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20- TAKAURR
Con la última luna del “sorken” (verano), la gente del cacique Kooloue inició el viaje hacia un paradero al que llamaban Tel aike. El viaje duraría varios días, debiendo acampar cada noche, en lugares de paso, a los que llegaban tarde; dormían esa noche y continuaban al día siguiente, generalmente temprano. Durante la estadía en la zona del Chanten, consiguieron buenos palos para los kau, dejando maderas en escondites para el regreso del próximo “sorken”. Estando acampados al pie de “Chókeken Pol” (Meseta Negra), junto a un manantial, ocurrió un acontecimiento que movilizó al grupo de gente, Peuche, un niño de escasa edad, se enfermó. Los afligidos padres consultaron al “shoikn”, el que luego de revisar al paciente con gran parsimonia, aconsejó darle jugo de “Ueicurru”, para lo cual era necesario machacar hojas y raíces, dejándolas en remojo. De inmediato, un grupo de niños salió a buscar el ansiado remedio. Al avanzar la noche, y viendo que la fiebre persistía, el “shoikn” pidió a las mujeres que canten para alejar el “gualicho”, que se había posesionado de Peuche, en tanto él ejercía sus curiosos exorcismos utilizando piedras mágicas de colores que guardaba celosamente. Para mayor fuerza de su medicina anunció la invocación de Uendeunk para la “Chemajen” (Pintar las manos), con lo que sanaría definitivamente al niño. Para ello, las mujeres sacaron sus tierras de colores y consultaron cuál era el tinte más conveniente para esa eventualidad. Ya informadas, prepararon la pintura en una vasija, en la que colocaron agua, grasa de piche, piedra alumbre y tobácea de color; luego la calentaron, mezclándola bien hasta quedar lista para ser utilizada. Era noche de luna llena, propicia para “correr el gualicho”, de manera que se organizaron rápidamente y llevaron al enfermito junto a la barranca rocosa. Allí el “shoikn” tomó un manojo de lana de guanaco, lo empapó en pintura y, sobre la manito apoyada en la roca, fue imprimiendo el color mientras pronunciaba conjuros, acompañados por el canto lastimero de las mujeres. Las improntas del negativo de las manitos del niño quedaron como testimonio de un momento vivido en la prehistoria. Cumplido este importante rito, cuatro hombres, convenientemente acicalados con pinturas, iniciaron el ataque al invisible “gualicho”, agrediéndolo con boleadoras, cuchillos, piedras y palos, acompañando la acción con gritos y gestos. Cada uno atacaba avanzando y retrocediendo en actitud de pelea. Esta lucha duró hasta que comenzó a elevarse la claridad del día en el horizonte sinuoso de la meseta patagónica. Entonces, el “shoikn” dio por terminada la curación. La fiebre que aquejaba a Peuche había calmado y pronto el pequeño estaría totalmente restablecido. La curación del niño promovió una fiesta. Los hombres salieron a cazar y las mujeres prepararon lo necesario para el acontecimiento, mientras comentaban lo ocurrido esa noche. El “shoink” acrecentó su fama. El regreso de los cazadores marcó el comienzo de la fiesta. Los fuegos encendidos recibieron, sobre las piedras calientes, el regalo de la carne fresca. Un aple invitó a los bailarines al “aorke” y el canto representativo de cada familia (gayau) surcaba el aire, indicando su presencia. Todos los hombres bailaron, hasta los niños, en grupos de cuatro. Una vez que todos habían bailado, comenzaron nuevamente los primeros. Al anochecer habló el cacique Kooloue, agradeciendo al “shoikn” su importante tarea. Los padres de Peuche le regalaron un kai ajnun, en cuya parte superior estaba impreso el dibujo de la familia. Este símbolo indicaba que a partir de ese momento, en agradecimiento por haberle salvado al hijo, lo nombraban “familiar”. Los