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Anillo
de humo
de Silvina Ocampo
de:
"Las Invitadas", Buenos Aires, Ed. Losada, 1961.
Recuerdo el primer día que viste a Gabriel
Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente,
pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil.
El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja
quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del
perro para admirar la belleza de Gabriel.
¡Degenerado! exclamaron las personas que te acompañaban.
Amaste su perfil y su pobreza.
Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron
en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y
juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia
aparecieron. Alguien dijo:
Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a
esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco
centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.
Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo
la lluvia.
Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos
centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con
la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la
quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.
Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo
oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más
te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas
sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba
del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus
amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza?
El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor
vestidos.
Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día
entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.
Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al
callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en
miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera
prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el
camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te
recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.
Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar
con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu
bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después
fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te
los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas
de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los
cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.
Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con
ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu
madre. Era de ti que hablaban.
Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del
guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco
centavos. Hay que ponerla en penitencia.
Son cosas de chica, no hay que hacer caso.
Tiene once años ya dijo tu madre.
No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir
sola. Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de
almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.
Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito:
hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén
hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho
palabras obscenas o con doble sentido.
Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para
perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.
Vamos le dijiste- a las vías del tren.
¿Para qué?
Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al
río.
Verdad y mentira salían juntas de tus labios.
Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando
llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te
arrodillaste sobre las piedras.
¿Dónde perdió el anillo? te preguntó, arrodillándose
a tu lado.
Aquí dijiste, apuntando el centro de los rieles.
Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí
exclamó con desdén.
Quiero que nos suicidemos le dijiste.
Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo
a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil
ruedas pasaron sobre tu cuerpo.
Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo
miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira
un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos
sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las
quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.
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