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Los pétalos de las flores

KOSPI
Leyenda de los pétalos de las flores

Kospi era el nombre de una hermosa niña Chonke, perteneciente a uno de los grupos nómadas que, desde lejanos tiempos recorrían el cono sur de América en un peregrinaje metódico, acampando temporariamente en los mismos sitios de su anterior paso por el lugar, a los que llamaban «Aike», palabra que podría traducirse como: morar, vivir, estar en un lugar o donde se vive.

Cuando ocurrió esta historia, que narran los viejos conocedores de las tradiciones, estaban acampados en «Uau Yaten» (Piedra sola) a orillas de un hermoso lago llamado «Kelta» (Tiene témpanos), bordeado de nevadas montañas en sus cumbres y verdes bosques al pie de los glaciares, en una época tan remota que aún no se conocían los cabaHos y tampoco existían las flores.

La belleza y la dulzura de Kospi era tal, que apuestos mozos de lejanas comarcas, llegaban hasta el kau de los Chonkes para admirarla y lograr el regalo de una mirada de sus negros y almendrados ojos o una sonrisa dulce como el calafate maduro.

Al final del verano en Santa Cruz, los árboles comienzan a pintarse de hermosos colores y el viento aminora notablemente a tal punto, que los días de calma absoluta, hacen que se desdoblen los cielos y las montañas en los espejos de los lagos, brindando paisajes de una belleza indescriptible, al que se une el canto de las avecillas y el martillar de los pájaros carpinteros, poniéndole un marco especial a los multicolores atardeceres, brindando a los espíritus de quienes tienen el privilegio de disfrutarlos, un mensaje de amor en plenitud.

Kospi, como todas las mujeres de su tribu, ocupaba su tiempo en sobar cueros, coserlos y pintarlos con los dibujos típicos de los grupos familiares, como lo venían haciendo desde lejanos siglos sus antepasados o tejer en los telares; fajas, vinchas, ligas para las botas de cuero, mantas y otras prendas.

Cuando el lago estaba sereno, contemplaba su bello rostro moreno reflejado en él, para peinar sus negros, largos y lacios cabellos, mientras cantaba los «kaañi» que narran las historias de su raza milenaria, cantos que vienen de generación en generación transmitiéndose oralmente a través de los siglos.

Por las tardes, las abuelas reúnen a los niños y les narran sus viejas historias recomendándoles repetidas tal cual las escucharon, para que en el futuro las puedan enseñar a sus descendientes.

Una mañana serena, Kospi caminó hasta la orilla del lago, contempló el paisaje reflejado en la quietud de las aguas y comenzó a peinarse con el «uashunkenue» (peine) de raíz de calafate. Sigilosamente apareció Karut (Trueno), el señor de las montañas y aturdiéndola con su grito, la raptó, escondiéndola luego, entre las grietas del glaciar, en lo alto de la montaña.

Por más que clamó la niña llamando a su gente, nadie pudo oída. En vano la buscaron durante varias lunas. Los gritos llamándola, se perdían entre los enrojecidos bosques y las montañas devolvían los ecos vacíos de sus voces.

Sobre una roca quedó, como mudo testigo de su trágica ausencia, el «kai ajnun» (quillango pintado) de Kospi y dicen los abuelos que esos dibujos permanecerán por siempre allí.

Con el terrible frío del hielo, Kospi fue acallando su voz y se quedó dormida hasta confundirse con la masa glaciar, convertida en hielo y así permaneció todo el otoño y todo el invierno.

En la primavera, Karut despertó a las nubes con su atronador grito y estas, asustadas, comenzaron a derramar abundante lluvia, formando grandes lagunas, desbordando arroyos y deshielando la escarcha acumulada durante el invierno. Tanto llovió, que también deshieló a Kospi que convertida ahora en agua, resbaló por los faldeos de las montañas hasta alcanzar los valles donde la recibió la tierra sedienta para alimentar las raíces de las plantas en cumplimiento de su ciclo ecológico.

Las partículas de agua de las que se componía Kospi, comenzaron a trepar lentamente por los tallos tiernos, acunados por la brisa primaveral, hasta llegar a la parte superior, donde una mañana la tibieza del sol la despertó.

Kospi era ahora un capullo envuelto en verdes hojitas, que se fue abriendo lentamente, hasta mostrar sus tenues pétalos, iniciando de ésta manera, el nacimiento de las flores.

Su vena artística, propia de los pacíficos Chonkes, se puso de manifiesto dándole color a todas las flores de las diversas especies que poblaron el sur.

Aseguran quienes conocen las antiguas tradiciones, que Kospi se asomó convertida en flor para mirar desde allí y por siempre a la gente de su raza multiplicándose en miles de flores multicolores y alfombrando los campos con un manto fantástico, hasta entonces desconocido, que se renueva cada primavera.

Chingolitos, calandrias, zorzales y golondrinas, cantando alegremente, comunicaron el nacimiento de las flores de Aike en Aike.

Los Chonkes recibieron alborozados la noticia y organizaron un gran «kaañi» en señal de alegría, dando la bienvenida a la primavera y llamaron Kospi a los pétalos de las flores.

ETIMOLOGIA

CALAFATE: (Berberis buxifolia) Arbusto espinoso propio de la Patagonia.

Crece generalmente en matorrales. En primavera se cubre de flores amarillas muy perfumadas, que luego se convierten en racimos de pequeñas frutas, madurando en febrero.

Con este fruto se hace dulce y un licor exquisito al que los Chonkes llaman «Guachacai».

CALAFATE: Se denomina así a la persona que tiene por oficio rellenar y taponar las uniones de las maderas de los tablados de las embarcaciones, con estopa y brea. A esta tarea se le llama calafatear.

Durante el invierno de 1.520, las naves de la Expedición de Magallanes, ancladas en la bahía de San Julián, (Actual Provincia de Santa Cruz), fueron sometidas a un calafateo y necesitando de alguna fibra vegetal que suplantase a la estopa, utilizaron la de «una mata espinosa que abunda en la región», tomando esta el nombre de «Calafate».

Mario Echeverría Baleta

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