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Cuentos con zorros Con el puma Para salir a cazar, siempre es conveniente hacerlo entre dos que se complementen y sepan hacerlo bien, por eso el Puma invitó al Zorro, su sobrino. Tenemos que conseguir abundante carne, propuso el Puma, aunque tengamos que ir lejos. Tiene que alcanzarnos para una luna, por lo menos. El primer día, tras una larga caminata y habiendo estado al acecho hasta la caída del sol, cazaron un pequeño animal, lo que no conformó la ambición del Puma, que pretendía mucho más, por lo tanto, le dijo al Zorro: -Sobrino, lleva esta carne a mi mujer y dile que volveremos con mucho más. Partió el Zorro con su carga, hacia la casa del Puma donde llegó casi al amanecer, haciendo entrega del encargo y diciendo: -Dice mi tío que me acueste con usted. -Si es una orden de mi marido, no debo negarme. Repuso ella y se acostaron juntos... El Puma continuó cazando solo, ya que su sobrino no regresaba. Cuando llegó a su casa, le preguntó a su mujer -¿No ha venido por aquí el Zorro? -Solamente cuando trajo la carne y según dijo, tenía que acostarse conmigo por orden tuya. -¡Eso dijo! ¡Maldito mentiroso! ¡Ya lo voy a agarrar! ¡Le daré la paliza más grande de su cochina vida! Decía furioso el Puma. Se afiló bien las uñas y salió moviendo la cola de bronca. Por más que buscó, no pudo hallarlo y le recomendaba a todos que le avisen de su escondite. Tampoco dio resultado. El Puma no podía olvidar la afrenta y un día pensó que si hacía correr la noticia de que estaba muy enfermo, el sobrino vendría a verlo y allí lo agarraría. La noticia se difundió, pero sin que el Zorro acudiera, entonces decidió avisar a todos que había muerto y se tendió al reparo de una barranca. Esta vez la treta conmovió al Zorro que montado en un guanaco se acercó al presunto muerto, pero viendo que respiraba, no desmontó y dijo para sí: -La vieja mentira del hombre muerto... y se alejó rápidamente. El Puma corrió tras él con pocas posibilidades de alcanzarlo, pero seguro de seguirlo por el rastro. Lo halló al día siguiente, subido a un árbol, situación que no es común, por lo tanto le llamó la atención y le preguntó: -¿Qué haces allí arriba? -¿Cómo, no se enteró que viene un terrible temporal? -¡No! Repuso sorprendido el Puma. -Si nos sorprende, nos hará volar, vaya a saber hasta donde, incluso matarnos!. Para salvarme, me ataré a un árbol. ¡No quiero morir! Fue tal el poder de convicción de sus palabras, que el Puma, olvidándose por un momento de la afrenta, le dijo en tono de ruego: -¡Por favor, átame a mí, yo tampoco quiero morir! Bajó el Zorro del árbol y ató con seguros nudos a su tío y se alejó diciendo: -Yo me ataré en aquel matorral... -¡ No te vayas! ¡No me dejes solo! Clamaba el Puma, viendo alejarse a su sobrino con rumbo incierto. El Puma, atado al viejo moye, miró hacia arriba, al horizonte... y se dio cuenta que ni por casualidad podría haber una tormenta. -¡ Me ha engañado nuevamente el maldito! Repetía el Puma, a la vez que se preguntaba: -¿Cómo me liberaré de las ataduras? Por suerte llegaron unas Lauchas con hambre y le comieron el cuero de las ataduras, liberándolo. Cuando el Puma llegó a su casa, preguntó a su mujer si no había visto al Zorro. -No ha venido por aquí. Repuso ella. -¿No lo hallaste? -¡Se burló nuevamente de mí! ¡Me dejó atado a un moye el muy ladino! Mientras tanto, el Zorro llegó a la casa del Carancho, diciéndole que venía una gran tormenta y proponiéndole atarlo. El Carancho no le creyó y discutieron un rato. En un momento de descuido, el Carancho tomó una brasa y se la puso en la cola al Zorro, el que al sentirse quemado salió corriendo y gritando, para no volver. Mario Echeverría Baleta
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