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CHOIOLS
(Cruz del Sur)
Para los Chonkes, todas las cosas tienen explicación. Todo ha nacido de
alguna manera, ya sea queriendo o sin querer y la mayoría «hace tantos años que
no se pueden contar»
Habían salido a cazar en cerco, sistema al que llaman «Aorke» (Corral).
Esta forma de cacería era común antes de la llegada de la ocupación española,
que trajo los caballos, cuando se cazaba a pie, formando para ello dos hileras
de personas que avanzaban abriéndose al principio hasta una determinada
distancia, luego seguían en forma paralela para irse cerrando los de ambas
puntas, de manera que entre todos completaran un círculo, avisándose mutuamente
con humos. Ante una señal convenida se avanzaba hacia el centro, cerrando el
círculo para contener a los animales, mientras los boleadores, provistos de
varios pares de boleadoras, se apresuraban a iniciar su tarea de asegurarse los
tiros, de manera que en una entrada rápida, cazaban todo lo que necesitaban para
varios días, además de acopiar pieles de chulengos para hacer las famosas capas
(o quillangos) y las restantes para otros menesteres.
Generalmente, en estas cacerías, también caían otros animales, tales como:
pumas, gatos, avestruces, etc. los que eran igualmente aprovechados.
Este sistema de cacería en cerco, aparece en algunas pinturas rupestres de
vieja data. En uno de los once paneles de «La Cueva de las Manos Pintadas» en el
Río Pinturas (Provincia de Santa Cruz), hay tres escenas de cacería en cerco,
superpuestas, pero en distintos colores cada una de ellas. También hay una
pintura de hombres cazando guanacos dentro del corral formado por las barrancas
del Río, al que le han tapado las posibles salidas laterales con grandes
piedras.
-Estaban cazando los paisanos- cuenta la abuela Átele (Ojos de Agua) -y
mientras cerraban el cerco, los ojeadores le gritaban a los boleadores,
avisándoles por si alguna buena presa intentaba escaparse, mientras los demás
colaboraban, ya sea boleando, recuperando alguna bola perdida o cuereando.
Desde hacía algún tiempo se les venía escapando un gran avestruz macho (Kakn)
muy arisco y ligero, que, en cuanto atisbaba la presencia humana, huía
velozmente hasta quedar fuera del alcance de sus perseguidores.
Esa tarde, el campo estaba lindo, recién acababa de llover y había salido
radiante el sol entre las nubes. Atardecía.
Al cerrar el cerco los paisanos, Kakn cruzó raudamente las líneas de los
boleadores y gambeteando matas enfiló al sur. Varios paisanos corrieron tras él,
con la intención de agarrado.
-¡Allá va, allá va!
-¡Entró en el bajo del matorral! ¡No le aflojen! ¡Esta vez es nuestro!
-¡Shotel! ¡Shotel! (¡Flechas! ¡Flechas!) Gritaban algunos, indicando que le
arrojen flechas, ya que entre las matas se enredan las boleadoras y con un
chistido las flechas cruzaban el aire, desviándose al fin, entre las matas, sin
que ninguna lograra clavarse en el escurridizo cuerpo de Kakn.
-¡Allá va, faldeando la loma! Avisó uno de ellos y tres muchachos, altos y
ligeros, corrieron hacia la parte más empinada del faldeo, para que no se les
volviera a perder en los matorrales del bajo.
Los hombres más pesados y lerdos, se iban quedando atrás, agotados por el
esfuerzo, otros, jadeando mantenían el ritmo de la marcha, cada vez más lenta,
distanciándose de la posible presa.
En la alocada carrera, los cazadores no advertían la presencia de otras
importantes presas tales como: guanacos, pumas o huemules, que miraban atónitos
sin entender, la causa de ser despreciados esta vez.
Sobre el filo de la meseta, el sol había pintado un hermosos arco iris,
anunciando el fin de la lluvia y en esa dirección corría el grupo encabezado por
el avestruz, en procura él, de salvar su vida y los restantes, en quitársela.
Un duelo terrible y milenario por la supervivencia, repetido una vez más en
el árido desierto Patagónico.
El zumbido de los «iatchicoi» (boleadoras) y los gritos de la gente, cada vez
más lejanos para el ave, parecían indicarle, por ahora, que seguiría gozando de
la vida.
Korkoronke, el más ligero y resistente del grupo, cortó campo trepando por
una barranca basáltica que coronaba la empinada cuesta, acortando distancia para
boleado al cruce, pero el astuto animal, ayudado por su instinto de
conservación, alcanzó a verlo asomar y girando bruscamente, sin titubear, se
dirigió al borde del abismo, justamente donde se apoyaba una de las puntas del
arco iris y ante el asombro de los perseguidores, continuó corriendo hacia
arriba.
¡Estaba trepando por el arco iris!
Azorados, los paisanos, quedaron largo rato mirando como Kakn, con largas y
elásticas zancadas, seguía subiendo sobre los colores, como si fuera etéreo.
Korkoronke, saliendo de su estupor, hizo girar su boleadora, primero
lentamente, luego aumentando la velocidad hasta lograr el máximo impulso y se la
arrojó en un último y desesperado esfuerzo por boleado.
El viejo avestruz, hizo una gambeta, dando un paso al costado, haciendo pasar
las boleadoras de largo, pero dejando impreso su rastro en el cielo para
siempre, al que los Chonkes llamaron «Choiols», que en su lengua significa,
precisamente: «Rastro de Avestruz en el Cielo», el que fue y sigue siendo
inevitable punto de referencia de marinos y caminantes en el hemisferio Sur, ya
que esta constelación es la que nosotros conocemos como «Cruz del Sur».
Korkoronke tampoco halló jamás sus boleadoras, aunque cuentan los viejos
paisanos, que desde ésa noche, comenzó a brillar en el cielo un nuevo grupo de
estrellas a las que dieron el nombre de «Chéljelen», conocidas por «Las tres
Marías».
Al llegar esa noche a los «kau» (Toldos), los paisanos narraron lo que les
había sucedido con Kakn, pero evidentemente nadie les creyó, burlándose de los
fallidos cazadores. Sin embargo, vieron por primera vez, no sin asombro, brillar
en el cielo a las nuevas estrellas.
-Abuela- preguntó un niño- ¿Qué pasó con Kahn? ¿Lo agarraron otro día?
- No, nadie más pudo agarrarlo. Respondió la anciana.
-¿Y dónde está ahora?
- No sé, tal vez todavía anda corriendo. Dijo la anciana.
Mario Echeverría Baleta
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