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CARANCHO ENGAÑADORLa Agachona (Attagis malouinus), estaba enamorada de Uenapo, a quien la habían prometido sus padres, pero curiosamente, no se habían visto nunca. Sin embargo se sentían atraídos mutuamente y esperaban encontrarse. Uenapo volvía de haber acompañado a cazar a un grupo de hombres y llegaría por la mañana. La noche anterior, la gente estaba comiendo cuando llegó la Agachona y preguntó si allí estaba Uenapo. El Carancho, que estaba mordisqueando un trozo de cogote de avestruz, le respondió: -Yo soy Uenapo, tu prometido. -¿Tú eres Uenapo? Dijo ella sorprendida. ¡No lo creo! -¡Si lo soy! Repuso el Carancho. ¿No me reconoces? -¡Imposible! Tú estás comiendo carne y mi prometido jamás lo haría! -Es que me gusta el cogote de avestruz, simplemente, pero soy Uenapo... -¡No, no! Además tienes las patas sucias y las uñas largas. Insistió ella. -Es porque tuve que caminar en el barro para llegar... Se justificó el impostor y continuó insistiendo. -Yo soy tu prometido. ¡Me sorprende que no me reconozcas! El Carancho continuó su perorata, narrando hazañas y anécdotas tendientes a hacer creer a la Agachona, que él era realmente Uenapo. Por último, viendo que ella estaba indecisa y titubeante, la invitó a su casa. -Ven, para que estés totalmente convencida que te estoy diciendo la verdad. Continuó mintiendo el Carancho, mientras la conducía amablemente a la casa de su madre. A poca distancia del lugar, un grupo de gente estaba jugando al «Pilma». Este juego consiste en arrojar una pelota de cuero rellena de plumas o lana de guanaco, desde un círculo a otro, habiendo cuatro personas en cada uno. Uno de los jugadores, sabiendo la astucia del embaucador Carancho, arrojó deliberadamente la pelota dentro del kau, para ir a ver lo que ocurría allí. Ellos sabían que el Carancho había conquistado a una dama. Pero ignoraban a quien. Ella tomó la pelota y quedó esperando. que la reclamaran. Precisamente fue Uenapo quien se asomó y cuál no sería su sorpresa al encontrar a su prometida, habitando la casa del Carancho. -¿Tú eres la Agachona, mi prometida? Preguntó. -¡¿Tú prometida ...? ! Balbuceó ella, cayendo en la cuenta del engaño en que había caído. -¡Yo soy Uenapo! ¿Qué haces aquí? -El Carancho me engañó haciéndome creer que él era Uenapo. Repuso ella afligida. -Ya no podrás ser mi esposa. Aseguró el joven mientras se daba vuelta, marchándose para no volver. Ella quedó llorando amargamente. Mario Echeverría Baleta
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