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28- LA MUERTE DE TAKAURR
Llovió durante la noche y calmó al amanecer, despejando paulatinamente el cielo, lo que fue propicio para levantar campamento, dejando escondidas entre las rocas cercanas las herramientas que no podrían llevar y algunos palos pesados. Se armaron los atados de cueros de los kau, la “Amakaik” puso brasas en su vieja vasija, que tapó bien, e iniciaron la marcha junto a otras mujeres con sus niños a cuesta. Los hombres, como de costumbre, tomaron por sendas más difíciles, procurando cazar algo para comer en la primera parada, pero no tuvieron suerte… llegaron al paso de un arroyo con las manos vacías, de manera que se hizo necesario intentar pescar algo en los pozones donde abundaban los peces. Algunos recurrieron a las flechas y otros utilizaron la bolsa. En ambos casos tuvieron suerte y todos pudieron comer, aunque no fueran muy afectos a ese tipo de carne. Al promediar la tarde, junto a unas piedras grandes, alguien halló unos rastros de puma. Se reunieron a mirarlos. - Son frescos-sentenció Gumelto-. Sigámoslo… - Goke y el cacique Kooloue lo acompañaron, hasta que, a poco andar, Goke dio el aviso: - ¡Allí está! - Cada uno desató las boleadoras de la cintura, se abrieron en abanico y avanzaron cautelosamente, cerrándole la retirada. El animal, presintiendo el peligro, trataba de escapar hacia los costados, pero, a ambos lados, tenía gente. Retrocedió un poco y apoyó el anca contra la piedra, entonces se sentó mientras gruñía y mostraba desafiante los dientes. Los hombres avanzaban hacia él con precaución, haciendo girar el “kálken” (bola pampa), en cada mano, en forma vertical de arriba hacia abajo. Para que el animal se distraiga, le arrojaban a su alcance pequeñas cosas, que, de inmediato, manoteaba arrastrándolas hacia sí y sentándose sobre ellas. Sus ojos parecían encendidos. Tenía intenciones de saltar sobre alguno, pero se contenía para no distraerse y alzaba alternadamente las garras en señal de desafío. El grito de Kooloue lo hizo girar la cabeza, instante que aprovechó el ágil brazo de Gumelto para descargar un certero golpe de bola sobre el cráneo del puma, que estalló sordamente. La fiera se desplomó en un estertor postrero. Hubo carne para todos y una piel para “chámel” (botas). El chonke no mata en vano. Llegaron temprano al nuevo paradero y rápidamente levantaron los toldos, encendieron los fogones y, mientras comían, planearon una salida para cazar al día siguiente. Los niños ayudaron durante el viaje a la abuela Tama y también en el armado del toldo. Pol le trajo un trozo de carne asada. Ella lo comió en silencio, luego dijo: - No estoy muy cansada, de manera que hoy les contaré algo más sobre Elal. Los chicos escucharon. - Elal se convenció de que, para vivir tranquilos, tanto él como su gente necesitaban terminar con Takaurr, el brujo que en realidad era Noshtek disfrazado. - ¿Se animó a matar a su padre?-, inquirió Pol. - No, no se animó, pero ideó un plan para que se mate solo-, contestó la abuela. - ¿Nos contarás cómo era el plan y si dio resultado?-, consultó Losha. - Les contaré. Su madrina le había narrado la triste historia de la nube Teo y Elal decidió vengar a su madre. Para ello dijo un día que iría a visitar a su padre. ¡No vayas, él te matará, le aconsejó la madrina, pero él no le hizo caso y fue. - ¡Qué arriesgado!-, exclamó Keóken. - Llegó frente a su padre y le dijo: ¿Puedes hacerme un par de “chamel” (botas) con este cuero de patas de guanaco? - Bueno, párate aquí para medirte el pie-, dijo Takaurr-. Le tomó la medida del pie izquierdo y, cuando se agachó para medir el derecho, Elal le dio una tremenda patada que lo dejó tirado y salió disparando… - ¡Bravo, bravo!-, gritaban los chicos. - ¿Sólo fue a darle una patada por haber matado a su madre y querer matarlo a él?- inquirió Átele. - La patada fue una excusa para que Takaurr lo persiga. Takaurr estaba furioso y comenzó a correrlo, pero Elal, al verlo acercarse, tiró una flecha entre ambos que se convirtió en río, en el que se demoró el brujo. Más adelante lanzó otra flecha, que se convirtió en cerro; después otra, que se convirtió en selva de molles, algarrobos y malaspinas. - ¿Entró Takaurr a la selva?-, preguntó Tankelou. - Con la furia que tenía no tuvo en cuenta las espinas y siguió persiguiendo a Elal, que gambeteaba entre las matas sin lastimarse, pero él fue dejando jirones de sus carnes y hasta los intestinos colgados de las matas espinosas, por eso las vainas del algarrobo parecen chinchulines secos y tienen olor muy fuerte-, explicó la anciana. - ¿Murió allí Takaurr, abuela Tama?-, consultó Ótilkel. - Con las últimas fuerzas alcanzó a llegar a la orilla del mar para curarse, pero las olas lo llevaron hacia adentro hasta desaparecer, ya muerto-, dijo la abuela. - ¿Qué hizo Elal después?-, preguntó Tako. - Mañana se los contaré, ahora necesitamos descansar. - ¡Mas itáinko tálenke!-, se despidió la narradora. - ¡Mas itáinko koone Tama!
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