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16- GOLN, EL PUMA
Aquella tarde el grupo de niños, después de haber jugado un rato zambulléndose en un remanso del arroyo, decidió caminar por la orilla, hasta hallar una zona de dunas donde seguramente hallarían abundante “cápar”, una especie de nabiza comestible de agradable sabor dulzón. Se ubica de inmediato por tener una flor blanca en forma de estrella. Comienza a florecer en primavera y continúas haciéndolo todo el verano. Las dunas estaban al finalizar un suave declive, donde el arroyo cambiaba de rumbo, de manera que acumulaba arena en la orilla y el viento se encargaba de arrastrarla. Desde allí se avistaba un vallecito húmedo tapizado de verde, al que solían concurrir las mujeres a proveerse de junquillo para trenzar canastas. Ya se disponían a regresar, cuando de pronto un gesto de silencio emitido por Güenta detuvo al grupo. Con el brazo extendido indicó hacia el vallecito. Todos se acuclillaron en actitud expectante, como estatuas de carne. Un bello puma caminaba pausadamente hacia el descampado. Se detuvo un instante, miró hacia todos lados y dio unos pasos más, hasta ubicarse en un lugar visible desde los alrededores. Allí se sentó sin dejar de prestar atención hacia todos lados. En lo alto de una loma, un guanaco macho oficiaba de vigía de una veintena de hembras que pastaban a poca distancia del puma, sin verlo. Cuando una de ellas estuvo cerca, el felino comenzó a revolcarse y a hacer volteretas curiosas en el suelo. Esta actitud despertó la atención de la guanaca que tímidamente se acercó a mirarlo, deteniéndose a pocos metros. El puma continuaba su accionar, hasta que la guanaca, venciendo su timidez, intentó olfatearlo acercándose más, momento que aprovechó la fiera para asirla con sus garras y clavarle los colmillos en la yugular. Fue un instante, un revolcón y el estertor postrero del rumiante. Quedó un rato sosteniendo con sus fauces la presa hasta notarla muerta, luego, haciendo gala de fuerza, la llevó en vilo hasta unas matas de calafate, donde la puso apoyada en el suelo con las patas para arriba y en pocos tarascones le abrió el pecho para comerle el corazón y el hígado, tras lo cual la cubrió con ramas, coirones y tierra, para volver a comer al día siguiente, cuando tuviese hambre. Los niños contemplaron el salvaje espectáculo y, aunque estaban acostumbrados a la realidad cotidiana de la supervivencia, no dejaron de estremecerse, en tanto el puma, con paso cansino, se alejó del lugar faldeando loma arriba, rumbo a las barrancas, mientras los chicos descendían comentando lo acontecido. En cuanto llegaron al aike, justo a la puesta del sol, se unieron al grupo de niños, compañeros de juegos, para dirigirse al kau de la abuela Tama, a contarle lo que habían visto. Las rugosas manos de la anciana, hacían girar el huso hilando una hebra fina de lana de guanaco y sin detener su tarea, respondió con un ¡Uai, uai! Al saludo acostumbrado de los niños. - Aikén ush goln, jámenken nau (vimos un puma, matar una guanaca)-, dio la noticia Tankelou. A lo que la anciana repuso: - Los pumas, como todos los seres, necesitan vivir, aunque tengan que matar para ello. Es la ley de la vida. - Cuéntanos, abuela, la historia del puma-, pidió Keóken, mientras los demás, con el respetuoso silencio de siempre, se acomodaron alrededor del moribundo fogón. Pol le entregó su pequeña bolsita llena de “cápar”, lo que la anciana agradeció y comenzó su narración diciendo: - Los pumas y los gatos no prestaron su colaboración a Elal cuando se realizó la reunión de la laguna. - ¿Se opusieron?-, consultó Güenta. - No, pero tampoco ayudaron en nada y se negaron a hacerlo-, respondió la abuela con seguridad. - ¿Tuvieron castigo por parte de Elal?-, se interesó Pol. - No los castigó, pero siempre fueron enemigos, no sólo del hombre sino también de los animales. Se sabe que Elal tenía su kau construido y tapizado con cueros de puma. Muchas veces el puma intentó matarlo, pero cuando Elal inventó el arco y la flecha comenzaron a temerle, por eso casi nunca ataca al hombre, salvo cuando lo ve solo y desarmado o distraído. Pero, generalmente, ante la presencia humana, se esconde. - Los pumas son fuertes y valientes, abuela-, comentó Ótilkel. - Sí, son muy fuertes-recalcó la abuela Tama-. Para adquirir su valor y fortaleza, los paisanos, cuando cazan un puma, calientan sus huesos y sorben el caracú. - Será por eso que el hijo de nuestro cacique, se llama Goluen (Muchos Pumas)-, dijo Losha. - ¡Seguramente! ¡Es muy fuerte y valiente! ¡Será un gran cacique!-, agregó Átele. - Para ser cacique no basta ser fuerte y valiente, también debe ser bueno y justo-, argumentó la anciana sabiamente. Los niños se despidieron y tornaron a sus kau. - ¡Mas itáinko koone Tama! - ¡Mas itáinko tálenke! El puma ruge cunado busca compañera o para hacer mover a los animales y ver donde están, pero caza en silencio. Los gatos son similares. Del puma todos huyen… El puma tiene su territorio marcado orinando contra las piedras o las rocas y también hace marcas en el suelo. Cuando escasea la caza, suele recorrer largas distancias por las noches, aprovechando para sorprender dormida a sus víctimas. Esto le ahorra las corridas que tendría que hacer de día, ya que sólo es veloz los primeros doscientos metros, luego comienza a cansarse. Es tímido. Ante cualquier ruido o peligro se esconde y espía. Cuando marcha se detiene a cada instante mirando hacia todos lados y olfateando el aire.
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