regalos, provenientes de todas las familias que integraban el grupo, colmaron las manos del viejo “shoikn”. Con la alocución del cacique finalizó la fiesta. Cada uno recogió las pertenencias con las que adornaran el “aorke” y abandonaron el lugar para dirigirse a sus kau. El grupo de niños acompañó a la abuela Tama, inquieto por preguntarle algo acerca de los “shoikn”. Habiendo arribado al kau, la anciana removió apenas el mogote que había dejado en el fogón, del que brotó una leve llamita sobre la que colocó algunas ramas finas. Luego se sentó en la vieja piedra y comentó: - Bueno, muy bueno el trabajo del “shoikn”. Peuche se sanó… - Todos estamos muy contentos, abuela-, comentó Tankelou. - Admiramos los poderes del “shoikn”-, agregó Átele. - ¿Cómo hará para saber tanto? ¿De dónde provienen los poderes y el conocimiento?-, preguntó intrigado Güenta, mirando inquisidor a la abuela Tama. - Los poderes del bien y del mal están en todos lados, pero no se ven, aunque podamos presentirlos y notarlos. Son una fuerza sin cuerpo, capaz de posesionarse de la gente, de los animales, de las cosas…sin que uno lo note. El “shoikn” es una persona que adquiere la capacidad de llegar a dominarlos-, explicó la abuela. - ¿Cómo adquiere esa capacidad?-, preguntó Losha. - Así como se consigue darle fuerza al cuerpo, corriendo, saltando, moviendo piedras o revoleando las boleadoras, ellos esfuerzan la mente y llegan a ver a los espíritus que nosotros apenas presentimos-, trató de explicar la abuela a los niños, que parecieron entenderlo. - ¿Quién le enseñó al “shoikn” y al que inició la forma de curar?-, razonó el inquieto Pol. - Según cuentan nuestros antepasados, el nombre más antiguo que se recuerda es el de Takaurr, un anciano que dedicó su vida a curar y logró tener el poder de dominar el bien y el mal…-, comenzó narrando la anciana Tama. - ¿Él enseñó su ciencia a alguien?-, inquirió Güenta. - ¡Claro! Les enseñó el arte de curar los cuerpos y las almas a todos los ancianos y éstos a sus hijos y así, sucesivamente, hasta la actualidad. - Nuestro “shoikn” no tiene hijos. ¿Se perderán sus poderes y su ciencia?-, se inquietó Keóken. - De ninguna manera, él deberá elegir a uno, hombre o mujer, y le dará sus poderes. - El “shoikn” tiene una pequeña bolsita que siempre lleva atada al cuello y no la muestra a nadie. ¿Qué contendrá?-, observó Pol. - Allí lleva el talismán heredado de quien le enseñó a él, ya que Takaurr así lo hizo. Desde entonces, quien lo posea, puede hacer el bien o el mal. - ¿Cómo es el talismán, abuela? ¿Viste alguno o te dijeron cómo es?-, preguntó intrigado Tankelou. - Es una piedra con agujeros (porosa). Para hacer el mal a alguien hay que introducir un cabello o un trozo de uña de la persona a dañar en uno de los agujeros y después con el poder de la mente se domina al espíritu de la víctima, haciendo con ella lo que se pretende. También se puede utilizar cualquier pertenencia que haya estado en contacto con la persona, generalmente prendas de vestir-, explicó la anciana con gran conocimiento. - ¿Y para hacer el bien?-, preguntó Keóken. - Algo parecido, pero invocando al espíritu bueno y esforzando la mente para vencer el mal. Takaurr fue quien sedujo a Shintaukel cuando los maléficos gigantes planeaban eliminar a Elal. Él mismo los acompañó a la Isla de la Creación, de donde regresó, ya que allí se enteró que Elal había descubierto que el anciano que se hacía pasar por curandero (El que curó a Uekne), era precisamente el gigante Noshtek. Tras un corto silencio, la abuela Tama, colocó otro mogote en el pocito que contenía al fogón, lo cubrió con cenizas y se despidió de los niños. - ¡Mas itáinko tálenke! - ¡Nákel koone Tama! ¡Mas itáinko!
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