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9 - Kiken (Chingolito)

9- KIKEN (CHINGOLITO)

 

El cacique Kooloue anunció durante la noche  que al día siguiente, bien temprano, se haría cambio de campamento, de manera que cada uno juntó sus cosas y en la mañana, después del llamado, se desarmaron los toldos, cuidando de mantener en orden todos los implementos para llevarlos, distribuyendo el peso equitativamente entre las personas encargadas del transporte, que, obviamente, serían las mujeres, los ancianos y los niños.

Se encendió un solo fogón grande, donde se asaron dos piernas de guanaco charqueadas 18 para que cocinaran más pronto. Todos comieron en silencio, alzaron los bultos y comenzaron a caminar lentamente, primero en una hilera compacta, que poco a poco se fue distanciando.

Los hombres tomaron por la parte más difícil, procurando atisbar desde las partes altas el movimiento de los animales. Las mujeres, los ancianos y los niños, caminaron por la vieja senda tantas veces surcada.

Durante la jornada se hicieron varias paradas en los campamentos de paso, hasta llegar a orillas del río “Orr Kon” (Río de las Puntas). Había que cruzarlo y para ello buscaron la zona cercana a la desembocadura por ser más ancha, por lo tanto menos profunda. Aún así había un tramo que no se podía vadear a pie, por lo que el viejo cacique Kooloue llamó a los hombres y les ordenó:

-          “Matrs ueni tálenke” (hagan botes chicos).

Utilizando los palos de los toldos, atados con tientos firmes, armaron primero la estructura, que, luego, forraron con los cueros a los que untaron con grasa para impermeabilizarlos, previa costura.

Concluida esta tarea, todos los hombres se untaron el cuerpo con grasa de avestruz, mientras otro hombre ataba un largo lazo al “ueni” y se largaron. La corriente los empujaba hacia abajo con fuerza, pero avanzaban lentamente. Desde la orilla, los compañeros les daban lazo y los acompañaban con voces de aliento. Faltando un pequeño trecho, donde la corriente era más rápida, el “ueni” se detuvo cabeceando. Entonces, uno de los tripulantes, se paró con cuidado, manteniendo el equilibrio, revoleó el lazo y en un certero tiro logró enlazar una matita de calafate al borde del agua. El lazo se tensó mientras lo iba recobrando. ¡Por fin llegaron a la orilla! Del otro lado del Orr Kon sobrevino una algarabía en señal de aprobación.

Tensaron el largo lazo, asegurándolo a una piedra grande y alzaron los brazos agitándolos para indicar que ya podían iniciar el vadeo.

Una a una, con suma precaución, fueron pasando las improvisadas embarcaciones, manteniendo un orden establecido. Primero, las mujeres y los niños; luego, los ancianos, y por último, los hombres.

Cada  “ueni” era unido al lazo por dos presillas y ayudado por un hombre que, casi todo el trayecto, mantenía el cuerpo sumergido en las frías aguas de origen glaciar, nadando donde la profundidad así lo requería. Para los niños era una hermosa aventura y lo manifestaban riendo. Al llegar a la orilla, donde la profundidad lo permitía, se arrojaban al agua a chapucear.

Mientras se realizaba el cruce del Orr Kon, los que iban arribando a la orilla comenzaban a armar sus toldos junto a grandes calafates que formaban un matorral al pie de la loma, próxima al río.

Entre los primeros “ueni” en arribar estaba la dueña del fuego, Amakaik, con su humeante ollita de brasas.

De inmediato se proveyó de ramitas secas para encender el fogón, que, a manera de saludo, elevó su llamita anaranjada.

Un pequeño grupo de hombres y mujeres se encaminó hacia las barrancas cercanas, donde habían dejado durante el ascenso a la meseta un depósito de herramientas, las que recuperaron para ser usadas mientras durara la permanencia en Kei aike (Paradero del paso).

En las cercanías de cada paradero, los chonkes, al irse, dejaban un depósito de herramientas de piedra y de madera, las que por su peso, sería muy gravoso llevar durante su viaje a pie de aike en aike. También dejaban en seguras bolsas de cuero algunos alimentos, que preparaban para ser utilizados cuando el clima invernal no les permitiera obtenerlos diariamente.

