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EL SAPOLeyenda Araucana
Huaranca se llamaba el guerrero más joven de una tribu de indios araucanos. Era ágil, fuerte, astuto y valeroso. Tenía fama bien ganada de ser diestro cazador y de luchar con los pumas, venciéndolos con valor y osadía. Y como además reunía cualidades de hombre noble y generoso, todos en la tribu lo querían y respetaban. Huaranca amaba profundamente a la única hija del cacique de la tribu. Ella se llamaba Chebarén, y era tan linda y graciosa, como no se había visto jamás otra igual. Tenía unos ojos negros que miraban con dulzura. Negras eran también las trenzas de su largo cabello, que ella adornaba con florecillas del campo. Chebarén sonreía siempre, por lo que su rostro bronceado parecía aún más hermoso. Sus labios sólo se abrían para reír con radiante alegría o para pronunciar palabras de amor y de bondad. Sumisa y hacendosa en el hogar, Chebarén era la joya de la tribu y el tesoro de su viejo padre, que la quería tanto, que hubiera sido capaz de dar su vida por un minuto de su felicidad. Chebarén correspondía a Huaranca en su cariño, y ambos habían decidido casarse. Para esto era preciso pedir al cacique su consentimiento. Antes de presentarse él mismo, Huaranca envió unos emisarios para que hablaran con el viejo cacique. Estos debían hacer el elogio del novio y presentarle a la vez los ricos obsequios de piedras preciosas, pieles, plumas y otros presentes valiosos que, como era costumbre, debían depositar al pie del cacique. Legados los emisarios a la ruca (habitación) del padre de Chebarén, hallároslo durmiendo. - Mal presagio es éste- exclamaron; pero decidieron cumplir su misión. Despertaron al cacique, y después de hablarle sobre el motivo que los había llevado a su presencia, le hicieron entrega de los ricos presentes enviados por Huaranca. El viejo cacique los recibió con agrado. Hizo él también el elogio de su buena y hermosa hija, y convencido de que ella llegaría a ser dichosa con el elegido de su corazón, consintió gustoso en que se realizase la boda. Entonces, unos hombres fueron en busca del novio, mientras que algunas mujeres buscaban a la novia gritando: - ¡Chebarén!...¡Chebarén!... Tu padre te llama para presentarte a Huaranca como tu futuro esposo. Se presentó Chebarén ante su padre, y al ver a Huaranca se adelantó hasta él y le entregó una piedra verde, símbolo de fidelidad, que los araucanos llamaban carú-curá. Luego la machi (adivina) empezó a quemar ciertas sustancias para alejar a Gualicho (el diablo), y viendo que el humo ascendía en espirales y no en línea recta, lo interpretó como mal presagio. Pero esto no impidió que Huaranca y Chebarén resolvieran realizar su boda después de tres lunas. El día de la boda llegó, pues, y como de costumbre, la festejaron con grandes comidas, danzas y cantos, que duraron hasta la noche. Llegado el momento en que Chebarén y Huaranca debían retirarse a descansar, toda la tribu danzó y cantó en su honor para despedirlos. No se habían alejado aún del lugar de la fiesta, cuando oyeron que una voz misteriosa que parecía salir del fondo de una laguna cercana, llamaba insistentemente: - ¡Huaranca!...¡Huaranca!...¡Huaranca!... Se detuvieron horrorizados y allí quedaron como clavados en el suelo por un instante. La voz misteriosa continuaba llamando: - ¡Huaranca!...¡Huaranca!... De pronto, Chebarén palideció de terror: Huaranca, mudo, como hechizado y obedeciendo a una fuerza superior poderosa, comenzaba a caminar lentamente en dirección a la laguna. En vano intentaba resistirse, pues algo invisible parecía empujarlo. Una machi explicó: - Esa voz poderosa que llama a Huaranca es la voz de la Dueña de las Aguas, la Luna. La diosa no ha aprobado su boda; por eso ha descendido a la laguna y desde allí lo llama con voz humana, para separarlo de Chebarén. Entre tanto, Huaranca continuaba acercándose a las aguas, mientras Chebarén lloraba desconsolada el alejamiento del buen esposo. Iba ya Huaranca a entrar en las aguas de la misteriosa laguna, cuando la machi decidió invocar a Huecuvú (dios malo) para que viniese en su ayuda. Toda la tribu unió sus ruegos y plegarias a los de la sacerdotisa, haciendo promesas para salvar a Huaranca del maleficio, y a Chebarén de su desgracia. De pronto todos vieron a Huaranca detenerse en la orilla misma de las aguas, que ya le mojaban los pies, y luego, como librándose súbitamente de algo que lo oprimía, darse vuelta bruscamente y echar a correr hacia Chebarén, que lo esperaba con los brazos abiertos y radiante de felicidad. Huecuvú, habiéndo oído las súplicas de la tribu, venció a la Dueña de las Aguas. Pero entre los indios, el que contrariaba los designios de sus dioses sufría un castigo: Huaranca sufrió el suyo. Huecuvú triunfó por muy poco tiempo. Así fue como al día siguiente, Chebarén se despertó oyendo la voz de Huaranca que le decía: - ¡Adiós Chebarén!...¡Adiós Chebarén!...¡Me voy para siempre!...¡Adiós!... Chebarén buscó a Huaranca, pero no lo encontró. Sólo vio en el suelo, junto a la entrada de la ruca, un animalito feo, que en seguida, con la voz de Huaranca le decía otra vez: - ¡Adiós, Chebarén!...¡Me voy para siempre!...- y que luego dando saltos, se dirigía a la laguna. Chebarén saltó del lecho y siguió al animal, llamando a Huaranca. Pero el animalucho seguía saltando sin detenerse, hasta que llegó a la laguna y desapareció en ella. Chebarén comprendió que la Dueña de las Aguas los había castigado por desobedecer sus designios (creencia araucana), y lloró la triste suerte del guerrero más bueno y más valiente de la tribu, a quien ella tanto había amado. Dice la leyenda que así nació el sapo, y que este animalito croa de noche porque ve reflejada en el agua la imagen de la Luna, que lo mira desde el cielo. Tomo V - YERUTY (Tórtola) - Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952
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