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1-Creación del Mundo

A mediados de enero, en pleno verano, madura el "calafate" en la Patagonia,
fruto nativo de sabor muy agradable, especialmente por la gente de campo, que lo
utiliza para preparar
mermelada o un licor comúnmente llamado "chicha", al que los chonkes llamaban "guachacay",
El calafate(1), en todo caso, generalmente es comido directamente de la mata,
teniendo
cuidado de sus afiladas espinas.
El zumo del calafate, además de servir para hacer guachacay, era usado
antiguamente para teñir lana, por su color azul - morado intenso, presumiéndose
incluso que haya sido utilizado en las pinturas rupestres; sin embargo, dada su
procedencia orgánica, no ha perdurado como aconteció con las pinturas realizadas
con tobáceas, tan comunes en Santa Cruz.
"Quien come calafates no puede negarlo", reza un proverbio santacruceño, ante
algo evidente, puesto que el zumo azul del fruto tiñe tan intensamente los
labios y las manos de quien lo come que vano sería negado. Otro, de la misma
procedencia, dice: "Quien come calafates vuelve". La explicación de este
proverbio la he dado en "Koonek", leyenda del calafate.
Su madera, de dura consistencia, era muy apreciada para fabricar los cabos de
las herramientas, tales como: cuchillos, raspadores, punzones, etc. Además:
cunas, arcos, astiles, soportes para armar los toldos y otros enseres. Durante
el traslado de un aike a otro, las brasas de madera de calafate -por su
duración- ocupaban un lugar preferencial. También, para estaquear los cueros,
estirar un charqui (2) o hacer un asado al palo era indispensable el uso de esta
madera noble.
El calafate fue reparo, comida, bebida, cabo de herramienta, calor, vivienda
y cuna de los primitivos habitantes.
También remedio y tintura; se extraía el amarillo de las raíces, los verdes
de las hojas y el azul-morado del fruto maduro. La destacada artista
santacruceña, doña Sofía Vicic de Cépernic, utiliza estas pinturas tradicionales
en sus bellas obras de arte, logrando magníficos matices.
El calafate fue y sigue siendo el más útil de los arbustos santacruceños. Por
la forma de sus hojas, por el tamaño de sus espinas y por su estructura, podemos
clasificarlos en varias
especies.
Febrero es la época de la madurez plena del fruto, de manera que los niños
disfrutan de este manjar a toda hora.
En tiempos muy lejanos un grupo de niños tehuelches, de regreso al kau, tras
haber pasado el día comiendo calafates en un cañadón, miraban las llamitas
mortecinas del fuego apenas encendido hasta que uno de ellos, llamado Tako,
rompió el silencio.
-Abuela Tama, dinos: ¿Cómo nacen los calafates?
La anciana, sin dejar de sobar el cuero, le respondió:
-Nacen de la semilla, crecen, florecen, la flor se hace fruto y contiene
muchas semillas, que desparraman los pájaros y los hombres para que nazcan
nuevas plantas y así siempre...
Tras un silencio, el niño preguntó:
-¿Y cómo nació el primer calafate?
La abuela Tama era quien siempre narraba las tradiciones, especialmente a los
niños. Entonces se le iluminaba el rostro curtido por el tiempo y hablaba
pausadamente, sin omitir detalle. Concluyó su explicación y creyó satisfecha la
curiosidad del pequeño, pero otro niño le solicitó:
-Cuéntanos abuela Tama. ¿Cómo empezó todo? ¿Antes de antes, cuando no había
nada, ni siquiera "Güent"?
-Es muy largo de contar -manifestó la anciana-. Hoy les hablaré de Kooch y
durante los días siguientes les iré narrando esta hermosa historia de nuestros
antepasados.
El fuego apenas ardía.
-"Kake keoto aue"-, pidió la abuela Tama y uno de los niños salió del Kau,
regresando al instante con un brazado de leña para arrojarlo al fuego, que
enseguida alzó una llamita lamiendo la madera. El clima era propicio.
-Kooch siempre existió, no hubo nacimiento ni principio.
-¿Nunca nació? No puedo entenderlo. Alguna vez tuvo que comenzar a vivir-,
argumentó Pol, un niño de piel muy oscura.
-Eso tampoco lo entiendo yo -reconoció la abuela-, pero así me lo contaron
mis abuelos y así lo cuento yo.
