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Leyenda del fuego
Para los seres primitivos, fue durante milenios, un enigma la forma de
producir fuego y quienes lograron captarlo de alguna fuente natural, lo
mantenían encendido en forma permanente, aún durante los viajes, llevando las
brasas en vasijas de barro o de cuero, poniendo en estas últimas, un asiento de
piedras.
El fuego ha sido causa de muchos hechos de tal magnitud a través del logrando
en algunos casos cambiar el curso de la historia, hasta que el hombre en su
incesante búsqueda y evolución, descubre el método de encenderlo.
Luego continúa trabajando en las diversas formas de aplicación y clasificando
elementos de distinto grado de combustión. El ingenio no descansa y el hombre
parece no saciar jamás su sed de conocimientos puestos, generalmente al servicio
del dominio.
Los Chonkes no fueron ajenos a este ciclo de transformación y evolución, que
trajo consigo el uso del fuego y así como otros pueblos del mundo, lucharon
denodadamente hasta descubrir la forma de hacer fuego, también ellos lograron
descifrar el enigma algún día y desde entonces comenzaron una nueva era de
progreso y adelanto sociocultural de amplia repercusión para el futuro de sus
pueblos.
He tenido ocasión de oír diversos relatos relacionados con el nacimiento del
fuego, con la búsqueda de la forma de encenderlo, con el cuidado de mantenerlo
encendido, con las virtudes de su presencia y hasta los conflictos por su
tenencia.
La fantasía de la imaginación de los Chonkes, hace participar, al igual que
en otras leyendas, a distintos animales, situando los hechos en la época en que
ellos hablaban y compartían las cosas al mismo nivel de los humanos. En este
caso, los animales que participan en el tema del fuego, son los carnívoros, dado
que uno de los problemas a causa de no conocer la forma de encenderlo, es el
hecho de tener que comer la carne cruda, problema que por cierto no afectaba a
los herbívoros, los que en realidad, resultaban ser las víctimas.
Antes de conocer la forma de encenderlo, los poseedores del fuego, lo
cuidaban celosamente, compartiéndolo dentro de su grupo y pidiendo a quienes
habían tenido la mala suerte de perderlo, a cambio de él, mucho más de lo que
podía ser su valor.
Una Zorrina, un Piche y un Gato de los pajonales, habían logrado mantener el
fuego encendido, pero alejados de los restantes seres del grupo, los que
procuraban conseguirlo, hasta que una tarde, al acercarse Elal a la Zorrina le
dijo: -Hueles a humo. ¿Quién tiene fuego?
-¡Yo no! ¿Cómo crees que puedo tener fuego? Se defendió la Zorrina.
-Sin embargo yo te huelo olor a humo, pequeña mujer. Acotó Elal y
dirigiéndose a los demás les preguntó: -¿Ustedes no huelen humo?
Varios se acercaron a ella y sentenciaron de inmediato: -¡Sí, sí, hueles a
humo! Dinos dónde has estado y quién tiene el fuego que a nosotros nos falta.
-¡No, no, yo no sé nada! Continuó mintiendo la Zorrina.
Elal, que era muy sabio, había observado que el Gato de los pajonales
permanecía en silencio y no participaba de la increpación de la Zorrina, por lo
tanto tendría algún motivo, entonces le preguntó: -¿Tú qué opinas? ¿También
hueles a humo, como todos nosotros? ¿Supones que alguien lo tiene escondido?
-No creo que alguien tenga fuego. Dijo el Gato. -Además, yo no huelo humo.
-El Gato, la Zorrina y el Piche, son amigos y este último los comanda.
Sentenció el Zorro con seguridad. -De manera que tenemos que buscar al Piche
para que nos diga la verdad, ya que esta mujer nos está mintiendo.
Al momento salieron en su búsqueda, el Hurón por el matorral, el Halcón
volando en círculos y así los demás. Lo hallaron cerca de unas dunas coronadas
por "uña de gato" (arbusto espinoso). El Piche dormitaba.
-¡ Ua ingue yenú Aanon! (¡Hola amigo Piche!). Saludó Elal.
-¡Uai, uai yenú! (¡Hola, hola amigo!). Respondió el Piche, abriendo apenas
los ojos. ¿Qué te trae por aquí?
-¡Vengo en busca de fuego! Fue la respuesta de Elal.
-¿Fuego? ¡Yo no tengo fuego! ¿De dónde quieres que lo saque?
-Sabemos que tú y tus amigos tienen fuego. ¡Estamos seguros! Podrías darnos
un poco, aunque sea una pequeña chispa.
El Piche continuaba negando. Parecía estar incómodo y se movía molesto pero
sin abandonar el lugar mientras decía: ...¡No tengo fuego, te he dicho! ¿Cómo
quieres que te dé?
-Te noto inquieto, además haces gestos como si algo te estuviera quemando y
veo salir un pequeño humito por tu costado... Acotó Elal.
Ya no podía continuar mintiendo más, era evidente que algo escondía.
-Danos fuego. Propuso una vez más Elal. -Compadécete de la gente que está
comiendo carne cruda. ¿Qué haremos este invierno? Si no nos das fuego, moriremos
de frío.
-¡Déjame tranquilo y vete! Ultimó el Piche, ya sin recursos válidos.
Esto colmó la paciencia de Elal, que increpándole severamente su avaricia, le
propinó una patada con la que lo hizo caer de espaldas sobre las matas de «uña
de gato» y mientras el dolorido armadillo trataba de salir de la incómoda
posición, lo que fuera su hermoso caparazón, quedó totalmente cruzado por las
heridas que le provocaron las espinas, en tanto Elal y sus amigos comprobaron
que el Piche, momentos antes estaba tapando con su cuerpo, un pequeño pocito,
donde tenía acumuladas las brasas, con las que se estaba quemando el tupido
vello que le cubría la panza, aunque a pesar de ello, mantenía su negativa.
-Ahora seremos nosotros los dueños del fuego y disfrutará de él toda la
gente. Sentenció Elal.
-Comeremos la carne asada, como debe ser...
-Tendremos calor durante el invierno y luz en sus largas noches.
-Hoy, cuando lleguemos con el fuego a los kau, tendremos «Kaañi» para
celebrarlo. Dijo otro entusiasmado.
Al Piche, desde ese día, le quedó el caparazón, antes liso, cruzado por las
cicatrices que le dejaron las espinas; la panza con unos pocos pelos y anda con
la cabeza gacha a causa del ardor que le produjo la quemadura de las brasas que
pretendía ocultar.
Habiéndose enterado de lo ocurrido a su amigo, tanto el Gato de los
pajonales, como la Zorrina, optaron por irse al campo donde el Gato vive entre
las matas procurando cazar algo para sustentarse, mientras que el zorrino como
cucarachas y otros insectos. También el Piche come insectos, raíces y pequeñas
frutas. Sale siempre de noche y hace pocitos tratando de encontrar las brasas
que ocultaba.
Mario Echeverría Baleta
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