He tenido oportunidad de hallar enterrados algunos de estos depósitos, como el de la ladera sur del Río Chico, cerca del cerro Ventana (Mouai), donde encontré un enterratorio de cholgas perfectamente acomodadas, ocupando un espacio de un metro cuadrado por cincuenta centímetros de altura. ¿Qué método conocían para su conservación?

Además, he hallado enterradas en un viejo paradero nueve hachas de sílex, formando un montón del que asomaba una punta que llamó mi atención.

Cada nuevo paradero era para los niños, motivo de curiosidad y alegría. Salían de inmediato a recorrer las cercanías en busca de recuerdos de su paso anterior por el lugar y en procura de nuevas emociones.

Pol y Tako regresaron a la puesta del sol, después de recorrer un cañadón en cuyo valle se deslizaba un arroyo de aguas cristalinas, donde cerca de un recodo, junto a unas matas negras, crecían al reparo unas plantas de hojas pequeñas, verde-lechoso, muy tupidas y que se detectaban por su agradable aroma, a la que llamaban “koshcolé”, conocida por nosotros como “té pampa”.

La abuela Tama gustaba masticar estas hojas que dejan un sabor muy agradable y una sensación de frescura en la boca. Por eso los niños le trajeron una plantita arrancada de raíz, para que durara más su verdor. Ella agradeció el obsequio, diciéndoles:

-          Retribuyendo el regalo les contaré la historia de Kíken.

Se sentó en la vieja piedra y los niños a su alrededor.

-          Kíken fue elegido por Terr Uer para avisarle a Kokn de la reunión en la laguna y le recomendó especialmente el cuidado que debía tener para no ser sorprendido por los gigantes-, comenzó Tama su narración.

-          ¿Y si de casualidad lo veían?-, inquirió Ótilkel.

-          Lo importante consistía en no decir nada, aunque lo vieran o le pregunten-, respondió la abuela.

-          ¿Estaba lejos Kokn, abuela?-, consultó Losha.

-          Medio día más o menos, en una laguna con grandes juncales, como la de Gotchel aike-, explicó la anciana, dando una referencia conocida por los chicos.

-          Kíken, sabiendo que los gigantes estaban inquietos y que algo sospechaban, optó por dar un gran rodeo hasta llegar a la laguna donde nadaban Kokn y sus amigos.

-          ¿Pudo al fin avisarle?-, preguntó Átele.

-          ¡Claro que pudo! Además, el susurro de su canto fue un suave murmullo de fino silbidos, que, aunque los oyera alguien que no fuera Kokn, jamás llegaría a descifrarlos.

-          ¿Llegó a tiempo Kokn a la reunión?-, preguntó Pol recordando lo que le ocurrió a Kápenke.

-          Sí, llegó a tiempo y fue elegido para llevar a Elal a Aoni Güent. Esto se los contaré otro día-, acotó la abuela.

El chingolito es conocido desde épocas remotas en la Patagonia y apreciado por la dulzura de su canto. Cuando bandadas de chingolitos descienden a los valles cantando alegremente se dice que anuncian la llegada de la nieve.

Los niños se despidieron con la promesa de volver al día siguiente.

18  Charqueadas: Se llama así al arte de despostar carne para distintos fines.

Prólogo | Introducción | 1- Creación del Mundo | 2 - Creación del Sol | 3 - Creación de la Isla | 4 - Los Gigantes | 5 - La Reunión de la Laguna | 6 - Olje (Zorrino) | 7 - Kius (chorlo) | 8 - Kápenke | 9 - Kiken (Chingolito) | 10- Teuepen (Pecho colorado) | 11- Oóiu (Avestruz) | 12 - Keengenkon | 13 - Tons (noche) | 14 - Keóken | 15 - Terke | 16 - Goln, el puma | 17 - El Chalten | 18 - Shintaukel | 19 - Uekne | 20 - Takaurr | 21 - Uendeunk | 22 - Viaje al sol | 23 - Las pruebas | 24 - Otras pruebas | 25 - Elal y Teluj | 26 - Elal triunfa | 27 - El regreso de Elal | 28 - La muerte de Takaurr | 29 - Fin de Elal | Vocabulario | Frases | Bibliografía | Personajes mitológicos | Obras del autor

Toponimia indígena de Santa Cruz | Cuentan los Chonkes | Raíz Folklórica de la Patagonia | Kai Ajnun | Vida y Leyendas Tehuelches


 


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