Y continuó narrando:
-Nadie lo vio ni lo verá jamás, era como el aire...
-¿Como el aire abuela? Entonces era transparente. ¿No podían tocarlo como nos
tocamos nosotros? ¡Qué raro!
-Era como el aire -afirmó la abuela-. Nadie podía tocarlo. Tampoco existía
nadie ni para verlo ni para tocarlo.
-¿Si no había nadie, cómo sabían de él?-, razonó Tankelou.
-Eso es lo que nos contaron nuestros antepasados y ellos sabían que alguien y
de alguna manera creó todo lo existente y lo organizó.
Los niños aceptaron el misterio para seguir escuchando a la abuela Tama, que
continuó:
-Desde el principio de todo Kooch estaba rodeado de tinieblas...
-Almela -interrumpió Átele, una niña de voz suave-, ¿no te dijeron tus
abuelos si hubo gente antes de antes...?
-Eso mismo les pregunté cuando yo era niña, como tú - recordó la anciana-, y
me respondieron que si hubiese existido, tal vez sería como Kooch, sólo
espíritu, pero nada sabemos.
Bueno -continuó-. Como desde la eternidad vivía solo y rodeado de tinieblas,
nada podía ver, situación que lo entristeció de tal manera que comenzó a llorar
largamente, con un llanto profundo e interminable. Lloró y lloró, tanto que...
-¿Mucho tiempo lloró? ¿Cómo cuánto'?-, interrumpió Keóken, una dulce niña de
ojos pequeños y vivaces.
-Tanto tiempo que nadie puede contarlo ni imaginarlo siquiera. Nuestra mente
no es capaz de calcularlo-, respondió la abuela.
-¿Dejó de llorar, verdad?-, preguntó Ótilkel, el más pequeño del grupo.
-Fueron tantas sus lágrimas que formaron el mar, donde comenzó a gestarse la
vida para poblar el futuro mundo, que tal vez ya estaba ideado en la mente de
Kooch. Entonces, al ver que el nivel del mar era demasiado alto, dejó de llorar,
dando un profundo suspiro...
-Como Pol cuando llora-, dijo Güenta, mientras todos reían, menos Pol.
-Con ese suspiro -continuó narrando la anciana- dio nacimiento al viento, que
agitó las tinieblas logrando disiparlas, de manera que Kooch pudo observar la
c1aridad a su alrededor.
Este hecho le causó una gran alegría, despertando en él las ansias de seguir
creando los restantes elementos que, una vez coordinados, formarían el mundo.
-¿Es el mundo nuestro abuela, con todo lo que hay!- inquirió Keóken.
-Sí, es este mundo nuestro con todo lo que contiene, pero no es nuestro ni de
nadie...
-¿También los guanacos, los pumas, los pájaros...?
-¡Todo! También las piedras, los árboles, los calafates...
-¿Él también le puso nombre a las cosas?
-No -respondió sabiamente la abuela Tama-, las cosas no tienen nombre. El
nombre de cada cosa o de cada ser se lo damos nosotros para reconocerlo y
distinguirlo de los demás.
-¿Y por qué es salado el mar?-, requirió Tankelou.
-El mar es salado porque viene de las lágrimas-, respondió convencida la
anciana.
El sol se había ocultado en el oeste, tras la cordillera de los Andes. La
magia de los colores jugaba a pintar un cielo distinto y único. En la mente de
los niños bullía la idea de desentrañar el misterio de la creación y el tiempo
sin medida, mientras se iban durmiendo sobre los kai ajnun.
-Mañana -sentenció la abuela Tama- les seguiré contando la historia de la
creación.
-¡Mas itáinko tálenke!- se despidió la anciana.
-¡Mas itáinko koone!- respondieron los niños.
(1) Calafate: Berberis heterophylla. Arbusto con espinas de
tres puntas abiertas a 90º
entre sí. Hay varios tipos de calafates. Crecen desde matas achaparradas a altos
arbustos de más de dos metros. En Laguna Azul, al sur - oeste de Río Gallegos,
hay calafates arbóreos. Flores amarillas aromáticas. Frutos de 8 a 12 mm. de
diámetro. Maduran en febrero. Color azul oscuro.
(2) Charqui: Carne salada y ahumada.
Mario Echeverría Baleta
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