se
encaminó poco a poco por un carril sorpresivo, fuera de
control, con la latente amenaza de un grave e impredecible
final. Lo advertimos muy pronto. Los escritos -que le dejábamos
sobre el sulky o disimulados entre las mercaderías que
compraba- lograron variar su carácter. Cada vez se reveló
más hosco, con una mueca amarga en el rostro, a punto de
estallar en furia incontenible. Fue entonces cuando algunos,
con súbita preocupación, deseamos concluir la conjura.
Pero ya era demasiado tarde, no sólo para desmoronar el
plan en el que participaba la mayoría de los habitantes del
pueblo, sino también para desalojar de la cabeza de Daneri
la idea que le habíamos inculcado con tanta saña. Hasta
convertirlo en un toro enjaulado. Llegó a tener reacciones
intempestivas ante cualquier referencia a su mujer, como si
preguntarle qué tal estaba o por qué no había participado
de alguna fiesta en el pueblo fuera algo ofensivo. Lo que
haga ella no le importa a nadie más que a mí, gritó una
tarde en el boliche de Bottaro, con varias ginebras encima,
queriendo dejar bien en claro que Esmeralda Ribas era una
propiedad privada y exclusiva. Y aunque muchos opinaban que
al fin él descubriría el engaño, cuando el viernes ella
ascendió al tren rumbo a la Capital, creímos que no lo hacía
simplemente para visitar a su familia, como ya era
costumbre, sino para irse definitivamente, incapaz de
soportar el carácter cada vez más violento de Daneri o, más
bien, él había decidido echarla de la casa. Por eso ahora,
al cabo de una semana, nos congregamos en la estación,
creyendo que la llegada del tren iba a despejar la incógnita.
Ya falta poco. Tengo tantas ganas de abrazarlo, de ver cómo
se ilumina su rostro al saber la novedad. Sólo quiero
borrarle toda huella de pesadumbre y contagiarle la alegría
que me ha deparado este viaje a la Capital, no sólo por
haber visto a mis hermanos sino porque el doctor Zalazar me
confirmó que estoy esperando un hijo. El repentino silbato
lo estremeció. Sí. Llegó el momento. Ahora les demostraré
a todos que no voy a soportar la traición ni la burla. El
sentimiento de rabia e indignación que había ido creciendo
durante los últimos días pareció llegar al grado más
agudo. Erizado el cuerpo, súbitamente preparado para
realizar el acto liberador, la atención concentrada en
ella, en la persona que había logrado despertarle el amor más
profundo y que, desde hacía dos meses, por obra de un
tropel de avisos, le resultaba ajena, casi desconocida.
Vinieron a ver si tengo sangre en las venas o si permito que
me usen la mujer sin parpadear. Y permaneció rígido,
clavados los ojos en el tren que se acercaba, pendiente de
la figura de ella. Sin duda ninguno de los que estábamos
allí pudo imaginar ese desenlace. Echando por tierra las
incontables conjeturas de los últimos días. Más que por
la sorpresa o el desconcierto, quedamos inmovilizados por el
horror. Ella descendió del tren y con una sonrisa que
acentuaba la belleza del rostro, se dirigió hacia Daneri,
sin observar a la gente que colmaba la estación ni reflejar
el menor rastro de inquietud o disgusto por las habladurías
que sobre ella circulaban en todo el pueblo. Entonces no
tuvimos tiempo ni posibilidad de efectuar un gesto.
Convertidos de pronto en testigos azorados de la escena.
Breve. Rápida. Contundente. Cuando ella estaba a punto de
abrazarlo, distinguimos el brillo del puñal. Un grito
desgarrador superó los otros sonidos mientras el brazo de
él se movía repetidas veces. Sin control. Implacable. Y
consternados, en forma tardía y ya inmodificable,
comprendimos que nos correspondía mucho de culpa y
responsabilidad en el acto despiadado con que Sebastián
Daneri pretendió salvar su honor.
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