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21- UENDEUNK
Frías ventiscas asolaron la meseta durante varios días, lo que provocó el desplazamiento de las tropillas de guanacos hacia el norte, descendiendo por un amplio cañadón que los condujo hasta las orillas de un hermoso lago, al pie de la cordillera. Los chonkes fueron tras ellos, llegando a establecer el campamento junto al bosque, a poca distancia de la desembocadura de un arroyo. Los chicos se internaron entre ñires y lengas con la idea de recolectar “Poien orrenk” (Pan Blanco), un tipo de hongo parasitario de los bosques patagónicos (Cytaria darwinii), que integraba la dieta de los chonkes. Una música tenue y armoniosa, como de koolo, provenía desde la espesura del bosque. Los niños, sorprendidos, se miraron interrogativamente. - Parece la música del koolo de Kikorens (Pecho Alegre)- se atrevió a opinar Tankelou. - Viene de aquel lado-, consignó Ótilkel, señalando con la mano. - Vayamos- propuso Güenta-, dispuesto a averiguarlo. Caminaron tratando de acercarse al lugar de origen de la musiquita, hasta llegar al pie de un viejo ñire, donde se detuvieron mirando hacia arriba, pero Kikorens no estaba allí; la música, sí. La sorpresa tuvo cariz de superstición. ¿Cómo se explicaba eso? Güenta decidió subir al árbol, aunque le temblaban las rodillas. Los restantes lo miraban silenciosos y admirados. Los latidos de los corazones de los niños podían oírse como marcando el ritmo musical que venía desde la copa del árbol. Güenta trepaba lentamente, apoyándose con seguridad en cada movimiento. Se detuvo y miró por un hueco del grueso tronco. - ¡Cotorras! 25 ¡Cotorras! ¡Pichones de cotorras!-, anunció sorprendido-. ¡El canto de los pichoncitos suena como música de koolo, qué hermoso! Al momento todos los chicos treparon al viejo ñire, para ver de cerca el nido del que asomaban cuatro pichoncitos que continuaban emitiendo sus armónicos trinos. Mientras regresaban a los kau comentaban el hermoso descubrimiento. De inmediato se dirigieron donde estaba la abuela Tama, para contarle la novedad y escuchar las historias tradicionales. - ¡Ua ingue koone Tama!-, saludaron los niños. - ¡Ua ingue tálenke!-, respondió con alegría la anciana. - Abuela Tama, hoy vimos algo hermoso-, dijo Pol y narró lo acontecido. - Creíamos que era Kikorens tocando el koolo-, adujo Keóken. - ¡Imposible!-dijo la anciana-. Kikorens, con la edad que tiene, apenas si podría subirse a la raíz de un árbol. Todos rieron. Y la abuela Tama inició su narración: - Güenta fue muy valiente al subir al árbol sin saber qué peligro podría esperarle arriba, aunque a los niños los protege Uendeunk. - Escuchamos al “shoikn” cuando invocaba a Uendeunk durante la cura de Peuche, indicó Keóken. - Uendeunk es el espíritu bueno y protector que acompaña a los niños desde que nacen y ayuda a los paisanos en todo lo bueno, cuidándolos del mal y de la influencia de los malos espíritus-, informó la anciana a los niños. - ¿Y después que uno muere? ¿Qué pasa?-, consultó Ótilkel. - Cuando muere un paisano, Uendeunk lo lleva ante Elal y le cuenta todo lo que hizo durante su vida-, dijo la anciana. - ¿Todo? ¿Se acuerda de todo?-, se sorprendió Losha. - Todo lo importante. Por ejemplo: si siempre hizo el bien, si cuidó su familia y los niños, su fue hospitalario, si fue amigo y respetó la palabra, si fue buen cazador, si cazó muchos pumas…También tiene en cuenta si enseñó a sus descendientes los hechos de Elal-, manifestó la abuela Tama. - Y después, ¿qué pasa?-, consultó Átele. - Nuestra gente es muy buena, por lo tanto, Elal los recibe y quedan con él, esperando la llegada de los que están en Aoni Güent. Durante los atardeceres ronda las tolderías, propiciando el momento para que los ancianos narren a los descendientes la historia de la raza. Al paisano no le interesa llevar la cuenta de sus hazañas, pues sabe que “Uendeunk no lo olvida”. Los pequeños se despidieron: - ¡Mas itáinko koone Tama! - ¡Mas itáinko, ketouans tálenke! 25 Cotorras: Enicognathus ferrugineus. Forman bandadas. Habitan los bosques.
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