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17 - El Chalten

17- EL CHALTEN

 Al promediar la tarde, los integrantes de la tribu de Kooloue llegaron a Xaltelk aike, después de bordear la margen norte del lago Cápar (Viedma). Las mujeres portaban los enseres, ayudadas por los ancianos y niños; en tanto, los hombres, a prudente distancia, buscaban los puntos prominentes para poder observar el movimiento de los animales, de los que cazarían algunos. También estaban atentos al canto de algunos pájaros o los gritos de otros, ya que la milenaria permanencia en Aoni Güent les había enseñado a identificar los motivos de su emisión.

Todo canto o grito animal tiene su significado y los paisanos lo conocen. El más comunicativo es el tero, que comenta a los gritos todo lo que ve.

 Rápidamente se instalaron los kau, luego se estaquearon los cueros de los animales cazados durante el trayecto y se cantó augurando buena estadía. De los escondites cercanos sacaron los utensilios guardados tiempo atrás, se encendieron los fogones y se calentaron las piedras para asar carne fresca, mientras se comentaban los acontecimientos del día.

La toldería se instaló al pie de un gran murallón de rocas que servía de reparo, evitando el golpe del viento; además, varias añosas lengas la rodeaban. Un arroyo de poco cauce se deslizaba hacia el río bastante caudaloso del que asomaban grandes piedras redondeadas.

Los niños acompañaron a los hombres y mujeres a trepar las empinadas cuestas, hasta llegar a la parte superior de un cerro desde donde se podía contemplar en todo su esplendor a la montaña sagrada de los chonkes, el Chanten o Xaltelk, como ellos lo pronuncian. Allí, agrupados en silencio, alzaron los brazos en señal de saludo y el cacique pronunció una larga oración recordando al héroe Elal y sus hazañas. Concluidas las palabras de Kooloue, las mujeres entonaron el canto de la raza. Algunos se apartaron apenas del grupo, cavaron un pocito en el suelo y, tendidos boca abajo sobre él, le contaron a la tierra en voz baja sus secretos y deseos, tapándolo luego con la misma tierra que habían sacado y cubriéndolo después con una piedra.

Esa noche, la ansiedad de los niños por escuchar de labios de la abuela Tama, el acostumbrado relato, los agrupó temprano, a pesar del cansancio de un día intenso.

La anciana comenzó:

-          Elal, traído por el cisne, decidió descender sobre la cúspide de esta hermosa montaña, para contemplar desde allí la maravillosa tierra en la que le tocaría la suerte de vivir, a la que llamó Xaltelk (Chanten), ya que ese era el color (azulado) que parecía tener visto a la distancia. El paisaje estaba cubierto de nieve y de hielo.

-          ¿Bajó enseguida?-, requirió el curioso Pol.

-          Primero miró bien todo lo que lo rodeaba y luego comenzó a bajar- explicó la anciana-. Permaneció en la cumbre tres días. Durante ese tiempo fue asistido por sus amigos, los pájaros, que lo cubrían con sus plumas y le traían alimento. Elal era un niño.

-          Debe ser muy difícil bajar por las barrancas tan altas y tan pendientes-, agregó Ótilkel.

-          ¡Sí, muy difícil!- aseguró la anciana-. Mientras descendía le salieron al encuentro dos terribles enemigos.

-          ¿Quiénes fueron?-, preguntó Güenta, preocupado.

-          Kókeshke y Shie (Frío y Nieve), ayudados por Maip-, respondió la abuela Tama.

-          ¿Cómo hizo para vencerlos?-, se interesó Átele.

-          Tomó dos piedras de la barranca y, golpeándolas, sacó chispas hasta encender fuego en una caleta donde había hallado abandonado un viejo nido de cóndores…

Una algarabía de aprobación sacudió a los niños. A continuación Tankelou consultó:

-          ¿Y qué pasó, abuela?

-          Kókeshke y Shie quedaron estupefactos y, temiendo que Elal les enseñara a los seres vivientes la forma de encender el fuego, se alejaron sin volver a molestarlo-, explicó la abuela.

-          ¿Tardó mucho en bajar?-, inquirió Tako.

-          Tres días-, aseguró la anciana.

-          ¿Habían chonkes al pie del Chalten?-, preguntó Kéoken.

-          Justamente. Había un campamento paisano, donde lo recibieron con alegría y lo albergaron, integrándolo al grupo-, respondió la abuela Tama.

-          ¿Alguien, en especial, lo cuidó por ser niño?-, consultó Pol.

-          Sí, la “Shoikn” lo tomó a su cuidado y, entonces Elal les enseñó a los chonkes el uso del arco y las flechas; también a encender fuego-, informó la anciana narradora.

-          ¿No sabían hacer fuego? ¿Comían la carne cruda?-, requirió Keóken, muy preocupada.

-          No sabían cómo encenderlo, pero cuando lo conseguían de medios naturales lo mantenían siempre encendido. Era una desgracia que se apagara-, explicó la anciana.

-          ¡Nákel koone Tama! Mas itáinko, jeutch naush (Gracias abuela Tama, adiós, mañana vendremos)-, se despidieron los niños, con la esperanza de regresar al día siguiente.

Prólogo | Introducción | 1- Creación del Mundo | 2 - Creación del Sol | 3 - Creación de la Isla | 4 - Los Gigantes | 5 - La Reunión de la Laguna | 6 - Olje (Zorrino) | 7 - Kius (chorlo) | 8 - Kápenke | 9 - Kiken (Chingolito) | 10- Teuepen (Pecho colorado) | 11- Oóiu (Avestruz) | 12 - Keengenkon | 13 - Tons (noche) | 14 - Keóken | 15 - Terke | 16 - Goln, el puma | 17 - El Chalten | 18 - Shintaukel | 19 - Uekne | 20 - Takaurr | 21 - Uendeunk | 22 - Viaje al sol | 23 - Las pruebas | 24 - Otras pruebas | 25 - Elal y Teluj | 26 - Elal triunfa | 27 - El regreso de Elal | 28 - La muerte de Takaurr | 29 - Fin de Elal | Vocabulario | Frases | Bibliografía | Personajes mitológicos | Obras del autor

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